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Carnaval en El Bazar

NOVELA

Por NARCISO ACEVEDO


ÍNDICE

Capítulo página
i.- Carnaval
ii.- Verano del 56
iii.- El Tinacal
iv.- Treinta Dólares
v.- La Verdad y la Justicia
vi.- El Ejido
vii.- El Día del Potrillo
viii.- Sueño y Vuelo
ix.- La Pregunta Cinematográfica
x.- La Secundaria
xi.- Sucesos y Personas
xii.- En Paz
xiii.- Cronos
xiv.- Lulú
xv.- La Pensión
xvi.- Medicina
xvii.- Economía
xviii.- El fiel de la Balanza
xix.- Hipnosis
xx.- Vacaciones
xxi.- El Vicio y la Virtud
xxii.- Bacadéhuachi y El Bazar

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-i-

CARNAVAL
EN
EL BAZAR

NOVELA

Por NARCISO ACEVEDO VALENZUELA

-i-

Era bebé, cuando sus primas lo llevaron, con dos hermanos más, al cerro donde se desarrollaría el fraccionamiento Chapultepec, para las clases pudientes y los nuevos ricos que no cupieron en la zona dorada del centro del pueblo. Ellas lo cargaron, mientras los niños jalaron y empujaron el carro de lámina en el que los paseaban.

Siempre iban al Parque Revolución, más seguro, pero aquella vez les dio la gana de trepar las escaleras del cerro, de cuya cima se domina casi toda la ciudad, y la Bahía de Todos Santos. La flora primaveral, principalmente de cactus, malvas y margaritas, había brotado, tras las lluvias invernales.

Arriba, ellas tiraban y ellos descansaban, extenuados por el ascenso; iban los tres, en tándem: al frente, él, luego el mayor, que ya sufría del mal que minó su mente, pero no su vigor físico, y hasta atrás, el hermano de en medio, con casi tres años más que él, y dos menos que el mayor. Uno, cuatro y seis, redondeados.

Las primas los habían llevado a un lugar que exigía atención, y por podar un macizo de margaritas silvestres, para armar el ramo que les serviría de pasaporte y justificación de su tardanza, los descuidaron, no vieron que las llantas quedaron cerca de la pronunciada pendiente.

El carrito avanzó, el mayor gritó, divertido, brincó y cayó parado, ni siquiera perdió el equilibrio; el de atrás saltó y alertó a las pilmamas, y el bebé, abandonado a su suerte, cayó a un barranco, de dos metros de profundidad. Salió despedido por el impacto, aterrizó con la frente en una roma roca de granito. Se le abrió la piel, la flexibilidad de su cráneo lo salvó de una fractura; su llanto y la sangre que corría por su rostro, las aterraron; para no llamar la atención, lo envolvieron en un suéter y bajaron del cerro a toda prisa.

Antes de llegar a casa, fueron al Hospital Civil, tenían experiencia en traumas físicos, varias veces habían ido a la Cruz Roja, en la Ciudad de México, con lesiones derivadas del abandono y descuido en el que vivieron casi toda su infancia.

Antes de comparecer ante la madre del “accidentado”, amenazaron al único que podía regar el tepache.

Tras regañarlas duramente y hacerlas confesar parcialmente, pues no las pudo sacar de que sólo era un chichón con raspón de pilón, lo que cubría el vendaje en la abombada frente del bebé, que, además, así se veía bien guapo, con los ojos fatigados por el llanto y su melancólico semblante, daños colaterales de la impertinencia de sus sobrinas, su mamá decía que se parecía a Valentino, en El Sheik; envuelto en un chal, fue a lucirlo con su vecina Chelo, quien interrumpió su obligada lectura de la sección de sociales del Diario de Ensenada; las dos, con sus críticas, hicieron puré a las dos chamacas, “irresponsables y mal nacidas”.

Mejor eso, que sentir el cordón de la plancha, se decían en secreto las bribonas, riendo y espiando a su tía y a la comadre, que platicaban a grito pelado.

Se integraron al cotorreo otras vecinas, y la Chelo vio la oportunidad de ganarse unos pesos, a costillas del grupo de viejas metiches.

Le apostó un pachuco, a cada una, a que se tragaba una mosca, y sin hacer gestos de asco, ella misma la atraparía frente a todas, sería una mosca fresca, lo que haría más macabra la proeza. Era la primera vez que lo proponía, y todas quisieron entrarle; al escucharla decir que se manducaría al asqueroso díptero, sólo con imaginar el momento en el que se efectuaría la deglusión, algunas por poco y se vomitan. Juntó once varos, que fueron depositados en manos de la madre del bebé, considerada garantía de honestidad; vivía ahí junto, no podría llegar lejos, si trataba de huir con la “polla” y con el lactante en brazos.

Chelo enrolló su periódico pero no se lo fumó, atarantó de un golpe a una incauta mosca, abrió su bolsa y extrajo un emparedado de jamón, tomate, lechuga y rajas de jalapeño, una rebanada de pan embarrada de mayonesa “compuesta”, y la otra de mostaza; abrió el sandwich, tomó delicadamente a la mosca por un ala, y la paseó ante los ojos de las presentes, que la vieron retorcerse rumbo al patíbulo, la posó en un bodoque de mostaza, para inmovilizarla, lo cerró, y se lo jamó. Con cada bocado, le daba traguitos a una coca cola fría; azoradas, se debatían entre admirar su temeridad o escandalizarse por su absoluta falta de higiene, preguntándose: ¿Dónde carajos no se habrá parado, en su corta vida, la asquerosa mosca verde?, se voltearon, frunciendo la cara, con un escalofrío; la más pulcra señaló una caca de can sobre la acera. Ahí había al menos una docena, de idénticas características.

Una veterana se atrevió a sugerir que Consuelo había hecho trampa, camuflando el sabor de la mosca con el sandwich, pero las frenó:

-¡Traigan sus emparedados, y a la que se mastique una mosca como lo hice yo, le pago un peso! – ahí se acabaron las protestas.

La Chelo estaba tranquila, sabía que el paso del insecto, por su tracto digestivo, sólo la nutriría marginalmente. No tuvo imitadoras.

Montó ese teatrito en varias ocasiones, y convirtió a las iniciadas en cómplices, actuaban como paleras, aumentando las apuestas, y las llegaron a poner a cinco pesos por cholla; la polla crecía, y entre las pioneras de más confianza, se repartían el botín. Le duró el “bisnes”, hasta que las amas de casa conocidas se agotaron, pues ninguna iba a caer dos veces en el garlito, ni siquiera por el gusto de verla tragarse moscas emparedadas.

Para zafarla de la inconveniente fama que se hizo, su grupo compacto borró de la memoria del pueblo las repugnantes hazañas, mediante un rumor concertado, atribuyéndolas a terceras gentes, que ni vivían en Ensenada, o asegurándole, a las más reacias, que las moscas nunca estaban adentro del sandwich, que les amarraba una pata con un fino hilo, y las jalaba fuera de la mostaza, en el último instante, o que era, simplemente, una uva pasa Cabernet Sauvignon. A golpe de rumor, el asunto se convirtió en otra “leyenda pueblerina”.

Sus primas no la pasaban mal, tras una regañiza, unas cachetadas o unos cordonazos, se disciplinaban y hacían el quehacer, con rapidez, entusiasmo y diligencia, hasta que hallaban revistas en un rincón, una cama, un sillón: Vanidades, Para Tí, McCalls, Bazaar, etc.; quedaban atrapadas y, como por encanto, sus ganas de limpiar se esfumaban, y desplegaban los magazines por el suelo, se echaban de panza, y los hojeaban con pachorra, hasta que la tía las descubría, “haciendo la perra”. Si tenían suerte, se las veía picoteando bocadillos; el colmo del disfrute era cuando disponían de una caja de chocolates See’s, y su querida tía estaba en algún cine, con el “viejo”.

En el verano iban a la playa, a unas cuadras de la casa; de parapeto llevaban a sus primos y primas; estaban de moda los trajes de baño de dos piezas, pero ¡Nada como los minibikinis, monokinis y tangas que mucho después aparecieron!, aquellos sólo tenían el atrevimiento de dejar un tramo de piel a la vista, de suficiente ancho para motivar que un gringo le dijera a la menor, que se asoleaba enfrente del Hotel Playa:

-¡Mí gustar mucho tu ombliga! –la prima soltó una carcajada y se echó a correr, pero se frenó y emprendió la retirada, a los jardines, cuando un barbaján le gritó a su palomilla, a todo pulmón:

-¡No sé qué tengo en los ojos, que puros cabrones veo! – la de la “ombliga” se molestó, y la otra se sonrió, disimulamente.

Sus personalidades estaban definidas, eran la mula, y la sociable.

-*-

En el puerto había leyendas y hechos reales, efímeros, escándalos que contaban, al inicio, con amplia cobertura de prensa, después crecían, impulsados por los rumores, se expandían en innumerables versiones que se mezclaban y contradecían; había quien aseguraba tener toda la película completa, armada con resabios del escándalo, irreconocible al paso del tiempo. Nadie daba crédito a su veracidad, y la siguiente generación no sabía de qué demonios hablaban: la muerte misteriosa en el seno de una familia adinerada, fraudes piramidales, las “firmas” financieras que se alzaban con los sueños de cientos de ingenuos que les confiaban los ahorros de su vida, la fortuna instantánea de alguien que le pegó al “gordo” en la Lotería, entre fantasías y realidades. Por inverosímil, sórdido, obvio o idiota que fuera, cada evento se añadía al expediente, seguía un proceso similar, y acababa por consumirse.

El Carnaval era una tradición popular muy arraigada, a pesar de estar influenciado por el de Veracruz, y querer semejarse al Mardi Gras de Nueva Orleans, para atraer al dólar; había algo para todos, incluso un simpático y candoroso Carnaval Infantil, impulsado por el prestigioso Jardín de Niños Juan Jacobo Rosseau, que se financiaba con recursos de la venta de votos para las elecciones de su Reina, Princesas y Rey Feo; estaban amañadas, como las del grande, el Carnaval patrocinado por empresarios del turismo, el comercio y la industria locales, pero sin la cantidad de dinero, los giros negros, ni la venta y consumo de alcohol y comida a media calle, en la Jauja que se armaba, ni carros alegóricos que compitieran con otras Carnestolendas nacionales; era una bacanal, había jacarandosos grupos de especímenes tropicales, de género cierto y/o incierto, y de reputación indudable.

Pero la pachanga se mantenía en un controlado relajo, en las cantinas y en el centro del pueblo, cerca del puerto; quien no quería participar, con que sólo se adentrara unas calles, era suficiente para recuperar la paz y tranquilidad de cualquier otra época del año.

El Carnaval Infantil tenía su público asegurado, constituído por toda la chamacada local, desfiles matutinos por las calles céntricas, carros alegóricos llenos de infantes disfrazados, además de la parentela de las “mascaritas”; se lucían trajes de piratas, animales, personajes de Walt Disney y de Cri-Cri, y de los cuentos más conocidos. Los papás se daban vuelo con sus Brownies Chiquita, tomaban fotos, y algunos filmaban en 8mm a sus hijos y toda la parafernalia de las Fiestas del Rey Momo.

En el Infantil, estaba el mejor espíritu del Carnaval.

La lana motivaba a los organizadores de la iniciativa privada, y la gente, desde muchachos de secundaria, aprovechaban el relajo y se destrampaban discretamente tras sus antifaces; había adultos que lo hacian descaradamente, alcoholizados. El Municipio y el comercio, tomaban rebanadas del pastel, en la vendimia desenfrenada; era una semana de permisividad y excesos generalizados.

Gran parte de los entusiastas eran de buena fé, buscaban que una hija fuera reina, o princesa, que apareciera en secciones de sociales de los periódicos locales y con algo de suerte, en los estatales, luciendo sus atuendos ganadores, y si no, hacer bromas, de ingenuas a pesadas, al amparo del anonimato, reventándose, en cabezas y caras, cascarones de huevo rellenos de harina, o blanquillos frescos, que camuflaban de colores, al compadre o al amigo al que ya se la tenían sentenciada, o echando confeti en la boca a un desconocido, aprovechándose de una espontánea carcajada.

Así, se organizaban docenas de corretizas entre la multitud, que casi siempre acababan en incruentas venganzas, y más risas.

Los preparativos del Carnaval empezaban meses antes, rescatando de oscuras bodegas, donde se acumulaban, estructuras de madera, varilla corrugada y cable metálico, láminas de aluminio, tabla roca y cartón, que se usarían en escenografías de carros alegóricos, esperando que no fueran a reconocerse los materiales reciclados.

Los padres y demás patrocinadores de la Reina del Carnaval y de las princesas, gente pudiente, se discutían con algo nuevo que pusiera su sello personal al evento. Era divertido ver el Baile de La Cenicienta, la Bella Durmiente, etc., con las chicas guapas de los clubes sociales locales, incorporadas a la nobleza de oropel, en plataformas donde se promovía la actividad económica regional, o con muchachas vestidas como anfitrionas de Las Vegas, o en traje de baño, como calendarios de taller mecánico, logrando que el Carnaval honrara su nombre.

Las que lucían atuendos más atrevidos eran importadas del otro lado, de California, donde la exposición cutánea extensiva no asombra a nadie.

Aparte de la venta callejera de alcohol y comida, y los giros negros, inadvertidos para la mayoría, se beneficiaba a gremios de oficios, y a los artesanos; construían alegorías y adornaban las calles; las salas de belleza se saturaban, las chicas tomaban esos días como pasarela sin fin, era una Feria de las Vanidades; ya después harían su Hoguera de las Vanidades, cuando se confesaran e hicieran votos de recato; y lo bailado, ¿Quién se los iba a quitar?

Las más, eran costureras y modistas, quienes confeccionaban ropajes equivalentes, en costo y en complejidad, a vestidos de novia y, para la que los lucía, tenían similar efectividad; estaban en pie de guerra, y en plan de ataque en el mercado nupcial, era una gran oportunidad de lanzar el anzuelo, para ver si algún pez mordía.

Las mamás se las ingeniaban para que el traje de hada o de princesa, príncipe, espadachín, Batmán, Supermán, o de Mimí, Daisy, Mickey, Donald, etc., salieran más baratos que los adquiridos para las chicas y chicos ricos, en San Diego.

Con un sombrero de fieltro azul marino y ala ancha, alargado a punta de jalones, y con una pluma del guajolote de la Navidad pasada; una capa roja, adaptada de ropa jubilada, de color deslavado y quemado, y los pantalones de payaso del año anterior; un antifaz negro que le cubría la identidad y protegía su imagen, bigote enroscado y piocha, pintados con tizne de corcho, un pie en la base de cantera de la fuente de los enormes peces rojinegros del Hotel Playa, y estaba listo para la foto que le aseguraria un lugar en la posteridad.

Le daba igual, no estaba a gusto con su atuendo, pero con el antifaz y el tizne, podía salir a la calle, andar por los carros alegóricos, saludar a la Reina y a las Princesas, reventarles cascarones en la cabeza a los cuates, lanzar serpentinas, sonar matracas y soplar espantasuegras en las orejas de quien fuera, repartir confeti a diestra y siniestra, y gritar a todo el mundo, sintiéndose protegido, incógnito:

-¡¿Me conoces, mascarita?!

Eran días de diversión y juerga inocente para su plebe de secundaria, de catarsis callejera para quien no se enclaustrara, a esperar que el relajo acabara. Desde el primer día, de manera imperceptible para unos, y envolvente para otros, el centro del pueblo y el área turística, se convertían en una enorme zona de tolerancia.

Un amigo se animó a apretarle un seno a una escotada sirena, y ella gritó, llamándolo por su nombre: ¡Gabriel!, y le lanzó una bofetada, que apenas alcanzó a esquivar, y huyó de ahí corriendo, perdiéndose entre la muchedumbre.

-¿Quién era la sirena, la reconociste? –le preguntó después.

-¡Ni idea!, pero no era mi pariente. De eso estoy seguro.

En la melé de la avenida Ruiz y la calle Primera se mezclaban, en un crisol efímero, nativos, con visitantes de Mexicali, Tecate y Tijuana, turistas pochos y gringos y del resto del país. Suripantas y travestis se trepaban en plataformas, verdaderos cabarets, piqueras rodantes, con palmeras en maceta y mesitas con marcas de cervezas regionales, y conjuntos tropicales, las locas se daban vuelo chuleando chavos, los retaban a subir, y bajaban a ver qué agarraban, o qué les agarraban.

El trafique no cesaba, la calle era cantina y expendio de remedios para crudos: clamatos, tacos picantes, birria y moles; y esa bacanal iniciaba el viernes, con la quema del Mal Humor, odiado personaje, y culminaba el siguiente martes, previo al Miércoles de Ceniza.

Fue un Martes de Carnaval, en el paroxismo etílico del reventón tolerado y auspiciado por la autoridad, que se perpetró el asalto al dueño del edificio de El Bazar, una de las tiendas más antiguas del puerto. Varios comercios ocupaban la planta baja, otras áreas eran oficinas, bodegas y apartamentos rentados por el dueño, un anciano avaro y millonario, tacaño cododuro; de su fama derivaban chismes truculentos sobre su honestidad.

Sólo era señalado por eso, muy poco se sabía de él, y ni siquiera a qué grupo étnico pertenecía, la zona libre era terreno fértil para los fenicios y todas las tribus destacadas en el comercio; había árabes, sirio libaneses, judíos, españoles, chinos, japoneses, y algún colado nacional, compartiendo actividades hoteleras, restauranteras, y las importaciones de toda naturaleza, incluyendo tráfico de drogas y de personas; siempre se oían noticias de una embarcación sospechosa, en la costa; buena parte de la colonia china tenía ese misterioso origen, se decía que no se registraban decesos entre ellos, que los documentos de cada muerto pasaban a otro vivo ilegal; que una parte del subsuelo del Barrio Chino de Mexicali estaba formado por redes de galerías de las que salían uno a uno, aprovechando que es imposible distinguir a un chino de otro, según la creencia popular.

Yun Ki, coreano, y Rafael Chan, chino, eran de los más prominentes y, como en el resto del estado y del noroeste, abundaban las tiendas de abarrotes administradas por asiáticos. Si “el chino de la esquina” era sustituído, los niños se daban cuenta primero que nadie, sus hijos se hacían camaradas de ellos, y la revolvencia, la rotación de personal, rara vez trascendía, había una tenue complicidad entre los tenderos y su clientela, a menos de que existiera investigación policíaca. Era explicable, los comerciantes mexicanos, y los orientales, usaban el método de fiar, crédito semanal, quincenal o mensual, a conveniencia del marchante, su registro se llevaba en libretas, las “cuentas” que día con día aumentaban el adeudo; el ama de casa, los hijos y los propios paterfamilias, acudían a hacer cargos y a cubrir saldos en los lapsos convenidos con el chino o el tendero paisano amigable, para quien se era cliente de fiar.

El sistema funcionaba a la perfección, sin recargos, mucho mejor que las tarjetas de crédito actuales. Su padre tenía tres cuentas, en El Sol, los abarrotes de Don Pancho, cerca, para lo inmediato; en el Mercado Reforma, con Carranco, para las provisiones semanales, y al chino de la Maico, le compraba extras; él la usaba a veces, estaba muy cerca de la secundaria, su padre lo sabía, no se desmandaba, y era tolerado.

Cada semana, o quincena, después de rayar, el padre saldaba las tres “cuentas”.

Los chinos cambiaban o las tiendas se cerraban, nunca se les señalaba como “indocumentados”; con solidaridad y crédito blando, todos salían ganando.

El caso fue que un grupo de nativos decidió aprovechar la noche del Martes de Carnaval, para robar al dueño de El Bazar.

Con las calles principales llenas de gente disfrazada y alcoholizada, y sucesos simultáneos, previstos y aleatorios, se acapararía la atención general, mientras ejecutaban su plan y huían tranquilos, con el botín a cuestas, encubiertos en la confusión del desmadre monumental.

En el extremo inicial de la avenida principal, cerca de la bahía y de las curiosidades “El Nopal”, con su edificio triangular, en cuchilla, de varios pisos, de ladrillo rojo, detallada herrería y marcos de puertas y ventanas verde perico, frente al Paseo Hidalgo, donde el Padre de la Patria sostenía en sus manos unas cadenas rotas, símbolo de la Independencia Nacional; ahí, se dio una importante distracción: tras cucarse buen rato y ser azuzados por la raza, que se fue convirtiendo en multitud, y acorralados para que no se escaparan sin darse un regular entre, dos pachucos se liaron a fregadazos.

Eran “El Mohicano” y “El Cuadrado”, que se estudiaban, saltando en círculos; la plebe ya formaba un bloque compacto, cuando empezó la pelea.

Se daban cada mandarriazo, que se desplazaban hasta dos metros, en la dirección de cada impulso, la bola los seguía, como banco de peces atacado por tiburones, un hueco oval, un ring virtual, reproducía sus movimientos, como virutas de hierro movidas por un imán. Nadie quería estar a menos, ni a más, de tres metros, de los dos leviatanes. Era muy extraño, siempre se les había visto juntos, la chavalada local estaba segura de que eran amigos, no se explicaba por qué peleaban, y menos que se dieran tan duro, y tampoco por qué no abrían la boca para nada, ni siquiera para insultarse; el evento tenía visos de pelea callejera pagada, nadie hacía apuestas, lo que sería natural; nadie que estuviera a la vista, al menos. Algo raro, con sólo oler la adrenalina circulante, le podía decir, a un observador reflexivo, que se trataba de un caso de gato encerrado, pero no había ese tipo de público, ni nadie que se pusiera a meditar, actuaban como animales sedientos de sangre.

Y nadie sabía que recibirían mil pesos, cada uno, al presentarse con muestras de la madriza, cada chipote y raspón era un testimonio del cumplimiento de su contrato privado.

El rebumbio de la pelea se escuchaba claramente a dos cuadras del monumento al prócer, en la cantina Hussong’s, el famoso sitio de reunión, desde finales del siglo XIX. Sus parroquianos, gringos en su mayoría, salieron en masa, a compartir las emociones del singular match. Mientras, a unas cuantas calles, se llevaba a cabo el asalto.

El viejo no vivía en un penthouse lujoso, sino en un modesto cuarto de azotea, con sólo una cama individual, un buró y una cómoda, un rústico chifonnier donde guardaba ropa. Y mucho menos contaba siquiera con los electrodomésticos más básicos, nada más tenía una hornilla eléctrica, sobre una destartalada mesa, y dos viejas sillas de madera. Era común verlo, sentado en la acera, a unos metros de la entrada principal de su edificio, enguyendo los tacos, sanduiches o tortas, que sacaba de una bolsa de papel. Muchos ignoraban que era el propietario, un acomedido se acercaba para sugerirle que comiera lejos de ahí, en una banca del Parque Revolución, antes de que saliera un empleado de El Bazar a correrlo, o llamara a la perica, para que se lo llevara al bote. Él nunca hacía caso, y la policía le daba garantías, le pelaba los dientes. Lo conocían.

Ese martes, los asaltantes lo siguieron, sus pasos fueron vigilados de cerca, mucho más que en las semanas anteriores, cuando cada uno de sus movimientos fue anotado meticulosamente, hasta establecer los patrones más frecuentes de sus andanzas. La vida del viejo era muy regular en sus periplos; con frecuencia lo saludaban, sobre todo sus coetáneos, pero rara vez se detenía a platicar, y cuando lo hacía, era por unos instantes, sus conversaciones nunca eran con las mismas gentes, y las más largas sólo se prolongaban por un par de minutos, no tenía amigos íntimos, los conocidos que pudieron tener interés en su amistad, en tiempos pasados, fue por su dinero; los detectaba de inmediato, y les negaba el saludo. Nadie lo quería.

Los persecutores que mapeaban sus rutinas, eran cuatro oriundos de la localidad, con edades entre 25 y 35 años; ese martes en que su plan culminaría, se disfrazaron de brujos de Halloween, con batas negras, discretas pelucas color naranja, y antifaces de chaquira les cubrían de la frente a la boca; ya lo estaban esperando, cuando el avaro entró al edificio, iba dispuesto a descansar, subía las escaleras huyendo, harto del ruido, del alboroto; ellos conocían al dedillo la parsimonia de sus movimientos, esperaron a que abriera el candado, y estaban sobre él, lo echaron dentro del cuarto, lo golpearon duro con unas cachiporras hechizas, de calcetines gruesos dobles, llenos de morralla, para convencerlo de que les entregara el dinero; de seguro lo escondía ahí, pues todo el mundo sabía cómo desconfiaba de los bancos y no confiaba en nadie; definitivamente, lo debía tener en su cuartucho, o enterrado, quizá en el Parque Revolución; pero no, el botín tenía que estar ahí, dentro de la pequeña habitación, no podían pensar que soportara estar lejos de su fortuna, tenía que revelarles dónde había escondido la codiciada pachocha.

Como el terco carcamán no hablaba, y parecía estar paralizado de pavor, escondiendo el rostro entre las cobijas de su camastro, donde había caído tras los primeros cachiporrazos, lo golpearon más. No se dieron cuenta de que se les había muerto; desde que los vio con sus terribles disfraces negros, pensó que eran enviados de la Parca, y le falló el vetusto corazón, se lo cargó el horror. Aquellos asaltantes, ni a pistola llegaban, hasta una navaja de pachuco les inspiraba terror; con sólo pensar que pudiera haber sangre derramada, las corvas se les aguadeaban.

Repentinamente, sintieron el peso de su doble fracaso, se les había pelado el viejo, al que sólo planeaban amedrentar; sin saber aún en dónde carajos estaba el dinero, habían sacrificado, a lo pendejo, al gallo de los huevos de oro, tenían las manos sucias y vacías, corrían el grave riesgo de ser sorprendidos in fraganti y, para acabarla de fregar, sin las manos en la masa, y con el corpus delicti presente.

Desesperados por su pifia, y angustiados por el sorpresivo evento, le revolvieron la habitación, buscando cualquier cosa que retribuyera su esfuerzo, tras la tragedia. Voltearon el colchón, debajo de la cama no había nada, salvo una bacinica a medio llenar, o medio vacía; el peso del miserable colchón les llamó la atención, lo rasgaron, su deterioro era total, debió servir su cometido por décadas. Al romperlo, vieron que pudieron ahorrarse el esfuerzo, sólo tenía una tela de cambaya sobrepuesta, bajo ella, descubrieron unas capas de borra, comprimida por el peso del cuerpo del viejo, trozos de periódicos, y documentos personales, objetos, recuerdos de su vida familiar, fotos, tarjetas de Navidad, ropa luída y rota, de relleno, y en medio de todo, bolsas de papel, con nombres de comercios, algunos ya inexistentes, repletas de billetes, y acomodados por denominación, como treinta bolsas, quizá más; fajos de cien billetes de a mil, si eran iguales, podía haber más de tres millones de pesos, una gran fortuna, para los cánones de la época. No tenían tiempo, ni ganas de contar, la presencia del cadáver los perturbaba, el tiempo apremiaba, tenían que salir del edificio cuanto antes, todo en medio de emociones contrapuestas que taladraban sus mentes. Eran millonarios y asesinos. No podían dejar clavo olvidado, ninguna huella delatora. Ni un solo cabo suelto.

Procedieron a discriminar el contenido; se deshicieron de lo que no presentaba posibilidad de ser convertido en liquidez inmediata, y de lo que pensaban les traería más problemas que fortuna, como varios atados de documentos notariados, títulos de terrenos dados al avaro en prenda y pagarés de deudores nominales, y discutían si alguno les podría servir para chantajear a firmantes o a beneficiarios. Quedó en que nada más conservarían el efectivo, esa decisión fue definitiva.

Bajo la mesa de madera, encontraron una sucia bolsa de lona, con varias docenas de centenarios y muchas otras monedas, de oro y de plata. A ojo de buen cubero, iban a levantarse más de cuatro millones de pesos, incluyendo los metales preciosos, quizá mucho más, si se dedicaban a expulgar los documentos; pero se convencieron de que ni para la repartición del efectivo, in situ, tenían márgen de tiempo, las discusiones que provocaba cada hallazgo, reducían sus oportunidades de ponerse a salvo; tenían que trasladarse a lugar seguro, ya, y debían aprovechar el reventón general que se escuchaba en la calle, donde se celebraba gozosamente otra muerte, la del Carnaval.

Descargaron el colchón de lo que les interesaba, analizaron por unos momentos, la conveniencia de provocar un incendio, para ocultar evidencias del robo y del asesinato “involuntario”, para despistar a la policía y orientarla hacia un siniestro accidental o un posible suicidio, y terminaron por concentrarse en una graciosa huída. Distribuyeron el contenido útil del colchón, en panzas, que confeccionaron con fundas de almohada, y cada quien se colocó la suya, ayudándose con el cinturón, disimulándola bajo el disfraz. El jefe de la cuarteta insistió en ser él quien cargara las monedas, que sobrepasaban los treinta kilos; aceptaron, era el más grande y fuerte de los cuatro, y no iban a pelear por privilegios personales, eso a su tiempo, más adelante. Por ahora, las presiones venían de fuera, era necesario preservar la unión. Ni un muerto más. Había demasiados motivos para serenarse.

Salieron del edificio, tomando la precaución de cerrar la puerta del cuarto de azotea con candado, sin pensar que, entonces, el suicida se habría encerrado sólo; fuera, caminaron a la derecha, muy juntos, y alejándose, sin prisas, del bullicio, acataron el acuerdo de no hablar entre ellos, ni con nadie, ninguna pregunta, broma o interpelación, ni una palabra a un desconocido, y menos, si topaban con un conocido. El objetivo era llegar, a salvo, al carro del que cargaba las monedas, y que había servido para la preparación del “golpe”, estaba estacionado a siete cuadras, luego, pelarse a un lugar alejado; se metieron al auto como pudieron, sin quitarse las panzas, y pararon donde no se veía un alma en la calle, en ninguna dirección; se despojaron de los disfraces, metieron las almohadas repletas de billetes y la bolsa de lona llena de monedas, a la cajuela, dejaron el auto en casa del cabecilla, y fueron caminando al centro, ahí se unieron a la pachanga, y establecieron su coartada, haciendo acto de presencia, tomando cerveza y participando del júbilo popular, por unas horas; las pasaron vigilándose, para que ninguno se fuera de la lengua, exhibiendo la emoción de sentirse rico, o que se le fuera a notar la culpa de saberse homicida.

Jamás se supo oficialmente la identidad de los ladrones asesinos, el cadáver fue hallado días más tarde, cuando el pueblo superó la cruda carnavalesca. A la vuelta de los meses, sí trascendió la noticia sobre quiénes se habían quedado con los bienes inmuebles del intestado; fue un selecto grupo de leguleyos, trastupijes y picapleitos locales, que se las ingenió para convertirse en albaceas de la vasta riqueza del difunto. Existía un clan anónimo de latifundistas urbanos, una secta secreta; unos miembros pertenecían a familias pioneras de la ciudad, otros eran de más reciente incorporación; estaban todos al acecho de oportunidades para acaparar terrenos públicos, sirviéndose de trucos y artimañas legaloides, y de inmuebles enredados en litigios, como sería el caso. Se rumoreaba que se hacían llamar “Los Vegetarianos”, y trascendía que, en sus cónclaves, presumían haberse engullido “doce lotes”, o “tres manzanas”, entre copas de champaña y carcajadas.

Algunos terrenos en su poder, eran pequeñas propiedades rurales, de hasta 10 hectáreas, en zonas que esperaban que el crecimiento del pueblo presionara al alza el precio del metro cuadrado, para que sus millonarios dueños se volvieran multimillonarios, fast track.

Como ya se dijo, el dueño de El Bazar no creía en bancos, en nadie, no se diga en abogados. Era el único vigilante de una fortuna que no disfrutó nunca.

Tampoco la disfrutaron los ineptos ladrones y fortuitos asesinos que lo despojaron de la parte más líquida de sus bienes, a la que el viejo se aferraba con una avaricia que calificaba plenamente como pecado capital, curiosamente, el más capital de los pecados mortales.

La policía no descubrió primero el crimen, el conserje del edificio se comunicó, la mañana del miércoles, con otros interesados; a los dos días, la autoridad policíaca filtró a la prensa que el anciano había sido encontrado muerto, en medio de un completo desorden; había sufrido una caída, fracturándose el cráneo, no se halló ninguna evidencia de violencia; el candado estaba cerrado, pero el viejo solamente lo había pasado por la armella, así lo colocaba siempre, para evitar que se le extraviara, dijo su empleado. Se minimizó el desorden, y no se pudo constatar si alguna cosa pudo haberse extraído de la vivienda. Aparte de avaro, cobró fama de cuachaliro, post mortem.

Como había fallecido instantáneamente, con el primer golpe duro, de cachiporra, que le produjo la fractura, o momentos después, al darse cuenta de que estaba en peligro mortal, lo cual desencadenó el infarto masivo al músculo cardíaco, que dejó de bombear, los demás golpes no le causaron molestias, ni hematomas; para entonces, el vejete ya estaba bien muerto, con la sangre en franco proceso de coagulación.

Los vivales que se adelantaron a la policía, procedieron, con el apoyo de su espía, el empleado de mantenimiento, a arreglar de inmediato el teatro del crimen, reponiendo el colchón, que desaparecieron, y tuvo que ser con uno ya usado, de alguien que habitara cerca, quizá el del propio conserje, lo que no despertaría sospechas; así, su traslado sería imperceptible, para la gente de la calle.

No se supo que hubiera ahí una cantidad importante de documentos, salvo revistas y papeles personales, con valor solamente para él, lo normal, en un solitario, sin inquietudes culturales o artísticas. Los muebles ya descritos, lo añadido post mortem, ropa, pocos artículos de higiene personal, en fin, nada que se contrapusiera con la idea que la gente tenía de ese miserable millonario que, cuando no infundía lástima, o desprecio, provocaba envidia:

-¡Cuánto bien, y tan inmerecido! -decían, y se ponían a especular sobre lo que harían si hubieran tenido la suerte de encontrarse en el privilegiado lugar del Scrooge de pacotilla, si hubieran poseído el magnífico edificio de El Bazar, uno de los mejores de la ciudad.

Rápido dedujeron, los interesados madrugadores que accedieron a la escena del homicidio, por lo que los ladrones asesinos habían dejado en documentos, billetes y monedas, que por la premura no pudieron detectar, que se trataba de jóvenes novatos locales, que estarían muy nerviosos y temerosos de huir del pueblo, su ausencia los plaquearía, los señalaría; concluyeron que se habrían parapetado en el jolgorio del martes, y enviaron a sus orejas, a averiguar si la gente, sobre todo la que usualmente andaba o vivía en las inmediaciones del Cine Anza y unas cuadras hacia el cerro, había visto algo, cualquier cosa, entre tal y tal hora, la noche del deceso. Estos siniestros sujetos contaban con una extensa red de soplones, espías e informantes, que utilizaban para sus turbios “negocios legales”.

Pronto armaron la imagen de cuatro “mascaritas” gordas: ¡gordas!, sordas, mudas y aparentemente ciegas, que caminaban torpemente, alejándose del centro, las orejas averiguaron inclusive el modelo y las carácterísticas del automóvil que abordaron atropelladamente, y el rumbo que tomaron. Con sus contactos en la policía municipal y en el departamento de tránsito, lo ubicaron y recavaron sus datos: placas, dueño, color, multas pendientes, y sin preguntar para qué los querían. Si les hubieran inquirido, habrían dicho que le habían echado el ojo, y que deseaban comprarlo, pues era un coche destinado a ser clásico. ¡Como el de Bonnie and Clyde!

No les hizo falta decir esa mentirijilla. ¡Tenían a los aprendices en sus manos!

Los nerviosos asesinos habían rentado una cabañita, en un rancho por el camino a Tecate, ahí tenían el botín, y discutían; no podían ponerse de acuerdo en los términos de la repartición, no aceptaban que fuera en partes iguales: usaron el carro del cabecilla, quien había cargado el mayor peso, uno argumentaba haberle dado el golpe mortal al avaro, y eso le daba mayor ingerencia en la operación; otro tenía enferma a su madre, necesitaba más lana que los demás, para gastos de hospital, etc, y la esposa del último estaba encinta, aunque no estaba seguro de haber sido el inseminador, y así, durante horas, alegaban, sin lograr la armonía, inventando problemas, enfermedades de parientes y deudas insolutas, etc.; uno se quitó los zapatos, para enseñarles sus juanetes y tres uñas enterradas que requerían intervención quirúrgica urgente; por fin, terminaron conviniendo en contar primero todo el dinero del botín para saber, al menos, con exactitud, por cuánto se peleaban.

Al contabilizar los fajos de billetes, se dieron cuenta de que el avaro había intentado ordenarlos por número de serie, algo imposible, era dinero que llegaba a él por azar, aunque la mayoría de los grandes, de a mil pesos, estaban casi nuevos; parecía obvio que el viejo juntaba la morralla y luego iba a una sucursal bancaria a cambiarla por papel moneda, casi se lo podían imaginar, exigiéndole al cajero que fuera el billete más nuevecito que tuviera. Una buena parte databa de tiempos en los que aún era un comerciante sociable, cuando estaba al frente de El Bazar, por los años treinta del siglo XX, cuando se hizo adicto al color y al olor del dinero, cuando se volvió avaro. Lo que nunca se pudieron explicar, era por qué no había dólares en el botín; manías de viejo loco, concluyeron, sin quedar conformes. Le pondrían remedio a eso, abriendo cuentas en Chula Vista, cambiando pesos por verdes en las casas de cambio de Tijuana y las que abundaban, nada más al cruzar la “Línea”, en San Ysidro.

Cometieron el craso error de utilizar el mismo carro para ir a rentar la cabaña, no se atrevían a abrir la cajuela en poblado, y los localizaron fácilmente con ayuda de la Federal de Caminos, era un pangón de 8 cilindros, Chevrolet, amarillo mostaza. Imposible de camuflar.

Con más cautela, los conjurados perpetradores del nuevo crimen, de mayor cuantía y gravedad, los espiaron en su escondite, usando a un sujeto de igual o peor ralea que ellos, pero proveniente de los estratos socioeconómicos inferiores, un “milusos”, que se ofreció a ayudar, a cambio de propinas, al cuarteto de la muerte, iba a comprar minucias como café, cigarros y cocas; paró orejas y peló ojos, y les informó de los planes de los rateros asesinos: atenderían asuntos en el pueblo, y regresarían al día siguiente, por la noche. Enterados de lo que querían saber, gratificaron al espía y lo enviaron a Tijuana por un tiempo, le dieron un cometido ficticio; lo que seguía, era más confidencial.

Al quedar sola la cabaña, los nuevos controladores de la situación se metieron por una ventana, que el milusos se encargó de dejar sin el seguro puesto; se enteraron de todo lo que ahí había, lo que alimentó su determinación e hizo que actuaran con meticulosidad y prudencia, domando la adrenalina que les cundía por el cuerpo, sin dejar que se adueñara de sus mentes; eran profesionales, no amateurs. No tocaron ni un solo fajo de billetes, hallaron una botella de ron, a la mitad, y la adulteraron con el somnífero que iban a mezclar con el agua del garrafón, habían visto que aún había cocas en la hielera; regresaron a Ensenada, volvieron de noche, al día siguiente. Ellos sí iban armados, con revólveres .38 Special, Smith&Wesson, de cañón corto, que no pensaban utilizar, a menos de que se presentara una situación de vida o muerte; actuarían en silencio, usando bates de beisbol metálicos, de aluminio, ligeros y resistentes, bien forrados con cinta aislante negra, como camuflaje nocturno, y para no provocar hemorragias.

Encontraron a tres asaltantes drogados, profundamente dormidos, en un sueño del que no despertarían jamás; les metieron las cabezas en bolsas de plástico negras, de las usadas en los viveros, y se las ataron con fuerza, en los cuellos, pero uno se empezó a mover, se asfixiaba; rápido, le partieron el cráneo a batazos, y se los dieron a los otros dos también, por aquello de la equidad, uno por choya sería suficiente, les sonaron varios, por aquello de la seguridad; fue buena idea lo de las bolsas negras, no vieron sangre, no quedó rastro de lo sucedido.

Apagaron la luz, para esperar al que faltaba, ése sería ultimado a batazos en cuanto entrara, no dejarían que el buen plan les fallara, y menos en su apoteosis. Discutieron la táctica que seguirían, cuando ese momento llegara.

El último pichón nunca llegó, había tomado un autobús, que lo dejó a la orilla de la carretera, a unos cien metros de la cabaña, a la que se dirigió caminando, pero avistó un auto extraño, estacionado tras unos árboles, y se acercó con sigilo, llegó a la puerta y oyó las voces de los intrusos, entendió de inmediato lo que sucedía, regresó a la carretera, y huyó de ahí. Se percató de que era inútil volver al pueblo, y mucho menos que jalara para Tijuana, ni para California, lo mejor sería irse de aventones al sur; tardó días en llegar a La Paz, afortunadamente traía bastantes pesos, cada uno había tomado lana del montón, gastos de representación, él los usó para viáticos y pasajes. Le alcanzó para algunos meses; se compró un boleto del ferry a Mazatlán, y se fue a perder en Sinaloa y Durango, pensando jamás volver a su pueblo.

En la cabaña, los expectantes no tardaron en darse cuenta de que el cuarto vato no aparecería, y se equivocaron al pensar que de seguro estaría escondido en Tijuana, con buena cantidad de efectivo en su poder; creyeron que lo atraparían en un cabaret, en Caliente, en las carreras de perros, o en el Jai-Alai, con ayuda de su enviado; pero eso no sucedió, y tuvieron que vivir, nadando en la riqueza del vejete, y esperando que algún día tendrían que vérselas con aquel cabo suelto, y que debían estar preparados para atarlo, en definitiva. Quizá ellos, o sus descendientes, aún sigan esperando el regreso del que se peló.

Esa noche, se dieron a la tarea de enterrar los cuerpos de tres de los cuatro frustrados nuevos ricos, en el lecho arenoso de un arroyo, a unas decenas de metros de la cabaña, que fueron exhumados varios años más tarde, cuando una de las esporádicas y violentas avenidas, derivadas de las raras lluvias torrenciales de los inviernos, desbordó la hidrografía de la zona. Las osamentas desenterradas por las aguas estaban obviamente irreconocibles, y tan desperdigadas, que nadie las relacionó con nada, simplemente eran huesos viejos que podían haber bajado desde cualquier punto de la cuenca, de alguno de los muchos arroyos que confluían en la zona; la autoridad local ni siquiera se dio por enterada del macabro hallazgo.

Sus verdugos habían tomado la precaución de desnudarlos, antes de enterrarlos, y sus pertenencias fueron incineradas, en el horno de la repostería postinera de uno de los conjurados. Sólo huesos pelones afloraron.

Se decía que el cuarto brujo panzón, el que huyó en el ferry de La Paz a Mazatlán, fue la principal fuente de información, que alimentó la leyenda.

Sus familiares y amigos fueron vigilados con extrema discreción, con objetivos simulados, para salvaguardar la identidad de los ganadores, y para no frustrar la posibilidad de que algún día se apareciera, y que osara asomarse e intentara contactar a alguien, entonces lo pescarían. Sus dispositivos de vigilancia les daban, al menos, cierta tranquilidad.

No podían ejercer ninguna presión sobre nadie, pues si se conocían sus intenciones, se descubriría su móvil, aumentaría el riesgo de que se les ligara con la muerte del avaro, pues unos perspicaces, y otros tantos suspicaces, nunca descartaron la posibilidad de que hubiera sido un asesinato, al igual que las desapariciones de cuatro jóvenes, de los que sus familias continuaron presionando a las autoridades, para que se indagara su paradero, aunque sospechaban que andaban a la aventura, en gringolandia o al interior del país.

Tenían que actuar a la sorda, o sus status se verían amenazados. El pichón tendría que meterse solo a la trampa, no había alternativa. Sus vidas, y sus estilos de vida, dependían de que no se dejaran traicionar por sus miedos.

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La criatura era varón, su pelo rubio, fino y ondulado, flotaba sobre su cabecita, cubriéndole la mollera; sus ojos azules, atisbaban los rostros de médicos y enfermeras, hacía esfuerzos por soportar la luz; rollizo, 55 centímetros de largo, y 4 kilogramos de peso. Bellísimo, salvo por su esbelta y larga colita, con un mechón de cerdas en la punta, como de león, o de becerro.

La madre del vástago, grogui por la anestesia que le aplicaron para hacerle la sección cesárea, se enteró, cuando la enfermera se lo llevó, limpio y envuelto, a que lo alimentara, y sintió cómo el apéndice, con voluntad propia, se movía cual víbora, bajo el pañal. A los siete días, no soportaba convivir con el pequeño engendro; ya sola, en su hogar, decidió que la horrible cauda era un ombligo supernumerario, y debía ser desechado; armándose de valor, le hizo un rústico torniquete, y con tijeras de destazar pollos, le cortó veinte centímetros, incluyendo al mechoncito, que habría podido usar para espantarse las moscas; angustiada por los berridos del hijo, le introdujo el remanente de la cauda al ano: ¡Santo remedio!, cesó de llorar, aprovechó, y le ofrecio un seno henchido de leche. La tierna y bizarra escena, era como parte de una obra de Jerónimo Bosco.

A los pocos días, el retoño hervía en fiebre, pero seguía mamando, la madre lo sumergía en agua con hielos y no permitía que nadie se le acercara. El esposo llevó a un médico, pues su mujer no quería ni oir hablar de hospitales, le horrorizaba la posibilidad de que se supiera que había dado a luz un hijo del Demonio, de Satanás. Se le presentó una grave infección cerebral; algo como meningitis: virus, bacterias, los microbios de sus heces en su médula espinal, le llegaron hasta la cabeza. Sobrevivió, pero su conducta coprofílica era evidente. Tenía veintiún años, al morir. Sus padres no volvieron a sonreir. La muerte del esperpento no les trajo consuelo.

Al principio, discutían sobre ahogarlo en la cuna, y al verlo dormir, con sólo la cabeza descubierta, era la viva imagen de un verdadero querube, la madre le detenía la mano al esposo, quien se negaba a aceptar que el íncubo fuera su hijo; el muchacho creció, y era una torre; salía con los dos, cargando a uno en cada brazo, a dar largos paseos por el campo, a donde se habían mudado, para alejar la mirada y los juicios de las gentes. El cumpleaños de su mayoría de edad, fue el último, a la mañana siguiente no despertó, madre y padre pensaron que su muerte había sido voluntaria, una muestra de agradecimiento hacia ellos.

En justa correspondencia, sus padres dispusieron que, obviando en lo posible los trámites burocráticos, se le incinerara y se dispersaran sus cenizas, en secreto, tras las islas que dominan la Bahía de Todos Santos, para que los sagrados difuntos guardaran su diabólico secreto.

Sin embargo, por muchos años se escucharon historias de un gigante que se dedicaba al abigeato, recorría los cerros pedregosos de Tecate y la Rumorosa, y relacionaban con su paso la desaparición de vacas, cabras, burros y perros, de los que nunca se halló rastro; descartaron que se tratara de pumas, lobos o coyotes, habría por lo menos huesos y pieles que lo constataran. En épocas más recientes se le confundió con el famoso “chupacabras”.

Se decía que era el hijo de aquel matrimonio, que se las arregló para sustituir su supuesto cadaver, con el de algún infeliz con desórdenes de crecimiento, con un gigante acromegálico; la incineración completó su audaz y retorcida maniobra, y se liberó.

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Estaba seguro de haberlo escuchado varias veces, pero por más que pensaba, llegaba a la misma encrucijada: ¡¿Quién sabe de donde salió el Mito de los Andróginos?! Eran seres, antecesores de los humanos, que, como en la representación gráfica del Ying y el Yang, formaban el todo, un ser completo, plexo vs plexo, amantes en eterno abrazo, bestias de dos espaldas, monstruos; transgresores del código sagrado, y castigados por los dioses, fueron separados, desgarrados; purgarían su culpa, su pecado, y vivirían perdidos, condenados a la soledad, a buscar, sin derrotero, su otra mitad, con ínfima probabilidad de éxito, y cada vez menor; hoy es imposible, existe una oportunidad en siete mil millones; están destinados al fracaso.

Prueba de la pérdida de aquella unión andrógina, son las cicatrices y heridas abiertas que hoy muestran unas y otros, hembras y machos, y se pueden visualizar claramente con sólo imaginarnos empalmar el cuerpo del hombre con el de la mujer, y apreciar que concuerdan: ojo con ojo, nariz con nariz, boca con boca, pezón y tetilla, ombligo con ombligo, genitalia con genitalia.

Para la ciencia moderna, los andrógenos conforman el grupo de las hormonas que definen las características y conductas masculinas, y dentro del cual, la principal es la testosterona, que la mujer produce en muy pequeñas cantidades, en los ovarios y en las glándulas suprarrenales, lo cual refuerza la viabilidad del hermafroditismo, y la posibilidad de los andróginos, como eslabón evolutivo.

El término “andrógino”, para referirse a los míticos seres, tiene las dos raíces griegas: Andros, que significa hombre, macho, y Ginos, que significa mujer, hembra.

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En su pueblo había médicos familiares, que se ocupaban en curar e inspirar confianza al paciente; las especializaciones aún no saturaban la profesión, convirtiéndola en el gran negocio actual.

Un doctor había ideado un método para pronosticar el sexo del bebé, durante el embarazo, antes del ultrasonido y demás. Observaba a las parejas desde el inicio de la gestación, y se enteraba, siempre por sus comentarios espontáneos, si deseaban niño o niña; y si le preguntaban si era posible conocer el sexo del bebé, él decía que sí, con seguridad y aplomo.

Siempre les daba por su lado, sacaba su libreta de apuntes, y si les aseguraba que sería niña, como ellos deseaban, escribía: HOMBRE, y cuando les anunciaba que sería niño, como lo anhelaban, anotaba: MUJER.

Era un volado, claro, y si al nacer la criatura, era del sexo esperado, los papás felicitaban y agradecían al galeno, y si resultaba del sexo opuesto, le reclamaban, si se atrevían; él los calmaba, hablando con suavidad y enseñándoles la anotación que había hecho, que siempre resultaba coincidente con la irrefutable realidad. No daban crédito, quedaban anonadados, turulatos, no imaginaban qué diablos había sucedido, y se tragaban el engaño, completamente confundidos.

Como la autoridad del facultativo era entonces equiparable a la del sacerdote o la del maestro, los padres se retiraban, y aceptaban que su hija (o hijo), con todas sus virtudes y defectos, era un regalo de Dios. Hasta su resignación se abonaba al prestigio del charlatán.

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“La Consentida”, era su nombre artístico, él la admiraba, sobre todo cuando cantaba:

¡Aaaay, pajarío,
Gorrioncío, pecho amarío!

La vio en una función, en las celebraciones del mes patrio, el año de 1955, ella tendría catorce años, él, doce; sentado en primera fila, en el majestuoso cine Ensenada, le parecía que cantaba sólo para él; su familia se dio cuenta que estaba clavado en la mini-china poblana, y lo vacilaron por su novia secreta. Fue la misma vez que la esposa del gerente de una refresquera aprovechó al público cautivo; pero, para su desgracia, se atrevió a declamar, con una tipluda voz, de trémolo exasperante, pues la señora también se las daba de diva operística:

Yo soy como el cisne,
Que cuando canta,
¡Se muere!

-¡Que cante, que cante, que cante!, coreaba, gritaba, a todo pulmón, el irrespetuoso respetable, y no paró, hasta que la humillada mujer, petrificada frente al micrófono, salió en brazos del marido amoroso, para desaparecer tras las gruesas cortinas que servían como telón de fondo, pero el pobre hombre no hallaba la división central, batía la tela con una mano, y sostenía a su desdichada mujer, a punto de un ataque de histeria, con la otra, en medio de la rechifla general, y de un atronador aplauso y abucheo, cuando, finalmente, se pudieron esfumar del escenario; fue de lo mejor de toda la función.

De relleno, en una actuación cameo, como emergente, después del bochornoso episodio, tomó la palabra el abogado más conspicuo de Ensenada, que se las daba de político y se hablaba de que cocinaba su candidatura para alcalde. No tenía nada interesante que decir, y les refirió, con pelos y señales, su saga en pos del título profesional, y lo que su status de universitario le había permitido hacer, por su patria chica. Pero se fue de la boca, exageró demasiado en los detalles, y de pronto calló, se quedó en silencio, al darse cuenta de que las fechas, relacionadas pormenorizadamente, dejaban claro, al descubierto, que había hecho la carrera de jurisprudencia, en dos años, incluyendo la elaboración de su tesis, y la titulación.

Pidió disculpas y se enfrascó en una explicación galimatías, que no dejó duda alguna de que se trataba de un tinterillo farsante, con un pergamino apócrifo que no valía lo que tapa el gato, ni una pura y dos con sal.

Al engorroso evento se le echó la tierra encima y el leguleyo siguió siendo pilar de la sociedad porteña.

El fast track de su preparación académica estaba justificado por los tiempos turbulentos en los que se debatía la nación, cuando le tocó estudiar leyes. Era una prueba viviente de que el silencio, es oro.

Las hijas del comerciante de sodas, por otro lado, eran unas chicas simpatiquísimas, bautizadas con nombres seleccionados con cariño y cuidado, de entre los de princesas y reinas europeas, combinados con los de damas ilustres del virreinato, que obviamos, con el fin de no recargar el texto. Su dulzura de Sissi, atribuíble a ambas, ganaba la admiración de los broncos aldeanos, y contaban con el poder de la refresquera y la voluntad, y el permiso de sus padres, para dar, en su mansión, remedo de las de Louisiana, las señoriales pachangas, que ellas denominaban “saraos”, con ríos de american champagne, que la raza mezclaba furtivamente con ron blanco, o brandy nativo; pero las anfitrionas se hacían de la vista gorda, y si algún adolescente andaba alumbrado, se comportaba, nadie iba a comprometer a las gallinitas de los huevos de oro.

Por lo menos media docena de ilustres apellidos locales, de émulas de las zarinas de la gaseosa, se discutían, en sana competencia, con fiestas, sobre todo en época de vacaciones largas, y siempre estaban disponibles los bailes formales del Recuerdo, y del Blanco y Negro, entre los más famosos, en el Club Campestre y en el Salón Catedral del Hotel Riviera del Pacífico.

Así se llenaba, en aquellos plácidos años, el vacío de la provinciana vida juvenil, pero él nunca necesitó más que a sus amigos y su gran imaginación, para aprovechar el espacio y el tiempo vacante.

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-ii-

A mitad del verano de 1956, viajaba en autobús al Condado de Orange, en California. Era un chamaco pecoso y sonriente, apenas saliendo de la pubertad, con su corte de pelo estilo flat top, chamarra de nylon café con forro blanco, t-shirt de franjas horizontales, rojas, amarillas y cafés, pantalones Levis lavados y arremangados, y tenis.

Llevaba una bolsa deportiva con la ropa indispensable, poco más de diez dólares en monedas de la más alta denominación, en el bolsillo destinado usualmente al trompo y las canicas, y algo más, en billetes gringos y nacionales, en su cartera, en el bolsillo posterior derecho de los jeans, junto con fotos familiares y su pasaporte fronterizo.

Visitaría a la tía Licha, hermana de su madre, y al tío Joe; formaban un matrimonio relativamente bien avenido, si así se puede llamar a la unión de una mujer con los nervios siempre a flor de piel, angustiada por imaginarios problemas pecuniarios y las situaciones domésticas cotidianas más elementales, y un varón sumiso, o astuto, consciente de sus limitaciones, siempre dispuesto a ceder terreno, a canjear paz y tranquilidad por territorio, tratando todo el tiempo de anticiparse a los súbitos ataques de histeria de su cónyuge.

Esa mecánica familiar, que ya formaba parte de los planes de Alice (su nombre adaptado a la cultura estadounidense) desde los tiempos del noviazgo, se había consolidado a raíz de un episodio escenificado años atrás, cuando la tía lo persiguió por toda la casa, demandando a gritos clases de piano y flauta, para convertir a sus hijas en mejores prospectos matrimoniales; aprovechando un resbalón de su media naranja, se metió en el closet de la recámara principal. Sentada en el tálamo, siguió sermoneándolo cómodamente, mientras recuperaba el aliento y se sobaba una rodilla, culpándolo de su desliz.

Después de un buen rato de estar acorralado en la oscuridad de su madriguera, ya desesperado, encontró a tientas el cepillo de la ropa, entreabrió la puerta y lo arrojó, al tiempo que exigía ser dejado en paz, con tan mala suerte, que el proyectil fue a dar de filo en la frente de su mujer, hinchada, enrojecida por el berrinche, y brotó la sangre, como el jugo de un limón al ser exprimido, ¡Se armó un escándalo! A los gritos de la tía acudieron las hijas, y ya con el quórum completo, aprovechó para desmayarse, desencadenando el verdadero problema:

La mayor llamó a la policía, reportando violencia intrafamiliar. Con la sangre como evidencia, se lo llevaron detenido.

Al día siguiente, con un curita adherido a la herida, la tía tuvo que ir a retirar los cargos, para que el tío pudiera continuar cumpliendo su cadena perpetua doméstica, como ganapán, en el matriarcado apenas disimulado. Mas no se piense que el tío no tenía acceso a una humana felicidad. La mayor parte del tiempo se las ingeniaba para hacer lo que le gustaba: diseñar, construir y dar mantenimiento a los jardines de la clase adinerada local, lo que le permitía aislarse, en un paraíso terrenal construído a su propia escala, circunstancia que aventajaba las condiciones promedio de la mitad masculina del género humano.

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Partió de la terminal fronteriza de los autobuses Greyhound, ahí lo había llevado Rosalba, su prima preferida, hija de otra hermana de su mamá, ¡Qué bien le caía la Rosalba!, era dulce, joven, unos diez años mayor que él, alegre, malhablada, cuando decía una grosería, le salía con música de cámara mozartiana, y la “mala” palabra se sublimaba: ¡Pinchis chavalos!, ¡Chamacos pendejos!, ¡Mira mamá, nomás están chingui chingue la borrega!

Si él las soltaba, no tenían magia; la recordaba diciéndolas, y hasta gritándolas, con su voz ligeramente ronca, pellizcada, como de cante flamenco, que le salía del pecho y hacía que alargara el cuello, para asegurarse de que las palabras llegaran a su destino, ¡Qué diferencia, qué armonía, nada que ver!

Pocas mujeres tienen esa virtud, pero cuando deveras la poseen y la ejercen, es encantadora, y no se puede falsificar.

Rosalba siempre fue su prima predilecta, y a él le gustaba pensar que era, por lo menos, uno de sus primos favoritos.

En la terminal de autobuses, su querida prima Rosalba lo aleccionó sobre el transbordo que debía hacer, a un camión mejor equipado, en el centro de San Diego, unas millas al norte de la línea divisoria, y sobre su arribo al pueblo de la tía, en el Condado de Orange.

No tuvo mayor problema, salvo por el fuerte olor de las ciudades donde hacía escala, molestia que soportó en silencio, no tenía con quien comentar acerca de nada. Sus quejas e impresiones, positivas y negativas, no pasaron del status de reflexiones.

Las escalas en las terminales para descenso y ascenso de pasaje, lo sometían a humos y peste de cigarrillos y puros de todas calidades, y al aire contaminado del país más industrializado del mundo, capaz, entre otras cosas, del descomunal gasto en tabacos, y combustibles fósiles, que su enorme economía consumista, de desperdicio, exige.

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Desde pequeño aprendió un inglés elemental; sus padres, cuando no querían que sus hijos se enteraran de algún asunto de adultos, de algo que los afectaba directamente, planes que los excluían, o de un chiste colorado, hablaban en inglés. La brecha del idioma se fue acortando, paraba la oreja, hacía investigaciones, aventuraba conjeturas y sacaba sus propias conclusiones; así, logró un nivel que le permitió seguir aprendiendo, y se situó cómodamente en los cursos y clases que tomó en la escuela; siguió aprendiendo de por vida, ni la lengua materna se llega a dominar por completo.

A cierta edad, los niños juegan a los secretos, al detective, al espía, al misterio. Él y sus amigos y compañeros de escuela, lograron algo de fluidez en clave Morse, e inventaban códigos para enviarse mensajes cifrados, que modificaban para asegurar su secrecía; sólo ellos podían decodificar un mensaje encriptado supersecreto, sobre una operación estratégica.

Se comunicaban en “idiomas”, entreverando letras o sílabas en cada palabra, como el conocido “idioma peto”, que suena así: ¿Cópo mópo hápas épes tápa dópo?, o el “feto”: ¿Quéfe téfe páfa sáfa?, etc. Les servían para disfrazar diálogos, como hacían sus padres; aunque los estuvieran oyendo, si hablaban con bastante rapidez, podían decir cosas que de otra forma no se atreverían, sobre todo frente a niñas o adultos, como groserías o picardías; por ejemplo, en “idioma godo”, que se oye así: ¿Cógodo mógodo hágadas éguedes tágada dógodo?. Si querían decir caca, decían: cágada cágada. O en inglés: jágada guágadar ágadar yúgudu?, claro, obviando la ortografía, y el correcto spelling.

Cuando iba a cumplir once años, le daba mucha importancia a su desarrollo físico. En algunas historietas, venían anuncios ilustrados de Charles Atlas, con su método de tensión dinámica, para dejar de ser un alfeñique de 45 kilos: un flaco tilico estaba en la playa, unos halterófilos le echaban arena en la cara y su chica se iba con ellos; compraba “el método” y se convertía en un vato musculoso, muy bien desarrollado, y todas las chicas se iban con él. Envió el cupón, pero llenó el cuestionario para ser admitido como pupilo de Atlas, con puras mentiras, empezando por su edad: se puso 18 años. El problema era que para recibir el sistema, debía enviar primero una cantidad de dinero, que estaba fuera de su alcance. Por dos años le estuvieron enviando constantes recordatorios, ofreciéndole rebajas. Derrotó a Charles Atlas, por cansancio.

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Cómo le dolió cuando Rosalba murió, prematura y lentamente, de una afección cuyo gradual agravamiento atestiguaba cada Navidad, y cuando aprovechaba cualquier coyuntura para regresar, así fuera por una semana, a su tierra, siempre hacía una escala para verla.

Llegaba a casa de Rosalba cargando su veliz, desde otra terminal, la de los camiones Tres Estrellas de Oro, en el centro de Tijuana, que lo transportaban, en un viaje de sesenta horas, desde la capital del país (decían que se les borraba la rayita, de tanto estar sentados) y luego, de nuevo de vuelta, días o semanas después, a seguir estudiando.

Miastenia gravis era la terrible y silenciosa enfermedad crónica, que en casos severos, como el de ella, llega a ser fatal, el síntoma más ostensible es un debilitamiento progresivo del tejido muscular, hasta producir el colapso del diafragma, provocando, inexorablemente, el paro respiratorio. Queda la prolongación artificial de la fase terminal, y es una medida terrible, porque sólo alarga el sufrimiento. En casos así, la única esperanza es el avance de la ciencia.

Era hija de la tía Silvia, familiarmente conocida como la “Chiva”, y del tío Octavio, y hermana de Ricky, el menor y único hijo varón, y Mary, más malhablada que Rosalba; desde muy pequeña, sus papás, famosos por su liberalidad, la regañaban y, la pícara, actuaba como si le hubieran hecho un reconocimiento a su deslenguada precocidad, rayana en la procacidad.

Octavio era un hombre sencillo, adoraba a sus hijas y a su hijo, y se la pasaba consintiendo a todo el mundo:

-Tengan esto, vayan por ice cream, y traigan sodas de la tienda, les alcanza para que nos compren unas Mexicalis; después de comer me piden lo que les falte y se van al cine, y dejan de estar dando guerra aquí –esa era su manera de dar órdenes, ejerciendo la patria potestad conjugando el verbo dar, y jamás se enojaba; él y Arturo, su padre, se llevaban bien, trabajaban en la compañía telefónica y eléctrica de la región, tenían temas para toda la vida, y sentados a la sombra de los frondosos árboles frutales en el gran patio de la casa de madera, muy descuidada, donde vivían Silvia y Octavio con su prole, conversaban animadamente. Las hermanas observaban a sus maridos, los hacían el centro de su plática, mientras preparaban la carne para asarla al aire libre y comerla acompañada de sus complementos: frijoles de la olla, salsa mexicana con chiles y tomates tatemados, cebollitas de Cambray asadas, ensalada, tortillas de harina de trigo y de maíz, un tequilita, y más cervecitas. Al atardecer, o al día siguiente, dependiendo de cuán larga hubiera sido la sobremesa, la familia regresaba a Ensenada, cien kilómetros al sur; semanas después, les tocaba ser anfitriones, y todos felices y contentos.

En realidad, no todos, la tía Silvia no se veía muy conforme con su situación familiar y, años más tarde, fracturaría su matrimonio, por dos principales causas conocidas: porque no estaba satisfecha con la forma en que Octavio cumplía el rol de proveedor que le tocaba, por derecho consuetudinario, y porque ya se había agenciado otro mejor.

Uno de los mejores amigos del marido, propietario de una flotilla de camiones, entró de emergente.

Quizá influyó la tragedia que cobró la vida de Ricky. Un accidente automovilístico, en el que hubo varios heridos, pero al más joven le tocó la peor parte. Durante meses, las pláticas y el ambiente familiar se marcaron con el terrible suceso. Los primos menores no entendían cómo era posible que Ricky no estuviera con ellos, pero sus mentes infantiles esquivaban y atenuaban la gravedad del evento; al tiempo lo asimilaron, sin daño aparente. También es probable que la tragedia influyera en el proceso de conversión de buena parte de la familia de la tía Silvia, de católicos, a Testigos de Jehová.

La Chiva tenía un carácter singular, combinaba un sentido del humor pícaro, con una agresividad y una audacia excepcionales. Lo que más disfrutaba, lo que la llenaba de mayor satisfacción, era acercarse a la gente famosa, a artistas del cine y la farándula, y no desaprovechaba ninguna ocasión que se pusiera a su alcance.

Desde finales de los años veinte y en los treinta, y hasta después de los cincuentas, del siglo XX, en Tijuana no faltaban oportunidades; cuando no eran actores y actrices de Hollywood y músicos gringos, era Meche Barba, Tongolele, Pérez Prado, Cantinflas, Tito Guízar, Jorge Negrete y otros de similar calibre. Ella se las ingeniaba para tomarse la foto con ellos y para asistir a los centros nocturnos, a las carreras en el Hipódromo Agua Caliente, a cualquier sitio de moda, que las estrellas frecuentaran.

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Llega la etapa en la vida, que podría llamarse edad de la tolerancia, donde prácticamente todo pasa a un segundo o tercer plano; y nada es importante, nada es más importante que cualquier otra cosa, la vida es una paradoja, sin conflictos entre prioridades, cuando es normal que el orden de prelación implique antagonismos entre usos de los recursos: tiempo, dinero y esfuerzo, en permanente competencia, lo que recuerda al juego de palabras que usan los banqueros. Para ellos, todos los clientes son iguales, pero unos son más iguales que otros.

Es una etapa en la que ningún conflicto debe significar la posibilidad de romper el vínculo, la armonía que une a personas, parejas, familias. Por encima de diferencias, lo que separa, es secundario; lo conflictivo debe neutralizarse, desactivarse, porque se arriba a la fase en la que la armonía, por más endeble que sea, es preferible a la confrontación, que puede conducir a una circunstancia límite, crítica, en donde un movimiento equivocado significa la ruptura, el desenlace indeseado, que tarde o temprano, lleva al arrepentimiento, y todo se ha perdido.

En ocasiones, las posibilidades de comunicación se agotan pronto, duran el tiempo que toma compartir un vaso de limonada, en media hora se recibe o se da todo lo que se puede dar y recibir y, en menos que eso, el recuerdo pasa al cesto de la paja mental.

Dicen que es preferible arrepentirse de lo hecho, que lamentar lo que uno no se atrevió a hacer. Es difícil conocer, con certeza, cuándo esta reflexión está hecha a la medida de las circunstancias.

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En Ensenada, las reuniones en casa de su familia se desarrollaban con tranquilidad y alegría, pues el carácter del padre, y su edad, mayor a la de la mayoría, salvo por los abuelos, inspiraba respeto e imponía orden, ordenaba ordenándose, una forma de mandar obedeciendo, era congruente: poniendo el ejemplo, los demás le concedían la razón y reconocían su autoridad, de manera natural.

Se daban cita hermanas y hermanos de la madre, con sus cónyuges y progenie, y se preparaban, por lo general, dos platillos, cada uno un banquete: menudo estilo Sonora, y tamales norteños, de chile, con varias carnes, y de dulce, con pasas, rellenos de una pasta de frijoles con piloncillo, canela, y creo que clavo.

Desde el día anterior había un trajín interminable, los chamacos, de ambos sexos, servían de mozos de limpieza, galopinos y mandaderos, yendo a comprar todo lo necesario, acompañados de quien mereciera la confianza de las chefs de cuisine: maíz cacahuazintle, chiles secos, anchos, california y frescos, serranos, poblanos, güeritos, manteca de cerdo, aceitunas, canela, piloncillo, pasas, hojas secas de maíz, masa de maíz nixtamalizado, carne de cerdo y res, panza de res, etc., y los complementos: pan, tortillas de maíz (las de harina de trigo se hacían en casa), frijoles, arroz, limones, orégano, cebollas, chiltepines, ajos, sodas, cervezas, limonada, Kool Aid de uva y de cereza, etc.

Solo una vez sucedió algo serio. Los adultos estaban muy ocupados, y les delegaron llevar a rellenar un garrafón a la planta de agua “El Aguajito”, a dos cuadras, frente al parque Revolución.

Tenían el famoso “torpedo”, el carro de lámina, que jalaban, versátil y resistente, donde cargaban lo comprado en los comercios cercanos. Subieron el garrafón vacío, y un primo se trepó.

Salieron del patio, aceleraron en la banqueta, pero al dar la vuelta en la esquina, para tomar la avenida Obregón, no calcularon la fuerza centrífuga, y el primo cayó al suelo con todo y garrafón, se rompió; los vidrios filosos le hicieron cortadas que ameritaron puntadas. La atenuante fue que, en esa infausta jornada, no había banquete en preparación, pero se les aguó el día.

Cuando había comilona, desde temprano reanudaban actividades, medio día se llevaba preparar la comida, y otro medio día tardaban en dar cuenta de ella, en una celebración ininterrumpida. Al final, los chicos estaban exhaustos, los adultos dormían dentro de la casa, o concluían sus pláticas en el patio, a la luz de la luna, disfrutando el espectáculo del cielo estrellado, con una tupida Vía Láctea cayendo a plomo sobre el pueblo, mientras él y un hermano, o primo, tirados de espaldas en el fresco pasto silvestre, veían aquello, hipnotizados, con ojos de plato, distraídos sólo por las estrellas fugaces, que parecían impactarse tras los cerros, a unos kilómetros de distancia; una lluvia de meteoritos desprendidos del macizo universal.

En una habitación, las mujeres, fatigadas, se dedicaban a lo suyo, al chisme, al parloteo sin límites, desde las once de la noche hasta las cuatro de la mañana, acostadas en los colchones acomodados en el piso, y en los box springs, duplicando la capacidad de las camas, o en el suelo, en almohadones y “cuiltas”, como llaman a cobijas rellenas con borra de algodón, estilo edredón, más pesadas que las de pluma, armadas con retazos y pedacería sobrante de las labores de corte y confección domésticas. Sobre ellas dormían las que no alcanzaban sitio de privilegio, las más jóvenes, ayudantes de todo, que habían caído rendidas, tras haber sido esclavizadas dos días seguidos. Y se cumplía al pie de la letra el célebre adagio: De pared a pared, todo es colchón.

Las pláticas empezaban en orden, cada tía refería, conforme a una prelación secreta convenida entre ellas, acontecimientos registrados en su entorno, considerados del mayor interés general; poco a poco, los relatos iban levantando polvareda y provocaban la réplica de una hermana o cuñada. Gradualmente, la temperatura subía, se presentaba la primera recriminación, y las viejas rencillas revivían, aparecían los ajustes de cuentas y, por lo general, cuando no le sacaba sus trapitos al sol a su hermana Blanca, Silvia arremetía contra Alicia, quien se soltaba llorando. Aurelia, su mamá, y anfitriona, trataba de poner orden, lo que lograba, pero sólo por momentos, hasta que el “viejo”, su marido, se asomaba y les pedía que bajaran la voz, pues ya eran las tres de la madrugada y casi todos estaban dormidos; las exhortaba a que escogieran temas menos lacrimógenos.

Una que otra vez, las cosas se salían de control, las reclamaciones desenterraban eventos del pasado que tenían que ver con la vida afectiva de los matrimonios; cosas más complicadas, que siempre quedaban insuficientemente explicadas, provocaban que hermanas o cuñadas no se dirigieran la palabra durante años, hasta que otra hacía las veces de intermediaria, y propiciaba otro encuentro emotivo, en el que acababan perdonándose, abrazadas y bañadas en lágrimas, las de la mediadora incluídas.

Así era la familia de su madre, así eran las cosas para los hombres de las mujeres de Hermosillo.

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Estaba en camino a su destino, sobre el freeway 101, al Condado de Orange. Sin vigilancia de autoridad familiar, se surtió de chocolates: Hershey, Milky Way, Chunky, Zero, Butterfinger, Almond Joy, Seven Up, Baby Ruth, Cup o ‘Gold, Three Musketeers, Sugar Daddy, y otros que no conocía, y además, una revista de historietas de Walt Disney y una coca cola helada, para irse ambientando, en su naciente aventura.

Se la pasó disfrutando del paisaje: colinas jardinadas con riego por aspersión, desarrollos inmobiliarios que aparecían en diferentes fases de construcción, concentraciones de enormes edificios de oficinas, malls comerciales, modernas zonas fabriles, agricultura mecanizada, tecnificada, pero todo el tiempo iba poniendo mucha atención en los nombres de las poblaciones- ¡No me vaya a pasar! –pensaba.

El trayecto le parecía demasiado largo, interminable, considerando los escasos referentes de un neoadolescente, cuya experiencia de viajero sólo promediaba unos cien kilómetros a la redonda de su pueblo, descontando el viaje en avión que hizo de bebé con su madre, a la ciudad de México, además de que todo el tiempo tenía presente en su mente la idea fija de completar las etapas de su plan, concebido cuidadosamente, en un plazo extremadamente limitado, un plan que no soportaría ninguna desviación, ningún retraso, ni un sólo re-trazo.

Comía los chocolates, y se abría paso en su mente la nostalgia por las golosinas mexicanas, empezando por el piloncillo, panocha o panela. Su padre los había aficionado a ates, calabazates, camotes, acitrones o bisnagas, chilacayotes, higos, piñas, naranjas y más frutas cubiertas de azúcar, jamoncillos o macarrones de leche, cocadas, morelianas, trompadas, torcidas o melcochas, y cajeta, por enlistar algunos. Los chocolates estaban ricos, pero divagaba, los engullía mecánicamente. Empezó a sufrir las consecuencias del atracón, pues, como dicen que dicen los yucatecos: Todo exceso, es mucho.

A lo largo de su vida, se fue dando cuenta de que, con frecuencia, las cosas le sucedían providencialmente. Reconocía que, a menudo, los giros positivos, o negativos, eventos relevantes o intrascendentes, las enfermedades, accidentes, sus errores y los de gente cercana, ocurrían en el momento preciso para supervisar y rectificar el rumbo, evitando dificultades mayores, y permitiéndole decisiones oportunas.

Pero de eso tuvo conciencia cabal ex post, en su madurez, cuando, al reflexionar, recordaba acontecimientos importantes, circunstancias en que sucedieron, y cómo se resolvieron problemas derivados. Eso es, pensaba, lo que damos en llamar instinto, percepción, colmillo.

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Arturo, su padre, provenía de un pueblo del centro norte del país, con economía agropecuaria. Era la Revolución, la toma de Zacatecas, en junio de 1914, y se encontraba ahí, visitando familiares.

Salió de la casa sin razón, y en la calle, las tropas que dominaban ese sector, lo levaron, fue reclutado por la fuerza, le pusieron la casaca de un soldado muerto, manchada de sangre, con agujeros de bala; quedó bajo las órdenes de un suboficial, insistía en ser llamado “mi cabo”, le proporcionó un rifle oxidado, cartucheras medio vacías, y lo apostó en una barricada ganada al bando contrario, en medio de explosiones de artillería y una lluvia de balas.

Hablaba sin cesar con el militar, que le contestaba de vez en cuando, pero cuando ya no respondió, después de varias preguntas, sobre los movimientos cercanos de los combatientes, el fuego cruzado y los zumbidos de la metralla, que hacía blanco en los edificios aledaños, volteó, y ahí estaba “mi cabo”, muerto, con el rostro desfigurado por un proyectil, o por esquirlas metálicas.

Sobreponiéndose a la fuerte impresión, tomó una decisión: se despojó de la chaqueta ensangrentada, dejó tirados el rifle y la cartuchera y se escurrió, pegándose a los muros de las casas, espiando con cautela en las esquinas; así logró llegar a casa de sus parientes, y ya no volvió a salir solo.

La lucha armada y el tifo, diezmaron al núcleo familiar y, huérfano antes de cumplir quince años, lo enviaron fuera del país, con unos familiares más o menos lejanos, al noreste de Estados Unidos, a New Hampshire, quizá, pero no permaneció mucho tiempo ahí, las tareas que le asignaron eran, en su mayoría, atender y pastorear a los niños menores de la casa, en calidad de pilmamo.

No tuvo dificultad en zafarse aquel yugo benévolo, tarea fácil para un joven huérfano de la Revolución, acostumbrado a realizar trabajos de hombre de campo, y asistir a la escuela, ávido de conocimientos. Era un muchacho resuelto, con su destino truncado, pero muy distintos y nuevos planes.

Una vez libre, se ganó la vida de muchas maneras; empezó lavando platos en cafeterías y restaurantes, luego atendiendo clientes tras un mostrador; también como handyman en un complejo vacacional de las montañas Pokono, y después aprovechó una oportunidad para ingresar a la marina mercante gringa, donde pudo recorrer el mundo sin los inconvenientes inherentes a la Navy, de guerra, para culminar como maestro adjunto en la Universidad Estatal de Pennsylvania, en Filadelfia, donde trabajó como asistente de maestro, mientras estudiaba la carrera de ingeniero mecánico electricista.

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Durante varios años surcó los océanos como marino y, estando su barco anclado frente a la costa occidental de África, donde hoy se encuentra la República de Zaire, entonces una colonia belga, en espera de un cargamento destinado a América, para evitar regresar a Nueva York con las enormes bodegas sólo lastradas, él y muchos miembros de la tripulación mataban el tiempo nadando cerca de la desembocadura del río Congo y conviviendo con nativos, Bantúes principalmente, de los que, aparte de su dialecto, pocos hablaban un francés amestizado, que también les resultaba ininteligible.

La comunicación estaba muy limitada, y el lenguaje universal de la mímica casi siempre se orientaba a las comparaciones de colores de piel, pues ahí se exhibía una amplia gama de tonalidades; sobre todo llamaba su atención la palidez de los pies de los marinos, pocas veces expuestos al sol.

Su padre era de un blanco lechoso, tenía manos y rostro bronceados, pero en el resto del cuerpo, se le traslucía la trama superficial de los vasos sanguíneos, azules, como los sistemas fluviales que se aprecian en los mapas; los negros lo rodeaban y no quedaban a gusto si no le tocaban los dedos de los pies. Quien sabe, a lo mejor eso tuvo algo que ver con lo poco proclive que era a nadar en las playas, rara vez se le veía en traje de baño, lo cual fue menos frecuente al transcurrir el tiempo; por lo menos en los últimos años de su vida, no lo recordaba nadando, él, que cuando era hombre de mar, podía hacerlo, cargando a una persona en la espalda, en los simulacros de salvamento.

Tardó tanto en llegar el cargamento esperado, que la naviera tomó la determinación de hacerse a la mar ocupando las bodegas con lastre, y castigar los salarios de la tripulación, para aminorar sus pérdidas. Lo aceptaron a regañadientes, la opción era quedarse tirados en África, con nulas alternativas de empleo, aparte de entretener a los nativos, exhibiéndose ligeros de ropa, y dejándose tocar los pies, a cambio de frutas de la estación.

Durante la travesía fue aumentando el descontento, y el fantasma del sindicalismo empezó a rondar. Los tripulantes acordaron ponerle un ultimátum al capitán: compensaban la reducción en una proporción negociada, o se declaraban en huelga.

Una propuesta razonable, pero sentaría un precedente que el capitán no estaba dispuesto a protagonizar, si podía evitarlo. Se reunió con sus oficiales y decidió levantar una encuesta, para medir la gravedad del descontento. Llamaron a la tripulación, en orden alfabético; a su potencial progenitor, cuyo apellido iniciaba con la letra A, le tocó ser el primero en comparecer, y le preguntaron:

-¿Está usted de acuerdo con la pretensión de irse todos a la huelga si no se les aumenta el salario?

-¡Sí! –contestó enérgicamente; aunque sólo era ayudante de cocinero, de ninguna manera iba a traicionar el acuerdo tomado por consenso.

Le indicaron que saliera por la puerta opuesta a la del ingreso de los tripulantes; así lo habían dispuesto, con intención de que no pudieran dialogar con otros camaradas, después del interrogatorio relámpago. Lo que sucedió fue curioso, el resto de los marineros no permitió que se les hiciera la pregunta, sólo daban su nombre y exclamaban:

-¡Lo mismo! –y, sin más, salían por la banda contraria del puente de mando, utilizando la misma puerta que el compañero anterior.

Ganaron la batalla, pero perdieron la guerra, aquello significó el fin de su vida como marinos mercantes; para todos, en particular para el señalado como el agitador principal y cabecilla, su futuro padre, algo que tendría que agradecer siempre, pues constituyó un factor decisivo en la definición de su viabilidad como ser humano.

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Años más tarde, en febrero, durante el crudo invierno, estuvo a punto de no poder cristalizar el anhelo de regresar a su patria, a México.

Caminaba por las calles de Manhattan, a una hora de intenso tráfico, cuando el dorso de una mano enguantada tocó suavemente su cara, como un revés en cámara super lenta: era la mano de un yankee, un beisbolista quien, al ver que la llanta de un vehículo pellizcaba una rondana de acero, tirada, por causa ignota, en el pavimento (seguro caída de un rascacielos en construcción), proyectándola a una gran velocidad hacia la acera, directo al rostro del joven ingeniero, la atrapó, amortiguando el impacto como sólo un profesional sabría hacerlo. Sonrió, puso la rondana en su mano y -A souvenir! – le dijo, siguiendo tranquilo su camino. Lo dejó sorprendido, anonadado, sin poder articular una palabra de agradecimiento. No hacía falta.

Él no se lo pidió, y su padre nunca reveló la identidad del catcher de la acera, aunque le comentó que lo había reconocido como integrante del famoso equipo de los Yankees de Nueva York.

Quedó picado por la curiosidad, ¡Cómo hubiera querido compartir la anécdota completa con sus amigos!, con el Pato y el Kakari, en sus años de pelotero aficionado.

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Cuando su padre viajó por fin a México, la prioridad familiar que encabezaba la lista era su hermana Lourdes, la única mujer que sobrevivió al tifo, junto con dos hermanos más. Siempre mantuvo comunicación con ella, la apoyó hasta que se casó; cuando enviudó, se quedó con siete hijos, ocho inmuebles, buena cantidad de efectivo, y su sencilla forma de ver la vida. No tuvo mayores problemas, los líos domésticos que enfrentaba y resolvía día con día, aparte de los dramas familiares, que se reservaba, no son dignos de mención.

A ella fue a quien primero visitó. Viajó en tren a la capital del país, donde Lourdes había establecido su residencia permanente.

El trayecto resultó vitalizante y divertido; en el centro del territorio, se bajó a estirar las piernas en una estación, y el olor de las tortillas de maíz, recién hechas, después de años de extrañar los sabores y los aromas de su tierra, se le antojó más que irresistible, y su olfato lo condujo a la señora que las vendía. Las cargaba en un canasto bien cubierto, y cada vez que lo abría para surtir el pedido de un cliente, escapaban sus efluvios con el vapor, como señales de humo.

Los recuerdos de su niñez, tan ligados a la cocina de su Zacatecas natal, se le agolparon en la mente y, de manera automática, le dijo, con voz casi suplicante:

-Señora, por favor, véndame unas tortillitas ¿Tiene sal?

-¿Cuánto quiere, un real? -le contestó la marchanta.

-¡Está bien, pero apúrese, que se va mi tren! –respondió él, apremiándola.

-Aquí tiene –dijo la señora, poniéndole en la palma de la mano el montón de tortillas, que había colocado sobre un cuadro de papel de estraza, después de tomar la moneda que él le ofrecía en pago.

-¿Esto es un real de tortillas? -exclamó asombrado, viendo la enorme cantidad que le daba la vendedora.

-¡Es que el máiz está muy caro! –se quejó ella, echándole un pilón casi igual, sobre las que ya le había entregado.

Intentó explicarle a la generosa mujer que eran demasiadas, y le iba a regresar más de la mitad, pero el tren comenzó a rodar y tuvo que treparse apresuradamente. Acomodado en su lugar, consiguió sal, y compartió el “botín” con el pasaje cercano, y pensó que debió haberle dado otro real a la señora.

Horas después, era de noche y la temperatura empezó a descender, mientras el ferrocarril subía, pujando, por la larguísima cuesta de una serranía. Bajó su veliz y sacó una rica cobija de lana escosesa, con el típico diseño a cuadros correspondiente a un clan de las Highlands, que llevaba de regalo a su hermana; se cubrió con ella, de la cintura a las piernas, pues el saco le abrigaba bien pecho y espalda, y además, tenía puesto su Stetson. Se arrellanó en su asiento, y se durmió.

Como a las tres de la mañana, el tren paró en una desierta estación, y cuando arrancaba de nuevo, alguien le pidió muy amablemente:

-¿Podría levantar un momento los brazos? ¡Muchas gracias!

Cuando despertó, la cobija ya no estaba en su regazo. Un educado ladrón se la había adjudicado. Por consideración, Lourdes no fue informada.

Su padre vivía muy a gusto consigo, y no apreciaba las posesiones materiales, la gente lo estimaba con respeto. No envidiaba a nadie, disfrutaba de un agudo sentido del humor, su plática era interesante y sucinta y no desperdiciaba palabras; al final de su vida se volvió más lacónico, cuando disminuyó su agudeza auditiva. Él sabía lo mucho que le gustaba recordar y relatar; le sugería un tema y lo escuchaba atentamente, sin interrumpirlo, salvo si su padre le pedía participar; hasta lo animaba para que le narrara de nuevo historias que se sabía de memoria, desde niño.

No era así con todos, en una reunión muy concurrida, las pláticas al unísono se le convertían en una boruca imposible de descifrar. A veces apagaba su aparato, su oreja electrónica.

Profundamente patriota, sindicalista e independiente, rechazó varias candidaturas a cargos públicos, por no subirse al carro completo del fraude electoral. Tomaba a las personas por lo que eran, sus juicios privados estaban marcados por la ironía y sus críticas públicas eran siempre certeras.

En sus buenos tiempos, podía alcanzar una completa concentración en las condiciones menos propicias; en una casa llena de niños, con la esposa poniendo orden a gritos, leía el periódico o consultaba sus libros de ingeniería, sentado en su mecedora, o desplegaba diagramas de flujo de motores de combustión interna y planos de instalaciones eléctricas, sobre la mesa del comedor o su restirador, recurriendo, a intervalos, a su regla de cálculo.

Pocas veces lo vio conmoverse hasta las lágrimas, más allá de un disimulado uso del pañuelo, mientras se entregaba a la reflexión, a recordar, o cuando narraba historias a los niños, su público preferido.

Lo vio llorar, cuando tomó la decisión de internar en un sanatorio a su primogénito, inhabilitado por una enfermedad terrible, que cortó su comunicación con el mundo exterior, dejando todo lo demás en apariencia intacto.

Nicolás era un muchacho de proporciones armónicas, dulce, cuyo rostro parecía expresar serenidad, nostalgia, tribulación, pero que nunca pudo interactuar con su familia. Fue el hermano mayor que nunca tuvo, siempre ausente en su presencia; falleció poco después de su ingreso a un hospital, en el centro del país.

También la muerte de Albert Einstein lo afectó profundamente, pero de distinta manera, la del hijo entristeció a la pareja, a la familia, la de Einstein lo tocó en su interior. Lo notaba deprimido, y cuando el padre le explicaba lo que aquel científico representaba para él, se le hizo un nudo en la garganta que lo enmudeció por un momento, sacó su pañuelo y fingió un resfriado instantáneo, antes que las lágrimas le rebozaran los ojos.

El padre se sentía ligado al ambiente científico; cuando Einstein llegó a Princeton, huyendo del nazismo, el vivía en Filadelfia. Le hablaba sobre la fuerza electromagnética, y el versátil y misterioso fluído que es la electricidad; admiraba a sabios como Faraday y Edison, gustaba de comentar que la madre del brujo de Menlo Park, de apellido Alva, representado por la inicial tras su nombre de pila, era mexicana de origen, y oriunda de Zacatecas.

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La familia de Aurelia, su madre, siempre estuvo cerca de la frontera norte del país. Era grande, como se usaba antes, con una estructura heredada de la prehistoria, de los núcleos cazadores, y más adelante recolectores, al final, agricultores, pastores, campesinos, aunque la suya se hallaba en un período de transición, cercano a la modernidad. En la tradición campirana, los hijos son brazos para el trabajo y una esperanza de seguridad, en la vejez.

El pater familias era agricultor y comerciante, sobre todo de trigo, y de carne de ganado vacuno y porcino, los hijos estaban bien nutridos, lo que favoreció a las mujeres, la mayoría guapas, algunas, bellas; los hombres destacaban por audaces, por intrépidos, pero esencialmente honestos, no les cuadraban las normas rígidas, eran pintitos hijos de tigre, eso era todo.

Uno de ellos emigró a Estados Unidos, como lo haría eventualmente la mayor parte de la familia. Se enlistó en la Navy, sería marine para conocer el mundo, pero con tan mala suerte que, en cuanto terminó su entrenamiento, lo embarcaron con destino a la guerra en turno, la de Corea, quizá, para el caso, da lo mismo.

Era un hombre joven y fuerte; su acorazado zarpó de la base naval de San Diego, en la madrugada de un día, en el verano. Cuando estaban a cerca de dos millas náuticas de la costa, se echó un clavado, casi sin salpicar espuma y agua, ahogando el ruido del chapuzón, como si le hiciera falta; avanzó hasta donde aguantó bajo el agua y, sacando la cabeza con cautela, nadó tranquilamente hasta la playa. Cuando se abrieron los comercios, compró un atuendo playero; había salido del Océano Pacífico con traje de baño y cartera, su uniforme descansa en el fondo marino, amarrado a su fusil.

¿Las consecuencias? Su madre recibió el telegrama standard del Tío Sam, informándole que su hijo había caído valientemente en acción, al servicio de su patria, y le comunicaron que recibiría una pensión vitalicia a cuenta del gobierno, para compensarla por la pérdida del vaquetón, que después se ganó la vida como predicador, en una de las sectas que proliferan en gringolandia, como berros en arroyo.

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El destino unió a sus padres, luego de que el joven ingeniero envió, primero, una propuesta para representar a la RCA VICTOR, y luego un proyecto para el tendido de líneas de conducción de electricidad y de telégrafo en la región noroeste; no lo ganó, pero sí le ofrecieron un empleo en la ejecución de las obras, directamente relacionadas con la introducción del ferrocarril en la zona. Ahí conoció a la que sería su esposa, Aurelia, la hija menor del dueño del comedor que atendía al personal.

De nuevo corrió con suerte, pues su futuro padre se enteró de que la RCA había aceptado su propuesta, cuando ya trabajaba en el desierto de Altar, en Sonora. Nomás había comprado boleto de ida.

La vida de quienes participaron en la ejecución de aquel proyecto, estratégico para las comunicaciones nacionales, transcurría, día a día, de manera normal, había gran camaradería, y reinaba la armonía.

Su padre siempre fue previsor, la seguridad era una de sus mayores preocupaciones en el trabajo; tenía sembrados tibores de agua en el trazo de la línea de telégrafo, paralela a la ferrovía en construcción, en sitios fácilmente identificables en los mapas que las cuadrillas de trabajo llevaban consigo.

Sucedió una desgracia, varios empleados de la constructora de la vía férrea se extraviaron en el desierto durante una tormenta de arena, y no llevaban mapas, no pudieron acceder a los tanques enterrados, que tan frecuentemente refaccionaban a sus compañeros.

Murieron amigos suyos. Décadas después, se filmó una película que reseñaba la tragedia.

Por curiosidad, su padre la vio, y le pareció injusto que se hubiera retorcido el guión, para hacerla un éxito de taquilla, con escenas de prostitución, violencia, y hasta un perro rabioso; se conformó con que, al menos, se hubiera recordado la epopeya.

En un álbum familiar, podía ver a esos hombres curtidos por el sol, abriendo brecha para conectar a Sonora con Baja California, y a los dos estados con el país y el mundo. Las vías terrestres y marítimas, eran las principales arterias por las que fluía el progreso, y lo demás.

Aurelia era muy joven cuando se casaron; en esos días, los tres años de diferencia en una pareja promedio actual, podían llegar a veinte. Su primer hogar fue Puerto Peñasco, Sonora, después se mudaron a Mexicali, capital del entonces Territorio Norte de Baja California, y de ahí viajaron a su domicilio permanente, en el puerto de Ensenada.

Había sido hija modelo, en comparación con sus hermanas; estaba moldeada por costumbres y convenciones de la época, le hablaba de usted a su novio y después a su esposo, igual que a sus padres. Sin embargo, desde que sus hijos eran muy pequeños, ella se refería y se dirigía a él, sobre todo estando en confianza, y según la costumbre de su medio, como el “viejo”.

A pesar de que el padre de ella era un mestizo yaqui, casi un pura sangre, la canción que les cantaba a sus hijos con más frecuencia, seguramente aprendida de su madre, cuyo apellido era, quizá, de orígen portugués, iba más o menos así:

¡Chilibulíbuli, chilibulánco!
¿Por qué es tan lindo?,
¿Por qué es tan blanco?

¡Chilibulíbuli, chilibuléro!
¿Por qué es tan lindo?,
¿Por qué es tan güero?

También usaba dichos en inglés, del mismo corte, aprendidos en su niñez, cuando la familia vivió unos años en California, como este: Birds of a feather, flock together.

Aunque esas muestras de discriminación por lo general no van más allá de lo superficial, existe una filosofía detrás, muy difundida. Veía actitudes similares en los parientes del padre, sobre todo las mujeres, que soltaban comentarios por el estilo, refiriéndose a Benito Juárez: ¡Pero si era un indio!, ¿Cómo pudo ser Presidente?, o sobre Lázaro Cárdenas: ¡Pero si ese no rebuznaba, porque no se sabía la tonada!

O, de plano, sentencias como “manos blancas, no ofenden”. Juicios y expresiones absurdamente autodenigrantes.

Un concepto basado en la realidad social, la más limitada y temporal, resulta suficiente, en la mente de los poderosos, para soslayar todas las alternativas de superación de las desigualdades, con el argumento de que cualquier acción en ese sentido, es un paliativo, una diferición de lo inevitable: ¿Para qué salvar lo que habrá de perderse mañana? ¿Qué objeto tiene compartir ahora, si ya no estaremos aquí, para que nos lo agradezcan?

Tampoco para que se les reclame. El poder exige todo, aquí y ahora. Después de nosotros, el Diluvio, continúa siendo su motto.

Las mayorías de cualquier parte, aldeas o metrópolis, comparten el espíritu y la apertura suficientes para aceptar al otro, porque siempre hay coincidencias que hermanan y superan las diferencias. Pero las minorías egoístas que detentan el poder, interponen su habilidad e interés, para sabotear la armonía social. A río revuelto, ganancia de predadores, es su lema.

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Guardaba recuerdos de sus padres, y de su vida en familia, que se remontaban a su infancia más temprana, recordaba cuando dormía en su cuna, seguramente en época de calor, por la poca ropa que vestía, una zapeta de tela de algodón, un máximo taparrabos, y soñaba con cosas mullidas, nubes de colores tenues, suaves, dando vueltas sobre una sabanita de franela; abría los ojos y veía los barrotes de la cuna, escuchaba las voces que lo habían despertado, provenían del exterior, distinguía siluetas en la ventana, el cielo estrellado, una sombra que pasaba a su lado; no era su madre, luego la identificó como su prima María, pues esa escena se repetiría durante años, un novio la visitaba de noche, y ella lo recibía con la complicidad de su hermana Leticia, a escondidas de la tía.

Ambas eran hijas de Blanca, que no tenía tiempo, vocación, ni ganas de hacerse cargo de ellas; se quedaron a vivir con la familia, gracias a la generosidad del padre, y su tía las acechaba, para castigarlas, si su conducta le parecía inapropiada.

Las dos habían nacido en la capital de la República, se habían criado en cuartos de azotea, donde la madre las abandonaba para emprender una nueva aventura; pasaban días, a veces semanas, sin que regresara de sus correrías, y en ocasiones aparecía con un nuevo acompañante, pero la mayor parte del tiempo estaban solas, y se volvieron hábiles para sobrevivir, en las calles del centro histórico.

En arriesgado balance, podría decirse que lo mejor que les sucedió, en las primeras etapas de su vida, fue ir a parar bajo la férula de su tía, pues se convirtieron en jovencitas pertenecientes a los mejores clubes de la localidad, que trabajaban, con el auspicio del tío, como operadoras en los tableros de la Compañía Telefónica Fronteriza, en lugar de haber acabado recluídas en un hospicio, por ejemplo.

Mientras llegaban a la edad en que su tía habría de pensarlo, antes de levantarles la mano, les menudearon las cachetadas, los azotes con el cordón de la plancha, los insultos y, para rematar, aquellas escenas desgarradoras en las que maldecía el día en que aceptó hacerse cargo de las malcriadas hijas de su hermana, que se la pasaban haciendo la perra, sin ayudarla en el quehacer, desvergonzadas, recibiendo vagos a escondidas, por las noches.

No era para tanto, pero así iba el argumento de la radionovela que se había imaginado la madre emergente de aquellas dos muchachas. En cualquier caso, después de las que habían pasado mientras vivieron con su madre biológica, aquello se les resbalaba, era peccata minuta.

Recordaba con tanta certeza, hasta en los más pequeños detalles, los familiares tratos de su madre o sus primas al bañarlo, al acostarlo, al alimentarlo, y las canciones de cuna y los juegos, como aquel de los deditos de los pies, que recitaban apretándolos y jalándoselos uno por uno, del más pequeño hasta el gordo:

-Este perro olfateó un hueso, este lo desenterró, este lo limpió, este le echó sal, ¡Y este perro chucho, se lo comió! – y le hacían cosquillas en la planta de su piecesito, y le mordían suavemente el dedo chucho.

O el verso de la Luna, que le representaban con la palma de la mano ahuecada, moviéndola lentamente hacia él, mientras declamaban con voz tenebrosa, o casi:

Ahí viene la Luna,
Comiendo una tuna,
Y echando las cáscaras,

¡A la laguna!

Y con la última frase, le hacían cosquillas en la pancita.

Seguido se dormía escuchando aquel arrullo, que tenía un ligero sabor a procesión luctuosa:

Lulu, que lulu, que San Camaleón,
Debajo del suelo, salió un ratón.

Duérmase mi niño, duérmase mi amor,
Duérmase pedazo, de mi corazón.

Eran recuerdos de edades entre uno y cuatro años, tan vívidos, que se le hacía imposible que fueran resultado de pláticas posteriores, o de escenas similares que observaba, con hermanitos como protagonistas centrales. De repente, su memoria se convertía en un carrusel de déja vu, o en una banda Möbius.

Su padre le enseñó a expresar que estaba resuelto a hacer algo, con este verso:

Me canso ganso, dijo un zancudo
Cuando volar no pudo.

Una pata se le atoró
Y la otra se le hizo nudo.

Recordaba enfermedades infantiles de cajón, como el sarampión, y los períodos de reclusión, o de exposición, con lo que se buscaba el contagio colectivo, guardando una sola cuarentena; le dieron paperas y la vecina trajo a su hijo para que se las pegara, eran amigos íntimos. Funcionó, y se la pasaron muy cachetona.

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Uno es su memoria, sus recuerdos. Conforme a su prioridad, nuestra memoria ocupa un primer lugar, y la inteligencia, el raciocinio, tiene el segundo, y si seguimos a Einstein, tendría el tercero, detrás de la imaginación. Se aspira al equilibrio entre memoria e inteligencia, en el que la imaginación puede volar. Es raro el genio con ese equilibrio, la inteligencia extraordinaria es carga pesada, la conciencia colisiona de frente con la realidad.

Es sencillo concebir modelos equilibrados de convivencia social, las utopías, cuya operación es imposible. Es insuficiente la proporción de personas dispuestas a trocar disfrute en el presente, en aras de una futura sociedad armónica, que quizá no verían, en su humano tiempo.

Arturo, su padre, tuvo una infancia feliz, para eso nacen los niños. Aunque la Revolución truncó a la familia, y diezmó y dispersó a sus miembros, estaba lleno de historias y recuerdos, que compartía con sus hijos. En su vejez, era frecuente atestiguar esta escena:

-¿Ya les platiqué de la ocasión en que me correteó una vaca de mi tío Tiburcio? –preguntaba, y la familia respondía en coro:

-¡Sí, muchas veces! – por eso, gustaba de la compañía de sus nietos, que se hipnotizaban escuchando, una y otra vez, relatos del abuelo, sin chistar, ni retobar.

Los más interesantes y divertidos eran aventuras y anécdotas, las narraciones, verdaderas o ficticias, de El Tinacal, la ranchería donde transcurrieron sus primeros años, hasta que llegó a la adolescencia.

El paisaje que envolvía su existencia juvenil, correspondía a una de las clásicas imágenes del México rural: llanos rodeados de cerros, con pueblitos encaramados en sus laderas, cañadas con arroyos de flujo permanente que propiciaban la vida campirana, la crianza de todo tipo de animales de granja, agostaderos para el ganado mayor y menor, milpas, sembradíos de maíz, frijol y los demás cultivos que forman la dieta de nuestro pueblo desde antes del siglo XX, y huertos de frutales, nopales tuneros, y agaves, magueyes de distintos tipos, cuyas fibras, contenidas en sus puntiagudas hojas, eran materia prima de sogas, cuerdas, lazos y reatas, entre otros usos.

Las pencas del maguey ofrecen su dulce jugo, el aguamiel, de cuya fermentación se obtienen nuestras principales bebidas alcohólicas, que encabeza el pulque, el “agua de las verdes matas, tú me tumbas, tú me matas, tú me haces andar a gatas”, de la cultura prehispánica; su destilación deviene en licores fuertes, nombrados por la variedad del agave y la región que lo produce: Huitzila, en Zacatecas; Tequila, en Jalisco y Guanajuato; Mezcal, en Oaxaca; Bacanora, en Sonora, etc.

Los agaves pertenecen a la familia de las amarilidáceas, igual que el narciso.

A propósito, su padre relataba una historia donde el aguamiel tenía un papel central, la cual, con mínimos cambios, iría más o menos así:

En una ocasión, (así empezaba sus narraciones, y a veces decía: Una vez, ¡Ah, que vez!) un día de fiesta, en cuya preparación participaba toda la comunidad, y se organizaba con el pretexto de tratar asuntos importantes, de interés general, pero realmente era un alegre evento anual en el que los adultos se daban un gran banquete en el granero de la familia, que se acondicionaba como salón de baile, con pacas de paja y de alfalfa acomodadas como mesas, con manteles multicolores y bancas de madera, todo muy bien barrido y regado, y lo remataban esparciendo aserrín, para que no se levantara mucho el polvo.

Aquel día, todo estaba dispuesto, los invitados fluían sin solución de continuidad, como la larga hebra de un buen pulque.

Pero como era una fiesta para los mayores, las niñas se dedicaban a cuidar a los bebés, el más valioso activo comunitario, y ayudaban a las mamás, en lo que se ofreciera. Los varones jóvenes, alrededor de quince adolescentes y púberes, fueron “soltados” en las arboledas, en los huertos y sembradíos, con recomendaciones reiteradas de que se comportaran juiciosamente:

-¡Nada de pleitos ni tropelías! –los adultos depositaban en ellos su confianza, seguros de que no serían defraudados; por lo menos, esa era la advertencia implícita. Tanta conminación hizo que, después de un rato de jugar carreras, lanzar herraduras y recoger y comer fruta madura caída de los árboles, se pusieran a platicar en bola, bastante aburridos, esperando idear algo que los animara.

Pero aquella inactividad no les permitía quemar ni una pizca de la energía que tenían acumulada, y que les impedía permanecer quietos por mucho tiempo. Se fueron quedando callados, pensando cada uno por su lado, sin encontrar una salida al tedio que los envolvía, por el contrario, se iba exacerbando. De pronto, a Arturo se le ocurrió algo que interesó a todos de inmediato, y se inició la conspiración:

El rico aguamiel estaba en su punto, y los mayores parecían muy entretenidos en su exclusiva y excluyente reunión.

-¿Quién se atrevería a aprovechar la oportunidad única que se les presentaba, para sustraer unos cuantos litritos?, y

-¿Quién echaría de menos un poquito de aguamiel de una enorme tinaja, quién notaría la furtiva ordeñita?

Como era de esperarse, el propio Arturo se ofreció y, con toda calma, pues no había nadie transitando por la ranchería, fue y volvió, con el guaje más grande que encontró, completamente lleno, más de cuatro litros – pesa bastante –pensó, limpiándose la boca con el puño de la camisa, mientras regresaba, sonriente, al huerto donde lo esperaban sus cómplices en la dulce travesura.

No había jarros disponibles, ni falta que hacían. Fueron pasándose el bule, a cada vuelta con mayor alegría y facilidad; cuando quedó bien vacío, cada uno había deglutido más de un cuarto de litro del elixir, en promedio.

Los retos empezaron luego luego:

-¿Quién se columpia de aquella rama?

-¿Quién tumba aquel membrillo de una pedrada?

-¿Quién le atina a ese gorrión?

Y así siguieron, hasta que alguien lanzó el dardo:

-¿Quién se atreve a meterse al granero y a soltarles unas frescas a los mayores?

El desafío ameritaba elección democrática, y Arturo fue designado por aclamación; bastante achispado, sin pensarlo dos veces, aceptó la distinción, y la misión.

Salió a paso veloz del huerto, logrando, con dificultad, mantener el rumbo, aunque no en línea recta, seguido, a una distancia prudente, por una zigzagueante parvada de rapaces aguamielados.

Entró corriendo al granero, de un gran salto se plantó a la mitad del improvisado salón y, apuntando con el índice a los concurrentes, mientras giraba sobre sí mismo, les gritó tan fuerte como pudo, con su imberbe voz:

-¡TODOS LOS QUE ESTÁN AQUÍ, SON UNA BOLA DE CABRONES! –y añadió, deseando tragarse sus anteriores palabras, y todavía señalándolo, más sorprendido que nadie:

-¡Menos usté, apá!

Fidel, su padre, le respondió, entre enojado y divertido, pues los mayores no estaban más sobrios que los menores:

-¡Cómo que no, escuincle, si yo también estoy aquí! – y lo agarró a nalgadas, frente a sus cómplices y todos los asistentes.

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Quizá la anécdota que más trascendencia tuvo, fue aquella donde el padre no figuraba directamente, pero le proporcionaba un gusto superlativo el contarla. El papel protagónico central estaba a cargo de un ser exánime, inerte; he aquí una versión, con pocas adecuaciones:

Arturo, su padre, tenía un primo con el que se veía forzado a convivir a diario en el salón de clases, o cuando sus familias se visitaban. Este primo tenía una fama bien ganada de chamaco malcriado, mimado, echado a perder, sobre todo por la madre, que siempre le hablaba con frases melosas y cursis:

-¡Mi tesoro, mi adoración, mi muñequito de sololoy!

¡Algo verdaderamente insoportable! Entre la madre que lo inflaba y el padre que le cumplía todos sus caprichos, lo acabaron de amolar, ¡Era peor que un torzón!

Un día, bastante tarde, con el crepúsculo encima, después de haber trabajado de sol a sol en la labor, llegó el señor a su casa, sediento, hambriento y cansado, pues había llevado poca comida, pensando regresar temprano, pero se le complicó la jornada con unos tocones que tuvo que fragmentar a hachazos para luego poder desarraigarlos con ayuda de la yunta de bueyes; el agua se le agotó cuando el sol apenas pasaba por el cenit.

Lo primero que hizo, fue tomar media jarra de agua fresca del pozo artesiano y, mientras se aseaba para merendar lo que su esposa le estaba preparando y, con la intención de matar el tiempo distrayendo a sus tripas, que ya tenían rato gruñéndole, se puso a platicarle los sucesos del día:

-Fíjate vieja que topé con el arado en varios tocones, y dos piedras grandes por poco me lo desgracian, y la erosión se está llevando al arroyo las tierras buenas cercanas a la ribera, voy a tener que desviar los drenes antes de que se vengan las lluvias. Eso me entretuvo –dijo, dejándose caer pesadamente en una silla, para quitarse los botines, liberando sus pies hinchados – ya ni me dieron ganas de encender una fogata y me comí frío el rancho, pero no importa, ya me llegó el aroma de tus benditos frijoles, pásame unas tortillitas nuevas, la salsa y el quesillo, antes de que se me derrame la hiel, ¿No escuchas cómo se rebela mi panza?

-Sí, viejo, ya merito, mientras sígueme platicando. –se hizo tiempo la esposa.

-Pues verás –dijo ya sin entusiasmo, pues los olores de la comida le inhibían cualquier actividad mental – cuando venía para cá, al rodear la milpa del compadre Juan, ¿Qué crees que me encontré?, pues un burro muerto, ahí, tirado casi en medio del camino, y no tenía mucho, en la mañana que pasé, no había nada. Se veía raro, un burro blanco, se veía sano, todavía no estaba frío, lo toqué, estoy seguro de que no era de nadie conocido, un burro extraviado.

-¡Qué raro! –exclamó la esposa -¡Un burro muerto! –en el momento preciso en que el chamaco mimado entraba a la cocina, atraído por los efluvios de los familiares manjares.

-¿Qué burro muerto, mamá? – dijo, metiendo su cuchara.

-Uno que tu papá vio hace apenas un rato, hijito lindo.

-¿Dónde está? –preguntó, dirigiéndose al extenuado progenitor.

-¡Uuy!, está bien lejos, hijo, por la parcela de tu padrino –le explicó el padre.

-¡Yo lo quiero ver, papá! –gritó, emocionado.

-Bueno –dijo el padre – pues mañana me acompañas adonde estoy arando, quien quita y no lo hayan arrastrado para entonces, todo es cuestión de que te duermas temprano hoy.

-¡No papá, yo lo quiero ver orita, se lo van a llevar! –insistió, en tono demandante, el muchacho.

-No, hijo, estoy rendido, espérate a mañana –se defendió.

-¡Mamá, díle que me lleve orita, yo quiero ver al burro muerto! –le exigió a su mejor aliada.

-No, tesoro adorado, tu padre tiene razón, ya es de noche, no vas a poder ver nada, mi vida, mejor espérate a mañana, corazoncito. –le respondió ella, tratando de convencerlo con empalagos.

-¿Cómo que no?, nos llevamos una lámpara de gasolina, con esa se hace de día a cualquier hora, mamá, ¡Díle que me lleve orita, antes de que se haga más tarde! –le demandó, ya encaprichado, el chamaco, y levantando más la voz.

-Ya no insistas, hijito lindo –comenzó a decir ella, pero el malcriado se tiró al suelo dando de gritos, patadas y manotazos, cada vez más fuertes, repitiendo a todo pulmón:

-¡Quiero ver al burro muerto, papá, llévame a ver al burro muerto!

La madre trató inútilmente de calmarlo, interrumpió la preparación de la comida, le soltó otra sarta de las cursilerías acostumbradas, pero nada, el patatús siguió en crescendo, hasta que, vencida, le suplicó a su marido:

-¡Viejo, llévalo a ver al burro muerto, mira cómo está ilusionado!

Aquello fue la puntilla, el muchacho redobló los gritos y luego se puso morado, el padre todavía se sostuvo por unos momentos más, quizá sopesando las consecuencias de dejarlo que se ahogara en el berrinche, pero, al darse cuenta de que estaba solo contra los dos, le dijo, resignado, a su esposa:

-Bien, prepárame la lámpara y abrígalo, no se vaya a enfermar, la noche está refrescando.

¡El escuincle mimado se había salido de nuevo con la suya!, pero había quedado marcado de por vida, el suceso se las arregló para trascender a la familia y a la ranchería, se hizo famoso hasta en la capital del estado.

Aún en la actualidad, por lo menos en su familia, cuando alguien se pone necio, porfiado, intransigente, o terco caprichudo, le dicen con jiribilla:

-¡Tú lo que quieres es que te lleven a ver al burro muerto!

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Tiburcio, igual que su padre, se llamaba ese nefasto primo, que fue generando una patente de corso basada en la impunidad, todo se lo solapaban, todo se lo soportaban sus progenitores. Desarrolló una odiosa crueldad con los animales, que le ganó la antipatía de sus compañeros de escuela, lo cual exacerbó sus actitudes negativas, y abusaba de todo aquel a quien considerara víctima propicia, siempre niñas y niños menores que él, jalándoles las trenzas, quitándoles lo que podía, y escondiendo la mano con que golpeaba. Con frecuencia, la madre discutía con los maestros, defendiendo a su hijito, que era “un dechado de virtudes” a quien querían usar de chivo expiatorio, los envidiosos, que “no podían ver ojos en cara ajena”.

Una maldad preferida de Tiburcio, consistía en sentarse al extremo de una larga banca de madera, situada a la sombra que daba el techo volado de un salón de clases, frente a la cual pasaban alumnos de todos los grados, ahí esperaba al más indefenso, y cuando llegaba frente a él, sacaba el pie, y metiéndole zancadilla, lo hacía caer de bruces, se golpeaba y tiraba todos sus útiles. Y Tiburcio se quejaba, lloriqueando, de que el otro lo había pisado.

Arturo ya estaba cansado de ver cómo abusaba, y convencido de que acusarlo no llevaría a ningún lado, decidió darle personalmente una lección: miró cómo el ventajoso estaba agazapado, sentado al final, acechando a su siguiente víctima y, fingiendo leer una libreta de apuntes, distraídamente empezó a caminar acercándose a la banca, mirando al cielo y regresando a su pretendida lectura, como buscando la cuadratura del círculo entre las nubes. Tiburcio no dejaría escapar esa oportunidad de meterle zancadilla, nada menos que a su principal enemigo, y cuando estaba casi frente a él, sacó el pie, pero Arturo no se tropezó, pasó su pie derecho sobre la pierna del malcriado, y con su pierna izquierda completó una tijera, empujando para cerrarla con fuerza, con lo que Tiburcio se deslizó y cayó, sorprendido, al suelo de cantera rosa orgullosamente zacatecana, aterrizando directamente con el coxis. A pesar de que en esa ocasión sus berridos estaban muy justificados, los testigos declararon que había caído accidentalmente, a causa de su mala costumbre de sentarse en la mera orilla.

Pero no escarmentó, en cuanto pudo, volvió a las andadas.

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Durante el otoño, cuando Tiburcio estaba de visita en El Tinacal, Arturo y unos amigos idearon ponerle un buen susto, una tarde en que el primo llegaba a la ranchería, ya pardeando. En el trayecto, a la orilla del camino, había una casa abandonada, con un aljibe al frente, donde la gente se detenía a saciar su sed y la de los semovientes, o para refrescarse un rato a la sombra de vetustos árboles, que añadían un toque de misterio a la ruinosa construcción.

Aquella vivienda fue súbitamente desalojada años atrás, a raíz de una tragedia. El matrimonio que la habitaba murió en un accidente en la capital del estado, y sus hijos fueron protegidos por familiares que vivían allá también, así que, de buenas a primeras, el inmueble se vació de muebles y el deterioro inició una tarea que llevaba ya más de dos lustros. Los herederos se olvidaron a tal grado de ella, que ni siquiera para encargarla, venderla, rentarla, regalarla o malbaratarla, se habían aparecido, y la gente empezó a inventar negras historias tenebrosas, en las que toda la parentela de los muertos corría con la misma lúgubre suerte.

Tiburcio ya estaba al tanto, gracias a Arturo y sus secuaces, de cuanta fantasía circulaba, y otras de nuevo cuño, a cual más de espeluznantes: que si un pacto suicida, que si los fantasmas se habían llevado a los hijos en calidad de zombies, que si todos se reunían en el fondo de la noria en fechas fijas, que si cada uno había escogido un árbol como su domicilio permanente, para vigilar y frustrar cualquier intento de invasión de la propiedad, hasta que Tiburcio se negó rotundamente a escuchar otra historia más, y no porque le parecieran inventadas, sino porque el muy menso se las tragaba completitas.

Varios días antes, Arturo y sus socios habían cargado con una gran calabaza hasta la casa abandonada, le rebanaron la parte superior, y con grandes cuidados, le fueron sacando el semillero, las fibras y una buena parte de la pulpa, de tal manera que, de pesar más de setenta kilos, el cascarón quedó como en veinticinco, entre dos lo podían manipular con relativa facilidad, a pesar de que tenía más de sesenta centímetros de diámetro; ellos eran cinco escuincles, bien dispuestos para lo que fuera necesario, y su verdadera motivación era jugarle una buena broma al hijito de su mamá.

Poco a poco la habían armado, sacaron veladoras y petróleo de sus casas, en calidad de “préstamo”, rescataron un quinqué con el vidrio cuarteado, ya en desuso, lo parcharon con engrudo, y jalaron con las uñas lo poco que le quedaba de mecha, asegurándose una buena hora de aguante, antes de que la llama la consumiera. Con girones de tela rescatada de quién sabe dónde, simularon una túnica, para que fuera el cuerpo de la calabaza, y finalmente, con un cuchillito le hicieron huecos para los ojos, nariz y boca, y les quedaron tan chuecos, que le imprimían un aspecto monstruoso, horrible, con los ojos apuntando al entrecejo, las comisuras de la boca orientadas al sur, y con dos hoyos verticales, pero irregulares y demasiado grandes, a guisa de nariz; la calabaza parecía un obeso Fantasma de la Ópera.

La treparon al aljibe, la colgaron usando la soga de la polea, luego le acomodaron los trapos para que pareciera estar de pie; le colocaron varias veladoras a los lados, y se pusieron a esperar. Uno estaba de vigía en la primera curva del camino, cuando hizo la señal de que el susodicho se aproximaba, que también era el aviso de que iría al encuentro del “pichón”, para evitar que se les escapara, Arturo y los otros tres encendieron el quinqué, lo metieron por arriba a la gran calabaza, prendieron las veladoras y tomaron sus posiciones a los lados del pozo, protegidos por los árboles.

El encargado de ir a encontrarse “casualmente” con Tiburcio, le dijo que le daba mucho gusto haberlo visto venir, así se acompañarían, y le platicó que uno de los fantasmas de la casa abandonada se le había aparecido, pero que lo había ahuyentado, utilizando la fórmula que tantas veces le habían repetido al niño mimado y que seguramente ya la tenía bien grabada de manera indeleble, en alguna circunvolución cerebral: preguntándole al ánima en pena si era de este mundo o del otro, ya que, como es del dominio público, los espectros se espantan, si se les pone en duda.

Momentos después, a punto de llegar a la curva, le dijo:

-Vete adelantando, a mí me dieron ganas de orinar del puritito miedo, échate una carrera, no está tan lejos, te apuesto a que te alcanzo antes de que te salude el primer muerto ¡Já, já! –le dijo, mientras se hacía a un lado del camino para atender al llamado de la Madre Naturaleza.

Tiburcio no necesitó más, también tenía necesidad de desalojar su vegija, pero pegó la carrera, sintió cómo la noche se venía encima y, cuando calculó que se acercaba a la casa abandonada, clavó los ojos en el suelo para no verla y no tropezar con alguna piedra, y aceleró el paso, hasta que casi no tocaba el piso.

-¡Alto! –una voz apremiante le ordenó -¡Detente!

Se detuvo, volteó buscando al acompañante, debía estar alcanzándolo de nuevo, tras haber terminado de regar la nopalera. Pero detrás de él no había nada, sólo la creciente oscuridad.

-¡No te escondas, ya te ví! – gritó con voz temblorosa, pensó que el meón le estaba jugando una más de las bromas acostumbradas. En ese momento no tenía humor para nada, sólo quería era estar bajo techo, fuera del alcance de sus habituales victimarios.

- ¡Acá estoy, maldito! -contestó a sus espaldas una voz ronca. Giró su cuerpo de nuevo y, allá estaba el fantasma, que parecía emerger del pozo, fosa común de la desdichada familia; el espectro, y su terrible rostro de fuego, dirigido amenazadoramente hacia él, balanceándose con macabra lentitud, parecía avanzar hacia Tiburcio.

-¡Asesino, nos mataste y ahora pagarás tus crímenes, te llevaremos al castigo del fuego eterno del infierno! ¡No volverás a escapar, llegó tu hora final! ¡Acércate o te fulmino ahí, en donde estás, cobarde!

Como autómata, Tiburcio avanzó lentamente hacia el aljibe, dejando un rastro de orines tras de sí, con los ojos llorosos y sudando frío. Se estaba deshidratando rápidamente.

-¡Confiesa, asesino! -exigió el espectro.

-¡Yo no fui, yo no fui! -gritaba, ahogado por las lágrimas, mientras la adrenalina se le acumulaba en los menguados líquidos corporales. Estaba a punto del desmayo, cuando el fantasma le lanzó una terrible amenaza:

-¡Confiesa o muere, desgraciado!

Por una obvia razón, lo único que le salió de la garganta fue un hilo de voz, preguntando, con deformación mucho más tétrica que la del “fantasma”:

-¿Er-es de es-te muundo o del o-trooo?

Arturo y sus compinches no pudieron aguantar más, se tuvieron que tapar la boca con las manos para no reir y, en un toque maestro final, la inspiración hizo que a uno se le ocurriera lanzar una piedra bola a la calabaza, con tan buen tino, que el proyectil entró por el agujero en la coronilla del “espectro”, y rompió el quinqué, con la consiguiente explosión incendiaria del petróleo, como una bomba Molotov.

¡Fue demasiado! El infeliz Tiburcio salió pegando de alaridos, corrió despavorido hasta perderse entre el chaparral, los magueyales y las nopaleras, mientras Arturo y compañía levantaban todo el escenario, celebrando, muertos de la risa, el gran éxito de su broma, la mejor que le habían jugado al escuincle abusivo, engreído, consentido, rajón y chismoso.

Tiburcio se zurró en los pantalones. Cuando se cansó de gritar y correr, se metió a un establo a dormir con los animales, y muy temprano emprendió a pie el camino a su casa, a varias leguas de distancia, lo que jamás había hecho, bajo ninguna circunstancia.

No se supo si comentó el episodio con su familia, debió haber dado alguna explicación, pero lo que todo mundo percibió, fue que su actitud cambió positivamente, el encuentro con el fantasma fue en realidad un encuentro consigo mismo. El primer y más beneficiado resultó su padre, pues sus caprichos se redujeron sensiblemente, y las rabietas desaparecieron.

Arturo y su pandilla guardaron discreción. Por un tiempo, el nuevo Tiburcio desconcertó a la comunidad.

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Una mañana, Arturo se despertó lleno de energía, dispuesto a una fructífera jornada en la labor, se aseó y le entró con fé al desayuno: unos huevos revueltos, frijoles calientitos, tortillas de maíz recién echadas y bastante salsa picante. Al terminar, tomó su sombrero de paja, con su largo cordón blanco, trenzado, para ajustarlo al cuello, echárselo a la espalda, colgarlo, o para lo que se le ocurriera, y llenó su guaje con agua fresca de pozo, filtrada en piedra, de seguro haría sol, y fuerte.

Después del mediodía, su hermana Lourdes le llevó unos tacos de frijoles chinitos, con su jarrito de salsa, y más agua, para que no regresara a la casa antes de terminar de desyerbar el maizal, pues al día siguiente su padre lo quería en la troje, lo ayudaría a escombrar y a acomodar unas pacas de alfalfa fresca, que acababan de llegar.

Por más que se apuró, le ganó el atardecer. Hacía tiempo que no veía uno así, sin nubes, sólo una franja de bruma en el horizonte, cribando los rayos del sol, cambiando matices de color en el cielo, mientras lo cruzaban aves migratorias, patos y gansos en formación, en silencio y cámara lenta, efectos especiales a cargo de la altura. Al ras del suelo, los pájaros merendaban insectos que iniciaban, parsimoniosamente, su nocturno ambular.

Bebió las últimas gotas del guaje y se lo echó a la espalda, se puso el sombrero de lado, previniéndose del viento que empezaba, e inició el camino a casa. El sol se ocultó tras los montes, y le dieron ganas de cantar, pero estaba tan cansado, que se contentó con silbar quedo los éxitos del momento, acompañado por el susurrar de una brisa, que iba cobrando fuerza.

Poco a poco percibió cómo, sobre su silbido, remontaba otro sonido muy distinto, se calló y paró las orejas, parecía el aullido lejano de un coyote, o de un lobo, cada vez lo escuchaba más cerca, a su espalda, volteó, pero no había nada, y se hizo el silencio. Dio media vuelta y apuró el paso, al escuchar de nuevo el aullido, que, ahora mucho más fuerte, se convirtió en un grito sombrío y quejumbroso, rompiendo en un chillido que le penetró los huesos y le enchinó el pellejo.

No se esperó más, se detuvo, giró cautelosamente la cabeza, y quedó petrificado: frente a sus ojos, se materializó un espíritu pálido que, alargado y ondulante, se retorcía como un demonio enfurecido, como un alma en pena presa de dolor; quiso ver si la aparición se apoyaba en el suelo, pero no era posible; quiso calcular su altura, y no pudo percibir su principio ni su final, ¡Era descomunal!, apenas unos vagos rasgos permitían apreciar su rostro deforme, elongado en una mueca de la que emergía una leve queja lastimera. Intentó correr, y al darle de nuevo la espalda, el espectro lanzó un horrible alarido.

Intentó hablarle, pero no encontró su voz, sintió cómo le flaqueaban las piernas; fue inclinándose lentamente hacia atrás, y se desplomó pesadamente, desmayado, rompiendo con su cuerpo el guaje vacío, y cancelando la fuente de los aullidos; rodó por el suelo, al igual que su sombrero con el cordón trenzado, arrastrado por el ventarrón que ya se había desatado, llevándose consigo al espigado y albino espíritu.

Cuando volvió en sí, resollando con dificultad, yacía tirado en medio del camino, y tenía la boca y la nariz llenas de tierra, como si hubiera estado sepultado.

Experiencias como ésa, le hicieron desarrollar un gran respeto por el enorme poder de la imaginación.

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A veces, la imaginación se confunde con la realidad, y se convierte en ilusión, a veces, en ilusión de poder, pero las ilusiones de poder llevan al engaño, que engendra al desengaño y la cruel desesperación. Se corre el riesgo de eludir la realidad, de vivir dentro de una ilusión.

Bernardo, hermano de Arturo, se enamoró desde muy joven de una encantadora muchacha, cuya belleza fue acentuándose con el paso del tiempo.

A medida que su hermosura se consolidaba, al pasar de la infancia a la pubertad, y luego a la adolescencia, sus sentimientos hacia ella se alejaron de lo que al principio fue una inocente admiración platónica, para convertirse, irremisiblemente, en una apasionada fascinación: el muchacho, ya casi un adulto, se había enamorado perdidamente de la angelical criatura.

Pero lo mismo que le sucedió a Bernardo, le pasó a prácticamente todos los varones casaderos de la comarca, pues la niña resultó la flor más bella de todas las rancherías alrededor de El Tinacal, y aunque él tenía posibilidades sociales de participar en la justa por el corazón de su amor secreto, lo frenaban intrínsecas desventajas y limitaciones: atolondrado, parco, y torpe de palabra y de cuerpo; sin haber luchado, ya estaba vencido.

Se hizo a un lado, esperando lo que llamaba el “momento oportuno”. Pero ese momento nunca llegó, y Bernardo tuvo que darle reversa a sus pretensiones, hasta que se instaló en algo que parecía un estado contemplativo, pero que en realidad era una profunda frustración.

Cuando la joven cumplió dieciseis años, él ya tenía veinte, y antes de cumplir diecisiete, la hermosa señorita se comprometió y casó con el pretendiente que pudo captar su atención y lograr que sus familias concertaran el matrimonio, pues la pareja estaba en la edad y en el “momento oportuno”, conforme a los cánones de la época.

Bernardo cayó en una muda y oculta depresión, casi nadie, fuera de su familia, la percibió; él continuó con sus actividades cotidianas, las cuales, en un rancho dedicado a la agricultura y a la ganadería, son tantas y tan variadas, que quien desée desaparecer de la vista de su comunidad, puede hacerlo, sumergiéndose en ellas, y le absorberán todo el tiempo, apenas llamando la atención de los demás.

Fuera del círculo más cercano, el resto, caporales, arrieros, labriegos y peones, sólo apreciaron que se les reducían las cargas, y callaban agradecidos, para no alterar esa laboriosidad excesiva, sin pretender averiguar de quién se trataba, y mucho menos tratar de comprender sus motivos. O fingían no darse cuenta de lo obvio.

Así transcurrieron tres años, y Bernardo se hundía cada día más en la angustia y la desesperación de aquel amor imposible, y sin compartir, ni remediar, la causa de su desdicha.

La familia se alegró, cuando empezó a bañarse, y descuidó sus tareas. Cada semana, los jueves, iba a la ranchería vecina y, aunque ya les había picado la curiosidad, sus padres y hermanos no se atrevían a preguntarle nada sobre sus correrías, por temor a inhibirlo, pues tres años de introspección lo habían convertido en un ermitaño hermético, lacónico monosilábico, huraño y maloliente, no querían ver perdidos los progresos recientes, que atribuían a sus periódicos viajes.

Empezaban a temer que el muchacho, que había cumplido veintitrés años, anduviera dando bandazos, pues cuando regresaba a El Tinacal, entrada la noche, era evidente que no estaba borracho, y en aquellos tiempos, la incipiente comunidad gay se mantenía encerrada, en los roperos y los baúles.

Se tranquilizaron cuando alguien los enteró de que Bernardo visitaba a una mujer, bastante mayor que él, para los usos de entonces, varios años, cuatro, para ser exactos. Pero, antes que preocuparse, la familia se alegró de que por fin se terminaran sus monásticas manías, fuera quien fuera, aquella mujer era un ángel salvador, lo había sacado de su agujero de angustia.

Ya vestida de novia, la prometida de Bernardo era la antítesis del motivo de su prolongado aislamiento, de la hermosa criatura que le había secuestrado por tanto tiempo el alma, desde su niñez:

Una nariz aguileña trataba de abrirse paso a través del velo nupcial, mientras sus manos huesudas le colgaban, como plomadas, de unos brazos esqueléticos que emergían, tubulares, de puntiagudos hombros y, jorobada temprana, con su perfil corporal de banana, avanzaba con lentitud, enfundada como cimitarra en su blanco vestido, al altar. La ceremonia religiosa se desarrolló en el más completo silencio; los concurrentes, expectantes, atisbaban, pendientes de cualquier señal, de algún indicio que los ayudara a comprender qué estaba pasando, realmente. Gesticulaban y murmuraban, sin salir de su confusión.

Flaca canija toda ella, su voz empequeñeció la de él, cuando, grave y rasposa, retumbó en el domo de la iglesia colonial:

-¡Sí! –respondió a la proverbial pregunta, en un tono que parecía un efecto del consumo consuetudinario de huitzila, pero que, en justicia, debía atribuirse a su tabaquismo intensivo.

Se levantó el velo con aquellas manos, de velludas falanges y estrías en los nudillos, su rostro mostró una sonrisa de triunfo, con dientes manchados de nicotina, proyectados hacia adelante y abajo, y lucía en su mentón, una roja verruga y tres negros e hirsutos pelos, como cerdas.

Qué distintas eran las dos mujeres, la ideal, la bella, la que se había convertido en la ilusión de los sueños frustrados de Bernardo, y la real, la que sería permanente, pues le sobreviviría, convirtiéndose en su viuda, muchos años después, cincuenta y tres, para ser exactos.

Lo único que tenían en común, era el nombre: ambas se llamaban Eduviges Quintanar.

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-iv-

Pero volvamos al verano del 56.

La familia de Joe, el esposo de la tía Licha, tenía un origen diferente, misterioso, hasta oscuro, al menos para él.

Lo que se sabía, era que sus antepasados habían venido de España, o de Sudamérica, y se habían asentado en California, desde tiempos de la Colonia, del Virreynato, lo que lo haría descendiente de criollos o mestizos; el tío tenía un ligero parecido con George Raft, el gángster hollywoodense, con tez morena, bronceada por el sol de los jardines. Siempre pensó que sus orígenes debieron estar en Brasil.

Fue una familia de tradición en la Alta California, que poseía grandes extensiones de tierra, hipotéticos amigos, o rivales, de El Zorro. Pasó California a ser parte del destino manifiesto, y perdieron su posición y su fortuna; lo que le quedó de terrateniente al tío, fue su pasión por la jardinería.

Los norteamericanos son pragmáticos y muy conservadores, ponen en práctica lo que se les ocurre y conservan lo que pueden, y no les importa a quien haya pertenecido antes; y si no se afecta su interés y conveniencia, su expansionismo respeta las nomenclaturas originales; como marca de conquista, conservan nombres indígenas, españoles, algonquinos, franceses, rusos, hawaianos, etc., las más de las veces, “americanizados”.

La familia del tío Joe era tan prominente que, aún hoy, existe un museo dedicado a preservar su historia. Así conservan la memoria, el recuerdo de los colonizados, de los conquistados por el Imperio.

Ya casados, y bajo la firme conducción de la mujer, fueron ganando terreno, compraron casa en vecindarios cada vez mejores, mientras avanzaban en la realización de su sueño americano, sin comerse todo el pastel, de tal forma que, al final de sus días, que trascendieron a los de su marido, era una modesta millonaria, y poca gente lo sabía, pues en ella, lo cododura se entretejía con la discreción. Esencialmente, la tía era una buena mujer, sólo cuidaba lo suyo ¡Que caray!

Cuando el tío Joe cumplió setenta y cinco podados y frondosos años, le organizó un fiestón country, su música preferida, con Dolly Parton cantando para él, en persona y en tercera dimensión ¡Que homenaje!, nada más con eso, la tía Licha se ganó el cielo.

-*-

El viaje prolongado y los chocolates que había engullido, lo tenían preocupado, pensaba que se iba a enfermar de la panza, por tragón; ya empezaba a marearse, y el autobús se detuvo. Había llegado.

La casa de la tía se hallaba en la avenida principal de un suburbio de clase media alta, con calles arboladas y jardines bien atendidos, unos por el propio tío Joe, que así mantenía a su familia con buen estándar de vida, y él se conservaba en un aceptable estado físico y mental.
Siguió las instrucciones de su prima y, caminando, se le acomodaron los chocolates en el estómago y el proceso digestivo se le normalizó. Pronto estuvo frente al domicilio, en la calle y el número que llevaba anotado en un papelito que sacó de su cartera. Y observó, calculando: “en casa del herrero, azadón de palo” (en casa del jardinero, para el caso), varios árboles con ramas secas, hojarasca ahogando al zacatito, sin podar quién sabe desde cuando, montones de madera de desecho arrumbada en las esquinas del patio, piedras desordenadas a lo largo del sendero de entrada y en los cajetes de los árboles, y seguramente muchas anomalías más, en el traspatio y dentro de la casa.
Era una construcción bastante grande, como después lo constataría en detalle: un porche amplio y una sala de música a la entrada, del lado izquierdo, que se había pensado como recibidor originalmente, con un piano vertical; una espaciosa sala-comedor, y en la cómoda cocina integral tenían una barra-desayunador; cuatro recámaras, tres y medio baños; un sótano que ocupaba la mitad del área edificada; un garage cubierto, amplio, para tres vehículos, atrás, con acceso por el callejón de servicio, donde el tío guardaba sus herramientas y los utensilios y aparatos de jardinería, y montones de cosas inservibles o en desuso, que se acumulaban, subproducto de la misma economía consumista, de desperdicio, que eventualmente terminan rematadas en ventas de garage y swap-meets.
Toda la familia lo esperaba, aunque sin armar boruca; lo adoptaron, de inmediato:
-¡Má!, ¿A poco no pasa por americano? –decían, encantadas, sus primas. Hubiera querido contradecirlas, afirmando su mexicanidad, pero no estaba interesado en eso, otro propósito ocupaba su mente, por completo.
Llegó la hora de la comida principal, pasadas las seis de la tarde; era el pleno verano, así que habría luz solar hasta después de las ocho de la noche. En la mesa, comentó que al terminar de comer, empezaría a arreglar y limpiar el patio delantero, lo cual tuvo un efecto inmediato en el ánimo de la tía, le echó a su marido una mirada y una sonrisa de lado, como poniendo de ejemplo al sobrino, pero cuidándose de decir palabra.
Con la tía de buen humor, toda la familia se relajaba, aquella escena se merecía, por lo menos, una foto instantánea, los rostros sonrientes hacían imposible pensar que ya tenían un buen tiempo de no disfrutar la idílica armonía que esa tarde reinaba en aquella casa, convertida súbitamente en un cálido hogar.
Por el callejón de servicio llegaba el camión de limpia, los lectores de consumo de agua, gas y energía eléctrica, los técnicos que realizaban reparaciones, y los repartidores de toda clase, excepto el correo, los telegramas, los vendedores de puerta en puerta, y el periódico, que a veces las despertaba, al estrellarse contra la puerta principal, cuando ya el tío había partido a cuidar de “sus” jardines.
En el garage encontró los utensilios que necesitaba: palas, rastrillos, tijeras de podar, podadora de pasto, escobas, guantes de jardinería y bolsas para la hojarasca y la basura. Eso le pareció perfecto, podría trabajar sin tener que pedir nada a nadie. No paró sino hasta después del anochecer, obligado por la tardía oscuridad estival.
La tía le ofreció helado de vainilla, pastel de manzana y un vaso grande de leche bien fría, y las primas se lo llevaron a ver la tele: el talk show “Tonight”, con Jack Paar, antecesor de Johnny Carson y Jay Leno.
El día siguiente fue mejor, se levantó antes del amanecer, antes que todos, y terminó de limpiar y ordenar los patios y el garage; cuando la tía lo llamó a desayunar, él le pidió que saliera a ver lo que había avanzado. Estaba encantada, le dijo que nunca había visto el jardín tan arreglado ni el garage tan escombrado, ya podrían estacionar el sedán y la camioneta pickup, sin golpear la podadora o las cajas de herramientas.
Entusiasmado, le preguntó si tenía algo más que arreglar.
-Déjame pensar, m´ijo, seguramente algo se me ocurrirá –y añadió, exclamando, como recordando algo trascendental:
-¡Oye!, tu tío está muy agradecido, después de trabajar tanto, en otros jardines, sólo le quedan ganas de descansar, pero !Ven a desayunar!
Ese día ya no pudo seguir su programa de tareas, las primas se lo impidieron, lo querían presumir con sus amistades y exhibirlo por todo el pueblo. Primero lo llevaron a un parque, una enorme área de colinas cubiertas de césped, pobladas de frondosos árboles y esbeltas y altas palmeras. Se entretuvieron en los columpios y los subibajas, pero se negó a lanzarse de los toboganes.
-¡Ni que fuera niño chiquito!, –pensó- le prestaron unos patines de ruedas y trataron de enseñarlo a deslizarse en las aceras, pero pronto desistieron; su plan principal consistía en llevarlo al cine, y era más importante que pudiera sentarse, sin las pompas magulladas.
Nunca aprendió a patinar, a pesar de ser algo común en su familia; salió de Ensenada para continuar estudiando, y las oportunidades fueron esporádicas; en cemento o hielo, no hubo forma de que se hiciera aficionado; el último intento lo hizo con sus hijos, compró patines para todos, y practicaron en las planchas fuera del estadio universitario, en C.U., pero un sapotazo duele más que un ranazo a la vuelta de los lustros; cada quien decidió qué hacer con sus patines, cada quien agarró sus patines y dispuso de ellos, discretamente.
En su recorrido, las primas explicaban a los conocidos con quienes se encontraban, que él era su primo, que estaba de visita en su casa, que le estaban dando el town tour, y que ya se lo llevaban al cine, porque se les hacía tarde.
Compraron palomitas, chocolates y refrescos y, al entrar a la sala de proyección, en la repentina oscuridad, pisó a una joven que no gritó ¡Ay!, sino Ouch!, miró al suelo en la penumbra, ya con las pupilas más dilatadas, y distinguió una especie de calcetín verde, con una separación para el dedo gordo –parece la pata de una rara especie de batracio, o de un marciano–pensó y, sonriendo apenado, le dijo a la gringuita: Sorry!
Junto con los boletos les dieron los lentes especiales, bicolores, rojo para un ojo, azul para el otro, ajustables para todo tipo de cara, con las patitas parecidas a los alambres cubiertos de fibra sintética o de algodón, que se usan para limpiar las pipas, o los cañones de las armas. ¿O eran uno verde y el otro rojo?
La película, The Great Locomotive Chase, estuvo muy divertida, en technicolor y tercera dimensión, destacaba una persecución de trenes, con asalto a balazos y descarrilamiento, coreados a todo pulmón por el público, en su mayoría adolescentes, así seguían cada momento de peligro. Con la vista en la pantalla, el ruido, en la relativa oscuridad del Fox Theatre, se oía distinto a la gritería de los cines de su pueblo, y eso fortalecía su impresión de que se hallaba entre extraterrestres.
Era un burbujeo, que lo hacía pensar en una mezcla de enjambres de abejas zumbantes, parvadas de gorriones y otras aves gorgeando y graznando, y múltiples insectos chirreantes, diferente a los chillidos de las muchachas y los gritos de los rancheros de Maneadero, que inundaban las salas de proyección los fines de semana, en su natal Ensenada.
Allá, podía distinguir algunas voces, y aún pláticas, de sus amigas y amigos. Acá, volteaba a ver las caras de sus primas, para convencerse de que seguía en este planeta, y no corría el riesgo de ser secuestrado por entes del éter. La soda y el esquite lo ayudaban a tranquilizarse, y también unos Junior Mints, que le duraron hasta poco antes de llegar a casa de los tíos.
El segundo día, después de terminar las tareas, buscó algo para leer, libros, revistas o periódicos, pero sólo había a la vista, en la sala, en los baños, magazines para chicas, muchas partituras musicales en el banco del piano, y más revistas, ejemplares, casi todos, de la que aún es la dictadora del prototipo, o del estereotipo, de la Miss Teen, USA: Seventeen. Ahí les decían cómo vestir, cómo y con qué productos de qué marcas maquillarse, hasta qué tampoon usar; las preparaban para el salto a Cosmopolitan, para aspirar a Chica Cosmo, y entrar de lleno al American Way of Life de las féminas.
Seguramente en algún lugar de la casa habría libros de texto de sus primas, pero sus recámaras eran áreas vedadas, lejos de su interés. La diversión de la familia, lo que los unía, era la tele, y paradójicamente, ensanchaba la brecha generacional, y cultural, pues el mundo de las hijas se iba separando cada vez más del de los padres.
El padre hablaba inglés, pero no se le podría imaginar discutiendo de política o problemas sociales, ni siquiera sobre los que concernían a su minoría: méxico-americanos, hispanos, chicanos, latinos, pochos, greasers, brownies, desarraigados, y menos sobre braceros, ilegales o indocumentados.
Podían identificarse con una o varias de esas clasificaciones, pero se sentían americanos, aferrados a la nacionalidad “americana”. Varios miembros de la familia habían participado, como carne de cañón, en alguna guerra, varios habían muerto por los US of A, por los Estados Unidos de América, donde todos están incorporados a sus engranajes, en un sistema de castas publicitado como democracia, esclavizante, pero autoproclamado portaestandarte del Mundo Libre.
Con la madre había identificación de sangre y género; con el padre, la brecha era básicamente cultural. Se educaron, se desarrollaron en música, periodismo, y administración de bibliotecas; trascendieron sus orígenes, por la voluntad de la madre y por su propio esfuerzo, a pesar de las cargas que soportan, y de buen grado, sin alternativas, las minorías discriminadas, a pesar de los traumas familiares heredados. Podría decirse que lograron una considerable superación, por encima de la condición impuesta a su origen mexicano: orgullo por fuera, y vergüenza por dentro. Estado de negación forzada, state of confusion.
No pudo tener una relación estrecha, duradera, profunda, permanente, con ellas, pero siempre le daba gusto cuando se reunían. La distancia y el tiempo espaciaron demasiado los encuentros.
En aquel verano, las primas continuaban fascinadas, no lo soltaban, lo llevaban a los hot chocolate fudge ice cream sundaes, a la nieve de vainilla cubierta de chocolate derretido, a la biblioteca, a la iglesia, a todas partes.
Por las mañanas se les adelantaba, levantándose en cuanto oía al tío en la cocina, tomaba, platicando con él, una taza de café con mucha leche, y cuando se iba a trabajar en los jardines, seguía limpiando y arreglando lo que tenía programado, o lo que se le ocurría sobre la marcha, su plan iba viento en popa.
Terminó con la cocina: estufa-refri-zinc-trastero-repisas-despensa-anaqueles-paredes y suelo. Luego se desplazó al sótano, a clasificar: pinturas-fertilizantes-insecticidas-tornillos-tuercas-clavos-guantes de hule y de lona-madera-tubos-etcétera, todo revuelto y empolvado. Ordenó, limpió y sacó la basura, esa tarea completaba otra fase en su estrategia, que se le antojaba impecable; seguía lo más importante, la parte culminante y definitiva.
Por la tarde, sólo para no dejar, volvió a preguntarle a su tía si había pensado en algo más que él pudiera hacer.
-Ah sí, m´ijo, ¿Sabes pintar? – le preguntó.
-Má o meno, tía –contestó él, mintiendo lo mejor que pudo.
-Es algo sencillo, quiero que les des una mano a los anaqueles de la cocina, la limpieza tan profunda y a conciencia que hiciste, descubrió los estragos del cochambre; mira, en el sótano hay como medio galón de la pintura original, pinta donde lo creas necesario, ¿Sí, m´ijito? –concluyó.
Era un esmalte de color amarillo canario, añadiéndole thinner, apenas alcanzó para una mano general, con cada brochazo se acentuaban los defectos de la pintura vieja, pero cuando se secó, el conjunto se veía bastante bien, con una nueva luminosidad.
Había llegado el momento preciso, la semana se acercaba a su fin, y Disneylandia, inaugurada el año anterior, lo esperaba; y habló:
-Tía, ¿Qué te pareció todo lo que arreglé?

En cuanto dijo eso, ella lo abrazó y le dio un beso, húmedo y tronado, en el cachete:

-¡Maravilloso, m´ijito, maravilloso! ¡Cuánta falta hacía que alguien se pusiera a trabajar en serio, espera a que le platique a tu mami…!

-Entonces, ¿Qué tal si hablamos de mi paga? –dijo, rompiendo la armonía que por casi una semana había envuelto a aquella familia, condenada a vivir en el filo de la navaja, pendiente de la siguiente crisis nerviosa de la matriarca, para compartir, sin previo aviso, un stress colectivo, por lapsos de duración indefinida.

-¿Cómo se te ocurre cobrarme algo que hiciste sólo por tu voluntad?, ¡Yo no te pedí nada, tú te ofreciste! –exclamó, y estalló en lágrimas.

-¡Además, usaste nuestras herramientas!, -continuó, gimoteando- ¡Con riesgo de que las quebraras, hasta la podadora te dejamos usar, y la cocina, la pintaste con nuestros materiales y brochas!, ¿Cómo se te ocurre cobrarme, por qué no me dijiste desde antes, que lo hacías sólo por el interés del dinero?, !Nomás deja que le cuente a tu madre, de seguro ni idea tiene de lo que pretendes hacerme, desconsiderado, te recibimos como si fueras nuestro hijo, no me salgas con esto!, y por favor, -aprovechó para tomar aire -¡Retírateme denfrente!,¡No quiero ni verte, ya se me subió la maldita presión por tu culpa!, ¡Dios mío!, tengo que recostarme…-se fue a la sala, se echó sobre su sillón reclinable, prendió la tele…y fingió un desvanecimiento.

No podía creer lo que acababa de presenciar: en tres minutos, todo el plan se le había desmoronado, y precisamente cuando acariciaba su éxito. Lo peor era que no tenía un plan B, estaba convencido de que los riesgos de la estrategia y las tácticas que había aplicado con tanto cuidado, tendrían que ser insignificantes, inexistentes.

El tiempo se terminaba y la recompensa a sus esfuerzos yacía con la humanidad de la tía, desparramada, cuajada en un reposet.

Estaba previsto, en sus cálculos, que ése día cobraría su paga, al siguiente recorrería todo el parque de diversiones, y al subsecuente emprendería, triunfante, el regreso a su hogar, a Ensenada.

-¡Fracaso total! –pensó, y salió de aquella casa, tan repentinamente extraña, y se dejó caer, de golpe, derrotado, sobre un escalón del porche, donde permaneció sentado, con la vista al frente, fija y a la vez difusa, rumiando el desastre, por largo rato.

No lograba pensar claro, estaba indignado por la actitud de su tía, pero tuvo que aceptar que él era el principal responsable, pues no había armado su plan sobre bases firmes, a pesar de que conocía los obvios defectos, las surtidas mañas y la proclividad a la manipulación que la caracterizaban, sobre todo cuando había dinero de por medio, y más aún si se trataba de dólares. -A ver, m´ijito, ten estos cincuenta centavos, ¡y son oro!, ¿eh? -les decía a sus sobrinos, haciendo alarde de generosidad, cuando los visitaba.

¿Qué hacer?, aquello no podía, no debía terminar de esa manera, con la escenita que la tía había armado y protagonizado, y que de seguro aún continuaba actuando, fingiendo, sufrida y apoltronada, con toda la familia tratando de consolarla, mientras, casi sin aire, despepitaba su conveniente versión sobre las desaforadas pretensiones de él, su abusivo y malagradecido sobrino.

Pensó en regresarse a México ese día, pero apenas tenía dinero para el viaje de regreso, cualquier imprevisto lo metería en un atolladero, además, se le antojaba muy difícil la opción de volver a su casa dos días antes de lo previsto, se vería obligado a dar explicaciones, que tendrían que coincidir con lo que la tía decidiera platicar, a su madre y a todas sus demás hermanas, en persona, por teléfono y/o por carta.

Y ni hablar de irse a refugiar con su prima Rosalba, eso quedaba descartado, era preferible quedarse a dormir bajo un puente, en la carretera, antes que involucrar a su predilecta, rechazaba la sola idea de que su prima se enterara del sainete, por ahí no iba la cosa. Tenía que ganar tiempo, hacer de tripas corazón y aguantar, estoicamente. Parecía que todo estaba perdido. ¿Cómo enfrentar la actitud de la familia en pleno, reunida alrededor de un mullido sillón, convertido en teatral lecho de dolor?

¡Tenía que encontrar una salida con honor!

Hizo cuentas, calculó el número de horas trabajadas, les restó las correspondientes a las tareas que no lo hicieron sudar mucho, les aplicó la tarifa del tío, y finalmente, dividió esa cantidad entre cinco, considerando que era menor de edad, trabajando ilegalmente en un país extranjero, y que le proporcionaban techo y comida, ¡La quinta parte!, aún así, llegó a un total de cincuenta dólares, ¡La danza de los quintos!-pensó.

Ese sería su nuevo objetivo, recuperar una retribución mínima.

¿Cómo lo haría, y con qué propósito? Estimó que el viaje redondo a Anaheim, en autobús, más un boleto especial, un passport, como lo llamaban, para todas las atracciones de Disneylandia, y una comida, incluyendo hamburguesa, papas fritas y malteada, costaría, en total, poco menos de treinta dólares. Además, todavía conservaba algo del dinero que había traído consigo, incluyendo el importe en pesos para el camión de Tijuana a Ensenada, y otro poquito más.

Con el asunto así acotado, decidió hacer un último intento, pero sin comprometer el nombre de su familia, total, no tenía nada más que perder. Primero, debía hacer acto de presencia dentro de la casa y conducirse como un joven educado, sin responder a provocaciones, sin tratar de conmover corazones ni conquistar voluntades; adoptaría un perfil bajo, eso sería lo más adecuado, para averiguar hasta dónde había llevado las cosas su tía.¡Pero que no fueran a hacerle un juicio sumario!, ¡Todo tiene un límite! –pensó, dándose valor.

-¡No respondo chipote con sangre, sea chico o sea grande! –dijo en voz baja, sólo para sus oídos, y abrió la puerta.

Para su sorpresa, cuando entró de nuevo, caminando lo más erguido y derecho posible, pero sin buscar los ojos de nadie, se encontró con una familia feliz, reunida frente a la tele, viendo un episodio de I love Lucy; se sentó entre sus primas, en la alfombra, y descansó su cabeza en un sofá, en el lugar de la sala más retirado de la tía.

¿Qué había sucedido?

¡Pues nada!, que contaba, sin darse cuenta, con las mejores abogadas defensoras, en muchas millas a la redonda.

Ellas se encargaron de suavizar las cosas con mucha prudencia, sin ponerse abiertamente a su favor, lo que habría sido un error, con el peligro cierto de desatar al demonio de la histeria, de despertar a los monstruos del Id, que moraban en toda la anatomía de Doña Licha, la matriarca.

Se centraron en ponderar sutilmente los efectos positivos que la visita del primo había operado en la familia, y destacaron, moderadamente, cómo habían disfrutado de su compañía, paseando por el pueblo, y le mencionaron, de pasada, las tareas realizadas, sobre todo la pintada de la cocina, para lo cual se hubiera necesitado un pintor con oficio, calificado, (y ya se sabe que en gringolandia, los pintores de brocha gorda, y todos los técnicos, ganan lo mismo que los profesionistas).

Total, le echaron carpetazo al asunto, propiciaron una atmósfera que abría la viabilidad de otra visita del primo, en la que podrían llevarlo a su escuela, o a alguna fiesta. Él abordó aquella nave acolchada, que flotaba plácida en la armonía hogareña, y entonces, ya con el terreno providencialmente recuperado, preparó su golpe maestro.

Al terminar de comer, les lanzó su mejor pieza oratoria: agradeció la hospitalidad de la familia, comentó cómo se divirtió en la biblioteca, en los parques, en el cine, en la fuente de sodas, recordó ratos alegres con sus primas, la deliciosa comida y las atenciones de la tía, el café matinal con el tío, sus ilustrativas pláticas, ponderó la preciosa casa, en donde fuera tan bien recibido, pero tuvo cuidado de no mencionar, ni de refilón, las ampollas, torceduras, raspones, martillazos en los dedos, irritación en los ojos, o algún detalle que insinuara las faenas realizadas.

-Sólo me faltó -terminó- visitar Disneylandia, pero no me queda sino lo justo para regresar a México, y me voy a quedar con las ganas.

-¿Cuánto te falta? –le preguntó la mayor de las primas.

-¡Todo! –contestó– ya hice mis cuentas, y por lo menos tendría que conseguir unos treinta dólares.

Aunque el padre estaba presente, las primas se dirigieron a la madre, como parvada de pájaros:

-¡Mamá, tienes que dárselos! –le gritaron a coro, pero, al notar el cambio indeseable que su error había provocado en el semblante de la materfamilias, rectificaron:

-¡Por favor, mamá, préstaselos! ¿Verdad que se los pagarás, primito?

-¡Claro!- se apresuró a declarar –cuando vayan a Ensenada, o cuando los visite de nuevo, se los regreso, tía. –remachó con firmeza.

Estaba sorprendida, estupefacta, confundida, turulata, atónita; se veía atrapada sin salida, y sin saber por quien, ni cómo, ¿Por sus hijas, por su sobrino, o por ella misma?, además, se sentía relajada y satisfecha, habían disfrutado todos de una prolongada y abundante comida, y no le quedaban fuerzas ni humor para armar una nueva farsa, más bien deseaba recostarse un rato, y echarse una siesta mientras le hacía la digestión. Vencida, sonrió, mientras asentía, no muy convencida, con un movimiento de cabeza.

Dos billetes de a diez, cinco de a dos, y una promesa reiterada de regresarlos a la brevedad, sellaron el éxito del plan que, a fuerza de tropiezos y correcciones sobre la marcha, se parecía muy poco a la versión original.

A la mañana siguiente, después de darse un rápido regaderazo y desayunar cualquier cosa, pues el día sería demasiado corto para el tupido programa que tenía previsto, y no había tiempo que perder, salió de casa de la tía. La terminal de los autobuses quedaba a unos cuantos minutos de caminata, que redujo a paso veloz.

Afuera, a un lado de la acera, un toldo protegía a las personas que esperaban, o simplemente descansaban, sentadas en una amplia banca de madera. En ese momento, sólo estaba ocupada por una pareja de agradables ancianos, que lo observaban sonriendo, lo saludaron muy amablemente, le dijeron que era muy apuesto, que sus papás seguro estarían orgullosos de él. Les sonrió tímidamente en respuesta, pero se apresuró a entrar en la terminal, desconfiando de la adulación.

Dentro había sólo empleados de Greyhound; de inmediato compró su boleto redondo para la nuevecita y reluciente Disneylandia, que no estaba muy lejos, el pasaje le costó un dólar con cincuenta centavos.

-One dollar fifty, señior – le dijo el boletero, esforzándose con la pronunciación, identificándolo como turista mexicano; luego se puso a curiosear dentro del edificio, que recordaba una estación de trenes de finales del siglo XIX, pero recorría el inmueble sin mucho interés, pues lo único que pretendía era evitar más piropos de los ancianos, hasta que, un ratito después, el boletero le avisó que su bus estaba próximo a llegar, y partiría conforme al horario establecido, y seguramente él no querría perder su corrida a fantasilandia.

Hubiera preferido no salir aún, a pesar de la atención que le dispensó el empleado, la pareja seguía en la banca; pero salió y se acomodó en el extremo contrario. Le sonrieron de nuevo y continuaron charlando entre sí.

Instantes después, vio que otro joven, de su misma edad, se acercaba. -¡Qué bueno!, ya no seguiré siendo foco de atención de estos señores. –pensó, aliviado.

Y no se equivocó. En cuanto detectaron al recién llegado, el par de ancianos, como avispas, le lanzaron una nutrida andanada de insultos y maldiciones, mientras manoteaban, gesticulaban y señalaban al joven afroamericano, que apuró el paso, para salirse de su línea de fuego.

-¡Demonio negro, engendro de Satanás, escoria del mundo, íncubo, deberían borrarlos a todos de la faz de la Tierra! –fueron algunos de los insultos racistas que logró entender. Y se quedaron comentando en el mismo tenor, como para enfriar motores.

Mejor entro a la terminal, estos tienen municiones de sobra –pensó. No fue necesario, en ese momento llegó el camión y se instaló en su asiento, junto a una ventana, viendo a los ancianos esperar una nueva víctima o alguien a quien demostrar su reconocimiento y admiración.

El repulsivo y representativo autorretrato de la civilización gringa WASP (white anglo saxon protestant), quedó atrás, y pudo dedicarse a meditar y a disfrutar del paso de la vida, y del paisaje.

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Como pinceladas, los pensamientos circulaban libremente por su mente, saltando de la memoria más remota, a la más reciente, sin necesidad de ligar una imagen con la siguiente; en un estado que parecía un sueño profundo, con los ojos abiertos, iba de escenas familiares a aventuras con sus camaradas y compañeros de escuela.

Quizá porque tenía todo el tiempo para él solo, sus reflexiones se transformaban en un viaje astral, sin límite de espacio o conciencia finita, le parecía que, dentro de su cabeza, el tiempo se congelaba, que se detenía, sólo para él, en lo que llamaríamos realidad virtual, un agujero negro, con túneles sin fin, en las sinapsis de las dendritas, entre las neuronas de su cerebro.

Con claridad visualizó a su padre, leyendo, concentrado, alguno de sus libros técnicos, sobre electricidad y sobre motores de combustión interna, lo veía quitarse los lentes, limpiarlos con su pañuelo, luego de acercárselos a la boca para humedecerlos con su aliento, entonces tomaba el periódico del domingo, y empezaba a hojearlo. Aunque ya se había vestido, tenía puestas sus pantuflas, descansaba sus juanetes del castigo de las botas de trabajo, con protectores metálicos, hechas, diseñadas, pensando en las hachas de los leñadores, o en gentes que corren el riesgo de que algo pesado les caiga sobre los pies, como los ingenieros mecánicos y electricistas.

Su hija consentida, de cuatro añitos, juzgó que su papá no estaba haciendo nada y le pidió que la llevara a la tienda, a comprarle algo. Al principio, no la escuchaba, después fingía no oirla y finalmente, subiendo los bifocales sobre su frente, le prestó un poco de atención:

-¡Ah!, ¿Estás hablando conmigo? –se fingió sorprendido.

-¡Ay, papá!, estamos los dos solos, ¿Con quien iba a estar hablando?, te haces el sordito.-le reclamó.

-Bueno, ¿Para qué soy bueno? –aceptó el diálogo.

-Ya te dije, llévame a la tienda, allá vemos para qué. –ordenó con autoridad.

-No hijita, yo no tengo nada que ver en la tienda, mejor tráeme un vaso con agua. -trató de recuperar terreno.

-¡Ay, papá, si ya sabes que yo no puedo voltear el botellón! -le refutó.

-Está bien, no me traigas nada, pero ya déjame leer.- le cortó la negociación.

-Primero llévame a la tienda, y luego veré si te dejo leer. –volvió a la carga.

Cuando la niña se dio cuenta de que no avanzaba en su propósito, cambió su estrategia, y se auxilió del recurso de la parábola:

-Bueno, papá, yo te dejo leer, si tú primero me dejas que te cuente un cuento.

-¿Es muy largo? -indagó.

-No papá, vas a ver que chiquito es, –comentó, saboreando su triunfo.

-Bueno pues, cuéntamelo, pero acuérdate que luego me vas a dejar leer, sin interrumpirme, ¿Sí? –condicionó su rendición.

-Sí papá, y ahora tú no me interrumpas a mí, ¿Sí?, bueno, pues ahí tienes que había una niñita muy buena y bonita que vivía en una casita con su papá, y una mañana la niñita quería que su papá la llevara a pasear, pero le decía y le decía, y el papá no le hacía caso, y entonces la niñita se puso ¡muuy triste! y se salió al patio ¡muuy triste! y se subió al columpio y empezó a columpiarse, y estaba llorando ¡muucho!, y le salían ¡muuchas lágrimas! y se soltó de las manos, para limpiarse tantas lágrimas que le salían, y… ¡Se cayó a un pozo muuy hondo que estaba debajo del columpio! –concluyó.

-¡Pues que tonto el papá de la niña!, que ocurrencias de poner un columpio encima de un pozo, y que descuidada la niña, que no se fijó, y además, ¿A poco no sabía que no tenía que soltarse de las manos? –criticó el padre, con objetiva dureza.

-¡Ay, papá!, ¿Qué no te fijaste que te dije desde el principio que era un cuento? –le aclaró, burlona.

Ya en la tienda, el papá le preguntó a su hijita consentida:

-¿Y qué golosina vas a querer?

-Un Milky Way –dijo la niñita bonita, con tono triunfal.

Esa era Diana, la mayor de sus hermanas, varios años menor que él.

Él también era muy apegado a su padre; desde chico, con similar insistencia, lo obligaba a que lo dejara acompañarlo, si detectaba la más leve coyuntura.

Un día, cuando tenía tres años, lo acompañó, ya un poco tarde, a comprar el periódico Excelsior, que le apartaban en las librerías del centro del pueblo, necesitaba informarse de una noticia importante. Para los niños, en Ensenada, eso era ir a babay, a pasear. El padre estacionó el carro cerca de una esquina, a media cuadra de la librería Bañuelos, sobre la avenida principal, era domingo y había mucho tráfico, casi un embotellamiento, y al dejarlo en el vehículo, le advirtió:

-No me tardo, te vas a quedar aquí, no te salgas, ahorita regreso, ¿Me entiendes?

A su tierna edad, no consideró necesario reponder.

-El que calla otorga –pareció pensar el padre, y cerrando las puertas, pero dejando la ventanilla del lado del hijo un poco abierta, se alejó caminando. Al ver que lo dejaba solo, le entró la angustia, y cuando desapareció de su vista, se sintió abandonado y comenzó a llorar, en la forma más lastimera imaginable; la gente pasaba y lo miraba, y su llanto crecía en volumen y dramatismo.

Minutos después, una señora se acercó y empezó a consolarlo:

-Pobre niñito, ya no llores, pequeño – le decía con una suave y dulce entonación de su voz, mientras él se calmaba, y la mujer, metiendo la mano por la ventanilla, le quitaba el seguro a la puerta y la abría, para acariciarlo y hacerlo sonreir.

-Vente conmigo, te voy a comprar un dulce, ¿O prefieres un cono de nieve, cual es tu sabor preferido, chocolate? –así completó el proceso de encantamiento y, sacándolo del carro, lo tomó de la mano y se echó a andar por la banqueta, a pasos cada vez más apresurados, con el pequeño ya casi sin tocar el suelo.

-¡Oiga, deténgase, suelte a ese niño! –le gritó el padre, blandiendo el periódico enrollado como si fuera un garrote, y corrió hacia ella, que ya lo llevaba en brazos, y estaba a punto de llegar a la esquina, para cruzar la avenida, frente al Café Le Souris.

-¡Alto, deténgase! – le gritó de nuevo, con tanta energía, que la mujer dejó al niño en la banqueta, para huir con mayor rapidez, atravesando la calle apresuradamente, entre los claxonazos y el tráfico, sólo para caer de bruces al tropezarse con la acera del lado opuesto, demasiado alta para ella. Logró incorporarse y continuó su carrera, iba cojeando visiblemente, mientras la gente la seguía con la vista.

El padre era muy conocido en la localidad, podía haber hecho que la detuvieran, pero lo único que le preocupaba, era constatar que su hijo estuviera intacto, que aquella mujer no le hubiera dado nada a comer, que no le hubiera hecho daño. Se tranquilizó cuando le preguntó:

-¿Qué te hizo esa señora, que te dijo?

-Me iba a dar un cono de nieve de chocolate –contestó, sonriendo.

-¡Que cono ni que ocho cuartos!, ya te hemos dicho que no aceptes nada de gente extraña, escuincle desobediente, ¡Vámonos para la casa!

El padre continuó llevándolo consigo, cada vez que podía; en algunas ocasiones lo acompañó cuando iba a las reuniones del sindicato de telefonistas, del que era Secretario General, a Tijuana, allá se hallaba la matriz de la empresa, a cien kilómetros al norte, en la frontera con Estados Unidos. Esto sucedió cuando ya estaba en primero y segundo año de primaria, muy consciente de lo que debía ser su conducta, por lo que el padre no se preocupaba cuando lo dejaba en la pickup varias horas esperando, mientras se negociaba el contrato colectivo anual, por ejemplo, pues lo encargaba con los comerciantes cercanos. Todo eso podía hacerse, en aquellos años.

En Ensenada, durante el verano, la gente dormía con las puertas y las ventanas abiertas, o a la intemperie, en los porches. Aun en la zona de “tolerancia”, conocida popularmente como “el bajío”, porque eran las manzanas más cerca del nivel del mar, e incluso unos metros por debajo, amanecían gringos y borrachos locales, dormidos en la acera, a veces hasta con dinero saliendo de sus bolsillos, y nadie los robaba.

Cuando acompañaba al padre a Tijuana, llevaban sandwiches y fruta, y recibía un poco de dinero para golosinas, sodas y rentar historietas, en las tiendas de abarrotes; se dormía leyendo aventuras de Mickey o de Donald. La primera ocasión preguntó cuánto costaba un dulce, se le hizo barato cuando le dijeron que cinco centavos, pero el tendero se molestó, pues pensó que el niño le quería tomar el pelo, cuando le pagó con una “josefita”.

-¡Un nickel, valen un nickel! – le gritó. Entonces se dio cuenta de que, en Tijuana, la moneda de circulación más común era el dólar, no el peso.

Lo despertaba la algarabía que se armaba al acabar las negociaciones entre el sindicato y los representantes de la empresa, y salían con el padre en hombros, celebrando que se había logrado beneficiar a los trabajadores.

En una ocasión, sucedió algo simpático, un niño chiquito, que apenas empezaba a hablar, se paró maravillado, al ver un altero de comics de renta, y con los ojos desorbitados, movido por su infantil curiosidad y asombro, preguntó, en su idioma: ¿De quén chon?

Siguiendo la célebre frase, cuando se refería a algo extraordinario, o a algo sobresaliente, la raza decía: ¡Está de quén chon!

En Tijuana y California nacieron estilos de vestir, de hablar, de vida, que luego influyeron a la juventud, de ambos lados. Aún en el D.F., los jóvenes adoptan paradigmas “Made in T.J.”, muchos, han sido difundidos por estudiantes bajacalifornianos.

Era la era de oro de la historieta, del comic, especial para cada quien. Para él, empezó con Fantomas, El Fantasma, Cruz Diablo, El Santo, Blue Demon, La Familia Burrón, Los Supersabios, entre otros, y con la invasión del comic gringo: el Capitán Marvel, Titanes Planetarios, Supermán, Batmán, Tarzán; Walt Disney, con Donald y Mickey, sus familias y amigos; La Pequeña Lulú; el Super Ratón, el Pájaro Loco, etc., reforzados con versiones cinematográficas, aun antes de Blanca Nieves y los Siete Enanos.

Las oleadas de propaganda anticomunista, superhéroes combatiendo al eje Roma-Berlín-Tokio, con los aliados, y también los Halcones Negros, representando a la Liga de las Naciones, antes de la creación de la ONU, al fin de la II Guerra Mundial; el comic, un arma política, ideológica y sicológica.

El bombardeo fue imposible de resistir, la juventud quedó atrapada en sus páginas, las familias eran tímidas o agresivas moderadoras. Los juegos infantiles preponderantes eran de policías y ladrones, de indios y vaqueros, de aliados y nazis, de “americanos y comunistas”; en su ambiente, los roles eran sólo lúdicos, un día eran vaqueros, al siguiente pieles rojas, como si fueran equipos de beis o fut. Pedía un traje de Jefe Apache una Navidad, y de Llanero Solitario la siguiente.

Intercambiaba cuentos, historietas, comics o funnies, con amigos, o los visitaba, para leerlos y comentar las aventuras de los personajes, y jugar asumiendo sus roles, las edades eran menos importantes que las colecciones de cada quien: Alberto, el “Aguas”, con Tristán Tristón (versión en español de Sad Sack), El que la Hace la Paga, Combate, Frentes de Guerra; Juan, el “Aguador”, con el Capitán Maravilla y Clásicos Ilustrados; Fito, el mayor, poseía las mejores colecciones de comics del Oeste, con Gene Autrey, Roy Rogers, Hopalong Cassidy y Casey Ruggles, entre otros.

De Aquiles, hijo de un pagador del ejército, era la mejor. Y todos se suscribían a sus historietas preferidas, las últimas les llegaban antes que a expendios comerciales, librerías y puestos de periódicos, pero pocos las prestaban. Aquiles tenía más que nadie, la amistad con él descansaba sobre bases firmes.

Entraron a primaria juntos, a La Corregidora, su Alma Mater infantil. En los primeros días de clases, la maestra, para conocerlos y hacerlos convivir, los animó a que fueran pasando al frente a presentarse y a mostrar sus habilidades personales: una bailaba, uno recitaba, otros se daban de marometas o chiflaban como arrieros, con los dedos en la boca, en fin, se trataba de que sacudieran su timidez y se empezaran a integrar al grupo.

La maestra les preguntaba sus nombres y les pedía que le dijeran a la clase qué iban a hacer. En su turno, él declaró:

-Voy a cantarles “El Nuevo Corrido” –tras lo cual separó un poco los pies, echó el pecho hacia delante y lo entonó, a voz en cuello:

“¡Oigan el nuevo corrido, onque sechén un respingo,
Que todolós mexicanos, nostamos volviendo gringos!

¡Unos ya mascan su chicle, y otros hasta su tabaco,
Yasta los mismos frijoles, les dicen bins Apizaco!

¡Para decirle a usté guapo, le dicen ques foriguán,
Para decirle a usté jijo, le dicen sanabagán!

¡Si te peleas con alguno, techa de gallo a su broder,
Tras de mentarte a tu moder, te rompe toda la jóder!

¡Yoigan el nuevo corrido, onque sechén un respingo,
Que todolós mexicanos, nostamos volviendo gringos!”

Se armó un escándalo en el salón, los alumnos aplaudían, atacados de la risa, hasta la maestra, que apenas podía contenerse, le dijo:

-Muy bien, y díme, ¿Dónde aprendiste esa canción?

-Mi mamá me la enseñó, maestra –dijo, orgulloso.

Afortunadamente, no se sabía la letra completa de otra canción que se escuchaba en aquella época, sobre el éxodo de mexicanos a Estados Unidos, que, como siempre, necesitaban fuerza de trabajo barata para el desempeño de tareas marginales, y carne de cañón en sus guerras, había entonces relativa flexibilidad en aceptar flujos humanos hacia el vecino país; una cuarteta es suficiente para traslucir el estado de ánimo del migrante:

Mamita, ya estoy cansado
De vivir tan desgraciado,

¿Por qué no vendemos todo
Y nos vamos pa´l otro lado?

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-v-

Tenía muchos hermanos y amigos con quien jugar, y con quien pelear. Inspirado por el ejemplo de su padre y el de los héroes de las historietas que eran su pasión infantil, siempre se alineaba con la parte débil, con quien entendía, o creía, que estaba la razón, al lado de lo que consideraba la “verdad” y la “justicia”; y cuando perdía, juzgaba que era por una buena causa; pero la fortuna rara vez lo abandonaba, la balanza se inclinaba hacia él, providencialmente.

Casi al final del segundo año de primaria, presenció una pelea entre un compañero suyo y uno de cuarto; la diferencia de tamaños era notoria, y además, el grandulón no se conformaba con azotarlo contra el suelo, ya caído, lo pateaba. Una rueda compacta de alumnos de todos los grados presenciaba aquello, sin que nadie interviniera, hasta que él rompió el círculo, para gritarle:

-¡Déjalo ya, no seas abusivo, ponte con uno de tu tamaño!

Lo que logró fue que el grandulón se le echara encima, gritando:

-¡Pues con los dos puedo, y a ti te va a ir peor, por metiche!

Contaba con eso, pues su objetivo había sido que el más pequeño tuviera oportunidad de huir de la paliza que estaba recibiendo, y cuando el abusón se le acercó, grande, pero torpe, lo pescó con su llave preferida, el candado al cuello; lo torció sorpresivamente, lo suficiente para hacer que se desplomara, anulando la diferencia de estaturas, y ya estaban ambos en el suelo. Tratando de zafarse, el grandulón daba vueltas arrastrándose por la tierra, resoplaba, furioso, pero él lo seguía en sus evoluciones, sin permitirle que se despegara del piso polvoriento, impidiendo que se incorporara y sin perder el agarre del candado, apretándolo cada vez más fuerte, como vaquero que domina a un becerro, para herrarlo.

En menos de un minuto, el alevoso se quedó inmóvil, respirando con dificultad.

-¿Te rindes? –le preguntó. El “becerro” se tardó en contestar, apretó más el candado y volvió a preguntarle:

-¿Te vas a rendir ya?, te puedo ahorcar mucho más duro, ¿Qué me dices?

-¡Me doy, me rindo, suéltame ya! –gritó, pero tramando por dentro agarrarlo a guantones y patadas, en cuanto se viera libre.

-Puedes soltarlo –le dijo el maestro de cuarto año, que había llegado momentos antes, con tiempo suficiente para darse cuenta plena de lo que estaba sucediendo en el patio trasero de la escuela, con el más atrasado de sus alumnos.

-Y tú, cuidado con que me entere de que continúas abusando de los más chicos. –le advirtió. – ¿Qué castigo crees que se merece? –le preguntó, mientras él recuperaba el aliento, y sacudía su pantalón empolvado.

-Que prometa, aquí, frente a todos, no abusar de nuevo y, en cambio, yo le doy la mano, en señal de paz, creo que con eso será más que suficiente, maestro –propuso.

-Ya oíste, ahora, has tu promesa –le ordenó el maestro.

Con la cabeza baja, avergonzado por la derrota, humillado, obligado y sometido por la intervención de su maestro, que demasiado seguido lo reprendía y conminaba a que modificara su conducta, regida por la cobardía, pues jamás se medía con alguien que pensara que pudiera vencerlo, y sin tener otra alternativa, prometió, con la vista clavada en el suelo donde había sido revolcado, que dejaría de ser abusivo, y cuando levantó la vista, vio su sonrisa y su mano extendida; sin poder evitarlo, se la estrechó.

-Ahora, ¡Todos a clase, ya sonó el timbre! –ordenó el profesor.

Cuando ya iba rumbo a su salón, lo alcanzó su hermano, que estaba en quinto año y, muy enojado, le dijo:

-¡Oye, si te vuelves a pelear, ni pienses que voy a defenderte!

-¡Ta güeno! –le contestó alegremente, metiéndose al aula.

El de cuarto y él se hicieron muy amigos.

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Cuando cumplió ocho años, su madre juzgó que ya era tiempo de que hiciera su Primera Comunión.

Fue catequizado en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, el principal templo católico de la ciudad, y en un asilo para huérfanos que estaba muy cerca de su casa. Una atracción, en ambos, eran los ricos postres que las religiosas confeccionaban y les ofrecían en los recesos, entre rezo y rezo; eran frutas en almíbar, peras, guayabas o tejocotes, con toques de canela y clavo, para fortalecer la memoria y endulzar la inducción.

Las recitaciones del Padre Nuestro, el Ave María, el Yo Pecador, los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, el Credo, la Santiguada o Persignación, las Jaculatorias, etc., además de los ensayos para el gran día, se alternaban con narraciones que pretendían afianzar la fé, pero atemorizaban a los niños. Eran historias cortas, sin desperdicio, he aquí un ejemplo:

Un niño tenía un perrito muy bonito, y siempre jugaban juntos, eran inseparables, era el niño más feliz del mundo. Un día, aconsejado por Satanás, cayó en la tentación de tomar dinero del monedero de su mamá; al rato, le preguntó si sabía quién había abierto su bolsa, y el niño, para cubrir su falta, aleccionado de nuevo por el Diablo, culpó a la sirvienta, volvió a pecar, y ni siquiera el remordimiento por haber provocado que la pobre e inocente muchacha perdiera su empleo, lo hizo confesar.

Al día siguiente, estaba jugando solito, en su patio, cuando escuchó el cláxon y el chirrido de las llantas de un coche que frenaba, y un rato después, su perrito entró por el portón, con las patitas traseras horriblemente destrozadas y el vientre abierto, con los intestinos de fuera, se arrastraba con las delanteras, gemía de dolor y dejaba un rastro sangriento por donde pasaba, pero sólo se detuvo hasta que llegó a los pies de su amito, para morir ahí, mirándolo tristemente.

Dios lo había dispuesto así, para que el niño supiera que, igual que Jesucristo, su hijo, se había crucificado para expiar los pecados del mundo, el perrito moría de manera cruel, expiando los pecados de su querido amito.

En el asilo para huérfanos, en la sala de espera, por donde pasaban los visitantes, los aspirantes a padres adoptivos, y los propios niños expósitos, frente a los sillones y las sillas, colgada en el muro más amplio, una gran pintura al óleo, multicolor, llamaba a la reflexión:

Su iluminación cenital, ayudaba a imaginar que eran alrededor de las doce del día en aquel bucólico paisaje, un cielo azul y un horizonte de suaves colinas como fondo, un bosque de árboles casi sin hojas en un segundo plano; en sus límites se veía un lodazal en el que retozaba media docena de puercos, y en un primer plano, fuera del lodo, otros cerdos devoraban a unos bebés que aún no tenían el año de nacidos, sus rollizos cuerpecitos mordisqueados, sin brazos, sin piernas, sus cabecitas desfiguradas, sus manitas cercenadas, tiradas entre la tierra; fijándose, se podían apreciar los gestos de los cochinos extasiados en la gula, con sus asquerosos hocicos sonrientes.

El mensaje era que aquel orfanato salvaba a las criaturas que asilaba, de destinos tan espantosos como el ilustrado en el cuadro, pero esa alegoría provocaba un efecto negativo en cualquier visitante que se viera obligado a verlo, antes de ser recibido, en aquella institución de misericordia.

Entre los asistentes al catecismo, había algunos que no podían ser voluntarios, eran internos del asilo, enfermos que no se controlaban, y se orinaban, interferiendo en las rutinas de aprendizaje de rezos y dogmas.

Los eventos más dramáticos los protagonizaba un joven de quince años, su madre lo dejaba en el catecismo, como si fuera guardería, y regresaba por el muchacho a las cinco de la tarde. Era epiléptico, le daban ataques convulsivos, se tragaba la lengua, sus lágrimas fluían, echaba espuma por la boca, y se revolcaba en el suelo. Tres monjas lo sujetaban, y le metían los dedos en la boca, para impedir que se ahogara. Mordía y gritaba, presa de la vergüenza, por su indigna condición.

Él prefería la Parroquia, incluso asistía al cura como monaguillo, balanceando el sahumerio con el incienso, sosteniendo la bandeja plateada bajo el mentón de los fieles, para prevenir la caída de una hostia bendita, durante las comuniones colectivas, al final de una misa.

Recordaba un coro del catecismo:

¡Oh María, Madre mía!, ¡Oh consuelo, del mortal!,
¡Amparádme y guiádme, a la patria celestial!

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Sumido en sus pensamientos, llegó a Disneylandia, donde unas áreas mostraban el poderío económico e industrial norteamericano, otras, acercaban a los visitantes a ciencias como Física, Química, Biología y Astronomía, patrocinadas por empresas como Monsanto, con su influencia en la modernización de la vida, o alimentaban su orgullo, con incursiones en ciencia ficción y tecnología de punta, con un viaje a la Luna, la promesa de un monorriel, o representaciones robóticas de pasajes historicos de Estados Unidos. En el ambiente de Disney, había juegos mecánicos, inspirados en sus películas y comics; y sus personajes, encarnados por jóvenes seleccionados, deambulaban, y saludaban y se tomaban la foto con los niños y los papás.

No habría recorrido todos los pabellones ni aprovechado muchos de los juegos que no le atraían, pero había llegado muy temprano, y su boleto “passport” le daba derecho a todo, así que se guiaba por lo largo de las colas, con todo el día a su disposición, y con la energía de sus casi trece años.

Frente a las atracciones, que habían sido el principal motivo de su empeño en hacer el viaje, lo invadían oleadas de nostalgia por su pueblo, y por las diversiones producto de la inventiva y el ingenio de su grupo de camaradas: las travesías en balsa por la laguna que se formaba con las lluvias, bordeada de eucaliptos; el juego nocturno de “las escondidas”, en el panteón viejo; las excursiones por cañadas que servían de cauce al arroyo principal, que atravesaba el pueblo, para encontrarse con el mar; en ellas observaban fauna local: sapos, ranas y peces, mariposas, libélulas, arañas, alacranes, niños de la tierra, hormigas, ciempiés, cigarras, codornices, güilotas, chanates, correcuervos, cuervos, auras, grajos, zenzontles, águilas, golondrinas, gorriones, cardenales, halcones, torcazas, colibríes, calandrias, y todo tipo de animales de granja. Víboras, liebres, conejos, coyotes y, con suerte, un lince o un gato montés, famosos por su timidez.

Recordaba eso, mientras recorría, en una lancha fijada a un riel bajo el agua somera del escenario, un puerto caribeño de pura tramoya, incendiado por llamas simuladas con listones de celofán y lucecitas intermitentes de colores, atacado por piratas, representados por unas sombras amenazantes blandiendo sables y puñales, mientras por las ventanas salían maniquíes femeninos con movimientos mecánicos y voces electrónicas, pidiendo auxilio; o entraba a una habitación, con tótems de caricaturas animales, de madera labrada, de piso a techo, y un concierto a cargo de pájaros tropicales disecados y robotizados cantando, una monótona tonada. Eran pericos, guacamayas, tucanes, cacatúas, garzas, flamencos, pelícanos, gaviotas, etc., todos a coro: In the tiki-tiki room! In the tiki-tiki-tiki, in the tiki-tiki-tiki, in the tiki-tiki-tiki-tiki-room!

Después, cuando estudiaba el bachillerato, relacionaría esa canción, con el ticky-tacky del que estaban hechas las Little Houses, en la famosa melodía de Pete Seeger.

Recordaba la plataforma en el árbol, que construyeron en el patio de un amigo, a diez metros del suelo, de tablones clavados y atados al tronco principal y a las ramas circunvecinas, con un acceso central y barandal perimetral de gruesa soga, para amarrar lanchas; cabían seis vatos, sentados. Conocían el árbol, se dejaban caer, tocando, sólo con las manos, ramas seleccionadas, amortiguando la caída para aterrizar suavemente, después de soltar la última, de la cual se colgaban, con sus pies a menos de un metro de altura.

Y las carreras en una playa rocosa, al norte del pueblo. Eran piedras volcánicas y rocas de granito erosionadas por el mar, como los cantos rodados que abundan en los arroyos, pero de una a diez toneladas, la mayoría, algunas, más grandes. Antes de entrar a las frías aguas del Océano Pacífico septentrional, sudaban, jugando carreras, descalzos, brincando de mole en mole, rebasando e improvisando la ruta en cada salto; como todos eran peso pluma, parecían flotar por encima de las enormes piedras.

Sí, siempre había accidentes en cada verano, pero no, ningún hueso roto, puros chichones, torceduras y raspones.

Era una zona de fisuras geológicas, relacionada con la Falla de San Andrés, que se encuentra en la misma región, con su segmento más activo a cientos de kilómetros al norte. En San Miguel, a poco más de diez kilómetros de Ensenada, un cerro se deslizaba paulatina, segura y fatalmente hacia el mar, a la vertiginosa velocidad de varios metros por año, y parecía aumentar; él y sus amigos se divertían empujando las piedras que estaban a punto de caer, para ver a las gigantas rodar por la ladera. Algunas llegaban a sumergirse en el agua salada.

Varias casas, con vista privilegiada del Pacífico, terminaron bajo él. Veinte años después, la mayor parte del cerro no existiría, y varios kilómetros de la carretera de cuota a Tijuana fueron rectificados, o reconstruídos, por los deslizamientos del terreno. El trazo tenía un grave y previsible error, que no se observaba en el camino antiguo, el cual sacaba la vuelta a las fallas, para salvar el área inestable, pero se alejaba un poco de la costa, atravesando y dando vida a productivos y bellos valles. La prioridad, a toda costa, sería la panorámica marina. Algo tuvieron que ver los desarrolladores inmobiliarios de la franja litoral.

Aquellas imágenes mentales se agigantaban, al compararlas con los rides mecanizados de Disneylandia, que daban la impresión de estar en un cine invertido, donde se mueven los espectadores, y la acción, espera, repitiéndose una y otra vez, para atrapar al que pase, montado en una banda sin fin, sin ningún fin. Como en It’s a Small World: se oye la misma tonada, traducida a un montón de idiomas y “culturas”, en una caricatura tridimensional.

-Esto es para jardín de niños y los primeros años de primaria –pensó –cuando regrese, será para traer a mis hijos, y a una edad adecuada. -Lo cumplió.

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La crónica descriptiva sirve para suplir al sentido de la vista, es un recurso literario, así, las palabras le dan forma, además de sentido, a la narrativa; la descripción oral coadyuva al propósito de enfatizar el contexto, su abuso, es nocivo.

Hay cronistas obsesivos, gentes que tienen como propósito de vida el enterar a quien acompañan, de cuanto perciben a su rededor, como si los demás no pudieran apreciarlo, sin su solícita asistencia. Si alguien se entrega a la contemplación y la introspección, irrumpen en su oasis interior, para explicarle, con profusión de detalles, qué grande es el mar, qué inmenso el cielo, qué brillante el Sol, qué radiante la Luna, qué muchas las estrellas, qué verdes las plantas, y qué blanda la caca de perro que acaban de pisar.

Un amigo se decía melómano, y era incapaz de escuchar música sin hablar constantemente, explicando que, en una grabación específica, el primer violín se acababa de recuperar de una apendicectomía, o se acababa de morir su madre, o el coro estaba saliendo de una epidemia de laringitis, o si se habían volado una nota de la partitura. Presumia de tener 18 grabaciones de la obertura 1812, de Tchaikovsky. Cada una era inmejorable, en algunos de sus compases.

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De niño, jugando con los plebillos de la calle Cuarta, a un lado de casa de los Plateros, por la noche, seguramente durante un perigeo, la Luna se veía enorme; en su mente infantil, varias veces su tamaño normal, se apreciaban muchos detalles, se podían ver con claridad, las formas del conejo, y, si se esforzaban, el rostro del hombre; pero lo maravilloso era el halo, la luz envolvente que irradiaba, era como un día de plata, como si toda la Tierra estuviera dentro de un capelo luminoso.

Antes de cumplir diez años, jugaba solo, o con sus camaradas, en los sitios más extraños, entonces, cualquier ambiente se transformaba en una cancha, en un campo de batalla, o en un escenario fuera de este mundo. De repente se descubría, abriéndose paso entre los fierros oxidados de algún tractor o camión, en el taller de los Martínez, o en la mitad de una calle de terracería, persiguiendo sigilosamente a un insecto, quizá ponzoñoso, o en la playa, construyendo carreteras, o puentes y túneles en la arena, o trepando a un árbol que acababa de descubrir, o haciendo migas con un niño recién llegado al vecindario.

El común denominador eran el polvo, el sudor, y las astillas.Tenía que regresar, forzosamente, a su casa; cuando su mamá lo regañaba por el estado desastroso en que se encontraba, se daba cuenta cabal de que ya había llegado, y había terminado su lúdica actividad:

-¡Otra vez con el collar de la gringa! – le decía, a modo de saludo, al verle el pescuezo, empolvado y sudoroso.

-¡Mamá, no me pude sacar esta astilla, quítamela, se está enterrando más! –le cambiaba el tema.

Ella esterilizaba una aguja en un quemador de la estufa y le hacía una microcirugía en la palma de la mano, en un brazo o en un dedo. Tenía que descubrir la astilla, hasta poder atraparla con las pinzas que usaba para depilarse las cejas, luego lo lavaba con jabón, le desinfectaba la herida con un algodón impregnado de alcohol, yodo, mercurio o con agua oxigenada; tenía que aguantar el tratamiento sin quejarse, si no quería escuchar otro sermón.

Pronto aprendió a curarse solo, pues era extraordinaria la semana en la que no se encajaba una. Sin que se diera cuenta, secuestrado por su imaginación, o concentrado en la dinámica de los juegos colectivos, la astilla lo sorprendía, jalando una tabla atorada, brincando una cerca de latillas, trepando un árbol seco, caminando por un techo, en alguna misteriosa persecución, o fabricando, modificando o reparando algún juguete o instrumento, necesario para continuar sus viajes astrales; la astilla lo regresaba a la realidad, cumplía funciones similares a las de un “ampayer” de beisbol, o una llamada de atención de su ángel de la guarda.

Él creía en la astilla. Cuando las astilladas se fueron espaciando, se dio cuenta de que estaba madurando.

En la primavera y el verano, pasaba largas horas en el patio trasero, con los animales domésticos en turno, gallinas, guajolotes, patos o conejos, o sembrando maíz y frijol, con éxito relativo y aleatorio, o bien, arreglando el jardín en el patio de enfrente, podando las dos palmeras Washington, que entonces tendrían unos tres metros de altura, o cultivando tulipanes, que jamás se le lograron, y gladiolas, que a veces se le daban bien, si su atención no era desviada por otra de sus múltiples aficiones.

Seguido jugaba con carritos de carreras, camiones de volteo, grúas, patrullas, bomberas y motos, el espacio se iba saturando de caminos con subidas y bajadas, curvas, túneles y puentes, y tenía que reubicar volúmenes importantes de tierra; terminaba batido y el patio quedaba minado, desfigurado; al final del día aplanaba todo con un rastrillo, y el área tomaba la forma de campo labrado, listo para sembrar, o para otro cataclismo.

La cosa varió, un día que se topó con un ejército de hormigas rojas, de tamaño mediano, muy aguerridas. Empezó a escarbar, siguiendo las galerías, y las hormigas soldados salían en batallones cada vez más numerosos; cuando juzgó que el problema se salía de control, sacó la manguera para inundar el hormiguero: las obligaría a emigrar.

Debe haberles administrado más de un metro cúbico de agua, antes de estar seguro de que la plaga había quedado erradicada, ya no se veía ninguna hormiga viva por ningún lado, y se hincó a admirar el escenario de su victoria, satisfecho.

Pero una hormiga vengadora de la debacle impuesta a la colonia, se trepó por su pantalón, continuó por la camisa, le llegó al cuello, subió por su cabello, y avanzando sobre el sudor y el polvo, llegó a su fosa nasal izquierda. Se dio cuenta de lo que sucedía, cuando ya tenía el aguijón de la kamikaze clavado en lo profundo de su aparato olfativo; tras el piquete, resopló por los dos poros, hasta que salió, pero sólo la mitad superior de su acinturado cuerpo.

El ácido fórmico hizo que legiones de leucocitos se pusieran en pie de guerra; la vengadora del hormiguero cumplió la misión, a costa de su vida. Cayó en cama con fiebre, con el rostro hinchado, parecía una recaída de paperas; tardó días en reconocerse, y aprendió la lección:

No hay enemigo pequeño. Jamás lo olvidaría.

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-vi-

El tercero y cuarto años de primaria fueron muy especiales para él, en La Corregidora, “La Correteaburros”, como le decían los alumnos y egresados. En esos años tuvo a su mejor maestro, al que recordaría y procuraría durante toda su vida.

Era ministro protestante, y la cercanía que se desarrolló entre maestro y alumno propició que las familias se conocieran, entre otras razones, porque, además de mentor, era un ejidatario activo, tenía su parcela a unos cincuenta kilómetros al sur de Ensenada; durante el año escolar, pasaba los fines de semana con su familia, volvía el lunes, impartía clases, oficiaba cultos en un templo de su fé y vendía productos de su trabajo como hombre de campo, frutas, verduras y huevos (travesuras del gallo y la gallina, solía decir, en los ingenuos juegos de palabras que acostumbraba), para complementar sus ingresos de docente.

Cuando les enseñaba Historia Nacional, proyectaba los rasgos más distintivos de su personalidad, se apasionaba en su patriotismo, con sus ademanes, su rostro y la emoción de su voz, expresaba, sin poder ocultarla, su parcialidad por los protagonistas, como si estuviera en la batalla, en el triunfo, en la derrota y en las traiciones, y a veces tenía que recurrir a su pañuelo, para secar las lágrimas de coraje, tristeza o alegría, según el capítulo de la epopeya nacional que relataba a sus alumnos.

La cercanía con su maestro llegó a tal punto, que durante varios años, las vacaciones grandes de verano, las pasaba casi íntegras en el ejido, como otro miembro más de su familia.

La casa del maestro descansaba en la suave ladera de una loma, y el panorama que desde ahí se podía observar era amplísimo, desde el ancho porche con grandes arcadas; tenía como doce metros de fondo por cinco de ancho. La construcción era de bloques de concreto.

La explicación era sencilla. En parte, la casa era una obra comunal, el porche, o mirador, funcionaba como templo, ahí celebraban servicios del culto que encabezaba el maestro, como ministro. Leían pasajes de la Biblia, analizaban las Sagradas Escrituras, trataban desde un punto de vista espiritual, asuntos de la vida comunal, y entonaban himnos. Nunca hubo intención de convertirlo, pero difirió hasta su regreso a casa la costumbre de recitar esta oración, al ir a la cama:

Ángel de mi guarda, dulce compañía,
No me desampares, ni de noche ni de día.

Santa Mónica bendita, madre de San Agustín,
Dáme tu bendición, que ya me voy a dormir.

Cuatro angelitos tengo en mi cama,
Aquí San Pedro, aquí San Pablo,

Aquí la Vírgen, y aquí Diosito.

Se rieron tanto los hijos del profesor, que tuvo que ir a la recámara de los muchachos a poner orden. Decidió que era suficiente. Fue buena la idea, dormían cuatro en una cama matrimonial, no había lugar para cuatro angelitos más.

Llegaba al inicio de las vacaciones con sus Kellog’s Corn Flakes y su Cocoa Hershey’s en polvo; los compartía y se agotaban pronto, luego comía lo mismo que todos, menos frijoles de la olla, sólo le gustaban fritos, en eso no cedía, ni un ápice.

La esposa del maestro no iba a modificar el menú para darle gusto, así que todos comían frijoles, menos él.

Un día amaneció, sin leña para la estufa, era necesario ir por ella, la mamá solicitó voluntarios, se apuntó de inmediato, lo secundó Lucas, de su edad, y arriando a la mula Molly, salieron a buscarla. Pasaron las áreas cultivadas, y llegaron a las cañadas formadas por los arroyos de temporal, donde abundaba la madera seca, troncos arrastrados por el torrente y ramas caídas de los árboles. Reunieron buena cantidad, limpiaron los troncos más gruesos, los cortaron, formaron haces, y cargaron a la Molly, que pastó todo el rato, mientras ellos hacían más hambre.

Habían salido a las seis de la mañana, y ya pasaban de las nueve. En lo que descargaron, llevaron leña suficiente a la cocina y se asearon, dieron casi las diez. Se sentaron a la mesa, y el olor de las tortillas de harina de trigo, la salsa picante y un quesito fresco, que los esperaban ya, hicieron trabajar extra las glándulas salivales de los leñadores. La mamá llamó a comer, en cada lugar había un plato despidiendo vapor de unos frijoles de la olla, calientitos. Los demás estaban partiendo el queso, echándole salsa a las tortillas y engullendo frijolitos con gran gusto y apetito.

El hambre pudo más, y se animó a probar una cucharada. Fue amor a primera saboreada. A partir de esa mañana, se volvió fanático de los frijoles caldudos, y aprendió que no se debe rechazar o aceptar nada, concreto o abstracto, sin tener la información suficiente para emitir un juicio razonado.

Se fue integrando sólidamente a la familia, al punto de sentirse hijo y hermano. Trabajaban, jugaban, recorrían el ejido, compartían gustos, y cantaban juntos.

Les gustaba mucho ir a una mina de mica que afloraba en las faldas de una colina, tupida de matorrales y algunos árboles, cuya sombra camuflaba las veredas descendentes, casi en línea recta, que ellos habían trazado, a fuerza de bajarla como esquiadores, deslizándose velozmente, en cuclillas, patinando con la suela de sus zapatos, sobre las finas placas, desprendidas de la veta mayor; se auxiliaban de las asentaderas, cuando no eran suficientes los frenos de emergencia de sus tacones.

Así se acababan zapatos y pantalones. Se divertían tanto, que no se daban cuenta, y no les hubiera importado, si no los hubieran delatado los agujeros en la mezclilla, y las suelas tan gastadas, que se les veían los calcetines, los tacones volaban a las primeras de cambio y tenían que buscarlos, para volverlos a clavar, al regresar a casa.

Hasta a él le tocó regaño; tuvieron que idear la manera de no gravitar sobre el esfuerzo que hacían sus padres para vestirlos decorosamente. Llevaron cartones, tablas y un guardafangos viejo, y los usaron como esquíes o trineos; antes de llegar a comer, hacían escala en las aguas termales, para lavarse, la mamá ejercía el derecho de admisión a la mesa, y los revisaba antes de aceptarlos, a la vuelta de sus correrías, que eran muchas.

En parajes no labrados, se formaban grandes charcos, llenos durante meses, algunos en sitios que nadie frecuentaba, lejos de los caminos y las veredas, al fondo de las cañadas, ahí proliferaban culebras que no eran venenosas, pero mordían, eran diminutos dragones acuáticos.

Un día, vagando con Marcos, otro miembro de la familia, se atrasó un poco, vio algo de vivos colores moverse entre la maleza, la separó con las manos y descubrió una víbora cuyo cuerpo reluciente estaba cruzado por anillos tejidos por la naturaleza, amarillos, negros y de un rojo anaranjado brillante, que le impedía pasar desapercibida, de belleza superior a las flacas y grises culebras de agua, y para atrapar a esta, no tendría que mojarse. Se lanzó sobre ella, era bastante rápida, y logró penetrar en un hoyo de topo, de tuza campestre; él le ganó, la pescó de la parte final de su escurridizo cuerpo, que ya se angostaba:

-¡Te agarré! –le dijo a la serpiente, que no necesitaba la aclaración.

-¡Marcos, Marcos, agarré una culebra, ayúdame, porque se metió a una madriguera y no la puedo sacar! – le gritó.

El reptil se había enroscado en una vuelta de la galería, y le ganaba terreno milímetro a milímetro, mientras veía con desesperación que, poco a poco, se iba quedando con la parte más delgada, con la punta de la cola del hermoso animal.

-¡Apúrate, porque se me está escapando! –insistió, desesperado.

Marcos ya estaba ahí, con la boca abierta, sin decir palabra, pero sus ojos desorbitados lo delataban.

-¡Suéltala, rápido, suéltala ya! – le ordenó por fin, con vehemencia.

-¡No’mbre, es mía, yo la agarré! –dijo, burlándose de la pretensión de Marcos.

-¡Suéltala, es venenosa, es una coralillo, es mortal! –le subrayó.

Automáticamente, abrió las manos y cayó de espaldas, mientras la hermosa sierpe se perdía dentro de la estrecha y sinuosa cueva.

Así aprendía algo nuevo cada día.

-*-

La labor más cercana a la casa del profesor, era un maizal, con frijol entreverado, una milpa de casi dos hectáreas, cuyo desyerbe estaba a cargo de dos de los hijos, y él.

Había bastante que hacer, el tiempo fue pasando, sin que repararan en el apetito que se les acumulaba, más bien era la sed lo que empezaba a agobiarlos, pero ninguno se decidía a ir por agua.

La esposa del maestro tenía lista la comida, y le pareció extraño que no acudieran a la mesa con la puntualidad acostumbrada, ¿Estaría perdiendo su sazón? Auyentó ese absurdo pensamiento y le pidió a María, una de sus hijas, que viera qué era lo que sucedía; más bien que los llamara, que los trajera, pues la hora de la comida era una y hacía buen rato que se les había pasado:

-¡Llámatelos o tráetelos, lo que te sea más cómodo, hija! –le dijo, y María salió volando loma arriba, gritándoles:

-¡Que ya se vengan a comer, que dice mi mamá! –y luego nada más repetía, casi sin interrupción:

-¡Auxilio, socorro, vengan ya!

Y siguió gritando a todo pulmón; sin darse cuenta, se había apartado de la vereda principal, pasó corriendo entre unos arbustos, no vio que de la rama de un árbol pendía un avispero, a la altura de su cabeza, y chocó de frente con él, cayó sentada, y el enjambre salió a repeler al enemigo que las atacaba. En segundos, estaba cubierta de avispas enfurecidas, sobre todo en la cabeza y el pelo, que traía suelto y lo tenía abundante y largo.

Gritaba tan fuerte, que de inmediato estaban los tres ayudándola a librarse del enjambre, aplastando a las avispas por puñados, entre los dedos, sin fijarse en los piquetes que menudeaban, y alejándola, y alejándose, lo más rápidamente que pudieron, del lugar.

María se llevó la peor parte, la mayoría de los piquetes los recibió en el rostro, al día siguiente no podía abrir los ojos, tuvo que permanecer bajo techo varios días, no soportaba los rayos del sol, ni que nadie la viera. Los aguijonazos que recibió, fueron demasiados.

Había arrumbado, en un rincón de su memoria, aquel episodio, hasta que, años después, la propia María se lo recordó, en la boda de la hija de Marcos.

-*-

Como uno más de la familia, le tocaba llevar el almuerzo a Pablo, era quizá un sobrino o protegido del maestro; muy diferente, tenía modos de la gente del centro del país, con tiple y un léxico similar al de los oriundos del D.F., o así le parecía.

Estaba roturando una hectárea de otro ejidatario, para sembrarla en sociedad con el ministro, uno pondría la tierra, el otro la semilla y la mano de obra, y se repartirían la cosecha en proporciones que habían convenido previamente.

Era una mañana calurosa, el Sol se acercaba al mediodía, caía casi a plomo, no soplaba la más leve brisa, y no se veía una sola nube que con su sombra pudiera alimentar la esperanza de una tregua.

Bajó el lomerío que protegía la casa del maestro en las primeras horas de la mañana, y ya estaba sobre el camino principal del ejido, una ancha terracería bien emparejada, que bordeaba las parcelas y facilitaba el movimiento de las personas, los animales, los insumos, semillas, fertilizantes, plaguicidas, y maquinaria e instrumentos de labranza, además de la saca de la producción.

Faltaban todavía varios meses para las lluvias. De entre el alto pasto seco y los matorrales deshidratados, sedientos, se desprendía, con su inconfundible vibrato, el envolvente concierto de las cigarras macho, y su intensidad aumentaba o disminuía, cuando rodeaba una colina, subía o descendía por una cuesta, y percibía si una cigarra interrumpía su participación en el coro, alertada por su proximidad, él era un intruso.

La luminosidad era total, casi cegadora, magnificada por los tonos dorados de la vegetación seca, los cafés claros del camino recubierto con grava de granito y el más oscuro de las parcelas, con la tierra volteada y oreada, sólo interrumpidos por el contraste de las copas verdes de los árboles más altos, cuyas raíces podían acercarse a los mantos freáticos, y por la bóveda azul del cielo, que parecía poderse alcanzar con sólo levantar la mano; pura ilusión, estaba más lejos que nunca, se sentía pegado a la candente tierra, atrapado por ella.

No se atrevía a levantar mucho la vista, temiendo encontrarse con el deslumbrador astro, que trataba porfiadamente de perforar el amplio sombrero de paja que lo cubría.

Las abejas, las avispas, y otros insectos voladores, se le acercaban de vez en cuando, atraídos por la humedad de su transpiración, el sudor que le corría lentamente por la frente y la nuca, originado en su pelo, confinado bajo el sombrero, y la comida, el agua y el café caliente, que le llevaba a Pablo.

Por fin, escuchó la plática que entablaba con la Molly, para distraerla y hacerla cooperar, a pesar de la canícula, y le gritó:

-¡Ya llegó el almuerzo, Pablo, ya deja descansar a la pobre Molly!

-¡Yo también estoy cansado, y hambreado! -se defendió.

-¡Que la dejes descansar de tu plática, pobre mula, lo que tiene que aguantar! –le completó el comentario.

Los dos reían, pues la sola compañía era suficiente para cambiar el ambiente de trabajo duro y atenuar el calor reinante. Pablo liberó del arado a la Molly y él se la llevó a pastar a la sombra de unos árboles, mientras aquel comía y bebía, con apetito y sed.

Se entusiasmaba, pensando que de seguro lo dejaría roturar varias vueltas con el arado, mientras reposaba, terminando de comer, como casi todos los días anteriores.

-Que bien cáe el café caliente, refresca ¿No te parece? – le decía Pablo rato después, mientras se acercaba, taza en mano, a la sombra donde se había refugiado.

-No sé, casi no tomo café, si no es con mucha leche –le contestó.

-Ya lo sabrás, ya lo sabrás –le auguró.

Platicaron un poco más, y le comentó que le había notado algo raro a la Molly, cojeaba de una pata trasera.

-Sí, trae floja una zapatilla –bromeó Pablo –orita la reviso.

Se levantaron y la llevaron junto al arado. Y mientras él la sujetaba por la reata que traía al cuello, Pablo le examinaba la herradura floja, pero, al agarrarle la pata para revisarle más de cerca el casco, lanzó una coz que se impactó en su vientre, levantándolo completamente en el aire, como medio metro. Cayó parado, pero se desplomó, transido por el dolor, aunque sin perder el sentido.

Alejó de inmediato a la Molly, la amarró a unos matorrales y regresó con Pablo, quien le agradeció:

-Gracias por retirarme a la ingrata, pero vas a tener que ir por ayuda, creo que se me reventó algo por dentro, no me puedo levantar.

-No trates de incorporarte, nomás te pongo cómodo y me voy por el maestro –le dijo.

Recostó el arado, para que Pablo descansara su cabeza sobre un cojín que improvisó con las servilletas de tela en las que venía envuelta la comida, y corrió por el mentor. Regresaron en un viejo pickup Ford que apenas podía con su carrocería, fueron al médico más cercano, en Maneadero, a unos treinta kilómetros del ejido.

Afortunadamente, las lesiones internas resultaron hematomas más o menos superficiales que no requirieron de cirugía, aunque sí mucho descanso, para prevenir complicaciones; cuando Pablo se recuperó, cojeaba un poco, le quedó una hernia de recuerdo. Su ánimo no sufrió cambio, estaba contento de que no le hubiera sucedido algo peor.

Lucas y él terminaron de preparar el terreno, y todos los varones de la familia ayudaron a la siembra.

Pablo se concentró, con la calma que requería su convalescencia, en reparar el pickup, era como de 1930; fue a los yonkes de Maneadero, ahí consiguió las piezas que necesitaba. Parece que era mecánico en el Distrito Federal, antes de irse a vivir al ejido; estaba familiarizado con los caballos de fuerza y, más recientemente, con la potencia de las patadas de mula.

Celebraron su recuperación, y el arreglo de la camioneta, con una expedición a la costa, a un lugar accesible sólo por brecha o mar, al sur de Santo Tomás, una importante región de viñedos en el Estado. Iban cinco: Pablo, Lucas, Marcos, Juan, el menor de los hermanos, y él.

Salieron de madrugada, llegaron a la brecha, y apenas amanecía. El camino era prácticamente una vereda, se conservaba en buen estado, porque la mayor parte se había abierto en la cresta de los cerros más altos, de trescientos a quinientos metros sobre el nivel del mar, que casi durante todo el trayecto podía admirarse, desde esas cimas, pero cuando tenían que pasar de un cerro a otro, bajaban a las cañadas y hacían changuitos, para que la brecha no estuviera interrumpida por árboles y piedras arrastradas por los arroyos; si fallaba el exorcismo, entre los cinco despejaban el camino, o veían la forma de sacarle la vuelta al escollo.

El sol le pegaba de perfil al paisaje, de lado, casi al ras del suelo, acentuando los desniveles de los cerros, con abruptos y dramáticos sombreados, donde destacaban los colores rojos de la tierra ferrosa, los variados y tiernos verdes de la vegetación de zona semiárida y los grises de las enormes rocas, los peñascos expuestos, sobre las laderas iluminadas.

Como lo estuvieron especulando desde que despertaron en el ejido, el camino era accidentado, en unos tramos tenían que bajarse cuatro, y sólo Pablo permanecía en el fotingo, para que pudiera trepar por una empinada cuesta, o evitar que la panza se le raspara en alguna zanja pedregosa, y a veces, sólo con el propósito de admirar, a su gusto, el singular ambiente natural que los rodeaba.

Llegaron al mar después del mediodía; la costa estaba formada por una extensa cama de lava que se había enfrentado en desventaja al océano millones de años atrás, una plancha de roca basáltica muy irregular, que tendría un kilómetro de longitud, por unos cincuenta metros en las partes más anchas y alrededor de treinta en las más angostas. En su borde, el mar reventaba contra el basalto negro, que se elevaba unos metros sobre el nivel del agua, pero era evidente que la meseta quedaba sumergida en marea alta, montones de sargazo y numerosos encharcamientos con flora y fauna marina permanente, lo testimoniaban.

En varios sitios, el oleaje penetraba por debajo de la roca, y el agua salada emergía con fuerza por algunos agujeros, como géiseres fríos, y se les antojó jugar a pararse alrededor de aquellos hoyos negros, esperar las erupciones, y salir corriendo para evitar ser empapados.

Estuvieron haciendo eso por un buen rato, hasta que Juan les llamó la atención sobre una lancha que estaba semioculta, amarrada en un lugar seguro, protegido del oleaje, y fueron a verla. Se les hizo raro no haber percibido la presencia de alguien, era dificil pensar que la panga estuviera abandonada, pues se veía en perfectas condiciones. Luego, Lucas descubrió unos cabos amarrados a unas rocas, en el mar, a unos treinta metros de la orilla.

El misterio estaba resuelto, eran trampas para langosta que alguien venía a revisar periódicamente, con objeto de levantar los burros que tuvieran tamaño legal, usando la lanchita. Un cuarto de hora después, unos vigilaban que ningún desconocido anduviera cerca, mientras los demás tripulaban la embarcación, escogiendo las langostas grandes, había varias trampas, y ninguna vacía.

Con un botín consistente en seis burros de regular tamaño, y con la conciencia intranquila, decidieron que lo mejor sería irse a comer las langostas lo más lejos posible, donde no las pudieran oler los dueños, si atinaban a volver demasiado pronto.

Calcularon que los tramperos llegarían, en todo caso, por mar, pues no había señales de asentamiento humano permanente, ni siquiera restos de alguna fogata, y se subieron al primer cerro, en la ruta de salida.

El paisaje vespertino era impresionante: las nubes aborregadas se alineaban con fuertes vientos altos, y rayos solares las traspasaban, iluminándolas de amarillos, rosas, violetas y púrpuras, a medida que Helios se acercaba al horizonte, y a su ocaso; el mar estaba ondulado, rizado por la brisa que soplaba hacia la costa, y las olas se estrellaban en el risco, el miniacantilado de la plancha pétrea; se apreciaban tres “géiseres”o “respiraderos de ballena”, como habían bautizado a las pequeñas “bufadoras”.

Una serie de gigantescos peñascos sobresalían del mar, cerca de la costa, y proveían un espectáculo adicional, al recibir el oleaje, que reventaba contra ellos, levantando crestas enormes y poblando la superficie con efímeros diseños formados con la espuma, rodeando las rocas por completo, como fractales. Era alucinante ver al Océano Pacífico, meciéndose ante sus ojos.

Juntaron la mejor leña, hicieron un círculo con piedras, grandes y juntas, con el propósito de concentrar el calor del fuego; esperaron a que las brasas estuvieran al rojo vivo, y con cuidado, acomodaron las seis langostas, no sin antes pedirles perdón, por no poderles dar una muerte más humanitaria.

El calor era tal, que el suplicio duró bastante poco. Años después, aprendió que el mejor método de eutanasia es la hipotermia, nomás metiéndolas en hielo o al congelador, primero entran en un sueño profundo, es una muerte casi perfecta, muy “langostaria”.

Consumado el atraco, vino el atracón. Estaban deliciosas, un poco ahumadas; la langosta de pilón le tocó a Pablo. La compartió.

Se hizo de noche. Ya habían decidido dormir en el cerro, el camino era peligroso, aún de día; los obstáculos que tuvieron que salvar en su viaje a la costa, los estarían esperando, en su retorno al ejido.

Le echaron más leños a la fogata, y platicaron animadamente hasta bien pasada la medianoche; entrada la madrugada, se durmieron, unos primero y otros después, acurrucados en la caja y en la cabina de la camioneta; Juan interrumpió su sueño brevemente, al escuchar lo que pensó serían unos conejos que se acercaron, seguro a husmear los restos del banquete. Se despertaron con la luz del sol en la cara.

Salieron de inmediato, querían llegar al ejido lo más pronto posible, calculaban unas seis horas de viaje. Superaron con más experiencia y menos dificultad los mismos escollos del día anterior, y llegaron a la carretera antes de la una de la tarde.

Iban contentos, en dos horas podrían bañarse y cambiar de ropa, para comer en una mesa, como Dios y Jehová mandan. Llevaban un buen rato cantando rancheras a todo pulmón, cuando él, que iba recargado en la parte posterior de la cabina, como siempre que podía lo hacía, en el pickup de su padre, para recibir el aire de frente, fue el primero que la vio:

-¡Miren, allá va rodando una llanta! –gritó, interrumpiendo el corrido de Juan Charrasqueado.

Lucas y Marcos se rieron de la puntada, pero voltearon a ver.

-¡Es cierto! ¿De dónde habrá salido? –se preguntaban, viéndola rebasar a la camioneta, que empezaba a dar tumbos por el lado trasero derecho.

-¡Es nuestra llanta, Pablo, detén la camioneta! –gritaron los tres con todas sus fuerzas.

Pablo pudo controlar el aterrizaje, el tambor de la llanta hizo muescas en el pavimento, con cada rebote, y un zurco en la cuneta; por suerte, el percance ocurrió en tramo recto, en un llano, no involucró a otros vehículos. Alejaron el pickup de la carretera, y lo pudieron acomodar en terreno plano y firme.

La llanta se había salido con todo y rin, las tuercas estaban flojas, por una causa que se perdió en el olvido, y el responsable no estaba entre ellos, o no lo quiso externar; era dificil pensar que todas estuvieran defectuosas. El tambor recuperó un mínimo de redondez, suficiente para permitir el reingreso de la llanta errante, a golpes de piedra, y varias se fragmentaron antes de lograr el objetivo; con tres tuercas prestadas de las otras ruedas, y alguna que Pablo traía de repuesto, pudieron completar un cuarteto.

Reanudaron el trayecto muy despacio, casi a vuelta de rueda, pues la reparación no llegaba siquiera a provisional, más bien había sido un remiendo cuaternario, y todavía les faltaba un buen trecho de cuestas empinadas. Llegaron a casa al filo de las once de la noche, no dieron muchas explicaciones, apenas esbozaron algunos detalles del viaje, tratando de parecer satisfechos, y se fueron a dormir sin cenar y sin asearse, pensando que mañana sería otro día.

Tenían razón, el sol salió de nuevo, y los cinco estaban enteros.

Sólo Pablo tenía la malicia y la experiencia de vida suficiente, para sospechar que aquello quizá no había sido un accidente provocado por un descuido suyo, que quizá lo que interrumpió el sueño de Juan aquella noche, no habían sido conejos curiosos, sino unos tramperos furiosos. Pero mantuvo un silencio absoluto al respecto.

-*-

Sus estancias en el ejido, coincidían con las vacaciones de todos, la convivencia era total, y las actividades, las cotidianas de la vida en el campo. En el medio rural, la vida familiar está estrechamente ligada al trabajo, todas las labores domésticas se comparten, igual que las directamente relacionadas con la producción agropecuaria, pero éstas se distribuyen de acuerdo a las edades y capacidades de cada quien, pues muchas requieren, en gran medida, de esfuerzo físico.

Roturar la tierra con arado, despedrar, remover tocones y raíces, rellenar zanjas hechas por la lluvia y arroyos desbordados, sembrar frijol y maíz con espeque, regar, desyerbar, podar, injertar, clavar estacas, ordenar con cables el crecimiento de las guías de las viñas, proteger racimos, de aves, roedores e insectos, cosechar, desgranar mazorcas, seleccionar semillas para la siembra siguiente, atender las necesidades de la crianza de los animales de granja, son tareas que comparten, según las posibilidades, y en casos extraordinarios, según las necesidades colectivas, hombres, mujeres, niños y adultos.

Algunas son divertidas, todas, absorbentes, y realizadas en grupo se amenizan con las pláticas que surgen, espontáneas, y aunque no estén dirigidas a uno, se disfrutan, puede volar la imaginación, con el relato ajeno, como los enrolladores de tabaco, que tienen quien les lea, y les platique, mientras realizan miles de veces sus rutinas, automatizadas por la práctica, evitando el tedio.

Una tarea que le hubiera gustado realizar, y sólo pudo presenciar, era el combate de plagas en la bodega de maíz en mazorca y desgranado, y frijol. Pablo se apostaba, en la más completa oscuridad, pendiente del menor ruido; cuando percibía el momento oportuno, prendía la lámpara que traía amarrada al cañón del ligero rifle/escopeta calibre .22/410, y buscaba, donde calculaba que se había producido el casi imperceptible movimiento que había hecho rodar algunos granos, y ahí estaba, un ratón de campo, rata o tuza, llenando sus carrillos para darse un furtivo banquete, Pablo apuntaba y disparaba, antes que el encandilado intruso se diera a la fuga; apagaba la lámpara después de verificar que había atinado, y reanudaba la espera; al rato surgía otro audaz roedor, que corría igual suerte; había noches que despachaba una docena. Era un combate de plagas drástico, pero más compasivo que usar venenos que provocan prolongadas agonías, y perjudican al grano destinado al consumo humano.

En ocasiones acompañaba al maestro, como recolector de presas, era el retriever, cuando salía a cazar conejos y codornices, con el mismo rifle, el calibre .22 para los orejones, los cartuchos de escopeta 410 para las gordas zumbonas, que salían volando de los matorrales, sin darse cuenta de que ya se había inventado la forma de diezmarlas, si intentaban fugarse; ya no les funciona esconderse en el montón, ni su lema: “Unidas venceremos”.

Se encargaba de cobrar las presas y echarlas en la bolsa de lona; las aves mueren fácilmente; las heridas, sumadas a la fuerte impresión del trauma, aceleran las fallas cardíacas; tienen un motor pequeño, y muy revolucionado. Los conejos sobreviven más tiempo, el maestro recurría a la eutanasia. Los remataba con un mínimo sufrimiento, los tomaba por las patas traseras, y les daba un súbito golpe de karate hacia abajo, en la base del cráneo; se desnucan y mueren al instante, parece que se llama “golpe de conejo”. A las gallinas, y a todas las aves, es mejor cortarles la cabeza de un solo tajo, con el más pesado cuchillo para carne, o con un hacha, en vez de darles crank, como si se estuviera echando a andar el motor de un coche antiguo.

Cerca del cuarto donde se almacenaban los granos, estaba el pozo artesiano de donde provenía el agua para uso doméstico, que luego se filtraba para beberla; salía potable del subsuelo, pero el filtro la hacía más transparente, y le daba mejor sabor. En otro lado, cuya existencia sólo se conocía de oídas, el maestro “sembraba” agua, mediante un método más curioso que misterioso, el cual consistía en depositar, en un pozo semiseco, una cantidad de sal, quizá como los bloques que se usan para el consumo del ganado vacuno, sobre todo cuando pasta en agostaderos. La absorbencia del cloruro de sodio, debía actuar como tubo de sifón, por capilaridad, como bomba de succión, atrayendo el líquido de mantos de agua fósil más profundos, haciendo funcionar de nuevo una aparentemente exhausta noria. De seguro debía haber acciones adicionales. Tiempo después, el mentor continuaba con sus experimentos; le pidió que lo ayudara en la búsqueda de libros sobre la materia. Nunca pudo localizarlos.

Había tiempo libre, que dedicaban a la convivencia, a los juegos de grupo que podían considerarse mixtos, como “la roña”, o “la trai”, “los encantados”, “Doña Blanca”, “el avión” o “la peregrina”, o el volibol, brincar la cuerda, o simplemente platicar y reir juntos, por las cosas más simples y sencillas.

Desarrollaron una gran cercanía, los juegos y pasatiempos que al principio practicaban los hombres, también se hicieron mixtos, incluyendo algunos de más contacto, como la competencia de fuerzas, que en inglés se llama “tug of war”, y se juega entre dos equipos que deben hacer que el otro cruce una línea o caiga en un arroyo, por ejemplo, tirando de una cuerda, en sentidos opuestos.

Siguieron siendo masculinos los más rudos: luchas de gladiadores o justas medievales, por parejas, el más fuerte es el “caballo” y el otro el “caballero”: las parejas se enfrentan, la que derribe, gana. En agua, mar, arroyo, poza o piscina, es más divertido, y con menos golpes; se juega con el “caballo” sumergido hasta la cintura.

Muchos de estos juegos se usan para propiciar la desinhibición de niños y niñas desde temprana edad, como el de romper globos con las panzas, y resulta en un tope de frente, si se logra el objetivo, bailar en pareja, o correr juntos, atados por un tobillo, sobre todo si se caen. En fin, juegos que propicien la cercanía entre niños y niñas, previniendo complejos y conductas desviadas, al no interactuar naturalmente. Es lo que sucede sin una educación sexual bien orientada, cuando no se recibe en casa o en la escuela, sino en la calle, y por extraños.

El maestro y su esposa vieron la convivencia con apertura, hasta que les pareció que rebasaba los límites del entusiasmo de púberes que jugaban rudo; el profesor llamó la atención a sus hijas, les prohibió algún juego, y a él le propinó un sermón, a tal grado, que le advirtió que si no se conducía como se esperaba de él, tendría que regresar a casa, antes de que finalizaran las vacaciones.

Eso le pareció injusto, y al no encontrar apoyo de los hijos, decidió que no debía continuar ahí; reunió sus cosas a toda prisa, y cuando se dieron cuenta, ya iba a la carretera, a pedir aventón para Ensenada.

Preocupado, no lograba entender qué había sucedido, los hijos del maestro, no le advirtieron, ni lo defendieron. Lo que le preocupaba más era lo que sucedería entre sus padres y el ministro; quizá se terminaría la relación entre las familias, a lo mejor ya no volvería a haber en su desayuno huevos de rancho, ni queso, ni verduras. El maestro se vería en la necesidad de explicar por qué se regresaba a casa. No tomaba en cuenta otras consideraciones, tenía la conciencia tranquila, y estaba seguro de que era víctima de una injusticia.

Cortó camino antes de llegar al encinal que marcaba la entrada del ejido, para arribar a la carretera en una recta, donde sería más fácil que alguien se detuviera y lo llevara, al menos a Maneadero. Pero su maestro se anticipó, atravesando parcelas, le dio alcance antes de que pudiera llegar al asfalto.

No tuvo dificultad en explicarle que su intención había sido que los varones se comprometieran a no jugar rudo con las niñas, pues no debían permitirse tocarlas “ni con el pétalo de una rosa”, se disculpó, entre líneas, de la reacción que el sermón le había provocado, y le refrendó su hospitalidad, muy cerca estuvo de ofrecerle una disculpa, pero él se adelantó, aceptó regresar, y le aseguró que compartía sus razones.

En realidad, sucedía lo opuesto, eran ellas las que se aprovechaban de que los muchachos no podían ejercer legítima defensa, y los tundían con fé. Pero se alegró de que todo se hubiera resuelto así; el episodio quedó atrás, con borrón y cuenta nueva.

Días más tarde, nadie recordaba, ni mencionaba el incidente, y nunca se volvió a tocar el punto, mas que en broma. Lo que más le alegraba era que sus padres no tuvieron que enterarse.

La convivencia entre las personas implica la tolerancia y el respeto a usos y costumbres; se debe evitar la imposición, y debe actuarse con prudencia ante las resistencias. Ello incluye la libertad de creencias.

-*-

Regresó a casa al fin de las vacaciones, e ingresó a cuarto año. Tuvo problemas con uno de quinto, que se llamaba igual que él, y por lo mismo, estaba empecinado en derrotarlo. Como en las películas del oeste, la escuela era muy chica para que cupieran los dos; no tenían razón para pelearse, pero el otro exigía que reconociera públicamente que le ganaba en cualquier terreno; como no accedía, el pleito seguía.

Todos los días, al salir de clases, los encuentros tenían verificativo a un costado de la embotelladora de vinos, la Compañía Vinícola de Santo Tomás, sobre la calle Sexta. El olor era embriagante, peleaban en una especie de callejón corto, sin salida, que terminaba en el sitio por donde, en grandes camiones, llegaba e ingresaba la uva para ser exprimida, y después, por ahí salía el bagazo, con racimos, semillas y pellejos, para que los camiones se lo llevaran; luego servía de abono, o terminaba en el basurero municipal.

En aquel amontonadero, se quedaban muchas uvas que caían de los transportes, incluso racimos completos, sin que nadie las tocara, la mayoría se echaban a perder, pero algunas se convertían en pasas deliciosas, ligeramente fermentadas, deshidratadas por el sol, besadas por el sol, de las mejores cepas: Cabernet Sauvignon, Chenin Blanc, Moscatel, y otras de estirpe equiparable, o modestas uvas de mesa cuyos jugos se mezclaban y destilaban, para producir el brandy local.

Peleaban un rato, quince minutos diarios de luchas y guantones, él le ganaba siempre, pero no se ensañaba; reñían sin odio, sin el coraje que propicia la carnicería, el remate. La agitación los hacía respirar el fermento que flotaba en el ambiente; caían sobre uvas y bagazo con semanas de intemperización, biodegradación al aire libre; entonces se emborrachaban por inhalación, por el olfato y por absorción osmótica epidérmica, lo cual no sería una exageración.

Después de cansarse peleando, se ponían a platicar y seleccionaban pasas de las que estaban a su alcance y las agarraban de tentempié, pues les arreciaba el hambre después de la refriega, y se comían las pasas pasadas. Llegaban tarde a la mesa de sus cantones. Llegaban pasados.

No había sustento para el encono, antes del mes se dieron cuenta de que ni siquiera eran peleas de verdad, ya nadie iba a verlos. La cosa se enfrió y el aburrimiento hizo que un día llegaran al sitio, y en vez de pelear, se pusieron a seleccionar orejones de uva; se corrió la voz y aquello pronto se convirtió en actividad común entre los escolares de La Corregidora.

El antecedente rijoso impidió que fueran amigos, no pasaron de ser tocayos; para evitar perjudicar su imagen pública, mantuvieron una sana distancia. Nada se perdió.

Al año siguiente, su familia se mudó, él se inscribió en la escuela más cercana, la Escuela Primaria Maestro Matías Gómez.

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-vii-

Le gustaba la sensación de encontrarse en tierra extraña, trashumante por vocación, su sentido de la aventura era claro: si iba a un lugar por primera vez, de seguro descubriría algo nuevo, personas, animales, plantas, paisajes, etc., experimentaría. Era su naturaleza.

El cambio le provocaba emoción, no temor; caminar por una cañada desconocida, o de noche por un panteón, atrapar insectos, vivir lejos de la familia, viajar al otro lado del mundo, tomar siempre mayores responsabilidades.

En el trayecto ganó experiencia, aprendió de sus errores, con la edad, también de los errores de los demás; adquirió conciencia y certeza de que cada paso, hasta el final, significa un compromiso.

En su niñez y el inicio de su adolescencia, su universo era Ensenada, podía explorarlo, mientras hubiera luz del día, daba rienda suelta, sin más limitaciones, a su obsesión por perseguir; casi todos sus juegos y motivaciones, implicaban persecución, que culminaba con el logro de un objetivo, concreto o subjetivo.

A la menor provocación, emprendía la carrera hacia algo muchas veces imaginario, armando aventuras con personajes de los comics, de los episodios de las matinés sabatinas en los cines locales, de sus héroes favoritos, Tarzán, Flash Gordon, etc., si no veía una gallina, un perro, algo que asumiera el rol, el papel de presa, una hoja, una pluma, un papel en el viento.

Descubría una cachora, un camaleón, un topo, o un chapulín, y los seguía a sus madrigueras o en sus vuelos cortos, primero rápido, de forma ostensible, para que la presa entendiera las implicaciones de la cacería, y no pudiera alegar madruguete; la acorralaba con sigilo para sorprenderla, si lograba tenerla en la palma de la mano, la liberaba y, si tenía tiempo, reiniciaba el safari.

Una mariposa era presa dificil, pues no podía prever qué tan lejos o hacia dónde volaría cada vez que escapaba, cuando estaba a pocos metros, o centímetros, de atraparla. Los lepidópteros cubren enormes distancias, la Monarca viaja del sur de Canadá, al centro de México.

Acechaba a su presa, y se fijaba hacia dónde orientaba la cabeza, para evitar ser divisado, hacía todos los rodeos necesarios, sin importar los obstáculos que se le interpusieran, entre arbustos, piedras y zanjas, para aproximársele por detrás; no usaba red, debía acercar su mano y sorprenderla con las alas plegadas, aprisionándolas entre el índice y el pulgar; hacía una jaula con las manos, separando los dedos, para admirarla camino a casa, tenía preparados grandes frascos, lavados y secos, con agujeros en las tapas, para ventilación y alimentación; la observaba y la exhibía. Al día siguiente, la devolvía a la naturaleza, no era coleccionista. Las persecuciones se interrumpían abruptamente cuando invadía el territorio de perros bravos o de gansos guardianes, pero siempre fue más veloz que sus perseguidores.

En el patio de su casa, descubría la cabecita de un topo, tapaba las salidas de los túneles por donde podía escapar, lo cercaba y atrapaba, cuidándose de sus dientecillos, que ya había sentido antes; le ataba con una piola, por una pata, y luego lo paseaba como a una mascota convencional, presumiéndola, alrededor de la manzana.

Una vez, fue a correr, al amanecer, del Hotel Playa a la Zona Militar, en El Ciprés, y avistó una foca, nadaba cerca de la orilla, y pensó que sería fácil acompañarla, haciendo body surfing en las olas; traía traje de baño, sus berings, castellanización de bathing suit; dejó el resto de su ropa en la arena, y se metió al mar, lo sintió más fresco de lo que había calculado, sudaba un poco con la carrera, ya acumulaba cerca de cinco kilómetros.

Caminó hacia la foca, lo miraba curiosa, y lo esperaba ladrando, o lo que sea que hacen esos perros de mar. Lo animaba a que se acercara y, cuando estaba a unos metros, se zambulló, y emergió más adentro. Ahí permaneció, y pensó que de seguro quería jugar “perseguidas”, el juego de su obsesión; la siguió dos veces, la foca nadaba en paralelo a la playa, trató de acercarse de nuevo, pero el pinnípedo nadó hacia lo hondo, y cambió las reglas. El acuerdo de caballeros se había roto.

Aceptó el reto, nadaba bien, calculó que pasaría a la fase siguiente, y ella repitió el patrón, en la reventazón de las olas. ¡De eso se trataba desde un principio!, del deporte favorito de las focas, y nadó rápido, para atrapar la primera y empezar el certamen, pero su contrincante se estacionó detrás del punto óptimo, donde las olas se agarran del fondo, donde se levanta el burro de agua; se sumergió, para emerger diez metros mar adentro.

La miró y dio algunas brazadas hacia ella; sintió la fatiga, volteó a la playa y entendió: -¡La canija quiere que me ahogue por impertinente, y que les sirva de almuerzo a ella y a su familia, sin que mi muerte le signifique cargo de conciencia! –pensó, indignado.

La orilla estaba lejísimos, optó por nadar de muertito, contra la fuerte resaca que lo jalaba hacia adentro; se animó cuando pasó de nuevo la reventazón, y lo revolcaron las olas, se dejó arrastrar a la playa, no se incorporó cuando ya podía tocar la arena, la alcanzó con las manos, y se ancló con las uñas. Acabó con los berings llenos de arena, tirado de panza entre la espuma, los sargazos, las conchitas y los “cochitos”, que parecen modernos y gordos trilobites, ya sin fuerzas suficientes para llegar a la arena suelta y seca, calentada por el sol de las diez de la mañana. La foca se había ganado su respeto.

Todavía habría que ver si la lección estaba bien aprendida.

-*-

La madre fue acostumbrándose a las ausencias del hijo, a veces de varias horas. La más larga, aparte de las vacaciones en el ejido, fue cuando sólo supieron que sí había dormido en su cama, cuando no lo volvieron a ver, sino después del anochecer, el día del potrillo.

Con frecuencia, estaba en un rincón del patio con los ojos en espiral, ensoñado, transportado a un mundo donde todo era posible, lo único que necesitaba era una idea, un detalle del cual pudiera colgarse, para construir lo que se le antojara, su imaginación era el único límite.

Vivían frente a un panteón viejo, abandonado, en ruinas desde hacía años; abarcaba tres hectáreas y, eventualmente, sería engullido por el pueblo. Las casas no guardaban correspondencia lógica con la calle, la cual había quedado a desnivel, frente al cementerio, que ocupaba una colina y tenía, a lo largo y en un lado, un paredón de más de tres metros de alto, y muro perimetral de un metro y medio; cinco metros, sobre el nivel del suelo. El corte de la loma, erosionado a intervalos, ponía a la barda en riesgo de venirse abajo. Del lado de las casas, el paredón era menor, entre uno y dos metros.

Sobre el panteón, se elevaban árboles bien fertilizados, algunos de más de treinta metros, eucaliptos en su mayoría. Criptas familiares, reventadas por las raíces de los gigantes, las rejas enmohecidas, las cruces de madera de las tumbas modestas, carcomidas por termitas e intemperización; los escondites que podían inventarse en aquel caos, hacían de la vetusta necrópolis uno de los sitios preferidos de él y sus amigos, sobre todo para juegos de persecución, “las escondidas”, “los encantados” o “indios y vaqueros”, que noche y día los divertían, y también diversiones de temporada, como volar papalotes; lo elevado del terreno era ideal, permitía aprovechar los vientos dominantes, del mar o hacia la costa, y se podían salvar obstáculos, postes y alambres conductores de electricidad.

Otro sitio preferido era la laguna formada en temporada de lluvias, durante el invierno, en un gran vado localizado sobre la avenida, a veinte metros del límite del panteón, rumbo a la playa, y permanecía navegable hasta el fin de la primavera, y a veces, hasta bien entrado el verano.

El cuerpo de agua era de dimensiones adecuadas para su palomilla, suficientemente grande y profundo para explorarlo con la balsa de maderos y latas alcoholeras, que construían cada temporada, y para nadar, lo que hacían por accidente, si se caían, el fondo era fangoso. Fabricaban arcos, flechas, resorteras y hondas, jugaban con botetes -así les decían a los renacuajos-, ranas y sapos, cazaban gorriones que luego asaban en fogatas, a la orilla del agua, y se los comían con un poco de sal, a la sombra de un árbol.

Tenían inventiva, construían incluso las cometas, más grandes que las comerciales; las volaban con resistente piola para pescar, pues jalaban como barracudas, se necesitaban dos chavalos para poderlas dominar. Al finalizar cada temporada, organizaban batallas aéreas, amarrando navajas Gillete, las rojas, de doble filo, a las colas de sus papalotes, trataban de cortar la piola de la cometa enemiga, mandarla “a la milpa”, derribarla. Aunque parezca una maniobra difícil, sólo se precisa un leve rozón entre la piola y el filo de la navaja, para iniciar el corte de los hilos que la forman, y en unos cuantos minutos de esa tensión constante, dependiendo de la fuerza del viento, se troza por completo.

Detrás, a la derecha de su casa, vivía una familia que tenía una granja agrícola y ganadera al sureste de la ciudad, en la zona serrana de Ojos Negros, a la que iba en las vacaciones cortas. Ahí montaban a caballo y nadaban en la zona de riego, donde bombeaban el agua: se juntaban en traje de baño, al inicio del canal principal, a esperar que se abriera la compuerta. El torrente los arrastraba en un río de lodo, el agua se derivaba a canales secundarios para llegar a las tranquilas acequias, antes de pasar a los zurcos, ahí era el límite, estaba vedado hollar los sembradíos, regresaban a los canales, a reanudar la diversión. Bien cansados, se enjuagaban en la pila revestida de concreto donde se acumulaba el agua clara, una piscina en la que caía directo el chorro gordo de la bomba, por un tubo de ocho pulgadas. Habían recorrido varios kilómetros; extraordinaria diversión, ejercicio completo, y un efectivo aperitivo.

Por la noche, antes de dormir, las mujeres mayores de la granja les platicaban macabras historias espeluznantes, más tenebrosas, con los perros ladrando, y los coyotes aullando, en las colinas cercanas; la oscuridad sólo se podía alumbrar con quinqués, candelabros y velas. El excusado estaba al fondo del patio, y ahí sólo los acompañaba una linterna de mano.

Los vecinos que vivían sobre la avenida, frente al panteón, rumbo a la laguna y al mar, formaban una familia heterogénea y numerosa. Su casa era de adobe, con pisos de tierra, y ventanas muy rústicas, con canceles de madera, sin vidrios, que cerraban de noche, y sólo en la época de frío; permanecían abiertas, cubiertas, ocasionalmente, con unas telas ligeras, como cortinas. No tenían puertas entre los cuartos, en el muro de separación que daba a la cocina, había sólo un marco de madera, del que colgaban tiras delgadas, como gasa. De la estufa de leña donde preparaban sus alimentos, el humo escapaba y estaba siempre flotando por las habitaciones, como espíritu omnipresente.

Se bañaban en el patio trasero, pero nunca se exhibían desnudos, se cubrían tras una empalizada; las mujeres se envolvían en sábanas, con turbantes de toalla. Atrás, a veinte metros de la casa, se veían dos retretes de tierra.

Convivían con toda clase de animales, adentro y afuera de la casa: perros, gatos, gallinas, patos, guajolotes, gansos y conejos, entre otros. También tenían una vaca lechera, y un número variable de caballos, pues se dedicaban a rentarlos a los turistas, en la playa, a menos de dos kilómetros. Burros no, porque esos eran propios de leñadores y arrieros.

Eran muy huraños, pero honrados, lo más que podría achacárseles, sería algún esporádico exceso etílico de los hombres mayores, pero nada más. Los menores tenían sobrenombres que a él le parecían interesantes y divertidos, el Bachi, el Beni, la Trini y la Chenta.

Sólo su mamá trataba con las mujeres adultas de la casa, a veces les encargaba el lavado de ropa. Para ello hablaba con Leonor, como se llamaba la cabeza visible del clan; pero la verdadera matriarca era la abuela, una anciana que siempre estaba sentada, remendando cuiltas viejas o armando nuevas, con retazos viejos. Fueran nuevas o usadas, a la abuela le daba lo mismo, no le importaba, estaba casi ciega.

Leonor, su hija (o su nieta, quizá), decía que la abuela tenía ciento veinticinco abriles, pero, sin acta de nacimiento que lo probara, esa deposición era un verdadero artículo de fé; sin embargo, nadie podía dudar que fuera, por lo menos, centenaria.

Una tarde, desde su casa, veía curioso, con los codos apoyados en el marco de una ventana, el interior de esa casa, la venerable ancianita cosía al tacto; en la atenuada luminosidad, de perfil, a contraluz, se asemejaba un poco a la madre de Whistler, o a la reina Victoria, de Inglaterra.

El Sol penetraba la estancia, cargada de partículas, suspendidas en el aire casi inmóvil, surcado esporádicamente por insectos voladores y volutas de humo del cigarro de alguien que no se veía; el movimiento de la abuela armaba un espectáculo de luz, recortándola en haces y, a manera de acompañamiento, se escuchaban, en la quietud vespertina, sonidos de la fauna, por turnos, como solistas, zumbidos de moscos, relinchos de caballos, ladridos de perros.

Por allá andaban sus pensamientos, cuando los nietos (o biznietos, o tataranietos) se acercaron sigilosamente por atrás y le echaron huevos de gallina por el cuello y se los reventaron a palmadas en la espalda, por debajo de la ropa, ¡Cómo les gritaba insultos la viejecita!, estaba bien viva.

Eran huevos frescos, acabaditos de levantar del gallinero. Dicen que, untados, son buenísimos para mantener lozano el cutis, pero sin los cascarones.

La siguiente casa, profusamente jardinada, era de unos americanos, los Broadneck; tenían una hija pequeña, de cinco años, hacía reir a carcajadas al padre, decía más groserías que un adulto, y la presumía con las visitas. La esposa platicaba, la niña maldecía, el padre reía sin parar. No hablaban mucho español, pero siempre que pedían permiso, dejaban a jóvenes del rumbo cortar frutas maduras: duraznos, fresas, higos y peras. Estaban en plena edad de la tolerancia.

Otro día, muy temprano, se asomó por su ventana, lo sorprendió la imagen de un potrillo que apenas tendría el año de edad, amarrado al árbol más frondoso del patio delantero. Saltó la barda de concreto y el cerco de alambre que separaba las casas, y ya acariciaba al bello animal. Pero casi al mismo tiempo, Toribio, principal encargado de los caballos, le gritó, ordenándole que no se acercara al joven equino.

Atendió la advertencia de inmediato y regresó a su patio. Siempre le gustó explorar, perseguir, y capturar, era su más grande obsesión, un instinto primario, pero en esa ocasión, para variar, el potrillo lo había atrapado. Vigiló a sus rústicos vecinos, Toribio y el resto partieron a la playa a rentar caballos; vio que el campo estaba libre y regresó con el potrillo. A los cinco minutos, el animal ya lo había convencido de que necesitaba, con urgencia, pasear, se le entumían las patas, atado al árbol. Sería sólo un paseíto cerca, nada más le darían la vuelta a la gran manzana.

En realidad, el joven potro tenía otros planes. Al principio, se dejó conducir, le permitió dócilmente que lo guiara, hacia la laguna. Al bajar el vado, el noble bruto lo había convencido, a tal grado, que le ofreció su amistad, soltando la soga para acariciarlo, un gesto que el animal seguramente valoraría con justicia, a pesar de su corta edad.

Quizá, en algún momento sí tuvo la intención de corresponder a la confianza que él le mostraba, pero la juventud y los instintos de sus antepasados cimarrones, pudieron más que su ralo entendimiento.

Era libre, y la persecución había empezado. Al principio, se alejaba, él se acercaba al extremo de la soga y antes de que pudiera asirla, el astuto potrillo se la arrebataba, con un rápido movimiento de cabeza, obviamente premeditado, y emprendía de nuevo la carrera.

Guiado por su olfato, se dirigió a una parte baja del pueblo, cerca del mar, donde se instalaba un lienzo charro en algunas épocas del año, antes de las lluvias; era primavera, y el área estaba aún parcialmente inundada.

Buscando agua para beber, o engañado por el equino olor reinante, encontró una entrada en la cerca medio destruída, que se reconstruía desechando la madera podrida y el alambre de púas oxidado. Cuando vio que el potrillo se quedaba quieto en medio del lodazal, decidió ir tras él, calculó que sería fácil alcanzar la punta del lazo, después, ya vería.
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Muchos años más tarde, recordaría ese momento, a orillas de la Laguna de Tamiahua, al norte de Veracruz, cerca de Tamaulipas, cuando, en una escena similar, intentaba salir del fango en que se había atrapado solo, en otra persecución, acercándose al agua lo más posible, y más de lo aconsejable, sólo para espiar garzopetas y patos somormujos, entre los juncales. Se había quitado las botas de cuero y los pantalones, y los llevaba cargando por encima de su cabeza, en un intento por salvarlos del lodo bombo, maloliente, estancado durante semanas, o meses, o más.

Había arbustos espinosos, debía hundir sus pies descalzos con mucho cuidado, para detectar a tiempo cualquier cosa que lo pudiera herir y, muy probablemente, infectar; llevaba la vista baja, y oía, por encima de zumbidos de insectos y graznidos de aves, el ruido resbaladizo del agua pútrida y del barro apestoso, hediondo, al ser penetrados por él, a cada paso que daba, lentamente, abriendo y cancelando pequeñas y grandes burbujas de aire, y tenía que aceptar, con una sonrisa, a la vez forzada y espontánea, que las texturas, los sonidos y los fuertes olores del entorno, eran bastante escatológicos.

Todo estaba armado a la perfección, para que iniciara otro más de sus viajes astrales con los ojos abiertos, y un fuerte resoplido lo regresó a la realidad; lo oyó, lo sintió en el cráneo, entre los parietales, y alzó rápido la vista, para encontrarse con la cara de un semental cebú, que le echaba en el rostro su húmedo vaho de rumiante.

Media hora después, no sabía de qué estaba más sorprendido, si de la presencia repentina del toro, o de la rauda forma en que se salió del pantano, saltando en el fango, con las manos sobre la cabeza, con el liacho de botas y pantalones, hasta la tierra firme, y corrió hacia el palafito donde estaba un restaurante, entró directo al baño, se lavó las piernas y los calzones sin quitárselos, y mojado se vistió; cuando hizo conciencia, degustaba unas jaibas rellenas, orgullo de la gastronomía regional, sin haber sufrido daño, ni siquiera un rasguño en los pies.

En el restaurante tenían rato esperándolo, en una mesa, los amigos con los que vacacionaba; dejaron la Datsun Bluebird, del otro lado de la laguna, en la playa, en la arena; lo comentaron con la mesera que los atendía, les recomendó que no tardaran en recuperar su vehículo, pues la marea subía muy rápido, en esa parte del Golfo de México.

Se apuraron, cuando llegaron a la Datsun, la marea ya estaba cerca de tocarla; de inmediato iniciaron el regreso a Tuxpan, el mar avanzaba, y era dificil discernir una ruta, identificar un hueco en la playa, donde la guayina no tuviera que volar para evitar la catástrofe: que el Golfo se la tragara.

Varias veces pasaron sobre troncos de palmeras y sintieron cómo se raspaba la panza de la camioneta. Al final no tuvieron alternativa, o se metían a la arena suelta, para atascarse con toda seguridad, lo que los obligaría a abandonar su transporte, o navegaban, metiéndose al mar, con el riesgo de que se mojara el motor, hiciera corto el sistema eléctrico, o que se ahogara por el mofle. Deben haber sido un par los kilómetros en los que nadie dijo palabra, apostando todo al dueño de la Datsun, al volante, que estuvo a punto de ver su fin, pero se ganó el título honorario de guayina anfibia.

Al otro día la llevaron a lavado, sopleteado, engrasado, revisión de frenos y hasta encerado, era la única manera de que la pobre máquina olvidara la espeluznante odisea que había protagonizado, y además, era la mejor forma de asegurar su regreso al D. F., sin contratiempos adicionales.

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Ahora se enfrentaba a la realidad del fango del lienzo charro, y al potrillo, que lo observaba, ofreciendo de nuevo el cabo de la soga, solamente para escamoteárselo, con el movimiento de cuello que tenía bien ensayado, y la azotaba de nuevo contra el lodo, como si quisiera hacerla inasible, resbalosa, como pescado enjabonado.

De eso se trataba, de ver quien se cansaba primero y abandonaba la pista, una danza a distancia. Perdió la calma, siguió la ruta más corta, la línea recta, aceleró la persecución, “lo que hace la mano, hace la tras”, era la única regla, en cámara lenta, para beneficio del caballito y perjuicio del chamaco. El baile así establecido, duró dos horas, en las que el potro caminaba en círculos, levantando con elegancia sus cuatro esbeltas patas, en el ablandado lodazal.

Estaba a punto de claudicar, y el equino huyó, dejándolo exhausto, acostado sobre el barro más espeso, y pegó veloz carrera, con rumbo desconocido, en cuanto alcanzó piso firme. Él aún hubo de zafarse del alambre de púas donde se atoró intentando, muy torpemente, de seguirle el ritmo al potrillo.

Al fin se liberó, y buscó alrededor con la vista, nada… ambos estaban perdidos, el uno para el otro y para el mundo, tendría que comparecer ante Toribio, y confesarle que el potro, contra su advertencia expresa desatado del árbol, había escapado; y asumir la responsabilidad frente a su padre, además. El cielo se le venía encima.

Sentado en el polvo, desolado, enlodado de pies a cabeza, escuchó a lo lejos el murmullo de las olas del Océano Pacífico, se incorporó y sintió el peso de la ropa. La aligeraría con un buen chapuzón.

Se alegró, al darse cuenta de que al potrillo se le había ocurrido lo mismo, trotaba, jugando con el oleaje de la orilla. Se dijo: ¡Basta de precipitaciones!, cambiemos de estrategia.

Ingresó al mar, manteniéndose a una distancia más que prudente; se refrescó y descansó, para recuperar sus menguadas fuerzas, lo que logró tras casi una hora de hacerse pato, acostado en el agua, apenas a un metro de profundidad; flotando, esperó a que el animal se fuera confiando. Frotó su ropa con puños de arena, así, la lavó lo mejor que pudo con agua salada, sabía que seca estaría rígida, como de cartón. Reflexionando, decidió que tenía que hacer algo definitivo, y pronto, el día se acababa, no veía a nadie en la playa, en ninguna dirección. La noche se acercaba.

Como estaba acostumbrado a andar descalzo cuando jugaba con sus amigos, no había notado que ya no traía puestos sus tenis, sus tenis nuevecitos yacían sepultados en el lodazal del lienzo charro; mejor atrapaba y controlaba al equino en la arena de la playa, o tendría que esquiar con los pies a ráiz, por las calles de terracería de su colonia.

Salió del agua y se alejó de la orilla, fingiendo que se retiraba, pero cuando estaba frente al potrillo, se regresó, se aproximó, tratando de adivinar cuándo sus nervios lo obligarían a pegar de nuevo la carrera, entonces le cerraría el paso, lo obligaría a entrar a aguas profundas, y disminuiría su velocidad.

La estratagema dio resultado, cuando el potro levantó súbitamente la testa, corrió resueltamente hacia él, y se volteó, y avanzó a lo hondo, cada vez más lentamente. Con el agua a la cintura, alcanzó la soga, le dio varias vueltas en su muñeca, y se puso, una vez más, a merced de la voluble suerte.

Por fortuna, el potrillo no tenía ganas de nadar, o quizá estaba tan cansado como su perseguidor, o a lo mejor ya estaban los dos en el inicio de una hermosa y verdadera amistad. Tras unos minutos de arrastrarlo entre las olas y hacerlo tragar casi toda el agua salada que se vería obligado a ingerir en su escamochera vida, el noble bruto se rindió, seguramente porque el esfuerzo de arrastrarlo era demasiado, y/o porque le reconoció una fortaleza que él ya no tenía, pero a partir de ese momento, el potro lo declaró, oficialmente, su amo, y su guía espiritual.

Al anochecer, agotado, descalzo, temblando de frío, hambre, miedo y emoción, llegó al sitio donde había liberado al potrillo, ejerciendo su irresponsable voluntad, y sin poder discernir ni decidir, qué le había parecido más memorable: la persecución, los fracasos sucesivos, la útil y nada sutil mano de la reconocible y oportuna providencia, o la sensación, a ratos, de que nada le importaba más que la experiencia de cada momento.

Nada importaba más, ni la preocupación de su familia, por lo que podría haberle sucedido, ni la reacción de los dueños del potrillo, sino su voluntad, su determinación, una y otra vez refrendada, de resolver por sí mismo, los retos que se le iban presentando, sin que pudiera saber cuándo ni cómo terminarían, obedeciendo sólo a su instinto, solo consigo mismo, mezclando a su antojo, sin poder ni querer evitarlo, la realidad de cada suceso, con su prolífica y libre imaginación, que le venía por oleadas, enriqueciendo la aventura y adueñándose de ella. La confusión perfecta.

Recargado en el árbol, Toribio lo veía fijamente, revisándolo, con una extraña sonrisa en su rostro. Sin hablar, le extendió su mano, entregándole, con la soga, al potrillo. Él lo recibió, en silencio; las palabras sobraban. Toribio sabía que el potrillo regresaría, en cuanto el hambre y la sed se lo demandaran.

Entró a su casa sin encontrarse con nadie, apenas atinó a cambiarse la salada y rígida ropa húmeda, por una piyama, encontró su cama, y se desplomó. Despertó hasta el día siguiente, lleno de una sensación de tranquilidad, satisfacción y seguridad en sí mismo, la sensación que le había dejado, para siempre, uno de los días más inolvidables de su vida.

Ahora sí había aprendido realmente la lección. Desayunó con gran apetito.

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Entre los diez y los quince años, hasta antes de su partida al DF, a estudiar prepa y profesional, cubría mucho terreno en Ensenada, tenía amistades en varios rumbos, según intereses y aficiones compartidas, según afinidades selectivas, una, en particular, lo atraía con fuerza extraordinaria.

Iba seguido a casa de unos compadres de sus papás, a jugar con el Neto, un chavo de su edad, quien insistía en que se quedaran en su casa, pero siempre terminaban en la del amigo, estaba a unas cuantas cuadras.

Tenían un jardín enorme, sembrado de gladiolas, cayados de San José y girasoles, alrededor de la casa había rosales, margaritas y pequeños arbustos. Jugaban durante horas, bateando y cachando roletazos, así se entrenaban para la próxima temporada de beisbol, o vagaban por el jardín, jugaban a “los carritos”, y perseguían o huían de abejorros. Se llevaban bien, pero llegaba el momento que Neto no comprendía, lo dejaba jugando, y se iba a la parte trasera de la casa.

Sabía cual era el momento en el que Gloria, la hermana mayor del camarada, arreglaba la cocina, mientras su madre seguía tejiendo, o cosiendo ropa. Él esperaba, situándose discretamente donde pudiera percibir las voces de las dos mujeres, cerca de la puerta principal, y oía cuando ella le avisaba a la madre, que se iba a fregar los trastes.

En el ventanal de la cocina, frente al zinc, Gloria se ponía a lavar los sartenes y la vajilla, y miraba los rosales más floreados, que crecían pegados a la pared, disfrutando de humedad adicional, gracias a una fuga en la tubería, o a una llave con el empaque flojo, o gastado.

Ahí, entre los rosales, jugaba, sin hacer ruido, llenando y vaciando un pequeño camión de volteo, con tierra húmeda, una y otra vez, mientras esperaba impacientemente. La espera terminaba cuando Gloria empezaba a cantar; entonces dejaba de simular, y entraba en un trance: acostado de espaldas, con las manos detrás de la cabeza y una pierna cruzada sobre la otra y, mirando al cielo, escuchaba a su ángel emitir, así lo pensaba él, los más bellos sonidos, especialmente cuando cantaba “La Vida en Rosa”:

Cuando en tus brazos me vuelvo a sentir,
Mi vida entera se viste de rosa…

Eres todo para mí, porque después de ti,
No hay nada más…

Lá, larala, lalalá, larala, lalalá, lará, lá, laaaa…

Si el Neto se acercaba para llamarlo a jugar, lo callaba, con el índice sobre su boca, sólo se iba si veía peligro de que ella lo cachara, pues, técnicamente, la estaba espiando. La escena se repitió tanto, que era imposible que hubiera pasado desapercibido para Gloria; la verdad era que tenía diez años, y ella diecisiete. Lo veía como lo que era: un niño. Él no lo sabía, pero estaba enamorado.

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En quinto año, casi en la antesala de la secundaria, en su afán por reafirmarse, los chamacos se esmeran innovando su léxico, inventan modos de comunicación distintivos, como lo hacen en la actualidad, llamándose entre ellos “güey”, democráticamente, y sin considerar género, cariñosamente “güey”, sin ninguna discriminación, “güey”:

-Oye, güey, ¿Quieres ser mi novia? –pregunta él.

-¡No, güey!-responde ella.

-¡Oigan güeyes, vamos a jugar futból! –propone uno.

-¡Órale, güey, ya vas! –contesta el coro.

- ¿Vamos al parque, güey?-sugiere fulano.

-No puedo, güey, tengo que estudiar –rechaza zutano.

-Está bien, ¡Pinche güey! –remata fulano.

Así se dicen, a diestra y siniestra, como decirse “tú”, sin disgustarse y sin intención de insultarse; para ellos, es una manera de identificarse, y no la trasladan a su trato con los mayores; si se refieren así a ellos, lo hacen en el sentido peyorativo del término, y generalmente, en su ausencia. Son conscientes del valor, significado y peso de la palabra, y la utilizan para el propósito que le han asignado, sin autorización de la Real Academia Española de la Lengua o de sus asociadas.

Se dio cuenta de ello, cuando su hijo mayor, terminó de hablar por teléfono con un güey, en tres minutos de conferencia, se lo remachó treinta veces, –deben estar muy enojados –pensó, y le preguntó:

-¿Con quién hablabas?

-Con una amiga, pá –respondió su vástago tranquilamente –nos poníamos de acuerdo para ir al cine.

Es probable que ese uso esté relacionado con las muchas formas de imitación de las costumbres que hacen los adolescentes mexicanos de su modelo preferido: el teenager gringo. Se dicen “guys” para todo, también sin diferenciar género, masculino o femenino: Hi, guys!, Bye, guys!, o utilizan ad nauseam el término “way”: No way!, No way, man!, No way, guys!, lo que significa “de ninguna manera” o “para nada”, por ejemplo; incluso usan la conocida rima racista: No way, Josey!

El penúltimo año de la primaria, liberados del anatema: ES PECADO DECIR GROSERÍAS, Y SI LAS DICES, TE IRÁS AL INFIERNO CUANDO MUERAS, las soltaban a discreción, sin discreción, pero siempre afuera del salón de clases, en los patios, durante el recreo, en la calle, saliendo de la escuela, en las bolitas formadas al anochecer, alrededor del poste de la esquina, el que tenía el foco sobreviviente, en el deteriorado alumbrado público, para contar “charras”, aquellos cuentos colorados que acompañan el despertar de la libido.

En quinto año, en la Primaria Maestro Matías Gómez, los alumnos ya habían elegido “la” palabra, y la palabra era: CABRÓN.

Se la decían para todo, era un vocablo comodín, cabía en cualquier frase, en cualquier tema.

Pero, un bonito día, durante la alegre primavera, un amigo suyo se veía muy agüitado, cuando salieron a recreo; bajaban las escaleras, mientras él le decía, tratando de animarlo:

-Oye cabrón, vamos a jugar un inning de beis, cabrón ¿Qué te parece, cabrón?

-Bueno, vato, pero no me digas cabrón -le contestó, todo azorrillado.

-Está bien, cabrón, pero no te enojes…-lo calmó.

-Te pido que no me digas así –insistió su amigo.

-Si no te dije cabrón, cabrón ¿Qué te pasa, ese cabrón? -le dijo a su vez, en tono conciliatorio.

El amigo se encabronó, se le echó encima, tirando golpes, fuera de sí.

-¡Te dije que no me dijeras así! –le gritaba, casi llorando de coraje.

Recurrió a su poder de convocatoria, pues era capitán de uno de los equipos de beisbol:

-¡Qigan cabrones! ¿Alguien oyó que le dijera cabrón a este cabrón? –les preguntó a los que bajaban las escaleras, mientras esquivaba los casi ciegos manotazos del vato, tranquilamente.

-¡No, cabrón! –fue la respuesta general.

-¿Ya ves que no te dije cabrón, pinche cabrón? –le reclamó.

Aquello fue el colmo, el amigo se puso furioso, varios compañeros tuvieron que sujetarlo, hasta que se calmó:

-¡Ya, cabrón, tranquilo, cabrón! –le repetían, para apaciguarlo.

-¡No lo suelten, cabrones, agárrenle las patas al cabrón! –se decían, entre sí.

-¡Tate sosiego, cabrón! –le pedían todos, mientras luchaban con él, sin golpearlo ni dejarse golpear.

Él, aparte, reflexionaba sobre la forma en que el término terminó incrustado en el vocabulario del grupo; la palabra se pronunciaba espontáneamente, como si tuviera voluntad propia. Además, estaba muy desconcertado por la reacción de su amigo, pero reconoció que quizá sí se le había pasado la mano, diciéndole cabrón, tantas veces.

Ese día no hubo oportunidad, pero al siguiente, le ofreció disculpas y, platicando, su amigo le confió el antecedente de su sensible estado de ánimo: fue un tremendo regaño del padre, el día anterior, justo antes de salir a la escuela, durante el cual le había dado varias bofetadas, y no lo bajaba de cabrón.

Para el fin de semana, el incidente estaba completamente olvidado, y todos volvieron a ser, de nuevo, la runfla de cabrones juguetones y alegres de siempre.

-*-

En el rincón más protegido de la ensenada, donde se establecieron las principales empacadoras y se resguardaba la mayor parte de la flota pesquera, formada por barcos medianos y botes pequeños, de cinco a cincuenta toneladas de capacidad de carga y pangas, lanchas de pesca ribereña por docenas, él y sus amigos pasaban gran parte del verano. Además retozaban, en la larga playa tendida de la zona turística, ahí convivían y vacilaban con los visitantes, gringos de California, en esos tiempos gente amable, sobre todo las señoras, y jugaban con bonitas muchachas y sus enormes pelotas playeras; nadaban y se revolcaban entre las olas, que los arrastraban hasta la orilla.

En los muelles, pescaban con anzuelo, piola, plomada y carnada de sardina o anchoveta, que algún pescador profesional les regalaba, y atrapaban casi siempre rocots y pescados espinosos, que sólo para caldo sirven, es imposible sacarles un filete aceptable. Se echaban clavados hasta de diez metros, a las aguas de la bahía, dependiendo de la marea, y nadaban para treparse a los botes pesqueros donde les daban permiso, casi siempre al POPEYE, que tenía una cabina alta, ideal para lanzarse a tocar el fondo, y sacar caracoles o arena, como prueba de que habían descendido los veinte pies de hondo.

Un bello y malhadado día, a bordo de ese bote, anclado en el área, experimentó su primera mareada, la más horrible de todas; ya era hora de comer y por lo tanto, de ir a casa, pero todos estaban tan cansados, que decidieron quedarse acostados otro rato más, sobre la cubierta, mientras los pescadores abrían sus loncheras de peltre azul con puntos blancos, llenas de comida caliente. Les ofrecieron, pero no aceptaron, pues era un valor entendido, una regla no escrita, que no debían gravitar sobre la economía de quienes les permitían usar su bote como la base de su diversión, como su cuartel general.

-No, gracias, nomás decansamos un poco y nos vamos, nos esperan en la casa –pretextaron.

-Como gusten, el ofrecimiento es sincero – insistieron educadamente.

-Gracias –completaron la civilizada fórmula.

Comenzaron a pasar muchas lanchas con motor fuera de borda cerca del POPEYE, eran de los pescadores ribereños regresando a tierra, a comer en las fondas cercanas a los muelles y a las empacadoras, y a vender su captura en el mercado de pescado fresco, cerca de la orilla, y por la calle Primera y las avenidas transversales, perpendiculares a la costa. En un tiempo se le llamó mercado negro, porque no contaba con las guías de pesca autorizadas, pero le hacían un gran servicio a la comunidad, era pescado fresco y barato, y los pescadores eran pura gente buena y trabajadora.

El vaivén se hizo constante y cambiante; con cada panga que pasaba, los golpes en el casco del POPEYE se oían como aplausos húmedos, mojados, y la total falta de ritmo, el movimiento caótico, los sonidos ambientales, los graznidos de las gaviotas, que les parecían gritos de alarma, la animada plática de los pescadores y el olor de la comida, comenzaron a hacer chuza con los ruidos de sus estómagos vacíos, o semivacíos, y sentían cómo sus tripas se jaloneaban entre sí, y cómo sus pocos líquidos interiores se desplazaban, a contrapunto del ruido externo. Eructó, y sintió que no era sólo aire lo que le quería salir, se tapó la boca para impedir que el espasmo lo hiciera vomitar, y pudo aguantarse.

Optó por pararse a caminar, dejar que le diera el aire, pero se dio cuenta de que no podía sostenerse en pie, todo se le movía; como pudo, bajó al camarote y se tiró de panza en la primera litera libre; no había nadie, todos comían tranquilamente en cubierta, y ya no podía despegar la cara del colchón. Abrió los ojos, tratando de ver, por alguna ventanilla, algo fijo, algo que no se moviera, que no se balanceara, que no se meciera. Fue un error abandonar la cubierta, – pensó – y en ese momento, la basca le ganó, pero se la tragó, no era posible que quedara un vómito suyo en el camarote, era mucho lo que estaba en juego, el verano apenas comenzaba. Arrastrándose, subió la escalera, experimentando espasmos cada vez más fuertes, pero logró regresar a cielo abierto sin manchar el pabellón.

-¿Cómo te sientes? –le preguntó un pescador, al verlo salir con la cara entre verde y blanca, y sudando frío.

No pudo responderle, se alejó lo más que pudo de los tripulantes, que estaban a babor, caminando dificultosamente dando traspiés; se pescó del barandal, en el costado derecho, sacó casi medio cuerpo del bote y alimentó, por estribor, a peces y gaviotas, con lo que le quedaba del desayuno, en el estómago. Vomitaba tan fuerte, que gritaba a la vez, con una voz quebrada, infrahumana, lejana, ajena y ronca.

Varias veces se volteó al revés, o casi, sentía que los ojos se le salían de las órbitas, y al terminar, tuvo que verificar que estaba al derecho, sintió alivio instantáneo, aunque estaba adolorido de la garganta, por el extraordinario esfuerzo realizado. Todo volvió a parecer normal, el movimiento, los sonidos del agua y las aves marinas. Tocó su cara, y se dio cuenta de que la tenía empapada, de lágrimas que le brotaron a chorros, mocos con la basca que le había salido hasta por la nariz, y de flemas revueltas con más vómito, que aún sentía en la boca.

Imaginó cómo se vería, parado como simio, con los pies separados y las manos casi tocando el suelo, las facciones de la cara colgando, y encima, todo batido; revisó rápido el piso y suspiró, al encontrarlo sin novedad. Escuchó un sonido familiar, volteó, eran dos de sus amigos, vomitando por babor, a un lado de los pescadores.

Tomó una decisión: -¡A volar! -dijo en voz alta, se echó de clavado; bajo el agua se frotó el rostro y expulsó, con fuerza, aire por la nariz, emergió, nadó un rato, se recuperó por completo, subió de nuevo al POPEYE, y se despidió:

-Gracias, nos vemos mañana, ¡Adiós! –le dijo a los pescadores y a su palomilla, lanzándose de nuevo al agua. Necesitaba pisar tierra firme, urgentemente.

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Tenía sangre liviana, la gente lo notaba. Esa cualidad la adquirió de la manera más sencilla: observaba a su padre, platicaba con él lo más que podía, y le preguntaba sobre todo lo que se le ocurría, y ello se reflejaba en las relaciones con sus amigos, o en ámbitos más amplios, como la escuela.

Era un líder natural, que no tenía ningún problema en ocupar un lugar secundario, cuando alguien mejor calificado que él podía lograr el objetivo colectivo, en el estudio, el deporte, en cualquier actividad de grupo; cuando encabezaba una empresa, lo hacía democráticamente, con beneplácito de los demás; cada quien recibía el reconocimiento merecido, y el apoyo necesario.

En el beisbol, que gracias a él jugaban en el estadio municipal, era uno más, igual que el resto. El “Pato” y el “Kakari”, jugadores de la Liga del Noroeste, vecinos y amigos suyos, intercedieron para que usaran las instalaciones, responsabilizándose de la conducta de los chavalos. Una vez jugaron de noche, utilizando la iluminación del estadio, aunque con las graderías vacías.

Aparte de que ambos eran muy buenos peloteros, el “Pato” se hizo famoso porque se podía tomar una soda grande, de un sólo trago; tenía la boca de ánade, la abría y dejaba que el líquido pasara, sin interrupción, hasta su panza, directo. ¿Que era un exhibicionista? Ésa bien podría ser la explicación de tal excentricidad, bebidos así, los refrescos no saben a nada; pero era una manera rápida de hidratarse, sobre todo en un juego de más de nueve entradas. Lo extraordinario, lo verdaderamente insólito, era que después de efectuar tal proeza, no eructaba, por lo menos, no frente a sus fans.

El “Kakari” tenía una historia más sencilla: era cacarizo, souvenir de la viruela que le pegó de niño; en aquella época no era muy raro ver personas con la cara picada. Curiosamente, sí le gustaba ese apodo, y propiciaba, prefería, que le dijeran así. ¿Cómo se llamaría?

Ambos compartían sus secretos profesionales con él y sus amigos, quienes apreciaban y disfrutaban lo que aprendían, desde la primera vez que jugaron bajo su supervisión. En esa ocasión, llegó a su casa, con el consabido “collar de la gringa”, sudoroso, empolvado y bien encalado, por las barridas en las líneas que marcaban el diamante; su padre le preguntó:

-¿Y, cómo te fue en el beis? – y él respondió, atrapando el roletazo de botepronto:

-¡A todo dar, papá, metí un jonrón, pero me hicieron aute en primera base!

Corría como liebre, cuando se encarreraba, no se le veían los pies, era muy ligero y, de perfil, podía escurrirse por cualquier hueco, en rejas, cercos de alambre o de latillas. En el beisbol y en cualquier juego de velocidad, era un activo para su equipo. Jugando en un improvisado y reducido campo, conectó un hit sencillo, corrió con tantas ganas, que derrapó y se fue a estrellar contra la pared de una construcción. Y no pudo borrar de su mente el suceso, mientras le duró el chipote que le adornó la frente, casi dos semanas. Sus amigos no se lo permitieron.

Decidieron jugar sólo en campos acondicionados, con las áreas bien definidas, lo más cerca posible a las reglamentarias, comenzando por la protección tras el home, hasta la profundidad de los jardines, para evitar ventanas rotas y otro tipo de accidentes.

Tiempo después, aprovechando un lote abandonado por años, baldío y con la ventaja adicional de que les quedaba a la mano, organizaron una temporada beisbolera, paralela a la profesional; limpiaron todo el terreno, echando a las orillas lo que pudiera interferir en el desarrollo de los partidos, cascajo y madera de desecho, los sobrantes de cimbra para colados que había cumplido su función, con creces. No era muy grande, pero cubría los requerimientos, tenía barrera rompevientos de eucaliptos, tan abundantes en la región, y cachos de barda en trechos, hacia donde irían dirigidos la mayoría de los batazos.

Aprovecharon bien el solar, ya acondicionado. Un sábado, día en que podían dedicar más horas al deporte, a media mañana, el jardinero izquierdo gritó:

-¡Una rata, vengan a ver una rata! ¡Parece conejo, vengan a verla antes de que se escape!

Suspendieron el juego, y corrieron a ver a la rata-conejo, y no había nada, por poco le dan pamba al fielder.

-¡Pérense, ahí está, entre esas tablas, a ver tú, presta la pelota pacá!

Le tiró el pelotazo, la rata saltó tratando de esquivarlo, y se pegó a una barda, asustada, pretendiendo esconderse; era cierto, el animal era enorme, con la piel de color café negruzco, descomunal, sobre todo para quienes están acostumbrados a ver puros ratones grises, chiquitos y orejones.

-¡Qué bruto, está gigantesca! ¿Qué hacemos, la matamos o seguimos con el partido? – les preguntó.

Como eran más de treinta chamacos, contando pitchers, bateadores y corredores emergentes y jugadores de reserva, gritaron, en completo desorden:

-¡La matamos, si no, no nos va a dejar jugar a gusto!

Así se determinó el destino del roedor. Se armaron de piedras y latas, y decidieron obligarla a retroceder hasta una esquina, donde se unían dos cachos de barda, en ángulo más o menos recto. Lo lograron, con muchas dificultades, la asquerosa rata trataba de escapar, y ellos se le amontonaban, y con gritos y pedradas la forzaban a que continuara retrocediendo hacia el cul de sac, al vértice, para acorralarla.

Cuando al fin lograron su propósito, el animal estaba desesperado, daba vueltas sobre sí mismo, como si persiguiera su propia cola, y luego trataba de escalar la barda, de donde lo bajaban a pedradas, pues ofrecía un blanco perfecto. Había llegado el momento de la carga final, reunieron todo el parque que tenían a su alcance, y se aprestaron a cumplir la sentencia de aquel juicio sumario: muerte por lapidación.

-¡A la cuenta de tres! ¡Uno, dos, tres! – gritó apresuradamente el que traía la piedra más grande, y una lluvia de proyectiles cayó sobre la aterrorizada y enfurecida criatura, corría reaccionando a las pedradas que le pegaban y a las que le pasaban rozando, hasta que su instinto le ordenó atacar.

La rata salió disparada de la esquina como una saeta, se lanzó contra la pierna derecha de uno de los muchachos, antes de que la pudiera esquivar; aunque no llegó a morderle la carne, clavó sus dientecillos firmemente en la gruesa mezclilla del pantalón, y ya no lo soltó. El pobre pegaba alaridos y corría desesperadamente, sacudía la pierna, sin poderse deshacer del múrido:

-¡Quítenmela, quítenmela, ya me mordió, quítenmela, cabrones!

Todos rodeaban al empavorecido chamaco, pero no se atrevían a acercársele demasiado, calculaban que si la bestia ya había probado carne humana, nadie estaba a salvo, ¿Quién sería el siguiente, quién querría ser el siguiente? Pensaban en las terribles enfermedades que transmiten las ratas, nada más con verlo a uno fijamente.

Mientras, el chavalo continuaba insultándolos, encolerizado, muy engorilado, al no recibir ayuda efectiva:

-¡Quítenmela ya, jijos de la chingada! – y seguía corriendo, sin rumbo fijo.

De pura casualidad, se enfiló hacia el compañero que traía el bat, quien, viendo que la rata se encontraba a la altura de un aceptable strike, le conectó un tremendo trancazo, con sabor a home run.

¡Crac!, se escuchó, y la rata cayó al suelo, atontada. Todos se abalanzaron, y a batazos, palazos y pedradas, la remataron.

-¡Ganamos!, – gritaban victoriosos, mirando el cuerpo inerte de la rata asquerosa, mientras su compañero yacía desmayado, a unos metros, con una pierna fracturada.

El uso del terreno disminuyó drásticamente, pues tras la terrorífica experiencia, preferían el estadio municipal, aunque su disponibilidad estuviera limitada, en la temporada oficial de la Liga del Noroeste, o de la Estatal.

El amigo de la pierna rota inventó una caída, para consumo familiar, historia que contó con la solidaridad de toda la palomilla, y con esa coartada, ingresó al Hospital Civil; salió enyesado, y así anduvo, por cerca de dos meses.

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Tuvo buenos maestros, desde el Jardín de Niños. Uno de ellos resultó particularmente valioso, sobre todo en Gramática, en el quinto año de primaria. Tenía vocación, enseñar le era gratificante, estimulaba los deseos de superación y el espíritu de competencia entre sus alumnos; pero era un dictador, y no porque los hiciera tomar muchos apuntes, sino porque su temperamento, arbitrario, explosivo y autoritario, muy frecuentemente afloraba durante sus clases.

Su escritorio estaba estratégicamente situado en ángulo de 45 grados, respecto al ventanal que daba al patio frontal, tupido de eucaliptos, de la Matías Gómez, su segunda Alma Mater; también en ángulo agudo, en relación al gran pizarrón principal. De espaldas a la esquina, podía vigilar hasta el último rincón del amplio salón.

Cuando disertaba sobre algún exponente de la lengua de Cervantes, o les revelaba secretos de Sintáxis, Prosodia u Ortografía, o cuando les impartía otras materias, escudriñaba con disimulo los mesabancos de madera, cuarenta y ocho en total, pasaba la vista, despistadoramente, por los dos mapas en el muro del fondo: el Continente Americano y la división política de México, y seguía a la izquierda, fingía revisar los cromos de Ciencias Naturales y un mapamundi, sobre el pizarrón auxiliar, que servía para apuntar tareas y fechas límite de entrega, y fijar avisos de la Dirección del plantel, en la pared que terminaba al pasar la puerta de acceso al aula, cerca de la tarima que el profesor usaba como atalaya de vigía, por lo que sólo podía abrirse en ángulo recto.

Vigilaba y hablaba, jugando detrás del escritorio, con un borrador en una mano y varios gises en la otra, y si percibía una distracción o una actividad ajena a su cátedra, juzgaba su gravedad y seleccionaba el proyectil adecuado, que súbitamente volaba hacia el blanco. Rara vez fallaba, los gisazos dolían bastante más, pues los borradores eran de algodón comprimido; nadie se quejaba, lo consideraban estrictamente justo y atinado, le temían. Eran los resabios del antiguo método de enseñanza, cuyo lema rezaba: “La letra con sangre entra”.

Un recurso que utilizaba para acrecentar el interés en su materia, eran los concursos mensuales, para los que todo mundo, sin excepción, se preparaba, pues era humillante no participar, por lo menos en la fase inicial, donde la competencia era exageradamente sencilla. Además, el premio, único, era muy atractivo: cinco pesos, un billete nuevecito, con la imagen de una bella gitana, sin un solo doblez, que alcanzaba para una ida al cine, con todo incluído, o para dos, si se optaba por el triple programa de los miércoles, o la matiné de los sábados, o para otras cosas, si se contaba, como seguido era su caso, con pases del programa de radio, “La Pregunta Cinematográfica”.

El certamen se efectuaba el último viernes de cada mes. El profesor escribía, con su perfecta letra Palmer, con la envidiable caligrafía que él nunca pudo dominar, un párrafo de diez renglones, que ocupaba todo el pizarrón grande. Eran trozos de literatura muy bien escogidos, que los alumnos veían por primera vez, al entrar al salón. Lo leían en silencio, en silencio se apuntaban, levantando la mano, para pasar al pizarrón, en una secuencia controlada por el mentor. Se les permitía corregir un error cada vez, de los que el maestro había injertado en el texto, hasta que un pupilo enmendaba el último, que muchas veces era la más sutil de las perlas, si se vale parafrasear a Nikito Nipongo, y se convertía, así, en el acreedor del exclusivo premio pecuniario.

Resulta difícil, imposible, igualar el perfecto dominio del lenguaje y los conocimientos de literatura del maestro, pero, sólo a guisa de ejemplo, imaginemos que seleccionaba un párrafo de una novela, y lo transcribía así:

“Una brisa, ¿Qué había recorrido?, ¿Mil millas? De campos de trigo combo. Zufalda de tafe, tan en una línea, tan graciosa, tan hiena de ánima, ¿Siónide?; ¡Con movedora! Vé ¿Y ésa qué?: ¡Uh, no! observa, Dorca, su alce,!Uh! ví ése, extreme he sido de…d…ése, o, ante élex, pectáculo de su ¡Ah! – ¿Eh? ¡Rea liberta! D’alzó: ¿Los brazos?, volviendo, ¿La espalda?, al viento. Zufalda: ¿Se acampa?, ¿Noi?, ¿Un risó? Tembló: sobre, sufre, ente. Una Mucha, ¡Chaén lo alto de la col, in acre dúlaplás, Tica: juvenilas pirando el viento, ¿Cómo, Anela, vas pirar? La Vida. El éter, no drama, dé la juventud. Eggs peg, tante.”

Al final, el párrafo, tomado de Calle Mayor, de Sinclair Lewis, podía leerse, ya corregido:

“Una brisa que había recorrido mil millas de campos de trigo, combó su falda de tafetán en una línea tan graciosa, tan llena de animación y de conmovedora belleza, que un observador casual se hubiese estremecido de deseo ante el espectáculo de su aérea libertad. Alzó los brazos, volviendo la espalda al viento: su falda se acampanó y un rizo tembló sobre su frente. Una muchacha en lo alto de la colina: crédula, plástica, juvenil, aspirando el viento como anhelaba aspirar la vida. El eterno drama de la juventud expectante”.

Al principio, las correcciones se sucedían a velocidad vertiginosa, y como sólo podía hacerse una por viaje, y en el orden que el maestro controlaba, al final, únicamente quedaban los alumnos que estaban mejor preparados.

Cada mes, con dos excepciones, en los que la niña lumbrera del salón lo superó en buena lid, el premio fue para él. Se sintió a gusto cuando perdió, pero se prometió no admitir otra derrota.

Llegó el último viernes del mes, y empezó la justa. Como siempre, el párrafo incluía palabras que no pertenecían al lenguage usual de los educandos y, aunque estaba permitido consultar el diccionario, sólo podían usar el que el maestro llevaba, bajo su vigilancia. La situación se complicó, el tumbaburros estuvo muy requerido, y unos pasaron al pizarrón sin saber para qué, volvían a su lugar sin hacer correcciones, o metían errores con modificaciones improcedentes, y el concurso se alargó demasiado. Estaban agotados y el temperamento explosivo del profesor ya tenía la mecha muy corta.

El tránsito de alumnos se detuvo. Y se pusieron a releer, confundidos, el párrafo, que parecía, literalmente, monstruo de Frankenstein, todo borroneado y con más de cuarenta imperfectas caligrafías, las más, tratando de imitar la del maestro, o en letra de molde, temblorosas, cual notas póstumas de condenados a muerte. El desfile se reanudó y un cuarto de hora después, volvió a detenerse; transcurrió un minuto de suspenso, nadie se movía, ya no había nadie pendiente en la lista de turnos, levantó la mano, pasó al frente, e hizo la última corrección.

-¡Queda usted descalificado! –le gritó el profesor -¡Usted introdujo el error para corregirlo después, eso es trampa, se cancela el concurso!

Intentó defenderse, pero el maestro ordenó que abandonaran el salón, al tiempo que, con un borrador en cada mano, desapareció el párrafo de la discordia, a fin de impedir que se pudiera usar como evidencia.

Ya no hubo más concursos mensuales, la relación del mentor con la clase terminó de agriarse, todos habían sido testigos de la injusticia, y sus clases se tornaron tensas. No se volvió a tocar el tema, se diluyó, pero dejándoles una desagradable impresión, por el autoritarismo y arbitrariedad de su maestro. El grupo aprobó la materia y el grado, pero el profesor no regresó a su cátedra al año siguiente.

Trascendió que había defraudado a un grupo importante de colegas, falsificó títulos de propiedad, vendió lotes a crédito, trató de huir con los enganches y los primeros pagos; lo aprehendieron y fue a dar a la cárcel. Perdió un maestro y un poco de fé en el género humano.

El profesor era un personaje inteligente, irónico, capaz de tomarse en broma a sí mismo, tenía un gran sentido del humor, y un código de ética muy personal, seguramente por eso no se quebró, y cuando salió del problema, regresó al mundo, pero en una ciudad más grande, en la que podían pasar semanas sin que se encontrara con un conocido, con alguien que le recordara el infausto episodio.

Era un viejo, cuando le dijo a su primogénito:

-Hijo, yo creo que ya me voy a morir.

-¿Por qué hablas así, papá? Si todavía estás muy fuerte.

-No, hijo, creo que mi hora se acerca.

-¿Te sientes mal, qué tienes, papá? – le preguntó, preocupado, el hijo al que le tenía la mayor confianza.

-Es que yo había ahorrado una lana para mi vejez, calculando que me alcanzaría hasta para pagar mis funerales, pero ya se acabó, y no me queda más remedio que morirme pronto –le confesó.

Así fue como chantajeó sentimentalmente a sus hijos, para que se pusieran con el cuerno y le financiaran sus últimos años, apoyándolo con una asignación mensual igual al importe de su pensión. Genio y figura.

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-viii-

Era un soñador selectivo, soñaba acostado en la arena de la playa, caminando a la escuela y de regreso a casa; a veces leía un libro, y se sorprendía inventando otra trama, encima de la impresa, retrocedía un párrafo, una página, dos, hasta que se percataba de que estaba metido en otra historia, su mente navegaba con gran facilidad.

Soñaba, despierto o dormido, por episodios, por entregas periódicas. Escogía un sueño, reciente o lejano, y se decía, casi siempre en su cama:

-Me quedé en que estaba trepado en un árbol – y luego se dormía, o ponía los ojos en espiral, autohipnotizado, como sonámbulo; soñaba, o se imaginaba, que se lanzaba del árbol y volaba, en unas ocasiones como si el aire fuera agua y pudiera nadar en él; en otras, era como cometa al viento, planeando, aprovechando las corrientes como hacen las águilas, o saltaba en cámara lenta, de la banqueta a la ventana o al techo de un edificio, o viceversa. Para él, volar era una obsesión.

A una cuadra de su casa, al norte, una pendiente de cuarenta grados, cuesta abajo, se prolongaba por más de cien metros; el pueblo era joven, se apreciaban muchos terrenos sin fincar, y algunas manzanas completas de huertos o sembradíos de maíz. Soñaba que corría de su casa rumbo a la bajada, aceleraba a medida que ingresaba al inmenso talud, al enorme plano inclinado; después de avanzar veinte metros, dando saltos cada vez más altos, sus pies no tocaban el suelo, el aire se había convertido en un medio acuoso, y corría, nadaba y volaba, gobernando a voluntad las más complicadas evoluciones y a la altura que se le antojara remontar.

Esos sueños y ensoñaciones pronto lo condujeron a experimentar la aventura de volar en la realidad; pero malas experiencias lo hicieron desistir, o al menos desechar las maquinaciones más peligrosas.

Una tarde, antes de cumplir doce años, regresaba a su casa tras pasar el día con amigos; caminando y soñando se encontró frente al Jardín de Niños Juan Jacobo Rosseau, donde aprendió sobre la plastilina, los crayones, los lápices y las cartulinas de colores, los cuadernos para iluminar, el engrudo, el papel maché, y las tijeras sin punta ni filo. Se detuvo, admirando su querida escuelita, donde jugó a aprender, hasta barruntos de escritura y aritmética, de menos de dos, a más de cinco años de edad, gracias a que su mamá y la Directora eran comadres.

Al principio, Inés lo llevaba a casa en brazos, seguida de una bola de bodoques, para que le cambiaran la zapeta, pues traía “cargamento”. En su recuerdo, ella era una gitana, de piel aceitunada, con nariz algo aquilina, pelo negro ensortijado, sujeto en cola de caballo, o cubierto con una pañoleta de colores, para evitar que el viento se lo volara; le parecía, en su recuerdo, que en cualquier momento bailaría, tronando los dedos. Inés, de grandes ojos oscuros, profundos, siempre sonreía, y siempre vestía faldas hasta los tobillos, de amplio vuelo y de vivos matices.

En su primera escuela, aprendió la danza de las gotitas de lluvia, bajo la dirección de Inés, la educadora, que esa era su verdadera identidad; indicaba al grupo, de dos docenas de pequeños, cómo golpear con las yemas de sus deditos las mesas donde trabajaban, de seis en seis, para simular la lluvia, desde las gotitas del chipi-chipi, hasta el chubasco, en un festivo crescendo, reventando con la cascada de risas infantiles.

Ahí, hizo su mejor esfuerzo en el numerito que presentó el Jardín, un Día de la Marina, una coreografía durante la cual él, en vez de girar su cabecita, escudriñando el horizonte en busca de tierra firme, con la mano de visera, protegiéndose los ojos de la deslumbrante luz de un Sol imaginario, sólo giraba sus pompis, sin perder de vista a Inés, su maestra, ante un público que festejaba su heterodoxa e iconoclasta gracia, enmarcada por su vestimenta de marinerito.

El Día de la Marina, la guardia costera paseaba a la población, por la bahía, principalmente a grupos escolares, acompañados por maestros.

Aún recordaba algunos de los poemas que aprendió en aquella época del kindergarten, como éste:

Nací, en el mes de mayo,
Mi papá, es un gallo,
Mi mamá gallina,
Es de raza fina.

Yo soy un pollito,
Gordo y derechito,
Que come gusanos,
Agua y muchos granos.

Vivo entre los patos,
Lejos de los gatos,
Y, cuando tengo frío,
Digo: pío, pío, pío.

El salón del kínder, construído de madera, era una clásica aula gringa de los años treinta del siglo XX, levantada poco más de un metro, del suelo, con amplios escalones de acceso; bien ventilada, con techo de dos aguas. No parecía muy dificil llegar a la veleta, para admirar el panorama.

Vio una escalera recargada sobre un costado del inmueble, cerca del acceso exterior al sanitario, sacó canicas y trompo de sus bolsillos, los dejó en el suelo y trepó ágilmente; rápido llegó al ángulo obtuso del techo, recubierto con tejas de madera, todavía en buen estado, caminó hasta el extremo oeste, se sentó, y, apoyándose ligeramente en la veleta, inmóvil ante la ausencia de vientos, poco a poquito fue recorriendo los alrededores con la mirada: La Corregidora, primera Alma Mater de primaria, ahí junto, sobre la avenida Ruiz; la terminal de camiones urbanos, las “burras”, cruzando la calle Sexta; hacia atrás, sobre la Séptima, el lugar que había ocupado el antiguo cine Centenario, de bancas de madera, donde se metían tras la pantalla y corrían por todos lados en los intermedios, sustituído por el moderno cine México, con fuente de sodas y mullidas butacas; las bodegas y la embotelladora de vinos Santo Tomás, una cuadra hacia abajo; arriba, el cielo, las nubes y los pájaros.

Sentado en la cúspide, su imaginación volaba, el tiempo transcurría sin que se diera cuenta, pasó una hora para que se le ocurriera hacer un vuelo corto. El aire era su elemento, no estaba tan alto, a lo mejor hasta podría planear un poco (pero eran cerca de cuatro metros, y su elemento era el éter, las regiones superiores del espacio, no el aire).

Sin pensarlo mucho, unió el verbo a la acción y, tomando un poco de aviada para garantizar la parábola, se lanzó. Eso ayudó: al estrellarse contra el suelo, medio segundo después, rodó hacia adelante, y los golpes se le distribuyeron entre pies, rodillas y manos, unos raspones en el hombro izquierdo y la nariz, ya a poca velocidad; y cuando, a mitad de la segunda marometa, se detuvo, no intentó de levantarse, se quedó quieto, le entró miedo, ya había visto huesos romperse, la vez que el hermano de un amigo cayó de la enramada de casa de Hiroshi, y se fracturó el cúbito y el radio: en el antebrazo, un hueco en la piel reventada se le fue llenando de sangre; algo impresionante.

Pero sólo le dolían las palmas de las manos y los tobillos, y le ardía un poco la nariz. El resto de su organismo le cobraría más tarde, con hinchazón de bisagras; justo premio, pero leve castigo, a su necedad.

No tuvo necesidad de pararse, Juvenal, el hijo mayor de una vecina amiga de su mamá, pasaba por ahí. No le preguntó nada, nomás lo levantó y se lo llevó cargando, pero dos cuadras antes de llegar a su casa, le pidió que lo bajara, pues ya podía caminar, y no quería que su familia se enterara de que seguía emulando a Ícaro.

Se tocó las bolsas del pantalón, y se dio cuenta de que había olvidado el trompo y las canicas. Nunca los recuperó; por suerte tenía un buen arsenal en su casa, con churumbelas, trompos y catotas de repuesto.

Hubo otros intentos, pero el más estrepitoso ocurrió un premonitorio y profético diez de mayo. Llegó a su casa un camión de la mueblería La Popular, de donde bajaron una gran caja café, de cartón corrugado reforzado, con un enorme moño blanco; era una lavadora, la mamá estaba feliz, aunque no sorprendida, ella misma la había escogido, varios meses antes. Ayudó, para asegurarse de que se respetara la integridad del empaque. Los empleados hicieron lo posible por darle gusto al muchacho, sacando el enorme electrodoméstico, cuidando que la reja de madera, sobre la que descansaba, no lo dañara.

Al rato desapareció, y la caja con él. Fue al garage por cable eléctrico del padre y se llevó un cuchillo filoso de la cocina. Regresó una hora después, otra vez raspado y adolorido.

Había cargado con todo hasta el panteón viejo, trepó el paredón, y se encaramó a la barda, se pasó con todo del otro lado, una vez ahí, con el cuchillo hizo agujeros en las cuatro esquinas y los lados de la caja, le amarró tramos de cable, los juntó en su cinturón y, parado sobre la barda, sosteniendo peligrosamente el “paracaídas” sobre su cabeza, forcejeando con el viento, midió el escenario: en el punto donde se hallaba, el paredón tenía dos metros, metro y medio de barda, y otro tanto de su propia estatura, en total, cinco metros, de sus ojos hasta el suelo. La caja no se contaba, era el pilón.

Dejó caer el cuchillo, para marcar el sitio donde aterrizaría, y por seguridad, pues sabía que no se debe correr, mucho menos volar, cargando objetos puntiagudos y/o filosos.

En medio de una fuerte ráfaga de viento, se arrojó al vacío, con los ojos bien abiertos, para no perder detalle del trascendental evento. La providencia estuvo de nuevo de su parte: los elementos centrales del experimento cumbre, el paracaídas y el paracaidista, trocaron lugares durante el trayecto, y aterrorizó, pues el aterrizaje fue terrorífico, en la calle de terracería, completamente acostado, encima de la caja, que se aplanó al reventarse, sacrificada en el noble propósito de salvarle el pellejo.

El fracaso, y la enérgica actitud de sus padres, lo obligaron a entrar en un período de reflexión. Escogería proyectos antigravitatorios más modestos.

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Buscando divertirse, burlando la fuerza de gravedad del planeta, él y sus amigos frecuentaban los médanos de la playa, cerca del caserón que perteneció a Jack Dempsey, boxeador famoso en el primer tercio del siglo XX. Se lo asignaron, para que hiciera de gerente y promotor del hotel vecino; en sus buenos tiempos, los de la Prohibición, fue un famoso casino inaugurado en 1930, el Hotel Playa de Ensenada, ahí se daban cita celebridades de todas partes, en especial de Hollywood. Después se llamó Hotel Riviera del Pácifico, y hoy en día, las áreas que pudieron ser rescatadas del deterioro y la rapiña, alojan una Casa de la Cultura, a cargo del Municipio.

El caserón no estaba completamente deshabitado, lo usaban familias pobres que permitían a los curiosos, como él, entrar a conocerlo. Fue construído como fuerte de la Legión Extranjera francesa del norte de África, con altos y anchos muros, patios interiores y gran entrada, sin puerta, que nunca la llegó a tener, pues el pugilista jamás lo habitó.

La mansión fue orientada para admirar el Océano Pacífico, recibía de frente los vientos marinos dominantes; detrás, a treinta metros, o un poco más, terminaban las dunas costeras, en un corte profundo y abrupto, producido por la erosión atribuible a un antiguo arroyo, que después modificó su curso, obligado por el crecimiento de la ciudad.

Ahí, la fina arena tenía una pendiente de cuarentaitantos grados, hasta llegar a un plano de arcilla arenosa, diez o hasta quince metros abajo, según donde se situara el observador, luego empezaba una reducida área de transición, de arbustos pequeños e higuerillas silvestres. La calle Primera se veía, a poco menos de cien metros, al terminar un terreno bien nivelado, que se usaba para volar aviones a escala, con motores de combustión interna, teledirigidos, o con un cable que permitía los vuelos en círculo. Hacia la playa, ya en la hondonada, antes de las dunas, cada invierno se acumulaba buena cantidad de agua de lluvia.

La diversión consistía en correr a toda velocidad, de la casona hasta el borde del talud, y saltar. El que caía más cerca del plano, ganaba, pero como siempre había dudas, repetían la competencia, hasta que los vencía el esfuerzo de subir la pendiente de ardiente y clara arena gris, en el solazo del verano.

Acostados bajo las higuerillas, designaban democráticamente al ganador. Ya descansados, iban a refrescarse al mar, y en el camino recolectaban “guayabis”, como se les había ocurrido bautizar a los frutos de una planta suculenta rastrera, que abunda en la región; se vé en todas partes, pero de manera natural, en los médanos de las playas, frecuentemente se confunde con los “hielitos” del salitre, que tienen unas vesículas de agua en los bordes de sus hojas, y las hacen parecer escarchadas, son diferentes, pero conviven. Parece que también se les conoce con el nombre genérico de chamizos.

Los guayabis tienen las hojas gordas y puntiagudas, como deditos, y son tan atractivas, que se usan como vegetación de ornato, hasta para dar consistencia a los taludes, en calles y carreteras. Por alguna causa desconocida, nunca pudo conocer el nombre real de la planta, que los jardineros denominan “dedo moro”. Sus flores, de vivos y eléctricos colores, de matices rojos y violetas, se marchitaban, para convertirse en aquella especie de frutillas, que recordaban, muy vagamente, a las guayabas, y que ellos cortaban en su punto óptimo de maduración, y las oprimían del lado opuesto a la floración, haciendo brotar la pulpa, que parecía mermelada de higos casera, con un sabor entre dulce y salado, marino. Les servían de botana; para entonces, se acercaba la hora de la “papa” y todos jalaban para sus casas, después de una fría y tonificante zambullida en el Pacífico, dispuestos a rendir honores a la comida de sus respectivas mamás.

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Frecuentemente, se reconocía en su padre; lo recordaba caminando en los picnics, en los días de campo, con la vista dirigida al cielo, frotándose los dedos entre sí, como alguien que se dispone a escribir a máquina, o a tocar el piano, con los brazos a plomo, a los lados del cuerpo, o mientras apoyaba ambas manos en el volante; lo recordaba con los pies en ángulo agudo, con las piernas separadas ligeramente, cruzado de brazos, con el estómago echado cómodamente al frente, y recibiendo el viento en el rostro y en su cabello, a menudo un poco largo, para su propio gusto.

Lo recordaba aproximándose al poste que escalaría, o sentado en una silla del comedor, leyendo sus libros técnicos, interrumpiéndose para hacer una pausa introspectiva, pasar sus dedos entre el pelo una o dos veces, detenerse, y frotarse el cuero cabelludo con los nudillos, o con las yemas, reanudando su lectura. Cuando lo hacía, siempre tenía una sonrisa en los labios, y en los ojos.

Se subía a los postes de las líneas telefónicas y conducción de energía eléctrica, los postes de “la luz”, con naturalidad y destreza invariable, jamás obviaba una medida de seguridad. Se ajustaba a las piernas las gruesas abrazaderas de cuero, con los punzones de acero que hincaba diagonalmente en la madera, se colocaba el arnés, también de cuero, lo acomodaba alrededor del poste y lo aseguraba a los costados de su ancho cincho, con varios compartimentos para herramientas, y subía, elevando el arnés a cada metro y medio. Una vez iniciado el ascenso, el procedimiento era sencillo, seguro y rápido. Con precauciones, le explicaba, pueden prevenirse, desde las leves consecuencias de un resbalón, hasta evitar una caída mortal, si se recibe una descarga.

Nunca sufrió un accidente peor que un machucón, un martillazo en un dedo, o una astillada subcutánea. De ésos, sí.

Un día transitaba por la bella carretera federal a Tijuana, entonces la única, de un carril de ida y otro de vuelta; un carro de borrachos se acercó a la defensa trasera de su camioneta, sonando el cláxon, y lo obligaron a acelerar, luego lo rebasaron, cerrándosele enfrente, y apenas pudo frenar para evitar el choque. Continuaron, repitiendo el tratamiento a los carros que, a su juicio, iban muy lentos; a uno, lo obligaron a salirse del camino, al chocarle la defensa trasera.

A los dos o tres kilómetros, se orilló, en su caja de herramientas traía varios teléfonos, incluyendo uno que era completamente portátil, y se alimentaba con un dínamo de fricción; escogió uno ligero, integrado sólo por auricular y micrófono, con cables terminados en pinzas de cocodrilo, se trepó al poste de teléfonos elegido, lo tenía identificado, previamente preparado para hacer pruebas de comunicación, cuando reparaban una línea, un desperfecto; conectó su aparato, y reportó el carro de los peligrosos irresponsables a la policía, que se comunicó a su vez por radio, con la patrulla de caminos y, cuando los volvió a alcanzar, ya los habían detenido. Al pasar, lo saludaron, con un toque en las viseras de sus kepíes.

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Satisfecha su sed de aventuras, el padre fortaleció sus raíces en el lugar que escogió para vivir, en la región donde era originaria la familia de su esposa.

Sus viajes eran los indispensables, a menos de trescientos kilómetros, a menos de que surgiera una real necesidad. Los esporádicos paseos familiares los hacían a las otras tres ciudades importantes al norte del estado, Tijuana, Tecate y Mexicali; iban a ranchos por temporadas, y pasaban días de campo al sur, en los encinales cercanos al ejido del maestro y ministro protestante. Ahí, el padre les acondicionaba un columpio; se balanceaban hasta donde les alcanzaba el valor, pues la resistente soga se descolgaba de una gruesa rama, a poco más de diez metros del suelo.

Lanzaba una fuerte piola, con una pesada plomada en la punta, que volaba fácilmente sobre una rama horizontal, y bajaba por su propio peso; la recuperaba y la ataba a una soga de atracadero, y jalándola, la pasaba de nuevo sobre la rama; con los extremos de la soga juntos, instalaba el asiento, de madera o neumático, con nudos seguros, no en balde había sido marino, de agua salada.

Los más osados, lograban columpiarse superando la barrera de los ciento ochenta grados, en ángulo llano, y veían el horizonte hacia abajo, donde hasta Tarzán sentiría mariposas en el estómago, al subir, y el estómago en la boca, al bajar. Les gustaba apearse impulsándose hacia adelante, volando varios metros, en paralelo al piso, acolchado con hojarasca. Caían parados, y seguían corriendo, o patinando; casi siempre.

Antes de la carne asada, que se preparaba en las parrillas de hierro y ladrillo del lugar, subían al cerro cercano, empinado, un mirador privilegiado. Pasaban del entorno íntimo del tupido encinal, con su ambiente fresco y protegido, al gran espectáculo circundante: hacia el oeste, el Océano Pacífico, visible a lo lejos, al final del cauce del arroyo que pasaba al lado de la arboleda, rumbo a su encuentro con las grandes aguas, animando a la tierra en su trayecto; al norte, los cerros rocosos típicos de la región; al oriente, dominaba la serranía central de la península; al sur se ensanchaba el valle, con lomeríos suaves a ambos lados, constituyendo las tierras labrantías del ejido. Un bello paisaje bucólico, circular. Después, descendían y arrasaban con la comida.

En el otoño, iban al rancho Santa Anita, al norte de Ensenada, por la carretera que parte de El Sauzal, a Tecate, por naranjas ombligonas, de cáscara gruesa, dulcísimas, o al sur, al huerto de los Carpio, en el camino a la Bufadora, pasando Maneadero; los atendían unas damas porfirianas que bajaban fruta de los añejos árboles: pérsimos, moras, granadas, duraznos, nísperos o locuates, chavacanos y ciruelas, y ellos escogían racimos en las parras de moscatel, esas uvas grandes, ovaladas, almibaradas, de claro color rosa quemado, y de un aroma sui generis, característico.

En el huerto de árboles frutales, usaban unas ingeniosas pértigas con una lata ancha y unos alicates afilados en el extremo superior, que se accionaban desde abajo, con el otro brazo de la palanca; aprendieron a manejarlas observando a las dueñas: ingresaban el fruto a la lata, le cortaban el cabo, y dos bajaban la pértiga, para controlarla; acababan con las panzas como tambor.

El padre también los llevaba al Rancho de los Higos, donde había de distintas variedades, incluyendo unas brevas enormes, con sabor no tan dulce como los higos maduros, pero fáciles de pelar, ideales para los impacientes y tragones chamacos.

El trato era que todo lo que consumieran, se los regalaban, sólo les cobraban las cajas que se llevaban para consumo en casa. La tribu se hartaba, y siempre, a pesar de las experiencias previas, terminaban con los labios hinchados, irritados por la resina lechosa que brotaba al cortar el fruto. Imperceptiblemente, por más cuidado que ponían, acababan fastidiados, pero felices; era una gula venial, con pecado y penitencia incluídos.

Durante el verano, iban al Rancho de las Sandías, a poca distancia sobre la carretera al sur; les calaban las que se llevarían y, después de acomodarlas en la caja del pickup, de pilón engullían tajadas que les surtían a granel; al término del banquete, quemaban las calorías de los azúcares del jugo, corriendo tras las liebres, tirándoles terronazos, mientras saltaban por todos lados, entre los surcos de los maizales secos.

Si mataron alguna de aquellas orejonas, seguramente habrá sido de la risa.

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Cuando era niño, no se precisaba salir del pueblo para sentirse en el campo, así de grandes eran los patios de las casas, muchos de ellos, aún intocados por herramienta humana.

Así era el de la casa de sus amigas, la Tocha y la Quiquina. La Tocha era blanca, pecosa y carnosa, la Quiquina era menudita, morenita y pecosita, más divertida como compañera de juegos.

El apodo de la Tocha fue un misterio para él, hasta que un día en la playa, le preguntó a boca de jarro, con intención de recomendarle que se buscara un nombre de batalla más delicado, más femenino:

-¿Por qué te dicen Tocha, Tocha?, Quiquina, suena curiosito, pero ¿Tocha?

- Es que mis papás querían hombre –le explicó- pero nunca llegó, y cuando yo iba a nacer, mi mamá se encomendó al Santo Niño de Atocha, y le prometió que si el bebito que esperaba salía varón, le pondrían su nombre, y como no le concedió el deseo, mi mamá medio cumplió su promesa, y por eso me dicen Tocha, de cariño.

No supo de la que se salvó, si hubiera sido hombre, lo llamarían Atocha, y no como apodo. Aliosha, pasa, o Tiosha, pero ¿Atocha?

Iba mucho a la casa de esas niñas, pues tenían libros de aventuras, de Salgari, Alejandro Dumas, Julio Verne, Zane Grey y otros; jugaba un ratito con ellas y, al menor descuido, se iba a leer en un rincón, hasta que era hora de regresar a su casa; no se daban por enteradas, seguían embebidas, jugando a las comadres.

Pero, un día que la Tocha no estaba, la Quiquina lo obligó a dejar la lectura; lo convenció, invitándolo a recorrer el patio de la casa, que ocupaba media manzana, y se veía muy interesante, con partes sólo holladas por azar; con gigantes rocas de granito que se exhibían a flor de tierra, como un cerro prístino, y un olivar con frutales intercalados, limoneros y naranjos, que despedían un vigoroso olor a azahares; se llegaba por una enramada larga, de bugambilias secas, descuidadas a tal grado, que tenían que agacharse a trechos, para seguir adelante, si querían llegar al otro lado, donde sólo algunos árboles tenían cajetes, que alguien, de vez en cuando, regaba con manguera, si había buena presión en la red municipal.

Cuando los oyó deambular y hablar afuera de la casa, la madre, una mujer delgada, canosa, morena y nerviosa, parecida a la Quiquina y distinta a la Tocha, salió alarmada, a hacerles mil recomendaciones, casi todas dirigidas a él. En lo que insistía más, era en que tuvieran mucho cuidado con la cigüeña, porque eran muy chicos y no les fuera a suceder un accidente, y eso del accidente se lo repetía con energía exagerada, y lo señalaba con un índice delgadísimo, que pretendía ser flamígero.

A su tierna edad, él no sabía mucho de eso, pero lo que no sabía, lo inventaba, y se le hacía muy fuera de lugar que la mamá les hiciera tales reconvenciones, y sobre todo, tan obvias, pero no podía abrir la boca, porque ella se la cerraba con otro rosario de advertencias, que terminaban, insistiendo en lo peligrosa que era la cigüeña para ellos, que estaban tan tiernos.

Mejor se quedó callado, asintiendo con la cabeza, pues tampoco se sentía calificado para entrar en esa discusión, prefirió no hablar del asunto, ni siquiera con su amiga, y en cuanto la madre volvió a entrar a la casa, se dedicaron a seguir recorriendo los rincones del terreno, olvidándose del incidente protagonizado por la histérica progenitora.

Lo que más le llamó la atención, fue la cantidad de cajetes secos.

-Es que no hay presión en las llaves, no hemos usado la manguera desde hace varias semanas, y adentro de la casa, apenas si sale un chorrito –explicaba la Quiquina.

Al rato, se fijó en el pozo artesiano que tenían en el patio, a unos metros de la casa.

-Me imagino que el pozo está seco ¿Verdad? –comentó él.

-No, tiene bastante agua, pero somos puras mujeres, y cargar baldes es un trabajo muy pesado para nosotras –se justificó.

-¡No se hable más del asunto, por lo menos los árboles cercanos no se morirán de sed! –exclamó, acercándose al pozo para verificar el nivel del agua. El pozo promedio tenía treinta metros de profundidad, y el espejo de este se veía fácil a menos de diez, había agua de sobra.

Descansando sobre el borde de la boca del pozo, en la protección que elevaba el ademe a poco más de un metro del suelo, estaba la cubeta de dos galones, atada a una cuerda. Y decidió sacar un balde de agua, para ver si lo podía cargar, no quería desaldillarse.

El balde bajó, llevándose la soga consigo, lo meció sobre el espejo, hasta que se llenó, mientras la Quiquina, muy contenta, observaba la operación y festejaba que por fin se regarían los árboles, era el pleno verano, la lluvia llegaría, si llegaba, hasta el invierno. Todo, mientras le daba vuelta a la manivela, cobrando la cuerda, subiendo la cubeta llena, bastante pesada, por cierto.

Se acordó de la vieja adivinanza:

-¿Cuál es el viejo que baja riendo y sube llorando? –le preguntó a la Quiquina, quien confesó no saber la respuesta.

-¡Pues el cubo del pozo! –le reveló, sin hacerla forzar más el coco.

El cubo del pozo, que baja entre los chirridos del mecanismo que suelta y enrolla la cuerda, y el silbar del aire sobre la boca del balde vacío, lo cual se puede, con un poco de imaginación, confundir con un murmullo, con una risa, y luego, al subir, como si fueran copiosas lágrimas, viene chorreando agua.

Cuando la repleta cubeta estuvo a su alcance, con una mano detuvo la manivela y con la otra la pescó, jalándola, y la descansó en el borde de la boca del aljibe, mientras la Quiquina hablaba, emocionada por lo que él hacía.

Volteó para pedirle que se callara, pues ya lo tenía mareado, pero la cubeta, que no estaba bien asentada, se tambaleó y cayó al pozo, la manivela daba vueltas sin control, mientras él trataba de afianzar la soga, para detener la caída, sin éxito.

-¡Chingüentes, voy a tener que repetir todo el proceso de nuevo! –le comentó, molesto, a la Quiquina, pero no le respondió: estaba tirada en el suelo, inconsciente, con un tremendo chipote, que crecía a cada instante, en la frente. Cuando se desbocó la manivela, al caer el cubo, la Quiquina estaba demasiado cerca, y la golpeó sorpresivamente.

Nunca supo cómo se dio cuenta la madre, que salió pegando gritos:

-¡La cigüeña, la cigüeña, te dije que tuvieran mucho cuidado con la cigüeña! ¿¡Por qué no me hicieron caso, Vírgen Santísima, por qué, Dios mío, por qué!?

Volvió la vista al pozo y vio la manivela, era cierto, tenía forma de cigüeña, luego relacionó el nombre con los cigüeñales de los motores automotrices; le quedó bien claro el concepto, pero eso sucedió años después. Aquella aciaga tarde de verano, él fue el villano, tratando de comportarse como ambientalista o ecologista pionero. A la vuelta del siglo, encontró casualmente a la Quiquina, pero no tenía registrado el suceso. Algunas gentes tienen sus mecanismos de defensa muy bien consolidados. O, ¿Sería el cigüeñazo?
Cuando estuvieron en Checoslovaquia, en Praga, recordó que ahí se encuentra la imagen original del Santo Niño de Atocha, ¿Por qué se llama así al santo?, buscó, por los medios a su alcance, la población con ese nombre, y no encontró nada; en el Atlas geográfico, en los diccionarios y enciclopedias, no existe en la anterior Checoslovaquia o en la nueva República Checa, ningún Atocha. Pudieron admirar por unos momentos, la imagen del niño santo, con su cayado, su curioso sombrerito y su elegante, aunque sencilla, vestimenta.
Se alejó de la geografía, averiguó que la atocha, también se conoce como esparto, una fibra con la que se fabrican cuerdas, alpargatas, etc.; crece al sur de la Península Ibérica, quizá está relacionada con Esparta, al sur de Grecia. Puede ser. Quién sabe.
Entonces, se trata del Santo Niño, hecho de atocha. Tenía mucha curiosidad por verlo, lo relacionaba con sus amigas de la infancia.

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Indirectamente, tuvo el prematuro encuentro con la cigüeña debido a su afición por la lectura; en la primaria leía libros de aventuras, de vaqueros, de piratas, de la selva, de exploradores, y de todo lo que encerraba una colección de seis gruesos volúmenes, que se llamaba “El Libro de Oro de los Niños”, y “El Tesoro de la Juventud”, las enciclopedias de los jóvenes de la época, que no dejaban de tener un sesgo racista y no eran neutrales, y cuanta historieta o comic nacional y extranjero caía en sus manos, incluyendo los funnies del periódico dominical.
En secundaria, le gustaba leer, sobre todo novela y poesía, y mejor si eran libros viejos, con las páginas amarillentas, hasta con el paso del tiempo reflejado en sus lomos gastados, con alguna dedicatoria, una señal de los lectores anteriores, una anotación, la huella de una flor prensada, pero le irritaba descubrir mutilaciones o cualquier cambio que impidiera disfrutarlos plenamente, le gustaba un libro avejentado por el transcurso del tiempo, no víctima de manos irresponsables o poco cuidadosas, los aceptaba si la humedad los había marcado, aún deteriorado, y execraba que les arrancaran hojas, o que no se hubiera intentado restaurar un volumen desencuadernado.
En la prepa y la UNAM, frecuentaba librerías de viejo por necesidad, por la Alameda Central y por Bucareli; compraba un libro al buscar otro, de medicina, de anatomía; recordaba con claridad el que estaba dedicado por un médico a otro, de puño y letra, fechado a finales del siglo XIX, Maladies du Coeur; ejemplares con ilustraciones curiosas, como el que pretendía clasificar las cabezas humanas por sus rasgos, emparentados con los animales que recordaban al verlas, obvias, pero divertidas. Estaba la testa de un joven, que poco le faltaba para balar, pelo ensortijado, rubio, su nariz continuaba con la frente, sin puente, los labios lanzados adelante, sin barbilla, orejas enroscadas, y unas protuberancias en la frente, anunciando un par de cuernos; otro de negra y tupida melena, ojos fieros, labio leporino perfecto y dientes formidables, parecía hijo del felino rey de la selva y de Jane. Había símiles de burros, caballos, elefantes, panteras, primates varios, etc.

Era tentado, pero carecía de dinero para caer en la tentación, mejor se rendía ante un disco de música clásica, jazz, rocanrol, o de folclore, o ante el hambre, si se llegaba la hora.

Un poema le gustaba mucho, lo descubrió en prepa, por el 2005 aún no poseía un libro que lo incluyera, era de Kilmer y se llamaba Trees (aquí aventuramos una traducción superlibre):

Trees

I think that I shall never see
Pienso que nunca veré
A poem as lovely as a tree.
Un poema tan bello como un árbol.

A tree whose hungry mouth is prest
Un árbol cuya hambrienta boca se estruja
Against the earth’s sweet flowing breast;
Contra el terrestre seno, de dulce flujo;

A tree that looks at God all day,
Un árbol que siempre mira a Dios,
And lifts her leafy arms to pray;
Y ora, elevando sus frondosos brazos;

A tree that may in Summer wear
Un árbol que en Verano quizá luzca
A nest of robins in her hair;
Un nido de petirrojos en su pelo;

Upon whose bosom snow has lain;
En cuyo seno se ha posado la nieve;
Who intimately lives with rain.
Que intimamente, con la lluvia vive.

Poems are made by fools like me,
Un poema, lo hacen tontos como yo,
But only God can make a tree.
Pero, crear un árbol, sólo Dios.

Lo atribuía a Joyce Kilmer, por lo tanto, lo consideraba de una clara sensibilidad femenina, seguramente por el nombre, de mujer, hasta que trató de encontrarlo en Brentanos, en Nueva York.

No lo tenían, pero se enteró de que se trataba de un poeta, y no de una poetisa, o una poeta, como les gusta ser llamadas actualmente. En algún tiempo, llegó a pensar que el poema era obra de Emily Dickinson, u otra, Kilmer no aparecía por ningún lado; y en cuanta antología lo buscaba, el héroe caído en la Primera Guerra Mundial era ignorado por completo. La Encyclopaedia Britannica menciona Trees, como lo único realmente conocido de él; finalmente, lo halló en una librería de viejo de un suburbio de San Diego, recomendada por su hermana Diana.

Desde que entró, sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo, el denso olor resultaba insoportable. Era un local de unos cien metros cuadrados, con altos anaqueles repletos de volúmenes en muy buen estado, a simple vista era evidente que no tenían material deteriorado, pero el hedor no le permitía apreciar nada, era una niebla invisible que se le atoraba en todos los sentidos: olía a gente muerta, mas no a carroña, ni a morgue, el efluvio correspondía a los residuos producto de la manipulación de los miles de libros, por los miles de lectores que los hojearon, la grasa de los miles de manos que sobaron hoja por hoja, página a página, una y otra vez, y células epidérmicas atrapadas entre las cubiertas, con las secreciones y excreciones acompañantes del humano, en salud y enfermedad, hasta antes de la extremaunción; ése era el fermento que inundaba el ambiente.

Halló el libro con ayuda de un empleado; actuaba con la naturalidad de quien pasea por una pradera en primavera, era la colección Trees and other Poems, de (Alfred) Joyce Kilmer, Trees ocupaba media página. Iba a tratar de negociar que le vendieran una fotocopia del poema, y el dependiente se le adelantó, diciendo en tono definitivo:

-Es el único ejemplar, si lo quiere, le cuesta veinte dólares.

Eso le mató la intención de regatear o proponer otra opción, y con una ligera inclinación de cabeza, se despidió, saliendo, veloz, al aire fresco.

También establecía relaciones de amor-odio entre versiones de cine y las obras literarias, sobre todo de las novelas de aventuras, disecadas y amputadas para adecuarlas al presupuesto disponible y la duración que el mercado marca, en una concepción que excluye siempre la del autor original.

La película basada en Las Minas del Rey Salomón, de Haggard, con Debora Kerr y Stewart Granger, a pesar de ser muy buena, se termina cuando el libro supera la imaginación del cineasta, con la atenuante de que fue filmada en una época en la que los efectos especiales, aún en pañales, no alcanzaban, por mucho, las posibilidades actuales.

Leyó La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson; reflexionó sobre la obra y tuvo la impresión de que transitó por una fuga literaria (para hacer una analogía musical), los temas se desprenden de un motivo central; el lector aprecia cómo los tramos de la historia son enfocados desde el punto de vista de los protagonistas, y confluyen hacia el hilo conductor, para unirse al final de la novela, como caminos vecinales que entroncan con la carretera principal, para acabar en la cabecera regional.

Todo eso se pierde parcialmente en la versión fílmica, en la cual la historia se relata de una manera lineal: uno, dos, tres,…FIN.

Pero está bien, de esa forma la obra se hace accesible al importante sector del público cinéfilo objetivo: el integrado por los jóvenes. No en balde es una versión de Walt Disney.

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En Ensenada había una dama escosesa que llegó a Estados Unidos, y radicó inicialmente en Santa Mónica, California. Era telefonista, pero fue despedida y deportada a México, como extranjera indeseable, de conducta objetable. Se había aficionado al alcohol.

Menuda, rubia natural, de ojos azul intenso, de cerca, se apreciaba la complejidad de sus iris celestes y, con rojos capilares que invadían el área reservada al blanco, se le veían muy americanos. Le restaba muy poco de la belleza de su juventud, atestiguada por fotos que presumía tras unos jaiboles, donde lucía faldas de lana con el diseño a cuadros del clan Stuart, y poses de Lana Turner, con suéteres de cashmere o mohair, elegantemente ajustados.

Le permitieron entrar a México, donde muy poco tiempo pasó, antes de que obtuviera la ciudadanía; casó con un mexicano, y conservó el apellido, al enviudar. Así, dejó de llamarse Annete Stuart, su nombre original; se decía descendiente de Mary, Queen of Scots, la de triste sino, que murió decapitada, por la voluntad de su prima, Isabel I, de Inglaterra, que así frustró el plan de Felipe II de España, que tramaba elevar a la católica María, al trono inglés. La Armada “Invencible”, con la que Hispania pretendía conquistar Britania, fue derrotada, a fines del siglo XVI, ayudada por tempestades originadas en la Bahía de Vizcaya, sobre el Canal de la Mancha, convertido, para la ocasión, en el English Channel.

Ya viuda, y por su cuenta, sucedió lo que era lógico: Anna buscó y encontró trabajo en la compañía telefónica, donde el padre de él era Jefe de Líneas; fue natural que conociera a la familia, y su madre, que tenía raíces en California, congenió con ella, de inmediato.

Tenía dinero, propio y heredado del difunto, que también le dejó dos casas en un terreno de tres mil metros cuadrados. Convertida en nina de uno de sus hermanos, la comadre se las arregló para rentarles la casa que no habitaba, haciéndolos vecinos.

Era una relación muy cordial, la convivencia incluía a los hijos, que jugaban y hacían jardinería en los enormes patios, con un huerto de higueras y olivos, y setos de arbustos floridos; ayudaban a la dama escosesa, que mostraba su agradecimiento preparando nieve, pastel, limonada o pequeñas gratificaciones en efectivo. Se notaba su cultura europea, muchas cosas las hacía de cabo a rabo, como el rico helado, cuya confección presenciaban, maravillados de que tuviera energía y ganas de trabajar casi tres horas, en vez de comprarlo hecho; pero le quedaba delicioso, le salía barato, y le salía lo tacaña, lo escosesa.

-Little by little! –era su permanente recomendación, sus menudos ayudantes siempre estaban de prisa, para regresar a sus juegos o estudios.

-¡Poco a poquito! –les insistía, en tono protector, siempre echando fuego azul por los ojos, sobre todo si consideraba que pretendían cargar demasiado, o como advertencia, cuando pensaba que podían forzar la resistencia de las herramientas. Economizaba todo: tiempo, dinero y esfuerzo, según su juicio.

Las mejores y más fieles amigas de la highlander eran dos daisies:

Daisy Miller, una telefonista de Santa Mónica, que la visitaba cada vez que podía, para recordar tiempos pasados y ponerla al tanto de los sucesos acaecidos en el medio que había sido forzada a dejar, a abandonar, del otro lado de la frontera, adonde continuaba teniendo vedado el ingreso.

La Miller siempre andaba muy bien vestida y, vista en perspectiva literaria, recordaba levemente a otra Daisy, la Buchanan, el amor imposible del Great Gatsby de F. Scott Fitzgerald; fácilmente podría confundírsele con las mujeres que salían en revistas de modas, sobre todo al emerger, perfumada, del Studebaker Commander rosa y azul marino, con finas vestiduras en piel beige, ataviada con sus atuendos vaporosos, pañoleta de seda, zapatos de tacón alto, descubiertos, y maquillaje impecable. Sentadas en la sala de rattan, frente al amplio ventanal, platicaban incansables, durante horas, fumando y tomando scotch whisky on the rocks, con chaser de agua mineral y café negro.

La otra amiga era Daisy Pringle, una rústica que tenía su rancho a unos cien kilómetros al sur de Ensenada, en la sierra. Era la antítesis de la Miller, con su pickup de redilas, botas vaqueras, pantalón de mezclilla ajustado a su largo cuerpo, camisa a cuadros, paliacate al cuello, sombrero tejano, de seguro Stetson, color café con leche, y un perenne cigarrillo en la comisura de los labios, que sólo se quitaba para sacudirle la ceniza, o para darle un trago a su tequila. Cargaba un arma larga en su camioneta, detrás del asiento; nunca la sacaba.

Anna no mezclaba a sus daisies. Los días que cualquiera de las dos la visitaba, eran siempre alegres y ruidosos.

El problema empezaba cuando se quedaba sola. Se encerraba y bebía, hasta perder el conocimiento. A veces, fuera de control, salía a buscar la compañía de su comadre, que trataba de ayudarla, sin poder hacer más que reportarla a su trabajo, enferma; en los dos días que seguían a cada episodio, no estaba para nadie; luego, volvía a la normalidad, al little by little.

Acompañaba a su mamá cuando iba a verla, durante las secuelas de las borracheras de buró que se acomodaba, y escuchaba música en una “vitrola”, curioso precursor del moderno fonógrafo, que derivaba su nombre de la marca RCA Víctor: Victrola.

La Estuardo tenía discos de Carlos Gardel, le calaban los tangos, y de músicos y cantantes norteamericanos como Louis Armstrong, Bessie Smith, Duke Ellington, Billie Holiday y Glenn Miller, entre otros.

Oía aquellos discos de pasta, de 78 RPM, que pesaban como comales y soportaban agujas que parecían clavos, y se paraba cuando la Anna protestaba, desde su recámara, las voces empezaban a deformarse y era necesario darle cuerda a la vitrola. Hojeaba revistas de jardinería, de decoración interior y de muebles, de do it yourself, de chismes y escándalos de gente famosa, especialmente de Hollywood, y después pensaba que, a lo mejor al principio, aquella mujer tuvo la ilusión de ingresar al cine como actriz, por la puerta grande, y le habían fallado sus planes, como a miríadas de chicas, de físico atractivo, que siguen acabando en el drenaje del star system; la mayoría eran magazines de policía, de crímenes, con sangrientas fotos comentadas con morbo; y hasta en el baño se podían ver esas versiones de Alarma y Alerta, que consumen los gringos, desde los albores del siglo XX, o antes.

Todo ello le daba al pasado de la Stuart un ambiente misterioso. Era poco lo que se sabía de ella, realmente.

Quien recibía el impacto de aquella relación, era el padre, quizá se sentía algo corresponsable de su conducta, trabajaban en la misma empresa, y él la había ayudado a ingresar, pero nunca renegó de su amistad, así de generoso era.

Nadie es perfecto: esa expresión le venía al dedillo a la rubia dama escosesa.

La Anna, como le gustaba que la llamaran, tenía sus lados amables. Cuando terminó la primaria, en premio a quien más la ayudaba, le hizo un regalo extraordinario, un reloj de la Fuerza Aérea Suiza, una lata de mentolato que marcaba los segundos, los minutos, las horas, los días y los meses. Además, tenía cronómetro, las fases de la Luna aparecían, de nueva a llena, por una mirilla redonda; era a prueba de golpes, sumergible, impermeable, de acero inoxidable, con extensible del mismo metal, adaptado al ancho de su muñeca, y a la muñeca de la Anna.

No se lo quitaba ni para dormir, muy orondo, durante una semana lo anduvo presumiendo a sus amigos, y el sábado acompañó a su padre al trabajo, iba a verificar que el pull de baterías que alimentaban los circuitos eléctricos del tablero de las líneas telefónicas, estuviera en completo orden, y perfecto estado, pues no podía haber, por ningún motivo, interrupciones en el servicio.

Se entretuvo en los patios, donde la empresa tenía, seguro adquiridos en un surplus, sobrantes de guerra, vehículos anfibios y comandos, equipados para las reparaciones de emergencia que se debían hacer en terrenos escabrosos, y materiales de desecho; buscaba los carretes gigantes de madera, originalmente ocupados por gruesos cables de conducción de electricidad, y telefónicos, de esos, algunos estaban vacíos. Los hacía rodar, parado en el eje, y manteniendo el equilibrio, como cirquero.

Recolectaba pedazos del recubrimiento de plomo de los cables, que luego fundía, y vaciaba el metal líquido en moldes que escarbaba en el patio de su casa, donde el suelo fuera de barro más macizo. De ahí salían espadas, pistolas, dagas y todo lo que se le ocurría, para jugar con sus hermanos, esa actividad clandestina se realizaba cuando los papás iban al cine o de visita. Calentaba el plomo en la estufa, y se aseguraba de que nadie estuviera cerca, al transportar aquel líquido candente, que parecía mercurio metal, “plata movediza”, quicksilver, pero era letal:

-¡Todos atrás de mí! –les ordenaba.

Cuando se cansó de jugar con los carretes gigantes, esperando a su padre, fue a los baños de los trabajadores, que incluso contaban con regaderas, pues algunas tareas precisaban de aseo completo, una vez concluídas; esas reparaciones se realizaban in situ, en las colonias o en las carreteras, si se presentaba una interrupción del fluído eléctrico o en la comunicación telefónica.

Se lavó las manos con el jabón especial que usaban, marca LAVA, seguramente aludiendo a lo abrasivo de sus componentes, como una lija, no era lo que se llama exfoliante, sino desollante; si se frotaban la cara sin cuidado, o con demasiado entusiasmo, no había pellejo que se le resistiera.

De camino a casa consultó la hora, pero ya no traía puesto el reloj, le pidió al padre que se detuviera, porque quería ver algo en la librería Bañuelos, y luego iría con unos amigos. Era fin de semana, y aquella conducta le pareció normal a su papá.

Corrió a la telefónica, no paró hasta llegar al baño; al no encontrarlo, recorrió uno por uno los lavabos, las regaderas, y habló con los pocos empleados que encontró, sin suerte. El super reloj había desaparecido sin dejar huella.

El lunes regresó a continuar sus pesquisas, con el personal completo y accesible. Estaba tan ansioso y preocupado, que no se fijó en las susceptibilidades que hería, y a la hora, todos sabían que el hijo del Jefe de Líneas buscaba a quien se había quedado con su reloj de la Fuerza Aérea Suiza; al fin se hartaron, y uno, viejo colaborador del padre, le reclamó que pretendiera una confesión, cuando los fines de semana no asistía personal, si no había una emergencia.

No se disculpó, pero abandonó la persecución. Jamás volvió a ver el mentado reloj. El infausto suceso le enseñó que la prevención es la mejor manera de evitarlos, es muy rara la ocasión en que se puede encontrar evidencia irrefutable, si no es en flagrancia, o si no se es profesional de la investigación policíaca. Es fácil equivocarse si uno aventura, señalando probables responsables; es preferible apechugar, antes que arriesgarse a cometer una injusticia, o perder a un amigo verdadero, calumniado por la sospecha.

Contra lo que hubiera imaginado, la Anna Banana no se molestó por la pérdida, al contrario, lo reconfortó, le dijo que sólo era un pedazo de metal lo que se había perdido y que, además, él aún era muy joven para preocuparse por el paso del tiempo:

-¡Eso déjalo para old bags like me! –le dijo, en perfecto espánglish. Después lo distrajo, enseñándole frases en escosés. Recordaba una, que sonaba más o menos así: Brob breck moon lej nej denej. Que significa: Hay una bonita Luna esta noche. O algo por el estilo.

-*-

Desde chico, se aficionó al cine, iba en familia, a ver películas como Canción del Sur, con el Tío Remus, la Tía Jemima de los pancakes, y el Hermano Rabito, combinando caricaturas y personajes reales, o Garbancito, un personaje como Pulgarcito; más grande, iba con sus amigos a las matinés de los sábados, y veían series de Flash Gordon y la Invasión de Mongo, o El Jinete Escarlata, en blanco y negro, Tim Holt, Hopalong Cassidy y otras, que los dejaban preocupados, hasta el sábado siguiente, por saber si el “muchacho” de la película, podría desatarse antes de que la sierra lo partiera en dos, o si la “muchacha” sería arrollada por el tren, o moriría achicharrada dentro de la cabaña en llamas, antes de que el “muchacho” pudiera auxiliarla.

También se ofrecía de chaperón de sus primas, era un acompañante fácilmente sobornable, con una bolsa de esquite y un vaso de soda.

La XERL inició el programa “La Pregunta Cinematográfica”, con una mecánica bien sencilla: el locutor hacía la pregunta al aire, el primer radioescucha que la contestara correctamente llamando por teléfono a la radiodifusora, se ganaba un pase para la función del día, y se lo entregaban en la emisora; le quedaba cerca, de camino al área de los cines. Después se pudieron reclamar en la taquilla del cine.

De inmediato se dio cuenta de que la base de datos del programa, de donde pepenaban la información para formular preguntas, eran los anuncios de los propios cines, publicados en los periódicos locales, “La Voz” y “El Diario” de Ensenada. Formó su propio archivo, con recortes, y lo amplió con periódicos que leía el padre, el “Excelsior” y “El Universal”, que tenían una amplia sección de espectáculos, y llegaban por avión el mismo día; los recogía en la librería Ramírez o en la Bañuelos. Ahí tenía información al detalle, de docenas de cines de la capital, y fue perfeccionando su acervo, hasta que era raro el día en el que no obtenía un pase.

Los teléfonos funcionaban levantando el auricular y micrófono, con lo que se prendía una lucecita en el tablero de la central, a un lado de la cual, la telefonista insertaba una clavija que comunicaba con otro aparato receptor-transmisor, fijado a su cabeza, adaptado para manos libres, y preguntaba: ¿Número?, y uno le decía el número al que se quería comunicar, tres dígitos y una letra, 127W, por ejemplo, y la operadora verificaba visualmente que esa línea no estuviera ocupada, e insertaba clavijas, conectando el número del que llamaba uno, con el 127W, en donde sonaba el timbre, accionado por la operadora, y si alguien levantaba el auricular y decía: ¿Bueno?, el milagro de la telecomunicación, a través de la electrónica, se repetía una vez más. Después llegaron los teléfonos de disco, en ellos, el usuario marcaba directamente; y podía marcar a la operadora, para pedir el número de un suscriptor, la hora (por favor) y llamadas de larga distancia, entre otros servicios.

Las telefonistas, por lo general, eran muchachas que pertenecían a familias conocidas, por lo que el trato, desde antes de los aparatos de disco, era muy afable, además, constituían la red chismográfica más extendida de Ensenada, pues escuchaban, selectivamente, pláticas de todo mundo.

En preparación para participar, desplegaba la información en el piso y prendía el radio, el locutor empezaba la pregunta, y él descolgaba y pedía el número mientras hallaba la respuesta, si no se la sabía ya, en los periódicos regados, o en su mente, que se fue convirtiendo en una enciclopedia de la cinematografía. Al contestar el locutor, él le daba el dato solicitado, y se anotaba otro pase, su táctica era casi infalible.

Llegó a ganarse dos boletos en un programa, pero decidió limitarse a uno diario, pues seguido tuvo que desperdiciarlos; le reclamaron que quisiera acapararlos, abusando de su sapiencia, cuando “tantas gentes deseaban obtenerlos”. El sistema de disco simplificó todo. Por varios años, pasó gran parte de su tiempo libre, en los cines de la ciudad.

Se fue creando una situación incómoda, la emisora trató de vetarlo, pero cuando le negaron un pase, les advirtió que jugaba siguiendo las reglas del programa; no podían excluirlo sólo porque ganaba siempre.

Él tenía la razón, nunca hizo trampa, no era justo que castigaran la inteligencia y el ingenio. Cedió un poco, se volvió selectivo, si había una película interesante, participaba, si no, se abstenía, y cuando se autoimpuso esa nueva regla, se hizo la paz. Pero muchas preguntas se quedaron sin respuesta, casi nadie sabía más que él sobre el tema. O, ¿Sería un problema de rating?

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El paso de primaria a secundaria fue determinante en su formación. Las tres opciones que había en su pueblo eran: confesional, elitista y oficial militarizada.

No era muy espiritual, no tenía sangre azul por ninguna parte, y su padre y el Director de la militarizada, eran amigos, y además, sus mejores camaradas se inscribirían ahí; no tuvo que pensarlo mucho.

El salto a la secundaria sólo puede compararse con el ingreso a la universidad, pues la primaria y la preparatoria son las épocas más libres de la vida, sin menosprecio de la primera infancia, donde cada quien es el Rey de una vasta comarca llamada Imaginación, durante las veinticuatro horas de cada día.

La famosa Escuela Secundaria Federal, que adoptaría el nombre de su fundador, tenía una historia extraordinaria, con un toque del asalto a las tierras, de la Reforma Agraria Cardenista, y de las luchas por la autonomía universitaria. Era la primera secundaria federal del puerto, y había sido autorizada sin edificio y sin terreno, obligada a operar en aulas improvisadas.

El pueblo era muy joven, los terrenos nacionales baldíos abundaban, y estaban bajo el acecho de los latifundistas urbanos, de los coyotes inmobiliarios. El Director era hombre de propósitos claros, motivó a los alumnos, y reclutó a los egresados de primaria idóneos, la semilla que germinaría, afianzando el proyecto. Así inició su noble misión.

Tenía bien identificada en el Registro Público de la Propiedad, el área seleccionada que, un día, amaneció custodiada por los integrantes de la primera generación en la nueva ubicación, dispuestos a enfrentar al voraz latifundista urbano que la pretendía.

Marcaron con estacas el predio, custodiándolo mientras tramitaban su reclamación, para el plantel. Padres y amigos les llevaban alimentos y bebidas, y los suplían en sus ausencias, cuando tenían que atender algún llamado de Natura.

Triunfaron, y escribieron una página memorable en la historia de la ciudad. Las clases se iniciaron en aulas improvisadas, al aire libre; construyeron las definitivas y acondicionaron el campus. Una parte importante de los trabajos fue realizada por los alumnos.

Cuando ingresó, la escuela estaba consolidada, el fundador iniciaba su último año al frente de su creación, de ahí saldría a sus exequias.

El primer día de clases, reconoció a la Directora del Jardín de Niños, ahora sería su maestra de Inglés; era divertido ver como los llamaba “mis cadetes”, pretendiendo mantener, sin éxito, la disciplina que no pudo lograr con la tropa de párvulos del kínder; la mayoría del grupo también había estado bajo su cuidado, en la infancia. Los recuerdos colectivos de la plastilina de colores, ablandaban a los teenagers; así les decía, acusándolos de delincuencia juvenil, como si ese fuera un sinónimo de gangsters o hooligans; recordaba que ella y su hija, en broma, mordían los sandwiches y frutas que de niños llevaban en sus loncheras.

Ese día también tuvo su primera clase con la maestra de Biología, la más guapa del cuerpo docente.

Como le sucedía a menudo, le tocó inaugurar el intercambio con la bióloga; después de pasar la lista de asistencia, que él encabezaba, le pidió que abriera su libro y leyera, en voz alta, para todos, la primera página de un capítulo.

El simple hecho de que le hubiera dirigido la palabra a él, antes que a nadie, lo había puesto en alta tensión, y cuando se dio plena cuenta de que tendría que leer para ella y para el grupo, tuvo que esforzarse en ordenar su cabeza, con el fin de concentrarse y no tropezar con las palabras; respiró hondo y leyó con cuidado, vigilando la entonación y el volumen de su voz, no se le fuera a salir un gallo de púber; respetó escrupulosamente la puntuación, a través de los tres largos párrafos, sobre la estructura de la célula.

Terminó de leer sin ningún accidente y, satisfecho, cerró su libro.

-Muy bien –le dijo la maestra, mientras él sonreía, complacido –ahora, ¿Podría explicarle a la clase, en sus propias palabras, de acuerdo al texto que nos acaba de obsequiar, cuáles son las partes principales de una célula?

-No, maestra –contestó sinceramente, a pesar de que el tema no le era extraño.

-Díganos que fue lo que leyó, y no se ponga tan nervioso –insistió la bióloga.

-Maestra, no presté atención a lo que estaba escrito, me concentré en leer lo mejor que pude –trato de explicarse.

-Pues espero que en lo sucesivo, su poder de concentración no nuble su entendimiento –concluyó ella, en medio de las risas de todos.

Fue una de las experiencias más valiosas que tuvo en la secundaria.

-*-

Ahí, el Director preconizaba la disciplina y la justicia.

Durante un receso, jugando brusco, como se esperaba de los jóvenes conscriptos, persiguiéndose por los patios de la escuela, él y uno de sus compañeros, se toparon con el enérgico fundador.

Creía en la disciplina como apoyo educativo, logró que la secundaria acreditara el servicio militar implantado por Ávila Camacho: recibían instrucción y los egresados obtenían una cartilla provisional, con una hoja amarilla, donde se leía: “ANTICIPO DE INCORPORACIÓN” y, al llegar a la edad reglamentaria, se las liberaban. Todo un rollo.

El Director los detuvo, molesto:

-¿Qué es esto?, expliquen esta falta de respeto al plantel.

El compañero tomó la iniciativa:

-Él me quiere patear, hace rato me tiró una, y si no me le sacateo, me la pega.

-¿Es cierto? –le preguntó. Él permaneció callado, prefirió esperar la medida disciplinaria antes que explicarle que estaban jugando parejo, y que el compañero era un coyón, además de rajón.

Aunque estaban vedadas, había conductas de los alumnos que se explicaban por la creciente testosterona que corría por su sangre. El medio escolar las propiciaba, desde su arribo a la secundaria, con las novatadas, incluyendo, en el trato a los “perros” de nuevo ingreso, ser mangoneados por los de segundo y tercer grado, como si unos fueran soldados rasos y los otros sus superiores; lo más frecuente eran las “vallas”, formadas por los veteranos, en medio de las que un “perro” debía pasar corriendo, mientras era golpeado con los cinturones y las cuarteleras, que ostentaban insignias metálicas. El vato era un coyón.

Muy serio, el Director le dijo:

-Debes agradecer que conozco a tu padre, él reprobaría tu conducta, por esta vez no serás sancionado, pero debes informarle sobre este bochornoso incidente, ¿Estás de acuerdo?

-¡Sí señor! – contestaron los dos, mientras el Director se alejaba.

Había una alta probabilidad de que el asunto trascendiera, así que cumplió de inmediato con la recomendación, aunque aclarando las cosas, refiriéndolas como él las había percibido. Su padre le creyó y lo animó con discreción, tratando de no interferir con el juicio del fundador.

Aquel par de aprendices de conscriptos nunca trabó amistad.

La composición del alumnado era la más heterogénea, en la más plural de las secundarias. Provenían de todos los estratos sociales y de todos los sectores económicos, un verdadero crisol democrático que el catalizador, la disciplina, homogenizaba, que igualaba, con eficacia. A diario vestían uniforme de kaki completo, con cuartelera, corbata y botas de campaña; sólo los sábados lo sustituían, usando el uniforme deportivo, igual, pero con playera blanca y tenis.

Los alumnos provenían de las rancherías cercanas, de los ejidos más poblados, de familias obreras, de la industria pesquera, del comercio, del turismo, de padres profesionistas, de burócratas, en fin, de todos los medios y niveles económicos. Los más broncos eran campesinos, por naturaleza, y porque respondían de esa manera a la actitud de los alumnos urbanos de clases “pudientes”.

Al inicio de cada año escolar, había un lapso en el que los de segundo y tercero azuzaban a los de primero, hasta hacerlos pelear, de donde nacían rencillas que a veces duraban los tres años, aunque eso no era muy común. Los mejores pleitos eran los que se daban entre alumnos de primero y segundo, que tenían la sangre muy caliente.

Él pertenecía al grupo más tranquilo de primer año, aunque ello no evitó que se viera envuelto en peleas, nadie podía evitarlas siempre, pero nunca olvidó el consejo de su padre: si tienes que pelearte, evita hacerlo con desconocidos, eso sólo es ineludible en las guerras, o en una agresión sorpresiva.

Casi desde un principio lo detectaron los oficiales, con grados arriba de sargento, hasta capitán, eran, básicamente, alumnos de tercero, y como no le dio por la escolta de la bandera o la banda de guerra, lo hicieron subteniente y lo pusieron al mando de tres pelotones. Los sábados, de prácticas deportivas y rutina castrense informal, los hacía sudar, marchando, corriendo o jugando fútbol soccer, para rematar en la playa, donde se metían al mar en calzoncillos, muy alejados de las áreas turísticas. Eran el batallón perdido.

Eran conscriptos, los uniformes que lucían, tenían insignias, escudos y distintivos, contaban con una sala de armas y cada alumno se hacía cargo de su equipo; destacaba un máuser reglamentario del ejército, además, bayoneta, casco, cinturón-cartuchera y mochila; en fin, toda la parafernalia, donde el rifle era el componente que acaparaba mayor atención. Seguido los desarmaban, limpiaban y pulían las partes, con cepillos para el cañón, aceites y grasas para las partes metálicas y las de madera, y cuando terminaban, oficiales de tercero cronometraban el tiempo de armado. Los conscriptos no estaban muy a la zaga de los soldados profesionales.

-*-

Entre sus mejores amigos, dentro del grupo compacto que se venía formando desde la primaria, destacaba Hiroshi.

Tenía muchos amigos japoneses. Ensenada cuenta con una larga historia de migraciones, a partir de los grandes éxodos de nuestros antepasados asiáticos, por el estrecho de Bering, durante la última gran glaciación, hace más de diez milenios, y a través de la cuenca del Pacífico; abonaron a la diversidad étnica de todo el continente, incluyendo a la península, gracias a ello, chinos y japoneses han enriquecido la economía y la cultura locales, y también ha recibido a rusos, alemanes, italianos, franceses, españoles y, más recientemente, chilenos y argentinos, entre los grupos más numerosos. Se obvian por internos, los flujos de compatriotas, que son la base de su estructura demográfica.

Su amistad con Hiroshi se consolidó en la secundaria, era un vínculo sólido, eran amigos entrañables.

En la temporada de pleitos, la afición empezó a decaer, las peleas menudearon desde el primer día, tres o cuatro por jornada, y al mes casi no había ningún “perro” de nuevo ingreso sin un ojo morado, y los “promotores” trataban de contrapuntear a quienes fueran, con tal de completar las funciones de la semana, o por lo menos, asegurar un match por día.

Le llegó el rumor de que Hiroshi se refería a él como “güerejo cara de huevo de gaviota”, pues estaba bien pecoso, y a Hiroshi le decían al oído que él le había puesto el mote de “cara de torta”, por obvia razón.

Como parecía que la pólvora estaba mojada, pues no se daban por aludidos (tampoco aclaraban paradas), y no decidían enfrentarse, los rumores siguieron subiendo de tono, involucrando a las hermanas y hasta a las mamás de ambos.

Ninguno de los dos le iba a pedir o a dar explicaciones al otro, hasta ahí había funcionado bien la intriga maquiavélica de los promotores. Llegó inevitablemente el momento en que los dos no pudieron más, y cayeron en el garlito. Sin embargo, decidieron que aquello tenían que resolverlo sin darles a los demás el gusto del espectáculo sangriento.

La pelea sería secreta, se verían las “caras”, después de clases, en un lugar acordado entre ellos.

Saliendo de la escuela, caminaron sin hablar, bastante separados, de tal manera que nadie creyera que iban por el mismo rumbo, cada uno pensando cuánto habría de cierto en los rumores; ya habían decidido, cada quien por su cuenta, que aunque fuera sólo una mínima parte de los insultos que se atribuían a uno y a otro, la que pudiera probarse, se justificaba una buena catorriza.

Cuando estaban por llegar al sitio convenido, Hiroshi, que se sentía el más afrentado, le soltó:

-¡Cara de huevo de gaviota!

-¡Cara de torta! – le reviró al instante.

Estaba confirmado, los rumores eran ciertos, ¡Cara de torta!, ¡Cara de huevo de gaviota!, se repetían, gritando cada vez más enojados.

El encuentro se realizó en una zanja profunda, abierta para colocar la tubería del drenaje principal de la ciudad, con dirección al sur, donde se planeaba construir una planta de tratamiento de aguas negras. Se hallaban cerca del mar, y afloraba un poco de humedad salada, de salitre; en el suelo de arcilla y arena, un poco encharcado, el fango ya comenzaba a ponerse chicloso, en las suelas de sus lustrosas botas reglamentarias. Tenían un rato de moverse en círculos, midiéndose e intercambiando los mismos “insultos”.

Por fin, Hiroshi se lanzó sobre él, quien lo recibió pescándolo por el cuello con su clásico candado, lo apretó y giró rápidamente, y lo soltó al final, para no caer también. Hiroshi aterrizó de boca en un charco y se levantó como resorte, pero todo embarrado; enfurecido, volvió a la carga, lo esperaba, saltó a un lado en el instante de la embestida y lo empujó por la espalda, aumentando tanto su velocidad, que Hiroshi no pudo controlarla, cayó entre terrones de barro, en un área seca, y bastante más dura.

Tardó en levantarse, pensando cuál sería su siguiente intento, pero él ya estaba a cargo de la situación y lo volvió a sujetar por el cuello, sin importarle compartir el barro que le adornaba la mayor parte del uniforme y la cara, forcejearon un poco y lo volvió a derribar, ahora en un buen charco, para enfriarlo.

Hiroshi no sabía que hacer, su contrincante lo esperaba, ejercitando los dedos y los brazos, prometiéndole, con la mirada, otra llave, a lo mejor de lucha superlibre o grecorromana, asegurándole otra batida. Cambió radicalmente su estrategia y, adoptando una clásica postura boxística, lo invitó a intercambiar golpes; él aceptó el reto, se acercó, empuñando las manos, y practicando su guardia.

Hiroshi lo recibió con un tremendo golpe en la nariz; sorprendido, retrocedió, aturdido. Se liaron a trancazos, pero él llevó la peor parte, recibía cinco puñetazos por cada uno que propinaba, en promedio, aunque sus golpes eran más sólidos. Lo que definió el resultado fue el cansancio, había transcurrido media hora desde que empezaron en serio la pelea, ambos necesitaban un descanso.

No tuvieron que decir nada, jalando aire trabajosamente, con los brazos colgando a los lados del tórax, se separaron, poniendo unos tres metros entre sí, trecho suficiente para prevenir una blitzkrieg. Así permanecieron casi un minuto, recuperando el aliento, aprovechando para analizar el estado del contrincante:

Vio a Hiroshi hecho un asco, despeinado, con toda la cara salpicada de barro, un cachete y los dos antebrazos raspados por los azotones; Hiroshi lo vio todo batido, con la cara hinchada, enrojecida, y la nariz sangrando, por los golpes que había absorbido.

Se miraban, muy serios, jadeando aún, y de pronto, al mismo tiempo, soltaron la carcajada.

-¡Cara de huevo de gaviota! –le dijo al salpicado, adolorido y raspado Hiroshi.

-¡Cara de torta! –le espetó Hiroshi a su hinchado y enmolado cuate.

Ya no tenían nada que hacer ahí. Abrazados, abandonaron el lugar, y nunca más volvieron a pelearse.

-*-

Un día, en el verano, Hiroshi fue a la playa con amigos. Se comentó que, ignorando las consabidas recomendaciones, de no meterse al mar o a las albercas después de comer, se internaron a nadar muy profundo, hasta la reventazón de las olas, para hacer “body surfing”, salieron del agua después de un buen rato, pero pasaron dos horas antes de que se dieran cuenta de la ausencia de Hiroshi.

Lo buscaron por todas partes, alguien llamó por teléfono a su casa, con la esperanza de que hubiera partido sin despedirse, pero nadie sabía nada; al final, lo buscaron en el mar. Lo encontraron tendido en el fondo, sobre la arena, muy cerca de la orilla. Todos pensaron que lo había sorprendido un calambre, en lo hondo.

Hiroshi era muy callado, tal vez no pensó en pedir auxilio hasta que fue demasiado tarde, el caso fue que nadie lo escuchó.

-¡Tuvo mala suerte! –le comentó el hermano mayor de su amigo, en el funeral.

Los japoneses tienen un concepto de la muerte muy propio, muy nipón. Aunque la mayor parte del ritual preparado para Hiroshi se desarrolló siguiendo las formas convencionales de nuestra cultura: funeraria, velorio, entierro, y reunión de deudos y amigos, quedó convencido de que asimilan la partida de sus seres queridos de una manera diferente.

En casa de Hiroshi, la familia recibió a un contingente que parecía la colonia japonesa en masa, y el ambiente general no era de duelo, sino jovial. Prepararon un verdadero banquete: arroz blanco (morisqueta), con o sin huevo crudo, rollos de arroz envueltos en algas y rellenos de trozos de diferentes pescados, mariscos y verduras (sushi), filetes de pescado crudo (sashimi) varias sopas de pescado, repollo y raíces parecidas a nabos, de sabor fuerte, todo aderezado con guasabi y con salsas a base de sal, garbanzo y soya, y té, mucho té verde japonés, y para los mayores, sake, licor de arroz que se sirve caliente y funciona como el tequila.

Todo muy agradable y natural, pero su mamá no podía ocultar la gran tristeza y desolación que sentía por la prematura muerte del hijo.

Estaba solo en el funeral, los demás platicaban animadamente en su lengua materna, algo que no muy a menudo podían disfrutar, en tan gran escala. Estimulado por tan sui generis aislamiento, rememoró cómo, con Hiroshi y los amigos, disfrutaban, también sectariamente, juegos, diversiones, estudios y aventuras. Construían radios de piedra galena, y captaban estaciones locales; miraban películas mudas en un proyector de ocho milímetros: Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, noticieros viejos con Hiroito, Hitler, Truman, Mussolini, Roosevelt, Stalin y Churchill, estrellas de la Segunda Guerra Mundial; más que nada, les gustaba ver, una y otra vez, las competencias deportivas y los desfiles militares.

Les divertía verlas en cámara lenta y en reversa, al rebobinarlas: los soldados marchando hacia atrás, clavadistas emergiendo de la alberca y regresando al trampolín o la plataforma; pasaban muy buenos ratos, y algunas aventuras extraordinarias.

Tenía muy presente sus correrías por los terrenos costeros, entre el antiguo casino y la zona militar, donde había varias áreas cuyo suelo tenía unos usos vergonzantes: tiraderos de basura clandestinos, y como desagüe de hoteles y restaurantes, drenaje “auxiliar” del pueblo, y ahí operaba un rastro, de mínimas especificaciones sanitarias y deficiente eficiencia, y no se digan los métodos que se utilizaban para sacrificar reses, caballos, burros, cerdos, cabras y ovejas, y nadie sabía nada de las cantidades de miembros de la familia de los roedores, así como de cánidos, félidos, etc., que acababan su existencia en el lúgubre lugar.

Era una zona muy amplia, que poca gente conocía en detalle, pues los malos olores desincentivaban a los exploradores más temerarios.

Por ahí andaban, unos años antes, él y Hiroshi, jugando con Fuji, un pastor alemán noble y magnífico, con sangre bastante pura, sin caer en el nazismo, robusto, fuerte, aunque un poco lento, por el defecto congénito de esa raza diseñada por el hombre, sus patas traseras son débiles, deben ejercitarse mucho desde muy jóvenes, y durante toda su vida. Sobre todo, el Fuji padecía una mansedumbre rayana en la servidumbre, como la mayoría de los canes, mientras no se despierta su instinto primitivo y ven a cualquier animal, o a sus propios amos, como la comida siguiente, o como el enemigo a repeler.

Era imposible que eso pudiera suceder con el Fuji, a menos de que Hiroshi, su amo y señor, le ordenara otra cosa. Hiroshi y Fuji eran muy interdependientes, el cánido veía a Hiroshi como su hermano mayor, y Hiroshi tenía en el fiel perro a su alter ego; ello se hacía muy evidente al ver al can recibir a su dueño cuando regresaba de la escuela, repasando todo su repertorio de cabriolas; terminaban los dos revolcándose por el suelo, y motivando las habladurías de los maledicentes; y también al oirlo aullar lastimeramente, al verlo partir sin una causa sobreentendida. Esas largas y difíciles despedidas, más de una vez habían causado que llegaran al cine con el film empezado, o que la palomilla se hubiera adelantado, sin esperar a que acabaran los arrumacos entre el can y el primate.

Muy frecuentemente andaban los tres juntos, corriendo por la orilla del mar, con los pantalones arremangados y los zapatos colgando de un hombro, o entre las dunas, saltando las pendientes, y comiendo guayabis.

Hiroshi entrenó al Fuji para que recobrara una pelota o un trozo de madera, cada vez a más distancia y con mayor grado de dificultad, para que ejercitara los cuartos traseros, con bastante éxito. Ahora se trataba de que recuperara un objeto sin que pudiera ver adonde caía, truco en el que se pondrían a prueba sus instintos y sus sentidos.

En eso estaban, después de extraviar una pelota de goma y varias ramas de higuerilla, cuando Hiroshi consideró que el Fuji estaba listo para la prueba. Lanzó una gruesa rama, de más de treinta centímetos de largo, sobre un juncal, y le ordenó, con voz firme:

-¡Vé por ella, Fuji!

El perro no titubeó, los juncos estaban como a diez metros, corrió tendido, como pocas veces lo habían visto, y saltó limpiamente por encima de la vegetación, pero no se escuchó ningún sonido más, esperaron unos minutos y Hiroshi empezó a llamar al Fuji…nada.

Rodearon los juncos y se dieron cuenta por qué estaban tan verdes y rozagantes, cuando recibieron la oleada del hedor que despedía una enorme fosa séptica a cielo abierto, y casi en medio, se distinguía la cabeza y las patas delanteras del perro, hundido en el excremento. La dirección del viento les impidió percibir oportunamente la peste.

Hiroshi, angustiado, le gritaba al perro, animándolo para que tratara de salir de aquel pantano maloliente de heces movedizas. El animal hacía esfuerzos por avanzar hacia su amo, sin emitir un solo sonido, aparentemente consciente de su comprometida y grave situación.

Hiroshi soltó el llanto, al darse cuenta de la inminente muerte de su mascota y dijo, resuelto:

-Me voy a meter a sacarlo, juntemos nuestros cinturones y tú nos jalas a la orilla en cuanto lo alcance.

-No –le contradijo –tú pesas casi lo mismo que el Fuji, se van a hundir los dos, tú no eres tan fuerte, te va a arrastrar con él.

-¡No me importa! –insistió Hiroshi, llorando a gritos -¡Me voy a aventar a sacarlo!

-Espera –lo atajó – tengo una idea mejor, vamos a cubrir la mierda con ramas, para poder acercarnos más a él.

Eso le pareció bien, y se pusieron a aventar ramas, arbustos y zacate sobre la superficie, tratando de que quedaran al alcance del perro, pero antes de que pudieran acercarse lo suficiente, dejó de luchar y empezó a dejarse vencer, el Fuji se estaba hundiendo, sin remedio.

Hiroshi se derrumbó en la orilla, llorando desconsoladamente, sin poder hacer ya nada, presa de la impotencia.

Él tomó la rama más larga que encontró a la mano, la acercó al hocico del perro, que parecía estar ya muerto, y le dijo a Hiroshi:

-¡Ordénale con energía al Fuji que muerda la rama, y entre los dos lo jalamos, ya la puede alcanzar!, ¡Mira!

Modulada por la desesperación, la voz de Hiroshi se proyectó con tal determinación, que el can obedeció de inmediato, mordió la rama con tanta fuerza, que la rompió varias veces y tuvieron que acercársela de nuevo, más corta, pero más próxima, hasta que lo pudieron alcanzar con sus cinturones militares de resistente tejido; los dientes del Fuji se le engancharon tan bien, que luego que lo sacaron del pantano, le costó trabajo a Hiroshi destrabárselos.

Batidos, jalaron al debilitado animal hasta el mar, donde los tres se dieron un largo baño, tratando de desprender del pelaje del can, y de sus propias ropas y uñas, la caca de quien sabe cuantos desconocidos, o conocidos, que fue a parar a aquel lugar.

El Fuji se recuperó por completo, y ganó con la experiencia; además de que se comportaba con más inteligencia, a partir de entonces era difícil decir cuál de los dos era el amo, y cuál la mascota. Eran un par feliz.

Recordó también cuando idearon un viaje por mar, aprovechando sus experiencias con las balsas en la laguna pluvial, “el gran charco”, y su tradición marinera familiar. Pepenando de aquí y allá, hicieron un kayak, con armazón de latillas, de las usadas en cercos ligeros, largas y angostas, de madera flexible; lo recubrieron con tramos de lámina de chapopote para impermeabilizar techos, muy áspera, con gránulos de plástico duro o grava de sílice, abrasiva, como lija gruesa, de color verdinegro, y la reforzaron con una capa adicional.

Tapizaron el piso del kayak con cartón de cajas de leche “del clavel” (Carnation), para apoyar el cuerpo y los pies; hicieron remos, usando viejos palos de escoba, con tapas de botes de pintura atadas, clavadas a los extremos, parecían paletas dobles. Tras unos ajustes necesarios para asegurar su estabilidad y flotación, se hicieron a la mar.

Salieron por la playa, frente al hotel Riviera, a la altura del espigón, de más de cien metros de largo, que continuaba la ribera izquierda, a partir de la desembocadura del arroyo que cruza la ciudad, construído para desviar el azolve de la zona hotelera, dirigir los arrastres a aguas profundas, y cerrar el área protegida del puerto. Su meta era llegar al rompeolas, a menos de un kilómetro de la punta del espigón.

Todo se desarrollaba conforme al plan, o mejor, el Sol se ocultó tras las nubes, refrescando el día, podrían remar sin cansarse tanto, pero al rato, cuando rebasaban el enrocamiento, el cielo ya estaba cerrado, cubierto de oscuros y bajos nubarrones, y empezó a soplar aire frío y fuerte, hacia la costa.

Con el viento en contra, avanzaban poco y con dificultad, a pesar de que remaban con fuerza, tratando de vencer la resistencia del viento y del oleaje, que golpeaban por el estribor, oblícuamente, y tenían que rectificar el curso, cada vez que hundían los remos. Actuaban los dos como líderes, se gritaban las prioridades de remar a popa o proa, con objeto de recuperar el rumbo, virando a babor o estribor, dificultando aún más el avance.

Empezó a entrarle agua al kayak por encima, el mar estaba cada vez más picado; si alcanzaban el rompeolas, podrían andar sobre él hasta la ciudad, cargando, triunfantes, su nave. Pero su ropa se empapaba rápidamente, el piso estaba inundado; en sus esfuerzos por remar con vigor, horadaron los cartones y las láminas de impermeabilizante con sus tenis y acumularon líquido, rebasando su capacidad de absorción; el recubrimiento, diseñado para proteger techos de las lluvias, incluso torrencial, nada podía contra el Océano Pacífico, se colaba por arriba y abajo. Avanzaron unos doscientos metros, y ya estaban extenuados.

Abortaron la misión, girando ciento ochenta grados, y tiraron los dos remos, rotos e inútiles; remando a mano, con la línea de flotación por debajo de la superficie, ayudados por el viento en popa, y apremiados por su instinto de supervivencia, llegaron cerca de la playa, bastante al sur del espigón, obligados por las corrientes, el viento y el oleaje, que varias veces estuvieron casi a punto de voltearlos de cabeza.

El kayak estaba destruído, cuando calcularon que podían nadar hasta tocar el fondo con los pies, lo abandonaron a su suerte, la prioridad era alcanzar cuanto antes la orilla, la ropa les pesaba como si fuera de plomo. A pesar del gran cansancio, al salir del mar se alejaron a paso veloz, como delincuentes huyendo de la escena de un crímen.

Juraron no comentar su monumental fracaso con nadie, al menos por algunos años. Así pasaban sus días, hasta la muerte de Hiroshi.

-Si el Fuji o yo hubiéramos andado con ellos esa tarde, quizá Hiroshi estaría vivo aún – se reprochaba, de vez en cuando.

-*-

Tenía otro amigo japonés muy cercano, casi tanto como Hiroshi. Se llamaba Jimmu, como un antiguo emperador nipón. Tenía hermanos, todos mayores que ellos; siempre se portaban como camaradas, pero la brecha generacional era muy ancha. Los veían pasar, cuando sus tareas se cruzaban en las coordenadas del tiempo y el espacio.

La familia de Jim, así le decían, era educada, apegada a la tradición, a la distribución de roles específicos entre sus miembros, reservada en lo que hacía a la religión, y a las costumbres que no empatan con las nuestras, con las occidentales en general; era un clan de agricultores y artistas, diferente de la tribu de Hiroshi, de pescadores y marinos.

Esas cuestiones, aunque no dejaba de percibirlas, pertenecían a otro plano, él se relacionaba exclusivamente con sus coetáneos. No supo si la inmigración de las familias a las que pertenecían sus amigos y compañeros de escuela había sido por California, o directamente del Japón; era el inicio de la década de los cincuentas, los gringos habían maltratado bastante a muchos nipones, no era un tema que les hubiera gustado ventilar, resultaba muy sensible.

La familia de Jimmu arrendaba superficies al sur de Ensenada y las sembraban utilizando tecnología avanzada, con granos como trigo y soya, que exportaban parcialmente.

La mayor de los hermanos, bella y delicada, lo parecía más cuando desplegaba sus cualidades artísticas. Bailaba danzas tradicionales, vestida con kimonos de delicados colores, que la hacían verse como una mariposa, hablaba varios idiomas y, lo más importante: dibujaba maravillosamente, con una rapidez que los asombraba.

Hacía aparecer, para Jim y sus amigos, utilizando un lápiz común, con ágiles trazos imposibles de seguir con la vista, venados, ardillas, pájaros, follajes, bosques, paisajes completos, con igual calidad a la de las películas de Bambi o Blanca Nieves, de Disney.

La casa de Jim ocupaba la esquina que correspondería, normalmente, a la diagonalmente opuesta a la suya, pero era una manzana especial, también en diagonal, la cruzaba el arroyo que crecía con las lluvias, formando la laguna donde navegaban, y en vez de tener cien metros por lado, era un rectángulo enorme, el lado frente al panteón y el de la parte posterior, sobrepasaban los trescientos metros; en total, más de tres hectáreas, quizá cuatro.

Lo irregular del terreno había deprimido también su precio, y para aprovechar mejor el área nivelada, la familia de Jim compró varios lotes; el frente de su propiedad, sobre la calle Cuarta, tendría más de cincuenta metros, y de fondo, unos ciento veinte, quizá más. Ni duda cabía, era gente de campo, gustaba de los espacios abiertos.

Tenían de todo, grandes árboles frondosos, huerto de locuates, peras, pércimos, higos y duraznos, surcos de repollo, berenjena, zanahoria, coliflor, y las raíces fuertes que agradan a los orientales; un granado y una pequeña selva de bambú cerca del arroyo, y conejos, gallinas, patos y gansos, en jaulas y gallineros de madera y tela de alambre.

Había dos casas, la suya y la de un alemán que hablaba poco español, o guardaba un voto de silencio. Tras la Segunda Guerra Mundial, era sospechoso ver dos aspas, de tres que tenían al centro al infame Eje Berlín-Roma-Tokio, juntas en un país latinoamericano; pero aquellos extranjeros, que cargaban gratuitamente con el peso del nazifascismo, vencido, pero en hibernación, esperando una oportunidad para volver a mostrar virulencia, tenían décadas de haberse asentado en México. Nunca se interesó por ese nuevo juicio de Nürnberg, era jóven, y eran las familias de sus amigos.

Mike, el alemán, siempre podaba árboles y regaba, cosechaba fruta y levantaba todo tipo de basura y hojarasca; vestido con un overol de mezclilla, sombrero de kaki, camisa a cuadros, de leñador, y guantes de jardinería, empujaba una carretilla metálica cargada de desechos, tierra o abono; por donde pasaba, se veían palas, azadones, rastrillos, mangueras y baldes; a la cintura llevaba tenazas, tijeras, etc.

Igual la mamá de Jim; sus hortalizas y animales de corral la tenían en una actividad constante, que apenas se veía estorbada por los juegos del hijo menor y sus amigos.

La actividad de los mayores era tan frenética, que los muchachos no podían sino ofrecerles su ayuda, siempre bienvenida y premiada con fruta madura, que comían, platicando y viendo las evoluciones de los pájaros de diversos tamaños y colores, de chuparrosas a cuervos, y de insectos, de mosquitos a mariposas, que recorrían la flora en busca de alimento, o huían, para no convertirse en almuerzo de predadores.

Los árboles más grandes y frondosos estaban henchidos de vida, que se desencadenaba en actividad y bulla cuando aparecía una nube de abejas, mosquitos, abejorros o avispas, y ponían a las aves en vuelo de cacería y en concierto de trinos.

Seguido, sus juegos orbitaban alrededor de Diana, la mayor de sus hermanas. Los patios se comunicaban, separados por un solar, una cortina de árboles y una canaleta para el riego de las hortalizas; no participaba en los pasatiempos de los muchachos, ni quería, y sólo cuando lo consideraba oportuno, saltaba la canaleta.

Había variedad de tierras, algunas enriquecidas por el abono, que mayormente aportaban los animales de granja, otras acumuladas por la acción de la lluvia, a través del tiempo. A la entrada del terreno, por la calle Cuarta, se encontraba el mejor barro, la más fina arcilla, la de más suave consistencia, homogénea, sin residuos gruesos de minerales o vegetales. Raspaban una cantidad suficiente para llenar un balde, unos diez kilos de barro, lo llevaban bajo los eucaliptos y los encinos, lo colaban, y con aquel talco claro, algo rojizo, ponían manos a la obra: formaban una pasta con humedad exacta y, usando cajitas de fósforos como moldes, hacían tabiques, perfectos, docenas, y rectángulos delgados, como de veinte por diez centímetros, y los secaban al sol.

Mientras los adobes fraguaban, modelaban sillas, mesas, lavadoras, estufas, refris, fregaderos, sillones, camas y roperos, los muebles y enseres necesarios para una casa. En una hoja de triplay, levantaban paredes, pegaban tabiques con una mezcla más fina, distribuyendo el espacio conforme a un plano dibujado en la tabla, que se modificaba sobre la marcha, corrigiendo errores de cálculo y diseño.

Cocían muebles y electrodomésticos en una tapadera metálica, usada como comal, para acomodarlos en las habitaciones; colocaban vigas delgadas de bambú, apoyadas sobre los muros, y colocaban el techo, formado con los rectángulos delgados.

Le llevaban a Diana la casa terminada; podía descubrirla toda, o una sección, según lo deseara. Tras el reconocimiento, seguían jugando, leyendo, o viendo historietas en japonés, que hojeaban de atrás para adelante y de derecha a izquierda, para encontrarles sentido.

Tenían un perro, se llamaba Kaiser, que parecía inestable mental, lo habían enseñado, mediante condicionamiento pavloviano, a atacar a cualquiera que se atreviera a apuntarlo con el índice, o a lo mejor fue culpado de un crimen que no cometió y la indignación se convirtió en obsesión para el inocente can. Se divertían novateando a visitantes si, por curiosidad, preguntaban sobre la mascota.

-¿Cuál, dónde? –regresaban la pregunta, fingiendo demencia.

-¡Ese perro que está ahí! –decía el incauto, y apuntaba al Kaiser, que se convertía en su peor enemigo, gruñía, y agresivo, le enseñaba los dientes y sus afilados colmillos, lanzándose como una flecha contra el maleducado, que petrificado, veía al animal acercarse, y cuando ya estaba a punto de morderlo, le gritaban:

-¡Kaiser! –y el obediente can, reconociendo la voz de cualquiera de sus amos, se desviaba en la última fracción de segundo, y se dirigía a lamer mansamente la mano que lo alimentaba, meneando la cola.

-No le gusta que lo señalen –le explicaban al aterrorizado invitado, escondiendo cínicamente su perversa maquinación.

No era un perro temible, de los que uno prefiere evitar, mejor que andar indagando sobre sus gustos y hábitos, de hecho, era parecido al Benji de las películas.

En la convivencia con ellos, apreció ambas culturas, a través de sus diferencias con la nuestra: espiritualidad, comida, costumbres, roles de autoridad del padre, de la madre, su actitud ante la vida. Y en las revistas que hojeaba veía las ilustraciones, que reflejaban distintos conceptos sobre violencia o sexo; esas eran cuestiones que pasaban desapercibidas ante sus ojos, otras prioridades acaparaban su interés. Tienen distintos manuales culturales que los mexicanos, también los alemanes.

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El año en que Hiroshi murió, el Director de la secundaria enfermó gravemente, y hubo de nombrar interino; el fundador falleció a los pocos meses. Una gran pérdida. Acudió con un grupo de alumnos, en cuanto se enteró del deceso y accidentalmente, al llegar a la funeraria por la parte posterior, donde estacionaban las carrozas, presenciaron fugazmente, por una puerta que había quedado abierta, la preparación del cadáver, se retiraron, temerosos de cometer una falta de respeto.

El cuerpo de profesores que había iniciado junto con él su proyecto educativo, se constituyó en Colegio Electoral, y se fueron turnando la posición de Director, por bastantes años, invocando un derecho que ellos mismos, hasta cierto punto con justicia, se arrogaron.

Uno de ellos era el maestro de Matemáticas, tenía unas hijas bellas, abonando a la creencia de que padres feos procrean prole bonita, lo cual era válido parcialmente, en su caso. Las hijas salieron hechas a imagen y semejanza de la madre.

El matemático era un individuo desgarbado y corpulento, de espaldas abultadas, lento ambular y parsimonioso hablar, lo cual le ayudaba en su abstracta clase, la impartía tan pausada, que era imposible perderse en sus dilatadas explicaciones y razonamientos, como frecuentemente sucede, si el profesor se brinca pasos despejando una ecuación. Con él podían tomar los apuntes con toda calma, y hasta con pachorra.

Desde la primera clase se evidenció su estilo, se tardaba diez minutos en pasar lista de asistencia:

- Abaascaal Serraanoo Noormaa.

-¡Presente, maestro!

-Muuy bieen, coompaañeraa, muuy bieen.

Y así, lentamente, sin prisas, iba nombrando a cada uno de sus alumnos, hasta llegar a la compañera Zavala.

Pero cuando aquel primer día llegó a la S, leyó:

-Saantooyoo Poosaadaass Nicoomeedeess.

-Preeseentee, maeestroo –se escuchó una voz parsimoniosa que le respondía, como eco, provocando la sorpresa y preocupación de todos; no podía preverse su reacción. Nadie se reía.

-¿See crée uusteed muuy chisstoosoo, coompaañeeroo?- le reclamó, pausadamente molesto, sin que nadie se atreviera a emitir el más leve sonido.

-Noo maeestroo, ees quee yoo taambieén haabloo asiií.

Comprensivo, el maestro rió de buena gana, sin acompañamiento del grupo; se supo que era más aparente que real su fama de mal carácter. Muy pronto, el compañero Santoyo superó su problema de dicción, y el matemático conservó la exclusividad.

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A partir de la secundaria, los demonios internos que se apoderan de las voluntades de los escolares, son cada vez más caníbales, sobre todo en lo que hace a las críticas a la apariencia física, en ambos sexos, pero especialmente con las mujeres, en la eterna pasarela de popularidad, y también en las comparaciones entre las clases sociales a las que pertenecen los pupilos.

Para el grueso de los púberes preadolescentes, estos baches tienen consecuencias que se disipan en unos cuantos días, muchas veces en minutos. En algunos, dejan cicatrices que originan mecanismos de defensa, pues los hacen sentir, y parecer, excluídos de la comunidad, expulsados de la tribu.

Rosalía, compañera de primer año, tenía una hermana en segundo, una muchacha delicada, de mejillas sonrosadas, pelo rojo encendido, rizado, y grandes ojos claros, era estudiosa, muy aplicada y sociable.

La hermana menor, se sentaba al frente, y caminaba balanceándose ampliamente para ambos lados, también tenía pelo rojo y ojos claros, y era estudiosa y aplicada, pero no sociable, la inhibía una nariz de gancho y una barbilla minúscula, y encima, pesaba el doble que su hermana, aunque era más bajita.

Cuando llegó la época de elegir a la reina de la escuela, empezó el proceso de auscultación en los grupos de los tres grados; en el de él, los más malditos se confabularon, y cuando la comisión ad hoc visitó su salón, propusieron a Rosalía, y a Ofelia, la compañera más bonita y simpática.

Rosalía se puso muy colorada, las chapas le ocupaban toda la cara, no dijo nada, pensando quizá que todo terminaría con su derrota frente a la verdadera candidata. Ofelia perdió por estrecho márgen, en medio de la algarabía de los promotores de la colorada; el timbre anunció la hora de salida e interrumpió el suplicio, ya sólo faltaba que la sacaran en hombros. Parece que muchos votaron por Rosalía, pensando que el suyo sería el único voto que tendría, de consolación, pero se hizo la chica.

Al día siguiente, al empezar la primera clase, Rosalía pidió que se le permitiera dirigirse al grupo, se incorporó y les dijo, sosteniéndose erguida con dificultad, apoyada precariamente en una esquina de la paleta del mesabanco, que apenas soportaba su peso:

-Compañeros: deseo agradecerles que me hayan escogido como su candidata para Reina de nuestra querida escuela, y a la vez quiero participarles con mucha pena que debo declinar ese honor, porque mis múltiples ocupaciones no me permiten dedicarle tiempo a otras “cosas”. –Y se dejó caer pesadamente en el pupitre.

-¡O-fe-lia, O-fe-lia! –estallaron en gritos los alumnos, contentos de que todo hubiera regresado a la normalidad.

Para la que no funcionó la solución fue para Rosalía; al siguiente año sus padres la cambiaron a un colegio de monjas, en donde no correría el riesgo de que la fueran a postular de nuevo, para nada.

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En el mismo salón, en aquel primer año, cuando todos trataban de imprimir un sello original a su personalidad en ciernes, algo que los distinguiera, a uno como estudioso, a otro por su vestimenta, su corte de pelo, su agresividad, su lana, etcétera, el “Fats” ya había agotado la lista que antecede, y no se convencía de que su imagen estuviera establecida; decidió hacer un nuevo intento, mostrando al grupo la única gracia que poseía: lanzar saliva a distancias extraordinarias, con una asombrosa puntería.

Era una mañana lluviosa, el maestro aún no llegaba y la escasa luz natural era compensada por dos focos de 100 watts, que pendían del techo, pelones, sin pantalla, para su mejor aprovechamiento.

Empezó tirando salivazos por las ventanas abiertas, como a cinco metros de distancia, sin fallar una vez, y pronto atrapó la atención del respetable; aventaron una bolita de papel al pasillo y él la hizo rodar, certero, repitiendo sus lanzamientos, hasta la tarima del maestro, su puntería era perfecta.

-¡Dále al foco! –lo animaron varias voces.

Estaba sentado exactamente bajo uno de ellos, echó la cabeza hacia atrás, preparó su proyectil, infló los cachetes, apuntó, y disparó. El salivazo pegó de lleno en el blanco, se escuchó el impacto seco, la bombilla incandescente implotó, y muchos fragmentos le cayeron encima, pero ninguno en la cara; el Fats se levantó, sacudiéndose el pelo y la ropa, mientras el maestro entraba al salón, en medio de la gritería general, festejando la proeza del compañero, que por fin sabía qué lo haría famoso en la secundaria.

El maestro exigió orden y pidió que explicaran el por qué del relajo intolerable con que lo habían recibido.

Él levantó la mano:

-Es que de repente se reventó el foco, y los vidrios le cayeron al Fats, por eso nos reíamos cuando usted entró, maestro; pero parece que no le pasó nada.

-¿Está usted bien, compañero, no se cortó con los fragmentos? –le preguntó el profesor.

-No, señor, nomás quiero salir a sacudirme el pelo y la ropa, para no dejar más vidrios en el suelo. –respondió, aparentando naturalidad.

-Bien, pero no tarde, bastante tiempo hemos perdido con esta lluvia. –concluyó el profesor.

Al pasar frente a él, el Fats le guiñó un ojo.

-*-

Unos tomaban la disciplina militar muy en serio, sobre todo en la forma, portaban el uniforme con una rigurosidad digna de mejor causa, evitaban sentarse y constantemente se alisaban la raya del pantalón, se revisaban la posición de la cuartelera, traían un trapito especial para desempolvar sus botas, que parecían de charol, y eran capaces de pelear, si alguien los criticaba por su meticulosidad. El hermano mayor del Fats era así; una vez, al pasar de la posición de descanso a la de firmes, con el equipo completo, y el rifle con la bayoneta calada, realizó el movimiento con tal precisión y energía, que se hizo un leve corte, con la afilada punta, en la parte inferior de la nariz, apenas tuvo tiempo de sacar su pañuelo para contener la sangre, evitando manchar el impecable uniforme. Había varios que eran verdaderos fanáticos.

-*-

Pocas veces tenían oportunidad de disparar las balas calibre siete milímetros de los máuseres, y sólo lo hacían bajo estrictas medidas de control y seguridad, en un área destinada exprofeso, contra un paredón, dentro del campus pero lejos de las actividades docentes, o en los médanos, con dispositivos de vigilancia encabezados por los oficiales estudiantiles, y algunos militares de carrera.

Durante uno de esos ejercicios, se efectuó un torneo de tiro. Tras instalarse los blancos, los participantes se colocaron pecho a tierra, simulando posiciones de combate. Eran más de veinte y dispararon diez proyectiles cada uno.

Sólo su blanco acumuló nueve impactos, y estuvo a punto de llenarse de gloria, pero se le ocurrió comentar con sus compañeros de ambos lados, que aún a él le había sorprendido su puntería. Resultó que los tres apuntaron al mismo blanco, lo que explicaba que los otros dos estuvieran intactos. Riendo, comentaron el hecho con el capitán, y todo quedó en una derrota con honor. Ganó un alumno que logró cinco impactos, verificados.

Una cosa quedó clara: nadie podía contra los tres juntos.

-*-

Un día salió, el último, con la secundaria ya prácticamente vacía, era viernes y, camino de su casa, con la hora de la comida encima, se dio cuenta de que le faltaba un cuaderno; lo necesitaba para hacer la tarea que debía entregar el lunes. No había remedio, tenía que regresar a la escuela. Cuando llegó, la encontró completamente desierta; en medio de un pesado silencio atravesó el patio de las moreras, sembradas por los alumnos de la generación fundadora, llegó al corredor, techado y abierto hacia el área donde hacían los honores a la bandera, al iniciar cada semana, y cantaban el Himno Nacional a voz en cuello, como se canta en provincia; pasó frente a la sala de armas donde se guardaban bajo llave, con la bayoneta calada y muy bien alineados, los rifles.

Siguió avanzando y llegó a su salón, haciendo changuitos para que no fuera a estar cerrado; el conjuro funcionó, y la puerta se abrió cuando la empujó suavemente, emitiendo un leve chirrido, que magnificado, se escuchó en la quietud imperante, en la que todo estaba suspendido.

Se asomó, el aula estaba iluminada por el sol vespertino, que entraba, en dorados haces oblícuos, por las ventanas, a través de las cuales se divisaba el horizonte marino y la costa plateada, pero no las olas, cubiertas por los lejanos médanos y las edificaciones más cercanas.

Dentro, se apreciaban partículas flotando en el ambiente, la mayor parte seguramente de gis y de polvo estudiantil; penetró, pisando con cuidado la tarima en la que descansaba el escritorio del maestro; a su izquierda percibió el enorme pizarrón verde, parcialmente borrado, y en el pasillo central se dirigió a la hilera donde estaba su mesabanco, casi a mitad del salón. Vio con gran alivio su cuaderno, acomodado debajo del asiento, y se explicó por qué lo había olvidado; también, sobre la canal de la paleta, yacía el lápiz que había usado durante las clases, se tocó la bolsa de la camisa, y sintió el espacio vacante, con un movimiento automático lo recuperó y se inclinó rápidamente, para levantar el “imprescindible” cuaderno.

Mientras su cabeza recorría el espacio, descendiendo y cortando el aire, que sentía cálido en los pabellones de sus orejas, sintió cómo su cuerpo en movimiento perturbaba el ámbito, de pared a pared, y del piso al techo. Un raro rumor ganó volúmen, y escuchó con claridad las voces de sus compañeros, toses, risas, y el arrastrar de pupitres, y pasos, muchos pasos.

Asombrado, volteó violentamente, no había nadie, y se dio cuenta de que traía el cuaderno enrollado, instintivamente lo había convertido en arma defensiva, escuchó más pasos, voces y risas de muchachas a su espalda, giró aún dos veces más sobre sí mismo, mientras recorría el salón, sin atreverse a parpadear; corrió a la puerta dando traspiés y salió, cerrándola de golpe. El gran barullo residual que le taladraba los oídos, sólo era ya mero producto de su imaginación, estimulada por lo que había experimentado.

Días después, le vino a la memoria lo que cuenta la mitología griega sobre el rey Midas, al que Dioniso concedió el don de convertir en oro todo lo que tocara, y que posteriormente fue castigado por Apolo, por haberse pronunciado a favor de la flauta de Marsías, desdeñando la lira divina, haciendo que le crecieran orejas de asno, y calificando, así, su gusto musical. Se las ingenió para ocultarlas, pero un pastor se las vio, y temeroso, guardó el secreto, sabía que difundir su terrible hallazgo le costaría la vida. Finalmente, cuando no pudo soportar el peso del real chisme, y sin poderse deshacer de él, decidió liberarlo en un lugar despoblado; entró a un cañaveral, y lo sacó de su pecho, gritando a todo pulmón: ¡El rey Midas tiene orejas de asno!, varias veces, y regresó a su vida habitual, tranquilizado.

Pero el sonido, atrapado entre las cañas, fue arrastrado por el viento, y lo llevó a campo abierto, otros súbditos lo escucharon y la noticia se esparció. Se libró del don que le impedía llevarse aun una uva a la boca, sin convertirla en el áureo metal, al concederle Dioniso volver a la normalidad, bañándose en el río Pactolus, que a partir de ese día, produce oro de aluvión. Mas, condenado a esconder sus monstruosos apéndices auditivos, Midas acabó sus días, colgándose de un árbol.

Seguramente las voces, los sonidos y los ruidos del salón de clases, o sus ecos, quedaron atrapados entre muros y muebles, y las corrientes de aire que produjo al desplazarse en el espacio cerrado, los puso de nuevo en circulación. Como quiera que hubiera sido, le tranquilizó haber encontrado una explicación con tantos elementos de lógica, y quedó convencido de su impecable razonamiento.

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-xi-

Desde pequeño, fue un individuo de convicciones y determinaciones; cuando su padre le daba el “veinte”, una moneda de veinte centavos, le preguntaba para qué la quería, y él contestaba que ahorraba para comprar el traje que vestiría cuando se casara; había visto las fotos de la ceremonia del matrimonio de sus papás, en un álbum familiar, y no quería que evento tan importante lo agarrara desprevenido.

Por razones de peso, relacionadas con el viaje a la ciudad de México, su primero en “el avión”, para llevar a su hermano enfermo con un especialista, su bautizo se difirió. Cuando entraron a la Parroquia del Sagrado Corazón, iba de la mano de sus padres; al preguntar el cura, en la pila bautismal, cómo quería llamarse, contestó categóricamente: Príncipe del Bosque Dormido.

Desde chico, amigas de su madre, sus maestras en kinder y primaria, y compañeras de escuela decían, sin importar que las escuchara, que sería bien parecido.

Las amigas, vecinas y comadres de su mamá, platicaban en las cercas de madera que dividían los patios, se veían en la calle y se detenían a compartir chismes de “veteranas”(así se decían), su madre lo llevaba de la mano; entonces, para acortar el flujo de información, o por mera inspiración histriónica, se le enredaba en el vestido, sacaba la lengua y presentaba su repertorio de muecas; cuando lo acusaban y su madre volteaba a verlo, él ponía cara de niño bueno.

-¡Te digo que me sacó la lengua y hacía cara de chango! – reclamaba la “veterana”.

Con fingida indiferencia, como mecanismo de defensa para proteger su naturaleza tímida, reaccionaba en situaciones en las que las niñas intervenían directamente, como cuando en quinto de primaria, una compañera, que tenía quince años, le decía: las pecas se te quitarán, y las muchachas te perseguirán.

No tenía respuesta a esos comentarios, su carácter era introvertido, aunque sólo con el sexo opuesto. Ellas tuvieron que insistir, o ser de plano audaces, para obtener alguna reacción positiva de su parte.

Las frustraciones que causaba eran por omisión, no por comisión, y casi siempre se resolvían en el enojo de la chica, que se explicaba el rechazo, pensando que él era un tonto que no entendía nada de nada.

Sin embargo, era un líder nato, los maestros, los compañeros, los amigos, lo proponían para encabezar equipos deportivos, grupos de estudio, juegos; confiaban en su liderazgo, era garantía de equidad. Además, era divertido y travieso, aplicado y amigable, pero, cuando una chica quería intimar con él, se sentía intimidado.

Siempre estaban presentes, lo buscaban, se acercaban, le tocaban el pelo, le decían que lo tenía mullido, brillante y tupido, y se turnaban para despeinarlo. Pensaba que ése era su único propósito, ciego a sus segundas intenciones.

Una joven que venía de San Francisco a pasar vacaciones con su tía, la maestra de inglés y Directora del Jardín de Niños, convivió con su grupo de amigos de la secundaria. En el verano, ayudaban con faenas en el kinder, a cambio de “practicar inglés”, y de una limonada.

La muchacha era desenvuelta, educada en el medio donde brotarían los Flower Children de los años sesenta. Inmediatamente se incorporó a la pandilla, y se hizo evidente su preferencia por él, el más indicado, hablaba más inglés que el resto. Atacaba de formas que él traducía como compañerismo; le enseñaba complicados pasos de baile, en los albores del rock, hablaban en inglés, aislados del resto, y buscaba los momentos para estar solos, y no obtenía la reacción deseada. A solas en un salón, le propuso un juego: escribiría algo en el pizarrón, pero en clave, para que él lo descifrara, pero además, tendría que leerlo en voz alta.

Escribió con un gis rojo, en el pizarrón: I OVEL OUY, y él, casi al mismo tiempo, escribió a su vez: I LOVE YOU.

-¿Ya ves qué fácil?, ¡Ahora dímelo, quiero escucharlo de tí, dímelo en voz alta! –lo apremió.

No podía explicarse por qué las palabras no le salían de la boca, y fingió que no entendía el propósito, si ya estaba resuelto el acertijo, hasta que ella, molesta, le dijo al oído:

- I love you, sucker! –y salió corriendo.

Faltó al kinder varios días, cuando regresó, se enteró que ella se había decidido por otro, para contrariarlo, y a él lo trataba con indiferencia.

Tenía un concepto caballeresco del romanticismo, la mujer estaba ahí para respetarla, debía esperar a la que sería el amor de su vida, con la que estrenaría el traje para el que estaba ahorrando, desde hacía años. La verdad, cada vez que juntaba una cantidad considerable, le daba otro uso, según la época del año y las prioridades emergentes.

Las mujeres le gustaban tanto, que no podía ocultarlo, cuando una le atraía de verdad. El juego del cortejo era un suplicio, y se preguntaba por qué el contacto con las que creía que podían ser la definitiva, lo paralizaba.

En primero de secundaria, una muchacha le enviaba mensajes tan apasionados, que si le hubiera atraído, tendría que haber acudido a los rendez-vous que le proponía, en la galería de un cine local. Pero la más audaz fue una que, con el pretexto de que estaba oscureciendo, le pidió que la acompañara a su casa, y en el camino le pidió que le explicara qué eran las relaciones sexuales, tenía mucha curiosidad. Era obvio que ella no lo ignoraba, pero él sí, y se puso a inventar, diciéndole lo primero que se le iba ocurriendo, y ella reía, protegida por la penumbra; cuando llegaron, le dijo, con promisoria intención: -Voy a entrar un momento, luego salgo, no me tardo, espérame, ¿OK?

Cuando la amiga volvió a salir, él ya no estaba ahí.

-*-

Ensenada tenía misterios, leyendas y personajes, unos, propios, los más, prestados. La Llorona, La Dama del Quinto, El Estrangulador, robachicos, pachucos, mariguanos, los perros negros que salieron con un rayo que abrió una grieta en el suelo, por San Telmo, etc. Algunos se usaban para asustar a niños, y adultos.

Descartaban los que no tenían sustento, bastantes se remontaban a tiempos coloniales, otros eran originarios de ahí, y los conocían en persona, con algunos, hasta había historias en común.

Era el caso del Jimy. Jaime Urbina parecía salido de la época de oro del cine mexicano, mezcla de Jorge Negrete, Luis Aguilar y Pedro Infante. Vestía de agente de tránsito, con kepí, pantalones de montar, botas y pistola escuadra, esa era su ocupación: motociclista, oficial de tránsito, tripulaba una Harley Davison que, en su memoria, tenía casi el tamaño de un vocho.

Era amigo de la familia, la relación se transfirió de su cultivo con la comunidad, donde el padre era conocido, y donde el Jimy se asumía, orgulloso, como estrella de la película A.T.M. (A Toda Máquina), y se convirtió en compadre, con el bautizo de una de sus hermanas.

Era mitómano, pero también un ingenuo que sólo pretendía con sus fantasías, granjearse el aprecio de la gente, vivía para su popularidad, era un simpático profesional, inofensivo, salvo para las personas que lo tomaran en serio. Les regalaba postales enviadas por turistas, sus ocasionales y efímeros amigos, desde países lejanos, algunos bastante exóticos, y les decía:

-¡Les traje estas postcards, para que vayan conociendo mundo!

Eso los divertía, pero sembró como paracaidista a una señora en unos terrenos costeros, en zona federal, en Punta Banda, por la Bufadora, con la peregrina ilusión de obtener la posesión y lograr el usufructo legal, vía una concesión, después de hacer roncha in situ por varios años y, con ayuda de unos hipotéticos socios gringos, desarrollaría un emporio turístico. Como la zona estaba llena de casos de agandalles inmobiliarios, se lo creía, y transmitía esa seguridad a los incautos.

La buena mujer aguantó estoicamente, y logró que le regularizaran la propiedad de un pequeño predio, fuera del límite de la franja costera, donde había construído, sensatamente, la casita que habitaba con sus hijos, todo lo cual tuvo que agradecerle al Jimy.

A su padre le ofrecía con frecuencia participar en su “proyecto”, con idéntica respuesta:

-¿Ya regularizaste la situación de los terrenos? Bueno, cuando lo hayas hecho, platicamos.

-Jimy no busca socios, sino víctimas que le ayuden a poblar la costa de manera irregular, creyendo que presionará al gobierno federal para lograr la concesión; hay mejores cosas en que perder tiempo –decía.

En los desfiles del 16 de septiembre y del 20 de noviembre, y cuando la ocasión lo ameritaba, vestía auténticamente de charro y marchaba, montado en uno de sus magníficos caballos, con la asociación local de la charrería, integrada por nostálgicos jaliscienses, michoacanos y zacatecanos, avecindados en Ensenada. Destacaba, porque era alto, y corpulento; con unos cuarenta kilos menos, se hubiera parecido más a Negrete.

En el aniversario de la Independencia, marchó por primera vez con sus insignias de subteniente, posición en la que tenía que ir separado de su contingente, supervisándolo; hubo de conseguir pistola, que no había en casa, el padre estaba contra las armas, las resorteras incluso. Visitó al Jimy, quien le ofreció su colección.

Escogió una Colt .45, un revólver “six shooter” de cañón largo, con cacha de nácar y cinto y funda charros, de cuero ricamente labrado. Se sentía el “muchacho” de la película.

Regresó con el Jimy al día siguiente, sus superiores se la prohibieron, desentonaba con el uniforme. Tomó una escuadra Smith & Wesson, también calibre .45, con funda discreta, y se insertaba en el cinturón con un discreto clip metálico. Asunto arreglado.

Lo primero que hizo su padre fue verificar que el cargador estuviera vacío y no hubiera ningún proyectil en la recámara del arma. Con el atuendo completo, su participación en el desfile fue un éxito, pero esa misma tarde fue a devolverla.

El Jimy estaba tan entusiasmado por lo que creía una vocación del chamaco, que le regaló la Colt, con todo y el cinto y la funda charra, con tí tó. Imaginaba ser El Llanero Solitario.

Tuvo que ir el padre a devolverla, para hablar con el Jimy; deseaba asegurarse de que ahí acabaría la naciente afición del hijo, que estaba por cumplir trece años.

-*-

Lo sorprendió un amigo, mostrando extraña mentalidad. Lo encontró en el parque Revolución, tirado en el césped, fumándose un cigarro; nunca lo había visto fumar, pero no le pudo comentar nada, pues de inmediato le dijo:

-¿Ves ese chamaco? Pues fíjate lo que le voy a hacer.

El niño, como de cuatro años, jugaba con una gran pelota de gajos a colores, incorporándose, el amigo tiró la bacha, con un movimiento nervioso la aplastó con su zapato, y murmuró en secreto, para que el plebillo no lo oyera:

-Prepárate para salir corriendo, por si nos cachan –se acercó al niño, y muy sonriente, se puso a platicar con él, después de unas frases propiciatorias, lo levantó cariñosamente, lo puso de pié, se hincó ante él, lo asió por los hombros, aspiró, y con los pulmones llenos, puso su cara a cinco centímetros de la del niño y empezó a gritar con voz de contratenor, penetrante y en crescendo:

-¡eeeeeeeeEEEEEEEEEEEEEEEEE! -el demoníaco alarido parecía interminable, cuando concluyó, el niño estaba espantado, berreando, chille y chille, y en cuanto lo soltó, salió corriendo, despavorido, para su casa, ellos, en dirección contraria; se sentía desconcertado, pero el otro se iba riendo a carcajadas.

-¿Por qué lo hiciste? Nos podían haber linchado –le reclamó, y volteó a mirar la pelota abandonada.

-Así les hago a mis primos cuando me los encargan mis tíos para irse a pachanguear a San Diego, y no rajan, me los tengo amenazados, y a veces, hasta se hacen pipí del miedo –comentó, sin dejar de reir.

-Me voy a quedar otro rato, te veo el lunes –se despidió, sin ocultar la molestia que le causaba el lado oscuro de su amigo; lo sacó de onda, no podía explicarse cómo pudo ocultarlo durante todos esos años, lo conocía desde el kinder.

Se tumbó a la sombra de un eucalipto que, con sus amplias raíces, acaparaba los nutrientes, para soportar el viento, y también su grueso tronco. Se puso a meditar, a reflexionar sobre lo sucedido, pero por poco tiempo; se apareció en escena una familiar pareja de ancianos, habituales visitantes del parque. Seguido los veía, sentados en una banca, de las originales, de hierro colado y asientos de tiras anchas de madera, tratada para soportar décadas de intemperización, con una manita anual de esmalte marino verde intenso, ergonómicas y curvas; a pesar de su dureza, soportaban la anatomía humana con eficiencia, uno podía pasarse largos ratos sentado, cómodamente; distintas a las bancas que las sustituyeron, el año en el que colocaron un ridículo “monumento” de concreto hueco, que de inmediato se cuarteó, y cuya sola función era exhibir la pretenciosa placa que anunciaba al “H” Ayuntamiento y al club de hombres de negocios que propiciaron una furris, y raquítica remodelación, en la que solo las bancas destacaban, pero por frías e incómodas. Las lozas parecían lápidas acostadas, con grandes inscripciones a bajo relieve en el helado respaldo, donde se identificaba al donador, una persona física o un comercio. Por suerte, también se deteriorarían pronto.

Los ancianos platicaban, pero cuando se volvía hacia ella para decirle algo, el lenguaje corporal de la mujer era obvio, se alejaba, inclinaba su cuerpo a un lado, giraba su cabeza, como si una fuerza invisible la obligara, como si algo proveniente de él, su olor, aparentemente, le repugnara.

Desde la primera vez que los vio, mientras pensaba, leía o divagaba, recargado en un árbol o tirado boca abajo en el césped, ellos escogían una banca, según la hora o el sol indujeran, y representaban la escena de rechazo. No podía oir lo que conversaban, el ruido ambiental y la distancia lo impedían, pero no era necesario.

¿Por qué seguían juntos? Seguramente por costumbre, porque de no estar juntos estarían solos, porque uno amaba por los dos, a lo mejor porque él dependía de ella para sobrevivir, o viceversa.

Le dio pena ajena la escena, se levantó, y se acomodó en la sombra del eucalipto, sin tener que verlos. Abrió su cuaderno de apuntes, y se puso a leer.

El intenso sonido del roce de una tela, llegó a sus oídos, y levantó la vista, vio a una joven corriendo, seguida de su acompañante, quien la alcanzó y, tomándola de ambas manos, la sostuvo, riendo, mientras la ayudaba a sentarse en el pasto, con cuidado, traía un amplio vestido de fiesta, venían de una boda, quizá, la parroquia no estaba lejos.

Se quitó el saco, lo colocó al revés, se sentó encima, dejó un espacio para ella, quien se acercó, flexionó las piernas, se hincó y descansó el cuerpo sobre sus talones, dejando flotar el vuelo de su falda, parecía llena de crinolinas, o quizá tenía una armazón rígida. La controlaba con las palmas, para que el viento no se la levantara.

La estampa le recordó a Alicia, cansada de ver a su hermana leer un libro “sin imágenes”, antes de que Lewis Carrol la mandara soñando al País de las Maravillas; los oyó hablar en inglés, y la imagen cobró fuerza, era obvio que se decían, en secreto, cosas compartidas. -¡Que forzada asociación de ideas!-pensó, y alejó la imagen, regresando a la realidad.

Siguió leyendo mientras pasaban los ancianos, se retiraban, y se dio cuenta de que el parque estaba casi desierto. Se hacía tarde, decidió irse también, de seguro la pareja lo agradecería, pues ya se estaban poniendo muy románticos. Entraron en clinch y, sin referee, rodaron abrazados por el césped, olvidando toda precaución.

Apreció que, en efecto, la falda tenía una armazón rígida, como reja, o jaula para pájaros, que le cubría unos bloomers blancos, con encaje rosa, y unas medias de nylon, de las que aún ostentaban la raya, la costura longitudinal que les preocupaba tanto traer chueca. Era un espectáculo atractivo, pensó que si se daban cuenta de su presencia, se podrían apenar o inhibir, lo cual era absolutamente improbable, de seguro se hacían solos en el Universo. Se alejó, para no invadirles el territorio virtual, y antes de cruzar la calle, volteó: seguían retozando.

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En Ensenada había una playa de cantos rodados, Las Playitas, a un kilómetro, o un poco más, al norte del rompeolas, frente al María Luisa Trailer Camp y las Quintas Papagayo. Era una playa singular, con su pendiente pronunciada, situada en una minúscula media luna; apenas sobrepasaba seiscientos metros, con extremos formados por rocosos morros; las olas reventaban cerca de la orilla, y con fuerza, cuando el viento soplaba hacia la costa, con marea alta, en especial en invierno, época de mar picado y cielos encapotados.

Las olas chocaban contra el talud, rebozante de unas piedras que semejaban huevos de dinosaurio (a lo mejor algunas realmente lo eran), con sus más de cuarenta grados de pendiente y unos treinta metros de ancho, hasta antes del paredón de quince metros de alto, que se alzaba cerca del extremo norte. El agua espumosa que subía abundante por los cientos de miles de cantos rodados, provocaba un ruidoso rumor, al hacer que se estrellaran y frotaran entre sí, y al regresar el caudal al mar, el estruendo se sentía como un vigoroso masaje de mantra hindú, cuya prolongada vibración de Om, sentía uno rebotar como ecos ininterrumpidos, en el interior del cráneo.

A veces había un oleaje tan tupido, que el rumor de esas piedras rodantes era permanente, pero lleno de matices: se mezclaba con el sonido del reventar de las olas en su trayecto a la playa, que luego chocaban, en un monumental aplauso, con el agua espumosa que regresaba en masa al océano, tras completar su triunfal incursión; se levantaban crestas de varios metros de altura, cuando el agua que entraba se encontraba con la que salía. Un enorme espéctaculo de imagen y sonido, que podía uno pasarse las horas disfrutando, hasta que el frío del atardecer, o la lluvia, obligaban a abandonar el lugar.

Ahí llegaban él y sus amigos, a veces en “burra”, otras de “raite”, y pocas a “pincel”; esta última opción trataban de evitarla, sobre todo si la ruta era por la calle Diez, pues por ella pasaban a fuerzas frente a la “cachanía”, un barrio bravo donde pandillas de mozalbetes como ellos, los recibían a pedradas, y tenían que salir corriendo; la opción, que era llegar por la carretera, rodeando el Cerro del Vigía, alargaba demasiado el trayecto. Si no traían para el camión, se capeaban los proyectiles, con resignación, y con algo de suerte.

Pasando la “cachanía”estaba la colonia Moderna, el más reciente desarrollo urbano, en un lomerío a la derecha del camino. Varios amigos ya se habían mudado al nuevo fraccionamiento, lo mismo que profesionistas con sus familias, provenientes del centro del país.

En la Moderna habitaba el “Cobra”, un exalumno de la secundaria, prisionero del rocanrol, algunos decían que se había vuelto vicioso, mariguano, por las raras costumbres que tenía, pero nada más era un excéntrico, anclado en la adolescencia, un peterpán, producto de su propia inventiva, que había renunciado, que se negaba, a crecer.

Una vez, al pasar caminando, coincidieron con él, venía bajando por una de las calles de su colonia, perpendiculares a la carretera, traía puesta una gabardina adquirida en un war surplus, pues todavía se le veían algunas insignias militares, larguísima, que casi le llegaba a los pies, y el Cobra medía seis, de ahí le venía el mote. Alto, delgado, de movimientos ágiles y serpentinos; lo acompañaban cinco perros, los más, satos, alguno con collar y placa. Saludó y se unió al grupo, iba a Las Playitas. En el camino fueron juntándose más perros, y cuando llegaron al mar, pasaban de la docena.

Se dirigió a las piedras, mientras todos los demás se metían al agua, seguidos por la alegre jauría, los canes le tiraban mordidas a las olas, y jugaban con la palomilla. El Cobra, petrificado, quieto, en cuclillas, en una roca del morro sur, atisbando el horizonte, parecía justificar su apodo, alargaba el cuello y volteaba como resorte para un lado y para otro, y volvía al estado de reposo. Nunca se quitó la gabardina verde oscuro, deslavada, pero en bastante buen estado. Ya había regresado a los cantos rodados, cuando fueron a platicar con él, antes de volver a sus cantones:

-¿Cómo le hiciste para juntar tantos perros, Cobra, y para qué los quieres? -le preguntaron, movidos por la curiosidad, y les respondió:

-Mucha gente me pregunta lo mismo, y siempre les explico que estos perros no son míos, ni me vienen siguiendo a mí, el que me pertenece es el “Rex”, aquel pastor alemán grande, pero cada vez que lo saco a pasear, se le juntan los amigos, los demás son camaradas de él, nada tienen que ver conmigo.

Eso los convenció de que, lo que fuera que pasaba con el Cobra, tenía que ver más con su renuncia al mundo, que con un supuesto vicio o enfermedad mental; no huía, su entorno le disgustaba, y lo ignoraba.

-*-

Ningún pueblo que se respete, por pequeño que sea, prescinde de al menos uno de esos locos inofensivos con poder de convocatoria entre los chicos. No poseen la malicia de Pito Pérez, ni padecen de retraso mental notorio, son solo ermitaños sociables. Ensenada tenía varios, el miembro de una familia con tradición local, autodeclarado vago profesional, que sólo reclamaba un rincón para dormir en la casa paterna; el borracho pedigüeño que frecuentaba la cárcel municipal, donde pasaba las crudas de sus guarapetas. Su conducta no era un ejemplo, pero no hacía daño a nadie, salvo a si mismo.

Había uno intachable, que apareció de la noche a la mañana; sólo hablaba cuando lo interpelaban, y respondía en tono conciliador, jamás perdía los estribos. Los chamacos, los más chicos, fueron los primeros en captarlo, para burlarse de su indumentaria, era evidente que también lo que vestía le venía holgado, el distinguido sombrero de fieltro, sin forma, con lamparones, resultado del uso intensivo, no del descuido, el saco, los amplios pantalones, dentro de los cuales el flaco personaje cabría con su gemelo, y los zapatones sin calcetines, que amenazaban con salírsele volando, a cada paso.

Los chamacos se cansaron pronto de reirse de él y empezaron a reirse con él, lo rodeaban a media calle y caminaban formando un círculo, como satélites, o anillo de asteroides, avanzaba en pausado zig-zag, realizando la función social que se había autoasignado: quitar de las calles de terracería, los objetos que pudieran representar peligro para los peatones. Echaba piedras, latas, palos, cuanto encontraba, a patios baldíos y a tibores de basura que la gente ponía afuera de sus casas, para facilitar su recolección por el servicio de limpia de la ciudad.

Como disfrutaba de la compañía infantil, rara vez dejaba pregunta sin respuesta. Se detenía y escudriñaba el cielo, como si quisiera leer su parlamento escrito en las nubes, reanudaba la marcha y a veces la respuesta era un relato que iniciaba y terminaba sin dejar de caminar y sin apartar la vista de las alturas, salvo para levantar algo; conocía las calles palmo a palmo, bache a bache.

Sólo reveló su nombre porque empezaron a llamarlo por el apodo que le habían inventado: el “Mangos” o simplemente el “Mango”, sin que se supiera por qué, seguramente lo único que pretendían era jugar con él. Algún adulto comentaba que, al principio, cuando le preguntaban algo, contestaba negando, y en vez de decir “no”, o “naranjas”, decía:

-!Mangos!

-¡Mangos, mangos! – los escuincles gritaban al verlo -¡Ahí viene el “Mango”!

Caminaba sin decir palabra, seguía recogiendo objetos del suelo, y cuando tenía las manos repletas de palos, latas, papeles y piedras, se detenía y veía a la chamacada, que, temerosa de que usara su arsenal contra ellos, se alejaba corriendo, para ponerse a distancia segura. Él tiraba su carga en un bote o en un solar y les decía, levantando la voz, en las poquísimas ocasiones en que les dejaba escuchar su potencia:

-¡Néstor Campos, para servir a ustedes!

Ese era su nombre, y todos lo sabían, pero seguían diciéndole Mango, a sus espaldas. Eso lo tenía sin cuidado, pues ya se había dado cuenta de que los niños lo querían, se lo demostraban; ellos y sus mamás se encargaban de que no le faltara lo esencial, que, por otra parte, era lo único que aceptaba; le ofrecían un bocado envuelto en una servilleta, especialmente preparado, a petición del hijo, y si no, le reponían algo de la indumentaria que ya no cumplía su función, otro par de zapatos menos viejos, una bufanda o suéter en buen estado, para el invierno.

El correspondía, platicando con todos y con ninguno, con la vista al cielo o al horizonte, limpiando y haciendo más seguras las calles de las colonias.

Estudiaba en la UNAM cuando se enteró de la muerte del Mango. Los niños empezaron a extrañar su presencia y lo fueron a buscar a su casucha; estaba plácidamente acostado en su catre de campaña, había fallecido mientras dormía, aún lo parecía, cuando lo hallaron. Fueron sus más pequeños fans, quienes se encargaron de movilizar a los papás para tramitar el entierro, les insistieron en que fuera en el panteón municipal, y en un sepulcro individual, no en la fosa común.

Un tupido enjambre de mozalbetes dolientes desfiló tras la carroza, desde la funeraria, acompañándolo hasta su última morada. Pocas personas tuvieron en Ensenada exequias equiparables a las de Néstor Campos.

-*-

Entre las historias que les narraba el padre, una de sus preferidas, era la que trataba sobre una extraña loma que se le apareció a la mitad de una vereda, una oscura noche, de regreso a su casa, en El Tinacal. La colina estaba repleta de tesoros, pero cuando trató de llevarse lo que podía cargar, la única puerta se cerró, y sólo se abrió cuando sacó el último doblón áureo de sus bolsillos, una misteriosa voz le ordenaba con insistencia: ¡Todo o nada!

Como ejercicio de escritura, la convirtió, intentando imitar el estilo, en un cuento de las Mil y Una Noches; tiempo después, trabajó sobre lo que había escrito. La última versión le quedó como sigue:

-Hoy es tarde ya, Gran Señor, pero mañana ¡Inchalá!, te entregaré diez diamantes iguales al que me has pedido.

Con esas palabras, Omar, el atribulado hijo del mercader, abandonó el palacio del Sultán, sin haber tenido oportunidad de despedirse de su amada Zulma, la bella hija de aquel, pensando, angustiado, cómo podría cumplir su impulsivo y descabellado ofrecimiento.

Era de noche ya, cuando se adentró en los conocidos parajes pedregosos y en el camino sinuoso que, en la ocuridad, perdía su familiar naturaleza, acicateándole la imaginación, y a cada momento amenazaba con sorprender al joven viajero, solitario y desprotegido, con aciagos e inesperados encuentros. Sin embargo, pronto, Omar abstrajo esas aprensiones, y no parecía darse cuenta del peligro, más pesaba en su ánimo el temor de lo que sería su destino, si no honraba la palabra empeñada al Sultán.

Absorto en sus pensamientos, caminó por largo tiempo, sin lograr concretar en su mente lo que tendría que hacer al día siguiente, para obtener las diez enormes y perfectas gemas, y lograr que el Sultán cumpliera su promesa de concederle, a cambio, la mano de su adorada. Apuró el paso, dentro de aquellas tinieblas, pues tenía que llegar a su pueblo y a su hogar cuanto antes, el tiempo se le agotaba.

Súbitamente, dio con el rostro en un arbusto, y cayó hacia un lado, sobre un pasto perfumado. Quedó tendido, recostado al inicio de un pequeño montículo, que misteriosamente se presentaba ante sus ojos, en medio del camino que recorría desde su infancia. En la región no crecía el pasto jamás, y mucho menos los montículos; comenzó a rodearlo y percibió, entre la tupida vegetación que lo cubría, una blanca luz que provenía de su interior.

El hallazgo le pareció una premonición, un rayo de esperanza y, venciendo su temor, se abrió paso fácilmente, y pronto se encontró dentro de aquella diminuta colina y en medio de una gran cámara, cuyas descomunales proporciones contrastaban con su modesto tamaño exterior, pues el extraño promontorio apenas si abarcaba el ancho del rústico camino, insuficiente para permitir el tránsito de dos carretas avanzando en sentidos contrarios. La extraña, perfecta y envolvente iluminación, que no parecía provenir de ninguna fuente visible, lo hizo entender que se hallaba en los dominios de un genio.

-¡Oh, genio del montículo! –alcanzó a decir con un hilo de voz que lo traicionaba, que exponía su angustiado estado ánimo, y mostraba, contra su voluntad, el pavor que anidaba en su pecho.

Como respuesta, se escuchó un sonido grave, aumentado por la resonancia del enorme domo luminoso, un ronquido, quizá. El joven comenzó a girar su cuerpo, sin mover el cuello, estaba tan tenso, que temía fracturarse el Atlas, pues intentaba, sin desearlo realmente, descubrir al habitante de aquel insólito lugar.

Entonces se maravilló de algo que no había percibido antes: ¡Toda la cavidad del montículo estaba tapizada con grandes diamantes perfectos!, todos idénticos al descrito por el Sultán. De las gemas emanaba la luz que inundaba todo, y las únicas sombras posibles, pensaba, serían las cubiertas por las suelas de su calzado, si acaso.

¡Aquello significaba la solución a todos sus problemas: podría cumplir su palabra, casarse con Zulma, recuperar para su propio padre la dignidad y la fortuna familiar perdida, y ganarse el respeto y admiración de su comunidad!

Su corazón se llenó de gozo y procedió, alegre y fascinado, a llenar sus bolsillos con las finas piedras, que fácilmente se desprendían, sin esfuerzo, y no atinaba a darse cuenta de otro portento más, que se sumaba a los prodigios que colmaban al fabuloso ámbito: ¡El hueco que se abría al arrancar cada brillante, era ocupado al instante por otro diamante igual!

Embriagado por el frenesí de la cosecha, terminó quitándose la camisa, para improvisar un atado que llenó con los prismas de luz.

Cargado como un burro, se dirigió a la salida, pero al acercarse a la abertura por donde había entrado, esta se cerró abruptamente y se escuchó el retumbar de la poderosa voz del genio:

-¡Todo o nada, insensato mortal, de aquí saldrás con todo o sin nada, o no saldrás!

Omar se recostó sobre las gemas y caviló, afligido, por un rato. Pensó engañar al genio, pues no podía permitir que tal fortuna se le esfumara, debía haber alguna manera de apoderarse de algo, por lo menos. Incluso su amor por la hermosa hija del Sultán y su palabra empeñada, pasaron a un segundo plano.

Con lo que pudiera sustraer de ahí, se iría al otro lado del orbe, a vivir según los designios de sus deseos, donde nadie lo pudiera reconocer, donde nadie supiera que era Omar, el hijo del mercader.

Vio que la disimulada puerta aparecía de nuevo y, haciendo un gran esfuerzo, y muy a su pesar, abandonó la mayor parte de las joyas que había reunido, conservando sólo las que llenaban sus bolsillos, y se lanzó hacia fuera, estrellándose violentamente contra el muro de gemas refulgentes, y la voz del genio volvió a escucharse, ahora con tono seco y colérico:

-¡Todo o nada, traidor, traicionas tu honor, tu amor, tu familia, todo o nada, traidor!

Omar cerró los ojos y se aferró con fuerza a sus bolsillos, tratando de proteger las preciosas piedras en un gesto desesperado, en un esfuerzo inútil por conservar lo último que le quedaba de su botín, y al instante se encontró fuera del promontorio, recostado sobre el mullido y perfumado césped, como si no hubiese entrado jamás, y tuvo la impresión de que acababa de chocar con él por vez primera. Buscó por todas partes la entrada, pero fue inútil, el montículo era un casco sellado. Tenía las manos vacías, de nuevo.

Lamentó su desgracia. Mezquino, no tuvo consideración para su amada Zulma, ni respeto para su compromiso con el Sultán, y ni hablar del propósito jurado de socorrer a su familia. La fortuna se le había escapado, se le había escurrido literalmente entre los dedos y su felicidad estaba ahora más lejana que nunca.

Desconcertado, desconsolado y derrotado, abandonó la colina de su deshonra, sumido en los más negros pensamientos, arrepentido de cada paso que daba, y abatido por el peso acumulado de sus torpezas. Y, como si todas sus desgracias no fueran suficiente castigo, como una mofa añadida, sintió que un guijarro le hería el pie y, enfadado porque su mala suerte ni siquiera esa pequeña molestia le perdonaba, se sentó a la orilla del camino, se quitó el calzado, maldiciéndolo y maldiciéndose, lo sacudió y al suelo cayó:

¡Un diamante perfecto!

Era una pieza idéntica a las miríadas que tapizaban el interior del promontorio, y al ver aquel perfecto diamante así, solo, único, maravilloso, se convenció de que su valor era suficiente para resolver sus problemas y aún los de su familia, aunque todavía tendría que pensar, como al salir del palacio del Sultán, cómo obtener, ya no diez, sino nueve gemas más. Pero las cosas iban mejorando.

Agradeció sinceramente a Alá la gracia concedida y continuó su camino, reconfortado.

Pero unos minutos después, acariciando la gema en su bolsillo, renegó de su conformismo y decidió que la usaría para comprar suficientes mulas, carretas y todo cuanto fuera necesario para regresar, y cumplir con la única condición que le había impuesto el genio: extraería todo el tesoro, sin dejar absolutamente nada.

Muy entrada la noche, Omar puso en marcha su ambicioso plan. Llegando al pueblo, se dirigió sin vacilación a casa de Bak-Buk, el rico prestamista, le mostró la joya, y aquel, escondiendo apenas su codicia, le preguntó para qué necesitaba el dinero. El joven explicó que le urgía transportar varias toneladas de estiércol para fertilizar las exhaustas tierras que eran el sustento de su familia, y para ello necesitaba de mulas, costales, carretas, palas y demás utensilios. La tarea era urgente, pues ya estaban atrasados en la preparación de la siembra. Omar mentía sin vergüenza.

El astuto agiotista le recomendó que comprase el doble de todo lo requerido, para prevenir cualquier contratiempo, pues lo que no usara, le serviría en el futuro, cuando levantara la cosecha. Le ayudó a hacer los cálculos monetarios correspondientes y le ofreció un préstamo que cubriría exactamente todos los costos, lo cual aceptó ingenuamente el ambicioso muchacho, pensando en la inmensidad del tesoro que pronto poseería y deseando sólo pasar lo más rápido posible a la siguiente etapa de su plan, dejando atrás a Bak-Buk, quien incluso le vendió lo que juntos habían enlistado, redondeando su negocio, pues también infló los precios generosamente, y ni una sola moneda cambió de manos, además de que el diamante estaba ahora en su poder, en prenda.

Sin haber dormido un momento esa noche, y después de mil y una complicaciones, el hijo del mercader, pensando de nuevo en Zulma y el Sultán, y en su brillante futuro, llegó, despuntando el alba, con diez enormes carretones tirados por veinte mulas, y acompañado de toda su familia, pues no era asunto para confiarlo a extraños, al sitio preciso donde se encontraba el maravilloso montículo que les había descrito en detalle a sus padres, hermanos y demás parientes, que, atónitos e ilusionados, se habían dejado convencer, sin reparar en la sospechosa y vehemente insistencia de Omar, que les hablaba casi a gritos, con ojos desorbitados, y no aceptaba ningún cuestionamiento, ninguna expresión de duda sobre lo que, aseguraba, les esperaba a mitad del camino.

Pero a mitad del camino, sólo encontraron un círculo perfecto de suelo calcinado, donde todo lo que ahí hubiera estado ¡Habíase trocado en cenizas y carbón!

Fue así que la ambición y la vanalidad de los sentimientos del hijo del mercader, tornaron su fortuna en fracaso; el genio, al permitirle conservar un diamante, que podría haberlo salvado, le dio en cambio el golpe de gracia, castigando su codicia sin límites y dejándolo expuesto al juicio de Alá y al desprecio de sus seres más queridos.

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Tenía doce años, y con autorización del padre, quien se recreaba en la inventiva del hijo, y permiso de su madre, que tendría una ocupación menos, el hijo se dedicaría a una nueva diversión, mientras le durara el gusto o ideaba otra, y con entusiasmo, puso manos a la obra:
Tomó tablas que sobraron al padre al construir el garage, con ayuda de sus subalternos de la Telefónica; se “prestó” bloques de concreto, y armó cuatro largas bancas para el público, cada una para ocho chamacos, un total de 32 espectadores. Con una extensión eléctrica que regresaría a su sitio tras la función, improvisó el telón de fondo, con la tela ahulada destinada a cubrir la caja del pickup, en tiempo de lluvia; de sábanas y alambre de un tendedero, confeccionó el telón principal, dejando un tramo libre, para la entrada del público. El de fondo daría privacidad al acceso y sería parte del escenario; toda su troupé se integró con amigos de la colonia, hacían de malabaristas, payasos, equilibristas, músicos, fieras salvajes, mimos, etc.
Él era maestro de ceremonias y domador; el más corpulento salía con máscaras de oso, foca o león; la más pedida era la del soberano de la selva: con su cola de trapo amarrada al cinturón, caminaba en cuatro patas y hacía cabriolas al ritmo que le ordenaba el látigo, un listón con cascabel en la punta, atado a una larga rama de olivo, tatemada, desflemada con la técnica usada para hacer arcos y flechas; los vatos más locuaces eran payasos, que actuaban en sketchs, divirtiendo al público; les cobraban 20 centavos, si traían cash, y si no, la entrada era gratis, importaba más tener público, que hacer dinero.
Las temporadas no duraban, hacían demasiado escándalo y desorden, sacaba de la despensa de la casa, fruta y galletas, y las regalaba a los fans. Lo peor era la música, gritos destemplados y acompañamiento caótico de tambores metálicos, improvisados con latas alcoholeras, baldes y tinas de lámina, que acababan deformadas y con fugas, los “músicos” las tundían con palos; si les tocaba mala suerte, con tubos metálicos, pedacería remanente de instalaciones eléctricas.
Su principal socio, el amo del tamborazo, era hijo de un alcohólico que se pasaba los fines de semana en el bote, por ebrio escandaloso, y a veces por pequeños robos, y por cuentas pendientes en cantinas de mala muerte del “bajío”, la zona de tolerancia. Su familia habitaba un cuarto redondo, en la esquina de su calle con la Quinta, a dos cuadras y media del garage-circo, del garage-teatro.
El padre salía al trabajo, dejando disponible el escenario. En minutos lo acondicionaban, con apoyos y tramoya, que quedaba amontonada al fondo, al fin de cada función.
Con antifaces, chapas y bocas enormes pintadas con lipsticks que sus madres extrañarían, y/o cejas, bigotes y piochas dibujadas con corcho quemado, sombreros y garras rescatadas de repelos, o incautadas de los guardarropas familiares, y capas hechas de toalla, para ocultar sus uniformes de chamaco: pantalones de mezclilla y t-shirts a rayas, la troupé quedaba caracterizada.
La música en vivo estaba a cargo de los hijos del borrachín; aparte de varios tambores, traían silbatos de agentes de tránsito, que percutían y soplaban ejecutando ritmos cabareteros, gritos, chiflidos, aplausos y aspavientos, era un estrépito infernal, así acompañaban la acción cirquera; con un misterioso redoble, para crearle expectación a una marometa anunciada como doble salto mortal, o subrayando el gran riesgo que él enfrentaba como equilibrista, exponiendo el cuello, al caminar sobre la cuerda floja, a tres centímetros del suelo; el remate del numerito en turno, con un golpe seco, durísimo, en un costado del tambor más grande y sonoro, que lograba sorprender y sobresaltar a los distraídos, y aterrorizar a las niñas; al sonar el tamborazo hacía un grotesco dengue y, con toda la fuerza de sus pulmones, lanzaba una exclamación, algunos hasta se levantaban, brincando en sus asientos. Era emoción barata, y 100% pura.
Inmediatamente después, hacían algo chistoso, como discutir cosas sin sentido, a gritos, o contar el chiste más baboso que les venía a la cabeza, y si tenía éxito, lo repetían hasta la saciedad y, si no se les ocurría otra cosa, él agarraba a uno por los pies, y lo paseaba por todo el escenario, como si fuera una carretilla. Y no había pierde, en cierto instante, contagiados de lo que se da en llamar, entre los chavos, “el simple”, reían a carcajadas, era una risa incontenible y contagiosa, les duraba hasta que les dolía la panza, era infalible, y quedaban felices de la vida, satisfechos.
Ellos lo ignoraban, pero eran pioneros de una variedad de yoga que empezó a hacerse popular en los noventa del siglo pasado, el Yoga de la Risa, el cual se apoya en principios, ya bien establecidos, idénticos a la mecánica del “simple”; se puede inducir, simplemente, haciendo esfuerzos por reir, sin razón concreta, la risa incontrolable se genera de manera autónoma, espontánea; puede brotar con frases absurdas, o gesticulaciones en grupo, o con representaciones teatrales de risas, o vestimentas y ademanes; todo se vale, para lograr el estado anímico que desata la carcajada incontrolable, para llorar de alegría, o de un sucedáneo más o menos aceptable: “el simple”.
En la parte final, como en los verdaderos circos que llegaban a la ciudad, montaban una mínima obra de teatro, con la diferencia de que ellos nunca ensayaban, se ponían de acuerdo sobre dos o tres líneas que dibujaban el croquis de cada personaje y trataban de improvisar, sin salirse de su estereotipo: baboso, enojón, chillón, o el feliz por todo y nada, y el más importante, el maldito, que al final era reducido justicieramente, con una pamba. Si no sabían que hacer o decir, lo cual era frecuente, se correteaban en desorden, y fingían no poder alcanzarse, dando saltos y machincuepas, rodando por el suelo, todo en un espacio de 4×3 metros; por más que aquello era absurdo, el acto jamás les fallaba, el público coreaba las corretizas, cada jalón de ropa, y festejaban las caídas fingidas, de las que salían como resorte, brincando como chapulines; ese puro gasto de energía vital, valía la entrada al circo-teatro del garage. La última parte era más exitosa si les salía más mal, les gustaba más, cuando era peor; su público era receptivo y generoso, y seguido se veía a expectadores convertidos en parte del elenco, en la siguiente función.
La puesta en escena salía prácticamente gratis, todo era ganancia, y se dividía en partes iguales, entre tramoyistas, actores y músicos. El público, con tal de permanecer ahí un poco más, ayudaba a levantar el tenderete.

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Muy cerca de ahí, la madre de Damián, un lobo estepario de más de quince años, quizá dieciocho, hacía una capirotada buenísima, con leche, cubitos de queso panela, cacahuate, pasas, piloncillo, clavo y canela, y otros ingredientes, secretos, todos amarrados con trozos de birote duro, también en cubos. Adivinaba que la señora empezaba por hervir, en agua, la panocha, el clavo y la canela, hasta que estuvieran disueltas, y retiraba las rajas de canela y los clavos, cuando ya habían cumplido su cometido de darle más sabor al piloncillo, para añadir la leche y demás ingredientes; el birote duro lo incorporaba con mucho cuidado, hasta lograr una mezcla uniforme y compacta, con el bolillo saturado, y pudiendo aún identificar todos los ingredientes sólidos; la debía enfriar a la intemperie, para que el manjar tomara su clásica y conocida consistencia, manejable, de pastel, panqué, o “borrachito”.
Pero nunca conoció la receta completa, ni el procedimiento, pues la madre de Damián preparaba su capirotada en completa soledad; si el aroma se escapaba de la choza que habitaban, en la parte baldía del terreno que ocupaba el taller mecanico de los Martínez, el magnético olor guiaba a los chamacos hasta allá, la señora los veía y, sonriente y orgullosa de su arte, les regalaba trozos de la magnífica capirotada en servilletas de papel. Se prevenía, siempre.
Al lado oeste del taller mecánico, estaba el hogar de los Zebada, y hacia arriba y detrás de la choza, se veían unos palomares, junto a otro taller, más pequeño, con entrada por la calle Cuarta, al costado este del panteón viejo. Los hijos varones de ese mecánico, eran sus amigos, pues, como él, coleccionaban comics: Los Halcones Negros, Frentes de Guerra, Combate, bélicos y de aventuras. Un día arrolló, por descuido, a su hija más pequeña; sacó un auto que reparaba, en reversa, sin fijarse que la niña jugaba con sus muñecas, sentada en la tierra, era imposible que pudiera verla. La pequeña murió sin darse cuenta de lo sucedido, una llanta pasó por encima de su cabecita, fue un trágico accidente.
La muerte de Damián fue igual de dramática, y muy desconcertante, sin que nadie la previera, y sin una señal de aviso, nada; su madre se quedó sola, de un día para otro.
Recordaba que hacía dos semanas, habían compartido el delicioso postre, tan compatible con el gusto sencillo de la chamacada, y ahora injustamente ligado a la muerte del amigo. La triste noticia se supo temprano, al llegar la ambulancia del Hospital Civil; los paramédicos sacaron el cuerpo del joven, envuelto en una sábana blanca, cuando la choza ya estaba rodeada de amigos y curiosos. No tenía vereda por donde acceder, nunca recibían más que a los chavalos vecinos; entre todos pisotearon los macizos de margaritas, malvas y pasto silvestres.
La madre caminaba al lado del cuerpo del hijo, callada, con la vista baja, evitando el contacto con los curiosos. La sábana que lo cubría se deslizó, ella se apresuró a tapar su rostro pálido, irreconocible; les parecía el de otra persona, pero era el de Damián. El episodio acabó, cuando lo subieron a la ambulancia y se alejaron, sin usar la sirena, no había prisa; la madre regresó a la inmensa soledad de su choza, al recuerdo de la noche anterior y la madrugada del aciago día.
Desde un principio, todos los que presenciaron la escena, tuvieron la impresión de que, por alguna razón, él se había quitado la vida.
Trascendió que se había ahorcado, la madre tuvo que revelar a las autoridades que su hijo se había colgado de una viga, mientras ella dormía. No escuchó el ruido que hizo la silla al caer, cuando Damián la empujó con los pies. Tenía las manos libres, pero aunque se pudo haber arrepentido, su voluntad de morir era demasiado fuerte, y se hizo evidente el desapego que sentía por su propia vida. Era un alma solitaria, un melancólico depresivo, que presionado más allá de sus límites, sucumbió a sus angustias existenciales de adolescente, quizá; se abandonó por completo y dejó a su madre, la dejó a su suerte.
Las egoístas circunstancias de su muerte, hicieron que su recuerdo no permaneciera por mucho tiempo, sino en el corazón de la autora de sus escasos días. Nadie se atrevió a acusarlo de cobardía. No iba a cargar con ese fardo. Siempre fue un joven gentil y apacible.

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Ninfa trabajaba tras el mostrador de la Farmacia Nueva, pero no por mucho tiempo, se casaría, ella y su novio ahorraban la mayor parte de sus ingresos; cada semana, depositaban la cantidad acordada, en una cuenta mancomunada, que rendía sólo el 3% de interés, inferior a la inflación, en la sucursal del Banco Mercantil, cruzando la Ruiz, la principal arteria comercial de Ensenada, nombrada por el dueño del terreno que constituyó la zona urbana del pueblo, que ya pasaba de 40 mil habitantes. Estaba “radiante de felicidad”, era su expresión, que tomara, seguro, de un comercial de Vanidades, “el magazine de mi predilección”, también en palabras de ella, para quien, como para la mayoría de las jóvenes de la época, algo era “brutal”, si les parecía extraordinario, por el lado positivo, y “hórrido”, si por el contrario, pertenecía al lado negativo de la vida.
Sólo faltaban dos semanas para la boda, y los preparativos estaban casi completos: programaron una sencilla ceremonia civil, pero ya tenían bien apalabrada la eclesiástica, y la iglesia, la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, la popof del puerto, se adornaría según el gusto de la novia; el cura amonestador, que también era confesor de ambos, ya estaba emplazado para la fecha fijada, y listo su vestido. Sus amigas del Club Emperador la desafanaron, al verla angustiada por los plazos que se le vencían, uno a uno, de los arduos trabajos de organización de la fiesta y el banquete, en el patio de la casa paterna, y un cuñado les hizo las reservaciones para su Luna de Miel en San Diego; no se había descuidado detalle.
Entre “nubes de ilusión”, atravesó la avenida, para hacer el último depósito, antes de convertirse en la “señora” de su futuro esposo, la siguiente semana estarían atareados en la logística del trascendental evento. Al bajar de la banqueta a la calle, Ninfa iba sonriendo, con los ojos fijos en la puerta del Banco. No pudo ver el automóvil que se aproximaba a su izquierda, y el sorprendido chofer, convertido en fatídico instrumento del destino, no pudo frenar, no tuvo tiempo, la embistió de lleno.
Ninfa no sufrió, murió al instante, al caer su ligero cuerpo sobre el pavimento, ya con el cuello roto; al volar varios metros, impulsada por el tremendo impacto, la joven novia ya estaba muerta.
La multitud de curiosos, empleados y clientes de la comercial calle, peatones y automovilistas que interrumpieron sus actividades, para acercarse al cadáver, discutían y especulaban en total desorden, sin ponerse de acuerdo sobre la causa del deceso: ¿Había sido el golpe de la defensa contra su cadera, por el lado izquierdo, lo que la habría desnucado, al darse el clásico efecto de látigo, separando la médula espinal, de su cerebro, al operarse la abrupta, completa, dislocación de algunas vértebras cervicales; o cayó, luego de ser proyectada por los aires, a una gran distancia, unos cinco metros, en posición muy desafortunada, fracturándose la cerviz contra el hueso occipital?
Había suficientes evidencias para apoyar ambas hipótesis, pero los partidarios de una, hacían caso omiso de los datos concretos y duros, incontrovertibles, que justificaban y comprobaban la otra, ya que el cadaver de la novia tenía la fractura referida y las dislocaciones de las vértebras, con la clara, completa ablación de médula y espina dorsal, y casi ninguna otra lesión, aparte de los raspones y un hematoma en la cadera, el cual fue cubierto por una señora, que consideró indigno que la chica continuara con la falda subida hasta cubrirle el rostro, se podían ver sus bragas y el hueso ilíaco fisurado del lado izquierdo, y correspondía a la marca, casi imperceptible, en el acero cromado de la defensa delantera del auto. Los 45 kilos que pesaba la etérea chica, no opusieron resistencia; los testigos oculares aseguraron que el auto iría a unos 40 km/h, leve exceso de velocidad, que no habría forma de probar; el conductor, quien no tenía historial de infractor, ni quien pudiera señalarlo como responsable del infausto suceso, seguramente la libraría incólume, salvo por el pesado cargo de conciencia que, de por vida, lo acompañaría.
El expediente del caso se cerró como muerte accidental, achacada a la imprudencia de la novia, quien se salvó de lavar trastes, y de dar de comer, también.

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De ésa misma sucursal habían retirado, el año anterior, el saldo de su cuenta de ahorros, para comprarle un piano vertical al contador de la sucursal; poco faltó para que se frustrara el trato. La cajera insistía en que recapacitaran antes de cancelar su relación con la institución; ése dinero significaba el futuro del chico, sus estudios universitarios, o la atención de una enfermedad, hasta los llevó a tratar el asunto con el gerente, quien resultó en idéntica tesitura; al final, hubo de intervenir el dueño del piano, para asegurar la venta. Su cuenta de ahorros era el complemento necesario para completar el precio.
Era la política bancaria de la época, defendían la captación, a capa y espada, y cada caso lo peleaban como los vendedores de seguros, y recurrían a argumentos de vida o muerte; ahora es muy diferente, las comisiones que cobran y los negocios que hacen, resultan más que suficientes para saciar su sed de ganancias; hoy se deshacen de los clientes chicos y se concentran en los “cacas grandes”, a los que son capaces de besarles el trasero. Con esta discriminación, reducen al mínimo su personal; seguirán por ese camino, y un día no lejano, los banqueros podrán dedicarse a lo que les gusta: contar sus ganancias, rascarse la panza y vigilar que los sistemas computarizados no se les caigan encima.
Ahí mismo, el hijo de una familia amiga de sus padres, cometió un desfalco, se peló con alrededor de cien mil pesos.
No llegó lejos, lo pescaron en San Diego, adonde huyó, junto con su amiguita, una gringa bonita; restituyó el dinero sustraído, y purgó una condena mínima, pero la familia soportó una pena perpetua.
El cajero que robó, huyó y lo pescaron, era hermano de un amigo de la infancia, con quien se reencontró en el D.F. Trató de reactivar la amistad, pero su camarada se había instalado en una mitomanía de adolescente. A sus 40 años, le platicaba riñas épicas extrañamente frecuentes, como de serie televisiva, una por semana, y terminaban de igual manera siempre: en el momento culminante, le partía el hule a su contrincante, siempre un desconocido, que por “quítame estas pajas”, le buscaba pleito en la calle, en un bar, en una fiesta o en un restaurante. Se le iluminaba el rostro al acercarse la parte que más le gustaba: referir cómo se oía el chasquido del cachete reventándose, al propinarle el golpe decisivo, su carrillo se estrellaba contra dientes y molares, tumbándole uno, dos y hasta tres, que el oponente escupía, para evitar tragárselos, o mejor todavía, salían volando de su hocico, con un chisguete de sangre con saliva.
Por lo general, le invitaba un cafecito en el Sanborn’s del conjunto Aristos, sobre Insurgentes Sur, muy cerca de Baja California, para enjaretarle sus inverosímiles “aventuras”. En unas semanas acabó de enfriarse la amistad, y al amigo, al darse cuenta de que se le pelaba su interlocutor estrella, se le ocurrió invitarlo a casa de su hermana, ya casada y con hijos, a la que, calculaba con muy buen tino, le daría gusto volver a ver, después de tantos años. Sabía que siempre había admirado a aquella reina del Carnaval.
Vivía en uno de los enormes edificios de departamentos de lujo que abundan en las inmediaciones de la fuente de Petróleos, y para sus ojos, la hermana aún estaba igual de guapa; apoyada en su fuerza de voluntad, conservaba su peso, con discreto maquillaje, toda su gracia seguía intacta, habría sido difícil calcular su edad sin el antecedente de haberla visto, cuando ella tenía diecinueve años y él, unos once. O ella diecisiete, y él unos diez; en fin, es igual.
Durante la comida, apenas se podía concentrar en mostrarse natural, temía que el esposo, o ella, se dieran cuenta de cómo la observaba, y trataba de evitar mirarla así, por más de cinco segundos, pues, en su imaginación, empezaba a trasladarse a la ventana de la cocina de la casa donde la escuchaba cantar “La Vida en Rosa”. Logró safarse de esa ensoñación, sacudiendo la cabeza enérgicamente, pero provocó confusión y sorpresa en sus anfitriones.
Decidió que esa sería su única visita, se quedaría con el recuerdo de su amor infantil. Soportar al hermano era un precio demasiado alto, y regresar, para verla otra vez, lo pondría, más temprano que tarde, en evidencia. Si no es que ya lo estaba.
El esposo era un empresario típico: reventaba contra la voracidad de Hacienda, se quejaba ácidamente de la corrupción del gobierno y del flagelo de la inflación, y encomiaba descaradamente sus dotes de ganalana:
-No hay de otra, si el costo de la vida sigue subiendo, me las tendré que agenciar, para aumentar de nueva cuenta mis ingresos, así que ¡Pónganse abusados, que ahí les voy!- declaraba, con sutileza.

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El concesionario de la más antigua radiodifusora de Ensenada, era también maestro; por lucimiento personal, y por ahorrarse el sueldo de otro locutor, salía al aire con su inconfundible voz, durante unas horas; se le recordaría, por sus extraordinarios comerciales, durante los bloques de más audiencia, en los mejores horarios; la publicidad de los negocios del centro del pueblo, la emitía él, en persona.
Se le escuchaba, después del desconcertante anuncio de los baños El Coral, que empezaba con la canción:
No me mates, no me mates, Con pistola ni puñal,
Matamé con tus ojitos y Tus labios de coral
A la capotín, tin, tin, tin…
¡Baños El Coral, donde su higiene y su salud, son nuestra mayor preocupación!
La gente coreaba:
Matamé con los piojitos
De los Baños El Coral.
El profesor era un personaje maduro, obeso, calvo, con ostensibles problemas respiratorios, siendo la capacidad pulmonar y el control del flujo del aire, esenciales en el oficio.
Recordaba al locutor de la estación rival, Radio Baja; su hermano lo exhibía con sus amigos, prendía la radio y comentaba:
-Tiene buena voz mi hermanito, ¿No les parece?, pues escúchenlo con atención, -y subía el volumen, para evidenciar sus deficiencias.
-¡El cabrón no puede completar ni una frase, tiene que resollar dos veces en cada una, y cuando no parece cochi en el capadero, parece que está chupando caña, pero no deja el cigarrito, el vato! El único peor que mi carnal, es el pelón de la XERL. ¡A ver si dura, ojalá se largue de nuevo a la Capirucha, pues para acabarla de fregar, es mi hermano mayor!
Tenía razón, si lo oían a volúmen normal, apenas eran perceptibles sus defectos, pero tras la disección hecha por el propio hermano, ya jamás lo pudieron soportar, se imaginaban a un puerco cebado, con un puro en una mano y un trozo de caña en la otra, resollando como fuelle, orgásmicamente. Más se parecía esa imagen a la del maestro de la XERL, que al güey de su carnal.
El profesor empezaba, inhalando la mayor cantidad de aire posible, una enorme bocanada, y cuando no tomaba la precaución de cubrir el micrófono con una mano, se escuchaba al éter el esfuerzo que hacía, jalando aire con desesperación. Era insuficiente, su fallida estrategia era decir la mayor cantidad de palabras en cada aspiración; el aliento se le acababa, en medio de la frase, provocando que el volumen de su voz, que comenzaba audible, con la boca pegada al micrófono, en un agresivo crescendo, se evaporara, en rápido diminuendo, hasta que se veía forzado a hacer una falsa pausa, y trataba, sin éxito, de seguir hablando, mientras jalaba aire de nuevo, con grandes esfuerzos, y se escuchaba un ruido como de aspiradora:
Casa Blanca, la surtidora del pueblo…la campeona de los precios bajos…con los surtidos más extensos y exclusivos…!Ufff!
Era desesperante escuchar por más de un minuto, sus redundantes y fatigosas alocuciones (los puntos suspensivos quieren representar el momento en que operaba la aspiradora).
La esposa del profe también tuvo sus momentos estelares, pues no se resignó al anonimato; su más famosa participación fue la ocasión en que, olvidando que el micrófono se había quedado abierto al éter, le preguntó a uno de los locutores, alzando ostensiblemente la voz, lo que reflejaba la angustia de su duda:
-¡Oiga, señor López! ¿Usted tendrá alguna idea de quien me habrá cogido “La Última Noche”?
-No lo sé, pero ha de haber sido su esposo, él es el único que tiene acceso, cuando nosotros no estamos.
-¡No, estoy segura de que él no fue, no se atrevería, él es muuuy respetuoso!
-¡Ah, bueno!, si es así, le reitero que no tengo idea de quien haya sido, pero yo tampoco fui, eso sí se lo puedo asegurar.
La señora también tenía en su haber otras perlas radiofónicas, como el siguiente comercial:
-¡Para huevos rojos, frescos y grandotes, ningunos como los huevos de Miguel Pavlov!, de venta en los mejores comercios del puerto, y sólo recuerde: ¡Para huevos, los de Miguel Pavlov!
Y éste otro:
-Señora, ¡No compre de otras!, ¡Sólo tortillas de “La Colimense”, las mejores de Ensenada, de puro maíz blanco, y son así de grandotas!

-*-

Recordó una travesura de amplio espectro, en el baile de graduación de su secundaria:
El testamento de la generación, era un listado de legados similares a las tradicionales “calaveras” que salen cada año, con las puestas en escena del Tenorio de Zorrilla, y cerca del Día de Muertos, dedicadas a personas destacadas y personajes famosos; en esa ocasión, estaban dirigidos a maestros y autoridades académicas y administrativas, y a alumnos seleccionados, lacras y populares; casi nadie quedaba fuera, y los excluídos, después de oir los versos dirigidos a sus compañeros, quedaban agradecidos. Algunas cuartetas eran pesadas, insultantes, y se las recetaban a cada quien, en su presencia, y a coro.
El testamento se redactó en equipo, por el grupito que se apropió ese dudoso derecho; los más canijos, fueron hechura casi exclusiva de un compañero que se las daba de culto, de poeta aficionado; el peor fue para el Director, se le dejaba un enjuague bucal, para que se lavara el hocico, le jedía a rayos, era un campo de fuerza que llevaba a todos lados, y hablaba pringando de saliva al que tuviera enfrente; el poeta no se moderó, le ganó el protagonismo: los conspirados formaron un círculo de encapuchados, con togas negras, y birretes, apeñuscados alrededor del micrófono de pie, y el “bardo” leyó ceremoniosamente, y a grito pelado, con su inconfundible voz aguda, impostándola de grave, que sobresalía entre todas, y aumentó al máximo el volumen, en la parte del punch:
Al Director Magallón, Le dejo, aunque se orine,
Porque ora sí, ya le toca, Un frasco de Listerine,
¡Pa’ que se lave la boca!
La madre del amigo estaba en una mesa muy cercana a la pista de baile, ocupada en esos momentos por la dirty dozen encapuchada, volteó a verla, tratando de ser sutil, y se dio cuenta de la sorpresa que le ocasionó reconocer la voz de su hijito, refiriéndose en aquellos términos irrespetuosos y depredadores, al decano; peló los ojos, y se levantó de su silla, pero se sentó de nuevo, de golpe y porrazo, jalada por quien estaba a su lado, pues nadie deseaba darse a notar en aquel momento, era mejor dejar pasar el suspense, y esperar el clímax, en la penumbra. La reacción tendría que ser terrible.
Buscó al Director Hipólito Magallón, en la mesa de honor, en la parte alta del Salón Catedral del Hotel Riviera; lo localizó, no parecía estar enterado de lo que sucedía; a pesar de sus orejas de nopal, era medio sordo. Tras los segundos de indecisión, el público aplaudió a rabiar.
En el Gran Baile de fin de cursos, todavía faltaba terminar de leer el testamento de la generación de la secundaria, fue otra media hora de críticas lapidarias, trapos ventilados, y carcajadas.
Después, empezó el floor show, que, coincidentalmente, incluía a Los Xochimilcas y Los Churumbeles de España, con Juan Legido, quien abrió con “El Beso” y “Doce Cascabeles”. La dirty dozen se fue a dar una manita de gato a los sanitarios, regresaron, peinados y trajeados, con caras de “yo no fui”.

-*-

En tercero de secundaria obtuvo un cuarto lugar en un certamen de declamación. Durante años estuvo seguro de haber sido tercero, pues se lo “merecía”; no fue así, le ganó una amiga, hija de padre alemán y madre mexicana; en la fase eliminatoria final, jugó a lo seguro, dijo una poesía infantil, en su idioma paterno, corta, sobre una ranita, sola en un charco, ¡Mein mater, mein fater! decía, en la parte dramática, se la sabía desde la cuna. Pudo hacer lo mismo, recitando los “versos del pollito”, del mismo corte, optó por un largo poema que no había memorizado bien, y vaciló, tropezó varias veces, y falló.

Su hermana le entregó cosas que le dejó su madre al morir, y entre ellas, el recorte de periódico con la reseña del evento, donde se leía: “logró el cuarto lugar, declamando Marciano”, el gladiador que, con heridas malcerradas, recibidas en la tortura previa, pelea en la arena del circo romano. Presumiblemente, el Coliseo de Nerón.

Estaba nervioso, con su voz temblorosa dramatizaba bien la acción. Y disfrutó íntimamente su fama, por medio siglo. Sic transit gloria mundi.

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-xii-

En el lapso libre, por el cambio de calendario escolar que significaba el traslado de Ensenada al D.F., asistió a la prepa que, a un lado de su Secundaria, iniciaba cursos por primera vez.

En Paz. Artifex vitae, artifex sui.

Ese poema unía al maestro de Español, con el bardo nayarita Amado Nervo, mezclaba la cátedra con sus largas y emotivas referencias al moderno sentimental, entreverando trozos de su obra, sobre todo de su pieza predilecta; en una ocasión, la declamó frente a la clase, con tal emoción, que les pareció que la veía como su biografía. Usaba el aula para sincerarse en sus propios términos, así se aproximaba a los jóvenes; más que clases, daba conferencias magistrales, sin admitir interrupción, era un público adolescente, y con el corazón a flor de piel. Era buen maestro, sus excentricidades las pasaban por alto, y redondeaba, entablabando un diálogo abierto con el grupo, que en ocasiones se prolongaba; era la última materia del turno matutino, sólo el hambre les interrumpía la sed de saber, y le preguntaban de todo, incluso sobre Lengua Española.

En vez de abogado, profesión heredada de su tradición familiar, les confiaba, con vehemencia genuina, que hubiera preferido, hubiera deseado, ser arquitecto, lo cual traslucía atisbos de conciencia y de sensibilidad, tan raros en los miembros de su gremio. Aún en aquel entonces, en los cincuenta del siglo XX, con más de 50 años, más de los que viviera su paradigma, les refería que, en casa, tras el trabajo, en la noche, cuando su esposa e hija dormían, se metía a su estudio; tenía un muro completo, con volúmenes de leyes fundamentales, de códigos, de expedientes de pleitos y de casos pasados, presentes y futuros, y de literatura, con un fuerte acento en la poética romántica y moderna, y jugaba al arquitecto, en el sofisticado y lujoso restirador, que ocupaba un sitio, frente al ventanal de pared a pared, todavía más prominente que el destinado al pesado escritorio de jurisconsulto, una valiosa antigüedad de madera preciosa, perfectamente conservada, un mamotreto enorme, con patas de garra de león, y un mullido sillón, que lo complementaba, armónicamente.

Toda la casa reflejaba su estilo personal de vida y de pensamiento, pero su estudio lo dibujaba con precisión. Y sobre todo, el restirador, cubierto de escuadras, transportadores y portaminas, papel albanene, y una enorme regla T, state of the art, que se deslizaba sobre el plano ligeramente inclinado, armando ángulos y paralelas, por ejemplo.

En la clase de Español, se desbordaba su melancólica emoción, y se resignaba dócilmente con su sino de bonanza financiera y frustrada vocación, declamando a su poeta y guía, con lágrimas en los ojos.

La verdadera impresión que daba, era la de un cínico y contumaz conservador autoritario; reflejaba, quizás, resabios de problemas que se habrían originado en su infancia, en el seno de una familia donde las mujeres eran domesticadas y limitadas a roles que las sujetaban al capricho, al uso y al abuso de los varones, ejercerciendo sobre ellas un usufructo rayano en lo extralegal.

El abogado catedrático, poseía una familia proyectada y edificada sobre planos, con plantas y perspectivas ideadas a su muy personal voluntad y fantasía, empezando por la esposa, que lucía, para él y para todo su entorno social, aquel anacrónico peinado, de flapper, o de las modelos que lucían creaciones de los modistos en los roaring twenties. Esa era una de sus irrenunciables tiranías, sólo explicable porque así la había conocido, y así se había empeñado en mantenerla, momificada en vida, con su apretado casquete ondulado, fijado a la perfección, gobernado con bobby pins, de día, y con una red elástica, por las noches.

Hasta finales de los sesenta, y seguro bastante después, la sometida mujer tuvo que cargar con aquella imagen de socialité, calca de la forma en que se representaba a las damiselas encumbradas, en las películas gringas, ambientadas en el primer tercio del siglo XX.

Pero aquel look era el grito libertario de las féminas precursoras del woman’s lib, en el mundo de la posguerra, al fin de la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, y que en México se adoptaba sin mayor reflexión, yendo a la zaga de las tendencias y modas del surgiente mundo industrializado, tan ajeno al México nuestro, cuando aún era considerado por el pueblo, como muestra de libertinaje, insinuado y denunciado, en la canción de crítica política humoristica “Las Tres Pelonas”, resabio de los cantos revolucionarios:

Estaban las tres pelonas
Sentadas en una silla
Y una a la otra se decían:
¡Que viva Francisco Villa!

Estaban las tres pelonas
Sentadas en un balcón
Y una a la otra se decían:
¡Que viva Alvaro Obregón!
-y luego remataba así:
Se acabaron las pelonas Se acabó la pretensión
La que quiera ser pelona Que pague contribución.
La flapper mexicana, era la mujer asomándose a la modernidad, y declarando su tímida independencia, su libertad, renegando de una imagen recatada de pelo largo, amarrado en chongo o en trenzas, y de faldas largas, “hasta el huesito”, hasta el piso, y metida en sí misma, como monja laica.
Las muchachas se tusaban las trenzas, y les decían las “pelonas”, se acortaron las faldas, entalladas, hasta arriba de la rodilla, para bailar charleston alocadamente; avant premiere de la minifalda, paralelo a la primera y real liberación femenina moderna, antes del reventón que se dio, tras la más sangrienta Segunda Guerra Mundial de 1939-45, antes de llegar a la explosión definitiva, en los años sesenta del siglo pasado.
Curiosa, y extrañamente, nada de ello era aplicable a la esposa del maestro de Español. Ella tuvo que conservar su actitud de resignado recogimiento, de sometimiento constante, disimulado apenas, bajo el maquillaje que completaba su representación de Amada Inmóvil, al igual que la hija, quien hubo de asimilar su imagen a la de la madre, aunque con concesiones mínimas; el padre confiaba en encontrarle una pareja, si es que habitaba en el pueblo un alma medianamente compatible con la suya, es decir, con la de él.
Madre e hija, idénticas, fueron sorprendidas por la sicodelia de los sesenta, cuando salían cotidianamente de su Castillo de la Pureza, para mezclarse, a disgusto propio y del amante padre-esposo, con la juventud contemporánea del movimiento hippie, de los reventados muchachos locales, que emulaban a los drogados turistas gringos.
Madre e hija, caminando con pasitos cortos, entre tantos greñudos, parecían ridículas y anacrónicas postales en color sepia, estampas de la sociedad mexicana pos-porfiriana. Unas auténticas viajeras en el tiempo. Pero siempre para atrás.
Físicamente, el abogado no tenía parecido con el bardo: gordo, casi obeso, de orígen judío, aunque menos conspicuo que sus paisanos, esto es, menos metalizado, no se le conocían actividades mercantiles. Fascinado por la persona romántica que había construído para sí, se creía protegido por su rígida máscara de tabla-roca, y manipulaba su ámbito social, parapetado y escudado en sus creaciones maestras, que completaban la tramoya del escenario interior, del fallido arquitecto de su propio destino.
No se daba cuenta de la obvia cursilería, la extravagante falsedad, en medio de la que se exhibía ante los sencillos y francos lugareños del puerto. Pero su clientela pertenecía exclusivamente a la crema y nata de la sociedad local. Para ella, el abogado era objeto de toda clase de consideraciones, y sólo la muerte logró acabar con su patética farsa.
Para el pueblo, si acaso, sólo era materia de algún efímero chisme, y un esporádico comentario de conmiseración, para sus cautivas.
Hay personas que se pasan la vida preocupados por nimiedades que distorsionan su existencia y la de quienes las rodean, mientras otros seres soportan estoicamente sus infortunios, aunque les signifique prescindir de dones realmente fundamentales, tan sustantivos como el habla.

-*-

Su padre le platicaba de las visicitudes, los avatares, los dire straits, de la especie canina, amigos proverbiales, leales siervos, cuya vida a nadie le causa envidia, salvo la de los sanababiches privilegiados, de razas puras, que cuentan con pedigree, autenticado.
-¿Por qué no hablan los perros? -le decía, y él mismo se respondía:
– Porque ya no tienen permiso.
Su padre le aseguraba que los perros no se huelen mutuamente las colas sólo a manera de saludo, o para hacer diagnósticos relámpago de la salud gastroenterológica del otro, ni nomás para ventear si una hembra están en celo y receptiva, ni para algún otro fútil propósito. Lo que realmente sucede es que, antiguamente, los perros hablaban, merced a un pergamino que les otorgaba ese don, antes reservado al género humano, y no como las burdas imitaciones de loros, pericos y urracas, el atributo iba acompañado de la capacidad de comunicación real que lo justifica, como distinción a esa familia de mamíferos, en consideración a que se habían ganado, a base de lealtad y valentía, el honroso título de “Mejor Amigo del Hombre”. Y estaba adosado al raciocinio y al libre albedrío, era un descomunal salto evolutivo.
La guarda del preciado documento era una distinción que se rotaba entre los principales, entre los más destacados, ya fueran satos o de raza identificable, lo que importaba era la estatura ética del elegido cada vez; pero habían llegado a tal grado de confianza entre ellos, que el rollo sagrado se perdió; cuando se dieron cuenta, nadie sabía con certeza cuál había sido el irresponsable que lo extravió, y desde ese día, ya no pudieron ejercer el don del habla. A puros ladridos se corrió el incoherente rumor de que el perro guardián en turno, se lo había embodegado y, con horror, se tragaron lo que pudo ser un vil chisme, pues también estaba la probabilidad de que otra especie lo hubiera robado, los chimpancés, o los nobles brutos, pero también sería falso, el pergamino se refería, sin lugar a dudas, a los canes y nada más, ni a miembros de la misma familia, como lobos, zorros o coyotes, por ejemplo.
Nadie recordaba siquiera de qué raza era el irresponsable, y rápido, de inmediato, por necesidad, nació la costumbre de examinarse de cerca las colas, cuando dos perros se cruzan por el mismo camino. Tienen todavía la esperanza de recuperar el pergamino, que podría asomarse por el orificio final del tracto digestivo de un camarada; sin tomar en cuenta abolengos, sin la más mínima sospecha, se someten de buen grado al rutinario escrutinio, a condición de que se les deje escrutar a su vez; no quieren dejar cola sin revisar, no les importan tantos siglos que han pasado, desde la desaparición del trascendental documento.
Tanto añoran el uso de la palabra, que les vale un sorbete que se les acuse de fijación anal, o aún de escatofilia, ellos saben, demasiado bien, que padecen de fijación oral, y a mucha honra.
Algo que resienten de los humanos, aparte de maltratos, abandono, envenenamiento con vidrio molido, denuncias a la perrera, hambre prolongada, etc., con que corresponden a su fidelidad, es una cruel broma que les juegan, a ellos, leales siervos: unos mozalbetes ven a un can, tratando de hacer del # 2 en la vía pública, y enganchan sus dedos meñiques y tiran con fuerza, en forma individual o colectiva, mientras lo miran fijamente, con el avieso propósito de provocarle estreñimiento. El truco parece funcionar, a veces; quizá lo que pasa es que les da pena ser vistos haciendo popó. Como sucede a mucha gente, que hasta ahora, vive atrapada por tantos convencionalismos sociales, como ése. Por fortuna.

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Desde hacía varios días, un perro callejero se había refugiado en el garage; contra sus instrucciones, le daban de comer; con toda razón, el can ya se sentía parte de la familia.
Era el problema de siempre con las mascotas, sus hijos las pedían, a la mamá le daban lástima, eran animalitos abandonados a su suerte, gatos, casi siempre, pero, una vez aceptada su incorporación, nunca se hacían cargo del “juguetito”.
Por más que insistía en que no alimentaran animales extraviados, o sin dueño, seguían apareciendo restos de comida, en los rincones de la cochera.
Era máxima de su papá: que ningún animal disfrute de lo necesario, mientras un humano carezca de lo supérfluo. Era su manera de decir que en su casa, no sobraba nada. Pero sabían que, en secreto, era un buen samaritano de perros y gatos de los alrededores, y él lo sabía, pero nunca se le ocurriría desenmascararlo.
Estaba con ése dilema en la cabeza, era inminente la adopción del can, cuando un canófilo llamó casualmente por teléfono, y el tema salió a colación, naturalmente:
-Oye, fijate que tenemos un perro callejero que quiere ingresar a la familia. Ya lo tenemos en la antesala.
-¿Cómo que callejero?
-Llegó directamente de la calle, y no sé cómo pueda deshacerme de él. Pero aquí, no se va a quedar.
-A lo mejor lo puedes vender, ¿Cómo es? Luego sucede que perros muy finos se extravían. A lo mejor ya hay anuncios pegados en los postes de tu colonia.
-Este es de color rojizo, casi como zanahoria, tiene las orejas muy colgantes, de tamaño mediano, de mirada muy inteligente, aunque un poco triste, a lo mejor por eso mismo.
-¿Y qué más?
-Pues es un ladrador.
-¡Por ahí hubieras empezado, esos perros son finísimos, cualquier veterinario te lo recibe a consignación, y hasta te lo compra, son los principales colocadores de canes de todas razas, ese animal seguro terminará con alguien aficionado a la caza, como yo, son buenísimos compañeros de cacería!
-¿Y tú, cómo lo sabes, si ni siquiera lo has visto?
-No es necesario, cualquiera está enterado de que esos perros, por instinto, son magníficos cazadores, te dicen dónde está la presa, y la cobran por ti, cualquiera sabe que los Labrador son muy buena raza.
-Oye, parece que tenemos una confusión, te dije que era ladrador, no Labrador.
Al día siguiente lo llevaron al antirrábico, quizá tuvo suerte, era un perro simpático y muy expresivo, sólo le faltaba hablar.

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-xiii-

Habría cursado la prepa en Ensenada, si se hubiera planeado su viaje para el año siguiente, y su historia sería diferente. Tenía disponible todo el tiempo, para usarlo a su capricho, y se dedicó a reflexionar en serio, precisamente sobre el tiempo.

Durante días meditaba trascendentalmente sobre los dominios del Padre Cronos: el TIEMPO, sobre su transcurrir, sobre si era algo material, como los fotones en la luz, o la energía de los átomos, tan sencillos y sin embargo tan complejos, aparentemente ordenados, agrupados en la tabla periódica de los elementos de Mendeléiev. Buscaba, en su mente, un lugar donde pudiera disecar, diseccionar al tiempo y ver de qué estaba formado.

Fatalmente llegó al callejón sin salida inevitable: la posibilidad de viajar en el tiempo y los efectos que tendría sobre quien lo lograra, y si ello validaría la existencia de una “fuente de la juventud”, por ejemplo.

La meditación lo llevó a pensar que quizá precisamente a través de ella, podría hacer algún experimento. Y comenzó por concentrarse, cerrando los ojos, en el presente, que, en términos de tiempo, era lo que tenía más a la mano, y cuando estaba seguro de tener atrapado el preciso momento presente, pasaba al momento anterior, apoyado en la memoria que de él tenía, y luego al siguiente momento anterior, y así sucesivamente, hasta que, agotado, no podía hacer más esfuerzos de memorización; el objetivo que perseguía era claro, al menos para él: enrollar el tiempo hacia atrás. Entonces abría cautelosamente los ojos y consultaba su reloj, esperando que marcara un tiempo (una hora, unos minutos, o por lo menos unos segundos), anterior al que había anotado al inicio del experimento, pero nada, el necio tiempo ignoraba sus intentos, una y otra vez.

Insistió durante varios días, casi una semana, y lo único que logró fueron unos fuertes dolores de cabeza, aunque muy pasajeros, por fortuna, le duraban poco tiempo.

-Bueno, -pensó –lo único que he perdido es un poquito de tiempo, pero tiempo es lo que me sobra.

Revisó sus cuadernos de notas y se topó con las múltiples referencias a la “Fuente de la Juventud”, y se puso a investigar al respecto. La información más consistente la encontró en Juan Ponce de León, que, siguiendo una pista que situaba una fuente de esa naturaleza en una isla del norte del Caribe, el año de 1513, llegó, el domingo de Pascua (Florida), precisamente a esa península, y así la bautizó, e hizo nacer todo tipo de leyendas sobre la existencia de la Fuente de la Juventud, que invertía el proceso de envejecimiento, con sólo beber sus aguas. Ponce de León fue herido en 1521, en una incursión a la Florida, con el propósito de colonizarla, de ahí fue trasladado a la isla de Cuba, donde murió, a los sesenta y un años de edad, bastante viejo, para la esperanza de vida en aquella época.

Investigó cuanto pudo, recurrió a fuentes oficiales y extraoficiales, la mayoría muy poco dignas de ser tomadas en cuenta. Pero mucha de la información original fue manipulada por la cambiante historia de la dichosa Florida; pasó de nativos seminolas, a los conquistadores españoles y luego a los británicos, para terminar, en 1819, como parte del territorio norteamericano. Probablemente secretos de Estado, que nunca pueden descartarse, causaron la densa niebla existente en torno del, hasta hoy, dudoso prodigio natural.

Lo que pudo sustentar, tampoco le hacía abrigar muchas esperanzas. Aparentemente, el problema principal era que sí funcionaba, cada vez que se bebía de la fuente, con independencia de la cantidad de agua que se ingiriera, pero su efecto reducía la edad sólo unos minutos, cinco, a lo sumo, y funcionaba cuantas veces se tomara el mágico, el prodigioso líquido, con tal de que se esperase a que transcurriera, al menos, ese corto lapso.Y el rejuvenecimiento, por desgracia para los bebedores, no era acumulable.

Además, sus aguas eran tan nutritivas, que propiciaban aumentos de peso muy rápidos, lo cual se notaba en la obesidad de quien se volvía consumidor consuetudinario.

Otra hipótesis documentada que exploró, quizá la más creible, pero la más indeseable, era que el agua de la fuente multicitada provocaba, en quienes la tomaban, retraso mental, dando una falsa impresión de recuperación de la juventud; así, un adulto comenzaba a actuar con la inmadurez de un incauto e impulsivo adolescente, o peor aún, como lactante cagón, si seguía bebiendo, por fijación oral, y con frecuencia, eso era lo que le sucedía a los adictos de hueso colorado.

En la actualidad, la Fuente, extraviada, debe estar agotada, es lo más probable; pero la regresión, el enrollamiento del tiempo en sentido contrario a las manecillas del reloj, siempre estará a nuestro alcance, para cuando tengamos tiempo que perder, o simplemente para matar el tiempo, así sean sólo unos cuantos minutos.

Sació su curiosidad respecto del Padre Cronos, y desvió su atención a cuestiones accesibles, a datos ignorados, o no conocidos, de personas muy conocidas.

Se enteró, entre las joyas biográficas más interesantes que investigó, que la familia de Charles Chaplin era de origen mexicano, con raíces en la cultura náhuatl, su apellido era Chapulín, y al casar un ancestro, oriundo de nuestro altiplano, con una súbdita de la Corona Británica, se le rasuró la u, y el acento, que fue un agregado ibérico, hispano.

La escritora Virginia Woolf, cuyo nombre y apellido se perdió en el olvido, al hacerse famoso su seudónimo. La explicación más fiel a la biografía real de la autora inglesa de “Orlando”, magnífica novela de fantasía histórica, es que alguien muy querido, le regaló un sweater de pura lana, le gustaba sobremanera, y cuando vió que en la etiqueta se leía: VIRGIN WOOL, lo tomó como una señal superior, un indicio divino, y no lo dudó, con pequeños añadidos, su nombre de batalla había nacido. En otra versión, Leonard Woolf, economista y novio de la escritora, poseedor de un fino y agudo humor británico, consideró que el nombre de Vicky casaba, perfectamente, con su apellido; casó con Adeline Virginia Stephen, y la rebautizó.

Otra anécdota que investigó, fue la célebre frase atribuída a Sherlock Holmes, el conocido personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle: ¡Elemental, mi querido Watson!

Sucedió durante “El Piolet Alpino”, cuya acción se desarrollaba en Suiza. Dentro de la trama, un día en el que el prestigioso detective, y su patiño, a quien muchos han considerado el alter ego del escritor, comían en un concurrido restaurante, famoso por su enorme variedad de quesos, al sibarita facultativo se le ocurrió preguntar a Sherlock, cuál era su fromage preferido.

-¡El emmenthal, mi querido Watson, el emmenthal! – dijo Holmes, sin dudar un instante. Todos los parroquianos presentes se enteraron ipso facto de su quesofilia específica. ¿Y después?, sólo la luz es más veloz que el rumor, nada distorsiona más lo real, que un buen rumor. Ello, es de todos sabido.

Lo curioso es que ese caso del renombrado detective no fue famoso, porque jamás llegó a publicarse, pero trascendió de alguna extraña manera, y el actor Basil Rathbone hizo aparecer la alocución con una frecuencia tal, en las películas donde lo encarna en forma magistral, que se convirtió en la más característica del mítico sabueso. Sin duda.

Tampoco está muy claro cómo la frase, proferida en el idioma Inglés, mutó de:

-The emmenthal, my dear Watson, the emmenthal! –para cambiar a:

-Elementary, my dear Watson!

Pudo haberse debido, quizá, al gran bullicio circundante, incluyendo a unos yodelistas acompañados de cencerros y corno alpino, que, en aquella ocasión, amenizaban el ambiente del típico restaurante.

Se le quedaron muchas investigaciones inconclusas. Por ejemplo, no pudo completar una zambullida en la historia reciente de las bellas artes, en especial las escénicas e interpretativas, en la que averiguaría si era cierto que Boris Karloff y Carl Orff eran parientes. Su pesquisa se atoró intempestivamente, al descubrir que el verdadero nombre del actor, era William Henry Pratt. ¡Pura perdedera de tiempo!, pensó.

-*-

¡Cuidado con las bocas dulces! Les advirtió la abuela de un amigo la víspera de su salida al D.F., a la Ciudad de México, a estudiar prepa. Imaginó que se refería a mujeres de mala reputación, que mascaban chicle, como la empleada de la compañía telefónica, a la que veía parada en la banqueta, recargada contra la pared del edificio de las oficinas centrales. En actitud desafiante, ponía un brazo en jarras, y en la otra mano blandía un cigarrillo encendido, al que daba grandes bocanadas, y luego soltaba el humo en gruesos chorros o en donitas, según tuviera prisa, o estuviera aburrida, esperando; hincaba el tacón alto de un zapato, en el suelo, y el otro lo plantaba en el muro y, de no ser por su jamona gordura, y sus carnosas pantorrillas, se diría que parecía una grulla; completaba el cuadro, mascando chicle sin recato, lo hacía tronar estrepitosamente, aunque justo es aclarar que no hacía pompas en público, su desplante no era, para nada, infantil.

Imaginó que a las “bocas dulces”, la boca les olía y sabía a chicle, y a tabaco, y se prometió tratar de no caer en las fauces de esas mujeres.

Ya en la Capital, llegó el día de la fecha prevista; en el Paraninfo de la Preparatoria No. 1, presentó su exámen de admisión, junto a otros muchos aspirantes; le resultó bastante sencillo, la mayor parte eran preguntas de opción múltiple, pero por poco se mete en un lío, pues le ganó la risa; afortunadamente, la maestra supervisora compartió su sentido del humor, cuando explicó el motivo de la repentina y sonora carcajada que se le escapó. En la sección de Gramática y Literatura Española, entre las opciones del significado de la frase “durmiendo a pierna suelta”, referida a un pastor que descansaba a la orilla de un riachuelo, una decía: c) el pastor dormía con una pierna dentro del arroyo. La risa fue excesiva, por suerte no lo declararon en desacato de la regla que exigía guardar absoluto silencio, durante el examen.

En el lapso que dedicó a lograr su ingreso a la Preparatoria, que lo conduciría a una facultad de la UNAM, se dio el irreflexivo lujo de rechazar la primera admisión, porque se trataba de un lugar en una prepa nueva, la Cinco, en Coapa, una exhacienda al sur de la ciudad, allá por Xochimilco, muy lejos de la colonia Hipódromo donde vivía, para luego obtener de nuevo el ingreso, en la Preparatoria Seis, sobre Ribera de San Cosme, donde le asignaron el turno vespertino, porque el matutino estaba saturado; como estaba acostumbrado a estudiar de mañana, solicitó su cambio, esperaba una permuta con un alumno del turno matutino que no quisiera madrugar, y decidido a no aceptar otra opción.

Afortunadamente, la presión fue general, las prepas existentes eran insuficientes, y se abrió la Prepa Siete, en Licenciado Verdad No. 2, esquina con Guatemala, en lo que fuera Odontología, antes de que existiera la CU, al lado, cerca, del actual Ex Teresa, ahí le dieron un lugar, por fin, en el turno matutino. Fue de la generación fundadora, que apadrinó Cuauhtemoc Cárdenas, hijo de Don Lázaro.

Sus amigos no podían creer lo terco que había sido, ni la buena suerte con la que corrió; cualquiera habría aceptado ingresar al plantel que se le asignara, sin importar el turno.

-¡Que suerte ni que ojo de hacha! –decía, entre molesto y divertido –tuve que recorrer muchas instancias, un Senador de la República, un General retirado, un Teniente Coronel en activo, y un capitán que peleó con Zapata, quien finalmente me resolvió el asunto –bromeaba.

Como todos los preparatorianos, desde el primer día de clases inició su proceso de selección de prospectos para cuates y cuatas, y se dio cuenta de los estratos que forman el alumnado, desde los fósiles y los expulsados de sus casas y de otras escuelas, hasta los mamones que se comportan como futuros científicos sucesores de sabios y genios como Newton y Einstein.

Lo mejor, sale de los preocupados por responder al esfuerzo familiar y a la vez divertirse lo más posible durante el bachillerato, donde la prepa correspondía a los años cuarto y quinto. Esos dos años son un factor determinante en la ruta que seguirá cada quien, definiendo su proyecto de vida; ahí se integra el núcleo de amistades que influirá más en su toma de decisiones, ya en el umbral de la Universidad, y empieza a formarse la actitud de cada joven, ante la realidad, ante su entorno. Y todo eso sucede sin que se den cabal cuenta, envueltos en el estudio y las diversiones, es una de las mejores épocas de la vida. Es período de desarraigo, encuentro, y declaración de independencia, en especial para el estudiante foráneo.

Al mes, ya estaba inserto en un sistema de amistades y relaciones con la institución, que lo convertiría en la persona que escogiera ser. Es un proceso con alto grado de aleatoriedad, pero permite reflexionar, afinar definiciones y hacer ajustes; los aciertos no son constantes ni permanentes, pero tampoco lo son los errores. Su promedio se situó alrededor del nueve. Los maestros confiaban en él y en su grupo de amigos; los problemas en los que se metían siempre tenían solución, sin consecuencias irreversibles.

Se la pasaban bien, a pesar de que siempre les faltaba dinero, aunque no para lo fundamental; con frecuencia, disfrutaba de las ventajas de sus amigos chilangos, en cuyas casas compartían el pan y la sal con él, lo invitaban a paseos y fiestas, y las reuniones con sus paisanos, y estudiantes de provincia en general, de coperacha, eran abundantes, igual que ahora, en la Capital del país.

Su circunstancia de fuereño despertaba curiosidad, una amiga llegó a preguntarle cómo había aprendido a hablar español con tanta fluidez, imaginando que Baja California era parte de gringolandia, o quizá se confundían con California, o simplemente porque hablaba distinto, o vestía ropa diferente. En la pensión, los estudiantes se prestaban ropa, a veces le gustaba un suéter de alguien, y lo llevaba a la prepa cinco días seguidos, no le importaban los comentarios:

-¡Se ve que no te paras por tu casa desde hace rato!

-*-

Siempre quiso tener más contacto con el agua, tenía preferencia por la liquidez, su romance con el mar empezó como el de todo humano, en el líquido amniótico, y el Océano Pacífico fue una presencia toral en su ambiente, un elemento cotidiano en sus primeros quince años de vida, como la lluvia invernal, y los raros chubascos primaverales.

Pasaba seis meses al año en la playa, en la alberca de unos vecinos, en la piscina del hotel Italia, que colindaba con el patio trasero de la casa de Hiroshi, o en la zona turística, en las temporadas bajas, en el hotel Bahía y el Villamarina. Donde estuviera, sentía la necesidad de entrar en el agua, en las pozas de los arroyos de las cañadas cercanas a Ensenada, en CU, donde seguido nadaba en la alberca olímpica, y en el puerto de Tuxpan, en Tequesquitengo y Las Estacas, cuando se podía.

Pensó en tener una alberca, o un bote, pero sus ambiciones no eran tan demandantes, no le atraía atarse a bienes que podía disfrutar si utilizaba servicios de hoteles, y de lugares turísticos, sin tener que poseer y mantener un bien suntuario.

Esa manera de ver la vida la aprendió de su padre, quien tenía un profundo desapego por las cosas materiales, era feliz subiendo al cerro del Chapultepec en su camioneta, al atardecer, para admirar el crepúsculo marino.

Cuando comenzaron las clases en la prepa, estaba desesperado por ver el mar de nuevo, y no iba a desperdiciar ninguna oportunidad, hacía casi medio año que no admiraba el horizonte oceánico.

Una compañera, oriunda de Acapulco, decidió que él era para ella, que le pertenecía, y lo buscaba con notoria frecuencia e intención. Pero, considerando que en el plantel había mucha estática, urdió un plan. Averiguó que no conocía el puerto, le platicaba sus maravillas: Pie de la Cuesta, la Quebrada, Caleta, Puerto Marqués, Revolcadero, etc., y acabó por invitarlo a la boda de una prima. Irían sus papás y su hermano mayor, viajarían en el coche de su familia y se hospedarían con unos tíos, los padres de la novia, en su casa se daría el banquete y la fiesta; saldrían un viernes, el casorio sería el sábado y el regreso, el lunes a primera hora.

La proposición, aunque no inocente, era demasiado atractiva, no así la compañera, Antonia, a quien le decían Ágata, por su parecido con la hechicera. No le importó, haría roncha con el hermano y evitaría estar solo con ella lapsos prolongados, para no convertirse en cuñado, y lograr su único propósito: estar en contacto con el Océano Pacífico, lo que justificaba plenamente cualquier riesgo.

Las habitaciones en Acapulco distaban de ser cómodas; dentro de la suya había un baño de uso común; tuvo que colgar la ropa que usaría durante la boda, traje, camisa blanca nueva y corbata, sobre la cuerda de un improvisado tendedero, que atravesaba el cuarto en diagonal, de esquina a esquina. Mujeres, hombres y niños entraban y salían a cada rato, pretextando urgencias inaplazables.

No permaneció más de lo necesario en aquella pasadera. Con una playera de algodón, salió al patio, era la noche del viernes y había fiesta, una cena informal para los familiares e invitados de fuera, la mayoría hospedados ahí mismo. Hacía un calor húmedo del demonio, y se alegró de vestir ropa ligera, aunque hubiera preferido unos shorts en vez de sus pantalones. Estuvo a la intemperie hasta después de la medianoche, y volvió al cuarto.

¡Demasiado tarde! del tendedero colgaba su camisa nuevecita, pero alguien la había usado de servilleta, un detective novel reconocería una boca embarrada y dos manos estrujantes que imprimieron sus huellas sin el más elemental cuidado, era imposible la identificación del culpable; la opción era reunir a los veinte sospechosos, y confiar en que los nervios traicionaran al responsable. Se podía reducir ese número, deduciendo la estatura del criminal por la ubicación de las manchas del “divino rostro”; desechó esa línea de investigación, por impráctica e inexacta.

Lo que estaba claro, era que se trataba de mole estilo poblano, con alguna influencia local; las semillas de ajonjolí y un sutil aroma de chocolate lo delataba, sin lugar a dudas. Usando jabón para manos, lavó la camisa, en especial las partes más afectadas, lo mejor que pudo, y la volvió a colgar, en el lugar que supuso menos riesgoso. No se molestó en denunciar el hecho, al día siguiente se la puso, todavía húmeda; ya no era blanca, sino de un tono tirándole a beige quemado o kaki, dependiendo del lugar, una manga, o la espalda, por ejemplo.

Se puso el saco durante la ceremonia religiosa, pero después lo traía sobre un hombro, intentando, de paso, disimular las manchas, pero terminó poniéndose de nuevo una playera, de vuelta al banquete, anulando la posibilidad de que el autor intelectual y el material, de seguro el mismo porcus bipedus, pudiera delatarse con un paso, un movimiento en falso, al ver el corpus delicti. Al rato se cambió, con traje de baño y sandalias de playa, las llamadas chanclas japonesas o patas de gallo, al ver a otros hacer lo propio, sintiéndose en casa, o siguiendo la corriente. El resto de la fiesta fue llevadera, los novios se despidieron temprano, estaban en Acapulco, recién casados y de luna de miel. “Volaron” a un hotel de cinco estrellas, en una playa local. Servicio expedito.

El domingo por la mañana la boda quedó atrás, la mayor parte de la gente se regresó por donde había llegado, se acercaba la hora de la verdad. Ya se habían puesto de acuerdo, el hermanito actuaba como celestino, y conspirando con la pretendienta, prepararon todo para un día en el sol. Cargando con toallas y un bronceador de aceite de coco, los tres ganaron para la costa.

Fueron a Revolcadero, el “cuñado” los acompañó a un sitio solitario, y luego desapareció, misteriosamente.

La compañera le insistía en que la enseñara a nadar.

-¿Eres de aquí, y no sabes nadar? –le preguntó, extrañado.

-Nada más nací en Acapulco, desde muy pequeña me llevaron a la Capital, porque el sol me hacía mucho daño –explicó.

-Eso déjalo para mí, que me traigo un blanco burócrata de cadáver fresco, -le dijo, bromeando –tú, en cambio, pareces una mulata de fuego.

Como era su inevitable costumbre, se equivocó al hacer ese cálido comentario, que ella tomó como una clara alusión a su sensualidad, a su sex appeal.

-Así somos las mujeres de tierra caliente ¿Qué quieres? –le reviró, arrastrando las palabras y retorciendo su desgarbada anatomía.

Enmudeció, hubiera querido no haber metido la pata tan feo -¡Tengo que aprender a mantener la boca cerrada! -pensó.

-Oye, si no quieres hablar, entonces enséñame a nadar –le dijo ella, optimizando, sacándole raja a su silencio; parecía haberle leído el pensamiento.

No le pareció mala idea, esa enésima vez que se lo pidió; ella tenía razón, él no quería hablar, corría el riesgo de empeorar la situación.

-Vamos a meternos un poco más, aquí el agua apenas te llega a los tobillos –sugirió, esperando que sus palabras no le alborotaran de nuevo la libido a la compañera.

-Tú mandas, eres el instructor, y yo soy muy obediente –dijo ella, con el mismo ritmo reptante que había adoptado.

Lo tomó de la mano y ya no lo soltó, sólo se la apretaba cada vez más fuerte, fingiendo que tenía miedo del mar; y así llegaron, de manita empapada, a poco más de un metro de hondo, mientras los apretones seguían ganando en intensidad; él se volteó, zafándose del yugo, y le dijo, con autoridad:

-La primera lección consiste en enseñarte a flotar. Acuéstate boca arriba con confianza, yo te sostengo, hoy vas a aprender a nadar de muertita – le dijo, con algo de wishful thinking.

Le colocó una mano en la espalda y otra en los muslos, tratando de que hubiera bastante agua entre sus dos epidermis, inútilmente. La chica estaba cada vez más emocionada, podía sentirla temblar, en las palmas de sus manos.

-¡No me vayas a soltar, tengo mucho miedo! – le dijo, en un estilo teatral, ya demodé, y sobreactuado, dando a su actuación el efecto contrario al que deseaba.

Poco a poquito –le dijo él, con reminiscencia –se te va a quitar, y tranquila, no pasa nada, respira hondo y profundo.

La muchacha obedecía las órdenes al pie de la letra, tratando de inflar su plano pecho.

-Trata de llenar de aire tus pulmones, no tu estómago –la animaba.

-¡Sí señor! –respondía ella, fingiendo disciplina castrense.

Estaba de cara a la playa, dándole la espalda al mar, y la corriente los fue llevando más hacia adentro. Ya tenía el agua a mitad del pecho, cuando una gran ola les cayó por sorpresa, recordándoles que estaban en Revolcadero. Su primera reacción fue sujetar a su aprendiz, pero había estado tratando tanto de no tocarla, que la cresta espumosa se la arrebató, ya no la veía por ningún lado; logró apoyar los dedos de un pie en el fondo, mientras la buscaba desesperado, con las dos manos, entre el agua revuelta con arena. Sintió que tocaba un sargazo, buscó más abajo, asió un buen manojo, lo apretó, y lo jaló con fuerza.

¡Era su pretensa!, ahora se parecía más a una Circe costeña, con el pelo como de Gorgona. Sin soltarla de las greñas, la arrastró hacia la orilla, y cuando pudo hacer que se parara, la sacudió, tomándola por los hombros, mientras ella hacía esfuerzos por respirar, pues el agua salada que había tragado y la arena que se le pegaba por toda la cara, no la dejaban usar eficientemente boca y nariz, gruesos gajos rastas se formaban en su largo y abundante cabello, su mejor atributo, sin duda, viéndolo bien. Le enjuagó vigorosamente el rostro con agua clara, hasta que ella pudo gritar:

-¡Mi héroe, mi héroe, me salvaste la vida, creí que moría, pero tú me rescataste, me salvaste de la muerte, me salvaste del mar, mi héroe!

Hubiera querido callarla, pero decidió que sería mejor dejar que se desahogara, en sentido estricto y también figurado, mientras hacía la crónica de la “hazaña”, berreando a todo pulmón, tosía, escupiendo agua salada y lloraba de emoción, como si hubiera vuelto realmente a nacer. Como Venus naciendo de la espuma de las olas, perdonando la analogía.

Lo que siguió, fue escucharla durante el resto del día, relatar una y otra vez, cómo había sido arrebatada de la ira del océano, salvada de la muerte más espantosa, por su héroe, su salvavidas, su ángel de la guarda, y ver cómo, en cada repetición, añadía algo, haciendo crecer y ramificarse a la “heróica proeza”, con avistamiento de misteriosas aletas surcando el agua cerca de ellos, refiriendo lo cerca que estuvo de golpear su cabeza en unas rocas, cuando la jaló, milagrosamente, a la superficie, conjurando el peligro de una fractura craneana.

Él permanecía callado, sonreía de vez en cuando y asentía con ligeros movimientos de hombros, fingiendo modestia. Era preferible, a que su familia pensara que no había cuidado a la hija; tenía que soportarla mientras estuviera en su territorio, incluyendo el viaje de vuelta a la Ciudad de México.

El lunes salieron a las cinco de la mañana para la Capital; por suerte, Antonia estaba agotada, de tanto vociferar perdió la voz, y tenía la garganta resentida por el agua de mar y la arena. Se la pasó dormida la mayor parte del trayecto; además, a nadie le interesaba otra nueva versión del suceso.

La difusión del salvamento continuó en la prepa, pero después de media hora, la chica ya no tuvo a quien contarlo; al siguiente día, la historia estaba enterrada, y si alguien le preguntaba, el respondía:

-Son exageraciones, en realidad no hubo ningún riesgo.

Procuró ocuparse de asuntos que no requirieran la participación o la presencia de la acapulqueña. Pronto apareció otro candidato a héroe, aunque el de verdad, sería el incauto que se casara con ella.

-*-

No era el caso de Torcuato, mejor conocido como Thor, así, con H intermedia, como el dios escandinavo del trueno, para deslindarse de su nombre verdadero, registrado en las listas de asistencia. Thor era de su grupo, pero, por un tiempo, se alejó del núcleo, y comenzó a juntarse con un compañero de unos veinte años; Andrés era un fósil, se defendía diciendo que su familia viajaba mucho y no había podido completar un año de escuela sin mudarse; platicaba que acababan de regresar de Sudáfrica, después de armar una empresa explotadora y comercializadora de diamantes.

Como esa, tenía varias historias inverosímiles pero originales, lo que lo hacía reo de mitomanía, aunque le colocaba cierta aura de interés; medía cerca de uno noventa, parecía tener el desorden de crecimiento de Lincoln, con sus brazos y piernas desproporcionados; eso lo hacía moverse con una aparente agresividad, cuando lo único que intentaba era mantener una postura elegante al caminar; los huesos de su rostro parecían prestados de varias personas.

Para disimular eso, hablaba a borbotones, contaba chistes procaces y lanzaba historias tan tiradas de los cabellos, que sus amigos le decían a Thor que seguramente eran producto de una imaginación enferma. Se alejó, tampoco creía en las historias de Andrés, pero lo divertía su egocentra heterogeneidad.

Le platicaba que tenía muchas y muy guapas amigas, eran secretarias o recepcionistas de las oficinas de sus hermanos y las empresas con las que tenían relaciones de trabajo, formaban una red de chicas que esperaban que las invitaran a bailar y tomar la copa, le aseguraba que él encajaría ahí, a la perfección.

Thor empleaba su tiempo disponible en vagar con este amigo. Un día lo llevó a su casa, asaltaron el refri, sacaron queso, jamón y cervezas Don Quijote Colosal, y se sentaron a jugar al póker; Thor no se tomó ni media botella, y ya no tenía lana para apostar, ni para nada. Andrés era un tahur ventajoso y Thor era un tarugo ingenuo.

Andrés propuso que mejor fueran a su casa; vivía en Polanco, en un departamento de lujo muy amplio, por Horacio o por Homero, donde le invitó otra cerveza, que afortunadamente rechazó; pronto llegó el hermano mayor, más alto todavía, hablando con mayor audacia y más agresividad. Salieron de ahí inmediatamente, el hermano esperaba a unos socios de negocios y necesitaba toda la cancha libre.

Fueron a visitar a la Carmencho, una de las amigas de Andrés, que vivía a unas cuadras. En verdad que era guapa, pero sólo la vieron un minuto, a la salida de su edificio, Apenas pudo presentarlos:

-Carmencho, te presento a mi amigo Thor.

-Thor, ella es la Carmencho, de la que tanto te he hablado.

Ella no le quitaba los ojos de encima, mientras él rehuía mirarla de frente, así de guapa era.

-¡Ah, un hombre que se ruboriza, pensé que ya no quedaban! –eso fue lo único que dijo, subiendo al radiotaxi que la esperaba, mientras Andrés la despedía, a gritos:

-¡Mucha prisa, pinche Carmencho! –ella sólo sonrió, en respuesta.

-Oye, que duro te llevas con ella –comentó Thor, sorprendido.

-No te escandalices ni te hagas el inocente, así nos llevamos con las nenas en Polanco, ¿Te diste cuenta cómo te comía con los ojos?

-Ah, ¿Tenía ojos? –dijo Thor, haciéndose el inocente.

-¿Entonces qué, planeamos una salida con mis amigas?, lo primero es conseguir una nave, yo no puedo, viste que no estoy muy bien con mi hermano, apenas me saluda el güey, pero ya se larga para Sudáfrica y me tendrá que encargar el lote de la Condesa, ¿Tú te puedes encargar de conseguir el auto? –empezó a concertar el cuate.

-Creo que sí, un primo tiene una nave del 52, un Chrysler muy bien conservado… -dijo, recordando que Andrés le había bajado toda su lana hacía unas cuantas horas. Dudaba.

-Como esté, la cosa es que jale y que a mí me salga gratis, yo pongo los “elementos” y después, cada quien queda a su suerte, ¿OK? –remachó, concediendo, para cerrar el compromiso.

-Bueno, yo te aviso en la semana, en la prepa –dijo Thor, ya casi enganchado.

-¡Ya vas! ¡Ah!, y tén, te devuelvo la lana que te gané, y te aconsejo que ya no juegues al póker, no es lo tuyo.

Eso lo acabó de convencer. Habló con su primo, y le explicó las condiciones, que le parecieron aceptables, pues sólo le preguntó:

-¿Y cómo están las chicas?

-Pues mira, si las otras son la mitad de bonitas que la Carmencho, el plan vale la pena y la lana, y ya sabes que yo también voy de gorra, no tengo ni en que caerme muerto –dijo, sinceramente.

El plan estaba hecho. El siguiente viernes por la noche, llegaron por las chicas al depa de la Carmencho. Eran cuatro: Thor, el promotor, el primo y otro socio pagano. La diversión inició cuando tuvieron que acomodarse los ocho en el Chrysler. El único que no llevaba chica en las piernas, era el primo, al volante.

Para romper el hielo, casi derretido, pues la temperatura subía a cada momento en la agradable aglomeración, una de las chicas le preguntó al que venía soportando su peso sin chistar:

-¿Tú cómo te llamas?

-Roberto –contestó el otro socio.

-¿Y tú?

- Andrés, hija, y no te hagas la que no me conoces ¡Já-já-já! –dijo el organizador del evento, riendo ruidosamente.

-¿Y cuál es el tuyo? –le preguntó, mostrando un interés especial, al propietario del vehículo.

-Yo me llamo Fiacro Arrangoiz –contestó el primo, muy serio.

¡Eso terminó de derretir el hielo!, las chicas soltaron la carcajada, mientras se retorcían y saltaban sobre sus improvisados asientos, que reían alegremente con ellas.

Cuando por fin pudieron articular palabra, después del ataque de risa, la Carmencho exclamó:

-¡Que bruto eres, por poco nos dices que te llamas Torcuato!

Entonces, las nuevas risas fueron encabezadas por ellos, no podían contenerse, y de paso aprovecharon para abrazar más fuerte a sus parejas; otra chica los interrumpió, preguntándole por fin a Torcuato:

-Ya nomás nos faltas tú, a ver ¿Cómo te llamas?

-¿Yo?, yo me llamo Víctor, pero me dicen Thor –dijo, resignado a permanecer en el anonimato, pero desatando otro ataque de risa entre los hombres, que las chicas no lograron entender, pues Víctor era un nombre muy bonito, opinaron todas. Más risas.

La velada transcurrió, protegida por el buen inicio; fueron a bailar al Ro, un centro nocturno, saliendo, de camino a Toluca, con una vista espectacular de la ciudad. La Carmencho hizo pareja con el dueño de la nave, y esa resultó ser la única relación duradera, pues sólo él tenía una actividad remunerada, dos eran estudiantes foráneos y el cuarto, sólo un hablador con buenísimas conexiones.

-*-

Al inicio del primer año de prepa, por el segundo mes de clases, él y un amigo, que había conocido a unas chicas, fueron a visitarlas a la colonia Hipódromo, cerca de la casa de su tía Lourdes.

El camarada era de los que había aceptado de inmediato, cuando le notificaron que ya tenía su lugar en la Prepa Cinco, en Coapa.

Las chamacas que verían, le comentaba, eran representativas de un nivel superior de civilización, por su trato educado, finos modales, y el cuidado que ponían al interactuar con los demás, procurando un alto nivel de armonía. Pero sobre todo, la suavidad de su cutis y la elegancia de sus figuras, las transformaba, convirtiéndolas, le decía, en la quintaesencia, el prototipo de la femineidad, la aristocracia del Gineceo, máxime si se les comparaba con las paisanas, que eran unas meras aldeanas.

Pero ellos ya estaban estudiando en la Capital, y el roce social era un imprescindible complemento, se sumaría a su proceso de superación, de refinamiento.

Estaban impresionados por el trato amable que les dispensaron desde el primer momento, las atractivas chicas que los esperaban, acudieron a recibirlos a la puerta: limonada helada, galletitas, plática interesante y entretenida; sobre todo, mucha atención a lo que ellos decían, y les hacían preguntas que traslucían, inequívocamente, el interés que les despertaban.

Sentados con dos muchachas en un sillón, ellas en medio y ellos en los extremos, la cosa se ponía muy afectuosa. Las otras dos habían hecho mutis con discreción, al definirse las afinidades selectivas, las preferencias; o a lo mejor se los habían repartido, según un código secreto, invisible para ellos. En su tierra, pensaban, las otras morras se habrían ido a ver si parió la puerca, bueno, eso, en Maneadero.

Ya más en confianza, les platicaron que tomaban clases de danza y, respondiendo al interés que ellos mostraron, ofrecieron darles una demostración, y salieron volando escaleras arriba. Ellos esperaban, esperando que regresaran con algunos discos, pero volvieron a los diez minutos, vestidas de hawaianas, con los tops de sus trajes de baño estampados de flores y unas faldas de pasto, necesariamente artificial, y descalzas, con pulseras en los tobillos, y les narraron leyendas con ondulantes movimientos de sus cuerpos, sobre todo de sus caderas, manos y brazos: el mar, las palmeras, el Sol, la Luna, el cielo, las estrellas, las fuerzas de la Naturaleza, emanaban, irradiaban, del par de isleñas, era una mímica seductora. Estaban mesmerizados, aquello superaba todas sus expectativas.

Media hora duró el calentamiento, y volaron a cambiarse de nuevo; al volver encontraron a los dos, hechizados por sus encantos, atrapados, cautivados y alebrestados como animales salvajes, comiendo de sus manicuradas manitas, literalmente, les alimentaban pequeños trozos de pastitas holandesas, colocándolos con sus deditos en las babeantes fauces de ellos.

Sonó el timbre de la puerta y una de las bacantes vacantes bajó echa a la mocha las escaleras, la abrió y se oyó una exclamación, que sonó a regaño fastidiado:

-¡Ah, eres tú!

-Sí, te pido una disculpa, llegué tarde porque me encargaron unas cosas, pero ya me libré…-dijo el recién llegado.

-Pásale, pásale –se escuchó una fingida invitación – ¿Y por qué llegas solo, y los demás?

-No sé, te digo que tuve que hacer otras cosas. -explicó.

-¡Más importantes, de seguro! –le reclamó la chica.

-¡No, ya te expliqué que no me pude zafar antes! –se defendió.

-¡Óyeme, nadie te está pidiendo explicaciones! ¿Eh? – lo atajó ella.

-Ya lo sé, no te molestes –dijo él, con voz suplicante.

-¡Óyeme, yo no me molesto por tonterías! -lo apachurró.

Así transcurrió la plática durante unos minutos, nadie más hablaba, pues el tono era tan desagradable, que se inhibieron por completo. De repente, la muchacha se mostraba condescendiente, para agredirlo de nuevo, cuando el pobre se confiaba; le cayó el veinte, pretextó otro encargo, y se despidió, lo que aprovechó la agresora para presentarlo:

-Muchachos, este es Hugo, que ya se tiene que ir a atender asuntos de la mayor importancia –dijo, jalándolo para que pudieran verle la cara.

-¡Cómo eres, si quieres me quedo! –trató de defenderse, de nuevo.

-¡No, no-no-no-nó! -le martilló- ¡No queremos ser la causa de que te regañen!

Lo sacó a empujones, y cerrando la puerta, regresó a la sala.

-¿Vieron? Por poco se devuelve el tal Hugo. ¡Nomás no entiende nada! –comentó, todavía látigo en mano.

-¡Y tú que le das alas! –le reclamó una de las hawaianas.

-¿Ya se largó? ¡Me cáe re gordo! –dijo la que faltaba, bajando las escaleras en entrada triunfal -Oí todo desde arriba, te viste muy suavecita, querida.

-¿Así agradeces que te lo quité de encima? ¡Si te viene a ver a tí, chulis! –le reclamó la sanguinaria ajusticiadora.

-¿Que te cae gordo, no querrás decir pelón? ¿A poco no parece que se pinta el coco con grasa para zapatos? –terció otra.

-¡Ja, ja, já! ¡Tienes razón, y cómo le suda el cuero cabelludo y las manos al calvario, cuando lo pones nervioso, eres cruel, hermana! –añadió la otra hawaiana.

-¿Qué, hubieran preferido que lo tratara bien para que no se fuera, o qué? –argumentó excesivamente la sádica acólita de Belcebú.

-¡No, no, ni lo mande Diosito Santo, queridita! –remachó la que terminaba de descender la escalinata, como si fuera pasarela.

Intercambiando una mirada, se pusieron de pie, y su camarada tomó la palabra:

-Bien chicas, estuvimos un rato con ustedes, muy agradable reunión, muy ricas las galletitas, y muy sabrosa la limonada, esperamos verlas pronto de nuevo; por ahora, nos despedimos.

-¡Pero si la reunión apenas empieza, y ni siquiera les hemos puesto música, quédense y bailamos un ratito, mi mamá nos preparó unos bocadillos…! –intervino la líder.

-En otra ocasión será, ahora tenemos que retirarnos, ¡Adiós chicas! Las dejamos, seguramente tienen mucho que platicar.-le cortó la comunicación.

-¡Ay, que pena, pero vuelvan pronto, muchachos, les prometemos que de seguro nos vamos a llevar bien suave! -dijo, resignada.

-¡De seguro que nos vamos! –le dijo, aliviado, a su amigo, ya en la acera, rumbo al Parque México, en busca de aire fresco.

-Esas deben ser de las “bocas dulces” de las que nos prevenía mi abuela, son como el gato, que por delante te lame, y por detrás te araña –comentó el camarada.

-Sí, ¡Pobre cabrón, lo terminaron de hacer puré en cuanto se cerró la puerta! –añadió él.

-¡Qué bueno que no nos quedamos a presenciar nuestra autopsia y disección! –remató el otro.

Cambiaron de tema antes de llegar al parque.

-*-

Dos años después, para ahorrarse la lana del boleto de acceso a un baile de postín, se introdujo al Salón Catedral del Hotel Riviera, en Ensenada, por el techo del Beachcomber, un bar que daba a la playa, cerrado hacía tiempo; lo que quedaba en aquel lugar, eran mesas, y sillas volteadas de cabeza, todo lo demás había sido desmantelado, retirado o robado, como se podía ver por los destrozos en pisos y paredes, y el espejo de la cantina roto a botellazos, los vidrios por todos lados; esporádicamente se oían ruiditos, podían ser de cúcaras, o de ratas asquerosas.
Volteó al techo del bar, en trechos podía verse el cielo y la fachada del hotel. Su estructura era sencilla, vigas de madera, espaciadas 70 cms., y una lámina de impermeabilizante, de alquitrán con grava de sílice, separaban al bar de la intemperie; él debía alcanzar las vigas para impulsarse al exterior, trepó a una mesa, y acomodó dos sillas que le parecieron estables, casi todas estaban mochas e inseguras, parado con un pie en cada una, su cabeza sobresalía del techo; para impulsarse, se aferró a una viga, era difícil alcanzar una altura que le permitiera subir ambos pies, intento usarla de barra de ejercicio y pudo apoyar su axila izquierda y subir el pie derecho, tuvo éxito, en un momento, ya tenía los pies en dos paralelas.
Estaba algo oscuro y la ventana del Salón Catedral quedaba todavía lejos, a más de cuatro metros, un tramo distante; olvidó, por un sólo instante, que era imposible pisar entre las vigas, el recubrimiento le pareció de pronto bastante seguro, y por el afán de llegar rápido a puerto seguro, dio un paso en falso. El techo se hundió, y con él, se precipitó de nuevo al interior del Beachcomber, pero reaccionó en el aire, logró agarrarse a las vigas, y se impulsó de nuevo, con tanta energía, que pudo regresar casi a quedar de cuclillas encima de una, y se desplazó avanzando de lado, hasta llegar a la ventana que daba a un pequeño fumador al lado de los sanitarios, donde los caballeros se reunían a descansar, y a cambiar impresiones sobre las damas, ahí se las repartían, de ahí salían con tips para ir a sacar a bailar a una chica, con menor posibilidad de ser rechazados; el rechazo es el demonio de los adolescentes, en los bailes, en las fiestas, en general. Eso, ellas lo saben demasiado bien, y lo aprovechan.
Tuvo la fortuna de que, en ese momento, todos le estaban dando la espalda a la ventana, saltó hacia adentro y revisó su ropa, bastante empolvada, pues el Beachcomber no había recibido mantenimiento reciente; se sacudió el polvo y las telarañas, deslizándose, pegado al muro más cercano, para que no se relacionara su presencia con la ventana abierta. Alguien volteó y le dijo:
-¡Quihúbole vato, se ve que estás bien bailado, sudas a chorros!
-¡No tienes idea, Antonio! Creo que me vendría bien ir al baño, a refrescarme un poco, si no, no voy a aguantar mucho rato más.
-¡Vamos, te acompaño, yo también siento la urgencia!- le dijo su amigo, refiriéndose a otra cosa.
En los sanitarios terminó de sacudirse, se lavó las manos, se echó agua en el rostro, se peinó, y casi para salir, se descubrió raspones, en un brazo, un codo, en la mano izquierda y la pierna derecha, ahí era donde más le ardía, vio sangre, por una rasgadura en forma de 7, en la cara interna del pantalón, seguramente se le había atorado con un clavo, quizá en la caída. Se metió a un privado para que no lo vieran revisarse; luego de hacer recuento de los daños, salió, y con el papel sanitario, empapado con agua de la llave, se lavó la sangre, que por fortuna, dejó de fluir, permitiendo iniciar la cicatrización; para esto, el amigo había regresado al baile, ahora su problema sería el pantalón roto.
Recordó que siempre llevaba a las fiestas unos chicles Wrigley’s, los de la “flechita”, masticó rápido un cacho, y con tres bolitas colocadas por el reverso del pantalón, aseguró la rotura como pudo, cubrió el chicle con papel de baño, con el fin de que los vellos de la pierna no hicieran contacto con la goma de mascar; tuvo que volverse a meter a un privado, para quitarse el pantalón. Cuando salió al baile, no tenía deseos de permanecer ahí, después de todo lo que había hecho y todo lo que le había pasado, por introducirse sin pagar; entre la pena y el coraje, se puso a bailar un poco con una desconocida, y se fue, llegó a su casa temprano; se le ocurrió salir del paso, cuando empezaron a hacerle preguntas, diciendo que se había encontrado con unos chucos en la calle, lo querían asaltar y se defendió, recibió algunos golpes, le rompieron el pantalón de una patada, y salió con raspones y un poco empolvado. Pensó que había sido la mejor forma de cubrir la tontería de ahorrarse el costo del acceso al baile, en vez de confesar que había arriesgado su integridad física, y hasta causó destrozos, que podrían ser delitos castigados por la ley.
Por fortuna, todo mundo se tragó su cuento de los pachucos, pero sí tuvo que dar explicaciones y relatar muchas veces el mítico choque con la escoria de la sociedad. Lo archivó como “mentira blanca”.

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-xiv-

Dos años antes, acababa de llegar a la Capital, y vivía en la Colonia Hipódromo, la que mucho antes fue, efectivamente, el Hipódromo de la Colonia Condesa, del cual conservó su forma oval y simétrica.
Cerca, el Palacio de Hierro Durango ocupaba el lugar de una plaza de toros, desplazada por otros usos del suelo urbano, más rentables, y el Sumesa, prototipo del moderno mercado de autoservicio, ya se había instalado en la esquina de Oaxaca y Alvaro Obregón; eran referentes de la época de los años cincuenta a setenta del siglo XX, y emblemas del medio citadino de la zona. El óvalo daba privacidad a la colonia, no exclusividad; la bulla de la Avenida de los Insurgentes, el tráfico de la Avenida Nuevo León, amortiguados por los parques España y México, con su biblioteca, estanque y teatro al aire libre, la calle de Sonora y la de Amsterdam, con su andador central y dos glorietas, la del norte, con su fuente morisca, donde confluían las callecitas de Huichapan y Cacahuamilpa, con La Flor de Lis y sus tamales, y un Restaurante, el Napoleón. Y la glorieta sur, en una zona acaparada por la comunidad hebrea, que vivía en edificios amplios, al gusto meso oriental, esa, era menos sobresaliente, más sencilla.
En los cincuenta, bastante después de la Segunda Guerra Mundial, se percibía el antisemitismo; en la glorieta sur, jóvenes hacían el caldo gordo al nazismo: echaban detergente a la fuente, y se formaba una gigantesca bola de espuma, los hebreos asomaban a los balcones, y ellos gritaban estupideces: ¡La Gestapo!, o ¡Heil Hitler!
Aunque ayunas de peso político, esas acciones avergonzaban al país, el Holocausto acababa de suceder. Reflejaban el errático rumbo de los gobiernos posrevolucionarios, pero sobre todo, de los poscardenistas.
-.-
Un amigo y guía, en su tour de iniciación, le gritó, al cruzar Sonora, al verlo con la vista fija en los edificios, como chero emborrachado por los rascacielos de cinco pisos:
-¡Cuidado con el camellón! – sí se cuidó, pero no de la guarnición central de la vía arbolada, y se tropezó con el camellón, mientras buscaba, infructuosamente, al primo del dromedario. Se autojorobó.
En la colonia Hipódromo conoció a la Lulú, no supo su nombre real, si se llamaba Lucrecia o Ludmila, Lucila o Ludovina; quizá le decían así, porque era algo loca, de locura heredada. Lo interesante era lo que sucedía alrededor de ella; vivía en un edificio, donde su madre era portera, habitado por gentes que despertaban curiosidad, como un músico que tocaba una “cómoda de alambres”, al estilo de principios del siglo XX, como pianista de cantina o burdel, desafinado, con las cuerdas flojas, y teclas y pedales atorados; su marchito otoño ya se acercaba al frío invierno. Lulú, para aumentar sus bonos, prometía a sus prospectos llevarlos a conocer a aquella celebridad en proceso de extinción, sin consideración a su precario estado de salud, y sin tomar en cuenta si el artista estaba de humor para decir agravios; le valía si digería una cruda de las que se provocaba, con café, tabaco y alcohol, y pepitas, cacahuates y churrumais.
Lulú siempre se salía con la suya, lograba que tocara unas piezas, y luego, ella y su acompañante de ocasión, tomaban la iniciativa, y se largaban, a punto de que el virtuoso desapareciera tras otro de sus vicios. Eran jóvenes, no se daban cuenta de la ruina que ya era, aquel viejo farandulero.
En ese edificio, en el primer piso, habitaba Doris Piqué, una guapa adolescente yucateca; era probable que fuera su verdadero nombre; en el sur de México, como en Centroamérica, no son raros, abundan los nombres así, a los indefensos bebés les cuelgan los que pepenan de revistas del corazón o literatura más sofisticada, es fácil encontrar un Freddy Somoza, un Christopher Asturias, hasta un Montgomery Fuentes, o una Doris Piqué.
Estaba fastidiado del asedio de Lulú, armaba situaciones, reservaba un sitio, un rol, para él, siempre lo tomaba de sorpresa, como la vez que lo enredó con una judía recién casada, la que, decía, ya se había arrepentido, por lo tacaño y celoso que era el esposo, ella le “rogó” que lo llevara a su casa, para conocerlo, pues el judío andaba errante.
Era atractiva, un poco en el estilo de la esposa hebrea neoyorkina del dueño del Yug, el restaurante vegetariano de la Zona Rosa, rubia, y de grandes ojos verdes, almendrados, sonrisa amable, prometedora, discreta; la recién casada estaba lejos de la edad en que las mujeres semitas empiezan a ganar peso en las caderas, algo común en ellas, y casi en todas las mujeres de cualquier nacionalidad, honestamente. Esta hija de Israel tendría a lo sumo 20 años, y lucía jeans pegados al cuerpo, y una blusa de seda blanca, escotada, braless, muy woman’s lib, que lo hizo casi tragarse la lengua; se mostró halagada.
-Es que dice que su marido ni siquiera voltea a verla, y le dio gusto ver cómo te trabaste cuando te la presenté – le comentó la Lulú, días después.
Pasó un rato, antes de que pudiera recuperar el dominio de todos sus comandos, dificiles de controlar, ante la desparpajada generosidad de la nueva amiga. Ella hacía cada movimiento y comentario, para irlo envolviendo en una abierta estrategia de seducción, con su voz, y la manera en que enrrollaba las palabras en su expresivo rostro, y cómo se inclinó para preguntarle, en secreto, si deseaba un cigarrillo, como si fuera algo prohibido; cómo se incorporó, y cómo se desplazaba, consciente de que la seguía, con los ojos y el oído, y ella recorría la estancia y se agachaba, dándole la espalda, y recogía su bolso, antes tirado a propósito, sacaba encendedor y cajetilla, se regresaba, y se detenía a levantar un cenicero, los colocaba frente a él, y estaba listo para encender uno.
-Yo también quiero –le dijo mirándolo sugestivamente, y añadió:
-¿Se te antoja un trago?, tengo whisky.
Aunque no tomaba más de un vaso de cerveza, ya lo tenía decidido a decir que sí, y asintió con la cabeza, para seguir admirando la manera como se exhibía sensualmente, con cada giro de su cuerpo, así fuera el más simple; estaba conectado a ella, embelesado, así siguió, hasta que se aproximó con dos vasos old fashion, con una pulgada de licor y dos cubitos de hielo, que sonaban como cascabeles de plata contra el cristal. Trató de aparentar naturalidad.
Lulú, apostada en la bay-window que daba al Parque México, hizo que regresaran a la realidad:
-¡Ahí llega tu marido! –le gritó, alarmada. Apenas tuvo tiempo de salir por la cocina, subió las escaleras al siguiente piso, para esperar que el esposo llegara a su hogar, oyó cuando entró, y las dos mujeres lo saludaron, bajó atropelladamente a la calle, no atinaba a decidir si estaba frustrado por la abrupta interrupción, o complacido, por haber evitado un lío conyugal, y una riesgosa confrontación con el marido.
La situación se complicó para la judía, no pudo explicar los objetos en la mesa de centro: copas llenas, cigarros, cenicero, encendedor, y también para Lulú, que fue a esconderse al baño, y cuando salió, con la cara lavada, su apariencia no la ayudó para nada, su corte de pelo masculino, como de pachuco, de cola de pato, camisa a cuadros, de leñador, pantalones amplios y viejos choclos; para su suerte, el judío acabó acusándolas de lesbianas y borrachas. La Lulú se esfumó, para evitar una zarandeada, que bien se la merecía.
Su atuendo era impuesto por la madre, así pretendía apartarla de las miradas de los hombres-lobo que, según ella, serían la perdición de su virtuosa hija.
Por las dudas, él declaró clausurado ese episodio de su vida.
Lulú no se dio por vencida, una noche lo invitó al departamento de Doris, la yucateca. Resultó ser de su misma edad. Era la casa de un tío, se encontraba en Mérida, no había peligro de que se repitiera la escena de la judía. Tocó varias veces, él propuso que volvieran otro día, Doris apareció al fin, abriendo la puerta en la penumbra, y muy adormilada, vio a su amiga y la reconoció, los invitó a pasar.
Estaba oscuro, Doris encendió una lámpara al lado del sillón, ahí se acomodó, aún amodorrada, les explicó que no esperaba a nadie, y se puso a platicar con él; Lulú, conociendo el lugar, fue al tocadiscos y puso una musica bailable, como de Ray Coniff, Percy Faith o alguna orquesta por el estilo, y comentó que él era un excelente bailarín, lo que distaba de ser verdad, Doris parecía curiosa por ver si podría ser cierto; seguía de pie, le ofreció ambas manos, no opuso resistencia. La levantó.
La tomó por la cintura, vestía una bata de seda, o jersey, color azul cielo, abierta por completo, el cinturón suelto, sobre un baby doll rosa, de nylon; a esa corta distancia, poca falta hacía más luz, por el escote y aún a través de la tela, podía apreciar sus pequeños y firmes senos, en cada giro, al acercarse a la luz.
Se dio cuenta de que se estaba mareando, estaba muy nervioso, y no podía coordinar sus movimientos; perdió contacto con el entorno, su única referencia era el torso de Doris, corría riesgo de dar un traspié, ella calzaba unas zapatillas ligeras, como pantuflas; un pisotón, cada vez más probable, rompería el hechizo. Lo único que se le ocurrió, para evitar que el espectáculo del cuerpo de la muchacha continuara interponiéndose, fue estrecharla; juntando sus mejillas, contactó el tórax y los muslos de Doris, mientras intentaba platicarle al oído, en secreto, naderías, no deseaba asustarla, ella percibía que la cosa se estaba poniendo tensa. Hacía sólo un cuarto de hora que la conocía, no quería apresurarla.
Entrados en confianza, Doris le platicó que estaba en la Ciudad de México porque no podía regresar, por un tiempo, a Mérida, había tenido un “problemita”, que se lo impedía. Le encantaba viajar, y su familia no le permitía hacerlo sola, por eso huía de su casa, de vez en cuando, por temporadas; se vestía de chamaco, con tenis, jeans, una camisa de lana, y un rompevientos, se recogía el pelo bajo una gorra de beisbolista, con lentes para el sol y un poco de polvo en la cara, el disfraz estaba completo; se iba a pedir aventón en la carretera, y la levantaban choferes de las pipas de Pemex; uno que le había dado “raite” antes, trató de abusar de ella, sacó la navaja que cargaba para defensa personal e hirió al sujeto, lo obligó a salirse del camino, y se estrelló en unas rocas, encolerizado, le quitó el arma; antes de que pudiera huir, ella recibió un navajazo también.
-¿Cómo te las arreglabas para sobrevivir, trabajabas? – le preguntó, temiendo escuchar alguna respuesta indeseable.
-No, no creas que me prostituía, – dijo, para tranquilizarlo – no soy tonta, le robaba lana a mis papás y me iba de aventón a una playa cercana, nunca pudieron seguirme la pista, volvía, y me castigaban por un buen tiempo, hasta que lograba juntar para otra escapada.
-¿Y no te pasaron más cosas, no te metiste en otros problemas? – le insistió.
-Bueno, a ti si te voy a decir, pero pico de cera con la Lulú, es una chismosa, ¿O.K.?
-¡Claro! – se apresuró a responderle.
-A veces, los camioneros me encargaban entregar un pequeño bulto a alguien, en un restaurante de la ruta, cosa que no podían hacer ellos, porque me decían que los tenían plaqueados. Cumplía lo que pedían, sin abrir la boca, ni los paquetitos.
-¿Y tú, qué crees que contenían? -trató de inducir otro dato más.
-Yo siempre creí que era mariguana, ¿Tú, que piensas? – lo sondeó Doris.
-Yo pienso que tienes razón. –mintió; de seguro se trataba de algo realmente peligroso para la chica, como coca, heroína, una droga “dura”, y mucho más cara. Ya no le insistió más sobre el tema.
-¡Mira! –le dijo, interrumpiendo el apretado baile y levantándose el baby doll, para mostrarle la cicatriz a un lado del ombligo, como de unos diez centímetros. La observó hipnotizado, y no sintió que se le relajaba la mandíbula y se le abría la boca y, quizá por el lugar que ocupaba, en esos momentos, le pareció hermosa.
-¡Tócala!, me quedó un borde, siéntelo. -añadió, tomando su mano, y lo hizo tocar su vientre tibio.
-Es casi imperceptible –le dijo, fingiendo serenidad, pero sin apartar la vista de su cuerpo, blanco aperlado, y de las minúsculas pantaletas rosas, que hacían juego con su baby doll.
Cesó el baile, parados en medio de la sala, se besaban y acariciaban ignorando la presencia de Lulú, y ella aprovechó la coyuntura para anunciar, a media voz, que se retiraba, pues su mamá la buscaría en cualquier momento.
Ya a solas, Doris dijo estar cansada, lo tomó de la mano y se dirigió a la recámara del tío. Horas después, se despidió, había claridad de día en la calle, tenía tiempo para darse un regaderazo en casa, antes de ir a la prepa. Ya conocía el camino al lecho de la audaz yucateca.
Semanas después, Lulú dijo que su amiga había regresado a Mérida, tras una discusión con el tío. Él estaba seguro de que Doris andaría en otra correría, por las rutas de las pipas de Pemex.
Para bien o para mal, no regresó.

-*-

Lulú gravitaba alrededor de su casa, donde la toleraban; las cosas se salieron de madre, cuando su mamá entró en sospechas, por lo que, pensaba, sucedía intramuros, y un mal día la siguió, y esperó media hora, antes de tocar la puerta, esperando sorprender un estupro, una violación, in fraganti; al oir aquella voz inconfundible, al escuchar los gritos de su madre, Lulú se refugió en el baño, lo que empeoró la situación, ahora estaba segura de que su hija fornicaba, sobre la tasa del water, con uno de los abusadores que ahí tenían su guarida.
Lulú tuvo que salir del baño, con la cara hinchada y enrojecida por la vergüenza y el llanto, y a empujones, trataba de llevarse a su mamá; la vieja canija, cueruda, la regresó al baño a rastras, para revisarlo minuciosamente, segura de que hallaría evidencia de lo que se temía, hasta que verificó la imposibilidad de que un sátiro, el profanador de la honra de su virtuosa hijita, pudiera estar escondido tras la cortina de la regadera, o hubiera huído por la ventila. Antes de salir, levantó la tapa de la tasa. Nada.
Lulú era llorona, pero nunca como ese día, su mamá las había puesto en un absurdo ridículo, sería difícil recibirla de nuevo. Para acabarla de amolar, convencida de que había obrado precipitadamente, hizo el elogio de la hija, de sus gracias y dones, de lo importante que para las dos era la pureza y de cómo le cuidaba el himen, para el matrimonio, que llegaría a su debido tiempo, cuando encontrara a su príncipe azul, etc., etc., etc.
Nomás faltaba que dijera que Lulú portaba un cinturón de castidad y que élla, su protectora, guardaba, celosamente, la única llave.
Más lloraba, berreaba, la muchacha, presenciando aquella olvidable escena, pero un crescendo con tutti, chillando a todo pulmón, como plañidera griega, le salió de lo más profundo de sus entrañas, al oir a su mamá declarar:
-¡Y sépanse todos ustedes, que mi hija es señorita, comprobado por tres médicos!, ¡Y uno, militar!
Lulú pescó a su madre por un brazo, y a jalones la sacó de ahí; aún seguía gritando, defendiendo la virginidad de la hija, que trataba de gritar más fuerte que ella, mientras bajaban las escaleras.
Para él, y para quienes las conocían, “mamá de Lulú” era sinónimo de orate, aunque más bien parecía un pleonasmo.
Lo verdaderamente extraordinario de la Lulú, y que, por cierto, su madre nunca mencionó, eran los dos pezones supernumerarios que tenía, unos diez centímetros abajo de los reglamentarios, los cuales la habilitaban, quizá, para amamantar a cuatro chilpayates a la vez. Eso lo supo él, por la indiscreción de una amiga de Lulú, que vivía en la Nápoles, por el parque De la Lama, donde se construyó el Hotel de México; se decía que tendría una extensión de pista del Aeropuerto, sobre el Viaducto del río de La Piedad, para que los aviones charter, repletos de turistas, llegaran, taxeando, al resort. Sólo prevaleció el Polifórum Siqueiros, el gigantesco edificio es el World Trade Center de México.
Cuando le preguntó a Lulú sobre sus supuestos botones extras, ella no desmintió a su cuata, sólo se sonrió. Era obvio, sentía un secreto orgullo por su singularidad. También la tenía reservada.
La judía del Parque México se enteró, por Lulú, que él se iría al extranjero, a Oriente, por varios años, y entre las dos le idearon un rendezvous para el día anterior a su partida. Le pidió que fuera con ella a verla, una visita de médico, de unos minutos, ya adentro, dijo que iba a la cocina, salió del departamento, y lo dejó con Judith; se puso agresiva sin perder tiempo, parecía estar bajo el influjo de una sustancia, lo desvistió con energía, decidió cooperar, para no perder un pedazo de camisa, hicieron el “amor” sobre la mesa de la sala, o más bien, ella se hizo cargo de todo; en veinte minutos lo despachó, pretextando un compromiso. Él no se reponía de la sorpresa, y ya estaba en la calle, -así van a ser todos nuestros encuentros -pensó.
Partió al día siguiente, con la “experiencia” en la cabeza, a Ensenada, ahí fue a una fiesta donde fumaban mota, y oían rock. Ató cabos, ese olor también estaba en el ambiente, en casa de la impulsiva judía.
Cuando regresó, un mes después, fue a buscarla, sin decirle nada a Lulú, la celestina; se sorprendió, al encontrar una mujer anonadada, le preguntó qué chingados estaba haciendo en la Capital, ella creía que se había ido a vivir al extranjero. Lulú los envolvió, para Judith, el acostón no tendría consecuencias, sería lo que se llama un quicky, sabroso y efímero. Al mirarlo, le dio un ataque de pudor, y no pudo soportar la impresión de liviandad que creía haberle dado; fracasó el reencuentro, no hubo un gramo de pasión, en la fugaz aventura. Lulú perdió una amiga. Él no le mencionó la cannabis.
La mujer está mejor capacitada para mentir que el hombre, que puede hacer realidad las mentiras más destructivas, las guerras. Las mujeres mienten por defensa, comodidad, debilidad o conveniencia, o porque sus mentiras se creen, por interés, y muchas veces mienten por amor. O para crear la percepción del amor. Pero siguen avanzando, en su equiparación con el sexo masculino.
El amor es percepción, sin ella, el amor no existe, se esfuma.
Como en el cuento de Chéjov, donde el protagonista, para reclamar originalidad, declara que le atraen las negras, seguro de que jamás a su aldea llegará una africana; pero llega, y el pobre está obligado, por congruencia, a cortejarla, a casarse con ella, y tener hijos, y se pasa la vida siendo fiel a su autoengaño. Ya en su lecho de muerte, decide sincerarse, pero al ver a su esposa de ébano y a sus hijos mulatos, y pensando en ellos, y en la villa expectante, donde es admirado por ser leal a sus principios, utiliza un último aliento para refrendar su afecto a todos y su amor a su negra esposa, no sólo “hasta que la muerte nos separe”, sino por toda la eternidad.

-*-

La primera vez que regresó a Ensenada, en unas vacaciones de la prepa, unos vatos lo invitaron a pasar el día en Tijuana, a divertirse un rato. En la noche, fueron al Nicte-Há, centro nocturno de moda, donde la sociedad local se daba cita.

Sus camaradas se traían un plan muy macabro, orquestado por uno de ellos: se aprovecharían de su timidez con las mujeres, para reírse de él. Ese cuate, compañero de la secundaria, nunca fue su amigo; había adoptado, desde hacía años, la personalidad de Pulido, convirtiéndose en una imitación del cómico. Gordo y chaparro, en secundaria, hacía pareja con un gordo alto, se les conocía como “Balín” y “Balón”.

Se dejó un bigotito igual al del actor, sus ademanes eran idénticos a los del personaje, aunque exageraba tanto, que a veces se pasaba a los de Clavillazo, abría los brazos como aeroplano y extendía los dedos de las manos, gritando con voz impostada: ¡Nunca me hagan eso! y ¡Nomáaaas!

Su animadversión empezó tiempo atrás; se enemistó con él, porque suponía que Mimí, una muchacha de origen italiano, oriunda de Real del Castillo, no le hacía caso, porque lo prefería; se interponía entre ellos, era el único escollo. Se enteraba de ese chisme a través de las amigas de ella, que lo tenían al tanto, pero el asunto le venía guango. Habían transcurrido varios años, para él, estaba olvidado, no así para su “rival”.

En el Nicte Há tomaron una cerveza, y ordenó una granadina, pues su cuota de alcohol estaba completa. Pensándolo cuete, lo empezaron a presionar para que sacara a bailar a una de las chicas que asistían, en bola, a pasar el rato; la mayoría iba al lugar, con claras intenciones de ligar. Insistían, y recurrieron al expediente de que tenía miedo, hasta llegar al punto en que la cosa se tornó en una cuestión de honor. Por fin accedió, porque estaba solo, el único que era su amigo, se había unido a los conspiradores, y lo apremiaba a aceptar el desafío.

Así operaba. Una vez, pasando frente a una bolería, un pachuco echó una trompetilla, su amigo le dijo que el pleito era con él; no se quería pelear, y lo retó, acusándolo de miedoso. Forzado, se regresó; el tipo jugaba con un balero, lo soltó y se dispuso a tirarle patadas, la técnica preferida de los chucos, además de la navaja. El balero cayó al suelo, le tiró la primera, con el otro pie lo pisó, dio una maroma, se golpeó el occipucio contra la acera, y no se levantó. Él y su amigo siguieron caminando tranquilamente.

En el Nicte-Há, la cosa había llegado casi al mismo nivel:

¡Bueno pues, nomás señalen a la afortunada que debo sacar a bailar! –les dijo, exagerando, para que lo dejaran de fregar.

Se pusieron a barrer con la vista todo el gran salón, para localizar a la muchacha más bonita, la que seguramente lo rechazaría.

-¡La chica del vestido azul claro que está aquí derecho, en aquella mesa! –le dijo su enemigo jurado.

-¡Sácala antes de que te la ganen! –lo apremió su amigo.

-¡Ándale, ya habías quedado, no te rajes! –insistió otro.

Hizo un buche de granadina, para remojarse el gaznate, se le había secado de repente y, arreglándose la ropa, se incorporó con lentitud. Avanzó hacia las chicas pensando en seguirse de largo y salirse de la boite, o por lo menos, meterse al baño, pues a cada paso se arrepentía de haberse metido en aquel brete, había aceptado el reto porque ya no los aguantaba, pero ahora sentía una extraña debilidad en las rodillas y en las pantorrillas, y no sabía si andaba derecho o haciendo eses, como borracho. Sólo le faltaba eso, que la muchacha lo tomara por un ebrio insolente y lo mandara a volar, a la vista de los conjurados. Con cada paso, más se inclinaba por la huída.

Tenía cubiertas ya las tres cuartas partes del recorrido a la fatídica mesa, la muchacha de azul giró un poco la cabeza y la luz cenital iluminó su rostro: era un verdadero ángel. Como hechizado, como magnetizado, siguió avanzando hacia ella, y ella le sonreía, sonreía quizá por alguna otra causa, quizá con alguien al otro lado de la pista; lo mejor sería salir de ahí de inmediato -¿Por qué me habré dejado manipular en esta forma? ¡Voy a salir de aquí ahora mismo! – pensó.

-¡Hola, que sorpresa encontrarte aquí! ¿Qué no estabas estudiando en México? –le dijo ella, con una familiaridad que lo desconcertó, pero la reconoció casi al mismo tiempo.

Era su amiga Rosario, hacía varios años que no se veían, si ella no le hubiera hablado, él habría huído, siguiéndose, sin duda, de largo. Fue ella misma, afortunadamente, quien se encargó de librarlo del aprieto.

-Sí, pero estoy de vacaciones cortas, me regreso la semana que viene ¡Tú estás guapísima! Yo vine a sacarte a bailar, ¿Quieres?

-Bueno, pero nada más una pieza, porque nosotras ya nos íbamos, cinco minutos más y no nos hubiéramos encontrado ¡Que buena suerte!

-O que mala, depende de cómo la veas, Rosario.

A ella le encantó el comentario; bailaron un ratito, y sus amigas le hicieron señas de que se les agotaba el tiempo, tocando sus relojes discretamente.

-Bueno –le dijo –buenas noches, no se les vaya a convertir su carroza en calabaza – y se despidieron de beso en la mejilla, como amigos.

-¿Por qué se fueron, qué te dijo, quiénes son? –le preguntaban todos, asombrados.

-No son de aquí, vinieron de San Diego a una boda y ya regresan al otro lado, los papás de una de ellas las esperaban en una limusina, afuera del Club. La muchacha que saqué se llama Marjorie Main, me dejó su teléfono, vive en Carlsbaad, al norte del condado, y es todo lo que voy a decirles, camaradas –con el descolón los neutralizó, de una buena vez.

Regresó al D.F., prometiéndose evitar volver a caer en los garlitos de gente con la que no tenía un vínculo, porque es previsible que en una relación de confianza, de amistad verdadera, si alguna de las partes se decide a traicionar, la otra va a ser traicionada, y caerá sin remedio, y redondita; es fácil ser engañado por un amigo, o por alguien cercano, Por ello, esa traición es abyecta, porque es abuso absoluto. Pero es en verdad imperdonable, dejarse sorprender por extraños.

Si la trampa que su enemigo gratuito urdió, apoyado en la confianza que le tenía al amigo que se prestó de comparsa, hubiera tenido éxito, es imposible saber cuáles hubieran sido las consecuencias. Sólo hay un remedio, y sin garantía: la prevención.

-*-

La naturaleza humana traza rutas aleatorias en el cotidiano ambular de la gente. Sobre todo la de los jóvenes, que ceden a sus impulsos de agresividad, van a tumbos entre aciertos y errores, fungiendo a veces como árbitros sin patente, o sintiéndose con patente de corso.

Había muchos estudiantes paisanos en la Capital, los frecuentaba en las colonias Roma, Condesa, Juárez, en el Centro Histórico, en Santa María la Ribera, por El Chopo, cerca de Coapa, etc.

En la Juárez visitaba una pensión en la calle de Havre, ahí la acción se concentraba en el comedor. Casi puro camarada de clase media alta vivía ahí. Al más conspicuo le apodaban el “Pulgar”, por su estatura de poco más de metro y medio, pero tiraba patadas a dos metros de altura, usaba zapatos bostonianos, de suela volada, con protectores metálicos en punta y tacón, sus pasos se oían desde lejos, raspando el piso; traía el pelo corto en la azotea y más largo en los lados, peinado para atrás con espesa goma, hasta la región occipital, usaba tubos “livais” al ras del suelo, y camisa arremangada, con el cuello levantado; al paso del tiempo, sería un hombre de bien. El trío que formaban el “Pulgar”, el “Sabroso” y el “Sopas”, era el terror de los jotos que se cruzaban por su camino; seguido se salían a la calle, con el propósito explícito, confeso, de buscarlos, cazarlos, y tundirlos a patadas.

En una ocasión andaban por la W, la estación de radio XEW, cerca a los actuales estudios Televisa Chapultepec, y se encontraron con un actor del cine nacional, los vio feo, les cayó gordo, le regresaron la mirada, se hicieron de palabras, el asteroide, envalentonado, les decía pelados igualados, y el “Pulgar” no lo bajaba de puto.

Él solo le puso una tranquiza que luego el actorcito tuvo oportunidad de reseñar para la tele y los medios impresos, dando su muy personal versión de los hechos, con la cara raspada y un ojo de cotorra: -¡Eran cinco pelafustanes, se me dejaron venir de a montón, y antes de que los cobardes huyeran, les pude conectar algunos cates! –hablando con marcado acento citadino, y los puños en guardia, como boxeador.

Durante días, el evento sirvió de botana a los comensales de Havre, la paliza se estuvo comentando con lujo de detalles, en las prolongadas sobremesas.

La señora Patiño era la administradora de aquella pensión, parece que poseía el edificio, o a lo mejor lo rentaba; los internos la respetaban y en alguna medida asumía el papel de tutora de la raza. Su esposo era diferente, desayunaba, comía y cenaba en el comedor, y no alternaba con la raza, tenía una mesa para él solo; tomaba sus alimentos y salía cargando un maletín grande, de piel, de color café, murmurando un inaudible: ¡provecho!, dirigido a nadie.

Nadie le contestaba nunca, pero la escena se repetía siempre; empezó a despertar la antipatía de los muchachos, y aparecieron historias de una supuesta personalidad secreta de Patiño: ¿Qué carajos contenía el portafolio café, en verdad eran documentos de su trabajo?, a lo mejor era travesti, y en el maletín traía ropa de mujer, o trabajaba en “Avon Llama”, y ahí cargaba su muestrario; quizá era su lonchera, contenía emparedados o tortas. Se hartaron de lanzar hipótesis, que llegaron al extremo de aventurar que Patiño era Clark Kent, camuflado, y que el maletín servía para esconder su traje de Supermán, mientras voceaba la edición vespertina del Ovaciones.

Una mañana, durante el desayuno, se levantó al baño, y los treinta y tantos estudiantes, constituyéndose en Asamblea Plenaria, decidieron que esa era “la” oportunidad para resolver el misterio, se descorrería por fin el velo que envolvía al cartapacio; el “Pulgar”sería el instrumento de la vox populi. No tenía puesta la combinación, y lo abrío con la mayor sangre fría, como hacía todo, y apareció el peine: estaba lleno de comics.

-¿A quién le gusta La Pequeña Lulú? –preguntó.

-¡A mí! –gritó el “Sabroso”, y la historieta salió volando a la mesa correspondiente.

-¿Quién es admirador de Batmán? –gritó, con mesura.

-¡Yo! –contestaron desde lejos, y el ejemplar casi se desintegra en el aire.

Continuó distribuyéndolos al azar, a diestra y siniestra, regándolos por todo el comedor, hasta que alguien echó aguas de que Patiño regresaba, y los comics volaron de vuelta, pero sólo unos cuantos cayeron sobre la mesa, ninguno en el maletín abierto, y muy pocos completos.

Patiño fue recibido en silencio, recogió despacio su descuartizada enciclopedia y en silencio abandonó el comedor, volvió después de transcurrida una semana, sin el famoso maletín. Tenía una concha bastante gruesa.

-*-

Recordaba, lustros adelante, que la casa de la esquina de Córdoba y San Luis Potosí, era la Casa del Estudiante Bajacaliforniano, o en todo caso, estaba por el rumbo. Ahí y en otros lugares de la Roma, principalmente en los departamentos estudiantiles de autogobierno, donde se juntaban cinco o diez y los rentaban, distribuyendo gastos y tareas, se armaban pachangas, con los que cupieran y aportaran. No eran muy frecuentes, dicho sea en su descargo.

Comenzaban escuchando en bola las versiones de cada quien sobre la borrachera anterior, enfatizando experiencias y puntadas personales, y terminaban con los residentes inconscientes, y desparramados por todas partes, y los invitados vomitándose por la calle, camino a sus guaridas, casi todas localizadas en las cercanías.

Para comer y descomer, había chicharrones de puerco y puerca y de harina, cacahuates, churrumais, garbanzos y pepitas, entre las selectas y abundantes botanas; salchichas con rajas de jalapeño o chipotle, si bien les iba, y carne asada o tacos, si el giro mensual había llegado, y les daba igual, la guácara no discriminaba.

Siempre había cerveza, la bebida de la nostalgia norteña, y cubas, el cañabar era el pisto de las mayorías. Las preparaban en la bañera más limpia de las instalaciones, en un balde o una tina que desinfectaban con un buen flamazo de alcohol del 96, –como si fuera necesario –con mucho Bacardí blanco, las indispensables cocas, jugo de limón, con todo y cáscaras exprimidas, y hielo a pasto.

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-xv-

Cerca quedaba la pensión de estudiantes donde se alojaba, junto con seis más. Dos eran paisanos, ayudaba a la convivencia que estuvieran en distintas prepas, así no tenían que aguantarse, las 24 horas de cada día.

La cabeza de la casa de asistencia era la señora Esther, una agradable árabe, cuya familia más ampliada estaba radicada en Yucatán, y era, como Astrid Hadad, mitad yucateca, mitad mexicana y mitad árabe. Resultaba interesante y curioso ver cómo se fusionaban, en la forma y el fondo de su hablar, y de su ser, las tres mitades.

La pensión ocupaba la planta alta de un edificio, la planta baja estaba destinada a establecimientos comerciales, salvo el zaguán, que era además, garage y acceso a las habitaciones dedicadas al alojamiento de la familia, y de los estudiantes y demás huéspedes. El único coche, de una sobrina de la señora, dormía en una pensión cercana, pues el garage funcionaba como recibidor; al fondo tenía una habitación útil.

En esa época, desarrolló dos de sus aficiones: comer y caminar. Con frecuencia despertaba con mucha energía, pero demasiado temprano, en las primeras horas de la madrugada. Era el café de la casa, muy fuerte, él no se daba cuenta, decidió que tenía los síntomas de un típico insomnio recurrente, pero no dejaba de tomar el cuasi espresso árabe, sobre todo, nunca perdonaba el de la sobremesa de la cena, cuando se reunían los habitantes de la casa de asistencia, sin excepción.

Si le fallaban los ejercicios de relajación, o se cansaba de estudiar, se vestía, y salía a caminar. Varias ocasiones recorrió la distancia entre la esquina de San Luis Potosí e Insurgentes Sur, y el Zócalo, llegaba a clase de siete. A veces, las ganas de caminar le daban de día y, partiendo de Sears Insurgentes, en travesía de meditación y reflexión, llegaba hasta el Hipódromo de las Americas. Eran unas caminatas sin distracciones o intromisiones, sobre todo las nocturnas, en las que se encontraba, a lo sumo, con una docena de personas, en toda la ruta.

Jalaba para el Zócalo, y al salir de la primera clase en la Prepa 7, al cuarto para las ocho, se tomaba un cuartito de leche y una rebanada de pay de manzana, en la tiendita que se especializaba en artículos escolares y comidas estudiantiles, “desde un lápiz hasta una torta”, parecía ser su lema. Lo más importante era que los preparatorianos tenían ahí crédito por 24 horas, sin recargos. Al terminar las clases tomaba un camión Roma-Mérida-Chapultepec, o un Colonia del Valle-Coyoacán, cualquiera de los dos lo dejaba cerca de su casa. Después de la comida, la vigilia cobraba su precio y él lo pagaba, durmiendo una siesta de no más de una hora, siempre se presentaba un buen plan o tenía que estudiar para el día siguiente.

La señora Esther era una árabe clasica, como salida de las Mil y una Noches, bien podría haber sido madre de Aladino: blanca, de grandes ojos oscuros y profundos, nariz prominente, ligeramente aguileña, y relativamente alta, definitivamente delgada, sus manos, con largos y finos dedos, que bailaban al hablar o hacer cualquier cosa, como por ejemplo coser o cocinar, siguiendo un ritmo oriental, independientes, se le curvaban, como a las bailarinas de Tailandia, o de la India.

Tomaba con los estudiantes una actitud maternal, pero equilibrada, presente, no atosigante, justo lo que un adolescente lejos de casa puede esperar, y soportar. Poseía buen porte y una suave cadencia al desplazarse; desde un principio, tuvo que asegurarse, con sus ojos, de que los pies de la señora Esther tocaban el piso; parecía deslizarse, como si calzara silenciosos patines. Tomaba su rol en serio, en una ocasión cumplió su promesa y reportó a uno de ellos con sus padres, había dejado de asistir a la escuela: el pintero se enderezó. Era una ogra filantrópica. En muy raras ocasiones, decía groserías en árabe y una sobrina se las traducía, como “aju charmut’”y “tecle jara” que significan puto, y come caca, o algo por el estilo, respectivamente.

En innumerables ocasiones los cuidó con afecto en sus pasajeras indisposiciones, como resfriados, calenturas e indigestiones, y en las crudas también. Les tomaba la temperatura mediante un método poco ortodoxo, que a veces se las subía otro poquito: aplicaba sus labios fuertemente sobre la frente del hijo postizo, y los retenía ahí por unos segundos, los que juzgaba necesarios, tras los cuales dictaminaba la inexistencia o la gravedad de la fiebre.

Tenía una hija y una sobrina, Dunya y Yasmín; parecían hermanas, y eran su antítesis: gordas, alegres, malhabladas y juguetonas hasta los golpes. La hija no recibía atención, tenía nueve años, la sobrina, de veinticinco, veía a los jóvenes como hermanos menores, y trataba a los huéspedes mayores, como a sus tíos. Trabajaba, y en la pensión, jugaba, tan rudo como la aguantaran.

La soportaban hasta las lágrimas y la ignominia, guapa y jacarandosa, tenía un ritual y un tino pasmosos para acomodarse la melena sin usar las manos, sacudía la cabeza y después doblaba el cuello hacia atrás, quién sabe cómo, y en el momento exacto, cuando todos estaban a la expectativa, esperando que realizara “el movimiento”.

De cabellera color miel, ojos verdes y pestañudos, facciones árabes moderadas, lo único que le quitaría su club de admiradores, serían algunos, no demasiados, kilitos, para que no perdiera sus encantos de odalisca.

Les enseñaba rock, twist, danzón, mambo y cha-cha-chá; contaba chistes al parejo de ellos, y a veces los retaba a que le aguantaran un coco, un coscorrón, y pagaba en efectivo, primero los compraba de a cinco centavos, con el precio subía la fuerza, hasta la peseta, entonces proponía un doblete, a tostón, luego hasta el peso, y si el cliente era nuevo, aceptaba, pues un varo era un varo, y recibía un marrazo que lo dejaba viendo los puntos luminosos que los antiguos confundían con estrellas, pero mantenía la boca cerrada, so pena de convertirse en la burla del grupo, y se le permitían las lágrimas furtivas. Sí, él también cayó en la trampa. Y todos aprendieron a valorar el dinero.

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Durante un tiempo, vivió allí una matrona guatemalteca con una hija y un hijo adolescentes, que presumía, discretamente, de ser exesposa del presidente de su país, que en los cincuenta protagonizó un tenso episodio con nuestro país: su guardia costera agredió a pescadores mexicanos, supuestos invasores de su mar territorial. El altercado no pasó de un molesto intercambio de notas diplomáticas.

El hijo se la pasaba presumiendo de su éxito con las chamacas, sus múltilpes conquistas, su popularidad, exagerando descaradamente, y despepitando sobre chicas serias que algunos huéspedes conocían, se peinaba constantemente, se iba a ver al espejo del baño, para regresar y continuar su malabarismo verbal y capilar, hasta que todo mundo se alejaba, dejándolo solo.

La hija llegó, al terminar su año escolar en un colegio de Antigua. La madre era una jamona cuarentona, casi cincuentona, se maquillaba en exceso, siempre luciendo sus amplios y profundos escotes; la hija era morena, sinuosa, alta y esbelta, con todo armoniosamente grande, de ojos cafés, boca carnosa, inclusive su nariz era una atractiva versión de los perfiles mayas de las estelas; el principal imán que poseía, era su felino cuerpo.

Encontró a todos reunidos en el comedor, y los repasó con la mirada, satisfecha de haber aterrizado en un harém de sultana, donde era la única fémina calificada, para escoger, o al menos tener un ambiente que le proveería de suficiente admiración masculina, el alimento de las divas; era vanidadosa natural, y no lo ocultaba, esa característica la precedía.

Pasaron varias semanas y no había tenido oportunidad, ni deseos, de convivir con ella, aparte de lo natural en lo cotidiano, ella, de manera natural también, buscaba siempre al grupo, donde todos bromeaban, y él aprovechaba su ingenio para divertirse y convivir con los demás. Todo mundo lo juzgaba simpático, educado y respetuoso; fuera de la pensión era popular con las mamás de sus amigas, se turnaban para llevarlo a sus casas, y de paso lo alimentaban.

-¡Mira, mamá! ¿A poco no es igualito a mi primo Pedro? –ese y otros comentarios por el estilo eran muy frecuentes, llegó a pensar que tenía la fisonomía más común del mundo.

Las mamás estaban siempre de acuerdo en que podría ser su hijo, o su sobrino, y frecuentemente estaba invitado, con la familia entera, o como único comensal, madre e hija se sentaban a verlo comer, y lo acosaban a preguntas, sobre sus orígenes y planes para el futuro. Le decían que era un placer ver con qué gusto comía, era un gusto verlo comer. La escena se repetía tanto, que se lo creía.

Llegó a tener un programa de comidas periódicas, con una docena de amigas, que se repetía dos veces cada mes, los fines de semana comía sin compromiso previo, donde quería y donde debía, en casa de su tía Lourdes, en la pensión o con los cuates, tacos en la calle. Al final de prepa, hacía un promedio de seis comidas diarias: desayunaba en la pensión, tomaba un refrigerio, a media mañana, en la tiendita, comía después de clases en la casa de asistencia, deliciosos platillos árabes: kipe crudo o charola, tapule, hojas de parra rellenas, jocoque, etc., y luego volvía a comer en casa de alguna amiga; por la tarde, después de ayudar a estudiar a otra, merendaba, conchas con nata y chocolate caliente, por ejemplo, y luego remataba cenando en la pensión.

Comía como se comía en México, en los viejos tiempos, pero más. Y no pasaba de los 57 kilos con los que había arribado a la Capital, en 1959. Un metabolismo privilegiado de adolescente.

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Flor, la joven guatemalteca, descansaba sentada en el amplio sillón del garage-recibidor-sala, a la entrada del zaguán, y la luz de un foco era la única iluminación; al fondo, se veía la ventana de la habitación que ocupaba con su madre y su hermano, después de la escalera que conducía a la planta alta.

Cerca de las nueve de la noche, regresaba a la pensión, después de su reunión de estudio. Abrió, la saludó y se despidió deseándole felices sueños, y antes de que llegara al pie de la escalera, ella preguntó que de dónde venía, dijo que del cine, y quiso saber de la película, y que se la platicara. Se sentó, le comentó de un film cualquiera, no confesó haber mentido, para no parecer estudioso y presumido; una vez más se volvía a equivocar, cuando intentaba simplificar las situaciones o trataba de evitarle dificultades a alguien. –Si le menciono que vengo de estudiar Lógica, Flor se sentirá excluída, y ajena al tema -pensó.

Escogió una película divertida, pero momentos más adelante, Flor subió ambos pies al sillón y se acomodó para verlo de más cerca, y a la primera oportunidad, se adueñó de la conversación. Sin transición, siguiendo su libreto, le platicó que ella era muy romántica, que en su país las chicas maduraban muy pronto, que a su edad ya eran mujeres en todos los sentidos, ella tenía muy bien definidas las carácterísticas de su ideal de hombre, del compañero que esperaba con ansiedad, el que sería el amor de su vida, y cuando lo encontrara, no lo dejaría ir, se aferraría a él con toda su alma, pues le tenía reservado un lugar en su corazón, de ahí no se lo podría arrancar, sin que le costara la vida, así de apasionada era, y se entregaría completa, le decía, vehemente.

Tendría que ser un hombre que no se detuviera ante nada, arrojado, audaz, capaz de afrontar sin vacilar las situaciones más riesgosas, y fuerte, que pudiera moldear el alma de una mujer, como la húmeda arcilla en las virtuosas manos de un gran escultor, un hombre, en fin, que compartiera con ella, sin limitaciones, su actitud de desafío ante la vida.

Él dedujo que quizá ella se estaba refiriendo a Sandokan, el Tigre de Malasia, o a lo mejor pensaba en D’artagnan, el cuarto mosquetero.

Mientras le describía su ideal de amante, Flor se acercaba cada vez más a él, que la escuchaba muy intrigado, en la penumbra, tratando de distinguir si sus zapatos necesitaban una boleada, o nada más un trapazo, para llevarlos a la prepa, al día siguiente.

Volteó, y sus caras por poco chocan; las últimas palabras, Flor las había susurrado a su oído. Saliendo de la sorpresa, le comentó que era curioso lo que había sentido al escucharla, cuando le confiaba aquella clara y completa descripción de su compañero ideal, pues de manera puntual, con cada rasgo del paradigma, se daba cuenta que le estaba dibujando a alguien muy distinto a él, él no se parecía en nada a la persona que Flor anhelaba. Eran obvias las diferencias, le parecía que buscaba a alguien que era todo lo contrario de él, y se lo confió así, con todas sus letras.

Se hizo un silencio pesado, duro como roca, interminable, sobre todo, y seguramente, para ella, él ya sólo decidía cómo despedirse para irse a dormir, pero ella rompió la pausa:

-¿Te das cuenta por qué te he dicho todo lo que acabas de escuchar? ¿Sabes realmente por qué te dibujé a mi hombre ideal como lo hice? ¿Lo sabes? –Sin saber sinceramente qué decir, la miró a los ojos, y movió la cabeza, en elocuente y sucinta negativa. No tenía la menor idea.

-Pues porque te he estado observando durante estas semanas, desde que llegué, y me pareció que así eras tú, por eso te lo dije, pero si hubiera sabido lo distinto que tú te consideras, te juro que te habría construído una descripción con la que te hubieras identificado, en la que te sintieras reflejado. – le confesó Flor.

En castellano: no le importaba cómo era él en verdad, simplemente lo quería, lo deseaba, sin intermediarios, abstrayendo todo lo que fuera menester, de su temperamento, carácter y personalidad. Una simple y llana atracción física.

De ahí para el real, todo marchó a la perfección. Cuando no salían a dar un paseo al parque, al cine, a la nevería, estaban bromeando entre ellos o con los amigos, o él le estaba mentando la madre a los que le gritaban en la calle: ¡Adios, cuñado!, o estaban fajando, en cualquier lugar, público o privado.

Ella le platicaba que en Guatemala, la sociedad propicia que los jóvenes liberen hormonas y manifiesten su afectuosidad con mucha libertad, en todos los parques hay pequeños kioskos construídos ex profeso, y nadie se asombra. Él ni siquiera se molestaba en pensar si eso era cierto.

Era una relación sin tarea intelectual, ahí no había construcción de planes, ni necesidad de erigir un altar para quien era el objeto de su afecto, era, en suma, el franco retozar de la libido. Seguido, ella le cantaba una canción:

Si me querés,
¿Por qué no me tumbás?,
¿Es que tenés pená de mí?
¿O es que tu amor no es verdadero?
¿Querés que te tumbe yo?

Aquello duró, hasta que se acabó. Al parecer, la madre recibió una buena noticia, y regresó a Guatemala con sus hijos. Por un tiempo, todo le sabía a Flor. Pasaron unos meses, antes de que la habitación al fondo del garage se ocupara de nuevo.

-*-

El Fredy llegó de Centro o Sudamérica, de Costa Rica o Venezuela, los países que más mencionaba en sus prolongadas alocuciones, la mayor parte sobre su supuestamente aristocrática familia, y también sobre arte, de pintura, por lo general; eso, cuando no eran antitemas seudofilosóficos y dizque esotéricos, en los cuales pretendía encajar sus dotes pictóricas. Tenía una beca para estudiar un semestre en la Academia de San Carlos.

No poseía un acervo mínimo de conocimientos, y su argumento globalizador consistía en que la realidad era lo que se piense de ella, y que todo el arte, independientemente del artista, sea quien fuere, se produce siempre, fatalmente, como mérito de la musa principal, de la que hace obsoletas a las demás: la Casualidad.

Su misión era convencer al mundo, de que esa mesa inestable, de dos patas flacas, era la base de la sabiduría.

Cuando no disertaba sobre su summa filosófica, le refrescaba al que tuviera enfrente, que había participado en un concurso de acuarela en Centroamérica y, holgazán “como buen artista”, no produjo nada que valiera la pena, sólo una pila de papeles finísimos, echados a perder, en el cesto de la basura.

La mañana previa a la fecha límite para la entrega de los trabajos, presa de un repentino ataque de responsabilidad, decidió hacer un último esfuerzo, en un parque cercano a su casa; como de costumbre, estaba sumamente desvelado y crudo, a las dos horas lo venció el sueño y se acostó en el pasto, se durmió de inmediato. Lo despertó una fina llovizna, y recogió su estuche, los pinceles que alcanzó a encontrar entre la hierba y los papeles en los que había garabateado. Llegó a su casa, se quitó la ropa húmeda y se metió a la cama, con la fiebre de un fuerte resfriado, que le duró casi una semana.

Su mamá lo cuidó, y también se encargó de mandar al concurso las tres acuarelas que encontró, tiradas en el piso del cuarto del Fredy, quien, todavía un poco agripado, se enteró de que lo había ganado.

Una acuarela, la última que bosquejó sobre el bloque de papel, quedó recargada en el tronco del árbol bajo el cual se durmió, y recibió la llovizna; parecía hechura de un maestro puntillista, un Seurat criollo. El jurado no dudó: tenían un merecedor, a todas luces, de una beca para estudiar en la mejor escuela de artes plásticas de México. Los designios de Tláloc están por encima del humano entendimiento.

Ese rosario de coincidencias, según Fredy, evidenciaba la validez de su “teoría” sobre el quehacer artístico y la génesis de la realidad.

Como los demás huéspedes eran en su mayoría adolescentes que no aceptaban que nadie supiera más que ellos, síntoma inequívoco de la edad de la punzada y la prepotencia, y el resto, técnicos en posgrados de actualización, ingenieros y médicos, autodescalificados en arte y filosofía, el Fredy se fue quedando solo, ya nadie quería escucharlo, fingía modestia, sólo para volver a insistir en sus necedades.

Él era el único que, por su natural cordialidad, accedía a dedicarle un poco de tiempo, ejerciendo un samaritanismo kamikaze.

Un día fueron a la cafetería de Sears, trajeron cafeteritas individuales, y preguntó cuánto iban a cobrarles. Le dijo que no se preocupara, él iba a pagar la cuenta. Fredy se tomó toda la crema, y pidió más, para equilibrar el precio, con el consumo.

-Te gusta mucho la crema –le comentó.

-La verdad es que nunca me gustó la leche, ni de bebé –aclaró Fredy.

Por las noches, vagaba por la casa de asistencia, buscando hablar de sí mismo con quien se descuidara.

-¿No tienes sueño?, hay que dormir, mañana hay clases –trataba de zafarse.

-Casi nunca duermo, dormir es ensayar la propia muerte, para mí, la gente que gusta de dormir es necrófila. La vida es tan breve, que lo mejor es aprovecharla permaneciendo en vigilia lo más posible, es lo que yo hago, hasta el desvanecimiento y no permanezco inconsciente arriba de tres horas. Nunca duermo voluntariamente, primero me desmayo.

La hija de la señora Esther conocía la verdad, pues siempre andaba espiando a los huéspedes, ya se había metido en varios líos por eso.
Fredy “el somnífobo”, dormía cuanto podía, cuando pensaba que no lo veían. Pero creo que tenía razón cuando decía que el sueño es algo extraño, sobre todo si enfrenta a la persona consigo misma. ¿Acaso sería su caso?

Cuando ganó el concurso, maestros y compañeros le preguntaron cómo había logrado aquellos efectos abstractos, que resumían las emociones humanas de forma tan magistral. Sin titubear, respondió que sus continuados esfuerzos habían sido premiados con aquella explosión de creatividad, cuya repetición esperaba, con ansia. Se embolsó el premio y se la vino a pachanguear a México, por medio año.

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María Conesa, “La Gatita Blanca”, vivía en un edificio construído para ella, a inicios del siglo XX, en la esquina de San Luis Potosí y Monterrey, en la célebre colonia Roma. Los vecinos aseguraban que era suyo, que vivía de las rentas que le pagaban sus inquilinos; tenía apartamentos de dos pisos, de techos altos, era como una privada, con largo patio y amplia puerta cochera, pero los autos se guardaban en pensiones cercanas, nunca se veían vehículos ingresando; del acceso, sobre la calle de Monterrey, sólo se utilizaba la puerta para peatones, en el lado izquierdo del portón.
Incluso la Conesa salía y entraba por ahí, en las contadas ocasiones que se la veía, algo encorvada, lo normal para su edad, vestida con sobrios trajes sastre, en discretos colores pastel, tenues, y arreglada conforme a una moda anticuada, con su semblante blanco rosáceo, por el maquillaje, quizá talco de arroz, sobre el rubor de las mejillas, su sombrero era un mínimo casco, que le servía para afianzar una demodé redecilla protectora, con la que atajaba miradas extrañas, y también le afinaba el cutis, como minúscula celosía de harem turco. Sus piernas, aún bastante torneadas, aunque algo pesadas, y ceñidas en medias blanco mate, de algodón, los pies protegidos por calzado sobrio, cerrado, con mínimo tacón; aquellas antiguas columnas que jalaban multitudes de admiradores, la sostenían, mas no se confiaba de ellas, como cuando danzaba y saltaba; ahora salía del brazo de su chofer, para abordar el auto que la esperaba, al pie de la acera. Era increíble pensar que, meses más adelante, haría un fugaz segundo debut, levantando la patita, en un cabaret de lujo, parece que fue en el Terraza Casino, u otro de por ese rumbo. Quien sabe.
Nunca habló con ella, pero las mujeres de la pensión de estudiantes, del otro lado de la calle, donde él se hospedaba, sí; decían que era muy amable y sencilla, no platicaba de sus andanzas en la farándula, sólo temas de féminas, chismes de sociedad, secretos de belleza, y de lo que las atrae, temas en los que pueden comunicarse por horas, por lapsos indefinidos, interminables, sin dar muestras de aburrimiento, ya se sabe de qué: aflicciones, y remedios para cuerpo y espíritu.

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En la pensión, uno de los estudiantes descansaba, acostado, a media mañana, fumando, mientras se desencamorraba, presa de la fiaca, no se había arrimado un cenicero; jugaba con la bacha, suavemente, le sacudía la ceniza, caía en la palma de su mano, la agitaba para que se enfriara, y se la echaba a la boca; su madre aseguraba que era buena, servía para digerir comida irritante o alcohol. Pero él no estaba crudo, aprovechó el pretexto para flojear y no levantarse de su lecho; vio la colilla, restaban pocas fumadas, debía resolver su dilema: levantarse o no, tragársela, fingir que caía de su mano y se precipitaba al suelo. Pero era un cigarrillo con filtro…
¡No!, Doña Esther lo había regañado por las quemaduras que había tenido la osadía de añadir a las duelas del piso y al tapete del centro del cuarto; no era una alfombra persa, sólo una rueda trenzada, pero no le hacía, no estaba dispuesto a soportar otra llamada de atención, además, esa era la casa de asistencia donde mejor lo habían tratado, y al güevón lo conocían en varias pensiones cercanas, y si se ponía en situación de verse forzado a salir de esta, tendría que emigrar a la colonia Del Valle, o más lejos.
Ya no tenía más tiempo, la bacha le tatemaba los dedos, calculó la distancia a la ventana abierta, y apenas la pudo acomodar entre sus dedos, la lanzó a la calle, con un enérgico garnuchazo, y calculó que caería a mitad de la Avenida San Luis Potosí. Se chupó los dedos, y sobre todo la uña del medio, pues el calor de la brasa se la dejó casi a punto de que empezara a oler a cuerno quemado. Escuchó un fuerte ruido en la calle, como choque, o escape de un motor mal carburado, y se volteó dándole la espalda a la ventana, para reanudar su siesta, y cerró los ojos, oyó el timbre de la puerta, -espero que se entienda que no estoy para nadie – pensó, ya medio dormido.
Dos minutos después, la sirvienta entro a su cuarto, alarmada:
-¡Mejor baje, joven, lo busca un señor, y está muy enojado!
-¿A mí, por qué? No estoy esperando a nadie.
-¡Pues tuve que salir a la calle, y me enseñó su ventana, usted es el único que está ahora en toda la pensión, ni la señora se encuentra en casa, mejor baje pronto, el tipo ya se metió hasta el garage! – insistió, angustiada.
-¡Que no sea un vendedor, no estoy de humor para ofertas! –le dijo, bastante encabronado, mientras se ponía los zapatos y salía a ver al intruso.
Desde la escalera del primer piso, lo observó, era un indígena, con el rostro ennegrecido y la ropa tiznada. Era un globero, caminaba por la banqueta en el instante en que la bacha salía volando por la ventana, y no había vendido ni uno, traía más de cincuenta; chocó con fuerza contra los globos, se fragmentó en infinidad de pavesas, en miles de chispas, que lograron incendiar a todos, en una reacción en cadena; probablemente fueron inflados con gas butano, eso debía ser ilegal. El pobre globero chamuscado no sabía si era el enojo o la congoja, lo que más lo angustiaba, lloraba, exigía que se le pagara, su pésimo dominio del castellano, lo compensaba su dramatismo desgarrado.
El estudiante, impactado, se hizo cargo de la gravedad del caso, y le dio todo lo que tenía, quinientos pesos destinados a la señora Esther, para que el desgraciado desapareciera del mapa. Afortunadamente, el globero aceptó el trato, y se largó, llorando y sonriendo. La cosa no pasó de ahí.
A la sirvienta le tocó una amenaza, por si hacía algún comentario al respecto. Al otro día soltó la sopa con Dunya, la de menor jerarquía de la pensión, nadie le prestó atención. La única consecuencia fue la diferición del pago mensual, dijo que había perdido el dinero, versión que sostuvo con su familia; la reposición llegó una semana después. No volvió a fumar en la cama, es muy peligroso.

-*-

En la prepa, una compañera que no perdía oportunidad de sentarse a su lado, buscaba que la ayudara con las tareas, quería reciprocidad; y decidió ponerla en jaque, un dia que aprovechó un receso para irse al café de la calle de Moneda, con clientela diversa, según la hora; iba hacia allá, y volteó, la chica lo seguía, a corta distancia.
-¿A dónde vas?, ya falta poco para la clase. – le preguntó, al verse descubierta.
– Aún tenemos media hora, te invito un refresco. -le contestó, esa era la mejor opción, no podía cortarla, la salida descortés no figuraba en su código de conducta.
La compañera se sintió realizada, sucedió lo que más deseaba, que él tomara la iniciativa, para variar.
Luego de unos minutos de plática sobre las materias, y de contestar las preguntas que le hacía, para analizarlo de cerca, sentados frente a frente, en una mesita, fue cambiando poco a poco el tono de su voz, haciéndola más grave y pausada, simulando estar a punto de decirle algo importante, sacó un lápiz del bolsillo de su camisa y lo empezó a deslizar lentamente sobre la mesa, sin tocar la brillante superficie de madera barnizada, describiendo líneas imaginarias, una curva amplia, sin cerrar el círculo, y rectas angulares, en zig-zag, y después, dibujó letras en desorden, diciendo el nombre de cada una en voz baja, para que ella creyera que estaba formando palabras, o quizá frases, y ya no lo veía a él, sino a un lápiz parlante, seguía, con ojos y cabeza, todos sus movimientos. Levantó el lápiz, y dibujó una amplia espiral en el aire, mientras lo acercaba, centímetro a centímetro, al rostro de ella, y cuando casi tocaba la punta de su nariz, hizo un bizco gracioso, con el semblante relajado, entonces lo fue alejando, lo acercó a su propia cara, quedaron viéndose el uno a la otra, con el lápiz a medio camino. Él sonrió, la miró, ella se percató de que regresaba de un lugar lejano, donde había sido transportada, montada en su grafito mágico; rieron juntos, y alegres.
-¿Cómo te sientes? – le preguntó.
-Muy contenta – respondió ella.
Salieron del café, faltaban unos minutos para la clase de Lógica con el maestro Muñoz. La hipnotizó, con una Ouija que sólo estaba en su imaginación.
Su amiga no se molestó, le agradó, se relajó, se levantó, descansada y ligera; su total confianza sólo le atribuía intenciones y sentimientos nobles. No le apenaba demostrarlo, así se sentía, era su novio secreto. Le quitó los libros, al día siguiente se los devolvió forrados, ese era un gesto de afecto que le ahorraba las palabras que no podía decirle. Estaba convencida de que, hacia afuera, para los demás, él sólo sería su querido amigo.
Pero sí se atrevía a flirtear con él, creyendo, quizá, hacerlo de forma discreta; ponía en boca de terceros sus íntimas intenciones, platicaba, en confidencia, lo que a las adolescentes les enseñan en “retiros”, con fines preventivos, no higiénicos, sino morales, para salvar su alma, de riesgosas desviaciones. Las aleccionan sobre los besos, la puerta de entrada de un gran pecado capital, la lujuria:
-Existen los besos de epidermis a epidermis, que se pueden dar en la frente, las mejillas y las manos, por ejemplo, y hay besos de mucosa a epidermis, son besos húmedos, que se dan en las mismas partes del cuerpo, y finalmente, están los besos de mucosa a mucosa, ¡Mucho cuidado con esos besos! Los primeros, son permitidos, pero sólo si se dan con la mente limpia; los segundos, son pecados veniales, y deben incluirse, ¡Y sin excusa ni pretexto!, en cada confesión, para hacer la penitencia y recibir la absolución; pero los terceros, están prohibidos, y son pecado mortal. Quien los cometa, ¡Se irá al Infierno!
-¿Y qué, (metió su cuchara) les hablan de los besos de pasachicle?, esos pertenecen a la tercera categoría, y gozan de gran popularidad, sobre todo entre la juventud adolescente.
Su amiga se sonrojaba, pero no se atrevía a entrar en más detalles. Había llegado a su límite.
Él se apiadaba de ella y se guardaba sus más profundos y pícaros comentarios: ¿En que categoría caían entonces los intercambios de otros fluídos corporales, les hablarían sobre fellatio y sobre cunnilingus?
Los besos, en Latín, desde tiempos bíblicos, ya se clasificaban en osculum, que eran los besos normales, los basium, besos cariñosos, tiernos, quizá, y los savium, esos eran los besos más apasionados, los más jugosos, con profusos intercambios de savia.
Una canción, compuesta para los adolescentes de nuestros tiempos, dice, sabiamente:
Tu saliva en mi saliva, Medicina preventiva.

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En la pensión de estudiantes, leía, sentado en la cama, y su cuate lo esperaba, asomado a la ventana del primer piso, fumando.
-¡Mira! –gritó.
Dejó caer sus apuntes, pegó un salto y vio hacia donde el amigo le señalaba, enmudecido, sin decir palabra. Del otro lado de la calle, en la planta baja de una casa, una joven acababa de salir del baño, y se secaba el pelo con energía, completamente desnuda. Con su cabeza cubierta por la toalla, frente al ventanal abierto, recibiendo la luz del sol en el cuerpo, frotaba su cabellera vigorosamente, imprimiendo un hechizante zangoloteo a sus firmes senos, y sus pezones ejercían un avasallante poder hipnótico en los dos preparatorianos, inclinados en el barandal del balcón; si la escena se prolongaba, corrían riesgo de acabar estampados en la banqueta, tal era su fuerza de atracción.
Empezó a secarse la nuca, y su mirada quedó dirigida hacia ellos, se dio cuenta, y se dejó caer al suelo, segundos después, las cortinas se cerraron. Embelesados por el regalo que les ofrecía la rotunda chica, no pensaron en retroceder dos pasos, para admirarla desde la sombra, camuflándose por el contraste con la luz del Sol, a sus espaldas.
La sonrisa les duró todo el día.

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En la preparatoria cursó la materia optativa de Inglés, sustituyendo, contra las reglas, a un amigo, anímicamente negado para otro idioma que no fuera el español mexicano, no aceptaba siquiera los dialectos ibéricos, y menos el argentino, del castellano; y sobre todo, lo gringo le repateaba. Para su infortunio, parte de su familia acabaría viviendo en California, en los dominios del governator.
El día de la entrega de calificaciones finales, él, es decir, su amigo, estaba exento; cuando el maestro pasó lista para darlas a conocer a cada alumno, repitió el nombre varias veces, y no se dió por aludido, hasta que el compañero de al lado le dio un codazo:
-¡Jorge, carajo, te habla el profesor!
-¡Presente, maestro! -gritó, aturdido.
-Tiene usted ocho de promedio –le dijo -¿Lo acepta, o presenta exámen para subir, o para bajar?
-Acepto la calificación, profesor, no soy codicioso –le contestó.
Tres meses después, llegaron a su casa dos personas, acompañadas por un policía, iban a embargarle bienes a la casera, por una deuda que había descuidado; él defendió la plaza, argumentó que la gente que buscaban regresaría pronto, debían esperarla o regresar luego, sólo ella podía decidir lo que se podrían llevar. Vieron la Olivetti, y sobre ella se fueron, en realidad era de Jorge, dijo que constituía un instrumento de trabajo, y pertenecía a alguien que no vivía ahí, y lo felicitaron por sus dotes de jurisconsulto, pero lo amenazaron con llevarse otras cosas, y la tomaron en prenda, la podrían recuperar, al liquidarse el saldo atrasado; accedió, la máquina de escribir se perdió, nunca nadie hizo siquiera el más mínimo esfuerzo por recobrarla. En nombre de la amistad, su amigo apechugó.
Jorge tenía una moto Yamaha, en ella viajaron a Texcoco, a recordar su paso por Chapingo. Antes de entrar a la prepa, expresó al padre su deseo de estudiar Agronomía, no seguiría en la Bancaria Comercial, carecía de vocación, y lo apoyó. Un año entre agricultura y ganadería lo hizo reflexionar, le planteó que haría el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria, e ingresaría a la UNAM, en la nueva Ciudad Universitaria. Su padre, abogado y maestro, literato y promotor de la cultura, escribió un libro, en él mencionaba el proyecto, que se llevó a cabo en el Pedregal de San Angel; en un principio, era una austera idea: edificaciones blancas, luminosas, contra el manto de roca negra volcánica, oscura, como un simbolismo, así se expresaría la imagen del conocimiento, emergiendo del basalto, como el Ave Fénix, en el paisaje chamuscado por el Xitle. Y lo llamó “Muro Blanco en Roca Negra”, creo.
Finalmente, resultó el campus multicolor que conocemos, con sus amplias facultades y escuelas, que compiten entre sí, con diversos proyectos arquitectónicos, sus espacios abiertos, zonas verdes, las canchas deportivas, el Estadio Olímpico, y sus murales polícromos y monumentales, que aún en el siglo XXI, nos siguen asombrando.
El patrimonialismo político, y el culto a la personalidad, decidieron erigir, frente a la Torre de Rectoría, un monumento a quien, en ese estrecho criterio, había dotado a la UNAM de un ámbito admirable, adjudicando, a un sólo individuo, una obra realizada por muchos, y financiada por todos los mexicanos.
Un bardo anónimo, al menos para él, escribió su epitafio:
“No me importa que clámides recibas, en la ciudad de universales lazos.
Existirá tu estatua mientras vivas, mas cuando mueras, volará en pedazos”.
Muchos se adjudicaban la explosión que dejó maltrecho el pedestal y parte de la enorme escultura. Pero todo el mundo sabía quién era el verdadero responsable: Fuenteovejuna. Decían que se parecía algo a Stalin. Era cierto.
Antes de llegar a Texcoco, frente a la vía del tren, casi a la altura de Chapingo, disminuyó la velocidad, de 120 a 80 km/h, por suerte. En ese momento, la cadena tronó y la moto se frenó de golpe, pudo controlarla, y el fatídico accidente quedó en vicemadrazo.
Eran terrenos conocidos para él, dejó su Yamaha 250, encargada en una tienda, regresarían con un mecánico. Consideró más importante saludar a sus compañeros y hacer las mismas bromas que festejaban a carcajadas, cuando se despidió, hacía más de un año, que arreglar la moto.
Parecían soldados, reían y de todo hacían albur, se burlaban de los maestros, se ufanaban de ser una bola de fracasados, y respetaban a Jorge, el visitante era buen amigo, se le extrañaba.
Recorrían dormitorios, aulas y laboratorios, repitiendo encuentros escandalosos; antes de papear, fueron al mercado de Texcoco, para complementar el rancho estudiantil, con tortillas, chicharrones y huevos, para montar un par, en el arroz de los elegidos.
Tomaron un camión, en minutos estaban en la plaza, probando gratis y regateando todo, y de regreso a Chapingo. Jorge llevaba casi todo en una bolsa de plástico, él sólo cargaba seis huevos en cada bolsa de su rompevientos, muy holgados, y si no hacía movimientos en falso, bruscos, no habría problema, todo saldría bien. Precavido, echó sus pertenencias a las bolsas del pantalón. Los blanquillos no se sentirían oprimidos, por las llaves, o la morralla.
Sólo había lugar parados, en aquel camión de segunda, pero el pasillo estaba vacío. Se afianzó con firmeza al respaldo de dos asientos, iba controlando el equilibrio, la burra traía chofer cuaternario. El pasillo, después de dos paradas, estaba lleno, y el pasaje tan justo, que ya no tenía que controlar los vaivenes; continuó subiendo gente, se detenía cada cien metros; cuando se dio cuenta, tenía la cara cerca del techo, y sólo con un pie tocaba el suelo.
No duró la levitación, pidieron la parada frente a la UACH, y salieron forcejeando, del sauna de pueblo. Hacía frío, y metió sus manos a los bolsillos de la chamarra, para darse cuenta de que traía un omelet en proceso. Fue fácil lavarla, Jorge compró huevos en la cocina, y evitó que se les frustrara el antojo ranchero.

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En la palomilla de la Hipódromo, la Roma y la Condesa, había dos cuates que despertaban sentimientos encontrados y magnéticos en el contingente femenino: Memo y Tony.
Memo posaba como Frank Sinatra, forrado de dólares y rodeado de chicas guapas, se quejaba de no poder gastar la lana destinada al día, y sacudía al aire un billete nuevo, de cien pesos. Le recordaba a un cuate de la UNAM, presumía de ganar tanta pachocha, que por más esfuerzos que hacía, no podía quemarla, al ritmo que la generaba, y la despilfarraba; el excedente lo hacía sentir incompetente. O eso decía.
Lo acompañó a ver a su madre, vivía sola, en un segundo piso, en un departamentito, en la Roma, por las calles de Medellín, en un oscuro patio interior; se aguantó las ganas de sugerirle, para que resolviera su incompetencia, que le procurara mejor vida a su adorada mamita.
Memo tenía un remoto parecido a Sinatra, del que se colgaba, y más a Mickey Mouse, si usaba su sombrerito de detective roedor. De las películas, completaba al Frankie Boy, copiando su lenguage corporal. El tando salía a relucir en las fiestas, llegaba, se paraba separando las piernas, el saco colgando a la espalda, pendiente del índice izquierdo, avanzaba, se detenía, sonreía, gesticulaba, retador, caminaba un poco encorvado, y veía por encima del hombro a su público y luego, con la mano derecha, levantaba el ala del sombrero. No se atrevía a cantar, pero hacía playbacks, de rolas del orgullo de Hobboken, New Jersey.
Tenía desplantes de maldito, que no pasaban a mayores, sus amigos lo soportaban, con tal de divertirse con su mimética manía. Era un caso de plagio de identidad. En medio de la plática, Frankie Boy se posesionaba de Memo, entonces se ponía agresivo, parecía a punto de aventar la bronca, pero nunca sucedía, excepto cuando estaba ebrio, y entonces, entre varios lo controlaban, por las buenas, o por las malas.
Tony era nacionalista, imitaba a Pedro Infante y a los padrotes, los chulos, del cine mexicano, como Víctor Parra y Wolf Rubinskis, o Antonio Badú; hacía dúo de baile sincronizado con Memo, al estilo de los filmes musicales de los cincuenta, para solaz de la palomilla, en las fiestas de los sábados: tap, rock, mambo y cha-cha-chá; tenían sus rutinas bien ensayadas, con splits, patadas al aire y caídas de espaldas, el otro haciéndola de receptor; aumentaban la espectacularidad de su show, como de acto circense. Nadie sabía cuándo y dónde ensayaban sus rutinas.
Tony tenía fama, bien ganada, de pendenciero y mujeriego, de vago de billar y de cantina, seguido trascendía algún episodio violento en burdeles o en antros de la colonia Guerrero o de la Doctores, pero él siempre corría con mejor suerte que los contrarios.También que sus propios camaradas de parranda. Su táctica más conocida era tirarse de espaldas al suelo, y giraba como breakdancer (fue pionero), daba de patadas y se protegía el rostro, cuando los superaban en número. Era muy efectiva.
Tony sentía un humano respeto por las putas, les decía “cariñosas”, “complacientes”, “ansiosas” y otros epítetos similares, y a los bules los bautizaba según la calle, en diminutivo: “Tabasquito”, “Jalapita”, “Duranguito”, etc.
En las pachangas clasemedieras, todas las chicas querían bailar con ellos, y se preparaban, para seguirlos en sus pasos acrobáticos; más de una salió con un brazo torcido o un coxis adolorido, al no poder comprender la evolución de una pirueta, o algún giro que resultaba muy complejo para ellas. Solos, o a dúo, ejecutaban lo que copiaban de la tele, el cine, y teatros y salones de la Capital, como el México, Los Angeles, o el California. Algunas aventadas que hacían pareja con ellos, eran como reencarnaciones criollas de Ginger Rogers o Mitzi Gaynor, y se destrampaban graciosamente, con los bizarros clones de Astaire y Kelly, o más bien, de Corona y Arau.
Inspirado, Memo bailaba solo, con el sombrero, que se aparecía de ninguna parte, con el ala tapándole los ojos, o se lo echaba hasta el occipucio, actuando y cantando de playback. Sólo él se tomaba en serio, pero todos se divertían. Eran insustituíbles, e indispensables.
Era raro que faltara la Carola, una chava de segunda generación de abarroteros españoles. Se hacía preciso reavivar el ambiente y, por secreta iniciativa desencadenada por ella, la concurrencia la pedía a gritos: ¡Que baile la Carola, que baile, que baile, que baile, síí!, y la Carola se retorcía, pretextaba que no se sentía bien, que le daba pena, que no venía preparada, y provocaba que el clamor creciera, por fín cedía, y ahí mismo, a mitad de la pista, extraía de su bolso, por arte de magia, un mantón de manila, y una peinata, que se clavaba, con destreza, en todo lo alto, en el cabello, muy cerca de la nuca, y unas castañuelas profesionales, de sonora madera preciosa. Quienes no la conocían, hasta ese momento se daban cuenta de que sus zapatos eran de bailaora de flamenco, pero sólo ejecutaba jotas aragonesas y pasos dobles, hacía evoluciones caprichosas y usaba el mantón como capa de torero. Cuando se excedía en su numerito, y ya no la soportaban, y querían que desalojara el ruedo, le aplaudían a rabiar, hasta que ya no se podían oir sus frenéticos taconazos.
-¡Si no dejan de hacer ruido, les juro que dejo de bailar! –les gritaba, molesta.
Y redoblaban los aplausos.
Memo y Tony completaban su imagen, fumándose unos cigarrillos enchuecados, ensartados al extremo de la boca, y tomaban la copa, como parroquianos de algún bar de Manhattan o Chicago, ante su público cautivo, como perdonavidas, como diciendo:
-¡Dejad que las chamacas se acerquen a mí!
La mayor parte del tiempo, en la vida real, representaban papeles tan bogus como el de su floor show, unos pretenciosos Romeos de barrio, buscando Julietas de ocasión, pachucos defeños, que evolucionarían, so pena de autoaniquilación, antes de cumplir treinta años. Ser o no ser, o dejar de ser. Y no hay de otra, no hay salida. No hay que ser…
Nunca supo en que acabó Memo. Tony se hizo guarura de políticos; protegido por su buena suerte, estará en circulación, en su empresa de seguridad privada, tras un escritorio.

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Sus padres estaban de visita, en casa de la tía Lourdes, y se organizó una comida con los amigos del hijo mayor, quien vivía en la Capital, desde los doce años. La palomilla era diversa y heterogénea, desde el hijo de un magistrado de la Suprema Corte de Justicia, hasta Memo, el émulo de Sinatra, y Tony, el galán de bul, orgulloso de ganarle a las vencidas a cualquiera, e ignorante de provocar la estampida, si se quitaba los zapatos en algún espacio cerrado, un empresario editor de libros, un empleado del Banxico, un chilango clasemediero y cantor, que se acompañaba con guitarra en rolas de Chava Flores y boleros, etc., todos muy jóvenes para preocuparse por su futuro inmediato.
Era una reunión del Club de Tobi, de puros hombres, decidieron ir al Kukú, en Coahuila, esquina con Insurgentes, con música de violines en vivo y ambiente alemán, famoso en aquel tiempo. Brindaron con tequila y cubas, y ordenaron la especialidad de la casa: chamorro de cerdo, papas y chucrut, aderezado con Poeta y Campesino, y gitanas, czardas, y complacencias; la mesa se animó, el lugar estaba lleno, el ambiente era genial, tanto, que no se dieron cuenta cuando ingresaron los policías. Una clásica razzia uruchurtiana: peinaron la planta baja, todo el bar botanero, y luego siguieron con el restaurante, donde ellos festejaban.
Interrumpieron el movimiento normal, se suspendió el servicio y se invitó a los varones a bajar, para que el cacheo, revisión, o báscula, fuera expedito; buscaban pistolas y armas blancas, y si se presentaba otro hallazgo, hacían una aprehensión, in situ. El padre era quien se divertía más, desde que vivía en Nueva York, no había tenido una experiencia similar; le pidieron que apoyara las manos en la pared y separara los pies, mientras lo palpaban, en busca de algún ítem ilícito. Afortunadamente, la palomilla aprobó la auscultación; rato después, les recalentaban sus viandas. La razzia fue tema de conversación, por largo tiempo.
-¡Desde Manhattan, no me confrontaba con los G-men! – les decía.

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-xvi-

Ingresó a la Facultad de Medicina de la UNAM; casi completó el primer año.
De inmediato, se puso de acuerdo con un grupo de compañeros; la primer tarea, obligada, era visitar fosas comunes de panteones, ahí revolvían osamentas, unas aún articuladas, con trasas de ligamentos, trozos de piel y mechones de pelo, los cuerpos debían tener más de cinco o de siete años sepultados, pero era ostensible que algunos no pasaban de tres.
Buscaban huesos clave, importantes, vértebras sin fracturas, y sobre todo largos, fémures, tibias, peronés, húmeros, cúbitos, radios, o un sacro, un ilíaco, un omoplato, una selección que cupiera en el costal de harina El Rosal, traído ex profeso, ahí cabía un fémur esquinado, muestras de costillas, un esternón, etc. La joya de la corona sería un cráneo, uno perfecto, sin malformaciones o traumatismos; los había fracturados, mal cicatrizados, o agujereados, astillados, en los que se podía adivinar una muerte violenta. Tomó el que lo satisfizo, limpio, completo, con su maxilar inferior; lo lavó con cuidado, y lo llenó de garbanzos, lo sumergió en agua por 24 horas, lo sacó y lo puso un día más, donde nadie lo viera. Los granos se hincharon de forma gradual, pareja, separando las articulaciones fijas, como si el cerebro hubiera crecido, de la noche a la mañana, al doble de su tamaño normal.
Los huesos eran para la Asignatura Madre, Anatomía Descriptiva; tenían dos estrategias de aprendizaje, por aparatos o sistemas, y por regiones o secciones, en el primero se trataba de empezar por partes de todo el aparato óseo, para continuar con el sistema múscular, el bíceps, los glúteos, el esternocleidomastoideo, el masetero, etc. cada uno por separado, hasta cubrirlo por completo, y luego seguir con el circulatorio, el nervioso, el linfático, etc.
Su grupo optó por estudiar regiones, e.g. cabeza, abarcando epitelio superficial, músculos, vasos sanguíneos y linfáticos; luego nervios, huesos, meninges, cerebelo y órganos de los sentidos, ojos, oídos, nariz y anexas, lengua, etc., hasta tener la película completa de cada sección, para exponer en clase.
Profundizaban sus conocimientos, estudiando y discutiendo, y luego los ponían en práctica, en Descriptiva, Clínica y Disecciones.
Antes de iniciar la clase de Disecciones, un alumno tomó una pierna, separada de su cuerpo, por debajo de la rodilla hasta el pie, y en una broma macabra, tundía los cuerpos tendidos en las planchas, mientras la clase esperaba a que llegara el maestro.
Les reclamaba mal comportamiento y los castigaba. Lo vio golpear e insultar el cuerpo de una adolescente, intacto, parecía dormida, en su palidez; le exigió respetar a quien les permitía aprender, le pidió que no fuera indolente, sólo porque se trataba de una persona que no tuvo quien reclamara sus restos, para sepultarla. No debía burlarse así. Era un clásico barbaján.
El compañero, que parecía torrongo de carnicería, se puso pesado, él le propuso que se vieran a la salida, entonces ajustarían cuentas. No iba a pelear en la sala de disecciones. Y entró el profesor.
Ya se había dado cuenta de lo que sucedía con sus alumnos, el tenso ambiente lo delataba; les refirió con tranquilidad, que era común, en los de primer año, muy especialmente en su materia, que no atinaran a explicarse si eso que sentían ante lo desconocido, era un miedo real, natural temor a la muerte, cuando la enfrentaban, estaba ahí, ante sus ojos, con rostro, de carne y hueso, o más bien se trataba del asco a la materia inerte, degradada, quizá portadora de infecciones que podían contagiarlos, y no caían en la cuenta de que se trataba de cadáveres preparados, minuciosamente analizados, diagnosticados, para que no pudieran ser origen de epidemias.Y, aún después de saberlo, muchos alumnos de primer ingreso no superarían el pánico a enfermedades que enfrentaban virtualmente, en sus mentes, y algunos abandonarían sus estudios, al ser incapaces de procesar la elemental experiencia de la práctica cadavérica.
Les platicó que, con generaciones anteriores, acostumbraba ayudar a los novatos a superar ese trance, proponiéndoles imitarlo, y entonces, uniendo el verbo a la acción, metió un dedo en las fibras musculares de la pierna que el alumno utilizó en las bromas y, exhibiéndolo a su rededor, para que todos vieran, se lo introdujo en la boca, y lo chupó, y al sacarlo, todos escucharon el chasquido, igualito al de un corcho, al salir de la botella, y les gritó, desafiante:
-¡Quiero ver que todos ustedes, hagan, exactamente, lo que acabo de hacer, quiero estar seguro de que tengo ante mí a la crema y nata de los futuros cirujanos de México! ¿Quién será el primero?
Quedaron atónitos, petrificados, se habían inscrito en su clase, por la fama que tenía con el bisturí, no por la de caníbal; eran alrededor de treinta, azorados, asaltados por idénticos temores, que ninguno queria reconocer.
-Por lo visto, -dijo con sorna- aquí nadie sabe qué demonios hace en esta Facultad de Medicina, me decepcionan, pero no seré yo quien los descarte, de eso se encargará la vida, y se las deseo muy larga, ¡Runfla de cobardes, y lo digo sin hacer distingos entre hombres y mujeres, el escalpelo vale, cuando el cirujano tiene los nervios de acero y el cerebro frío, sin importar género! –y se dio media vuelta, dándoles la espalda.
El primero que reaccionó, fue el insolente, quitándose el guante de látex de una mano, le gritó:
-¡Seré yo, maestro, yo seré el primero en seguir su ejemplo! –estaba seguro de que así se elevaría por encima de los demás, que caerían en la categoría subterránea donde los había arrumbado el profesor, y sin más, hundió un dedo en los músculos, ya con la consistencia de carne cocida, lo sacó con un gesto de asco incontenible, y se lo metió a la boca, cerrando fuertemente los ojos, pero se lo sacó al instante, con la cara toda retorcida, se agachó, y vomitó copiosamente, encima de sus zapatos blancos.
-¡No pisen eso, que el conserje traiga una cubeta con desinfectante!, -ordenó el profesor,- y usted- dijo, dirigiéndose al barbaján -no se fije, es una medida normal de higiene. Ahora, señores, mostraré una vez más cómo se realiza esta operación, en forma adecuada, como yo la ejecuto cada vez que es preciso, y observen bien: meto el índice, y me chupo la falangeta del meñique, pues detesto el sabor del formol, prefiero el tequila. Y mostró su mano, con los dos dedos levantados.
La conducta del barbaján se volvió ejemplar, y la clase aprovechó, con respeto, la oportunidad de conocer y entender, a profundidad, el cuerpo humano, merced a involuntarios donadores anónimos.

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En la clase de Psicología Médica analizaron las mecánicas usadas por adivinadores, cartomancianos, lectores de Tarot, de asientos de café, de hojas de té, de quiromancianos, de operadores de bolas de cristal, etc.
Él expuso su opinión sobre la quiromancia y sus etcéteras:
-El “adivino” analiza no sólo las manos, intenta captar el lenguaje corporal y gestual del “cliente”, asir detalles mínimos, movimientos espontáneos e involuntarios de su rostro, cabeza, cuello, hombros, manos, el sutil o sorpresivo guiño y parpadeo de sus ojos, muecas, las arrugas que surgen de repente, en su frente, en su boca, las cicatrices, recientes y antiguas, las sonrisas incongruentes, o ansiedad, angustia, etc.; mientras le suelta un rosario de generalidades obvias, disimula el examen del que está haciendo objeto al sujeto; mucha información es deducible, por la ropa que viste, edad, peso, adornos, accesorios, o la ausencia de ellos, y registra gradualmente, el instante, y después con más agilidad, los momentos en que puede, sin riesgo de equivocarse, aventurar comentarios específicos, el lugar o región de origen, por su tiple y por modismos, por las palabras que usa; si se siente en terreno seguro, aventura algún dato más relevante, que amplia su panorama, según aprecia, por el efecto que produce, en el incauto “pichón”.
La retahila es un flujo constante de información, aún contradictoria, y al propio adivino sorprende la dinámica que toman las revelaciones, que él, supuestamente, arranca de la confusa maraña de líneas, en la mano del cliente.
A partir de una frase espontánea, captada al vuelo por el oráculo, ya está enganchado, ya no importa cuántos datos inconexos exprese, el pichón se encarga de seleccionar sólo los que le vienen y le ajustan, los que acepta como suyos, olvidando los demás.
Finaliza, cuando el semblante agradecido de su víctima le dice que ha enterrado la daga en lo más profundo, y tiene la certeza de que logró su propósito, el incauto ha escuchado lo que esperaba, lo que deseaba oir.
En diez minutos, desplegó una enorme cantidad de palabras, de las cuales el iluso, atrapado en el deseo de hallar solución a su problema, o la clave de lo que lo precupa día y noche, que lo llevó a consultar al pitoniso. Ha escogido y asimilado, el 5% de la información recibida en greña, que le da la seguridad buscada, y por unos cuantos pesos: si la que le quita el sueño le corresponderá, si encontrará ese trabajo, si hará el viaje esperado… si…
El sujeto se convierte, involuntariamente, en un libro abierto para el quiromanciano, recibe y acepta pelos y señales, y no sólo del futuro promisorio que le espera, sino que ello se refuerza con datos de su presente y de su pasado, que él mismo ha proporcionado, en forma inadvertida, con gestos, ademanes, asintiendo, negando, riendo, con el ceño fruncido, sin emitir sonido, inmóvil, frotando sus manos sin decir palabra, y desbordado por el entusiasmo, guía al adivino con orientaciones marginales, afinando el tino del oráculo: ¡Caliente!, o ¡Frío!, comenta, o de plano, suelta la sopa: ¡Sí, era mi tío Pedro, que murió de cáncer, como tantos en mi familia!
La gente consulta ocultistas, porque algo le falta y lo desespera, el trabajo del adivino es averiguar qué es, para facilitárselo, mediante una corta feria. Y, si no se cumple el vaticinio, él mismo tiende a echarse la culpa, por desaprovechar una hipotética oportunidad:
-¡Debes atender todas las circunstancias propicias, en armonía con tu anhelo, el destino es fugaz, muchas vidas se frustran al no reconocer esas oportunidades! – Le sentencia el quiromanciano, de salida, con la mano en el bolsillo, acariciando el billete del ingenuo crédulo.
La víctima tiende a encontrar lo deseado, en lo que dijo el adivino, y días después, imagina que se lo dijo en clave, en una metáfora o una parábola, como si el charlatán fuera la Biblia. Lo que no se ajusta a sus anhelos, se torna borroso, y desaparece en un corto lapso.
Al maestro de Psicología Médica le gustó su disertación. Fuera del aula, sus compañeros le daban palmadas en la espalda. No querían quedarse atrás.
El Doctor Marco Aurelio Cienfuegos Bolívar, era el Director de un famoso sanatorio para alienados, el manicomio que todos conocían como “La Castañeda”, y maestro titular, y el Doctor Edgardo Ruiz, su adjunto, daba la mayoría de las clases, y fumaba como chacuaco, una cachimba que se extinguía con frecuencia; el tiro de su chimenea funcionaba, pero dejaba de jalar humo tras una inhalada, continuaba su clase, y cuando se acordaba, estaba apagada, repetía la ceremonia, compactaba y encendía de nuevo, se acababa los fósforos, quedaban quemados y regados por toda el aula, junto con la picadura de tabaco.
Descansó buen rato con su intervención, durante todo ese tiempo, la pipa no se le apagó, por una vez, pudo fumar a gusto.
El titular también era un manojo de nervios, pero sin la fijación oral del adjunto.Trataba de dar su clase sentado, pero empezaba a saltar en su silla, tenía que incorporarse, y no paraba, no dejaba un metro cuadrado sin hollar, recorría raudo pasillos e hileras, pasando frente a los alumnos; se le veía en el pizarrón, graficando alguna parte de la siqué, y segundos después, en un pasillo, dialogando con un pupilo, era un trashumante.
Ambos eran eminencias profesionales, y casos clínicos, sobre todo el titular, con los nombres que se cargaba, era más que suficiente: el de un emperador romano, un famoso revolucionario, y un libertador.
Del año en Medicina, recordaba a Cirya, una cachanía socialité, que dejaba a su paso un aura vibrante, una estela de fresco perfume, iba a clases luciendo vestidos de coctel, y peinada de salón. Les llamaba la atención con sus batas de disecciones, de seda azul celeste, y con su monograma personal bordado; pronto las cambió, para no entrar en conflicto con sus compañeras, por unas de algodón peinado, sobrias y blancas, pero cortadas por su modista personal. Se le podría ver como una petulante elitista, pero su gran sencillez interior, la sacaba a flote. Cirya permaneció intocable, e intocada, su status social auyentaba a sus compañeros, muy pronto se le vió acompañada de un chilango que estudiaba arquitectura.
Contrastaba con la apariencia de la compañera Palacio Novoa, cuyo primer nombre no recordaba; vivía en Las Lomas, iba a la Facultad en un coche deportivo; andaba tras sus huesos, era del conocimiento general; a pesar de su agresividad, no lo atrapó. Era buen prospecto de pediatra, u obstetra. Quería ser la madre de sus hijos.
Algunos maestros aprovechaban la cátedra para contrariar el pudor de las alumnas, como el de Clínica, que las retaba a meterle un dedo en el remolino de su puño cerrado, para ilustrar la imposibilidad de una violación, sin el uso de violencia extrema:
-¡Ándele, trate de meter su dedo por aquí, es imposible! -le decía, y la chica escondía sus manos en la espalda, cerraba los ojos y volteaba a otro lado, apenada, avergonzada. El de Fisiología, prevenía a parejas, le preguntaba a la novia qué sentía al bailar de cachetito, obviamente, se refería a una erección, y luego alertaba al novio, para que, si creía acariciar un pezón, se asegurara primero de que no fuera un quiste o un tumor, posiblemente maligno.
El de Anatomía Descriptiva, si se abordaba un haz de venas, arterias, vasos linfáticos y nervios, decía, con maliciosa intención: ¿Señorita, nos puede describir este paquete vásculonervioso?
Las víctimas se salían, molestas, del aula; después de la novedad, ya nadie prestaba atención al humor de los catedráticos, así colaboraban para que todo lo humano les pareciera familiar, y natural.
Un alemán, de su grupo de estudio, de gran calidad humana, tenía un problema de habla, pero se conducía con soltura y naturalidad, superó sus desventajas.
Salían a correrías de estudiantes por la Capital, y de fin de semana, en su vocho, eran escandalosos, en bules de la Condesa y la Roma, y en la zona roja de Zacatepec, con cortadores de caña, de machete a la cintura.
No se metían con las meretrices, su diversión consistía en repetir una rutina, en todas partes: tomaban cervezas, y el más aventado gritaba, fingiéndose borracho, exigía a la madame que trajeran a las mejores viejas, les presentaban una media docena, en calzones, y en pasarela, pero ninguna, merecía un piropo, intercambiaban insultos con ellos, y contraatacaban:
-¡Llévense a las meseras, y traigan a las ficheras, queremos bailar!
Las suripantas escalaban el tono, y en medio de una nutrida lluvia de mentadas, salían muertos de la risa, y enfilaban al siguiente lupanar. Corrían con suerte, no se enredaban en peleas, sólo duelos verbales. El alemán y él, no encajaban, eran como espectadores de ring side.
La casa del alemán era el cuartel del grupo, tenía una hermana y un hermano, el III Reich los habría usado como prototipos de su “raza superior”. La hermana, rubia, en edad de merecer, sonriente, plena, simpática y desenvuelta, se casaría en breve, su novio, siempre cerca, permanecía vigilante, era un chihuahuense al que le gustaba repetir, a la menor provocación:
-¡Yo soy de Chihuahua, tierra de hombres grandes y perros chicos!
Iban juntos al antiguo Club Alemán, que luego se convertiría en el Centro Chiapaneco, donde él se casó, diez años más tarde. Jugaban frontón y tenis, antes y/o después del estudio, y volvían a casa del anfitrión, para disfrutar de una nutritiva y rica comida.
El cuñado mostraba extrañas intenciones e inclinaciones; al referirse al hermano, tres años menor, aludía casi de una manera explícita, a las diferencias entre los dos varones, a los impedimentos de uno, y a la perfección del otro; con adjetivos y sustantivos, se desbordaba su incondicional admiración:
-¡Mírenlo nomás, si parece que fuera el modelo de Leonardo para el Hombre de Vitrubio, aprecien la elegancia de sus movimientos en el frontón, es un atleta nato, posee un cuerpo perfecto, sólo observen su coordinación músculo-esquelética, es maravillosa, insuperable…!

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Era muy amigo de dos hermanas paisanas. La mayor adoptó como su emblema de modernidad, maldecir, las groserías tupían su plática, se acostumbró a hablar así en su pueblo; hijas de un doctor y político local, la gente las conocía, sabían que ella actuaba así reafirmándose, trataba de superar un problema de autoestima. Carecía de la magia de su prima Rosalba.
La operaron, el arreglo fue mínimo, no quedó bella, pero le permitió desarrollar una personalidad segura, se enderezó, moldeó su físico, y logró estar tan esbelta como su hermanita; y siendo como su padre, apta intelectualmente, acabaron sus complejos, era otra, salvo por su temperamento.
No abandonó su procacidad; el círculo que frecuentaba en el D.F., lo consideraba descarado y corriente, y ella lo vigorizó, lo potenció. Un freudiano concluiría que el suyo era un caso de envidia y sustitución del pene, su lengua era un mecanismo de defensa antimachista.
En los cafés de moda, La Rana Sabia, La Amargura, El Coyote Flaco, etc., se lo festejaban y se sentía como si fuera Isadora Duncan, o Tina Modotti, Simone de Beauvoir o Juliette Greco, una diletante beatnik o sacerdotisa de la liberación femenina. Eso la fascinaba.
Pero en otros círculos, en fiestas popis, y en la escuela, gentes que la escuchaban por primera vez, veían ese desparpajo, en forma que ella no sospechaba y, para acabarla, se llevaba a su hermana menor entre las patas.
Escuchaba molesto los comentarios que se hacían: que se las habían tirado, que la mayor era la de más arranque. Varias veces les advirtió que no fueran tarugas y se fijaran a quien contaban cuentos colorados y a quien presumían su pobreza de lenguaje. Se molestaron, le decían que hablaba por celos, que eran actitudes de mojigato, que trataba de destruir su imagen, de restar méritos a su popularidad. Reculó y tuvo que mantenerse a distancia, una semana, lo que tardaría en borrarse la mala impresión, con hablarles bonito de nuevo, todo regresaría a la “normalidad”.
El exceso de candidez de ambas, llegaba a extremos insospechados. Atropellaron a la menor, al cruzar la calle frente a su departamento, iba papando moscas, salió con una tibia fisurada, y anduvo enyesada, luciendo muletas, durante un mes; le encantaba su yeso saturado de autógrafos y mensajes de admiradores y amigas, y casi llora cuando se lo quitaron, quería conservarlo entero, pero salió en pedazos, tuvo que tirarlo a la basura, y anduvo deprimida, por unos días.
Estuvo internada, mientras aprendía a usar muletas y la observaban, por órdenes del papá; conoció a un muchacho con secuelas de polio, y las piernas atrapadas en aparatos metálicos, coincidieron al pasear en silla de ruedas por los pasillos del hospital, ella, por cinco días, él, de por vida. Manipuló su alma generosa con dos “patas de palo”, con chantaje sentimental; salió y regresó con el pretendiente, acabó tras la silla de ruedas. Afuera del nosocomio, crecieron las dificultades de la improbable pareja. Ella era una petite Kim Bassinger, que no sabía lo que hacía, no se convencía de que la invalidez de él no importaba, y él se daba cuenta de sus dudas, y no la dejaba ir, decía que lo esencial era el sentimiento profundo, la presionaba, decidido a casarse con ella.
Trató de que reflexionara sobre cómo sería su vida, convertida en la enfermera vitalicia que no soñó ser, esa imaginaria vocación era un deseo infantil, de un pasado ya superado. Recuperó su salud; llena de vida y energía, y atada a un sentimiento de solidaridad humana y de conmiseración; el novio pretendía obligarla a que aceptara, como si fuera amor, una ilusión que desapareció con el yugo del yeso.
La relación cayó por su propio peso, y quedó con la marca de haberla “forzado” a decidir qué hacer con su vida; le facilitó la decisión, pero les remachó la idea de que pretendía acapararlas. Se habían sacudido la patria potestad, rechazaban lo que suponían imposición autoritaria.
El tiempo cura todo; la menor llegó un día, atribulada y satisfecha, y le dijo que pasó frente a un edificio en construcción, y los albañiles le habían gritado un piropo: ¡Que bonito par de tetas, para acabarme de criar!; su molestia era relativa, él le aconsejó seguir otras rutas en lo sucesivo, para evitar flores similares, ella insistió en que le dijera qué pensaba de lo que los majaderos le habían dicho:
-Mira, no podría estar en desacuerdo, lo más seguro es que las cosas mejoren con el tiempo, aún estás en pleno desarrollo –le sentenció.
La mayor, en una fiesta en su depa, les reclamó que se divirtieran, si en Calcuta y en Biafra, niños, mujeres y ancianos morían de hambre, les quería apagar el tocadiscos y que todos se callaran, era tiempo de hacer algo para aliviar tanta desgracia.
Le dijeron que el hambre, la sed, la peste y la muerte, existían desde tiempo inmemorial, y no ha habido un sólo día de paz universal, ellos no eran los culpables, y compartían su indignación; los responsables, el gobierno, los poderosos, dormían o estaban en una orgía, y además, agradecían a las hermanitas que los hubieran invitado.
Esas flacas razones le sirvieron a ella para constatar la indolencia general, eran hipócritas, e insensibles. Él, en descargo, reflexionaba que sólo eran preparatorianos pránganas, unos adolescentes que no dejaban escapar una oportunidad para divertirse.
La mayor se creía el Agnus Dei, cargando los pecados del mundo. La menor se le solidarizaba, ambas eran unas ingenuas encantadoras.

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Una noche, escuchaban a Gloria Lasso en un club de la Zona Rosa, cantaba “La Cigarra”:
Un pajarillo al volar, que llevaba el pecho herido, Casi para agonizar, me dijo muy afligido: No me canso de buscar, un amor correspondido…
La Lasso era una diva, egocentra, se sentía a la altura de la Callas, de la Piaf o de Amália Rodrigues, y se molestaba, si los meseros hacían ruido al servir, si alguien no estaba atento a ella, o si en una mesa se distraían, desaprovechando la oportunidad de escucharla. Era capaz de interrumpirse para esperar a que los sacrílegos guardaran silencio. En esa ocasión, se dirigió a los meseros, y de refilón, al público:
-¡Jóvenes, por favor, las dilectas personas que hoy nos honran con su presencia, están aquí para escucharme a mí, no la esgrima que hacen con los cubiertos, merecen que ustedes trabajen en silencio, quieren disfrutar del espectáculo, no me hagan ruido, por favor!
Todo mundo se dio por aludido, y la Lasso continuó cantando, con efímeras y esporádicas rechiflas, desde las mesas más lejanas:
Buen viaje, buen viaje, Porque el sol, brillará más, Sin tí…
Disfrutaba del show y de los papelones de la cantante, cuando sintió que algo circulaba bajo la mesa, algo se arrastraba, le rozaba los pies, era demasiado pesado para ignorarlo.
-¡No puede ser, -pensó -¡En un antro tan exclusivo, tienen plaga de roedores!, o quizá es un gato, buscando una presa, un ratón, ¡O una rata! –Cada pensamiento lo contrariaba aún más, pero había cesado la actividad bajo la mesa.
No te vuelvas atrás, de este paso que das, Buen viaje y no vuelvas, jamás…
Esas palabras, que parecían dirigidas a la misteriosa criatura que lo había desconcertado, lo tranquilizaron, por poco rato, pues volvió a sentir el roce, con más fuerza, en sus tobillos. Su primer impulso fue el de soltarle unas patadas, pero se contuvo, esa noche, el ridículo no figuraba en su agenda. Debe ser un gatito, es un animal grande, y no puede ser una rata –pensó. Levantaría el mantel para descubrir al atrevido felino.
Estaba sentado en la cabecera de una mesa rectangular, a su derecha estaba Maricela, su vieja amiga, que ya tenía novio oficial, corría el rumor de que sólo les faltaba poner fecha para la boda, el susodicho se encontraba a la diestra de ella, platicando con su cuñada, especie de Cruella De Vil, sentada al otro lado de la mesa. Posó la vista en Maricela y sintió cómo lo miraba con arrobo, regalándole su amplia sonrisa, entonces se dio cuenta que no había tal gato, sino una audaz y peligrosa pantera; sería un error desenmascararla, pues llamaría la atención de toda la mesa, incluyendo al viceprometido.
Aprovechando atrevidamente la cercanía física, se había descalzado, y con ambos pies, le sobaba los tobillos con fruición, y hacía muecas de pasión, creyendo estar a salvo, en la sombra. Trataba de disuadirla discretamente, y ella confundía su expresión, con acompañamiento de la suya, cada vez se mostraba más aventada, y no le importaba que su novio la tuviera tomada de la mano, la cual tenía, técnicamente, dada.
Empezó a subir el pie izquierdo por su pierna derecha, ya por debajo del pantalón, y sentía su calor y el tacto de las medias de nylon en la piel, mientras ella, con su pie derecho, le seguía sobando el tobillo izquierdo, en un insólito acto de contorsionismo. Lo mejor que podía hacer, era quedarse como estatua, esperando que la chica saciara sus apetitos, y calmara sus ansias.
Mientras tanto, Gloria Lasso terminó de cantar, y la orquesta tocaba música bailable. Las parejas se apoderaron del entarimado.
Pero lo que Maricela había urdido, requería más cercanía, empezó a sumirse en su silla, poniéndose de lado, y aumentando el alcance de sus piernas, era obvio lo que tramaba, rebasaba todos los límites, y decidió abortar sus maniobras, antes que algo irreparable sucediera:
-¡Jonás! –le dijo en voz alta al novio, provocando que la pantera se incorporara como resorte, y se pusiera a la expectativa -¿Permites que baile una pieza con Maricela?
-¡Claro que sí, pero una nada más! ¿Eh? – le autorizó.
Con mala intención, la jaló de la mano, ella apenas metió la punta del pie a un zapato de tacón alto, y chancleteando, salió a la pista, con el otro escondido en el vestido, en un pésimo remake de La Cenicienta.
-¡Para que veas lo que se siente! –le iba diciendo en corto, mientras ella se las arreglaba para terminar de calzarse, en lo oscurito, entre las demás parejas. La tomó con firmeza por la cintura, y le apretó, quizá demasiado, la mano derecha, para hacerse escuchar:
-Si realmente quieres deshacerte de Jonás, mándale una tarjeta, díselo por teléfono, no me eches en medio –la regañó, tratando de aparentar seriedad.
-Yo sólo quería divertirme un poco, recordando los buenos ratos. –se quejó, remolona.
-No se deben recordar los buenos ratos armando uno malo –le dijo, en tono conciliador, al oído, provocando que ella se le embarrara con todo el cuerpo, mientras la pieza concluía.
-¡Vamos a bailar otra más! –le suplicó.
-¡No Maricela, prefiero que me sigas sobando por debajo de la mesa! –y la llevó, empujándola por los hombros, de regreso con el novio.
Jonás no la dejó sentar, bailaron, hasta que Maricela pidió esquina, y salieron del club. Seguro se dio cuenta del juego de su prometida, era confiado, pero no tarugo. Nunca se casaron.

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Las cosas fueron muy distintas, en la relación con su amiga Laura.
Era sobrina de una actriz de los años cincuenta, tenía parecido con ella, era de esas rubias de ojos azul claro, que se broncean parejito, sin pecas, siempre luciendo un dorado tenue, y no es que él tuviera algo en contra de las imperfecciones de la piel, pero su bronceado convertía a Laura en un ser ideal, reflejaba la luz con destellos que se observaban también en su pelo suelto, ondulado, o atado en una cola de caballo, era una presencia muy agradable, siempre.
Era una mujer de carne y hueso, con grandes ojos almendrados que le imprimían un aura de ternura. Delgada, algo flacucha, parecía frágil, sin serlo; tenía boca grande, de labios llenos, nariz pequeña, un poco aquilina, sugería carácter firme, aún incipiente. Una incomprensible tendencia a encogerse de hombros, al sentarse y al inclinarse, lo hacía vacilar en su juicio, le veía tendencia a la melancolía, y benévolo, la calificaba como una flaca feliz.
Laura, inconscientemente, emulaba el lenguaje corporal de Audrey Hepburn, pero físicamente, se acercaba más a la otra, a Katharine.
Nada pesaba en su contra, tenía 17 años, sus modelos conductuales salían de las revistas del corazón. Esas ensoñaciones juveniles, son parte del encanto que las chicas románticas irradian.
Tenía una hermana menor, Mónica, de tez aperlada, sus grandes y pestañudos ojos oscuros, con arqueadas y definidas cejas, la hacían parecer en un constante asombro, o en permanente análisis de sus interlocutores. Intimidaba a quienes acababan de conocerla, antes de que descifraran su gesto, de una infantil curiosidad, y eso le daba la apariencia de inquisitivo, observaba directamente, sin rodeos, como la niña que era.
Sus pómulos eran prominentes, como de esquimal, con sus mejillas chapeteadas naturalmente, con diminutas pecas a los lados de la recta naricilla; disfrutaba de tupida melena, de ala de cuervo. Su conjunto la hacía ver llena de vida, como un animalito silvestre, y parecía, sin serlo, más alta que su hermana mayor, pues caminaba proyectando su cuerpo hacia arriba y adelante, resorteaba en cada paso, erguida, con una marcialidad algo torpe; era comprensible, tenía catorce años.
Laura estaba en su rango de edad e interés, y Mónica era la beba de su papá, eso, era lo que más disfrutaba, aparte de sus amigas de la secundaria, las confidentes de su postpubertad.
Al padre se le podría describir físicamente con facilidad, porque era idéntico a Chava Flores, el compositor de música urbana, de humor popular, de canciones reconocibles: El Gato Viudo, La Bartola, Las Interesadas, y Sábado, Distrito Federal.
Era consentidor, se esforzaba por no interferir con los pretendientes de Laura, contento con Mónica, su empalagosa favorita; sabedor de que la exclusividad no duraría, procuraba aprovecharla al máximo.
La madre vivía fascinada, viendo crecer a sus hijas, gozando de un virtual matriarcado, el esposo se había hecho dócil con los años, y aceptaba tranquilamente su papel, aggiornado a su circunstancia.
La madre vivía a través de ellas, y trataba a sus visitantes, casi todos acaparados por Laura, como si fueran sus hijos, y pensando que uno podría ser, algún día, el padre de su primer nieto. A menudo, Laura la sorprendía, posesionada del papel de suegra, y la hacía retroceder con la mirada, le advertía que estaba a un paso, a punto, de espantarle un buen candidato.
La madre parecía juchiteca o tehuana, de seguro bella de joven, era una amorosa matrona. Mónica tenía mucho de ella.
En su primera visita, acompañó a un amigo de Laura y se enganchó a la cordialidad de la familia, más bien de las mujeres, el padre nunca coincidía con él, su trabajo lo mantenía fuera; si se encontraban, era de manera fugaz. Las visitaba después de la hora de comer, para el té de las cinco de la tarde.
Mónica fingía ser su hermanita, Laura exigía atención, acercándose a él constantemente, interrogándolo, lo exprimía, lo hacía hablar, y no le admitía silencios.
Al terminar la secundaria, Laura estudió una carrera comercial, era secretaria bilingüe taquimecanógrafa, pero no trabajaba, su padre le costeaba, gustoso, su nueva vocación: quería ser cultora de belleza, y aprendía, practicando en un salón cercano.
Se instituyó el jueves como su día de visita y, a una señal de Laura, Mónica hacía mutis.
Un día, cuando estaban solos, Laura cantó:
Que las cerezas están maduras, eso lo sé,
Que tú eres joven y muy bonita, también lo sé.
Para abril o para mayo, tendrás,
Un poquito de coraje, y la besarás.

-Oye, Laura, ¿Qué, te gustan los Carreón? – le preguntó, casi en broma, y un poco chiveado, porque le pareció que el último verso traía chanfle, estaban a mitad de abril, quizá le estaba enviando un mensaje cifrado.
Era obvio, no era la primera vez que ella intentaba que su amistad evolucionara, él estaba listo para que ella tomara la iniciativa, pero tendría que actuar con más agresividad. Ahí quedó su esfuerzo.
-Los conozco bien, viven en la colonia, a veces me invitan a verlos ensayar – concluyó.
El vacío que siguió al experimento de la canción, la hizo recurrir a otra táctica. Inventó que debía ayudarla con sus tareas de manicure. Laura tenía poder de convencimiento, y él, sus manos en remojo, en una crema aguada y perfumada, para ablandar las uñas y la cutícula, y recortárselas con facilidad, con unas tijeritas curvas, y empujarle los padrastros con unos palitos planos, o puntiagudos, y le prometía no hacerle daño. Se sometió a la tortura, se las recortó y limó, pero no le permitió que se las esmaltara, a pesar de que le juraba que se las limpiaría con acetona, cuando se le secaran, sólo quería completar su práctica.
-¡No! –dijo –no quiero irme escondiendo las manos, ensaya eso con Mónica.
-¡Es que sólo me deja hacerle un tratamiento diario, ya le hice uno en la mañana, y se queja mucho de que el olor la marea!- se defendió.
Al verlo tan decidido, le tomó ambas manos y le pidió que al menos la dejara leerle las palmas, quitó toda la parafernalia, trajo un banco y se sentó frente a él, cuidó que sus rodillas estuvieran en contacto con las de él, y hablaba sin pensar, decía cuanta cosa agradable le venía a la cabeza, fingiendo que las “leía”, en las líneas; de lo que se trataba era de estar tomados de las manos. Y de ahí no pasaba.
Meses después, Mónica tenía un pretendiente, con la complicidad de la madre, el padre no lo hubiera permitido, aún. La situación requería que salieran juntos, en el entendido que eran sólo amigos, no parejas, los que iban al parque, o a la cafetería.
Era para tranquilidad de la madre, estaba al tanto de que Mónica ya hacía sus pininos románticos, la cortina de humo era para el padre.
Como camaradas, bajaron a la calle, caminaron hasta la esquina, y siguieron a la derecha, a la pensión donde el amigo dejaba su coche, un leviatán de 1952, con motor de 8 cilindros en V, aún jalaba bien. Saliendo, dieron media vuelta a la manzana, tomaron Gutenberg, para enfilarse a la Zona Rosa. Tomó el carril derecho, el de la acera, iban despacio; conferenciaban, decidían el café: Duca d’Este, o Tolouse Lautrec, el Konditori, o uno más cercano, y se regresarían al María Bárbara.
En realidad, la decisión era de ellas, irían a donde pudieran revisar a los paseantes a sus anchas, tenía que ser uno de la Zona Rosa, ahí la fauna era más variada. Para los cuatro.
Mientras, un precioso y enorme pastor alemán, el más grande que recordara haber visto, más que el Fuji o que el del Cobra, corría muy alegre, con la lengua colgando de lado, y el (en apariencia) sonriente hocico, mostraba su poderosa dentadura, como para inspirar respeto; levantaba las cuatro patas al trotar, con gran elegancia equina, iba a un ladito del Chevrolet, sobre la banqueta, se diría que los escoltaba. No parecía policía, tenía cara de inteligente, daba la impresión de que deseaba lucirse, y les dedicaba una miradita, de vez en cuando.
-¡Miren nomás que hermoso perrazo, está de concurso! –comentó él, con entusiasmo.
¡Sí! –dijo el amigo de Mónica, y ya no pudo añadir más, el animal aceleró su carrera, de improviso, en una fracción de segundo, cruzó frente al coche. Le pasaron por encima, se sintió como si estuvieran transitando sobre un camino pedregoso, oían sus aullidos y ladridos de muerte. Desde el asiento trasero, Laura y él observaban, atónitos, los estertores del presunto suicida.
Se sintieron apesadumbrados; sin hablar, regresaron a estacionar el auto, y caminaron al café más cercano al departamento. Revisaron antes el coche, no había señales del drama que se había producido minutos antes, ni una gota de sangre, nada.
Evitaron el coche por un tiempo, iban a parques y cafés de Polanco.
Era claro que Laura y él serían novios tarde o temprano, pero no se atrevía a dar el paso definitivo. Un día habló para anunciar su visita, al regresar de un viaje a Ensenada, Mónica contestó, y le dijo, a boca de jarro:
-¡Laura no está, salió con su novio!
Sin explicarse por qué, colgó el teléfono sin decir más, y a partir de entonces, se enfrió la amistad. Se alejó. Las dos frases de Mónica, lo noquearon, tardó en asimilar el golpe, lo que había sucedido, era por su culpa. Ya no tenía qué hacer ahí.
Transcurrió casi un año antes de que decidiera buscarla, ya no vivían en el mismo edificio, un vecino le dijo que se habían mudado, sobre la misma calle, meses antes.
Estaba decidido a recuperarla, si ya no tenía novio, estaba dispuesto a dejar atrás las dudas que le habían impedido hablar con claridad en el pasado. Llegó al domicilio, tocó el timbre varias veces, no se iría sin verla; Mónica salió al balcón, y él le gritó, bromeando:
-¡Hola, las de la casa, las viene a visitar un cometa!
Se dio cuenta de que Mónica vestía de luto riguroso, y con los ojos hinchados por el llanto prolongado, hizo un esfuerzo:
-¡Laura murió la semana pasada, no queremos ver a nadie!- rectificó, al darse cuenta de quién se trataba- ¡Perdóname, por favor, de seguro quieres subir, ahora te lanzo las llaves, discúlpame!- y soltó el llanto.
-No, Mónica, entiendo, volveré después, en otro momento. Adios.
No regresó nunca. No tenía caso. Laura era su único vínculo real con aquella familia. Sólo volvería para conocer las circunstancias de su muerte. Y eso era algo que no les preguntaría, jamás.
Poco despues se enteró de los fatales pormenores. Era secretaria, en Paseo de la Reforma, volvía a casa alrededor de las seis de la tarde. Un día no llegó, y pensaron que estaría con el novio, pero él llamó buscándola, ya noche, la madre dijo que era posible que se hubiera quedado a trabajar tarde, no tenía más noticias. Y trascendió que su jefe la sedujo, el problema se complicó, quedó embarazada, trató de esquivar complicaciones, con su familia y la de Laura, quien abortó en secreto, en una clínica clandestina; la había puesto en manos de carniceros. Pasaron tres días sin saber de ella, llegó a su casa grave, con una hemorragia interna, que no se pudo controlar, y murió horas después, en su cama, acompañada de sus padres y su hermana.

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En ese tiempo, se hospedaba en una pensión de la colonia Del Valle, la dueña era una viuda, con dos hijos, contaba con ayuda doméstica de entrada por salida, era el único huésped; en su cuarto había una segunda cama, en cualquier momento llegaría un nuevo huésped. Ahí cerca tenía bastantes opciones, por si decidía cambiar de aires; a la muerte de Laura, quedó muy sensible, evitaba el trato con los demás. Conocía al novio, pero no lo buscó. El amigo que arrolló al Rintintin, lo puso al tanto; también se alejó, la familia existía para el duelo de la hija muerta, Mónica se lo pidió; con el tiempo, tal vez podrían verse de nuevo.
No quería más carga que la que le significó lo que no hizo, incluso creía que la vida de Laura pudo depender de él; en su corazón, sentía la tragedia, ya nada podía hacer, salvo esperar que el tiempo ejerciera su poder de sanación. Se volvió algo melancólico.
Estudiaba en su cuarto, desayunaba y se iba a Ciudad Universitaria, regresaba, comía, vagaba, terminando la cena, veía algo de tele, con la dueña y sus hijos, o solo, y estudiaba más.
Los atendía una mujer joven, alegre, que prestaba especial atención al hijo, lo incluía en su charla, al entrar y salir de la cocina; lavaba, planchaba, cocinaba y ayudaba en otros quehaceres. Se iba después de servir la cena, la madre y los hijos levantaban la mesa. Él pasaba a la sala.
Esa rutina era un ambiente propicio, nada perturbaba sus actividades, excepto sus tristes recuerdos, que se suavizaron al paso de los meses, paulatinamente, hasta que se archivaron con el resto, propiciando la normalidad que le dejó volver a su alegría de adolescente, lo que sea que éso signifique. Iba a cumplir 20 años.
La hija, Marisa, de 17, coincidía con él en las comidas, y se veían en la tele, no platicaban mucho, se interponía el noticiero del canal 2, y algún programa cómico musical de los que abundaban, como el de Dean Martin, que contaba chistes y anécdotas y cantaba sus melosas y homogéneas baladas. Recordaba cuando Dean la hacía de patiño de Jerry Lewis, y los cinco minutos hilarantes de sus filmes, aunque el personaje de Jerry se burlaba de las personas con retraso mental y/o graves problemas de coordinación motora.
Martin presentaba invitados, su preferida era Peggy Lee, una de las cantantes blancas sobresalientes en la música de Jazz; aún no parecía la doble de Miss Piggy, la puerquita de los Muppets, pero ya iba a medio camino. Era inconcebible pensar que pudiera haber una doble intención en la mente de Dean al decirle Miss Peggy, le tenía un gran respeto y una rendida admiración.
Al final de su carrera, Miss Peggy parecía muñeco de ventrílocuo, obesa e inmóvil, con peinados que le estiraban la piel, cantando con la boca casi cerrada, no reflejaba ninguna emoción, para que no se le alborotaran las arrugas bajo el maquillaje, en la gruesa capa de grasa subcutánea, vistiendo atuendos que la hacían parecer tienda de jeque árabe, aunque más pequeña. Su estilo recordaba a Roy Orbison, de estatua con pelo engominado y teñido; hubiera sido interesante verlos cantar a dúo. A lo mejor lo que hacía eran playbacks de sí misma.
Terminaba la etapa de dudas existenciales, le preocupaba la muerte, la vida, esperaba el siguiente disco de los Beatles, se interesaba por la UNAM, fertilizaba y esquivaba sus angustias, y leía a Hesse, Sartre, Hamsun, Gardner, Darío, etc.
Un fin de semana, acostado, buscaba la respuesta, en el techo de su cuarto, al dilema sobre qué hacer, y cuando estaba a punto de optar entre visitar a los paisanos hospedados a la vuelta de la esquina, en otra pensión similar, comer en la casa de su tía Lourdes, o ir a nadar a la Alberca Olímpica, interrumpió sus cavilaciones una discusión en la planta baja, las voces recorrían la sala, el comedor y la cocina; era la mamá, regañaba al hijo, no iba bien en la escuela, y no terminaba la prepa, se estaba fosilizando. El hijo se defendía.
Quería hacer tiempo, que las aguas regresaran a su cauce, y darse un regaderazo, el baño estaba al lado de su cuarto, no deseaba interferir en asuntos ajenos, ni incomodar a su casera.
Se lo dio rápido, y se vistió; debía partir y evitar quedar en medio del conflicto privado, ya tenía suficiente con los suyos. Se peinó, alguien tocó, cerró el ropero, abierto para usar el espejo, aprovechando la luz que entraba por la ventana, echó la sobrecama sobre las sábanas y fue a ver quién era, seguro de que sería la señora.
Era la hija, se veía muy preocupada, y le pidió que la escuchara, casi en secreto. Nunca la había visto tan de cerca; quería su consejo sobre un asunto delicado, hablaba en voz baja, se acercaba tanto, que podía sentir el impacto de cada palabra en la piel de su rostro.
Era una sensación agradable, tibia, tuvo que hacer un esfuerzo por concentrar la atención en lo que la chica le decía, fue inútil, volvió a perderse, viéndola con detenimiento, absorbiendo cada una de sus facciones: no usaba maquillaje, tenía el rostro ovalado, las mejillas muy sonrosadas, la boca chica y carnosa, y los labios casi rojos, la nariz, pequeña, algo respingada, ojos cafés, claros, pestañudos, las cejas delgadas y arqueadas, expresivas, y el pelo ensortijado, como una ovejita pelirroja.
Se dio cuenta de su ensimismamiento, y le pidió que la dejara entrar, para poder platicar con más libertad, entrecerró la puerta y le sugirió que se sentaran en la cama, ella vigilaría, por si llegaba alguien más. A él le pareció bien, empezaba a marearse, por la repentina cercanía, el misterio de la consulta y la aprensión de ser sorprendidos, a pesar de que no había nada qué ocultar, aún.
Su mamá estaba angustiada, le confió, el hijo se acababa de ir de la casa, para no volver, se fue con la mujer que las ayudaba, tenía ya una semana de no presentarse, hacía un rato el hermano les había revelado que vivirían juntos, la madre lo sorprendió haciendo una maleta, discutieron, y juró que no volvería a poner un pie ahí, sólo regresaría si los recibían a los dos, así de fuerte y verdadero era el amor que se habían jurado, estarían juntos para siempre.
Pero la madre no cedió, ahora eran dos mujeres solas en el mundo, Marisa temía por la salud de su mamá, había sobrevivido a varias enfermedades graves, y siempre se apoyaba en el hijo para sentirse segura; era sólo un apoyo moral, pero ya ni eso tenía, el futuro se veía incierto para ambas.
-Como usted es una persona muy seria y se ve que tiene madurez y experiencia, mi madre y yo queremos consultarle: ¿Qué podemos hacer para que vuelva mi hermano?, creo que mi madre no se va a resignar a perderlo, ¿Debe aceptar a esa mujer?, piensan vivir aquí, con nosotras, mi madre se siente muy mal, dígame, por favor ¿Qué podemos hacer?
Probablemente fue su circunspección, tras la muerte de Laura, lo que le había ganado la falsa fama que Marisa le atribuía.
Pensó un poco, mientras continuaba registrando minuciosamente a la chica, terminando de grabarse su rostro, fresco, aun afectado por las emociones encontradas, afloradas por el episodio familiar; y no era justo traerlo a colación, no era el ambiente adecuado, pero sólo para sí, concluyó que se veía más bella, más vulnerable, con su semblante tan expresivamente revelador. Él trataba de mirarla con naturalidad, no era momento para tales distracciones, ella le consultaba cuestiones trascendentales, y dijo, apoyado en lo que observaba cotidianamente:
-No deben aceptar que su hermano regrese, a menos de que lo haga él solo, deben enviarle, inmediatamente, las pertenencias que tenga aquí todavía, a su nueva casa; es necesario que su compañera se dé cuenta, sin lugar a dudas, que va sin torta bajo el brazo. Si no regresa por su propia voluntad, en menos de una semana, lo hará de todas formas, obligado por ella. Le sugiero que haga todo, sin decírselo a su mamá, el instinto maternal puede hacerlas perder esta batalla.
Marisa estaba desesperada por la salud de su madre, llevó a cabo las acciones, sin pérdida de tiempo, y ayudó que la señora cayó en cama, presa de profunda depresión, y no salía de su habitación para nada, la hija le comentaba lo indispensable y cuidaba de ella, consolándola y apapachándola.
Pasaron dos días, y a la mañana del tercero, volvió el hijo, con todas sus cosas, la amante lo había corrido, al darse cuenta que tendría que mantenerlo, pues el vaquetón quería “estudiar una carrera”.
Llorando, le pidió perdón a su madrecita querida, culpó de todo a la traidora, a la causante de que se hubiera olvidado de la mujer que le dio la vida, y juró que sería un buen hijo, a partir de ese momento.
La mamá se fue enterando, poco a poco, de la forma como se había resuelto el asunto, y ambas guardaron absoluta discreción; era muy importante que todo quedara entre ellas, ni siquiera otros miembros de la familia debían enterarse, a menos de que el propio hijo dijera algo al respecto. Todavía no se le cerraban bien las fontanelas.
Él creció a los ojos de ambas, pero la que le importaba era Marisa. Y la crecida atención, era recíproca.
Era época de exámenes, dedicaba el tiempo que pasaba en la casa, a estudiar, salvo por el rato viendo la tele, y siempre ocupaban sillones diferentes; ella, el individual, él, un extremo del triple, y aprovechaba el descansabrazos para acomodar papeles del exámen en turno. Una noche, ella se acomodó en el triple, al extremo opuesto. Le preguntó si no le molestaba un reflejo en la pantalla y, sin esperar su respuesta, fue y apagó la lámpara, sólo el monitor brillaba. Apoyó la cabeza, se quitó las sandalias, subió los pies, juntó los talones con sus muslos, y fue extendiendo las piernas. La sintió, mientras escuchaban un blues frío, técnicamente perfecto, era Peggy Lee.
Sus deditos jugueteaban, siguiendo el piano de acompañamiento a la música, sonriendo pícaramente, esperando que se diera por aludido.
-¡Un ratón, atrapé un ratoncito! –dijo, mientras le jalaba el pie y le contaba los dedos:
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¡No puede ser, no hay ratones de cinco patitas!, ¿Qué será?
-¡Soy yo! – exclamó ella, y se lanzó sobre él, lo abrazó y lo calló a besos –Hace mucho que quería hacer esto –le decía, y mientras, se recostaba, muy junto a él, sobre el sillón.
-No te precupes, mi mamá está dormida y mi hermano aún no llega, y no trae llaves, tiene que tocar el timbre, todo está bien planeado, bajo control. –Sabía que la discreción era crucial, no dejó cabos sueltos.
Se veían, en relativo secreto; lo que ignoraban la madre y el hermano, eran sus largos y furtivos encuentros en su habitación, también en la cocina, en las escaleras y la sala. Él la convenció de que su madre no le aceptaría un novio, bajo el mismo techo. La situación era bastante complicada.
La cuestión se arregló, cuando pareció un pretendiente al gusto de la mamá, un abogado próspero y calvo; empezaron a salir, y aprovechó para mudarse lejos, unos paisanos le ofrecieron lugar en su casa. Y por otros paisanos, los vecinos de Marisa, se enteró de que se había casado.

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-xvii-

Superadas sus dudas vocacionales, se orientó a las ciencias sociales. Si hubiera terminado el año de Medicina, sería cirujano, cardiólogo, o siquiatra, sicoanalista, aunque le veía limitaciones a las ciencias y disciplinas dedicadas a escudriñar la mente humana. El analista es juez y parte, a menos de que sea un robot computarizado.
Se inclinaba a la embriología, la histología, al diagnóstico clínico, la prevención, la conservación de la salud; sus dudas se situaban en su imposibilidad de exponerse al dolor ajeno, sin compartirlo, eso fue lo que lo decidió.
Nunca estuvo totalmente seguro de sus decisiones, sobre todo de las torales, pero, ¿Quién lo está, al cien por ciento? Dudar es parte de la condición humana. ¿O no?
Se decidió a estudiar Economía, por su padre, quien le decía que nuestro país precisaba de profesionistas que ayudaran a planear el futuro, la sociedad necesitaba cambiar, para ser más igualitaria, menos rapaz. Era su espíritu sindicalista, su larga experiencia en Estados Unidos, donde la rat race es el único modo de vida, que lo compelía a tratar de orientar a su hijo a empresas que el había iniciado, creía que la ciencia económica tenía un rol importante, en la evolución que los pueblos esperan, había experimentado los extremos, el sector rural mexicano, y la Urbe de Hierro. No había equidad en ninguna parte.
Reconsideró, y se convenció de que su vocación asistencial no se orientaba a las ciencias biológicas, sino a las sociales. Cambió, ante la renuencia de sus maestros de Histología, Embriología, Clínica y Psicología, le decían que no tenía ninguna razón para hacerlo, pero ya estaba decidido, y se inscribió en la Escuela Nacional de Economía.
No se arrepintió de cambiar de carrera; como médico siempre sentiría propio el dolor del paciente, la ENE lo formó, con un sentido social que se esforzó por canalizar, en cada encargo que tuvo.

-*-

Llegó temprano, ya en el aula vacía, se dirigió al lugar oficial de su amiga y, con su navajita, talló y talló, con prisa y emocionado, por el riesgo de que lo sorprendieran en el acto, al final, admiró su obra con orgullo:
GENOVEVA VALENCIA WAS HERE.
Recogió las virutas, bajó a la cafetería, se acomodó frente al ventanal, vigilando el pasillo de acceso. Vio pasar a la Veva, se fue tras ella; no se apuró a entrar, dejó que madurara la escena, que disfrutara su obra maestra, al trasponer la puerta, ya se había levantado el telón: la Veva miraba anonadada la paleta de su mesabanco y, al verlo, exclamó:
-¡Mira nomás, mira nomás lo que hicieron con mi pupitre! –la voz le temblaba del coraje.
Se mostró contrariado por el cobarde ultraje, la tranquilizó, se mostró solidario, analizaron acaloradamente el apasionante tema, el absurdo vandalismo, y secundó todo lo que ella aportaba, en minutos hicieron añicos al infeliz-maleducado-salvaje, además de criminal, culpable; condenaron su falta de civismo, su patético extranjerismo, tan fuera de lugar en el bastión antiyanqui que era la UNAM, su absoluta falta de respeto por el Alma Mater. Aventuraron hipótesis sicopatológicas, para explicar las desviaciones en la conducta del despreciable sujeto, quizá un compañero de grupo, resentido, que envidiaba a la ejemplar Veva, prototipo de la pionera nerd, injertada en aquella universidad pública.
Alargó la catarsis al máximo, pero ya había llegado la hora, en unos minutos empezarían a llegar los demás alumnos; aún con ganas de seguir oyéndola reforzar, profundizar e innovar críticas y condenas al pelafustán que había rayado su mueble, y herido su sensibilidad, le reveló la verdad: él había sido el autor, material e intelectual, de la fechoría, algo que estaba completamente fuera de su control, se había apoderado de su voluntad y lo había impelido a cometer la infamia:
-¡No soporto más, Genoveva, fui yo, yo lo hice, grabé tu nombre en tu pupitre, con esta navaja! – confesó, con un timing perfecto, pues mientras los ojos de la Veva lo fulminaban, entraron los alumnos y el maestro, apenas alcanzó a cubrir el indeleble grafitti con un libro; la leyenda permaneció por muchos años, muda, elocuente evidencia del infausto suceso.
El enojo de Genoveva se diluyó, antes de que se terminara la clase, después hasta disfrutaba su nueva fama de mujer de mucho mundo, adicional a la que ya tenía, como alumna estudiosa, y destacada.
Hubo quien asegurara que había sido ella misma la que grabó su nombre, y que el was here, lo había puesto, nomás para despistar, para confundir al enemigo.

-*-

Las hijas de un cómico del cine nacional invitaron a unos amigos a ver una película en su casa de San Angel, él se sumó, gracias a un cuate. La más flaca de ellas, que fungía como organizadora, hizo la presentación del filme, en el exclusivo cine-club; les explicaba que el enigma central de la cinta, de terror y misterio, que verían esa tarde, estaba basado en el famoso cuadro de Marcel Duchamp: Desnudo Descendiendo una Escalera, obra con la que aquel artista causó gran impacto, combinando cubismo y futurismo; el dilecto grupo expresó opiniones sobre esa y otras de sus obras predadaístas, de ready made, pasaron largo rato alabando y denostando al artista. A la media hora de discusión a grito pelado, acerca de su “Fuente”, de la cual decían que era un ordinario urinal, otra anfitriona anunció que se iniciaba la proyección.
Resultó ser la película de Germán Valdés (a) Tin Tan, cuyo título: “Hay Muertos que no Hacen Ruido” (y es más grande su penar), se tomó prestado de un verso de la mundialmente conocida canción: La Llorona; en el film, al pie de la escalera principal de una tenebrosa mansión, se veía la escultura de marmol, una diosa griega, desnuda, pero entera; aparecía en varias secuencias, cada vez que se asomaba, la celebraban nutridos aplausos del auditorio.
Durante la charla que siguió, con bocadillos y bebidas sin alcohol, una de las anfitrionas preguntó, en medio de una discusión sobre el simbolismo de la impúdica estatua, si les apetecía ver el ombligo de su mamá. La mayoría hubiera preferido ver el de ella, pero asintieron, por educación.
-¿Qué, vas a sacar el álbum de la familia? –preguntó alguien.
-No, en serio, hablo de su ombligo genuino, el verdadero, ¿Quieren verlo? – insistió.
Más intrigados que interesados, y tratando de imaginar cómo se iba a zafar del paquete que se estaba echando a cuestas, con ganas de darle una lección de humildad, la animaron para que mostrara la señal del pecado original de su mamita. Salió de la sala y se perdió de vista, se empezaron a cruzar apuestas a que sí o a que no regresaba, y llegó al rato, acalorada por el aeróbico ejercicio; se balanceaba sonriente, con las manos a la espalda, y la miraban, esperando ver con qué pretexto les salía.
-Perdón por la tardanza, es que no lo encontraba – se disculpó.
-¿A poco no sabes localizar un ombligo?-la criticaron.
-¿Y qué nos traes en lugar del umbilicus maternalis? –bromearon.
-¡Pues el mismísimo! – dijo, y de atrás de su cintura sacó, como si fuera el conejo del sombrero, una especie de cartón, cuadrado, un poco irregular, más bien un trapezoide, que mediría unos 30 o 40 centímetros por lado, algo ondulado y, sin más, se los entregó, para que se lo fueran pasando. Cada uno lo examinaba con curiosidad, a cada uno le quedaba un gesto, reflejo de la impresión: de sorpresa, sonrisa idiota, cólico intestinal, turulatez, era una absoluta confusión de las emociones.
El revés del cartón era como de una gamuza, suave, como piel bien curtida, el anvés tenía la apariencia de la vaqueta, y observando con más cuidado, se apreciaban tenues líneas paralelas, casi en contacto entre sí, y agujeros diminutos, incontables, a intervalos regulares, y cerca del centro de aquel imperfecto y misterioso material, había un redondo hoyo, sin duda alguna, ¡Un ombligo!…
La anfitriona aclaró:
Después de parir a su último vástago, nuestra madre, subida de peso, decidió someterse a una rigurosa y larga dieta, para hacer un borrón y cuenta nueva, y habiendo logrado con éxito su propósito, hizo que le quitaran quirúrgicamente el pellejo sobrante. Mandó curtir, como un souvenir, este cachotote, en el que puede apreciarse el sitio donde se conectaba el cordón umbilical, con su madre, nuestra abuela.
-Entonces, ¿Tu mamá tiene la panza lisa? –inquiró alguien.
-¡Claro que no, que asco! –exclamó, indignada –ahí, en el quirófano, cuidando la simetría y la estética, el médico le hizo, por dentro, el nudito que ya se tenía bien dominado, fabricándole otro flamante y redondo ombligo, nuevecito.
Quedó gratamente impresionado por la curiosa puntada familiar de conservar aquel tramo de epidermis, que trascendería, con mucho, al resto de la anatomía de la dueña. Era como piel de cochino lampiño, sí tenía vellos, pero eran muy finos y decolorados. Todo el trozo de cuero humano alcanzaría para la parte superior de unos mocasines, completado con suelas crepé; y hasta para un par de agujetas habría suficiente, si se decidían por unos choclos.
Lo único chocante era el saborcillo que ello tenía, a la costumbre de los nazis, de aprovechar a los judíos desollados, pero nadie lo trajo a colación. Tampoco se mencionaron las pantallas para lámpara, ni los chicharrones de puerco y puerca.
Como gancho para la siguiente sesión del cine-club, prometió que les mostraría fotos de la madre, luciendo el vientre, antes y después de la operación. ¡Brrrrr!

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En el último año de la carrera, trabajó en la Dirección General de Estadística, en Balderas y Artículo 123, y entre sus tareas, tenía la traducción al inglés, de breviarios de cifras de Censos y Muestreos, comentados, que enviaban fuera, o a las embajadas, y al español, de comunicaciones y documentos de otros países. A veces participaba en encuestas.
Un día lo visitó un colega de su generación, y cuando preguntó por el “licenciado”, la señora Salud, compañera de trabajo, se pitorreó, y le contestó, levantando la voz:
-¿Licenciado? ¡Qué licenciado ni que nada, ése que licenciado va a ser, es un analista, está sentado en aquel escritorio, allá! – dijo, y lo señaló sin mirarlo. La oyó, y se molestó, ya era pasante de la carrera, desde hacía tres semanas.
Entre los compañeros de la ENE, sobre todo de la misma generación, acostumbraban decirse licenciados, colegas, maestros, hasta doctores, desde el primer año, como un gesto de camaradería, en broma; aún prevalece ese inofensivo uso y, además, el pasante de economista no imposta atribuciones jurídicas, ni se introduce a un quirófano a hacer lobotomías, ni construye edificios o puentes que se caen a la primera tolvanera; solamente se le exige el pergamino, al firmar estudios para exentar empresas nuevas y necesarias, whatever that means, del pago de impuestos, etcétera, con el fin de facilitar su consolidación, lo que pudiera estar en desuso, pues les resulta más práctica la evasión y la elusión fiscal, aparte de la proverbial mordida.
Estaba aún molesto con la insalubre mujer, cuando el colega se fue. Se quedó rechinando los dientes, no se pudo desahogar, y evitó hacer mayores comentarios con el cuate, no difundiría su disgusto, y no lo iba a hacer más evidente para el resto del personal. Se quedó con un berrinche entripado.
La oportunidad se presentó un rato después; pasó un compañero del área administrativa, con él había confianza, y lo agarró de “muro de lamentaciones”:
-¿Vas a creer lo que me hizo esta pinche vieja loca?, la muy cabrona le dijo a un colega de Economía, cuando preguntó por mí, que yo no era licenciado ni nada, sino sólo un simple analista, ¡Canija gorda, es una nalgona insoportable! ¿Qué le importa a la pendeja? , ¡Debería llamarse Enfermedad, o Chancro Blando, o Sífilis, no Salud! ¿No crees? –se terminó de desbordar, ya más tranquilizado.
-¡Y dímelo tú a mí, que tengo que convivir con ella cada día, es mi suegra! – le soltó, como cubetazo de agua helada, el C.P.T.
Trató de disculparse, apenado por su imperdonable indiscreción, pero el compañero lo atajó:
-No’mbre, ni te fijes, al contrario, no tienes idea cómo agradezco tus comentarios, ¡Si tan sólo pudiera hacerlos yo, mi suegra es un caso clínico!, yo era epicúreo y me convirtió en estoico, de verdad te digo, coincido contigo al 110%.
Tuvo que creerle, él sí estaba titulado.

-*-
A propósito de ¡Pum!, cuando trabajó en Nafinsa, compañeros de la oficina y él acostumbraban salir, después de comer, a recorrer, unas manzanas en cada ocasión, del centro financiero y las zonas aledañas. Observaban un edificio o algún lugar interesante, y lo comentaban y, si había modo, entraban y preguntaban sobre sus particularidades y características, a quien se encontrara por ahí; así, descubrían plazas y arquitectura colonial y moderna, parques y jardines que se hallaban en la ruta de sus periplos. En cualquier época del año, era una buena costumbre, que ampliaba su cultura y les estimulaba los movimientos peristálticos, tonificaban sus músculos, y se alistaban para reanudar su trabajo, en la segunda mitad de la jornada, con bríos renovados.
Una tarde, regresaba solo a la oficina, el resto se había adelantado, o él se había entretenido en algo. Rumiaba pensamientos positivos que le inspiraba el paseo cultural; se detuvo, tratando de reconocer a un sujeto que lo observaba, desde el otro lado de la calle, el tipo se cruzó y, al acercarse más, se dio cuenta de que no lo conocía, no lo había visto nunca antes. Pensó atravesarse a su vez, con objeto de evitar el encuentro, pero ya iba directo hacia él, antes de que pudiera bajar la acera, lo abordó:
-¡Hermano, que bueno que te veo, sé que puedo contar contigo, las cosas van de mal en peor!
Sorprendido y desconcertado, se escuchó a sí mismo, diciéndole:
-¿Qué sucede? –su rostro desencajado y la angustia reflejada en su voz, eran señal inequívoca de que algo grave le pasaba, además de que parecía seguro de conocerlo, quizá si escuchaba lo que le quería decir, podría descubrir algún nexo entre ambos.
-¡Mi méndiga suegra, hermano, ya no la aguanto!, ella y mi mujer me van a arruinar, me quitarán a mis hijos, y la casa, ¡Y mi auto, apenas lo acababa de pagar!, ¡Me dejaron a pata, hermano! ¡Van a quitarme todo, aconséjame! Si me largo de la ciudad, perderé mi chamba, y si no encuentro una salida a este lío, estoy seguro de que voy a cometer una burrada, ¡Vieja bruja, maldita, insidiosa, matarla es la solución, pero eso sólo se le ocurre a un estúpido como yo!
A partir de ese momento, el más angustiado, y además forzado por su sentido de solidaridad, era él, su curiosidad lo involucraba en el nudo de paranoia en el que se perdía el extraño individuo, su peligrosidad aumentaba a cada instante, parecía a punto de estallar; y ya no podía librarse de él, lo tenía agarrado, jalándole las solapas del saco, dejó de preocuparse por el problema del “hermano”, estaba en riesgo su físico.
Instintivamente, pescó al extraño por las muñecas, tratando de que lo soltara, y de mantener algo de control de lo que veía venir; previendo que hiciera algo imprevisto, miró a su rededor, buscó un policía, pero estaba rodeado de una masa informe de gentes sin rostro que, en un caos, se desplazaban en distintas direcciones y ritmos, por la calle, que se había tornado gris e inhóspita, con edificios casi en ruinas, habitados por seres amorfos, en un ambiente contaminado, por una mezcla de combustibles a medio quemar, fritangas a medio podrir, excremento de perro, a medio secar.
-Huele a muerte –dijo, para sí.
-¿Qué dices, por qué no me oyes, no te importa lo que digo? -le gritó el desconocido, molesto, sacudiéndolo, luego lo soltó, para limpiarse la cara con las manos, sucia de lágrimas, revueltas con sudor.
-¡Te escucho, y me preocupa lo que dices – mintió en defensa propia, más le preocupaba lo que el angustiado sujeto le pudiera hacer, en su desesperación, y se quedó mudo, sin tener nada más que decirle, y sin idea de cuál sería su siguiente reacción.
El extraño sujeto se cubrió el rostro, rompiendo en sollozos, esa era su oportunidad de alejarse, de perderse entre la gente, dio dos pasos para atrás para iniciar la huída, pero el tipo levantó la vista y lo miró sin expresión, su mirada acuosa empezó a vagar, de pronto, el coraje se posesionó de él, se le desbordó, creyó adivinar sus intenciones, y se preparó a defenderse, pero el broder se le adelantó y le dijo, casi en secreto y con voz temblorosa:
-¡Hermano, no puedo seguir hablando contigo, mi mujer y su madre acaban de doblar la esquina, y ya vienen hacia acá! – se alejó a paso veloz, sin volver a voltear. El extraño se perdió entre la gente, y él se esperó, pensó que las dos mujeres lo abordarían; nadie pareció tener interés en saber nada del sujeto, y él se dirigió a su trabajo.
Jamás volvió a encontrarse con el paranoico “hermano”, a pesar de que trabajó en el Centro Histórico, durante varios años más.

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-xviii-

En el curso de su vida, pagó varias veces la deuda con su tía Licha, pero no en los términos pactados.

Le comentaron que transfirió la factura a su madre y se arreglaron de alguna manera. Más adelante, viajó a la Capital con sus hijas, y sirvió de guía de turistas. La mayor, con su licencia y una tarjeta de crédito, rentó un automóvil, que él condujo, dominaba el arte de manejar en el D. F., aprendió bastante bien, con autos de amigos y amigas.

Fueron a Taxco, a comprar plata y a la iglesia de Santa Prisca, poco antes de que nos la bajaran, momentáneamente, de su pedestal; a Las Estacas, a ver los borbollones; en Cuernavaca las paseó por el Jardín Borda, la Catedral y unas ruinas precolombinas.

Durante el camino, la tía inquiría por los lugares de los que sólo se veían letreros a la orilla de la carretera, quería saber cómo eran y qué era lo que había, de interés, en cada uno, él comentaba lo que sabía y, como era su costumbre, inventaba lo que ignoraba. Ella se quedaba pensativa, y al rato le preguntaba, emocionada:

-¿Verdad que podemos decir que también fuimos a, cómo se llama?, pues ¿Quién se va a enterar de que no es cierto?

-Pues nadie, si usted no les dice, tía, además, ya está rete cerquita, en el próximo pueblo puede comprar unas postales !Y listo!, hasta se las puede mandar a sus amistades en California.

Con eso, la tía se quedaba tranquila, convencida; pero se le iban acumulando más sitios que no podían visitar, y se repetía la escena. La cosa llegó a un punto en que consideró conveniente cortar por lo sano y aconsejarle:

-Yo creo, tía, que debe dejar algunos lugares sin decir que los vio, así tendrá un buen pretexto para regresar.

La única que volvió fue la mayor, él ya estaba casado, y con dos hijos, de uno y tres años.

Cuando tenían seis y cuatro años, los llevaron a Disneylandia, y tuvo otra oportunidad de mostrarse espléndido con su tía. Con esa actitud positiva y acomedida, que se repitió en México y en California, podía haberse dado por exonerado, o indultado.

Sin embargo, la transgresión ética que significó aceptar el préstamo de aquellos treinta dólares, sin la intención de pagarlos, y a pesar de que sus cuentas le daban la seguridad de que, después de recibirlos, tenía saldo a su favor, le provocaba un sentimiento opresivo, que lo acompañaría, aún después del deceso de la tía Licha.

Durante la exposición a circunstancias y situaciones complejas, en las que no se tiene control sobre acciones ambiguas de otros, cuando las infracciones ajenas parecen desviar el brazo de la justicia, la víctima corre el riesgo de sentirse el fiel de la balanza.

-*-

El viaje corto más largo de esos años, lo hizo con su amigo Virgilio, de aventones, a Tampico, en tiempo de lluvias. El primero los llevó cerca de un aeropuerto militar, por Tizayuca, en despoblado, y antes de que los levantaran otra vez, se soltó un aguacero. Se guarecieron bajo un puente, donde había evidencias del paso de otros especímenes de homo sapiens.

Cuando amainó, pudieron abandonar su refugio y los penetrantes e hirientes olores, que los tenían al borde del desdoblamiento físico. Al rato, se detuvo un transporte que llevaba unos cilindros enormes, de brea o chapopote, o una sustancia que se le asemejaba, pero tuvieron que viajar en la caja del camión, acostados sobre el cargamento, y no había otra opción, los cilindros estaban muy juntos, y los huecos que quedaban entre ellos, se agrandaban y achicaban, como calabazas de más de cien kilos, acomodándose por el camino, ni pensar en meterse entre ellos. Iban agarrados con las uñas, boca abajo, sobre la tapa de los recipientes, para no salir volando en las curvas.

Volvió a llover, se pegaron a la cabina, eso funcionaba si el camión alcanzaba velocidad de crucero, la que ahorra combustible; cuando frenaba en las curvas o las bajadas, o cuando casi se sentaba en las cuestas empinadas, el agua les caía a cubetadas, nada más en las rectas planas descansaban un poco, si el chofer decidía romper la barrera de los sesenta kilómetros por hora.

Se apearon en Tuxpan, acatarrados por la empapada, y tuvieron que pasar el resto de la noche acostados sobre las bancas de un parque; al despertar, temprano, gracias al exhorto de un policía, descubrieron que estaban sucias, con caca de can.

-Soñé que seguíamos bajo el puente – le dijo Virgilio, admirando sus pantalones embarrados. Especularon que los perros se habían enojado al ver ocupados los lugares que tenían apartados. Lo que sucedió fue que llegaron tan fatigados que no se fijaron, nomás se echaron sobre el fresco cemento, en el subtrópico veracruzano.

-Al menos no era mierda del mejor amigo del perro –se consoló, al constatar que él también había sido decorado.

Rentaron un cuarto de hotel barato, les urgía cambiar su aspecto y bouquet, mucho peor que el de cañeros en zafra.

Era el más apestoso, entró primero a la regadera y salió destapado, lo corrieron unas arañas, grandes como puños, que parecían cangrejos de patas flacas, café grisáceas; los bichos saltaban de recovecos entre las tuberías, de vigas, de atrás de la cortina rota y manchada, o quizá entraban por la ventana, quebrada recientemente, buscando insectos. Sabían que no eran arácnidos venenosos, ya los habían reconocido, pertenecían a la variedad más extendida: los horripilógenos.

Se veían muy cariñosas, pero era imposible enjabonarse la cara con cuatro rondando, sin saber cuándo les brincarían a la espalda. Y se turnaron: mientras uno se bañaba, el otro les repartía periodicazos a diestra y siniestra. Pisó un vidrio roto y se abrió el dedo gordo de un pie, se lo desinfectó y vendó, tuvo que ponerse un tenis sin calcetín. Durmieron colocando la lámpara de un buró debajo de la cama, con la esperanza de que las arañas, las cucarachas y todo tipo de insectos rastreros le huyeran a la luz. Funcionó, pero se acumularon todos los voladores. Resignación, pensaron.

Para avanzar rápido, invirtieron parte de su escasa lana en boletos de camión de tercera clase, hasta la Laguna de Tamiahua; después de la comida, reanudaron su viaje, apoyados en el pulgar, saboreando aún las familiares jaibas rellenas.

Arribaron a Tampico; se les seguía agotando la liquidez, y siguieron, sin intervalo, hasta su destino final, Ciudad Madero, para “visitar” a una tía de Virgilio que vivía en la sección de casas para funcionarios y técnicos de Pemex. “Casualmente”, llegaron muertos de hambre.

La tía deVirgilio era muy agradable, toda la familia les prodigaba hospitalidad. El tío, un ingeniero petrolero, trabajaba en la refinería. Tenían tres hijos adolescentes, vivían en una casa de madera, grande, con piso elevado sobre el terreno, más de metro y medio, y se podía caminar por debajo, era lo que la ventilaba, la mantenía seca, libre de plagas y segura en las intensas lluvias y huracanes que golpean esas costas. Una veranda, un corredor exterior, rodeaba la construcción, y tenía una malla enrollable, para filtrar Sol, aire e insectos voladores; las cuatro recámaras y casi todas las habitaciones, tenían acceso al porche total, donde se vivía la mayor parte del tiempo de calor, es decir, casi todo el año.

El jardín era enorme, con alberca y cancha de basquet, que se usaba como patio, y como pista de baile en las fiestas, organizadas por las dos primas. El primo también era bastante animado, y no padecía la celotipia tan común en los cuñados, prefería conocer primero a los amigos de sus hermanas, antes de decidir si se los espantaba.

Todo estaba dispuesto para la diversión. En la alberca, las primas se reían de sus trucos y bromas. Se tiraba un clavado, y al salir frente a ellas, les lanzaba un chorro de agua en la cara, se paraba de cabeza, apoyando las manos en el fondo, y caminaba sacando las piernas, las agitaba en el aire, como hacen en el nado sincronizado; eso les hacía gracia, y lo repitió, hasta que su amigo le reveló que se morían de la risa viendo su dedo gordo, con la venda deshilachada. En adelante, sólo se echó clavados de fantasía, desde el trampolín de dos metros, “canguros” fallidos, panzasos perfectos.

Saliendo del agua, fueron a la habitación asignada por la tía, pero no tenían ropa, la habían llevado a lavar y planchar, incluso la interior. Mientras, el primo les prestó playeras. Se puso a tocar el piano, lo cual hizo subir sus bonos con la tía y las primas; por suerte, el día estaba muy bonito para permanecer intramuros y, justo antes de que agotara su limitado repertorio musical, propusieron dar un paseo.

-Te felicito, ahora mis primas nos atenderán mejor –le dijo Virgilio.

Fueron a la playa, llevando canastas preparadas por ellas: refrescos, sandwiches, frutas y dulces. Caminaron por la arena y se detuvieron donde se efectuaba un torneo de ajedrez. Jugaba con los ajedrecistas de su familia, hijos de la tía Lourdes; fueron campeones en el D.F., estaban entre los mejores.

Era sencillo participar, simplemente se apuntaban con los jueces que supervisaban las partidas, y les avisaban cuando les tocaba su turno, se eliminaban de la competencia a la primera derrota; el jaque mate resultaba efectivo. Casi no tuvo que esperar, y empezó con una buena racha, despachó a los cuatro primeros contrincantes. Los retadores lo observaban. Las primas decían maravilladas: -¡Toca el piano, juega ajedrez, debe ser un genio!

Pero el quinto oponente lo venía fildeando desde hacía buen rato, se confió, por el nivel que creyó traer, juzgando por los resultados de las partidas previas, y cometió el error de seguir el mismo patrón táctico; su contrincante, mejor jugador que él, le tomó la medida, y poco más de una veintena de rápidas movidas fueron suficientes, y le dio mate. ¡Lo había sorprendido!, tuvo que aceptar la derrota, perdió contra un oponente muy superior.

-Aunque no me hubiera visto jugar las otras partidas, de seguro me iba a ganar, podría haber retrasado el jaque mate, dos o tres movidas más, resultó demasiado bueno para mí. ¡No cabe duda, no hay quinto malo! –reconoció.

Unos días más adelante, ligaron aventón con un pariente que iba para Salamanca, la tía le regaló una lana, y ya sin problemas de transporte o financieros, se dedicaron a gozar del panorama, iban en un Crown Victoria del año, tripulado por otro primo de Virgilio; manejaba con la tachuela hasta el fondo. De repente veía unos indígenas caminando a la orilla de la carretera y se acercaba, espantándolos a claxonazos.

-Espero que no se me vayan a atravesar, porque luego te los quieren cobrar como si fueran suizos –así se expresaba cada vez que hacía la racista maniobra, descontando que compartían su mentalidad nazi.

Se aguantaron hasta Salamanca, saludaron a la madre del fascista, y partieron a la central de autobuses. Volvieron al altiplano, al D.F., a la jungla de concreto, a la moderna Pal-Ul-Don.

-*-

Algo que le ocurrió varias veces, por su aspecto físico, léxico irónico, vestimenta, actitud, o su conducta sutilmente excéntrica, no dejaba de parecerle divertido. Entró a un estudio fotográfico, porque necesitaba tramitar una credencial; no se rasuró, se dejó el incipiente bigote y el bozo, se lavó la cara y se peinó. En la antesala vio cuadros pintados, aparentemente como hobby, por el fotógrafo: copias de Picasso, Dalí, Degas, Van Gogh, y otros maestros de igual calibre, del siglo XIX y del XX. Y también interpretaciones, queriendo ser fieles, de pinturas rupestres, de Altamira y Lascaux.

No había timbre que tocar, pero escuchó a alguien en el estudio, manipulando cámaras y reflectores; se puso a analizar los cuadros: los había planos, como pintados por número, como rompecabezas cromáticos, sin matices, otros de un bodoquismo exagerado, con las texturas de los árboles a relieve, en un paisaje pesado; unos girasoles gordos y una noche estrellada, donde el infinito brincaba al primer plano, y el primer plano se sumía hasta el fondo del lienzo.

Imposibilitado de tocar las pinturas, tratando de apreciar qué clase de pincelazos o espatulazos había practicado el artista, se acercaba hasta casi pegarles la nariz, o los analizaba, lo más que se podía, de perfil, para apreciar visualmente dónde se había invertido la mayor cantidad del enjarre. Un carraspeo lo hizo voltear, el fotógrafo lo miraba, con una sonrisa de oreja a oreja.

-Buenos días, necesito seis fotos tamaño credencial –le adelantó, para justificar su presencia.

-Clago, clago, -dijo el fotógrafo, invitándolo a pasar al estudio.

Estaba vestido con una clásica bata de pintor, lucía barbita de chivo y bigote fino y engomado, nomás le faltaba la boina y la paleta.

Los dos guardaron silencio durante la sesión, y ni siquiera escuchó las clásicas instrucciones para que levantara el mentón, o no fuera a cerrar los ojos al imprimir la placa. Lo que acostumbran algunos profesionales de la lente, es realizar un simulacro: hacen la primera “toma” sin exponerla y, con el cuento de que esa ya se arruinó, dicen al cliente que van a tener que usar otra placa y, en efecto, extraen la supuestamente expuesta, inservible desde hace eones, y la sustituyen por una buena, y el sujeto no parpadea, por más que le ardan los ojos.

Nada de eso sucedió. Iba a preguntarle cuándo podía pasar por su media docena de fotos, pero al abrir la boca, el fotógrafo lo atajó:

-¡No, estimado colega, no acostumgo haceg comentaguios sobgue mis obgas, guecuegde, entgue yitáns no se dice la buenaventuga!

-Pero, ¿Cuánto le debo, le pago ahora o cuando pase por las fotos?- forzó la pregunta.

-Lo espego mañana, entonces hacemos cuentas, ¿De acuegdo?, entonces de acuegdo, colega. –fue la respuesta que obtuvo.

Al día siguiente pasó por sus fotos, casi no cruzaron palabra.

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En el número 42 de la avenida Juárez, en una galería o quizá sala de exposiciones del INBA, o de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en un piso del OPIC (Organismo para la Promoción Internacional de la Cultura), le sucedió algo parecido.

Una mañana que andaba de metiche, se metió a husmear, faltaban siete días para la inauguración de una exposición colectiva.

Tenían buenas pinturas, las más abundantes, de formato reducido, estaban en la sala más amplia, presentaban una temática de escenas urbanas, y era necesario desplazarse en zig-zag, de una pared a otra, rebotando aeróbicamente, para apreciar una secuencia lógica, pues casi constituían un políptico; por su tamaño, se podían apreciar mejor a menos de dos metros. En otra sala, que parecía pasillo largo, habían acomodado los óleos más grandes, algunos de dos por tres metros, y uno frente a otro, de tal manera que ni recargándose en uno, se podía observar adecuadamente el colocado al lado contrario.

Una persona que parecía trabajar ahí, lo observaba, mientras él hacía esfuerzos mentales para explicarse la lógica del arreglo, si es que la tenía.

-¿Qué le parece nuestra exposición? –le preguntó amablemente.

-Muy interesante –le contestó, y sin preámbulos, externó su opinión. Recomendó que la obra pequeña se relocalizara en la sala angosta, cuidando de que no quedaran los cuadros demasiado enfrentados, para darle más perspectiva al observador y para que no interfiriera, estorbando a otros visitantes, en su apreciación de los trabajos. Y que colocaran los de gran formato en la sala más amplia, donde podrían respirar y ser disfrutados por varios visitantes a la vez, incluso por grupos guiados.

Lo escuchó atentamente, y cuando hizo una pausa suficientemente larga, le dijo, apenas ocultando su molestia:

-Voy a permitirme hacerle una propuesta: que deje el arreglo de la exposición en mis manos, pues para eso estoy aquí y para eso me pagan, y usted dedíquese a lo suyo, que es pintar, es más, tráigase algunas de sus obras esta misma semana, a lo mejor las incluímos, “zapatero, a tus zapatos” ¿Qué le parece?

Asintió discretamente, pues se trataba del curador de la exposición, y ya se había puesto en una posición incómoda; salió minutos después, espichadamente. Regresó a las dos semanas; no se encontraron, pero constató que había incorporado sus sugerencias. Fue curador sombra, fantasma, de la colectiva.

-*-

Por esas fechas, dentro del mismo nicho urbano, en un edificio al otro lado del Museo de Culturas Populares, frente a la Alameda Central, por el Hemiciclo a Benito Juárez, colaboró en el apoyo logístico para la reunión anual de una empresa dedicada a industrializar negro de humo, que se utiliza en tintas, impresión, y el famoso papel carbón, que va quedándose solo, sólo en la memoria de generaciones que van de salida.

En esas juntas de papel, se leen y se escuchan informes de gerentes de área, pormenorización de logros, y reconocimientos hacia abajo y cebollazos hacia arriba; para ello, se reparten cientos de documentos que todos fingen seguir con atención, en elongadas intervenciones de los inquilinos del organigrama.

Lo más importante es que haya fotocopiadoras y copias suficientes, y bastante café, agua, galletas, papel, bolígrafos y lápices con punta, y todas las minucias que aceitan el desarrollo de las sesiones, y alguien que reproduzca, arme y reparta los reportes de las oficinas foráneas, y esperar que no haya errores de compaginación, que desencadenen el caos, lo único capaz de constituir, en ese contexto, problema grave. Es puro trabajo manual.

Todo salió muy bien y, en el banquete de cierre, tuvo reservado un lugar en la mesa de la secretaria del Director General, de quien fue asistente, las dos semanas en que se armó la reunión de dos días.

Eran alrededor de doscientos comensales, la secretaria tenía una vista privilegiada de la mesa principal, debía estar pendiente de lo que se le ofreciera a su jefe.

Tras una media hora de cubas y jaiboles, el ambiente estaba relajado, hasta el instante en que sin previo aviso, se incorporó el Director. Los músculos del rostro de la secretaria se pusieron automáticamente en tensión, lo cual fue más que evidente para él, sentado a su lado.

-¡Señoras y señores! quiero pedir la atención de todos, compañeros e invitados –dijo, tranquilo y sonriente –para recibir con un cariñoso aplauso a nuestra invitada especial, la estrella del cine nacional: ¡La hermosa Lilia Prado!

En 1960, Lilia estaba de muy buen ver, sobre todo de lo que la había hecho famosa: de la cintura para abajo. Hizo su paseíllo, cruzó frente a la mesa, regalándose pródigamente a la concurrencia, y fue recibida por el Director, quien había ido a su encuentro.

Su vestido parecía sacado del guardarropa de María Victoria. Ya se escuchaban comentarios de que seguramente se lo iban a quitar con tijeras, así de entallado le quedaba; tenía una abertura hasta el muslo, parecía una desgarradura producida al subir la escalinata de entrada, aún así, daba tres pasos por cada uno del Director. Aplausos, abrazos, besos, caravanas, palabras, más aplausos. Y se fueron a sentar, Lilia colgada materialmente del brazo del anfitrión.

Reventó un murmullo incontenible: ¿Qué sigue? ¿Va a cantar? ¿Es su amante? ¿Desde cuándo? ¿Cómo se la habrá conseguido?

En todas las mesas se aventuraban hipótesis tratando de despejar las incógnitas surgidas de la nada; secretos, risas, permutas de lugares, querían saber si alguien tenía algo con carnita. Los comentarios iban de: ¡Qué descarada, él es un hombre casado!, a: ¡Qué envidia, está buenísima!, según el género emisor, cuando el Director se volvió a levantar, para anunciar:

-¡Señoras y señores, compañeros de trabajo, démos nuestra cordial bienvenida, al acompañante de nuestra bella invitada especial, quien acaba de redondear otra tarde triunfal, en el Coso de Insurgentes, el gran torero Miguel España!

En cuestión de minutos, dos reputaciones se habían consumido en el infierno de las críticas gratuitas, para resurgir de sus cenizas después, como el Ave Fénix. Pero, por encima de cualquier maledicencia, para los cánones de la época, las piernas de Lilia eran espectaculares.

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Desde jóvenes, él y sus amigos se aficionaron mucho a actividades que incluían elementos de peligro, suspenso, misterio, imaginación, les decían “riesgo calculado”; jugar con lo “mágico”, sobrenatural, esotérico, en una escala a la medida de sus mentes, primero infantiles y después adolescentes, los motivaba, como el juego nocturno de “las escondidas”, en el panteón viejo.

El peligro real era ser picado por una viuda negra o un alacrán, un “niño de la tierra” o un ciempiés, mientras esperaba, de cara al suelo, inmóvil y silencioso, entre las tumbas, hasta que calculaba que el “buscador” en turno se había alejado lo suficiente, para salir de un mausoleo familiar en ruinas, emerger de una fosa abierta, y sin ser descubierto, llegar a la “base”, y gritar: ¡Uno, dos, tres, por mí!

Se reunían después de clases en casa de un compañero, en ausencia de los papás, a jugar con la Ouija. Ahí, las infaltables compañeras se impresionaban mirando a la mesita de patitas acojinadas con fieltro, deslizarse sobre la misteriosa tabla, de letra en letra, de número en número, mientras dos, generalmente él y el dueño de la casa, apenas la tocaban con la punta de los dedos, formando palabras reveladoras, comunicadas por espíritus antiguos, casi siempre de mujeres, y con nombres como Mesalina, Safo, Ariadna o Ágata, que respondían a preguntas muy personales, sobre ellas, o sobre las y los presentes y ausentes, y les confiaban terribles y torcidos secretos de personajes que habían vivido en lugares y tiempos remotos, cometiendo robos, asesinatos, traiciones y/o teniendo amoríos clandestinos. Eran puros novelones espiritistas. Los dos operadores se autosugestionaban, al grado de contagiar a los demás, que acababan con los pelos de punta, los enganchaban con algo “secreto”, que averiguaban de alguno o de alguna, quien se convertía en palero involuntario; los tranquilizaban un poco, les hacían ver que los hechos de sangre se remontaban a la España del siglo XIX o al Virreynato, aunque los criminales fueran ancestros suyos; pero sin revelar la fuente del “secreto” enganchador.

Manejaban el Péndulo de Chabrol, improvisado con un anillo atado a un hilo que se sostiene entre el índice y el pulgar, y funciona sin que el pulsador intervenga; cuando empieza a oscilar, es el momento de establecer un acuerdo, dialogando con él. Por lo común, se pacta que el movimiento hacia atrás y adelante significa: SÍ, el lateral: NO, el circular a la derecha: NO SÉ, y el circular a la izquierda: NO LO QUIERO DECIR. El péndulo “asiente”, al ejecutar cada movimiento, al serle propuesto.

Con esas opciones se formulan las preguntas, y se entabla cualquier diálogo, esperando que el péndulo interactúe; supuestamente son micromovimientos musculares, que la mente induce por la vía del subconsciente, o es un espíritu libre, que aprovecha el péndulo para columpiarse, aunque la chapuza es la explicación más aceptable.

Pero como todos terminan sintonizados entre la autosugestión y la conspiración, hay lugar para mucha diversión y hasta se pueden, si alguien se atreve, enviar mensajes codificados a quien seguro está esperándolos, o para palpar el terreno, medirle el agua a los camotes, y hasta dar golpes por abajo del cinturón. Eran las chicas sobre todo, quienes preguntaban indistintamente, a la Ouija o al Péndulo, algo que de otra forma no se atreverían, y menos frente al destinatario, quien siempre tenía la opción de hacerse el desentendido.

Eran ellas las principales promotoras de esas reuniones, que servían al propósito de catalizar sus nuevas emociones, en plena ebullición, pues tenían entre trece y quince años. También eran las primeras en retirarse, pretextando el toque de queda, salían con la frente perlada y las mejillas de coral, partían juntas, y su parloteo reventaba, apenas trasponían el umbral. Ellos las oían, sin aguantarse la risa.

En la casa de aquel camarada había libros de siquiatría e hipnosis, de un tío que viajaba periódicamente a Centroamérica; apoyaba la causa sandinista, varias veces llegaron noticias de su muerte, pero siempre regresaba, reunía fondos de nuevo, y volvía a Nicaragua.

Una tarde, fastidiados de los artefactos intermediarios, decidieron poner en práctica técnicas que usaba el doctor para hipnotizar a sus pacientes, en las sesiones de sicoanálisis. El experimento, al que se prestó una compañera con entusiasmo, pues andaba tras los huesos del amigo, se desarrolló así: la sentó en un banquillo, y empezó por inducirle, con voz pausada y tranquila, un relajamiento progresivo, le pidió que imaginara una hoja en blanco, un cielo sin nubes, o el Sol, como plato luminoso, donde la luz lo ocupara todo, y le sugería que dejara caer sus hombros, llevándose con ellos a sus brazos y manos, que se abandonara y olvidara que tenía caderas, muslos y piernas, y que permitiera a su espalda acomodarse sola, que aflojara el cuerpo, por entero.

Con el sensual masaje mental, a los pocos minutos dio señas de estar llegando a un relajamiento completo, entonces le aseguró que no se caería del banco, poniendo ambas manos en sus hombros. La chica ya había entrado en trance, aparentemente; le ordenó profundizar su relajación cada vez más y, cuando consideró que estaba en su punto, se hincó detrás de ella, la abrazó con fuerza, estrechándola por debajo de los senos, sobre el diafragma, al final de la caja torácica, formada por las costillas, el esternón y la parte alta de la columna, y le susurró al oído, muy de cerca, que hiciera cinco respiraciones, cada una más prolongada que la anterior, reteniendo el aire al final, más tiempo en cada una, y en la quinta aspiración, hizo un candado, empuñando su muñeca izquierda con la mano derecha, apretó hacia arriba con todas sus fuerzas, como en la maniobra Heimlich, utilizada para despejar un tracto respiratorio obstruído, y la retuvo así, por diez segundos.

La chica perdió el conocimiento, y lágrimas, flemas y saliva, salían copiosamente por sus ojos, nariz y boca. Le brotó un ronquido que podría ser causal de divorcio en cualquier parte del mundo y, ya sin tono muscular, su cuerpo desgobernado, como trapo, se le resbaló al hipnotizador novel, cayó blandamente al suelo, en una caída apenas amortiguada por la tardía intervención del grupo de mozalbetes que la rodeaban, estupefactos, presenciando aquel cuadro, en apariencia, fatal.

-¡Pásenme los klennex, rápido! –gritó el aprendiz de hipnotista. Se los aventaron, y rápido le enjugó de toda la cara el sudor, las lágrimas, los mocos y las babas; lanzaba los pañuelos desechables saturados, a un rincón, y en donde caían, se quedaban, pegados al piso. El amigo se movía, nervioso, de un lado a otro, como un autómata, presa de un miedo nuevo, el pavor de quien acaba de cegar una vida:

-¡Está fría, muchachos, está fría! ¿Qué vamos a hacer? –les gritaba y preguntaba, repartiendo culpas, y sacudiendo a la muchacha, que se había puesto pálida, como de papel, con las mejillas hundidas.

Al ver al amigo neutralizado por el pánico que la situación imbuía a todos, pero sobre todo al instrumento de la inminente muerte, y entrando al quite, procedió, sin perder tiempo, y le propinó unas fuertes bofetadas desfibriladoras; a la tercera, reaccionó, volvió en sí, aturdida y enojada, llorando, con la cara enrojecida por el inmerecido y duro castigo, pero su ira se tornó en vergüenza, al percatarse de la cantidad de fluídos corporales que había liberado; tenía pedazos de papel tisú pegados en cuello y cachetes, y todo el frente de su blusa, empapado y pegajoso. Cinco minutos bastaron para vaciar la casa, ya todos habían partido.

Los dos juraron no volver a jugar con instrumental tan fuera de su control, aterrados por la cercanía del feminicidio imprudencial, que afortunadamente no ocurrió, pero solamente porque no lo permitió la compasiva providencia ¿Qué hubiera sido de ellos si la chica no reacciona con las bofetadas?

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Transcurrió una década; ya estudiaba en la UNAM, y frecuentaba varios círculos de amistades, lo cual sólo es posible en contextos como el Área Metropolitana de la Ciudad de México, o de Nueva York, sólo por mencionar otro ejemplo.

Eran grupos independientes, conectados esporádicamente, por la casualidad, por afinidad espontánea, unos de paisanos, otros de la Universidad, o de relaciones familiares, todos asentados en rumbos distintos; los trataba con flexibilidad, respiraban, y se acomodaban, se autonormaban, y si surgía tensión en alguno, lo ponía en stand by, y se pasaba a otro, mientras las malas vibras eran desvanecidas por el paso del tiempo.

Uno de esos grupos tenía su cuartel general en las inmediaciones del cine Manacar, cerca de Liverpool Insurgentes. Su vínculo con él era, precisamente, el sobrino del sicoanalista sandinista.

Estaba formado por chavos de clase media alta y alta, con ínfulas de intelectuales, y pretensiones de mucho mundo. Se soltaban hablando en un francés, que se antojaba muy coloquial, nada de disertaciones artísticas, científicas o filosóficas, generalmente sus pláticas eran de aficionados al cine, gastronomía y enología; a los pocos minutos, ya agotado su vocabulario, volvían al castellano:

-¡Oye, te noté un acento muy pronunciado! ¿De dónde es? -decía uno.

-¡Pues yo a tí también! ¿Dónde pescaste el tuyo? –contestaba el otro.

-El mío es ¡De-fi-ni-ti-va-men-te parisino! –presumía uno.

-A mí me lo inocularon en Toulon, es costeño. –confesaba el otro.

-¡Já-jajá-jajá! –reían juntos, los muy mamertos.

Eran más o menos normales, salvo por las pretenciosas y ridículas marcaciones de territorios que presumían propios, renegando terca, soterradamente, de su ancestro común, el abominable hombre de Tepepan.

El colmo era Benjamín, un joven muy delgado, victima infantil de la polio, que se desplazaba con aparatos ortopédicos en ambas piernas y unas muletas hechas especialmente para él, cuando no era conducido en silla de ruedas. Una tarde, rumbo al cine, pasaron por él a su casa, en un rincón de San Angel, y conocieron a la madre, una mujer como de cuarenta años, bien arreglada y conservada. Maquillada de manera profesional, irradiaba sensualidad al hablar, al caminar, al acercarse y al alejarse, era, en verdad, fascinante.

Los saludó en la sala, donde esperaban a Benjamín, tomando el té, mientras a él le hacían la toilette en sus aposentos, y escuchaban Carmina Burana, a todo volumen. Se apareció, en lo más profano de la música de Orff, enfundada en un vestido ajustado, con los hombros descubiertos y un escote que les dejaba ver más allá del nacimiento de sus senos que, levantados por el sostén strapless, robaban cámara a la corta falda, que terminaba justo arriba de las rodillas, empeñadas en tratar de jalar la atención, a cada paso que daba, adelantando sus pies, envueltos apenas en unas zapatillas de tiras de piel escarlata, mientras los saludaba uno por uno, y así, de paso, prolongaba otro poco más el protocolo.

-Buenas tardes, guapo –le decía ya al último, con voz cálida.

-¡Madre! –irrumpió, colérico, el hijo, caminando trabajosamente -¿Por qué te pusiste el vestido rojo, si ya sabes cómo me molesta? ¡Vámonos, muchachos!

-Van a tener que perdonar a mi hijito, es un maleducado, en lugar de presentar a su madre, me riñe, el muy ingrato. –lo denunció, mientras él se retorcía, emberrinchado.

No les permitió terminar su té, apenas pudieron desearle las buenas tardes a la madre, y salieron en fila india, rumbo al cine Diana.

Las antiguas prácticas esotéricas, incluyendo ahora premoniciones y dejá vu, regresaron por sus fueros, para divertirlos en sus reuniones literario-musicales, donde algunos declaraban tener poderes o dones sobrenaturales, o extraordinarios, como el supuesto miembro de la aristocracia sinaloense, quien se jactaba de poder captar señales que le anunciaban, con varias semanas o aún días de anticipación, aunque sin mucha precisión, temblores y terremotos; algo que percibía, sin que pudiera definirlo, de pronto le avisaba, “inequívocamente”, que se avecinaba un sismo, un movimiento telúrico.

Ya tenía tiempo de estar recibiendo fuertes vibraciones y mantenía enterados a todos de un inminente reacomodo de las capas tectónicas. Casualmente salió, dejando solo, en su departamento, a uno de los amigos, que estaba de visita. Se terminó sus cigarros y se puso a buscar uno por todas partes, hasta que llegó a la recámara, y abrió el buró del mini Nostradamus; encontró un montón de papeles: recortes de periódico, páginas de revistas, tres o cuatro libros y una libreta, llena de anotaciones del ultrasensible sismógrafo con patas; integraban una amplia compilación sobre el tema, informes técnicos sobre la historia sísmica de la Capital y otras regiones del país, con epicentros, y las intensidades en las escalas de Richter y Mercalli; periodicidad, meses de mayor incidencia, incluso series estadísticas desde principios del siglo XX, y zonas donde chocan las placas de la corteza terrestre y la plataforma continental, lo que los origina. Todo lo había subrayado en rojo, con un claro énfasis en los temblores más destructores.

Como era el único que contaba con departamento para él solo, las burlas fueron tenues y de corta duración; nadie estaba dispuesto a enfrentar la absurda y quimérica búsqueda de otro cuartel general.

Los demás no se azotaban tanto, pero sí participaban en, o sólo eran observadores de, los esporádicos juegos esotéricos, hacían yoga y, ocasionalmente, seudodieta vegetariana, o declaraban, poniendo su prestigio personal en juego, que nunca salían de sus casas sin antes consultar el I Ching; pero todos meditaban, fumaban mota de vez en cuando y escuchaban en silencio música clásica, y platicaban oyendo jazz, a los Rolling Stones, a los Beatles, y cualquier nueva tendencia que les llegara.

Les regresó inadvertidamente el interés por la hipnosis, y fueron pasando al sillón de los conejillos de Indias, con diferentes grados de desencantamiento, hasta que le tocó el turno al hijo de la Dama de Rojo, que vivía atrapado en un complejo de Edipo que le justificaban. Aparte de la desgracia física de Benjamín, su madre casó a los quince años, al hacerse evidente el embarazo que se cargaba, de tal manera que, cuando él cumplió sus quince, tenía una madre-enfermera, en la mera flor de sus treinta, que lo vestía y lo bañaba, lo alimentaba y apapachaba, etc., etc., etc.

Se acomodó, recostado en el sillón más mullido, aclarando que no era la primera vez que lo hipnotizaban, ya que su siquiatra usaba la hipnosis para relajarlo, así, recordaba experiencias escondidas en su subconsciente, que habían resultado claves para su terapia.

Parecía cierto. De inmediato entró en trance, y el hipnotizador, ahora con más colmillo y callo, le alzó la mano que descansaba en un brazo del sillón, soltándosela sin aviso, y se desplomó como chorro de agua vencido por la gravedad, se la tuvo que volver a acomodar, pues sólo los huesos le daban alguna consistencia a su miembro flácido.

Convencido, inició. Le pidió que se remontara a su infancia, a una experiencia alegre, placentera (evitó hacer mención de su invalidez). Una sonrisa se dibujó en su rostro, y juzgó adecuado preguntarle, bajando el volumen y el tono de su voz:

-Díme, Benjamín, ¿En dónde estás?

-Hace frío, pero a la vez es agradable, estoy bien abrigado, el aire en mi cara es tonificante –contestó con la voz ligeramente temblorosa, apretando los dientes, tratando de no castañetearlos.

-¿Dónde estás, Beny, puedes describir lo que te rodea? -continuó preguntándole, sin prestar mucha atención a lo que decía. Estaba más ocupado observándolo.

-Voy en un trineo, con mi familia, los caballos están adornados con cascabeles. Estamos en Suiza, pasando la Navidad, papá alquiló un chalet, salimos a dar un paseo, y ya estamos regresando al calor del hogar, del hermoso lugar que será nuestro hogar durante un mes, la chimenea es enorme. Avanzamos entre árboles cubiertos de nieve, escucho un rumor, viene del lado izquierdo, ¡Es una gran avalanche, el conductor intenta evitarla, lo logra, la libramos milagrosamente! Ya se ve el chalet cerca…

-Bien, descansa, tranquilo, no pasa nada, relájate, y piensa en otro recuerdo agradable, respira profundo –le sugirió, con apoyo coral del auditorio; aparentemente imaginar el alud transformó su semblante, Benjamín se veía seriamente contrariado.

-¿Dónde estás ahora?, descríbenos el sitio en el que te encuentras, ¿Puedes hacerlo, Benja? – lo presionó.

-Estamos en la Riviera Francesa, es el pleno verano, me estoy asoleando en traje de baño, en Niza…-empezó su nueva crónica.

-Muy bien, Benjamín, ahora descansa, vamos a dejar que reposes un poco, nada más un momento, duerme, hasta que escuches mi voz de nuevo. –lo interrumpió, antes de que Benja comenzara a describir a la pléyade de bañistas en bikini, que lo rodeaban, pero sin intención de revelarles que todas ellas tenían el rostro, y el cuerpo, de su madre.

El hipnotista les hizo señas a los demás, para que fueran a la cocina, allá los alcanzó, y conferenciaron, mientras uno vigilaba al Beny durmiente.

-¡Que vá, está roncando, el bendito! – exclamó el vigía, en voz baja.

-Oigan, -dijo el de la batuta –creo que Benjamín nos está tomando el pelo, y mientras le sigamos la corriente, va a continuar dándole la vuelta al mundo con sus historias, quiero probar la profundidad de su trance, no vaya a ser pura tranza. Desinfecten una aguja en la estufa, con que se ponga al rojo es suficiente, luego la limpian bien con un algodón mojado en alcohol, para que no se nos vaya a infectar, ya ven lo susceptible que es. Busquen en el botiquín, tras el espejo del baño.

Regresaron con Benjamín, y le dijo:

-Duerme, Benji, duerme, vamos a continuar la sesión, necesito que estés en un trance profundo, te lo voy a inducir a partir de ahora, contaré hasta diez, y en cada número que oigas, vas a ir cayendo en un sueño cada vez más hondo, más completo y profundo:

-Uno, vas cayendo, flotando hacia abajo, lentamente, suavemente.

-Dos, cada vez más hondo, sientes que tu mente va librándose del peso de tu cuerpo.

-Tres, a cada instante que pasa, te sientes más y más ligero, respira profundamente.

-Cuatro, voy a tocar la palma de tu mano derecha, y no vas a sentirlo, tu mente se ha liberado de las sensaciones de tu cuerpo.

-Cinco, liberada, tu mente es libre –dijo, tocándolo ligeramente.

-Seis, por completo, ahora te voy a dar un ligero pellizco en el antebrazo izquierdo, pero no vas a sentirlo…-y le presionó la piel sólo lo justo para que pudiera pasar por un pellizco, sin huella.

-Siete, tu mente y tu cuerpo se reconocen, pero no se comunican –completó la frase.

-Ocho, más profundo –le habló casi en secreto.

-Nueve, mucho más –bajó su voz a un levísimo susurro.

-Diez, tu mente es completamente independiente de tu cuerpo –y subió el volumen, para que Benjamín tomara nota de que ya había culminado la profundización del trance.

Cada vez que avanzaba en la cuenta, la respiración del Beny se hacía más acompasada y profunda.

-Ahora, haremos una sencilla operación para probar la profundidad de tu trance, Benitín, te voy a clavar una aguja en lo más sensible de tu pulgar derecho, si el trance es profundo, no debes sentir nada, y si sientes algo, podrás retirar tu mano, y la sesión se suspenderá. Ahora procedo, Benjamín. – le anunció, en tono definitivo.

Le levantó la mano derecha, le sujetó firmemente el pulgar, le untó alcohol con un algodón, y todos vieron cómo la frente de Benjamín se poblaba con gotitas de sudor.

-Ahora viene la parte culminante, compañeros, observen –les dijo, presionando con fuerza la aguja esterilizada, contra la huella digital del pulgar derecho de Benjamín.

El pobre debió estar acostumbrado a soportar mucho dolor, como era de suponerse, por las enfermedades que padeció, empezando por la poliomielitis y cuantas infecciones y fiebres les pegan a los niños en su desarrollo; aguantó, sin emitir un solo gemido, y casi sin que se le notara en el semblante. Mas no pudo evitar que abundantes lágrimas resbalaran por sus mejillas, cuando la aguja traspasó su piel.

-Bueno, suficiente por hoy, Beny, vas a despertar a la cuenta de tres: ¡Uno…dos…tres!…listo, te sientes fresco y descansado, te sientes revitalizado.- Acto seguido, le comentó:

-Mira, Bénya, te relajaste tanto, que tus lagrimales dejaron fluir un poco de líquido, pasa con frecuencia, tómate un vaso de agua para reponerlo, lo bueno es que no se te relajaron otros esfínteres, o ya nos habríamos dado cuenta, por el bouquet. Aprieta este algodón con un poco de alcohol en la yema de tu pulgar, no te nos vayas a infectar, o a desangrar.

Todos felicitaron a Benjamín, por ser tan buen sujeto de hipnosis, y luego se pusieron a hacer planes para aprovechar su proclividad, en sesiones subsecuentes. Le inducirían hemostasis y le horadarían las orejas sin dolor ni sangrado, le podrían dar toques eléctricos en las plantas de los pies, con la corriente doméstica y unos cables pelados, o hacerlo masticar chiles, diciéndole que le sabrían a zanahoria, para luego anestesiarle el escape con una sugerencia posthipnótica, así no sufriría las consecuencias. ¡Había tanto que explorar! ¡Qué fortuna tenerlo como amigo!

Benjamín sonreía, enseñando sus largos dientecillos de rata blanca de laboratorio. Dejó una manchita amarilla en el sillón.

¿Miedo, relajamiento, revanchismo, o marcaba el territorio?

¿Qui lo sá?

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Cuando estudiaba la profesional, durante unas cortas vacaciones en Ensenada, regresó a la casona de la playa, en busca de recuerdos. No la halló, su lugar estaba ocupado por un elefante blanco, un enorme hotel en obra negra, que nunca terminó de construirse, y la pendiente desde la que saltaban había sido nivelada; toda la zona, alrededor de treinta hectáreas, del fin de la arena, a la calle Primera, hasta antes de la Secundaria Migoni, su 3ª Alma Mater, se iba llenando de casas de la primera sección de un fraccionamiento, por cuya avenida principal corría el ducto central del drenaje pluvial y de aguas negras. Frente al Hotel Riviera avanzaban las obras de un boulevard costero, sobre terrenos ganados al mar.

Divisó la playa desde el paquidermo gris, y vio el mar –ese no habrá cambiado –pensó, y caminó oblícuamente, al suroeste, para llegar a la arena húmeda, se quitó los zapatos, se arremangó los pantalones y recorrió, con el agua a los tobillos, el trecho tan familiar, que llevaba a El Ciprés, y al estero. Caminó oliendo el agua salada, respirando la brisa húmeda y fresca del mar, sintiendo pequeñas conchas, caracoles y guijarros en las plantas de sus pies, y evitando los grandes, aunque no con la agilidad del niño y el adolescente que había sido, cuando lo hacía, a galope tendido. Sentía el frío Pacífico norteño, que le llegaba en pequeñas oleadas, en exacta sincronía con su memoria: ya estaba soñando de nuevo.

Su mente, autónoma, se transportó al día en que salió, temprano, a dar un paseo solitario por el campo, antes del amanecer, cuando los que tenían algo que hacer, lo estaban haciendo, y el resto aún dormía, durante unas vacaciones de verano en el ejido, en casa de su maestro de tercero y cuarto año de primaria.

Deliberadamente evitó caminos y veredas, no deseaba encontrarse con nadie. No le fue difícil, no era la primera vez; le resultaban tan gratificantes, que repetía esas caminatas cuando tenía oportunidad. Lo primero que buscaba era la aurora, la hija de la mañana, la de rosáseos dedos, como diría el Gran Ciego.

La luz precedía al Sol con mucha anticipación, los cerros lejanos y las colinas cercanas servían para graduar y dosificar la aparición del disco incandescente y, a medida que caminaba, siguiendo huellas del ganado, zanjas esculpidas por las lluvias, parajes despejados donde se habían arraigado, donde se habían acomodado a sus anchas, árboles frondosos, la luminosidad se recortaba y modificaba con los cambios del entorno, con las variantes del bucólico paisaje.

A veces, se colgaba de una idea, meditaba o simplemente divagaba; con mayor frecuencia, su mente estaba pendiente de lo que captaran sus sentidos, liberada de ejercicios de la razón, sentía las ramas secas crujir y el muelle pasto ceder bajo sus pies, y oía el canto de un gallo en sus dominios, el ladrar del perro que meneó la cola al pasar, o el trino cercano de un ave, un pajarillo, volteaba y ahí estaba, petirrojo, calandria o gorrión, y se detenía para no espantarlo, esperando que le regalara una breve canción, antes de volar.

Si se encontraba con un representante interesante del reino animal, vegetal o mineral, por lo menos le dispensaba la atención de una mirada, era frecuente que se varara en la contemplación de un insecto dedicado a su cotidiana supervivencia, un árbol danzando, inspirado por el viento, los saltos de las liebres, o la silueta de un peñazco de granito, contra el amanecer. Una vez, el objeto de su atención fue la indiferencia de una vaca: le parecía extraordinaria la mansedumbre de un animal tan descomunal y tan bien dotado para la agresividad.

Aquella mañana llegó a un paraje nuevo, una cañada casi cerrada que asemejaba una pirámide invertida, con su cúspide trunca al fondo, y agua abundante todo el año, a juzgar por la vegetación y la poza que destacaba al centro, rodeada de árboles, pasto y arbustos ramoneados por ganado menor, cabras, de seguro.

No podía ignorar ese llamado, el Sol ya estaba presente, podría bajar los treinta empinados metros de la pendiente y salir cómodamente, siguiendo el lecho de arena del arroyo que entraba por un extremo y salía por el otro, de la estrecha cañada cuyo único engrosamiento era esa cuenca minúscula, que fácilmente hubiera podido adaptarse como estadio de una Copa Davis, o como teatro griego.

Descendió corriendo, y en unos segundos ya estaba tirado en el pasto; curiosamente, no estaba húmedo, o poco le importaba; grandes flores silvestres lanzaban sus tallos, detectó movimiento y se incorporó para descubrir un gordo saltamontes verde, posado en el centro amarillo de una corola, cuyo color rosa se intensificaba en la punta roja de los pétalos.

Cuando saltó el chapulín, se recostó de nuevo, y siguió explorando alrededor. Se puso a rodar, vio que a los extremos de la cañada se perfilaban, por la entrada del arroyo, los altos cerros azules, y por la salida, un lomerío suave de tiernos tonos verdes, con manchones blancos, amarillos y morados, de margaritas y lilas silvestres. Las voces de la naturaleza creaban una atmósfera de total tranquilidad, matizada, a intervalos, por el ronco graznar de los cuervos; un pájaro grande, azul metálico, intenso, cruzó en silencio, planeando, con sus alas desplegadas y la cola en abanico, siguiendo el cauce del arroyo; muy pocas veces había visto ejemplares como ese. Recordó el que se le apareció de pronto, en los cerros pedregosos cerca de Tecate, unos años antes.

Percibió que algo extraño sucedía. A pesar de la circundante quietud, el paisaje no estaba inmóvil, lo capturó una clara sensación de que todo, absolutamente todo, se movía, sin que se pudiera definir si el movimiento era lineal o circular, vio el agua de la poza, quieta, como un espejo fiel, regresó al paisaje, y la sensación continuaba, era como si pudiera percibir el movimiento de rotación de la Tierra; no sentía mareo, era como si el paisaje se desplazara suavemente y, al tratar de corroborarlo, fijando la mirada en una roca o en el agua, el efecto se desvanecía.

Echó a volar su imaginación, pensó que quizá era el movimiento de traslación del planeta lo que percibía, y soltó la risa, divertido por su desproporcionada ocurrencia.

Salvo por esa extraña ilusión, el paraje era perfecto, regresaría a él, sin duda. Por lo pronto, se levantó, dispuesto a revisar, paso a paso, minuciosamente, todo lo que su vista, o cualquiera de sus sentidos, detectara; hasta donde su agudeza se lo posibilitara, trataría de asir, de registrar, hasta el más mínimo detalle.

Súbitamente, lo vio: era un diminuto remolino de luz localizado a la altura de su cabeza, a unos siete metros frente a él, que parecía jalar todo lo que estaba a su alcance, a su rededor; brillaba como un espejo que pudiera reflejar su verde entorno. Lo fascinó el raro fenómeno, y avanzó con cautela para observarlo de cerca, no apartó la vista, temía que aquel hoyo verde se volviera a perder, lo que ya había sucedido varias veces, desde que primero lo percibió, al adivinarlo, al intuirlo, sin verlo; pero sin que se distrajera, sin que se descuidara, ahora sólo desaparecía ante sus ojos, para reaparecer en el mismo sitio, luego de unos momentos de misteriosa ausencia.

Ya lo tenía bien localizado, conocía, por lo menos, el patrón probable de su comportamiento, estaba cada vez más cerca de él. Con la vista fija, sin parpadear, continuó avanzando, y apenas podía mantener el equilibrio, pisó una piedra, resbaló y cayó, el objeto volvió a quedar fuera de su campo visual, pero él ya sabía donde encontrarlo, se paró, ignorando a su tobillo torcido y, barriendo la misma franja a la altura de sus ojos, lo volvió a localizar, ya estaba a menos de dos metros: de tamaño diminuto, tenía una forma irregular, algo semejante a la de un huso, apenas pasaba los cinco centímetros de longitud, acaso llegaría a seis, a lo sumo, y quizá cuatro de ancho, avanzó y lo tuvo al alcance de su mano, y decidió no tocarlo, cuando al fin lo identificó.

Era una hoja seca, muy plana, como de encino o acebo, con una cara lisa y brillante, como de obsidiana; excepto por unos tonos plateados que matizaban su negrura, parecía carapacho de tortuga, tenía la otra cara clara y algo opaca. Por su extremo proximal, por el que alguna vez estuvo unida a un árbol, la sujetaba un hilo de seda de araña, que partía de una gruesa rama transversal de un frondoso encino, y por el otro extremo, el distal, terminado en fina punta, seguía sujeta por el hilo de araña, que continuaba hacia abajo, para fijarse a un arbusto, a unos cincuenta centímetros del suelo. Recibía los intensos rayos del Sol del amanecer en ángulo recto, perpendiculares a la superficie de la hoja-espejo.

Una suave brisa la puso a girar velozmente, generando un cardillo sostenido, luego, por unos segundos, la brisa se interrumpió, la hoja vaciló un momento, entonces giró en sentido contrario, destorciendo el hilo de seda. La escena se repetía una y otra vez, y así volvería a repetirse, hasta que otra casual cadena causal, acabara con el mandato de la hoja seca, a su vez prisionera de un hilo de seda de telaraña, que la había convertido, por lo menos para su percepción, en algo como el centro del Universo. ¡Corrijo! Era el centro del Universo, aunque eso sea un mérito raquítico; hoy sabemos, en tanto alguien proponga una teoría que demuestre algo distinto, que cualquier punto es centro del infinito Universo, su centro está en todas partes, para frustración de los egocentras y megalómanos que contaminan contínuamente el paisaje.

Ello es cierto, como que somos inmortales, al menos durante el curso de nuestras vidas.

Completamente abstraído en estos recuerdos y pensamientos, llegó al campo militar de El Ciprés, sorprendido, mas no extrañado, sólo era otro viaje astral, por terrenos conocidos. Sonriendo, y reconociéndose a sí mismo, dio media vuelta, regresó sobre sus pasos; al poco rato se calzó de nuevo, para adentrarse en las ardientes arenas de las dunas, dando la espalda al océano. Anduvo, el rumor de las olas marinas se oía ya muy levemente, apuró la marcha, tenía sed y hambre; se había hecho tarde, inexorable, imperceptiblemente, y deseaba salir de aquella trampa de arena suelta, fina, como de reloj, que le dificultaba avanzar y penetraba, casi líquida, en sus zapatos; descartó correr, debía evitar deshidratarse, ahorrar energía era prioritario.

Era también la época buena de los “guayabis”, los médanos estaban henchidos, ¿Cómo no lo había notado antes?

Se acercó a lo que parecía un racimo, tal abundancia había; escogió un fruto perfecto, enorme y maduro, tanto, que tuvo que disputarlo a una abeja; resorteó el dedo medio sobre el pulgar, un garnuchazo, y se deshizo de la competencia -¡Bendita evolución! –exclamó.

Arrancó el “guayabis” salvador y, colocándolo golosamente en su boca, lo oprimió con todos los dedos, engulló ávidamente la botana que le refrescaba tantas y tan gratas memorias; masticó el “guayabis” tamaño jumbo rítmicamente, sintió el sabor dulzón de la mermelada caliente arrebatada al Sol y a la inoportuna abejita, sabor que pronto cedió el lugar a un salado pastoso, espeso, pegajoso y grumoso, que se adhería a las paredes de su boca y su lengua, secas y sedientas, y le atormentaba las papilas gustativas, amenazando con salir por su nariz y orejas. Se tragó lo que estaba encaminado y se apuró a escupir lo que aún le quedaba en la cavidad bucal. Se arrepintió, por más esfuerzos que hacía para regurgitar la repulsiva pulpa chiclosa, metiéndose los dedos hasta las amígdalas, el resto seguía su curso por el esófago, a su derrotero intermedio, el estómago. Lo cáido, cáido, se resignó.

Abandonando apresuradamente los médanos, alcanzó la calle Primera y se adentró en la población. El adhesivo sabor y el asco continuaban potenciándose cuando, con los ojos enrojecidos por tantos esfuerzos infructuosos, y frotándose compulsivamente la cara para limpiarla de lo que todavía sentía embarrado en ella, llegó a la clásica tienda de la esquina, que era una de abarrotes atendida por chinos, donde su padre tenía crédito, cuando estaba en la secundaria, a tres cuadras. No eran los mismos chinos, habían pasado diez años, pidió una coca cola fría, salió, y se la tomó parado en la acera, haciendo enérgicos buches con cada trago, se la pasó toda, tratando de empujar lo que sentía atorado en el cardias, enjuagando de paso su ofendido tracto digestivo, hasta donde le era dado, empezando por la boca. El último buche que hizo fue de larga duración, muy a conciencia, le quería dar la puntilla a la maldición del “guayabis”.

Un enorme eructo se gestaba en su interior, y en ese momento vio a una guapa muchacha que se acercaba a la tienda, y pensó: Me voy a aguantar, eructaré a mis anchas después que pase esta belleza, tiene la prioridad, la preferencia es suya.

No pudo contenerlo, justo en el instante en que la tenía enfrente, y la veía a los ojos, esbozando una discreta sonrisa, el gas de la soda se abrió paso a la fuerza, y salió por su garganta con tal estrépito, que no tuvo más remedio que darle la espalda a la joven y alejarse de ahí, a paso veloz.

-¡Para acabarla de fregar! –dijo en voz alta, maldiciendo el día, pero a los pocos pasos, y también sin poderse contener, se puso a reir por la calle, a carcajadas, como loco. Afortunadamente no se encontró con nadie conocido.

Sólo había dos explicaciones posibles: o los “guayabis” ya no eran como antes, o su sentido del gusto ya no era el de un escuincle, un púber o un adolescente. La segunda opción le parecía más lógica, a juzgar por las “golosinas” que devora la juventud de ahora, desde la infancia, muchas de origen oriental, otras nacionales, y con sabores mixtos: enchiloso, picante, agrio, salado, ácido, dulce y amargo, por capas o todos revueltos. Se le ocurrió que quizá alguno de sus amigos japoneses había acuñado el término, pensando en el wasabi. Es muy improbable.

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Regresaba cuantas veces podía a Ensenada, para convivir con los amigos que se resistieron al desarraigo, y con sus hermanos, y otros que, vencidos por la añoranza de la comida materna, igual que él, volvían, como aves migratorias.

Surfeaba, pero se rendía pronto, su condición no daba para mucho, montaba olas con rígida impostura, cuidando las apariencias, pero se divertía, y se dejaba llevar por la espuma hasta la orilla, sin aportar creatividad.

Hacía poco lo había recibido el grupo de su hermano Rolando, uno de los pioneros locales del surfing, invitado a una sesión de su club, para que hiciera comentarios, deseaban mejorar el ambiente interno, que parecía deteriorarse. Se acomodó en el lugar asignado, al lado de quien presidía, frente a los miembros, en el patio de la casa de uno.

Un buen rato estuvieron acordando, en desorden y de mala gana, todo lo que el presidente proponía, se dividían, según el punto a discusión, y sólo el surfer que los encabezaba podía meter orden.

Antes del cierre de la sesión, Rolando intervino:

- Como quedamos la vez anterior, invité a mi hermano, para que nos haga comentarios sobre el club, para tener sesiones más ágiles y más productivas, le voy a pedir que nos diga cómo la vio.

-Bueno, lo primero que se aprecia –intervino, yendo directamente al grano –es que no funcionan como un club, sino como seguidores de una persona, han estado discutiendo exclusivamente lo que sólo uno de ustedes les propone, para que sea aprobado, y es claro que cada iniciativa es del interés particular de esa persona.

-Sí –dijo, dirigiéndose al presidente – hablas en primera persona, mi club, mi proyecto, mi torneo, mis contactos en California. No dices nuestro, ni preguntas qué piensan los demás, así no es posible que pueda sobrevivir el concepto de club, cuando el único miembro de pleno derecho eres tú. En un club no hay caciques, sólo tareas que distribuir, y objetivos colectivos que alcanzar, y se rotan los cargos, para no cargarle la chamba a unos pocos; propósito y lema se deciden en conjunto, nadie se apropia de los méritos de nadie, sobre todo en una asociación deportiva, donde el prestigio depende de lo que hagan todos y cada uno, no uno solo, independientemente de quién destaque en las competencias, porque el fin último de ustedes es lograr que el surfing sea popular, y que lo practiquen más ensenadenses, se deben ocupar en ser un ejemplo para ellos, para que las playas se llenen de surfers nativos, y no preocuparse por la lana que puedan ganar en las competencias internacionales, por arriba y por debajo de las tablas. El club no eres tú, el club son todos ustedes –finalizó.

La situación cambió con el tiempo, el “Chanate”, como le apodaban, no. Estaba muy clavado en usar al club, poniéndose de acuerdo con los promotores gringos del surfing.

Él continuó rolándola a todo dar, con Rolando y sus amigos.

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El papá de un surfer quería comprar un ranchito cerca de la ciudad, para construir una cabaña rústica o hacer días de campo, “de perdis”, mientras le asignaba una actividad productiva. En San Antonio de las Minas había un prospecto, y les propuso:

-¡Vamos a ver el rancho que le ofrecen a mi jefe en San Antonio!

Estaban cerca de El Sauzal, y en media hora llegaron al terreno, de quince hectáreas. Se concentraron en el paraje, tenía una arboleda de encinos, una poza rocosa de regular tamaño, profunda, era ideal para clavados, y el manto freático, bastante superficial, de seguro podría dar un gasto suficiente para el riego tecnificado de unas 50 hectáreas, o más.

Grandes rocas de granito, redondeadas al paso de los milenios, los juncos, los pastos y multitud de arbustos, le daban al lugar un aspecto de cromo de calendario. Claro, precisaba mucho trabajo e inversión, pero en ese momento, aquel grupo de muchachos no le cambiaría un ápice y, viendo que no había más gente que ellos, no desperdiciarían la oportunidad de nadar en agua dulce, y muy quietecita, para variar.

Terminó de quitarse la ropa y, parado en una gran piedra, vio el agua, clarísima; a tres metros estaba el fondo de arena gruesa, que provenía del desgaste de granito intemperizado, arrastrada por arroyos, desde cerros cercanos; la superficie, inmóvil, reflejaba un brillante Sol, que acentuaba la bóveda celeste, con traslúcidas nubes; varias libélulas se perseguían al ras del agua, y se lanzó, sin más prolegómenos.

Una fracción de segundo después, un profundo arrepentimiento se apoderó de él, el agua estaba cercana al punto de congelación; pero el verdadero suplicio vino de abajo, sintió la menor temperatura en el escroto, en la forma de un intenso dolor, que no sabía si se debía al encogimiento de la piel, que le estrujaba los cojones, o si se le había roto la talega, por el fuerte impacto con el cuasihielo.

Pero pensó rápido, no iba a permitir que los demás se privaran de tan extraordinaria experiencia; sacó la cabeza del agua, apretó los dientes contra su lengua, para impedir que lo traicionara el castañeteo, subió como pudo un codo sobre una roca plana de la orilla y, dominándose lo mejor que pudo, sonrió, fríamente.

-¿Cómo está el agua? –le gritaron, todos en pelotas.

-¡Está bien rica, muy fresca! –respondió, a voz en cuello, presa del dolor, montándose en él, aprovechándolo, magistralmente, como recurso histriónico.

Era todo lo que esperaban, se echaron al agua gritando y dando de marometas en el aire, al tiempo que él, al borde de la hipotermia, se salía apresuradamente del aguahielo, para frotarse vigorosamente con su camisa. Unos momentos después, todos hacían lo mismo, tiritando y reclamándole la gélida trampa en que los había hecho caer.

-¡Bienvenidos al Club de los Osos Polares! –les dijo.

Todos rieron. Tenían algo más que platicar a sus hijos, y nietos.

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Una experiencia similar le sucedería años después, una mañana de febrero, en Washington, a donde viajaba seguido, como parte de la delegación que negociaba créditos del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, y en ocasiones del Ex–Im Bank, para financiar proyectos del Gobierno Federal, en sectores prioritarios.

Estaba citado a una junta en las oficinas de Nafinsa, frente al hotel Mayflower, donde siempre se hospedaban algunos, a él le gustaba el Dupont Plaza, a varias cuadras; le daba posibilidad de apartar tiempo para caminar y explorar la ciudad por su cuenta, descansando del monotema financiero.

Se hacía tarde, se bañó y salió apresuradamente, tras desayunar en su habitación, café, y pan tostado con mantequilla y jaleas. Había nevado la noche anterior, el cielo estaba cerrado, llovería, o nevaría otra vez, en cualquier momento.

Salió con el fino abrigo que estrenaba, un Rionda negro, auténtico, adquirido directamente del sastre, tío de su esposa, a precio especial y con doble forro en la espalda, para mayor protección; se puso una bufanda de lana y guantes de piel y, con el paraguas en una mano y el maletín en la otra, casi patinaba, sobre la acera congelada del Dupont Circle.

A los pocos metros reconoció la familiar sensación, esta vez en otro cuero cabelludo, el de su cabeza, apuró el paso, a la media cuadra se dio plena cuenta de que era inútil: aparte de que había olvidado la gorra de lana australiana que le regalara su suegro la recién pasada Navidad, tenía el cabello mojado, la temperatura, varios grados bajo cero, congelaba la humedad al instante, encogiendo su pellejo, con saldo tan doloroso, que regresó corriendo al hotel, y se secó el pelo con la secadora del cuarto de baño; por fin le concedió sentido, antes, eran artefactos exclusivamente de uso femenino, como el bidet; se peinó, se cubrió la “tatema”, y llegó tarde a la reunión, echándole la culpa al pésimo room service, que había ignorado su solicitud de desayuno continental. Una clásica mentira blanca, se autojustificó.

No le quedó más remedio, el día anterior se puso en evidencia; en su turno al ordenar, en el Golden Ox, pidió un steak tartar, bien cocido, con lo cual se llevó el día, pues ya casi no se habló de otra cosa; cada vez que alguien lo volvía a mencionar, provocaba risas interminables, – si les confieso mi cuasi escalpe, soy hombre muerto –pensó, así que aprovechó esa buena oportunidad, y guardó silencio. Nadie se enteró de lo cerca que estuvo de perder el pelo, por congelación.

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Poco después del suceso de San Antonio de las Minas, viajaron a Los Angeles en la combi del Harvey. Pertenecía a una familia de vascos dedicada a la producción de cítricos, en vías de instalarse en el sector agropecuario de Baja California, y aún con nexos en Estados Unidos. Era el más destacado de los surfers, de dieciocho años, uno noventa de estatura y ciento diez kilos, de carácter expansivo, ingenuo, amigo de todos, poseedor de una combi VW, arreglada, adornada, equipada para hippies, con transmisión standard, que dominaba: inspirado, le cambiaba las velocidades, sin meter el clutch.

Esa fue la primera vez que lo vio hacerlo, en la carretera a Tijuana; así aceleró, de cero a más de cien kilómetros por hora, cambiando de primera a segunda, de segunda a tercera, de tercera a cuarta, apoyado en su sentido del oído y las vibraciones del motor, Harvey calculaba el instante preciso para dejar de acelerar, y accionaba la palanca de velocidades, a tiempo, entre los vítores de la raza, como cuando el volante está a cargo de alguien falto de pericia y, en cada momento de peligro, todos gritan, para que, si se accidentan, no se vaya a decir que ni pío dijeron.

Cualquier día era bueno para la aventura. Iban a LA a comprar una tabla de surfing, por cera antiderrapante, y por resinas y tela de fibra de vidrio, para reconstruir y hacer reparaciones menores. Le dio gusto que lo invitaran, hacía tiempo no cruzaba la frontera. Iban el Harvey, él, Rolando, y otros dos surfers más. El espacio disponible se ocuparía de regreso, con las adquisiciones. La primera parada fue en unos licores, compraron six-packs de cerveza y sodas para los abstemios, botanas, y listo; ya en la carretera, abrieron unas birrias y prendieron el primer churro; a los cinco minutos, Harvey empezó a meter cambios clutchless, y nadie se espantaba, iban muy contentos, habían horneado el toque. Regresó a la conducción normal, sin bajar la velocidad: 140 km/h, en promedio, con las ventanas abiertas, para sacar el aroma del joint. Todo envuelto en potente música de rock.

En la Línea, Harvey se identificó como american citizen, y los demás mostraron sus pasaportes fronterizos; al rato estaban en los suburbios de San Diego, a refaccionarse con camaradas nativos. Continuaron al norte, el Harvey le iba explicando todo lo que aparecía a los lados del freeway, como guía de turistas, y al rato le pasó el volante a Rolando, para fumarse otro churro. Menos de dos horas después, alguien vio el gas, la aguja marcaba vacío; iban a la altura de Watts, un barrio muy conocido por su ambiente de violencia inter e intrarracial; el Harvey volvió a tomar el volante, era el único que sabía realmente adónde se habían metido, se internaron en el barrio bravo, bajando la velocidad hasta muy por debajo de la reglamentaria, buscando una gasolinería y tratando de ahorrar, de hacer durar la que les quedaba, preocupados; de un momento a otro, el motor se apagaría y tendrían que empujar la combi, como si se la hubieran robado, en una vecindad de brothers, y ninguno carnal de ellos.

Duró tres cuadras más, y el motor se apagó; la profecía se cumplió, al tiempo que avistaron la estación de gasolina, y se bajaron a empujar, continuando su destino manifiesto, hasta acercar la combi a una de las bombas, y se acomodaron dentro, mientras el Harvey hablaba con los operadores, todos negros.

Se tardaba, y salieron de la combi, buscaron una máquina de dulces, mientras la paranoia les mordía la nuca. Parecía que todo sucedía en cámara lenta: la llegada, la plática del Harvey con los empleados, en la tienda de refacciones, bajo techo, lejos del calor y del sol. Por fin volvió, viendo a todos lados, como gringo en la jungla de Vietnam, y tomando el dinero con cautela, un billete a la vez, sin sacar la cartera de sus bermudas, mientras zorreaban al empleado que les llenaba el tanque, galón por interminable galón.

Era una rara impresión compartida, sentían que estaban en un lugar prácticamente desierto, nomás un flanco permitía divisar un cachito de horizonte, hacia el freeway, el resto, puros edificios deshabitados, de paredes percudidas y grafiteadas; ventanas opacas o rotas, daban a interiores oscuros, y carros estacionados, abandonados, vandalizados, con las llantas ponchadas; lejos, en una distante bocacalle, un camión de carga se atravesaba fugazmente; y el aire, caliente, suspendido, se sentía en sus rostros, cuando se movían, les trasmitía algo parecido a una sensación de vergüenza; era el miedo cobarde, provocado por la inesperada e incómoda situación, todos estaban pendientes de que el tanque se llenara, de que el Harvey pagara el gas, y deseando que la máquina, el carburador, no se hubiera ahogado al apagarse, o que la tubería alimentadora no estuviera seca, por haber quemado la última gota de combustible.

Conocían el procedimiento de resucitación: abrir el carburador, y echarle dentro un chorrito de gasolina, bombear con la palma de la mano mientras alguien acciona el motor de arranque y acelera para que la gasolina fluya, con riesgo de que se agrave el ahogamiento.

Dejaron de pensar en eso, al ver que por la calle que desembocaba en la gasolinería se precipitaba un ancho torrente humano, eran más de cincuenta jovenes adolescentes, casi todos hombres, y todos negros, que corrían en desorden, en una batalla campal que más parecía una caída libre, los de atrás golpeaban a los de enfrente, derribándolos, y los pateaban en el suelo, obligándolos a levantarse y seguir su carrera o defenderse ahí mismo, sólo para ser arrollados por los que llegaban detrás de ellos, sin poder distinguir grupos antagónicos; eran todos contra todos, hasta donde les era posible apreciar.

Llegaron en tropel al expendio de gas, que funcionó como un callejón sin salida, y ocuparon todo el espacio, azotándose contra las bombas, contra el suelo y las paredes, tundiéndose, con manos y pies, y hasta mordidas se daban, gritando de ira, y gimiendo de dolor, rebotando incesantemente. Aquello duraba minutos eternos.

Ninguno había entrado a la combi, y recargados contra ella, sin poder abrir las puertas, veían, azorados, lo que sucedía frente a sus ojos, la turba los ignoraba, ocupada en golpear y capear golpes. Uno pateaba en el suelo un cuerpo inmóvil, otro lo atacaba por detrás, haciéndolo víctima, hasta que llegaba otro y cambiaba los roles de nuevo. Las mujeres no se distinguían de los hombres, en aquella melé.

Los alaridos y gemidos alcanzaron su nivel máximo, y empezaron a declinar al llenarse el aire de sirenas, y en el freeway se veía un gran movimiento de vehículos. Los rijosos se paralizaron, y levantaron la vista, intercambiaron señales y emprendieron la huída; sólo quedó una docena de cuerpos inertes o convulsionados; algunos lograban levantarse, tratando de alejarse del escenario de la trifulca, y también de la policía, pero caían de nuevo, infligiéndose más daño aún.

Nada impedía la salida de la combi, subieron y arrancó de inmediato, regresaron a la carretera, con el Harvey conduciendo como ciudadano responsable, todos completamente sobrios, sin decir una palabra, y sin haber pagado por el tanque lleno, pues no quedó nadie a la vista, y sin haber sido tocados por la tremenda gresca. Quizá su estupor los había convertido en camaleones, que se confundían con la combi, o a lo mejor el miedo los había vuelto transparentes para los gladiadores de color, seguramente alumnos de una escuela cercana. Aquella fue una sucinta versión negra de West Side Story: Watts Service Station.

En honor a la verdad, lo que les pasó se podía haber evitado, si no hubieran estado bajo el influjo, nadie se preocupó por lo básico: el medidor de la gasolina.

-*-

Harvey tenía un hermano, en edad de ser reclutado. Le llegó el aviso, debía entrenarse para ir a Vietnam, a luchar por el “american way of life”; pasó las pruebas y sirvió a su patria. Se distinguió en la escuela y en el entrenamiento, era bueno para las matemáticas y lo hicieron artillero, cumplió su tiempo lejos de los frentes de guerra, disparando proyectiles que igual caían sobre el vietcong, aldeas de campesinos inocentes y tropas gringas, pero no tuvo que ver la destrucción y las muertes que provocaba, ni enterarse de que su fuego amigo le podía tocar a compatriotas, como de hecho sucedía, con relativa frecuencia.

El Harvey presentía que pronto, cualquier día, le llegaría el mensaje del Tío Sam, diciéndole: I Want You.

Al principio lo tomaba con buen humor, pero la idea fue creciendo en su mente, leía cartas del hermano, noticias en revistas y periódicos, y veía los noticieros en la tele, y la certeza que había fabricado, la falsa esperanza de que él también tendría su cañoncito para matar gooks a distancia, sin verles la piel amarilla, se fue desvaneciendo, al darse cuenta de que él era bueno para meter velocidades sin clutch, y para colgar cinco y diez dedos, en su surfboard.

Miedo, angustia, paranoia, sudores fríos, desarreglos digestivos, son parte del síndrome de muchachos que no quieren ir a la guerra, sino Sol y rocanrol. Cada día era más difícil para Harvey vivir con aquella espada de Damócles sobre su cabeza, hasta que otra idea se le metió en el seso: no iría a Vietnam, haría cualquier cosa para evitarlo.

Preocupado, dejó de ir a California, seguro de que se encontraría con los reclutadores, platicaba con sus amigos más íntimos acerca de sus temores, trataba de hallar una salida, una excusa válida para evitar el reclutamiento, que no lo dejara mal parado, no quería ser tomado por un cobarde coyón.

-Está bien eso de matar comunistas,-decía, son la peor gente que hay sobre el planeta, además, ¿Quién le va a tener miedo a un gook, a un enano amarillo?, pero, ¿Yo por qué?, -se repetía, parafraseando a un clásico del futuro. Y surgió la salvadora inspiración: se rompería una pierna, no, mejor un brazo, el derecho, o mejor el antebrazo, así sería doble fractura, más tiempo. ¿Cómo se la provocaría, una caída, o un golpe?, pero ¿Qué riesgos escondía ello?, podría quedar inválido para siempre, acabarían sus días de surf, o podría resultar sólo una táctica dilatoria, si la incapacidad cesaba antes que la guerra, era posible que se expusiera su móvil, su razón oculta, y quedaría como gallina, casi peor que desertor.

Pronto desechó esas minucias, ya no había tiempo, cada día podía ser demasiado tarde; aunque la convalescencia durara menos del año, por lo menos tendría tiempo para buscar otra solución era hora de actuar, ya.

Se citó con uno de sus mejores amigos, en el garage de la casa de un tercero; cuando llegaron, había otros cuatro, esperando presenciar la operación Conscientious Objector. Dialogaron, deseaba asegurar la secrecía del asunto, afinar la explicación del “accidente”, una caída de escalera, se precisarían varias contusiones, en sitios seleccionados, sin fracturas adicionales, sólo moretones. Pensaron a qué clínica iban a llevarlo, y antes, deberían ir a ver a un doctor cuate, que apoyara el draft dodging, y la historia que armaran.

-¡Basta de plática, manos a la obra! –gritó el Harvey, la discusión ya lo estaba haciendo temer más a la fractura y sus implicaciones, que al sureste asiático.

Colocó el antebrazo entre los respaldos de dos sillas, descansándolo cerca del codo y la muñeca, mientras dos camaradas lo sostenían por la espalda, por si se desvanecía cuando el dolor del antebrazo roto se volviera insoportable, no se le fuera a partir el cráneo contra el piso; los demás hacían esfuerzos por no despegar la vista del espectáculo que se gestaba. El ejecutor le colocaba el bat metálico, de aluminio sólido, a la mitad del área en cuestión, afinando la puntería.

¡Golpea fuerte! –exclamó el Harvey, al mismo tiempo que el verdugo le asestaba tremendo batazo; resultó insuficiente, el bat rebotó, se le escapó de las manos, y fue a caer tras unas cajas.

-¡Óyeme, grandísimo cabrón, guacha lo que hiciste! –reclamó, al ver cómo se le empezaba a amoratar el antebrazo.

-¡Me ciscaste, güey, gritaste cuando te iba a dar, pensé que te habías arrepentido! –trató de disculparse el vato, por no haberle fracturado los huesos.

-¿Crees que me los puedes romper con otro fregadazo? –preguntó.

-No creo que pueda volver a agarrar otro bat en mucho tiempo, me rajo, discúlpame. -confesó.

El Harvey, nomás de verlo, estuvo de acuerdo, y recorrió con la vista a los presentes, para seleccionar al sustituto, y se detuvo en Rolando.

-¿Te anímas? –le preguntó, esperanzado.

-¡Vamos a terminar lo empezado!, -fue la respuesta- ¡Vámonos recio!

Apenas le dio tiempo de colocar de nuevo el antebrazo en posición, y no le propinó uno, sino tres mandarriazos con todas sus fuerzas, sin dejar un resquicio para que el Harvey abriera la boca, al tercero se detuvo y le preguntó:

-¿Así está bien roto, o te doy otro? –pero no pudo evitar que la voz se le quebrara, pues le dolía en el alma el sufrimiento que su camarada lo obligaba a provocarle.

Meneó la cabeza, y señaló con la otra mano su antebrazo, para que se acercaran a examinarlo. Estaba amoratado en varias partes, y la piel abierta donde recibió el último batazo, parecía una fractura expuesta.

-¡Traigan una toalla para que no riegue sangre aquí! –pidió el dueño del garage, mientras todos rodeaban al Harvey.

-¡Pinches huesos, no se quieren romper, me carga la fregada! –gritó el Harvey, llorando de dolor y de coraje.

Ya nadie quería ver otro intento, el antebrazo le quedó muy mal, pero los huesos no sufrieron ni una fisura, la musculatura que envolvía al cúbito y al radio, absorbió de manera eficiente todos los impactos.

Inventaron que cuando arreglaban un carro, el gato falló y le cayó todo el peso en el antebrazo, todo el mundo se creyó la historia. Lo que seguía era un balazo accidental, pero la alternativa nació muerta, a las dos semanas, un amigo gringo fue a Ensenada, y le entregó la fatídica carta, tuvo que reportarse a una junta de reclutamiento por El Toro o por San Clemente, en California.

-¡Ya se fregó el Harvey! –esa era la voz generalizada entre la raza, en cuanto lo examinaran se percatarían de que era la imagen objetivo del GI Joe o del marine, carne de cañón triple A con certificación USDA. Lo despidieron tratando de que no se les notara lo que era demasiado obvio: esa sería la última vez que lo verían, al menos, completo. De seguro empezaría la carrera de las armas como sargento, desde el entrenamiento, y terminaría muerto o quizá como la mayoría: lisiado, del cuerpo y/o de la mente.

Unas semanas después, cuando regresó, los amigos le preguntaban:

-¿Cómo te vá, Harvey, vienes de licencia, cuántos días te quedarás, por qué no andas uniformado, cuándo te mandan al frente?

-¡Que frente ni que la chingada, cabrones, soy asmático, el Tío Sam me rechazó, la única acción que ví fueron los batazos que ustedes me dieron, vamos a celebrar, vatos, yo invito!

Años después, se filtró sutilmente entre la plebe, que su petición de exámenes médicos exhaustivos, en base a una historia clínica de enfermedades respiratorias, determinó su inhabilitación. Detrás de la estrategia, trascendió, estuvo Rolando, sin duda, su mejor amigo.

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-xxi-

La colonia Alfonso XIII, del lado este del Periférico, a la altura de las Torres de Mixcoac y Lomas de Plateros, donde estuvo La Castañeda, el famoso manicomio que se trasladó a la carretera a Puebla, era un barrio tranquilo, su calle quedaba a ocho cuadras de la vía rápida, y el tiempo que pasaban ahí era poco. En 5º año de Economía, trabajaba medio día, e iba a CU por la tarde-noche y así, con variantes, el resto de los paisanos, que vivían en una pequeña casa de dos pisos, detrás de una vieja mansión, con los techos el doble de altos, y varias veces más grande; conservaba algunos muebles y adornos de su época de gloria, los veinte y treinta del siglo XX.

La casa grande la ocupaba una familia formada por puras mujeres, no había padre ni hermanos, los hombres existían porque ellas hablaban de ellos: que si escribieron, que van a venir, que los iban a ir a ver a Veracruz, etc.

Todas estudiaban o trabajaban, y simpatizaban con los estudiantes foráneos norteños, que frecuentemente regresaban de la escuela o de la chamba para encontrarse con la casa arreglada, o con algún guiso de regalo en la cocina, pues la única ayuda que podían pagar era la de una señora que iba una vez a la semana; siempre llevaban su ropa a la lavandería automática, o se lavaban ellos lo indispensable; comían fuera, comidas corridas, tacos o tortas, y desayunaban y cenaban casi cualquier cosa. Su circunstancia sin pompa, se convertía en fuente de constante preocupación para sus benefactoras, sirvió de base para una estrecha y comunal amistad, al grado de que el trato continuado gestó algunos noviazgos.

Era un ambiente agradable. El terreno que ocupaba aquella sobria quinta en decadencia, era de algo más de tres mil metros cuadrados, con un patio descuidado, de pasto crecido y arbustos que alguna vez fueron parte de un jardín ordenado, y un huerto más que abandonado, olvidado, con basura que, al acercarse, se descubría, por ejemplo, una carretilla de madera podrida por los años, llena de tierra y vegetación, como la dejara el último jardinero, su último día dedicado al arreglo de los setos y los macizos de flores. Objetos y más basura caía, desde el otro lado de la barda perimetral. Había árboles frutales que todavía regalaban higos, nísperos y peras.

Todos estaban atareados en el estudio y en el trabajo, nadie destinaba tiempo a la apariencia del jardín o del huerto, los veían como se ve al monte, con naturalidad; salían al terreno, para asolearse y platicar, a desentumirse de los libros, y sólo los accesos estaban razonablemente desmontados.

Una rara vez que se quedó solo en la quinta, pues no había ido a sus acostumbradas comidas múltiples, estaba tomando el sol y escuchó voces en la calle, volteó hacia el portón de entrada y vio a un montón de chamacos de primaria trepados en la barda, era la época de frutas, iban por higos y locuates, y les armó tal bulla, que metieron reversa y se alejaron corriendo, entre gritos y risas. Las vecinas lo felicitaron, los escuincles eran peor plaga que los pájaros.

El siguiente sábado, él y René, un paisano que estaba de visita, eran los últimos en salir, y se ponían de acuerdo para aprovechar la tarde. Dependía del capital que reunieran, les alcanzaba para ir y regresar al monumento a la Madre de Sullivan y Villalongín, sobre Insurgentes Centro, ir al teatro, pagando tarifa especial con su credencial de estudiante, y nada más, nada de cajetilla de Delicados, refrescos o cafés; de cualquier manera, el plan era aceptable, tras darse un peinazo, estaban listos para partir.

Salieron después de verificar que dejaban todo apagado y cerrado, en la casa principal tampoco había gente.

-René – le dijo -¿Revisaste la cocina?

-Claro, vato, no problema –contestó.

Cerraron el portón de la calle con doble llave, y no habían dado diez pasos sobre la acera, cuando vieron venir a un grupo de pandilleros, unificados por su estado de ebriedad.

-Mira, son un friego –le dijo René -¿Qué se traerán?

-Quien sabe –le contestó –pero entre más pronto los alcancemos, más pronto los pasaremos ¡Apúrate, René!

-¡Quihubo! -les dijo el que parecía encabezar al grupo -¿Adónde van tan arregladitos? –los interrogó.

-A caminar un rato –le contestó, de mala gana.

-Pero sí tienes tiempo de regalarnos un cigarro, ¿O no? –le preguntó, con tono de reto, y cerrándole el paso.

-Sólo traigo uno, y está roto, me lo fumaré después –dijo, tratando de sonar neutral.

-No te creo, güerito, enséñamelo –insistió el pandillero.

Presionado por el número, sacó su cajetilla de Delicados sin filtro y le enseñó el único restante, reventado a la mitad.

-¡Pos dáme la mitad! –exigió el cabecilla, con agresividad y dando muestras de una regular borrachera.

-No friegues, medio cigarro no sirve para nada –le respondió, y su paciencia se iba agotando.

-¡Pos entonces dámelo todo o copérate pa´l pomo! –gritó, escalando su actitud.

-No traemos cigarros ni dinero, apenas nos alcanza para el camión, y ya no estén molestando –le insistió, en un esfuerzo diplomático.

-¡No traen nada, Barrientos, ya déjalos ir! –terció uno de ellos.

-¡Sí, ya no estén fregando! –añadió él, aprovechando el giro en el intercambio, que ya se estaba poniendo tenso -¡Vámonos! –le dijo a René.

-Bueno, güerito, váyanse por esta vez, pero pa´lotra, asegúrate de traer cigarros y lana pa´l pomo – se despidió el jefe.

-Claro –contestó, al pasar frente al pandillero y, espontáneamente, sin intención de provocación, como siempre acostumbraba hacerlo, para monitorearse el peinado, se llevó la mano a la cabeza y se pasó los dedos entre su rojiza cabellera.

-¡Pinche güerito, a mi no me mientas la madre, les vamos a partir el hocico! –gritó, colérico, el jefe.

La pandilla se encontraba bastante separada de ellos, pues habían tomado en serio lo de dejarlos en paz, pero al escuchar al cabecilla, se regresaron.

-Va a estar canijo razonar con estos –le dijo a René a media voz –tenemos que ganar tiempo, ponte de espaldas contra mí, y no te distraigas, y no los golpées ni les hables, sólo evita que se acerquen demasiado, y empújalos fuerte, pero ¡No los golpées! ¿Entendíste?

-Sí, vato, pero nos van a madrear –le comentó René, preocupado.

-A ver que pasa, ponte abusado, están borrachos, mantén los ojos abiertos, René.

Analizó la escena. Sí, eran como una docena, todos con algún grado de alcoholización, algunos con botellas de cerveza en las manos, y otros más a la expectativa, esperarían que la madriza progresara, para intervenir.

-¡Déjenme al güero! –gritaba el jefe, y se lanzó contra él, se hizo a un lado, lo empujó, y lo mandó de cara contra el pavimento, Barrientos se levantó furioso, y trató de golpearlo con las manos, pero lo pescó por las muñecas, lo atrajo, cuidándose de lo que pudiera hacer con los pies, y lo arrojó de espaldas lo más lejos que pudo, lo vio rodar por el suelo, tuvo la impresión de haberlo lanzado como a cuatro metros, y ese pensamiento lo dejó estupefacto por un instante- ¿De dónde salió esa fuerza?- se preguntó, sacudiéndose el incipiente estado alterado, no era momento de ensoñaciones ni viajes astrales; al ver que su jefe no progresaba, los demás se dejaron ir contra los dos.

Al primero le fue mal, estaba tan borracho que parecía que caminaba hacia atrás, como moonwalking, lo agarró por un hombro, y le dio la vuelta, lo apuntó al montón, prendiéndolo del cuello de la camisa con una mano, y lo empujó fuertemente por el trasero con un pie, y fue a estrellarse contra dos de sus cuates, que amortiguaron el clavado.

El Barrientos volvió a la carga, con el amor propio magullado, y lo arremetió como suicida, a ojos cerrados; él lo prendió por los brazos y, tras darle una vuelta de aviada, lo lanzó contra la pila humana, que iba creciendo. Así se cumplía el triple propósito de mantener alejados a los atacantes, evitar que sufrieran un golpe muy fuerte que escalara la violencia, y lo más importante: se fomentaba el acercamiento entre los miembros de la pandilla.

Pero el escalamiento sobrevino de todas maneras. Se dio cuenta de que René ya no estaba a sus espaldas y volteó, para ver a su amigo tirado en el suelo, sangrando por la boca.

-¡Levántate, cabrón! –gritó, mientras veía a la reagrupada pandilla que se acercaba en pleno, algunos blandiendo botellas de cerveza, incluyendo al Barrientos, que se apoyaba en uno de sus secuaces, usándolo como bastón, y los arengaba:

-¡Pártanles la madre!

Uno golpeó su botella contra el filo de la banqueta, para improvisar un arma blanca, con tan mala suerte, que se cortó una mano al caer sobre el casco roto; aterrorizado, comenzó a sangrar copiosamente, a la vez que gritaba de dolor. Volteó a verlo, el pobre se quejaba como herido de muerte, y varios fueron a auxiliarlo.

-¡Pártanles la madre! –insistía, obsesionado, mientras su pandilla se batía en retirada, llevándoselo por la fuerza; el Barrientos no entendía lo que estaba pasando: sus subordinados ignoraban su autoridad, y su sed de venganza se veía frustrada.

-¡Pártanles la madre! –se continuaban escuchando a lo lejos sus gritos destemplados y pastosos, mientras él atendía a René, que aún no se podía poner en pie.

-¿Qué te pasó? Te dije que no te descuidaras, ¿Por qué te separaste de mí? De repente no sentí que estuvieras a mi espalda –lo interrogó con cuidado, midiendo su molestia.

-Es que quería verte pelear, cabrón. ¡Uta, mano! Los aventabas como a tres metros, uno tras otro, vato, ¿Cómo le haces, cabrón? ¡Tenía que verte pelear, carnal! – le explicaba René, emocionado.

-Sí René, pero te rompieron el hocico –le recordó, sin necesidad.

-Sí, me agarraron descuidado, fue un patadón…pero no importa, sólo me reventaron el hule y se me aflojó un diente ¡No cabrón, carita, bueno para los fregadazos, tenía que verte, valió la pena, cabrón! –complementaba René sus inspirados comentarios.

-A ver, trata de pararte, René, ¿Puedes hacerlo? –lo animó.

En eso estaban, cuando llegaron como veinte pandilleros más, y uno le preguntó:

-¿Qué pasó, mi buen, tú eres el güerito?, si quieres, ahorita te traemos al Barrientos para que te lo pongas parejo tú solo.

-No, mira, íbamos al teatro, allá por el monumento a la Madre, pero la madrina se nos adelantó, ve como quedó mi cuate; no tenemos bronca con el Barrientos, es la primera vez que nos encontramos con ellos, y gracias por hacernos el quite – le explicó con sinceridad, pues la pandilla rival les había salvado el pellejo.

-¿A poco vas a decir que no le quieres partir su madre al Barrientos? él se las iba a partir a ustedes – le insistió el recién llegado.

-Mejor ayúdenme a subir a mi amigo al camión, a lo mejor podemos llegar a tiempo todavía –les insistió; lo que deseaba era alejarse de aquel lugar. Nada más.

-Como quieras, cuate, me dijeron que mantuvieron a raya a toda la flota del Barrientos por bastante rato ¿Eh? – comentó el líder de la pandilla enviada por la oportuna providencia.

-Hasta que llegaron ustedes, muy a tiempo. Ahí viene nuestro camión –dijo, a guisa de corolario, mientras le hacía discretas señas a René, para que permaneciera callado, no les fuera a hacer la crónica que ya le había hecho a él. Cuando estaban adentro del camión, René sintió que podía romper el silencio, y le dijo:

-Oye, ¿Por qué mejor no nos vamos para la casa?

-Porque no nos conviene que ninguna pandilla nos identifique con la quinta, con todas las mujeres que viven ahí, ¿Quieres que nos vengan a visitar un día de estos? – le aclaró.

Él y su palomilla acostumbraban ir seguido al teatro universitario, primero al Caballito y después al Arcos Caracol, y al Sullivan y a los del IMSS, algunas obras las veían varias veces, como Olímpica, de Héctor Azar.

Pero aquella vez, René no estaba en condición de soplarse la función, al llegar al monumento a la Madre, presentaron sus respetos y fueron caminando al Sanborn’s La Fragua, a echarse un café con pastel, que René vomitó, afortunadamente en el baño.

René estaba mal, con la ropa empolvada y rota, y la boca reventada y ensangrentada, no presentaba un aspecto agradable; al día siguiente amaneció peor, pero a la semana ya pudo comer de todo.

Él también tardó en recuperarse de la adrenalina que le invadió todo el organismo; el miedo y el coraje lo convirtieron en una especie de troglodita, y pasó bastante tiempo sin ganas de querer hablar mucho del episodio, por lo que todos se quedaron con la versión heróica de los hechos, a cargo de René.

-¡Valiente héroe con diarrea soy! –pensaba, pero no lo externaba.

Nunca más volvieron a ver al Barrientos ni a su pandilla, nunca más tuvieron problemas con ninguna otra, ni volvieron a saber de la que los salvó, providencialmente, de una madriza de antología.

El recuerdo del suceso tenía dos catalizadores:

René, que a la menor provocación relataba toda la aventura, con lujo de detalles, y los graffiti en las bardas de la colonia: BARRIENTOS, EL VICIO Y LA VIRTUD, que se deslavaron con el paso del tiempo.

-*-

Wama era un hombre joven, aparentaba unos treinta años, o quizá un poco más, algo aniñado, o quizá se esforzaba por identificarse con la raza de prepa y con la recién ingresada a profesional. A diferencia de su clientela, él ya tenía resuelto el misterio de la vida, sabía cómo se la iba a ganar, cómo iba a procurarse el sustento por el resto de sus días, a diferencia del Barrientos, que andaba por la vida dándose de topes contra el Stablishment; para Wama, eso era pan comido.

Era ciego funcional, un oftalmólogo lo podría declarar débil visual, técnicamente ciego para fines legales, lo que significaba que estaba incapacitado para cargar con el peso de cualquier responsabilidad, por pequeña que fuera. Por lo menos, eso era lo que Wama pensaba. Su actividad cotidiana consistía en ambular parsimoniosamente, en peregrinar por los espacios abiertos de CU, o de otros complejos o instituciones de educación media superior, o superior, excepto las privadas, donde se le consideraba “contaminación del paisaje”, pero en los planteles públicos, su facha era un plus, ahí, Wama era otro “broder” más.

Seguido andaba en las cafeterías de escuelas y facultades exponiendo su ideario y procurando la papa y la lana, sobre todo en Filosofía y Letras, Derecho, Economía, y Ciencias Políticas, donde siempre ha habitado la raza más alivianada. Ahí, donde a las gringuitas de los cursos de verano, las hacían deletrear, a gritos: ¡TNSLPPTSO!, donde a los perros de Economía les daban su novatada con mariachis, que terminaban pagando ellos mismos, o los ponían en el ácido, cuando los alumnos de años superiores, impostando a catedráticos, les decían que en su materia se leía El Capital de Marx, en alemán, y que debían conseguirse un juego de “curvas de la indiferencia”, y comprar batas blancas, para poder entrar al Laboratorio de Matemáticas.

Algunas veces apoyado en un estudiante apiadado, reclutado como lazarillo, otras ayudándose con su báculo, que agitaba teatralmente, para ir desbrozando imaginariamente su camino, Wama recorría sus dominios, venteando a sus parroquianos, los incitaba a la compasión, divulgando con el ejemplo su filosofía de vida, provocando la dádiva, y casi siempre quería el remedio y el trapito: una torta en la terminal de camiones y -¡Acompáñame por un rato, al menos a Arquitectura!- les pedía, nada de que “comes y te vas”.

Se metía, aunque no tuviera ganas de hacer del número uno, ni del dos, a los sanitarios de las facultades, se asomaba por encima de la puerta de un privado, y le preguntaba al estreñido, que se aliviaba milagrosamente, con sólo escuchar su voz y observar su mesiánico rostro, que aparecía hablándole súbitamente, desde las alturas, con voz entre suplicante e imperativa:

-¡Hermano, broder! ¿Vas a tardar mucho? –al tiempo que golpeaba con fuerza la puerta metálica del WC, con el largo bastón o con sus zapatones ortopédicos, haciendo que el miedo abandonara a chorros, escapándosele por el sur, al pensador universitario en turno.

Se comentaba que la enfermedad que Wama padecía era operable, lo habían diagnosticado en la Facultad de Medicina, pero nunca aceptó someterse a una intervención quirúrgica; consideraba que su defecto era un don, un regalo divino, que le facilitaba un modus operandi que él había convertido en su modus vivendi.

Su presencia perduró hasta fines de los sesentas o mediados de los setentas del siglo pasado, o hasta cuando ya no pudo decir hermanos, “broders”, a sus patrocinadores, cuando las compañeras universitarias dejaron de tener compasión por él, cuando empezó a serles repulsivo, o quizá se volvió realmente invidente, ciego, después de tanto tiempo de negarse a ver.

Era un individuo corpulento, de cerca de dos metros de altura, vestía ropas sucias, aunque no raídas, pantalones con tirantes improvisados con tela, o con una soga por cinturón, a veces usaba también overoles de mezclilla. De piel olivácea, largo cabello ondulado, grasiento, que le caía sobre los hombros, camisas de obrero, playeras rayadas, lentes oscuros, el largo bastón de madera y unos zapatones, aparentemente repelos del monstruo de Frankenstein, con gruesos tacones y suelas, que aumentaban su estatura hasta diez centímetros.

A mediados de los sesenta, él y una amiga paseaban por el tramo entre Economía y Filosofía y Letras, por la Facultad de Derecho, y vieron a Wama platicando con unos prospectos. La amiga, curiosa, quiso detenerse a observar, y luego le preguntó:

-Oye, ¿Por qué Wama usa esos zapatotes?

-¡Ah, sí! – le dijo -¿Te has fijado que algunas personas calzan un zapato con la suela y el tacón más gruesos que el otro?

-Sí ¿Y qué con eso? –dijo ella, interesada.

-Bueno, pues es que tienen una pierna más corta que la otra –le explicó.

-¿Y Wama? –insistió, intrigada.

-Wama tiene el mismo defecto, pero en ambas piernas – completó la hipótesis.

-*-

Hay connacionales que piensan que México debe anexarse a los US of A; no pertenecen a las esferas gubernamentales que negociaron el TLC, el NAFTA, obviando el tema migratorio, y descobijando al sector agropecuario, ni son sólo empresarios malinchistas, sino ciudadanos comunes, quisieran que Tijuana pareciera San Diego, que Monterrey y Houston se confundieran y que nuestro D.F. fuera una mezcla entre Washington y New York. Anhelan ser captados por el american way of life, y sueñan que son adoptados, arropados por la sociedad WASP, de anglosajones. Ignoran la discriminación múltiple, que destaca el ascenso de celebrities pertenecientes a las minorías, pero soslayan la segregación de las mayorías multirraciales y pluriculturales. Estos “compatriotas” reos de fascismo o nazismo mestizo, basan su remedo de supremacía en una supuesta pureza de raza, reniegan de sus raíces indígenas, trepados en su status social y económico. Los insultos que prefieren y profieren, tienen una clara connotación: piojo, pelafustán, muerto de hambre, pelagatos, prole, naco, igualado, pelado, prieto, indio, etc.

Su conducta se asemeja mucho a las engendradoras de totalitarismos autoritarios y genocidas.

En toda sociedad existe una mayoría solidaria e incluyente, indefensa ante el poder, un poder que simula un sistema jerárquico de méritos, camuflando un individualismo descarnado, que se come su pastel, y el de los demás. Con dádivas ocasionales, el poderoso pretende paliar los problemas que causa, patrocinando beneficiencias, y “comprando” su lugar en la otra vida.

_._

Estudiaba en la UNAM, fue de vacaciones a Ensenada. Consiguió un empleo en un complejo turístico, a 50 km al sur, en la costa, un hotel con pista de aterrizaje, centro comercial, trailer camp, restaurantes, y tiendas de mercancía importada, aprovechando la zona libre. Mucha clientela arribaba en avioneta. Vivió ahí una corta temporada.

Al ver la contabilidad, advirtió diferencias en precios, inventarios y facturación. Consideró pertinente reportar sus hallazgos al dueño; lo escuchó y agradeció la información, y le aseguró que tomaría cartas en el asunto, y le asignaría otro encargo.

Salió de ahí satisfecho y, considerando que merecía un descanso, fue a pasear por los jardines, a recorrer las áreas, y a dar una vuelta por la playa rocosa. Era temporada baja, la clientela se concentraba, en su mayor parte, en la zona de remolques; de norteamericanos jubilados, y unos pocos huéspedes en el hotel, que no lograban ocupar ni el 25% de su capacidad.

Cuando pasaba frente a la recepción del hotel, una familia de negros norteamericanos emergía de un lujoso Cadillac Eldorado blanco, de reciente modelo, probablemente descendientes de aquellos esclavos que adoptaron los apellidos de sus antiguos amos, o de sus defensores y libertadores, Washington, Lincoln, Jones, Brown, Jefferson, Smith; eran clientes que hacían sus reservaciones desde ciudades del sur de Estados Unidos.

Como nadie venía a ofrecerles ayuda, el padre y dos hijos varones, cargando con su equipaje, entraron, seguidos por la esposa, la abuela, y una hija, como de quince años.

Era muy agradable ver a los turistas gringos, esmerados en su arreglo personal, sobre todo a las mujeres, entre más edad tienen, ponen más cuidado en su aspecto, especialmente las de color, o afroamericanas, como se estila decirles ahora, las que más se lucen, son las ancianas, con ligeros y elegantes sombreros, vestidos claros, tonos pastel, azul, durazno, rosa, y guantes blancos impecables, y zapatos lustrosos que parecen recién sacados de sus cajas, nuevecitos, y dejando una estela perfumada al andar. La esposa parecía la madre de la novia, si es que venían de, o iban a, una boda.

Sobre todo en aquel tiempo, así era; hoy en día, la informalidad se ha generalizado. Enhorabuena.

Viendo la escena, aprovechó la sombra de las palmeras Washington, que abundan por todas partes, junto con las datileras, y se entretuvo unos minutos, le sorprendió ver a la familia de negros salir de nuevo, con todo y maletas.

-¿Qué sucede, ya se van? – le preguntó al hijo mayor.

-No hay vacantes, nos dijeron -le contestó- no entiendo, teníamos reservaciones desde hace meses.

Él tampoco entendió, le convenía al negocio hospedarlos, de seguro planeaban gastar bastantes dólares durante su estancia, con casi todo el hotel a su disposición. Era increíble que los trataran así, viajaron cientos de millas para hospedarse ahí.

Cuando regresó a la tienda, el gerente lo recibió con un cheque por los días que llevaba trabajados, y con la noticia de que, a partir de ese momento, prescindirían de sus servicios. Entonces lo entendió todo: la contabilidad, la discriminación, y su despido.

Un vecino, en la Capital, le comentaba que no tenía nada en contra de los negros, y agradecía a Dios de que en México casi no hubiera, y se lamentaba de que en los Estados Unidos, sí.

-Debe ser duro tener un problema negro, como los pobres gringos – los compadecía.

La raza negra es nuestro tercer orígen, después del indígena y el hispano. El vecino parecía ignorarlo, o era otro caso siquiátrico de negación de la realidad.

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-xxii-

El 68 lo agarró recién salido de la UNAM, trabajaba en Recursos Hidráulicos, en un programa de pequeñas obras de riego; era la etapa previa a ser enviado al noroeste, a realizar estudios socioeconómicos, con objeto de identificar, evaluar y justificar proyectos susceptibles de ser financiados con créditos del BID, el Banco Interamericano de Desarrollo, complementados con recursos presupuestales internos. Consistían en la perforación y equipamiento de pozos y la construcción de pequeñas presas, para el riego de superficies de cien hectáreas, en promedio, aunque, con frecuencia, se beneficiaban áreas mayores, de ejidos y pequeñas propiedades; el agua se usaba también para el uso doméstico, la primera prioridad. Conceptualmente, el programa era magnífico.

En aquellos años, las oficinas centrales estaban sobre Paseo de la Reforma, frente a la glorieta de Cristóbal Colón. Ahí convivía, en un ámbito de transición, con jóvenes y viejos profesionistas: ingenieros, sociólogos, economistas, veterinarios, arquitectos, abogados, etc. Al cobrar fuerza el Movimiento Estudiantil, cada quien tomó partido, y constantemente se discutía el desarrollo de los acontecimientos; los ánimos se calentaban día con día. Con frecuencia se daban ausencias de los más identificados con la lucha, por las gripes de 24 horas, que menudeaban, en misteriosa sincronía con movilizaciones convocadas por el Consejo Nacional de Huelga (CNH).

En términos generales, se diría que de un lado, estaban los jóvenes idealistas y del otro, los viejos anquilosados, aunque un análisis más riguroso mostraba a las generaciones entremezcladas, había mayores que estaban más a la izquierda que algunos jóvenes fascistas, pero la brecha generacional siempre mete mucho ruido, es como un lindero, muchas veces real, el idealismo demanda más energía que la defensa a ultranza del status quo. Los economistas, sociólogos y un que otro técnico concientizado, formaban un grupo más o menos compacto.

Ello se hacía evidente, en las oficinas, cuando las marchas pasaban por Reforma y los granaderos o policías, perseguían a los estudiantes, y un ingeniero septuagenario, con Parkinson, se acercaba tambaleante a los ventanales, se asomaba a la calle y decía, tartamudeando, con su espasmódica voz:

-¡Mi-míren co-cómo co-co-rren l-los pe-pelafu-fus-tanes!¡Fri-friéguenlos, po-po-licías, fri-friéguenlos, je-je-je-je-jé!

Así se expresaba, cuando veía a un manifestante alcanzado por un toletazo; pero un joven arquitecto, con quien congeniaba, con el que comentaba libros que compraban en el Mercado de Paperbacks, por Reforma, pasando el monumento a Cuauhtemoc, se paraba detrás del retrógrada, donde no lo pudiera escuchar bien, y decía, para el resto de la oficina, en un tono de irónica justicia poética:

-¡No tiembles, cobarde, no tiembles! –desatando las risas contenidas de quienes alcanzaban a escucharlo. El anciano las creía muestras de coincidencia, de identificación con él.

La situación se puso cada vez más grave, y no era sencillo trabajar y simpatizar abiertamente con el Movimiento, y no podían olvidar que su patrón era el Gobierno Federal, pero cuando el ejército tomó la UNAM, organizó un acto de protesta. A media mañana, todo el piso, todos de pie al lado de su escritorio o restirador, suspenderían labores por quince minutos, lapso mínimo para que todo mundo se percatara de la actitud condenatoria de los universitarios, y el máximo para que no los acusaran de huelguistas. Fue un éxito, sólo el viejo ingeniero tembloroso andaba de un lado para otro, preguntando, sin respuesta, qué estaba sucediendo; nadie, aparte de él, se lo explicó, tras lo cual se quedó callado, y fue a sentarse a su lugar, emberrinchado, y neutralizado.

Desde ese día, fue vigilado, y al no poder relacionarlo con acciones subversivas dentro de la Secretaría, dos gentes del área administrativa fueron destacados para que lo investigaran directamente, fingiendo ser partidarios del Movimiento. Después de una semana de platicar con él sobre todo y nada, uno de ellos le preguntó a boca de jarro si era miembro del CNH, porque ellos dos estaban muy interesados en participar también; les aclaró:

-Decir a ustedes que soy miembro del CNH, sería una impostación, algo que no es verdad; francamente, no es honesto arrogarse algo que no le corresponde a uno, sería como engañar a alguien para ganarse su confianza y después traicionarlo, ¿No lo créen, o serían ustedes capaces de hacer algo así?

Esa fue la última vez que se le acercaron. A finales de año, después de la masacre de Tlatelolco, cuando habían pasado las Olimpíadas, y después de que la represión ahogó al Movimiento Estudiantil, partió a Hermosillo.

Un general, attaché militar de nuestra embajada en Washington, le exponía su opinión sobre el 68, con la estrecha perspectiva de un lustro:

-Cuando un hijo se descarría y no reconoce la autoridad del padre, éste se ve en la necesidad de orientarlo; al principio, trata de que el muchacho entienda razones, dialoga con él y le da consejos, pero si el hijo no entiende y persiste en retar a quien posee, de todo derecho, la patria potestad, se ve entonces en la obligación de disciplinarlo. El padre impone la disciplina con unas buenas nalgadas, que pueden ser dolorosas, pero eso es preferible, a ver cómo el joven se descarría, y es peor, si contamina a otros, y todos se echan a perder. Es como la manzana podrida, que hay que sacar a tiempo de la caja, una lección, oportuna, puede ser la mejor manera de protegerlos. Eso fue lo que sucedió entre los estudiantes y el gobierno, en 1968.

-Pero hubo muchos muertos, general – se aventuró a comentarle.

-Sí, desafortunadamente. Peor hubiera sido, si el gobierno no actúa con firmeza, aunque sí es cierto que las consecuencias se hubieran moderado, si el gobierno no se tarda tanto en intervenir de manera contundente, quizá no hubo suficiente oportunidad; el problema creció, y con las Olimpíadas encima, no hubo más opción que la mano dura. Pero se evitó el desastre.

El conflicto, recordaba, se inició por un incidente entre una Voca del Poli y una prepa privada. El primer enfrentamiento se dio porque le faltaron al respeto a una alumna, y la afrenta se lavó con una batalla campal, y hubo intervención brutal de la fuerza pública; el problema escaló y se politizó, se identificó con el Mayo del 68 francés; también evolucionó, para convertirse en una lucha por reivindicar demandas democráticas, las más, impensables, aún para Francia. En México, la UNAM fue la correspondiente a la Nanterre francesa, y el gobierno juzgó descabelladas las peticiones del CNH, pretextó una conspiración extranjera y aplastó a los jóvenes, y a una buena porción de la sociedad, que participaba y simpatizaba con el Movimiento; la represión aumentó, con su clímax el 2 de Octubre, que jamás se olvidará.

-*-

El BID condicionaba los desembolsos de los préstamos, a que cada proyecto contara con un estudio socioeconómico, y la factibilidad técnica indispensable. Eso hacía que el economista y el sociólogo se conflictuaran con los ingenieros civiles, los agrónomos y los médicos veterinarios y zootecnistas; se tomaban como falta de confianza en su profesionalismo, una intromisión. Como era tan absurdo, ellos no se hacían eco del descontento de los técnicos, los estudios constituían un requisito establecido en los contratos. El más objetado era el sociólogo, decían que su papel se reducía a verificar que se deseara y necesitara la obra, algo obvio para ellos.

La participación del economista les parecía más clara, reconocían que era preciso determinar con cifras la rentabilidad de las obras y que su relación beneficio/costo las justificara; intervenía en la definición del plan de cultivos que las haría autofinanciables en el menor tiempo, y por el mayor número de años. Eso, además de recabar la mayor parte de la información y redactar el estudio, en lo que participaba también el sociólogo.

La relación interdisciplinaria distaba de ser armónica, ni siquiera era disciplinada, a pesar del arbitraje del coordinador regional; ingeniero al fin, no se quitaba su camiseta gremial, ni se ponía la institucional; las fricciones rebotaban hasta ámbitos extralaborales, como sucedió con la rifa de un reloj que él se sacó, y se resistieron a respetar, con el pueril argumento de que ya tenía uno, y el robo de una cámara, lo que trató de prevenir, cargándola todo el tiempo, colgada a su cuello, pero el agrónomo insistió en dejarla en las oficinas, si no, los de Cajeme pensarían que los consideraban indignos de confianza, casi rateros, y accedió; la cámara desapareció para siempre jamás. Le propuso que compartieran la responsabilidad, a lo cual se rehusó, argumentando que el resguardo no estaba a su nombre. Se levantó un acta, que no prosperó, y en adelante, tuvo que usar su propia cámara. La relación con el agrónomo se deterioró.

El deterioro escaló con un traspié del sociólogo, se desveló el último día en Baja California Sur. No llegaron al aeropuerto, perdieron el vuelo La Paz-Mazatlán, con el coordinador regional. El taxista les preguntó si querían ir al aeropuerto nuevo, dijeron que sí, y cuando llegaron, aún estaba en las primeras fases de construcción, y desde el taxi vieron cómo despegaba su avión del aeropuerto viejo, el único en operación; se tomó como un desacato. Pero el sociólogo cayó de la gracia del jefe, porque tenía un carácter muy elemental, de chamaco, con mañas acumuladas durante un cuarto de siglo. La puntilla le llegó después.

Se corrió la voz de que por fin, la esposa del coordinador viviría en Hermosillo, con el resto la familia; las secretarias hablaban de los arreglos que se habían hecho a la casa que habitarían; todo mundo, a querer o no, se enteraba de los detalles; también le organizaron una sencilla reunión de bienvenida.

Buen rato estuvieron el jefe y la señora acaparados por esposas de ingenieros, y de colaboradores cercanos, algunos, amigos de ellos, desde hacía tiempo, tomaban refrescos, vino, canapés y pastitas, y trataban de hacerla sentir a gusto. Los solteros no tenían para qué acercarse, a menos de que fueran requeridos, con que estuvieran a la vista, era más que suficiente; el coordinador, de origen árabe, era bastante celoso, a juzgar por lo que se oía en radio pasillo; la señora era una clásica odalisca, transpiraba feminidad: de blanca tez, y tonos rosados en las mejillas, adornadas con hoyuelos, igual que sus codos, y el pelo como ala de cuervo, era fácil imaginarla como belly dancer.

El sociólogo, malaconsejado por el vino, y ruborizado por la timidez, se animó a acercarse a saludarla, ignorando las recomendaciones en contrario, que él le había hecho. Y se le oyó murmurar, sin levantar la cara, al estrechar su mano:

-Sea usted muy bienvenida, señora…

Ya la había librado, pero, de salida, se dio media vuelta para decirle al coordinador, en su recién adoptada voz de neonorteño bronco, pues era originario de Tlaxcala:

-¡Ahora sí, ingeniero, a andar derechito, nadita de nada! ¿Verdad?

-¡No hay nada de nada, ni nunca ha habido! –le gritó, visiblemente irritado, el coordinador, y le volvió la espalda. Ignorándolo, siguió platicando con su esposa y la gente cercana.

El sociólogo, sin emitir un sonido más, se fue alejando, hasta salir del salón y del edificio, de Hermosillo y del estado de Sonora.

-*-

El poblado de Bacadéhuachi, al noreste de Sonora, casi esquina con Chihuahua, en plena sierra, sobre un cerro de suave pendiente, con menos de tres mil habitantes, es cabecera del municipio homónimo. En 1969, su calle principal lo dividía; entrando a la izquierda, hacia abajo de la ladera del cerro, había dos niveles, dos calles trazadas, donde vivía la gente próspera, agricultores y ganaderos de mayor o menor importancia, algunos con negocios en el comercio local, de abarrotes, ropa y aperos de labranza y demás enseres y productos relacionados con la actividad agropecuaria; a la derecha, hacia arriba del cerro, los niveles socioeconómicos se difuminaban rápidamente, hasta desaparecer entre el raquítico monte, ahí vivían, en las primeras calles, las mismas clases pudientes, pero al poco trecho estaban los empleados y los peones de la gente poderosa. Alrededor del parque y plaza municipal, se encontraban las oficinas públicas, la escuela, la clínica rural, el ayuntamiento, la iglesia, la cárcel, el correo, y demás.

Arriba, donde el pueblo perdía el trazo, entre algunas casuchas y chozas, encontró al maestro principal, de los dos que había. Estaba parado frente a un árbol pelón, en cuyo tronco, y en equilibrio muy inestable, sobre un muñón de rama, estaba lo que aún restaba de un espejo, luego de múltiples caídas, de forma irregular, más o menos triangular, descansando sobre la hipotenusa y recargado en el vértice de los catetos. En un banco de madera, tenía una bandeja de peltre despostillado, con agua jabonosa aún vaporizando, donde enjuagaba de vez en cuando una hoja de afeitar Gillette, de las rojas, delgadas, de doble filo, que se montaban en un rastrillo, pero ésta estaba partida a la mitad, y sólo era un filo, sin rastrillo; el profesor tomaba aquel trozo de metal entre el pulgar, el índice y el medio, y a tientas, sin el espejo, ponía el metal en contacto con la piel, en ángulo muy agudo, y empujaba, descañonando tramos de barba y bigote.

Debía platicar con el maestro, la principal y la más fidedigna fuente de información local, fundamental para el estudio socioeconómico que justificaría el único proyecto hidráulico posible en el municipio, una presa de regular tamaño. Era muy difícil para él concentrarse en la entrevista, pues el trozo de navaja se retorcía en formas imposibles de prever.

-¿Y para qué quiere el espejo, profesor? – le preguntó.

-Nada más para ver cómo quedé. –le respondió.

-¿Nunca se corta? – le insistió.

-Con demasiada frecuencia –dijo el maestro, visiblemente divertido.

-¿Y el rastrillo? –continuó preguntando, en el mismo orden de ideas.

-Hace mucho que lo perdí –comentó el mentor, sin darle importancia al hecho.

-¿Por qué no cambia de navaja? –lo cuestionó, abiertamente.

-Esta todavía aguanta varias rasuradas –remachó el profesor.

Comprendió que lo mejor sería regresar al objetivo central, y recabó todos los datos que el maestro quiso aportar, sobre la economía, y las estructuras de poder y autoridad, que entonces privaban en el rústico municipio de Bacadéhuachi.

Regresó muy pronto a esa parte del pueblo. Ese mismo día, casi al anochecer, después que los integrantes de las brigadas técnica y de estudios socioeconómicos terminaron de comer en casa del munícipe, quien, con unas cervecitas encima, empezó a ponderar las virtudes del bacanora, destilado del agave del mismo nombre; él confesó no conocerlo, a pesar del origen sonorense de su familia materna, nomás sabía el nombre. Para remediarlo, se integró una comisión, con todos los presentes, que iría a la fuente del licor, pueblo arriba, ya entre el monte, más allá de la casa del maestro.

Llegaron a una choza de troncos delgados, como empalizada, de los que se usan para los cercos y los corrales, pero muy juntos; entre la madera rústica se veía luz y movimiento, y se escuchaban ruidos y voces agudas en el interior. El presidente municipal le gritó a los de adentro y, tras una ininteligible respuesta, la puerta se abrió, una cabeza asomó, e inició la negociación, que rápido se convirtió en promesa de cárcel, la producción clandestina de alcohol es delito; en este caso la advertencia era para que no fueran a venderle una bebida de calidad inferior, como tantas veces le había sucedido, en el pasado reciente.

El interlocutor respondía y discutía sin cesar, con voz desgarrada y suplicante, vehemente y angustiada. Treinta y tantos años después, recordando el episodio, pensaba que aquel personaje, gangoso y de labio leporino, se parecía, físicamente y en la voz, al Gollum, a la batracia criatura que acompañaba a Frodo Baggins, pretendiendo adueñarse del famoso anillo, en la saga de Tolkien.

Entre amenazas para el curioso y desgraciado individuo, salieron de ahí con el pomo; regresaron a casa del Alcalde, quien cató el brebaje, dio su visto bueno y le dijo que la costumbre era que en la iniciación, se tomaba un vaso lleno, de los chatos chicos, los clásicos de batalla, de un solo trago, y que si lo podía aguantar, ya estaba del otro lado. Los locales lo secundaron, los de las brigadas hicieron mutis. Confió en su anfitrión, analizó su bouquet, muy suave, su color, cristalino; con la luz artificial, parecía nacarado, como buena grappa italiana, o así se le figuró. Le pegó un trago gordo, pero el Alcalde lo animó a que cumpliera el ritual.

El bacanora tenía la textura de un aceite ligerísimo, fresco, que le aclaraba la garganta, de sabor casi imperceptible, y cuando trató de descifrarlo, el vaso estaba vacío; le aconsejaron que no repitiera, que no ampliara la dosis, no era conveniente romper la liturgia.

Era casi el fin de enero, y como las diez de la noche, en plena sierra, todos con chamarras, sombrero, y botas, el aliento se condensaba, helado, al salir por boca y nariz, no había nubes en el cielo cuajado de estrellas; no sabía si la ropa le molestaba o si el calor interior le invitaba a aligerarse, pero, al rato de estar escudriñando el inmenso firmamento, se dio cuenta de que sólo vestía su camiseta de manga corta, y se sentía libre, sin conciencia de su cuerpo, como un espíritu inmaterial en el éter, -así debe sentirse la muerte –pensó, liberado del peso de su organismo. Vio para abajo, confirmó que sus pies seguían realizando su función básica, sosteniéndolo, al borde de un profundo barranco.

Sorprendido, dio unos pasos atrás, un poco más consciente de lo que estaba sucediendo. Se sentó sobre una roca, revisando alrededor, para asegurarse de que no corría peligro, y se dedicó por largo rato a la meditación trascendental, hasta que sus compañeros le propusieron que se fuera a descansar, era cerca de la medianoche, le regresaron la camisa de lana y la chamarra que les había encargado antes; se puso la chamarra y se fue a dormir. Despertó como siempre, a las seis de la mañana, sin rastros de la borrachera sicodélica.

Volvió a tomar bacanora, ninguno como el de Bacadéhuachi. Parecía mezcalina.

-*-

El Munícipe de Bacadéhuachi se refería con ironía a su terruño:
-¡Aquí, sólo se puede estar, borracho, o loco!
Era ganadero, tenía la tienda más importante de la cabecera. Ahí, su hermana se hacía cargo; era joven, guapa y bravía, de una blancura total, no se le encontraba lunar o peca, en la piel que exponía, usaba blusas de cuello abierto, sin mangas, pelo negro con destellos azules, sus ojos, inquisidores, no le permitían distraerse en su presencia; pero estaba vedada, la aislaba la autoridad; ella notó la exagerada atención que le dedicaba, y aprovechó para revelar el secreto de su inmaculado cutis, un tratamiento radical de defoliación:
En una ocasión, descargaban mercancía llegada de Hermosillo, y un garrafón de alcohol de 96 grados GL, se rompió por accidente; estaba al lado del camión, vigilando las maniobras y daba instrucciones para el acomodo de cada caja, el combustible la empapó de la cabeza a los pies; había velas y quinqués por todas partes en el almacén, aún no se instalaba la energía eléctrica, hubo contacto con una llama, y se vio convertida en antorcha.
Alguien atinó a cubrirla con una cobija, sofocando el fuego. Sufrió quemaduras en todo el cuerpo. Trajeron bálsamos y pomadas, y los rechazó, pidió que la sumergieran, desnuda, en agua con hielo, y se aguantó el dolor, no quería perder el mando, lo que temía era que a alguien se le ocurriera contravenir sus instrucciones; solita se trató, no le quedó una sola cicatriz. Lo platicó con pasión y entusiasmo, a él le sobraban deseos de ver el milagro completo; pero, en lo que se apreciaba a simple vista, tenía un cutis perfecto. Ella se sonreía, con tal intención, que pensó que era telépata, como las que se encontraba de cuando en cuando. Algo mayor que él, tenía cerca de treinta años, pero era fruta prohibida. No había manera de verla a solas. Se tenían que contentar con mirarse.
El alcalde hablaba de Bacadéhuachi, con rencor de oriundo, no con amor ciego, sino con las ganas que tenía de mejorarlo, y de mejorar su status, de paso; era un paraje serrano, árido, de difícil acceso por brechas empinadas, transitables en secas, destruídas tras las lluvias torrenciales, esporádicas, mal distribuídas, o por avioneta, medio al alcance de pocos, exclusivo para los más ricos, como el Presidente Municipal, quien gobernaba a “ruinos”, de bajas posibilidades y de altas expectativas. Y para Secretarios, Gobernadores, y gentes con una misión especial, como él.
La salida para su economía, sería una obra hidráulica, prometida por casi todo candidato en campaña para Gobernador o diputado estatal o federal; los políticos pedían votos, y no regresaban para cumplir sus promesas.
Debía integrar el estudio socioeconómico de esa obra de captación, o de una serie de pozos para riego y uso doméstico; eran proyectos con antecedentes en esperanzas engañosas, con buenas probabilidades de realización, si resultaban susceptibles de crédito externo.
-¿Así que ustedes vienen a hacer otro estudio?, bueno, muchachos, sigan estudiando –decían, con voz y gesto burlón, les recordaban a técnicos que los habían frustrado tantas veces.
Les mostró planos de sus tierras, los veían por primera vez, con ojos de plato, les señalaba colindancias de los predios con nombres de los propietarios, y se asombraban al reconocerse y al ver como, al lado de las suyas, estaban las tierras del compadre. El más expresivo se echaba el sombrero a la espalda, se rascaba el cráneo, y exclamaba, maravillado:
-¡No cabe duda, todo está sujeto a las Leyes del Creador!
Mostró la cañada que se usaría como embalse de la presa que captaría el agua de las avenidas de los arroyos; alcanzaría para uso doméstico, agrícola y ganadero.
Trabajó un año en el Plan Nacional de Pequeña Irrigación, y la obra sí se realizó, pero tiempo después.
Del dicho del Presidente Municipal, se derivó el mote que se refiere a las “chicas Bacadéhuachi”, las que sólo pueden soportarse, si se está borracho, o loco.
Afortunadamente, en esa región cuentan con el mejor bacanora del mundo, que los salva de cualquier tipo de locura, y hace que la vida sea tolerable, aún disfrutable, en las alturas serranas del noreste de Sonora, casi esquina con Chihuahua.

-*-

Regresó varias veces a Bacadéhuachi, pero sólo hizo un intento por conseguir, como souvenir, una botellita de la poción del Gollum, por su cuenta, sin acompañantes.
Fue a casa del maestro, por alguna información complementaria, no lo encontró, y se le ocurrió seguir hasta la famosa choza empalizada, trataría de comprar el bacanora sicotrópico.
El gangoso estaba de buenas, completamente borracho, fue fácil ir al grano. Le confió que la destilería estaba cerca, la vigilaba un amigo, un fuereño que había llegado a esconderse en la sierra, por el año de mil novecientos cincuenta y tantos, era un ermitaño paranoico, que dijo tener 39 años, pero aparentaba 60. Creyó que era un efecto de su alcoholismo, pero no, vivía en un constante temor, él, y un grupo de camaradas, habían sido señalados por una peligrosa red de criminales de la frontera con California, él fue el único que se pudo pelar, mataron a los otros tres, para tapar el asesinato de uno de los hombres más ricos del Puerto de Ensenada.
El refugiado trató de regresar a su ciudad natal, pero sus parientes lo alertaron, los asesinos y rateros que se quedaron con toda la riqueza del comerciante, el dueño de El Bazar, continuaban tras de cualquier pista, las familias de los cuatro, eran vigiladas constantemente, a tres lustros de aquel fatídico martes de Carnaval.
Con eso tuvo suficiente, el gangoso y el paranoico le prometieron un galón del mejor bacanora que se pudiera conseguir, lo tenían en proceso de destilación, en unos días estaría a punto. Pero el plan no funcionó, el protegido del Gollum sospechó que él había sido enviado para matarlo, que al fin la larga mano de los conjurados que se habían apoderado de las vidas y del botín de sus cómplices, de tres de las cuatro mascaritas gordas, lo había alcanzado. Desesperado, no soportó la presión, destruyó el alambique y le prendió fuego. Huyó, y no se volvió a saber más de aquel último cabo suelto.
Prefirió olvidar todo el asunto, el bacanora, la incongruente historia del fugitivo y al gangoso de labio leporino. No le comentó nada al Presidente Municipal, se concentró en analizar la economía local, y en hacer estudios.

FIN
REGISTRO PÚBLICO DEL DERECHO DE AUTOR. En trámite.

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