Skip to content

George Soule


Traducción extraoficial, y resumen super libre del libro Ideas de los Grandes Economistas, de George Soule, por Narciso Acevedo.

 

 

ÍNDICE

 

ECONOMÍA

LA NACIÓN COMO MERCADER

LOS ECONOMISTAS CLÁSICOS

LOS SOCIALISTAS TEMPRANOS; KARL MARX

OTROS CONTESTATARIOS

LA CORRIENTE PRINCIPAL-EL CLASICISMO REELABORADO

LA REVOLUCIÓN DE JOHN MAYNARD KEYNES

LOS INSTITUCIONALISTAS-VEBLEN, COMMONS Y MITCHELL

EL USO DE LA ECONOMÍA

 


ECONOMÍA
                                                                                                                                Volver al índice

La práctica económica antecede a la teoría. No era un sistema, eran formas de llenar necesidades, probadas, modificadas, combinadas, conservadas o abandonadas, conforme a las circunstancias.

Dinero, precio, mercado, ganancia, interés, salario, inversión, impuesto y otros términos, son nombres de hábitos o instituciones, en muchas sociedades, y partes del diverso tejido de la experiencia, como otros, no considerados económicos: ropa, arma, educación, herramienta, arte, matrimonio, gobierno, y religión, por ejemplo.

La conducta económica es la forma en que la gente se gana la vida, ¿Cómo la familia, tribu o país, produce y distribuye alimento, ropa, vivienda y servicios?, ¿Cómo acumula o derrocha riqueza física? Los hábitos económicos cambian, según la cultura.

Aunque moderna, su nombre viene del griego: oikonomus, relativo a lo doméstico, al hogar. Su administrador ve por comida, vestido, abrigo y orden, que se realicen sus tareas, y su producto se reparta conforme a la necesidad o la costumbre; prospera por su habilidad, y por la diligencia de sus integrantes. La economía siempre incluyó juicios sobre hacer cosas, aprobación o reprobación de métodos, y un sentido de orden y eficiencia. Implica administrar en el interés común, y decidir entre políticas y entre programas. Está asociado a códigos morales, sobre formas de trabajo y distribución.

Los griegos la aplicaban al hogar, y a la ciudad-estado, su forma característica de gobierno. El estado era la polis, aún hoy, se dice ‘Economía Política’. No se concibe una sociedad moderna, donde el gobierno no juegue un rol importante.

Las ideas económicas estaban en religión, códigos o exhortaciones morales. En Babilonia, el código Hammurabi detalla prácticas de economía. La Biblia refleja el estado teocrático judío, y contiene normas contra avaricia, extorsión y riqueza exagerada. Justicia y piedad son parte de las relaciones económicas. Las admoniciones de los profetas atestiguan que al evolucionar, de tribu primitiva a orden comercial, se formaron fisuras y características. Los griegos, al inicio, eran economías hogareñas autosustentables, gobernadas por reyes y sacerdotes. Aparece la aristocracia terrateniente, y los campesinos y artesanos carecen de liga con el suelo. La guerra, con sus cautivos, creó los esclavos, para realizar trabajos manuales.

Navegación y comercio enriquecen a mercaderes y negociantes, que entran en conflicto con gobernantes terratenientes hereditarios. Por las tensiones de la sociedad cambiante, legisladores, políticos y filósofos crean principios para normar las relaciones económicas y otras clases de conducta, y la estructura del estado. La democracia en Atenas, en buena medida, expresaba intereses comerciales. Y no incluía a esclavos y artesanos.

Platón vivió en la madurez de la cultura ateniense, en el siglo IV A.C., compartía la tradición aristocrática que menospreció trabajo manual y búsqueda de riqueza, y exhaltaba al guerrero, al estadista y a los responsables de la agricultura. Rechazó el énfasis en ganancia que acompañó al auge del comercio. En La República, delineó su estado ideal, donde los gobernantes serían educados desde la niñez, y seleccionados por examinación competitiva. El artesano no tenía derechos políticos, sus ocupaciones le impedían prestar atención a los deberes de la ciudadanía. La clase en el poder no debía poseer más propiedad que la necesaria para mantenerse. La propiedad en común, sería la regla. La producción era la base del estado, y era necesaria la diversidad de ocupaciones: ‘nadie es autosuficiente, pero todos tienen necesidades…se produce más y más facilmente, y mejor, cuando cada quien hace lo que le es natural, en el tiempo adecuado, y deja de hacer otras cosas’. Adam Smith llevó más allá el principio de la especialización.

No gustaba de un estado muy grande. Debía ser suficiente para dar oportunidad a diversos talentos, y los ciudadanos debían conocerse entre ellos, para una ágil administración. Demasiada provisión para lujos, significa más gente y búsqueda de la ganancia, por sí misma. 5040 era el óptimo de establecimientos, y divisible entre todos los dígitos, incluyendo al 10. Curiosamente.

Aristóteles fue más observador que Platón, sus generalizaciones prevén las de la ciencia moderna, pues dependen, más, de datos disponibles.

Basó sus opiniones económicas en la buena administración del hogar. Los satisfactores de las necesidades vitales son la riqueza verdadera, que es nada, si se crea en exceso, o no se usa. Aprobaba el ‘arte de adquirir, practicado por los administradores domésticos y los estadistas’ no el comercio que persigue lucro. El intercambio de bienes, el trueque, ‘es natural, deriva de que unos tienen poco y otros mucho’. El detallismo ‘no es parte natural del arte de hacer dinero, si lo fuera, se dejaría de intercambiar al tener suficiente’.

Desaprobaba la moneda y los préstamos a interés. El dinero es útil instrumento de intercambio, pero si tienta a acumular ganancias o a prestar con rédito, es ‘estéril’, improductivo, causa disparidad en la riqueza, e irregularidades financieras. Como Platón, apreciaba la administración agrícola; creía que los trabajadores industriales no debían ser ciudadanos. Las artes ‘vulgares’ arruinan el cuerpo de trabajadores y administradores, los hacen llevar vidas sedentarias; hacinados en sus casas, pasan el día frente al fuego. A medida que su cuerpo se enerva, su alma enferma. Sus ocupaciones, sin ocio, impiden la vida social y cívica. Hacen malos amigos, apáticos a la defensa de su país. A diferencia de Platón, creía impracticable la propiedad comunal, contraria a la humana disposición; obstruía el orgullo del propietario y los impulsos de generosidad.

Jenofonte, historiador y soldado, discípulo de Sócrates, escribe el tratado Oikonomikos –administración del hogar. Tiene más rasgos de capitalismo que Platón y Aristóteles. La agricultura es base de la riqueza, favorece el impulso a la navegación y el comercio, y que el estado explote la plata, y desarrolle otras actividades, para aumentar la riqueza general. Favorece la asociación de empresas en negocios conjuntos. Considera las artes de la paz, mejores que las de la guerra; aprueba las grandes ciudades, que permiten más especialización y división del trabajo. Pero admite el esclavismo.

El pensamiento económico romano era poco, basado en el griego. Como éste, y en alguna medida como el hebreo, reflejaba valores tradicionales de una sociedad agraria y militar; era una reacción contra la corrupción introducida por el comercio, el lujo prohijado por el amor al dinero y la disparidad en la riqueza.

Cae el Imperio Romano, crece el feudalismo en Europa, y las relaciones económicas se ajustan a la estructura social. Rige una aristocracia terrateniente, la agricultura es la principal ocupación, la producción la realizan dependientes de los señores feudales y se distribuye por reglas tradicionales de compartición, no por compra-venta. Aun los señores se sujetaban a la jerarquía; la sociedad está estratificada en clases, cada una con status fijo, deberes y derechos.

El mercado y dinero cubrían menos de la economía que hoy, pero había mercaderes, cambistas de moneda, artesanos independientes, y aprendices. Mercaderes y artesanos se organizaron en gremios (como las asociaciones de hombres de negocios), que establecían estándares de habilidad, precios de compra y venta, y salarios. La Iglesia Cristiana, casi universal en Europa, competía por el poder con la autoridad temporal y trataba de imponer un orden moral en las instituciones. Las doctrinas económicas surgen del contexto y se desarrollan, no como cuerpo teórico aparte, sino como parte de un código moral general. Los pensadores y escritores eran clérigos.

Aristóteles era la autoridad en asuntos mundanos, y científicos, la ética incluída. Las controversias sobre compartición del producto, precios de artesanos, y salarios pagados, trataba de dirimirlas la iglesia, con ideas de equidad, no se reconocía el juego de oferta y demanda en el mercado.

Santo Tomás de Aquino dominó el pensamiento del período, y tomó la concepción Aristotélica de que la justicia se dividía en dos categorías: la distributiva, para repartir el producto en el hogar, el estado feudal u otra entidad económica; y la compensatoria, para el intercambio de bienes y servicios. En la distributiva, el ingreso era el acostumbrado, adecuado al receptor. En el intercambio, los precios debían compensar a ambas partes equitativamente, por los productos ofrecidos. ‘Donde hay un producto, su esencia consiste en su debida medida’. Salario y precio justos, son ideas perennes en la economía. Igual que otras autoridades eclesiásticas, condenó cobros de interés sobre préstamos, ‘usura’; como Aristóteles, creía que el dinero es sólo medio de cambio, y no produce nada por sí.

Hacía excepciones, si el dinero no cambiaba de manos, cuando se  retenía, como pago de renta, o para liquidar bienes comprados. En un refinamiento, se aceptaba pago de interés por oportunidades de ganancia perdidas por el prestamista, lucrum cessans: pérdidas o daño al, prestamista; y damnum emergens: riesgo por no pago, o por retraso en la fecha de pago acordada.

El énfasis en lo inicuo de la usura no era una idea abstracta; como muchas prominentes ideas económicas, entonces y hoy, sirvió a un propósito importante, para quienes las promulgaron. Como en la madurez de los estados Griegos, donde se originó, el comercio y los mercados crecieron, el uso del dinero aumentó, los mercaderes exitosos y los cambistas de monedas acumularon dinero. Las viejas clases en el poder lo demandaban, y los que tenían de más, podían cobrar intereses sobre préstamos. La acumulación no sólo afectaba a deudores, víctimas de los monopolistas del dinero: amenazaba la estructura de la sociedad que producía, no por lucro, sino para usar, en la que cada participante debía recibir su parte. Iglesia y feudos se ven amenazados al crecer el capitalismo (nadie lo llama así). La condena a la usura era síntoma de que el orden feudal era socavado por nuevas formas de producción y de intercambio.

Esencia de las Teorías Económicas Tempranas. Las ideas del mundo antiguo y el medioevo, que veían atrás, en busca de guía intelectual, insistieron en temas que aparecieron en el pensamiento más moderno. Entre ellos:

*La agricultura como base de los demás medios de ganarse la vida.

*La idea de que práctica y órden económico se relacionaban con tipos administrables de unidad social: casa, ciudad-estado, dominio feudal, u organización de comerciantes o artesanos.

*Un deseable manejo sabio y prudente de procesos económicos.

*Legitimación de comercio y producción, si esta se destina al uso.

*Advertencia Bíblica: ‘el amor al dinero es la raíz de todo mal’.

*Idea de que hay ocupaciones innobles, que inhabilitan a la gente para participar en vida pública o gobierno: como trabajo manual, sin ocio u oportunidad de educarse, y buscar lucro, por si mismo.

*Creer que distribución y comercio debían regularse con justicia, y que esto podía lograrse en una sociedad donde cada quien hiciera lo que pudiera hacer mejor, o fuera su sino, y  recibiera a cambio la parte  ‘justa’, o acostumbrada, del producto general.

Tales ideas no estaban separadas de otras conductas. Eran parte de códigos de moral o filosofía, que cubrían el rango de la experiencia humana, material y espiritual. Muchas teorías producto de cambios sociales, trajeron desorden y retos a la tradición, tratando de lograr un propósito. A menudo, en defensa de la clerecía o la aristocracia terrateniente en declive. Poco se conoce sobre cambios a favor de clases bajas, o de innovadores, se dieron esporádicamente; habría más, si sus líderes hubieran sido más letrados.

La Economía era, en la antigüedad y el medioevo, no las prácticas vigentes, sino ideas derivadas de ellas; ni leyes naturales probadas, que posibilitaran la predicción, y válidas para todo tiempo y lugar, como en Física o Química; la economía seguía costumbres y etapas de desarrollo. Ni era la objetiva descripción de fenómenos, pues las ideas tenían finalidad moral, cívica, defendían una cultura pasada, presente, o propuesta. Ni enseñanzas separadas del estudio de otros aspectos de la conducta humana, su vida política, social, estética, religiosa, o ética.

La tradición moderna, desde Renacimiento, Reforma e Ilustración, rompió con lo antiguo y medieval. Conceptos, métodos de ciencia, ideas de libertad individual y de conciencia, de igualdad política y social, y la contratación basada en la decisión personal, no definida por los status de clase, irrumpieron; humanismo para mejorar esta vida, no para la salvación, en la otra. Esta nueva corriente tuvo un marcado efecto en Economía y otras doctrinas. ¿Fue la ruptura tan grande que la Economía actual no muestra relación con las ideas previas?

Mucho se ha añadido al pensamiento económico, las prácticas han cambiado en gran medida, mucho permanece, como en otras ramas de la enseñanza. Aplicar el método científico, no alteró el uso de la Economía como instrumento de políticas. A mejor ciencia, mejores políticas. Las ideas varían con costumbres y necesidades, y siguen usándose en discusiones sobre políticas y métodos.

No existe la Economía en el vacío. Sus teorías deben considerarse en relación a una sociedad específica, en conductas diferentes al mero ganarse la vida.

Los economistas deploran el trabajo degradante, mas no desprecian a quien lo realiza, favorecen el progreso técnico, que sustituye, con máquinas y poder, esclavos humanos y bestias de yugo. Tiene que ver, y debe hacerlo, con justicia y moral. Odian el desperdicio y la ineficiencia, creen que se debe producir para el uso y no para la acumulación, sin importar el inmediato incentivo al productor, o qué secuencia de medios sea mejor para un fin. Sostienen que el dinero, por sí, no constituye riqueza, sólo es útil al servicio de una producción deseable, y del intercambio.

La Economía sigue estudiando la administración doméstica, del hogar, la casa, familia, ciudad, comunidad agrícola, corporación, nación, o el mundo. Conocer el cambio en las ideas que orquestan estos temas básicos, ayuda a entender los de hoy: Capitalismo vs Socialismo, el Estado del Bienestar, inflación, impuestos, precios, desempleo, depresión– y serán menos oscuros, si se iluminan con las ideas líderes del pasado y del presente.


LA NACION COMO MERCADER
                                                                                                                                
Volver al índice

El feudalismo se basó en la necesidad de protección contra merodeadores, provista por el señor feudal a empleados y siervos. Cada feudo producía casi todo su consumo. A medida que Europa se ordenó, el comercio por tierra y mar se hizo más seguro, y la necesidad de protección disminuyó. Las cosechas excedentes se vendían, para comprar otros productos necesarios, o artesanías de ciudades, que crecieron, los mercaderes prosperaron, y el sistema comercial suplió la costumbre de producir para el uso, localmente.

Crecen las ciudades, que fabrican para vender, y el comercio a distancias mayores; se crea la nación-estado, en España, Portugal, Francia, Inglaterra, y principados absolutistas de Alemania, y rigió como símbolo y expresión de soberanía estatal. Diferente al feudo, el estado emplea un ejército profesional pagado, para proteger su poder, y cobra impuestos para cubrir gastos. Como los mercaderes, el estado necesita y valora la moneda: si la gente tenía dinero, más cobraba y gastaba; promovió ocupaciones rentables, manufacturas, el comercio, y la banca.

Mercaderes, artesanos y estado, se necesitaban, la corona edificó,  mantuvo y protegió, carreteras y rutas acuáticas, y abolió el peaje privado sobre ellas. Alentó a grupos de negociantes, con subsidios y monopolios, protegió a la industria de competidores externos, le facilitó importación, o prohibió la exportación de materias primas.

Canceló restricciones a comercio y acumulación y trabas de grupos conservadores, a competidores de sus productos. El estado apoyó al jóven capitalismo, al desplazar al sistema feudal, sus privilegios, estratificación clasista, modos de producción, y preceptos morales.

Las nuevas prácticas no son un sistema preconcebido: crecen como yerbas en un bosque recién desmontado.

Nuevo Mundo. El comercio floreció en Europa, y se extendió a mayores distancias. En el medioevo, las Cruzadas estimularon el comercio con tierras al este del Mediterráneo. La ruta terrestre de caravanas era peligrosa y cara. El portugués Vasco da Gama halló una más larga, pero más barata, alrededor de África; las naciones Atlánticas establecen bases en costas e islas de Asia. La búsqueda de una ruta a la India llevó a descubrir América, y otro poderoso estímulo se añadió a la carrera por la riqueza. España financió a Colón y, primera en la pista, despertó la envidia de Europa, con su botín de oro y plata arrebatado a México y Perú. Su riqueza no era útil, según Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, pero España vive con lujos, y su Corona se enriquece.

Más dinero circuló en Europa, cuando se precisaba acrecentar el comercio, capital para empresas domésticas y en las colonias. Se financió en exceso, y los precios se elevaron. Europa experimentó lo que llamamos inflación, con altas ganancias para productores, y dificultades para quienes tenían ingresos fijos y reducidos. Pero las utilidades estimularon el comercio, permitiendo más inversiones. La inflación propinó otro golpe al viejo orden económico ‘natural’.

Exponentes del Nuevo Orden-Maquiavelo, Bodin, Serra. Aunque los pensadores no diseñaron el orden capitalista, contribuyeron a su desarrollo, con ideas que le dieron convicción y respetabilidad. Se le oponían nobleza terrateniente y clerecía.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) estadista florentino, consejero de gobernantes de la ciudad, líder intelectual del Renacimiento. En política, rechazaba los códigos morales de la clerecía educada, y  sancionada por la autoridad; se inspiró en lo que consideraba la práctica clásica. En El Príncipe, apoyó la supremacía del estado sobre todo poder, la iglesia incluída. Un déspota benévolo, arguía, estaba sobre la moralidad, en sus actos públicos, mientras buscara objetivos justificables, necesarios para ampliar poder y prosperidad material del estado.

El francés Jean Bodin (1530-1596) defendió al estado al exaltar el poder del soberano. En la corte de Enrique III, lo apoyó contra las facciones religiosas. En su teoría, influyente aun recientemente, el estado supremo tiene poder sobre los ciudadanos, y está por encima de la ley. Exageraba la necesidad real de poder, del emergente estado nacional, para mantener el orden y facilitar creación y acumulación de riqueza.

España, con acceso directo y expedito a oro y plata, no optó por las manufacturas, tampoco comerció mucho, y no tenía necesidad de justificación. Las ciudades-estado italianas tenían pocos recursos minerales, pero con su ubicación central en el Mediterráneo, eran experimentados artesanos y mercaderes. El calabrés Antonio Serra (1580-1650), fue de los primeros en desarrollar una teoría de los beneficios nacionales del comercio. En Un breve tratado sobre las causas que pueden hacer cuantioso el oro y la plata en reinos sin minas, sostuvo que la manufactura es superior a la agricultura, sus productos pueden exportarse fácilmente, ingresando dinero. Pero la agricultura depende del clima, y el trabajo aplicado al comercio, de ‘seguro trae ganancia’. Las cosechas dependen de la tierra, y sus productos, perecederos y voluminosos, no pueden almacenarse por mucho tiempo o transportarse distancias largas, pero telas de lana, linos, sedas, armas, pinturas, esculturas, impresos, medicinas y similares, ‘pueden exportarse a cualquier país distante’. Además, arrojan mayor utilidad.

Los Bullionistas y Thomas Mun. Los mercaderes, gobernantes y pensadores, asumían que la acumulación de dinero o de metales preciosos –oro y plata -debía ser objetivo principal de una política nacional. ¿No era el dinero la forma más conveniente y tangible de riqueza? Podía comprar todo, en todo el mundo, era durable y almacenable indefinidamente, y de gran valor en proporción a su volumen. España encabezó el camino del enriquecimiento por la acumulación de oro y plata. Otras naciones siguieron su ejemplo, como pudieron. Según los ‘bullionistas’, (‘lingotistas’), se debía prohibir la salida de oro y plata, y maximizar su importación, con estrictas reglas de pagos internacionales y para las transacciones individuales que la hacían posible. Así, un comerciante que vendía bienes a cambio de metales preciosos que ingresarían al país, debía alentarse, pero el que cambiaba un bien por otro, o hacía su capital fuera, evadía su deber. Inglaterra prohibió exportar moneda y trató de controlar las operaciones de los comerciantes.

En 1601, se creó la Compañía Británica de la India Oriental, para explotar el comercio con las Indias Orientales –para beneficio de quienes aportaban capital, y como instrumento de política nacional. La Compañía tuvo dificultades al hundirse un barco llevando gran cantidad de lingotes fuera del país. Se produjo fuerte controversia.

Entre sus defensores estaba Thomas Mun (1571-1641), educado y rico, hijo de mercante inglés. Ingresó a la compañía en 1615, como experto en relaciones públicas -muy connotado. Su contribución a la teoría del comercio exterior, escrita por 1630, publicada tras su muerte, es un clásico: La Riqueza de Inglaterra por el Comercio Exterior.

Argumentaba: ‘el medio normal para aumentar riqueza y tesoro es vía Comercio Exterior, ahí debe observarse esta regla: vender más a extranjeros anualmente, en valor, de lo que se consume de ellos’.

El resultado neto será ingresar dinero al país, aunque en el proceso  se tenga que gastar algo de oro y plata en tierras extranjeras.

Si vendimos todo lo producido para exportar en un año, y su valor es mayor a lo importado, y se ingresó la diferencia, ¿Cómo puede ganarse más dinero en ese año? Fácil, decía, comprando pimienta, en las Indias Orientales, por 100 mil libras, y vendiéndola en Italia o Turquía,  donde vale 700 mil. Aunque la diferencia no sería sólo ganancia, aun el gasto del comerciante en transporte, sueldos, etc., llegará a manos inglesas. Además: el comercio es rentable, aún sin oro y plata, ‘los italianos y otros, transfieren notas de deuda, tienen bancos públicos y privados, adonde asignan sus créditos de uno a otro a diario, con rapidez y eficacia, y sólo con escritos, mientras la masa de tesoro que produjo el crédito, se usa en comercio exterior como mercancía. Usan poco dinero, aparte de su gasto ordinario.

No es el mantener nuestro dinero en el reino, sino la necesidad y el uso de nuestros productos en el extranjero, y nuestra necesidad de sus mercancías, lo que causa la venta y consumo en todos lados, en un rápido y amplio comercio’.

Mantener demasiado dinero en un país, continuaba, es malo, pues ‘mucho dinero en un reino, encarece las mercancías, aumentando el ingreso y utilidad de algunos, en contra del beneficio público, en el volumen del comercio, ya que las mercancías caras disminuyen su uso y consumo…es una lección a observarse; si ganamos dinero por el comercio, se pierde, al no comerciar con nuestro dinero’.

Casi llegó a reconocer que aún en un orden comercial, el dinero es riqueza, sólo si se usa como medio de cambio, y es un lastre si se acumula a escondidas. Aceptó que puede haber demasiado dinero o muy poco, para bien del público. Estaba por aceptar que la riqueza real son los bienes y servicios que se producen y consumen. Aquí coincidía virtualmente con los defensores del orden ‘natural’, de Platón y Aristóteles a los clérigos medievales. Difería, al ver que la rentable producción y comercio, a escala mundial, podía dar más riqueza, que la producción doméstica, para uso local.

Balanza de Pagos y Cambios Extranjeros. Mun aprendió del comercio exterior, cosas usadas por los economistas, aún hoy. Su mayor aporte fue una elemental cuenta de la balanza internacional de pagos (de cualquier nación, para cualquier año). No tenía cifras reales, aún hoy faltan datos esenciales. Pero estableció su principio correctamente.

En un lado situó el valor de los bienes exportados, más conceptos que ahora llamamos exportaciones ‘invisibles’ –pagos a ingleses por transporte, seguros y la utilidad recibida por los comerciantes.

Del otro, enlistó el monto pagado fuera, por importaciones. No se debía incluir la utilidad por su venta en Inglaterra, por transporte, seguros, derechos de importación, etc., no pagados a extranjeros, esos eran pagados por ingleses a ingleses, pero había ‘invisibles’,  transporte, seguros, derechos, etc., pagados a extranjeros.

Finalmente, debían contarse otros ‘invisibles’–gastos de viajeros, regalos, intereses recibidos o pagados, que balanceaban parte de los pagos por comprar importaciones o vender exportaciones. Los gastos de viajeros a Inglaterra, ayudaban a los ingleses a comprar importaciones, reduciendo sus erogaciones netas en el extranjero.

Al incluir los conceptos relevantes, el remanente obtenido al restar los pagos hacia fuera, de los pagos hacia adentro, era la ganancia inglesa. ‘Dejad al príncipe oprimir, al abogado extorsionar, morder al usurero, al pródigo dilapidar, y al comerciante, sacar el dinero que pueda usar en el tráfico. Estas acciones no tendrán otro efecto en el curso del comercio que el declarado en este discurso, pues tanto tesoro entrará o saldrá de las naciones, como el que haya por arriba o abajo del balance en el valor de su Comercio Exterior. Esto sucederá, necesariamente, más allá de cualquier resistencia’.

Poco puede añadirse a su análisis, salvo un factor menor -deuda extranjera de largo plazo, e inversión internacional. Una nación podrá continuar importando más de lo que exporta, sin pagar la diferencia en oro, si cubre la diferencia con préstamos extranjeros o con inversiones que ingresan al país. Entendió lo que algunos aún consideran un misterio –la operación de cambios extranjeros. ‘el intercambio mercantil mediante documentos, es un medio y una práctica en la que quien tiene dinero en un país puede transferirlo, para recibirlo de nuevo en otro país, en tiempo e interés acordados, y el prestamista y el prestatario son servidos, sin transportar tesoro de estado a estado…lo que causa la subvaluación o sobrevaluación de una moneda en el intercambio, es su abundancia o escasez, en los lugares donde se realiza el cambio. Si hay mucho dinero para enviarse a Amsterdam, nuestro dinero se devaluará en el cambio, porque quien tomará el dinero, viendo su cuantía, aprovechará para aceptarlo, por debajo de su valor’ (expresado en oro o plata).

La sobreoferta de dinero en un mercado de cambios, se da si los pagos que se hacen, son mayores que los que se reciben, disparidad que se da en el curso del comercio. Si una libra inglesa compraba menos guilders holandeses, los ingleses tenian que usar más libras para sus compras en Holanda. Eso, decía el defensor del control de cambios, era pérdida para Inglaterra. Mun decía: la depreciación en un mercado no causa exportación de dinero que no se vaya a dar de otra suerte, y no es razón para que haya leyes que limiten cambios. Inglaterra perderá dinero en cualquier mercado donde haya déficit comercial, aún si se prohibe que las dos monedas se intercambien. Si Holanda le tuviera que pagar a Inglaterra 400 mil libras en oro, y recibiera 500 mil, aún tendría un neto positivo de 100 mil.

Lo importante es tener superávit con el mundo. Así, se ingresa más dinero del que sale, y los déficits en algunos mercados, no serían serios. Todo saldría ‘en la lavada’.

Como Incrementar Ganancias en el Comercio Exterior. Era buen observador, y pensador lógico. Defendió liberar de interferencias la operación de la Compañía de la India Oriental, pero no abogó por otras. No cuestionó el superávit de exportación como meta de una política nacional. Aceptó la idea apoyada por sus predecesores, de que el estado debía jugar un rol importante en crear las condiciones favorables a ese fin, a través del ejercicio de su poder soberano.

Unas medidas que defendió en este propósito eran deseables, otras no. Podía exportarse lo prescindible para la población interna. Se  debían restringir importaciones y expandir el excedente exportable. Usar tierra ociosa para producir cáñamo, lino, tabaco, y otras cosas importadas. Bajar compra suntuaria al extranjero, con leyes contra consumos ‘excesivos’.

Alentar producir bienes escasos demandados fuera, redituaría, igual que vender poco a naciones competidoras, en las necesidades más comunes. Lograr que sólo naves inglesas transportaran carga inglesa, para evitar pago de fletes a extranjeros.

¿Por qué comprar pescado a Holanda, si se puede atrapar en aguas inglesas, escocesas o irlandesas, y comprarlo a pescadores nativos?

Puede sacarse utilidad de importar bienes para reexportación, para lo cual es deseable construir bodegas. Comerciar con sitios lejanos, como India, da más dinero que hacerlo con regiones vecinas, debe ser alentado, aún si el comerciante no saca más provecho de él. La  pimienta se vende a dos chelines la libra, en Londres (24 peniques) y puede comprarse en Amsterdam por 20 peniques. Si se compra importada de India por una compañía inglesa, se pagan 3 peniques a los hindúes. Aún si la pimienta entregada en Londres sigue de 20 peniques, los costos de flete, seguro, etc., se pagan a ingleses y no a holandeses, y son meras transferencias, dentro del reino.

Deben bajarse los derechos de exportación. En bienes fabricados con materiales extranjeros, deben abolirse. Así, el fabricante inglés podrá competir con los de fuera, y se creará más empleo. Tampoco deben cobrarse en bienes ingresados para su reexportación. Pero los impuestos al consumo doméstico de bienes importados, deben aumentarse, desalentando pagos a extranjeros y aumentando los ingresos de la Corona.

Debe alentarse la industria antes que la agricultura, pues a mayor trabajo aplicado a materiales naturales, mayor será su valor y más dinero traerán, en su venta al extranjero.

Mercantilismo Francés-Colbert. Mun representa a quien ve a la nación como mercante individual. En Francia, Colbert es el gran exponente mercantilista, fue un estadista. El Colbertismo servía al poder y gloria del estado, antes que aumentar la riqueza privada, el aumento del poder nacional y la búsqueda de ganancia, eran casi indistintos en la mente mercantilista. La rivalidad entre españoles, franceses, ingleses y holandeses, con guerras por el poder, era tan parte del nuevo orden, como su política comercial.

Jean Baptiste Colbert (1619-1683), hijo de un mercader de lana, ingresó al servicio público, y a los 32 años administraba con tanto éxito propiedades del Cardenal Mazarin, que lo recomendó para ser ministro de finanzas, y virtual dictador, bajo Luis XIV. Alentó manufactura y comercio, gravó importación, subsidió navegación, amplió las colonias, y mejoró el transporte interno. Se necesitaba fuerza laboral abundante y barata, y prohibió que los trabajadores abandonaran el país, y atrajo a inmigrantes. Concedió monopolios para crear empresas, en especial en comercio de ultramar, estimuló invenciones y estableció industrias modelo. En una década, duplicó los ingresos del rey, y Francia fue el país más poderoso de Europa, con fuerte sector naval. La ciencia y la enseñanza se favorecieron con academias, bibliotecas y subsidios.

Ello precisó gasto público, y elevó los impuestos. El rey, a pesar de su ingreso aumentado, gastaba más de lo que recibía, acercándose a la bancarrota nacional. Obviamente, el pueblo no parecía apreciar el poder y la gloria, a ese costo; Colbert, mal de salud, en parte por su talentosa y constante labor, murió intensamente impopular.

Beneficios del Mercantilismo. Sus críticos lo llamaron así, incluso Smith, sus practicantes no. No fue escuela económica, ni pretendió delinear un sistema científico. Eran políticos prácticos, estadistas, mercantes, escribían en defensa de sus políticas o de los intereses que promovían.

El nombre es apto, implica que la mejor política para una nación, es la del comerciante, que busca ingresar más vendiendo, de lo que gasta comprando, creando su riqueza. Igual la nación mercantilista considera competidoras a las otras, les resta negocios, con recursos monopolistas, y otros. Compra a precios bajos, paga salarios bajos. Igual, los estados mercantilistas buscaron hacerse ricos explotando fuentes coloniales de ofertas baratas, y trabajo doméstico barato.

El argumento de Smith, de que la intervención estatal no promueve la riqueza de los habitantes de un país, convence, sin embargo, el Mercantilismo tuvo funciones útiles en su día, e incluía políticas más amplias que las implicadas en el nombre inventado por sus oponentes.

En primer lugar, la doctrina de los bullionistas, de que la meta del estado debe ser la acumulacion de tesoro en forma de oro y plata, tenía alguna justificación en el hecho de que el comercio a largas distancias, en mercados impersonales, suplantaba rápidamente a la economía doméstica y a la feudal, complementada con trueque. Se precisaba más dinero como medio de cambio, pues una economía monetaria sustituía a otra, en la que los mercados jugaban un papel menor. Como el Mercantilismo descubrió, la necesidad de dinero no es ilimitada; si su circulación crece más rápido que el número de transacciones, los precios suben. Pocos niegan que el sistema de mercado, donde el dinero facilita el intercambio, favorece más el avance general de la riqueza y el bienestar, que el primitivo, en el que cada localidad debe producir el grueso de lo que necesita, y lo obtiene de otros, sólo vía el trueque. El capital monetario también fue esencial para financiar a las empresas que el crecimiento de las manufacturas y el comercio trajo. Sin él, las compañías de capital compartido, hubieran sido casi imposibles.

El crecimiento del poder de la ciudad-estado, proveyó seguridad contra conflictos de principados en guerra, o de nobles dentro de ellos, y creó un marco para mercados internos más amplios y las artes de la paz. Los posteriores oponentes del Mercantilismo no cuestionaron esto; pocos querían regresar al Feudalismo.

Adicionalmente, la moderna empresa privada poco podría enraizar, sin el aliento y apoyo del estado. Construir puentes y canales, casi siempre se hizo con ayuda del gobierno, aunque no siempre fueron empresa estatal. Monopolios y susbsidios ayudaron a empresas a ponerse de pie. Los aranceles proteccionistas, de dudoso beneficio en un mundo industrializado, pudieron ser necesarios al principio; ningún país subdesarrollado ha construído una base industrial, sin ellos. El apoyo a ciencia, invención, educación y otros elementos de una cultura tecnológica, han jugado importante rol.

El imperialismo colonial, ya desacreditado, fue al inicio el único modo práctico de abrir el continente americano. Ninguna empresa privada habría tenido los recursos necesarios para explorar, iniciar asentamientos, o proveer a colonos los medios de vida, hasta que pudieran establecerse. Aún en regiones más populosas, como Asia, la ampliación del comercio, dada por el Mercantilismo, fue el paso previo para superar barreras de distancia y exclusión, que durante milenios separaron Este y Oeste. Es  históricamente ingenuo decir que el nacimiento de la civilización moderna podría haberse dado, sin la participación del nacionalismo económico y político, que lo acompañaron.

Los Damnificados del Mercantilismo. Lejos de ser indoloro, fue especialmente molesto para el trabajo industrial, la población del sector agrícola y las colonias explotadas.

El trabajo, que en el feudalismo disfrutó de status propio, aunque bajo, con derechos combinados con deberes, fue mero instrumento  en beneficio de otros. La riqueza nacional no se identificaba con el bienestar del pueblo. La idea era exportar cuanto era posible antes que consumir domésticamente, y tener el trabajo más barato, para promover las ventas al extranjero y acumular tesoro. Se alentó el crecimiento poblacional, para aumentar la oferta de trabajo. Si había desempleo, mejor, tendía a bajar el salario. Mujeres y niños en harapos trabajaron las minas de carbón inglesas en el reinado Tudor. Cualquier rebelión obrera era suprimida. La inactividad no era infortunio, sino crimen; nadie podía acceder a ayuda del estado, bajo las Leyes Isabelinas de Pobres, sin admitir un status inferior. Las jornadas de trabajo eran virtualmente ilimitadas.

La Agricultura no era el trabajo del campesino, sino la actividad de dueños y administradores, y se le dió a una posición secundaria respecto de la industria, cuando por siglos fue, y era, la principal productora de Europa, y forma de vida mayoritaria de la población. Su función era proveer alimento barato, para que el salario bajara, al igual que las materias primas industriales. Se anularon derechos protectores de alimentos, y se protegió a la industria.

Terratenientes y campesinos compraban caro y vendían barato. Los mercantilistas lo soslayaron, pero Colbert y otros trataron de evitar la exportación de grano, elevando derechos o prohibiéndola. Y los terratenientes sufrieron altos y crecientes impuestos, para apoyar las actividades del estado.

El trabajador industrial carecía de educación, y su peso político era pequeño, pero los intereses terratenientes formaron una poderosa oposición al nuevo regimen, que tuvo que ser reconocida.

Muchos labradores perdieron sus tierras, por el despojo ‘legal’ o ilegal, por grandes propietarios, para dedicarla a criar ovejas, en  lugar de granos. La lana era más redituable, por la expansión del mercado de telas, a medida que creció comercio y manufactura. El éxodo rural inundó las ciudades, aumentando el trabajo barato, con vagos, pordioseros y ‘criminales’, o fueron a colonizar América.

Las colonias se explotaron en beneficio de los colonialistas. En las españolas se esclavizó al indio en minas y campo, para de extraer y exportar oro, plata y otras riquezas naturales, al menor costo. Los esclavos negros se llevaron a las Indias Occidentales, y a América del  Sur y Norteamérica, donde eran colonias inglesas y, cuando la búsqueda de oro y plata no arrojó buen resultado, fueron fuentes de materiales ausentes o caros en Bretaña y mercado de manufacturas británicas, para incrementar una ‘favorable balanza comercial’.

La política mercantil no era muy desfavorable al colono británico, recibía subsidios por cosechas como el índigo y el monopolio del mercado inglés del tabaco. Se duda que hubieran exportado más que pieles, pescado, productos forestales, y cosechas, a cambio de manufacturas inglesas, aun sin restringir comercio y producción.

La Ley de Navegación Cromwell, de 1651, reservó la importacion inglesa a naves construídas, poseídas, capitaneadas y tripuladas por ingleses, pero las colonias se consideraban inglesas, y los intereses navieros de Nueva Inglaterra compartieron el monopolio. Normas más duras, canalizaron los cargamentos vía Londres, y limitaron el comercio americano con otros países.

Una queja del colono derivó de la política mercantilista: se drenaba el dinero fuera del país y no tenían suficiente para negociar, pagar deudas y expandirse. Su demanda llevó a la emisión inflacionaria de papel moneda y a controversias con la autoridad inglesa.

Más importante que las fuentes de fricción, era el sentimiento de indignidad, estaban siendo usados como instrumentos para servir intereses del ámbito británico, en vez de considerarlos hombres, con el derecho independiente de buscar su propio bienestar.

Puede parecer que los mercantilistas abandonaron la visión moral u opiniones generales, de quienes antes abordaron la Economía, para ser propagandistas de reyes e intereses comerciales. No diferían de otras doctrinas económicas. Sustituyeron un viejo orden moral con uno nuevo: el poder estatal era necesario, en el interés público; y lo era, en cierta medida. Sus escritos favorecían un interés sobre otro, pero lo hacían por convicción. Creían lo que decían y trataban de justificarlo, con argumentos de aceptación general.

Cada cuerpo de doctrina económica surge de las necesidades o las circunstancias de su tiempo, y puede usarse, bien o mal, por algún grupo de seguidores. Y cada uno contiene algo de verdad duradera.


LOS ECONOMISTAS CLÁSICOS
                                                                                                                                Volver al índice

Las ideas florecían en el siglo XVIII. Influencias combinadas las estimulaban: al crecer las ciudades, se reunió más gente y favoreció intercambios de opinión; aumento de  riqueza; viajes más fáciles ampliaron horizontes, en un mundo más grande; el avance científico, y la búsqueda de nuevos sistemas de pensamiento, reemplazaron a lo viejo. La Ilustración, en Francia e Inglaterra, fue un foco de fermento intelectual. Algunas corrientes de opinión, fueron de especial importancia para la Economía.

Inicios de la Ciencia Moderna. Antes se dependió de los antiguos, como Aristóteles y jerarcas eclesiásticos, para conocer el universo. Se consultaba a autoridades y se deducía de su obra, la explicación de cualquier problema. Se había usado la deducción extralógica, en lugar de observación cuidadosa, análisis mejores, experimentación.

Hombres resueltos, desarrollaron conocimiento preciso, estudiando humilde y objetivamente, a la naturaleza. El reconocimiento de que la Tierra no era el centro del Universo, y giraba alrededor del Sol; el descubrimiento de la circulación sanguínea de Harvey; las Leyes de la gravitación y el movimiento de Newton, precedieron docenas de menores, pero significativas y sorprendentes, observaciones.

Si los antiguos erraban, respecto del Universo físico, ¿No también se equivocaban sobre la religión y los códigos del comportamiento humano? Todo fue sujeto de cuestionamiento. A las ciencias se les  llamaba Filosofía y no podían distinguirse los ámbitos de cada una.

Los filósofos examinaron las instituciones humanas, como habían examinado las cuestiones no humanas. Asumieron que el hombre era parte de la naturaleza, no un ser ordenado y cuidado por Dios.

La explicación de las causas y efectos de su conducta, deseable o indeseable, debían buscarse en leyes naturales, no en la voluntad divina, como se exponía en la literatura sacra, o en las doctrinas de una iglesia viva. La razón, no la autoridad, debía ser la guía.

Cambio y Progreso. El credo medieval, no siempre la práctica, fue tomado por la secularidad. Lo terreno, incluída la vida humana, era un entrenamiento para la vida tras la muerte, con castigo y premio. Sufrir era el preludio a la gloria. Había poco incentivo intelectual para reformar las costumbres o incrementar el bienestar temporal, salvo  para obtener algún beneficio espiritual.

El énfasis viró a mejorar la vida en la Tierra. El beneficio material era obvio; los cambios eran rápidos. Ciencia e invención abrieron ilimitadas  posibilidades de mejores o más fáciles modos de hacer las cosas. Había espíritu de aventura: ¿Podía la filosofía funcionar tan bien en las instituciones humanas como en lo material? Sólo se precisaba aplicar la razón a la convivencia humana. Se diseñaron planes para las utopías. (El término derivó del librito de un inglés, Sir Thomas More.)

Deificación de Natura. Quien dejó de creer, buscó sustituto, lo halló en Natura. Los aún asidos a la religión –muchos, de palabra, no de hecho –creían que Dios expresaba su voluntad a través del ámbito y las leyes naturales. La Naturaleza existía, y se le debía obediencia. Actuar contra ella era impío o inmoral; aún usamos conducta antinatural, en ese sentido.

El efecto de esto, en las ideas sobre conducta humana, fue curioso. En la ciencia actual, una ley natural no es algo que el Universo o las partículas atómicas puedan dejar de atender, a su propio riesgo; es una abstracción, o una generalización, de cómo se comportan. Si en una cantidad sustancial de casos, o en condiciones críticas, se observan excepciones, el científico no exhorta a los ‘ofensores’ a enmendar su conducta, sino que abandona o modifica la ley, pues ya no ofrece una explicación válida de lo observado.

Los filósofos de la Ilustración achacaban las miserias humanas a la desobediencia de las leyes naturales. Para mejorar las instituciones sociales, sólo era preciso descubrir las leyes naturales aplicables, y obedecerlas. Se consideraba a la Naturaleza no sólo ordenada, sino benévola. Seguía siendo un Padre, aunque un tanto impersonal.

Había sólo un paso de ahí, a la idea de que los ‘males que la carne hereda’ surgieron de la acumulación de prácticas antinaturales que corrompieron una primitiva, y por lo tanto, natural, comunidad. Se  regresó a un imaginario estado social, donde todos eran felices y buenos, nada artificial había penetrado. En esta forma revivieron, sin estar conscientes de ello, la leyenda del Jardín del Edén, como prototipo del nuevo Paraíso Terrenal que intentaban crear.

Derechos Naturales e Individualismo. En la comunidad original ‘natural’, las bondades de Natura se compartían de acuerdo a las necesidades, de donde la nueva sociedad debía ser comunal. Pero otros enfatizaron al individuo.

Hugo Grotius, holandés, en, De jure belli et pacis, (La Ley de la Guerra y la Paz, 1625) deduce, de la ‘originalmente naturaleza social del hombre’, los ‘derechos inalienables e indestructibles del individuo’. Thomas Hobbes, inglés, dijo que en el estado natural, el hombre era libre y autodependiente; en su visión de la naturaleza humana, en Leviathan (1651), es menos optimista que Grotius. Los hombres peleaban entre sí, en la lucha por la existencia, antes que ser cooperativos. Para escapar a tanta confusión, consintieron en el establecimiento del estado absolutista, delegándole sus derechos naturales, vía un tácito ‘contrato social’.

John Locke (1632-1704), gran filósofo de la Ilustración, enfatizó el derecho natural a la vida y a la libertad, base del movimiento por un gobierno representativo. Añadió el derecho a la propiedad, pues ningún producto natural tenía valor si no era en virtud del trabajo aplicado a él, y todo humano tenía derecho al fruto de su esfuerzo.

Juan Jacobo Rousseau, elocuente mas inconsistente francés, fue fuerza poderosa en el surgimiento de las ideas que fomentaron la Revolución Francesa; sus principales obras, Le Contrat Social y Émile, aparecieron en 1762. Como las de Locke, las conocieron Jefferson y otros autores de la Declaración de Independencia de EU; afirman los ‘derechos inalienables’ otorgados naturalmente al hombre, por el ‘Dios de la Naturaleza’, destacan ‘vida, libertad, y búsqueda de la felicidad’. Rousseau declaró que, en estado natural, los hombres eran buenos, libres e iguales, y que habían devenido distinto, sólo por una mala educación.

La Antropología no revela el estado natural imaginado en el siglo XVIII. Las sociedades primitivas tienen una variedad casi infinita. Lo correcto y natural, varía con el contexto social.

La cultura nuestra deriva de la Europea Occidental, los derechos naturales individuales, despiertan fuerte respuesta emocional entre nosotros. Dignidad y autonomía individual, son parte de nuestra tradición, tan natural y necesaria hoy, como lo fue entonces. El anhelo de libertad que vieron en el hombre, estaba ahí, sólo se equivocaron, al extrapolarlo a un imaginario estado primitivo.

Más dudosa, sin embargo, es la inferencia de filósofos políticos y sociales basada en esas doctrinas, de que las instituciones humanas son, o debían ser, resultado de la autoafirmación o autoprotección individual. La sociedad no es la mera suma de átomos humanos autodeterminados.

Ataque Fisiócrata al Mercantilismo. La primera escuela que habla de economistas, se considera objetivamente científica, y desarrolla un enfoque autosuficiente del orden económico, aparece en Francia, poco antes de la Revolución. Por sus últimos seguidores, se llamó Fisiocracia, ‘orden, o gobierno, de la Naturaleza’. Como otras de la época, estaba influenciada por el concepto de una ley natural, a la vez básica y benévola. Notable también por otras dos razones: Su invención del término laissez faire, que ha permanecido como tema de discusión económica desde entonces, y caracteriza a la doctrina de los subsecuentes economistas clásicos. Y su curioso, pero fundamental, análisis de la circulación de la riqueza, que intentaba mostrar cómo, lo que llamamos ingreso nacional, se originaba y se distribuía.

El fundador de la escuela, que atacó frontalmente a las políticas mercantilistas, fue, apropiadamente, de origen rural, y pasó sus primeros años en una granja. Francois Quesnay (1694-1774), estudió cirugía y se graduó como Doctor en Medicina, a los 25 años. Tan grande era su habilidad y reputación, que fue médico de la corte de Madame Pompadour, la amante del rey, y después, del mismo Luis XV. Con su eminencia intelectual y conocimientos científicos, atrajo prominencias a la corte, a conferencias en sus habitaciones, donde difundió sus ideas sobre Economía, y forjó una consistente teoría.

Entre ellos estaba Mirabeau el Viejo, Anne Robert Jacques Turgot, que fue ministro de Finanzas de Luis XVI, y Pierre Samuel Dupont de Nemours, inventor del término Fisiocracia y fue condenado a la guillotina, escapó al fin del Terror. Fue a Delaware, y el Presidente Jefferson le encomendó diseñar un sistema educativo para EU.

De nuevo la riqueza deriva de la tierra. Sin comida, fibras, madera, minerales y piedra, el hombre no puede acumular posesiones, ni existir. El granjero es el productor real; industriales, comerciantes, y artesanos, eran ‘estériles’. El dueño de tierra dirigía la extracción de riqueza y definía su uso, como clase propietaria, distributiva. Su responsabilidad en el orden natural era importante, como guardián del superavit. Los agriculturalistas simpatizaban con esta doctrina, habían sufrido con el énfasis mercantilista en comercio e industria.

La idea de que el trabajador urbano era improductivo, se apoyaba en este razonamiento: sólo la tierra rinde más de lo que se le añade.

Las semillas, al devenir en cosechas, regresaban multiplicadas. Los animales, al criarse y reproducirse, aumentaban en número. En una sociedad natural, concebida como la primitiva, de base agrícola, el ocupante de la tierra podía curtir sus pieles, hacer sus zapatos, hilar y tejer su ropa; no precisaba de artesanos o comerciantes. Después,  le convino que otros las hicieran, el artesano lo hacía mejor que el que tratara de aprender todos los oficios. El exceso de la cosecha, sobre sus necesidades, le permitía alimentar, vestir y alojar a los artesanos que comisionaba, transfiriéndoles lo necesario para que satisfacieran las suyas. Pero el artesano no podía acumular riqueza, salvo que una agencia ‘artificial’, como el estado, interviniera a su favor. El asalariado desposeído recibía sólo lo necesario para vivir, siempre había competencia por puestos de trabajo. Era inhumano, pero acorde a las condiciones de aquel tiempo. Una sociedad en la que la mayoría de la tierra la poseía quien no hacía labor manual, mientras otros sembraban y levantaban sus cosechas, no se podía considerar natural, es decir, primitiva, pero era, para los fisiócratas, inevitable.

Los granjeros menos inteligentes, y flojos y manirrotos, perdían su tierra, que era adquirida por buenos granjeros que habían logrado un buen superávit. Su propiedad crecía a un tamaño que no podía atender un granjero y su familia, entonces, los sin tierra lo hacían por el, a cambio de ser sustentados.

No podemos acusar a los fisiócratas de enfatizar sólo esa parte de su doctrina, que servía a un interés especial. Como todo superávit surgía de la tierra, sólo ella, podía gravarse. Los demás impuestos, a manufacturas, ventas o consumo, y los derechos a la importación, eran interferencias contra el orden natural. La idea de un ‘impuesto único’ a la tierra, subsistió, y a fines del siglo XIX, la apoyó Henry George, por razones algo distintas, en su obra Progreso y Pobreza.

Laissez Faire. Se decía que lo que se apartaba del ‘orden natural’, causaba insatisfacción y confusión, y debía rechazarse. ¿Por qué una política nacional debía ser lograr un superavit de exportación, una ‘balanza comercial favorable’? ello no acumulaba verdadera riqueza: esta sólo surgía del uso hábil de los recursos naturales. Un superávit de exportación sólo significaba que la nación sacaba más bienes de los que recibía. Eso empobrecía granjas o economías de las familias. Si el superávit se obtenía quitando gente de la tierra, para fabricar bienes exportables, la nación drenaba su sangre vital.

Los monopolios a la industria daban, al no productor, los medios para quitar al productor, vía precios altos, riqueza que era suya por derecho natural. Subsidiar era un robo más descarado. Corrupción, favoritismo, y bancarrota del estado, florecían en tales prácticas.

En un orden natural, decía Quesnay, el precio de un bien industrial rebasaría el de los materiales de que estaba hecho, sólo por el costo de lo que la fuerza de trabajo en ellos, debía consumir. Los precios debían basarse en el costo del trabajo. Este enfoque fue un adelanto de la teoría clásica del valor.

El individuo debe ser libre para actuar en su propio interés. Debe permitírsele escoger su ocupación, transitar, acumular riqueza y hacer lo que guste, con sus propiedades. No se le debe obstruir, ni apoyar. Ello era en cierto sentido, una ley moral –la ley natural de los derechos individuales. Propiciaba ventajas generalizadas, pues inevitablemente (siendo natural), funcionaría bien.

Estas doctrinas estaban sumarizadas en el slogan: ‘Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui-meme’.Esto puede interpretarse como ‘No interfieran, el mundo se cuidará solo’. Consoladora idea, pero sólo aceptable de verdad, por quien se pensara en posición de habérselas muy bien, si tan sólo los demás lo dejaran ser, y hacer.

Los fisiócratas unían esta opinión con la creencia en la monarquía absoluta. Y no es tan extraño. Como la ley natural no se observaba en la práctica, debía haber alguien que la hiciera cumplir. Se hacía al rey moralmente sujeto a esa ley, para que viera que se acatara. Esa posición se parece a la del economista actual, que defiende la libre empresa competitiva y la ausencia de intervención estatal, en un suspiro y, acto seguido, exige una estricta legislación antitrust, y un poderoso gobierno que la haga cumplir.

 La Tableau Économique (el Cuadro Económico) de Quesnay, es hoy mera curiosidad, fue considerada por Mirabeau una invención tan importante como la imprenta. La idea tras ella lo era, implicaba un concepto similar a lo que se conoce como el Ingreso Nacional, herramienta básica del pensamiento económico. Pretendía ilustrar la circulación del ingreso, dentro de cualquier población nacional.

El Cuadro representaba las erogaciones y recepciones en un año, y tenía tres columnas. La central, por su posición en la economía, le  tocaba el terrateniente. La izquierda, a los gastos ‘productivos’(los pagos al granjero) la derecha, a ‘improductivos’(a manufactureros, etc.).

El terrateniente empezaba con 2000 libras, le adelantaba 1000 a quienes atendían la granja, necesarias para su sustento, mientras producían la cosecha. Y erogaba las otras 1000  durante el año, en manufacturas. Granjeros y manufactureros gastaban lo recibido, en comprar lo que necesitaban. Las 1000 del manufacturero iban al granjero, y las del granjero al manufacturero. De esos pagos, con la mediación del terrateniente, a final de año había recibido de vuelta sus 2000 libras originales, mientras los granjeros y manufactureros había recibido y gastado, 2000. Todos fueron apoyados durante el proceso y el terrateniente obtuvo la riqueza necesaria para iniciar la siguiente ronda de producción e intercambio. Y la tierra produjo lo necesario para la vida, más un superávit.

Llevando los cálculos un paso más adelante, se habrían sumado los recibos anuales de los participantes, llegando a productos, o gastos, por 6000 libras, ingreso ‘generado’, según una escuela económica actual, por el gasto original de 2000, por parte del terrateniente. La principal diferencia, sería que las 2000 libras en gastos generadores de ingreso, serían llamados ‘inversión’. La escuela en cuestión, los seguidore de Keynes, la vería realizada por hombres de negocios o el gobierno, y no sólo por terratenientes.

Fisiócratas en la Práctica. El más importante, Anne Robert Jacques Turgot (1721-1781), pudo probar su teoría. De famila normanda, hijo de alto funcionario, y educado en París. Quiso ingresar a la iglesia, y obtuvo el grado de bachiller en teología. Entró al servicio público y le interesó la Economía. En 1761, se le encargó la deprimida provincia de Limoges. Inició los cultivos de trébol y papa, fundó la industria de porcelana, para usar las materias primas. Quitó impuestos al comercio y organizó ayuda para quienes sufrían un año de hambruna.

Su gestión hizo que el gobierno, casi en la bancarrota y presionado  por los problemas, lo llamara a París, como ministro de finanzas. Intentó reducir el poder de los gremios de comercio y bajar precios de bienes necesarios. Una rígida economía en el gasto público, era su programa; canceló subsidios y sinecuras, anuló derechos sobre granos y otras restricciones. El crédito del estado se recuperó, pero sus reformas le provocaron la enemistad de los poderosos intereses afectados, y Luis XVI, muy a su pesar, lo despidió en 1776. ‘Sólo a Turgot y a mí’, dijo el infortunado rey, ‘nos importa realmente la gente’. Murió antes de la Revolución, ilustrando los obstáculos que enfrenta quien intenta que la gente acate una ley ‘natural’ contraria a sus intereses. El laissez faire, en teoría atractivo, subestimaba el ingenio de quienes lucran con un sistema de leyes propio. También sobreestimaba la benevolencia de la ‘naturaleza’ invocada.

Adam Smith. Patriarca Clásico. Fundador de la escuela clásica de la economía, sus escritos han tenido influencia por más tiempo que los de nadie, el escosés Adam Smith (1723-1790). Una mezcla de circunstancias inusual, proveyó el escenario para su éxito.

La liberal Ilustración, no sólo inspiró a fisiócratas franceses, barría con todo lo anterior; en los altos círculos intelectuales ingleses, un resuelto recluta era el filósofo escosés David Hume, muy cercano a Smith, quien viajó a Francia y oyó conferencias fisiocráticas en los apartamentos de Quesnay. Las ideas de John Locke, Rousseau y otros, tuvieron gran influencia entre los líderes de la Revolución de EU.

Además, Smith vivió al inicio de la Revolución Industrial, cuando las máquinas, primero propulsadas por fuerza hidráulica, y pronto por vapor, acrecían la producción con gran rapidez. La revolución mercantil se había establecido hacía tiempo, mas la ganancia en la manufactura se redobló para quien usaba los numerosos inventos que emergían de la nueva ciencia y  tecnología.

En Bretaña, la Revolución Industrial se afianzó y cobró dominio primero. El regimen de empresa manufacturera privada, activada con energía, necesitó un sistema de ideas que lo justificara, no ante la aristocracia terrateniente, como los comerciantes, sino contra las restricciones de los monopolios del mercantilismo. Los fisiócratas fueron voceros de la agricultura contra privilegios mercantilistas, y Smith y sus seguidores fueron abogados de los industriales y de las colonias explotadas.

Smith proveyó el talento para sacar el mejor partido. Era un agudo observador, aprendía del mundo de acción, aunque no coincidiera con la doctrina autorizada. Con astucia para ejemplificar, hizo sus escritos accesibles, especialmente al hombre práctico. Exhibía un talento filosófico, matizado con motivos éticos, característico de muchos escoseses, que le permitió forjar sus ideas en la forma de un sistema lógico que se podía apoyar en el más alto nivel. Como muchos importantes economistas, no era un especialista entrenado, sino un pensador que abordó el tema, con bagaje amplio y frescos enfoques. La principal falla de su doctrina, se dijo después, era que pensaba que dentro de todos, había un pequeño escosés.

Cómo se Volvió Economista. Hijo de funcionario, n. en Kirkaldy, cerca de Edinburgo.Ingresó a la Universidad de Glasgow, entonces pequeña, a los 14 años. Estudió clásicos, matemáticas y filosofía, con Francis Hutcheson, apóstol de la libertad bajo Dios benévolo, y se decía que ideó la comprobación ética del ‘mayor bien, para los más’.Tras tres años fue a Oxford, becado por seis, no halló su vida placentera, quiso ordenarse en la Iglesia Episcopal Escosesa, pero desistió.

Regresó a Edinburgo, y enseñó Literatura Inglesa. Emitió extrañas opiniones, incluso que Shakespeare no era buen dramaturgo. Pero adquirió prestigio, y en 1751 regresó a Glasgow, a enseñar Lógica; al año era profesor de Filosofía Moral. Estudió Economía Política.

Un libro de Ética: Teoría de los Sentimientos Morales, estableció su reputación. En Glasgow, se relacionó con James Watt, inventor de la máquina de vapor. En 1759, convivía con Benjamin Franklin y otras personas entendidas.

La cátedra fue un factor que lo ayudó a concebir y escribir su gran libro: Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones. Se hizo tutor viajante del Duque de Buccleuch, con salario de 300 libras anuales, y gastos de viaje. Fue a Francia por varios años y trató a intelectuales y estadistas, como Quesnay, Du Pont y Turgot; quizá conoció a Jefferson. Empezó su Riqueza de las Naciones, en Tolouse, en 1764. Este clásico del liberalismo económico apareció en 1776, y la Declaración de Independencia de EU también, y no es mera coincidencia histórica. Fuerzas similares guiaron ambos documentos. Su salario fue su pensión de por vida, y pudo terminar su obra y gozar su fama. Burke dijo que ‘por sus efectos definitivos es probablemente, el más importante libro jamás escrito’.

A pesar de sus observaciones de instituciones económicas reales, fue propagandista de una utopía liberal que asomaba cuando la escribió. Algunas de sus máximas se observaron en la práctica, pero nunca se aplicaron íntegramente, y el mundo está más lejos que nunca, de adoptar su doctrina.

Aspectos Principales de la Economía de Smith. La Riqueza de las Naciones se propuso explicar cómo se incrementaba la riqueza de una nación, y como se distribuía –temas básicos de la Economía moderna.

La única fuente de riqueza, sostenía, como hoy, es la producción, resultado del trabajo y los recursos. Atacó la idea mercantilista de que la riqueza se deriva del exceso en exportaciones. La riqueza aumenta en función de la habilidad y eficiencia con la que se aplica el trabajo, y de la población involucrada. El bienestar del individuo promedio, depende de la relación entre producción total y tamaño de la población, o como hoy se dice, del ingreso per cápita.

Sus ideas son parte de la tradición, parecen lugares comunes, no lo eran cuando las creó. Los medios para incrementar la producción, son división del trabajo e introducción de maquinaria. Es modelo su exposición sobre cómo la especialización en las operaciones de la fabricación de alfileres aumenta el producto por trabajador. Pero aplicar especialización, depende del tamaño del mercado, un alto nivel de producción, no puede venderse en una localidad chica, aun si se logra con pocos trabajadores. Observó que mejorar transporte, amplía mercados, hace posible que comercio e industria crezcan.

Difiriendo de Platón, no creía que la diversidad de empleos deriva de diferentes talentos, sino que los diferentes talentos resultan de la diversidad de ocupaciones. La tendencia a la especialización en la producción, la causa la propensión humana al trueque y comercio, ‘no se ve a un perro organizar una feria o cambiar deliberadamente un hueso con otro perro’.

El rol fundamental que asignaba al mercado, lo llevó a especular sobre su funcionamiento. El valor real o natural de algo, se medía por el trabajo que se dedicaba a hacerlo. Nadie haría nada, a menos que pensara que valía el esfuerzo. Si podía comprarlo, a menos que el costo del trabajo de hacerlo él, lo compra, dando a cambio algo que el otro participante podía comprar, en términos de trabajo, a un costo menor al de hacerlo. Surge el mutuo beneficio derivado de la especialización y el comercio. El valor de algo depende del tiempo requerido para hacerlo, la intensidad del trabajo, la capacitación o educación trás la habilidad de un trabajador, y factores similares.

Pero en una economía que utiliza dinero, el precio de mercado de las mercancías (o valor nominal) no es siempre igual al valor real. La demanda efectiva de un artículo –no sólo el deseo por él, sino la voluntad y posibilidad de pagarlo –a veces excede a la oferta. Esto incrementa precio y ganancia del productor. La rentabilidad hace competir a otros, y distrae trabajo y capital, de otras ocupaciones.

Ello podía reducir el precio por debajo de su valor real. Había una tendencia a que el precio de cualquier artículo oscilara alrededor de su valor real. Si demanda y oferta están en equilibrio, el precio es el natural. Todos ganan en un mercado libre, obtienen lo deseado, al menor precio posible, se ocupan en lo que mejor hacen; y los recursos productivos se asignan conforme a las necesidades de los consumidores.

El hombre dirige su industria para que el producto sea del mayor valor, ‘pretende sólo su propia ganancia y es, en este caso como en muchos otros, guiado por una mano invisible, para lograr un fin no intencional, busca su interés, y con frecuencia promueve el de la sociedad, más efectivamente que si lo pretende promover’. ‘Si se excluyen los sistemas de preferencias o restricciones, el obvio y sencillo sistema de la libertad natural, sienta sus reales’.

Énfasis en búsqueda individual, resorte mayor de beneficio social, la mano invisible, y el sencillo sistema de la libertad natural, son lemas de defensores de la empresa privada, de 1776, al presente.

Distribución del Producto. Las principales formas de pagar dinero por producción y distribución son: salarios, ganancia, y renta. Sus enfoques de qué sucedía realmente en estos ámbitos, favorables al capitalismo, revelaban  serias fallas del ‘obvio y sencillo sistema de la libertad natural’.

Para sacar beneficios de la maquinaria, que aumentaba la riqueza, el consumidor debía hacer que fuera atractivo ahorrar e invertir en capital. El asalariado no podía recibir completo el valor natural del producto, parte del precio debía ser la ganancia. La utilidad era un necesario costo de producción.

A más capital, más alto podía ser el salario, su acumulación hacía más productivo al país. Los hechos parecían apoyar el argumento.

Encontró razones para creer que los salarios reales crecieron en Inglaterra, al paso de la industria, y dijo que había correlación en los bajos niveles de vida en India o China, y su falta de desarrollo industrial.

Los salarios no eran lo altos que debieran, por la competencia de los trabajadores por empleos. Su límite inferior, era el mínimo de subsistencia, debajo de él, la población trabajadora moriría. Vió que la escasez de mano de obra, y un rápido aumento de la riqueza, que prevalecían en América, llevó a altos salarios, que como los otros precios, estaban sujetos a oferta y demanda.

Los pobres, dijo, tienen alta tasa natal y mortalidad infantil, lo que se confirmó con estadísticas. Esa natalidad sube la oferta de trabajo y mantiene al salario cerca del nivel de subsistencia, en economías estáticas, y por debajo, en regresivas. La condición para aumentar salarios, era una economía creciente, que superara al crecimiento demográfico. La prosperidad del rico lleva a bajar la natalidad y tiende a la concentración de la riqueza, ‘el lujo, en el sexo bello, quizá encienda la pasión para el disfrute, pero parece que siempre debilita, y con frecuencia destruye, el poder de engendrar’, dijo, el perceptivo soltero.

Observó que hay inequidad en poder de negociación entre trabajo y empleadores. ‘Los amos están siempre, en una tácita, constante y uniforme confabulación, para no aumentar el salario por encima de su tasa actual’. El intento del trabajo, de unirse para resistir cortes en empleos, o aumentos en ganancias, causó rechazo, la violencia que acompaña esos movimientos, se suprimía rigurosamente. Las ganancias disminuyen, a la par que se acumula capital, más capital significa más competencia en la industria. Los extremos en riqueza y pobreza son más marcados, en sociedades atrasadas. Es necesaria la competencia, como condición de su sistema de libertad natural.

Era contrario al monopolio, excepto donde competir provocaba el desperdicio, como en la construcción de canales. El monopolio ‘es enemigo de la buena administración, la cual  no podrá establecerse, sino como consecuencia de la libre y universal competencia, que obliga a todos a recurrir a ella, en aras de la autodefensa’.

La renta, decía, es un precio de monopolio. La cantidad de tierra buena y deseable, es limitada, y quienes la poseen pueden sacar al consumidor, algo que no es pago por trabajo ni capital necesario.

Las rentas altas resultan de una gran riqueza nacional o de altos salarios. Sugirió la doctrina del ‘incremento no ganado’, y reflejó el sentir del productor industrial, en contra de vestigios feudales y de terratenientes.

Sobre dinero e interés, su aporte no es notable. Coincidió con la mayoría, en que grandes cantidades de dinero, elevaban el nivel general de los precios; consideraba útil al dinero, como medio de cambio, pero no veía mal cobrar interés sobre préstamos, que sería bajo, cuando el ahorro fuera abundante, y alto, cuando la demanda de dinero excediera su acumulación.

Diferencias con doctrinas previas. De lo más mordaz del libro de Smith, es su ataque a las doctrinas mercantilistas, derivado de sus puntos de vista. Si competencia, libre comercio y  especialización, eran deseables dentro de una nación, debían serlo entre naciones.

Ninguna gana haciendo lo que puede comprar más barato en otra parte. Esa extravagancia es el propósito de las tarifas al comercio y los subsidios. Sin ellos, las naciones se especializan naturalmente en producir lo que mejor hacen. Su producción es su única fuente de riqueza, entre más valor produzca con su fuerza de trabajo, más ricas serán. Los monopolios internacionales son tan indeseables como los domésticos.

Práctico, admitía excepciones. Por seguridad militar, era deseable promover navieras inglesas. Los derechos a la importación debían aplicarse si la producción doméstica de un bien era sujeta de mayor costo, debido a un impuesto especial, para igualar la competencia. Las tarifas podían usarse con propósitos de negociación. Bajarlas se podía justificar, vía ‘graduaciones’, si un cambio brusco causaba serias dificultades. El mercantilismo afectaba al consumidor sobre el productor, siendo que ‘el consumo es el único fin y propósito de toda producción’. Tenía más en común con la Fisiocracia, pero la criticaba como reacción exagerada al Colbertismo. ‘Si la vara se inclina mucho hacia un lado,- reza el proverbio- para enderezarla, deberá inclinarse igual, para el otro lado’. Eso se hacía al presentar a la agricultura como única fuente de riqueza. Smith consideraba a la agricultura como de primera importancia, pero la industria y el comercio, también eran productivas. Sirvientes, actores y artistas, clérigos, y quien diera servicios no materiales, no  era productivo.

Quesnay, creía Smith, ponía demasiado rigor en sus puntos de vista sobre ‘libertad natural’, al defender la promoción de la agricultura, a expensas de la industria. ‘Médicos especulativos imaginaron que la salud del cuerpo humano podía preservarse con régimen de dieta y ejercicio, donde cada violación, por pequeña, causa algún grado de enfermedad’.

Pero el cuerpo humano era capaz de ser saludable ‘bajo una vasta variedad de diferentes regímenes’. Quesnay, médico especulativo, erró al prescribir un régimen muy preciso, para el cuerpo político.

¿Cuál era, según Smith, el papel del gobierno, o como lo llamaba, el Soberano o la Comunidad (Commonwealth)? Uno muy simple:

*El gobierno debe proveer la defensa nacional, y al hacerlo, debe considerar a la economía, que soporta a las fuerzas armadas, y a lo militar. La industria es la base esencial de la fuerza militar, y más, cuando las armas son muy desarrolladas y caras.

*Administrar justicia, mas el poder judicial debe ser independiente.

*Financiar los servicios públicos útiles para todos, aunque algunos deberán ser autofinanciables, mediante el pago de cuotas.

*Proteger el comercio exterior, pero no perpetuar monopolios o delegar fuerzas armadas a intereses particulares, como Bretaña lo hizo en el caso de la Compañía de la India Oriental.

*Subsidiar escuelas elementales para la gente común.

*Y debe mantener la dignidad del soberano, soportando el estilo de vida que de él se espera.

Los impuestos para sufragar esos gastos, deben cobrarse a la gente, ‘en proporción al ingreso que disfrutan a su vez, bajo la protección del estado’, v.g., un impuesto al ingreso de individuos y negocios.

‘Tiempo, forma y cantidad de su pago, serán claras y sencillas para el contribuyente, y para cualquier otra persona.’ Otra cosa conduce a la injusticia y la extorsión. No causar sacrificios al contribuyente, más allá del ingreso que propician. Los impuestos que desalientan al comercio y a la industria, son de esta naturaleza.

Estas recetas son más atendibles por sus omisiones que por sus inclusiones. En especial Inglaterra y Francia, aplicaban extensas normas al comercio doméstico y exterior, concedían favores y monopolios con liberalidad, e imponían contribuciones directas e indirectas. Sinecuras, favoritismo y corrupción, eran la regla. Se gastaba en guerras, ocasionadas en parte por el colonialismo de explotación imperialista. La Independencia de EU, fue en gran medida una protesta contra tales prácticas.

Pesimista Clásico -Malthus. Su influencia, casi la iguala Thomas Robert Malthus, quien perteneció a la generación siguiente. Nació en 1766, y murió en 1834. Su vida temprana fue en un período de turbulencia y revolución.

Dos principales circunstancias influenciaron su pensamiento: las profecías mileniaristas, y sus observaciones de la miseria humana.

La Revolución Industrial no era tan benéfica para los trabajadores, como Smith pensó. Había frecuentes depresiones y crisis; gran y desatendido desempleo causado por la inestabilidad cíclica del nuevo régimen económico, y la industria mecanizada desplazaba rápidamente a los artesanos. El mercado no se expandía al parejo de la  oferta de mano de obra, y muchos creían que Inglaterra estaba sobrepoblada.

El humano se resistía a obedecer las ‘leyes naturales’, o Natura no era tan benévola como Smith y predecesores suponían. A Malthus lo intrigaban quienes creían en la perfectible naturaleza humana, e impresionaban los obstáculos en su camino. Como clérigo, estaba impelido a hallar explicación y remedio a los problemas humanos.

Teoría de Malthus. Ensayo sobre los Principios de la Población (1798), causó acalorada controversia. Profundizó, acumuló más evidencia, y en 1803, sacó una edición mucho más extensa, bajo su nombre. Publicó cuatro ediciones más, antes de morir. Enfatizando la lucha por la existencia, ayudó a conformar las ideas de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace.

Su teoría es simple. La procreación sin control, hace a la población crecer en progresión geométrica, la oferta de alimentos sólo crece en progresión aritmética. Dos postulados, el alimento es necesario para la existencia humana, la pasión entre los sexos es necesaria, y así permanecerá. La presión de la población sobre las subsistencias sólo se ha aliviado históricamente, por guerra, peste y hambruna.

El salario real no podía revasar mucho el nivel de subsistencia, un aumento en el bienestar, llevaría a más oferta de trabajadores. Si el salario caía debajo de él, el exceso sería eliminado con muertes. El concepto se conoce como ‘la ley férrea de los salarios’.

Malthus, como Smith, notó los altos salarios de América, pero los atribuyó a la alta relación entre tierra disponible y población, que crecía rápido, no tanto por inmigración sino por la alta natalidad. ‘Puede esperarse que al aumentar la población, con el tiempo, los trabajadores serán retribuídos menos liberalmente’.

Aunque ocupado en apoyar su tesis central, aportó una idea que la teoría económica general asimiló, herramienta del análisis clásico –la ‘ley’ de los rendimientos decrecientes. La desarrolló, referida a la tierra. Una superficie rinde más con la aplicación de fertilizante y más trabajadores. Pero llega un punto en el que más  esfuerzo no mejora la tierra y gastos adicionales no aumentan la cosecha. Si se llevan muy lejos, la reducirán. Igual  razonamiento se aplicó luego a empresas industriales, e industrias completas.

Remedios Propuestos por Malthus. Clérigo, aceptaba que, siendo su teoría correcta, un Dios benévolo, era inconcebible. El hombre podía poner remedio, con prudencia y abstención, igual que podía evitar enfermedades por glotonería o embriaguez. El matrimonio tardío, arguía, formaba el carácter, y se debían tener los hijos que se pudieran mantener.

Este código moral debía reforzarlo la sociedad, rehusando caridad y apoyo público a quien no podía autosostenerse. Justificaba esta prescripción, decía que era lo más humano, por su efecto último, y la benevolencia miope, sólo un paliativo que agravaría el mal. Pero no proponía abolir caridad hacia el que, responsable e industrioso, sufriera inmerecidas calamidades, el ‘merecedor pobre’.

La teoría malthusiana servía al interés del que, beneficiado por el crecimiento del capitalismo, era culpado, por la miserable situación de la mayoría asalariada. Su infortunio, decía Malthus, se debía a la inobservancia de la ley natural; ningún beneficio social podía surgir de un orden económico, si esa ley se ignoraba. El remedio estaba en sus manos; eran miserables por su culpa. La obligación de las clases altas era instruir a la gente sobre esa situación. Por eso la Economía fue llamada ‘ciencia infortunada’, ‘dismal science’.

Su análisis, si no sus remedios, impactó al pensamiento social. Sus predicciones no se han cumplido en el mundo occidental, sólo por el rápido aumento en productividad industrial y agrícola, que él no previó, y la baja en crecimiento poblacional, por la caída en la tasa de natalidad. Países como India y China, parecieron sujetos al sino que decribió. Es importante que las naciones afortunadas diseñen un remedio de alcance mundial, mejor que los recomendados por Malthus.

Los Seguidores de Smith. Inspiró a discípulos que no trajeron al tema mucho sentido de la realidad o análisis fresco, elaboraron, afinaron o corrigieron sus teorías, y formaron una ‘escuela’ de su doctrina, estudiaron más detalles técnicos, que los temas amplios y el cambio de las instituciones. Siempre hay riesgo de que cuerpos teóricos degeneren en triviales discusiones características de los peores escolásticos medievales. No habría avance, hasta que fuera posible un nuevo enfoque de los fenómenos naturales.

En Francia, Jean Baptiste Say (1767-1832) reescribió a Smith, en un sistema autosuficiente, más sistemático y lógico, y compartió su reputación. Amplió la teoría, estableciendo que los productores de utilitarios, ‘utilities’ –cosas que la gente quiere y está dispuesta a pagar por ellas-son productivos, sea que trabajen sobre materiales físicos o sólo provean servicios.

También propuso lo que se conoce como la Ley de Say: ya que la producción de cualquier artículo crea una demanda equivalente por algún otro artículo, la oferta total debe ser igual a la demanda total, por lo que no puede existir una sobreproducción general.

 Esta observación significó por mucho tiempo que las depresiones que conocemos, surgían de energía dirigida a producir más de uno, o más bienes, de los que pueden comprarse, al precio corriente. James Mill, replanteó la doctrina clásica en forma muy simple, con énfasis en sus ‘leyes’. John Ramsay McCulloch, dogmático, pero lúcido economista, aportó poco.

Nassau William Sr, más eminente y capaz, buen lógico, tipificó la aridez de la escuela. Limitó el alcance de la Economía, al excluir bienestar y opiniones morales; la objetividad debía prevenir al economista de dar consejos, asumió que la verdad sobre el tema se podía deducir de premisas conocidas por todo mundo. Preocupado por precisiones terminológicas, pensó que su actitud era científica y sostuvo que la Economía ya tenía dignidad de ciencia, y que sus leyes básicas ya habían sido descubiertas.

David Ricardo (1772-1823) Siguió a Smith y Malthus, es la más celebrada autoridad clásica, después de Smith. De pensar preciso, poder de abstracción, y una implacable lógica deductiva, pero sin las observaciones y ejemplos de la vida real, que hacen deliciosa la lectura de Smith. Comparado con él, Ricardo es dificil y árido. Sus ideas tuvieron importantes consecuencias.

Descendía de judíos españoles, aprendió el negocio de la bolsa en la firma paterna, en Londres. Se familiarizó con principios de la banca, cambios extranjeros y finanzas, en el centro financiero más grande del mundo. Casó con cuáquera, abrazó el anglicanismo, y decepcionó al padre. Estableció su propia firma y se enriqueció; a los 35, era multimillonario. Estudió matemáticas y ciencias; tras leer La Riqueza de las Naciones, se concentró en desarrollar la Economía Política. Viendo su teoría de la renta de la tierra, es interesante saber que se convirtió en gran terrateniente. También fue miembro de la Cámara de los Comunes.

Contribuciones de Ricardo a la Teoría. En Los Principios de la Política Económica y la Imposición, (1817), analiza problemas de distribución de riqueza; creía que Smith y Malthus no la explicaron bien, pero tomó de ambos. La renta, según Smith, es un precio de monopolio. Ricardo concordó, pero elaboró la idea más allá. Si la tierra abundara como el aire, podría apropiársela quien quisiera, sin precisar de precio. Sería un ‘bien libre’. Éste, creía, era el caso, en un principio. Los primeros granjeros tomaron de la mejor tierra. Al agotarse, se tomaron tierras no tan fértiles. La mejor exigía precio, rendía más, y ya no había, gratis. Al tomarse tierra menos fértil, se añadía valor a las mejores.

La menos fértil se cultivaría, si retribuía el esfuerzo de trabajarla, y rendiría eso, y nada más. La renta de la tierra, sería, no pago por el trabajo, sino por la posesión de un recurso escaso. Era un pago no ganado. Su concepto de la tierra ‘marginal’, luego se  generalizó en teorías del valor y de precios.

Sistematizó la ley férrea de los salarios, de Malthus. Nunca podían alejarse del nivel mínimo de subsistencia, por la oferta y demanda, en el mercado laboral –un mayor pago incrementaba la oferta, más bajo, la disminuía. El costo de subsistencia dependía del precio de alimentos y otros productos de granja. Un alto precio de cosechas precisaba altos salarios. Los precios de las cosechas dependían de la renta, que subía, a medida que una nación se poblaba y la mejor tierra se agotaba.

Al cobrar más por los medios de subsistencia, los terratenientes no explotaban a la fuerza de trabajo, sino a su empleador, tendría que pagar salarios más altos, y no podía cobrar más por su producción, por haberlo hecho, pues los precios se determinaban en el mercado.

El ‘precio natural’ de un artículo se basaba, con Smith, en el costo de la fuerza de trabajo que se le aplicaba, pero Ricardo difería de el, decía que la renta no formaba parte del precio natural. Sí incluía el costo de edificios y maquinaria, el capital. Al recibir ganancias, el capitalista tomaba algo que la fuerza de trabajo había producido.

Ricardo dejaba en conflicto al asalariado y al empleador, respecto de la distribución del ingreso de la industria, y al empleador y al terrateniente, en conflicto, sobre la división de las ganancias. La renta era, en esencia, una usurpación de la ganancia. La tendencia era que los beneficios cayeran a cero, mientras los terratenientes se embolsarían el superávit económico, sin trabajar. Si se tomaban las transacciones de un país con el mundo, debía haber balance entre pagos entrantes y salientes. Avanzó y elaboró sobre observaciones de Mun en cambios extranjeros. Habló sobre el dinero y los efectos de sus variaciones en cantidad.

Implicaciones de la Teoría de Ricardo. Discipulo minucioso del laissez faire, favoreció desaparecer tarifas proteccionistas.Su teoría de la renta atacó las ‘Leyes del Maíz’ que protegían la agricultura inglesa –poco después se abolieron. Fue una de las influencias que hicieron de Bretaña un país manufacturero, enfatizando comercio exterior y finanzas.

En su teoría de precios y salarios, aunque quizá no era consciente de las conclusiones que se sacarían de ella, estaba el fundamento de la teoría de Karl Marx, sobre la explotación del trabajo.


LOS SOCIALISTAS TEMPRANOS; KARL MARX
                                                                                                                                Volver al índice

Pensadores del S. XVIII e inicios del XIX, con la libertad, dignidad humana, y supremacía de la ley natural, apoyaron al emergente capitalismo, con énfasis en la búsqueda del interés individual, como una fuerza social benéfica y necesaria.

El optimismo de fisiócratas y de Smith sufrió, empero, un declive, en ideas como las de Malthus y Ricardo. En ellas, el trabajo no podría recibir, por mucho tiempo, más que la mera subsistencia, y podía caer por debajo, sin importar cuánto hubiera aumentado la riqueza.

Trabajo y capital eran antagonistas; el terrateniente era enemigo de los otros consumidores. Aceptaban la disparidad de ingresos, como natural e inevitable; no había equidad social o económica, ni como objetivo. La filantropía sólo aumentaba la miseria. Otra tradición le simpatizaba al hombre de buena voluntad, pero iba en contra de la corriente histórica vigente.

Enfatizaba los aspectos sociales del orden ‘natural’ –la disposición a cooperar, la perfectible naturaleza  humana, el deseo de igualdad no política: social y económica. Esta filosofía, aunque condenada con frecuencia como materialista, no daba más importancia a los bienes materiales, que las teorías individualistas. Sus exponentes se ocupaban de los asuntos económicos, sólo como instrumento para abrir paso a lo que consideraban la nobleza de los hombres, y que creían frustrada por el maltrato, la miseria y la mala educación.

Las raíces del igualitarismo son muy anteriores a la Ilustración. La demanda de igualdad surgió en la antigua Grecia, estimulada por las enseñanzas cristianas sobre la hermandad del hombre. En la Revolución Puritana inglesa, los ‘Niveladores’ intentaron virar la balanza de poder, no sólo del rey hacia los comunes, sino más allá, hacia los trabajadores desposeídos. Gerrard Winstanley, líder de los Diggers, dijo que la propiedad fue comunal, hasta la Conquista Normanda, y pidió a Cromwell restaurar la tierra libre. Como todos trabajan para aumentar las existencias comunes, todos deben tener libre uso de los artículos almacenados, para su placer y confort. Era una idea que sería recurrente, en muchas épocas.

Los Utopistas Franceses. La Ilustración y la Revolución Francesa condujeron a este pensamiento. Rosseau sostuvo que la propiedad privada era un robo, y no existía en el estado natural. No obstante, la Revolución Francesa no era tan hija de la turba parisina como de hombres de posición y riqueza y, aunque a veces parecía salirse de control, en esencia fue una victoria de la clase empresarial sobre la nobleza terrateniente. El anhelo popular fue poco atendido, pues al industrialismo, en Francia y toda Europa, lo acompañó desempleo, largas jornadas, salarios de hambre, y declinación de la agricultura. La desilusión creó una atmósfera favorable para los apóstoles de la igualdad económica.

Francois Emile Babeuf (1760-1797), apoyó al Terror y conspiró contra el Directorio, para establecer la sociedad comunista. Se hizo llamar ‘Graco’, como el líder del proletariado romano, fracasó, fue condenado a muerte. Dijo: ‘La Naturaleza dio a los hombres igual derecho en el disfrute de todos los bienes’. Debían nacionalizarse las grandes empresas y la propiedad privada, aboliendo la herencia.

Producción y distribución serían dirigidas por un gobierno electo. Nadie tendría derechos políticos, si no hacía trabajo útil, las ideas contra el régimen serían prohibidas. Alimentos y ropa serían igual para todos, excepto diferencias acordes a sexo y edad. Los hijos se separarían de los padres, y se les enseñarían los modos de la nueva sociedad.

Esta doctrina la repitió en forma más suave Étienne Cabet; escribió  El Viaje a Icaria. Nació en 1788, en la Revolución, estudió leyes y fue funcionario por un tiempo. Icaria era una suerte de dictadura en la cual prevalecía la uniformidad. Las calles, rectas, cada manzana tenía quince casas iguales, con equipo sanitario moderno. Techos de vidrio cubrían las aceras, máquinas barrían las calles. El estado poseía todo y distribuía el producto equitativamente. Todos vestían igual, el gusto personal se permitía en los colores. Sin periódicos, y los libros se sometían al gobierno antes de su publicación. Todo se hacía dentro del sistema decimal. Se crearía el régimen en 50 años, y Cabet creía que podía lograrse en sencillas fases legislativas.

Emigró a EU y obtuvo una concesión de tierras en Texas, e instaló colonias que esperaba generarían imitación. La fiebre amarilla no le permitió seguir sus planes. Se mudó a Nauvoo, Illinois, ahí, una colonia de 1,500 gentes, sin aceras cubiertas de vidrio, fracasó, por rencillas internas.

Henri de Saint-Simon.(1760-1825) Conde, pensador parisino igual de optimista, menos árido. Buscaba no uniformidad, sino igualdad de oportunidades. Peleó en la Revolución Americana y apoyó a los revolucionarios en Francia. Después pasó hambre y frío y sacrificó su salud en la lucha por desarrollar sus ideas y escribir libros que apelaban a la razón, con el anhelo de que a su publicación seguiría una era dorada. El principal es La Nueva Cristiandad.

El nuevo orden necesitaría una autoridad espiritual, con rol similar al de la Iglesia durante el Feudalismo. Sería científico e industrial.

Acabaría con el individualismo anárquico. La guerra se eliminaría; Europa tendría un solo Parlamento, sabios y justos gobernarían ‘en la Nueva Cristiandad, toda la moralidad derivaría de este principio: los hombres deben considerarse hermanos entre sí’.

Tal régimen instalaría la propiedad pública de la industria, dejando los bienes de consumo en manos privadas. Todos recibirían ingreso por sus servicios. Definir el pago por trabajo, acorde al mérito, se dejaba a funcionarios públicos. Ningún ocioso se toleraría.

Saint-Simon tuvo seguidores intelectuales y científicos, incluyendo a Augusto Comte, el filósofo, y Ferdinand de Lesseps, el ingeniero que construyó el Canal de Suez.

Charles Fourier (1772-1837), hijo de comerciante, convertiría al mundo, por el ejemplo, más que por la prédica. Las asociaciones cooperativas, ‘falanjes’, demostrarían la superioridad de la vida comunal.

De niño, lo deprimió la corrupción del mundo comercial, su padre lo castigó por decir a un cliente la verdad sobre un producto; este sentimiento se fortaleció cuando tuvo que tirar arroz al mar; para  el subir su precio en una hambruna, el dueño lo ocultó, hasta que se hechó a perder.

Fourier tenía ideas fantásticas, como que se entraría a un milenio donde leones tirarían carruajes, ballenas remolcarían buques, y el agua marina sería potable. Servía como simbolismo, o para fines publicitarios, pero no tenía que ver con la falanje, una pequeña colonia viviendo en un edificio, aportando tareas para sostener al grupo de acuerdo al gusto personal y, a través del placer de trabajar para el bien común, combinado con una eficiente administración, incrementaban el producto, lo suficiente para que todos pudieran retirarse confortablemente, a la edad de 28 años.

El optimista autor anunció que esperaría cada mediodía, a que un rico ofreciera financiar tal colonia, pero, aunque estuvo a la hora todos los días, en doce años nadie se apareció. Su propuesta, sin embargo, obtuvo más amplia aprobación después de su muerte, algunas falanjes se probaron en Francia, y en Estados Unidos, el ‘asocianismo’ como se llamó, fue recogido por reformadores, antes de la Guerra Civil, disgustados por el espíritu de ganancia privada y explotación, que prevaleció en el despegue del industrialismo.

Entre ellos estaban Albert Brisbane, Horace Greeley, y Charles A. Dana. Se interesaron en la falanje de Brook Farm, Margaret Fuller, Nathaniel Hawthorne, Bronson Alcott, gente notable. No tuvieron éxito, pero algunas duraron largo tiempo; el experimento, como muchos del laboratorio químico o físico, no produjo el resultado deseado. El fracaso de las colonias utópicas se usó para ridiculizar la fé en la posibilidad de una mejor sociedad.

Es fácil burlarse de los utopistas, pero la influencia de sus ideas no puede medirse por lo primitivo de la mayoría de sus entramados.

Blanc y Proudhon. Louis Blanc (1811-1882) también rechazó al laissez faire, fue el primer socialista que apeló a los trabajadores para hacer reformas, y usó al estado, en un esfuerzo por crear una nueva sociedad.

Hijo de un inspector general de finanzas en España, nombrado por Louis Bonaparte, fue periodista, a los 28 años, fundó el influyente Revue de Progres, donde publicó por entregas su principal obra, Organisation du Travail (Organización del Trabajo). Durante la Revolución de 1848, fue miembro del gobierno provisional.

Forzado a dejar Francia durante el reinado de Napoleón III, volvió en 1870 y fue elegido a la asamblea nacional, pero se opuso a la insurrección que trató de establecer a la Comuna de París.

Propuso algo como una Asociación de Producción de Trabajadores (WPA, en inglés) –talleres sociales estatales, donde a todos se les podía garantizar un empleo –pero, a diferencia de estos, no eran alivios de emergencia, sino instituciones permanentes, la base de una nueva sociedad. Creía que, compitiendo eficientemente con la empresa privada, pronto acabarían con los demás negocios. Los talleres, bajo control obrero, formarían una federación nacional para asegurarse contra pérdidas en que pudiera incurrir cualquier establecimiento.

No pensaba que los hombres eran iguales en talentos, y enunció la fórmula socialista: ‘de cada quien, según sus habilidades, a cada quien, según sus necesidades’. No implicaba igualdad en tareas ni en distribución, pues las necesidades y los talentos, difieren. El plan era ofrecer la oportunidad para el desarrollo humano, negada por el sistema competitivo de bellum omnia contra omnes (guerra de todos contra todos). En 1848, el plan de talleres se probó, pero por un enemigo de Blanc, cuyo propósito era desacreditarlo, en un fracaso anunciado. La vida de los talleres, fue corta.

Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), creyente en la igualdad, era amargo enemigo de la propiedad privada en los negocios, pero a diferencia de los socialistas, se oponía también al estado. Veía a la sociedad ideal, encarnando la ‘unión del orden, con la anarquía’.

Sin el gobierno, la riqueza privada no podía existir, pues no habría nada que protegiera al propietario. Los que primero rompieron la propiedad comunal, apropiándose de la tierra, eran esencialmente ladrones. Los empleadores robaban al trabajador, al no pagarle el valor íntegro de su esfuerzo. El principio básico de la sociedad era que todos tenían derecho al producto de su propio trabajo; este tipo de propiedad era natural, y sería respetada por todos, sin estado que protegiera a quien robaba a la comunidad y explotaba a otros.

La doctrina del Anarquismo influyó al movimiento obrero europeo, particularmente al sindicalismo de Francia y España, y por un tiempo se reflejó en la filosofía de la IWW (Industrial Workers of the World) de EU. Fuertes rasgos de ella pueden encontrarse en Karl Marx, aunque no se le considera como un anarquista.

El Utilitarismo de Jeremy Bentham. Filósofo social inglés (1748- 1832), creía en el laissez faire, pero llevó un importante enfoque al pensamiento socialista. Hijo de un rico abogado, estudió leyes, no tenía que trabajar, y se dedicó a promover el bienestar humano. ‘El mayor bien, para el mayor número’, era su objetivo anunciado.

Cada institución social debía juzgarse por ser útil en incrementar el bienestar de los individuos –de ahí su doctrina, el utilitarismo.

¿Cómo se reconoce el bien? Cualquier cosa que aumente el placer o disminuya el dolor de la persona, es bueno. El bien social, es la suma algebráica de todos los bienes individuales.

Para dar significado concreto a este objetivo, uno debía tener modo de medir placer y dolor, en millones de individuos diferentes. La común y conveniente medida, era el dinero. Su falta causa miseria; suficiente, podía traer felicidad. Si la riqueza individual excedía la suficiencia, el placer no aumentaba proporcionalmente. La misma cantidad de riqueza, si era disponible al pobre, le traería mucha más felicidad. Así, la lógica de Bentham inevitablemente llevaba a lo deseable de una mayor equidad en la riqueza, política que, de una u otra forma, también era de los socialistas.

Bentham rechazó la creencia de Smith en la benéfica Naturaleza. Los ‘derechos naturales’ eran absurdos. Para maximizar la utilidad, era preciso emplear la razón y descubrir la mejor política para el fin propuesto. La Economía no era una ciencia para analizar sólo lo existente, también era un arte para moldear asuntos humanos. No podía dependerse de una Naturaleza personificada, para lograrlo.

Aunque su razonamiento lo llevó a recomendar el quietismo del estado, como la mejor política, podía conducir a otros a abogar por la intervención estatal. Destacó entre los filósofos ‘radicales’ que promovieron las reformas del período. Entre ellas estaban no sólo las que rechazaban las interferencias del gobierno, como prohibir las organizaciones de trabajadores, los gravámenes proteccionistas, y la discriminación contra católicos y los inconformistas, sino que apoyó las que activaron al estado: extender la educación popular y el derecho al voto, la sanidad pública y la higiene, una nueva ley de pobres, la famosa Ley de Reforma de 1832, y el Decreto de Corporaciones Municipales de 1835.

Robert Owen (1771-1858). Quien más inspiró el socialismo inglés, era un manufacturero exitoso. Nacido en Gales del Norte, hijo de un pequeño negociante, abandonó la escuela a los 9, continuó su educación con la lectura, y a los 19 tomó un préstamo de 500 libras, de su padre, e inició su negocio como hilador de algodón, en Manchester. Fue el primer británico en usar algodón americano de fibra larga, de las islas de Carolina, con éxito. Antes de los 30 años compró los Molinos New Lanark, cerca de Glasgow, empleando alrededor de 2000 personas.

Era buen administrador. Hizo dinero, pero estaba más interesado en hacer un buen trabajo que en acumular riqueza. Usó los últimos métodos y maquinaria, que mantenía con escrupuloso cuidado. Su molino era ordenado e impecable. Le parecía ridículo dar atención al equipo físico, sin hacerlo con las vidas humanas comprometidas.

La situación de los obreros lo impactaba. Muchas mujeres y niños, mal vestidos y alojados, subalimentados, y trabajaban hasta quedar exhaustos. Como hombre de acción, sorprendió, haciendo algo.

Redujo jornadas, aumentó salarios, construyó casas modelo, instaló educación gratuita, y metió a la escuela a los menores de 10 años, y ya no los empleó. Los mayores eran educados en horas hábiles.

Para proveer alimentos y ropa, abrió una tienda de la empresa. Las multas por daños al producto, se abandonaron. Proveyó recreación, y creó un fondo de aseguramiento.

Nadie había pensado hacer eso. Le fue bastante difícil convencer a sus socios de hacer los gastos, aunque el negocio no los resentía. Los continuó incluso cuando el molino hubo de cerrar por cuatro meses, en una depresión, y pagó sueldos íntegros a sus empleados.

Estaba complacido porque las condiciones en el pueblo mejoraran grandemente. Ya no había pobreza, enfermedad y desesperanza; era una comunidad ordenada, limpia y placentera. Distinguidos visitantes venían de lejos a ver el milagro. Pero la industria, como un todo, no siguió el ejemplo.

Owen estaba impresionado por la idea de que la vida podía mejorar en un medio mejor; su experiencia confirmaba su convicción. No era posible depender de empleadores paternalistas para cambiar las condiciones. No tenían voluntad, y concluyó que tampoco el poder, pues mayores salarios y otros costos necesarios, hacían subir los precios, y los trabajadores no podían comprar lo que producían.

Sólo un sistema cooperativo, sin capitalistas, podía ser humano. Empezó inmediatamente a trabajar para realizar esa idea, en su establecimiento. Como un paso hacia el nuevo sistema, decidió limitar su ganancia al 5%. Eso fue demasiado. La firma se disolvió, pero pudo encontrar nuevos socios, entre ellos, el célebre Jeremy Bentham.

La profunda y mundial depresión, tras la derrota de Napoleón en 1815, lo convenció de que debía haber un nuevo comienzo, y en 1825 fundó dos comunidades cooperativas, una en Escocia y otra en New Harmony, Indiana. No resultó, y consumieron su fortuna.

Sin desanimarse, intentó otra cosa en 1832, la National Equitable Labor Exchange (Lonja Nacional de Participaciones Laborales), ahí se depositaba el producto del trabajo individual, recibiendo documentos con igual poder adquisitivo, al número de horas de trabajo representadas en ellos. Podían usarse para comprar los productos depositados. Así, no podía haber diferencia en valores totales entre oferta y demanda. Los artículos en venta no atrajeron suficientes compradores; aparentemente no se les atribuía su valor completo, aunque sus precios no incluían la ganancia de ningún empleador.

Owen ayudó a organizar sindicatos. Nunca cesó de predicar las virtudes de la cooperación, la creativa influencia de un ambiente mejor, la necesidad de educación universal. El gran movimiento de cooperativas de consumo, desde su inicio en Rochdale, Inglaterra, le debe mucho a su inspiración, igual que el Movimiento Laborista Británico. Sus escritos no son muy profundos, pero su elocuente expresión de fé en la moldeable naturaleza humana, como en Una Nueva Visión de la Sociedad, tuvo mucha influencia. El socialismo Británico le debe más a la tradición que personificaba Owen, que a Karl Marx.

‘Cualquier carácter’, escribió, ‘del mejor al peor, del más ignorante al más ilustrado, se le puede dar a cualquier comunidad, al mundo todo, aplicando los medios adecuados; medios que están, en gran medida, bajo el control de quienes tienen influencia en los asuntos de los hombres’.

Karl Marx, 1818-1883). Profeta del socialismo moderno, combinó ideas de muchos de sus predecesores, socialistas y capitalistas, con las propias, y formó un ambicioso sistema de pensamiento, que ha sido base de un poderoso movimiento, a pesar de las fallas en su razonamiento, y los errores en sus predicciones.

Fue filósofo, historiador, sociólogo y economista, y controversial en las luchas de su tiempo. Delineó un marco del curso futuro de los eventos, en él basó sus prescripciones para la estrategia de los que deseaban cambiar la naturaleza de la sociedad.

Tan extensos y difíciles son sus trabajos escritos, y tan completos en su enfoque, que sufrió el sino de la mayoría de los principales profetas. Seguidores menores transmutaron su doctrina en dogma, las citas de su trabajo se sustituyeron con análisis y observaciones  nuevas, facciones e ismos surgieron entre ‘creyentes verdaderos’.

Vida de Marx. Nació en Tréveris, de padres judíos convertidos a la Cristiandad. Estudió en Alemania, obtuvo su doctorado en filosofía bajo la influencia del filósofo líder, Friederich Hegel. Su enfoque democrático frustró su carrera universitaria, y tuvo que ganarse la vida como periodista. El autócrata gobierno prusiano suprimió el Rheinische Zeitung de Colonia en 1843, por sus artículos. Casó con Jenny von Westphalen, de familia aristócrata, compañera de juegos infantiles, y se fue a París. Conoció a Proudhon y otros anarquistas y líderes sociales, con quienes tuvo largas y francas discusiones, en la mayoría de las cuales discrepaba violentamente con ellos, sobre doctrina y métodos. También conoció a su amigo, patrocinador y colaborador, Friederich Engels, hijo del dueño de un molino, con intereses en Manchester. Los escritos periodísticos de Marx en París, sobre la situación alemana, disgustaron al gobierno prusiano, y extendió su brazo para expulsarlo de Francia. Se mudó a Bélgica.

Los turbulentos años 1840s culminaron en el movimiento de 1848, en Francia, se restauró la monarquía tras la derrota de Napoleón, y en Alemania, en cuyos estados monárquicos nunca había entrado la democracia. Los trabajadores, sujetos a crisis de desempleo, bajos salarios, largas jornadas, y condiciones de trabajo deplorables, eran muy rebeldes, aunque la insatisfacción permeaba a otros niveles de la sociedad. Una organización internacional secreta, llamada la Liga de los Justos, creyó llegada la oportunidad para que la fuerza de trabajo proclamara sus ideas y encabezara la revolución. Marx y Engels redactaron su proclama, el célebre Manifiesto Comunista, que afirmaba la existencia de la lucha de clases entre capitalistas y trabajadores, establecía que todos serían liberados con la victoria final de la clase trabajadora, cuando se apoderara de los medios de producción, y terminaba con el slogan: ‘El proletariado no tiene más que perder, que sus cadenas. Tienen un mundo por ganar. ¡Trabajadores de todos los países, uníos!’

Cualquiera que se estremezca con estas palabras, se sorprendería al descubrir, al leer el texto íntegro del manifiesto, que la mayoría de los beneficios al trabajo, resultado de la toma del poder, han sido alcanzados en las naciones capitalistas –pues anunciaban metas como la jornada de ocho horas y seguridad social. Los oponentes a las reformas, las llamaron socialistas porque formaban parte de las demandas socialistas. Los trabajadores deseaban menores jornadas y más seguridad, independientemente de su inclinación política, en 1848, Marx y sus colegas creían firmemente que esos avances no podrían lograrse nunca bajo un régimen capitalista. La experiencia de entonces parecía apoyar esta conclusión.

Después del colapso del movimiento revolucionario de 1848, Marx vivió en Londres, elaborando y apoyando las doctrinas sugeridas en el Manifiesto Comunista. Vivió modestamente, apoyado en parte con una asignación de Engels, y como corresponsal europeo del New York Tribune de Horace Greeley. El 1er. tomo de Das Kapital, se públicó en 1867, el 2do y 3ero, Engels los publicó en 1885 y 1895, respectivamente, tras la muerte de Marx. El primero contiene lo principal de sus enseñanzas.

La Economía Marxista. La teoría económica desarrollada el El Capital, es casi totalmente clásica, aunque descubrirlo sorprenda a seguidores de Smith y Ricardo y socialistas ortodoxos. Marx usó asunciones delineadas por escritores de la escuela clásica, y su método de razonamiento fue, también, la deducción, a partir de postulados relativamente sencillos. Si está equivocado, como casi es seguro, también lo están ellos, si su método lleva a conclusiones que no puedan apoyar, también el de ellos. Era todo un clásico, con la diferencia de que su razonamiento ataca al capitalismo, en lugar de defenderlo.

Como muchos, atribuyó el valor económico de las mercancías, al trabajo incorporado en ellas. Era en esencia, el enfoque de Ricardo, sólo añadió que para producir valor, debe ser trabajo socialmente necesario, esto es, su producto debe ser útil. El valor de cambio, al desarrollarse el mercado, se mide en dinero, pero tras las ilusiones y engaños del dinero, el consumidor que compra un artículo, paga por el trabajo socialmente necesario que se le incorporó. El dinero es sólo el intermediario.

El capitalista no compra para usar, sino para revender. El dueño de un molino compra fibra de algodón, hiladoras, y trabajo obrero. Cada uno de los componentes del producto final, le costó el precio del trabajo incorporado en ellos. Pero se las arregla para vender el producto de su fábrica en más de lo que le costó, si no, no habría ganancia en la transacción. Él recibe la plusvalía, el plus valor.

Lo que paga al trabajador es sólo suficiente para mantenerlo vivo. (Ahí está la ‘ley de hierro de los salarios’ de Malthus-Ricardo). Lo que obtiene del cliente es el valor real del trabajo incorporado en el artículo. El capitalista, en el proceso de acumular riqueza, roba y explota al trabajador.

Asumamos que toma al trabajador sólo media jornada, producir su mínimo diario de susbsistencia. El empleador no ofrece más de lo requerido para mantener a la oferta de trabajo, paga el equivalente al mínimo de subsistencia, medio día de trabajo. ¿Sus trabajadores laboran sólo medio día? Para nada, insiste en que el obrero aporte no seis, sino doce horas de trabajo.

Supongamos que el empleador introduce maquinaria duplicando el producto diario del trabajador. ¿Dobla el salario? No, conserva la plusvalía. Así se acumula el capital apropiado privadamente; si pagara por el trabajo todo el dinero recibido, no acumularía nada.

Su teoría no implica que el mundo no necesita ‘bienes de capital’, como maquinaria y edificios. La compra de tales bienes, para los propósitos de la producción, es parte de un sistema social; sería, en esencia, pago por la fuerza de trabajo que produjo esos bienes. Lo que la teoría implica es que el empleador privado no tiene derecho a reclamar esos bienes como propios. Esa era la conclusión que él trataba de justificar. Si los trabajadores poseyeran los instrumentos de producción, parte de sus ganancias sería para comprar máquinas y edificios.

En unir las teorías clásicas de valor y salario y mostrar la injusticia del capitalismo, lo precedió Johan Karl Rodbertus (1805-1875), un economista alemán, que previó su teoría de las crisis económicas.

Al no pagar al trabajo todo el valor de su producto, el capitalista tiende, según Marx, a producir más de lo que el mercado de sus bienes puede absorber, no se ‘aprueban’ automáticamente, como en la economía natural, de trueque, causando períodos recurrentes, donde un exceso de bienes en manos de capitalistas, se acompaña de desempleo y carencias para los trabajadores. Aunque su teoría de la depresión era burda e incompleta, merece crédito como uno de los primeros teóricos en enfatizar un obvio y crítico defecto, en la operación del orden capitalista.

Filosofía Marxista de la Historia. Aplicó la filosofía de Hegel, sobre el ámbito de las ideas, al desarrollo de la sociedad. Uno de sus postulados era que el cambio se efectúa a través de un proceso ‘dialéctico’. Para cada positivo, hay un negativo: blanco y negro, bien y mal, alto y bajo. Ideas, creencias, sistemas de pensamiento, están acomodados en pares opuestos. A cada positivo, lo llamaba ‘tésis’, su negativo era la ‘antítesis’. La oposición de los dos podía llevar a un nuevo concepto, la ‘síntesis’. Y ésta se volvía tésis, con su propia antítesis, etc.

Marx aplicó esta doctrina a un proceso de evolución social basado en la preocupación humana por lo material, la doctrina se conoce como ‘materialismo dialéctico’.

Como otros, supuso que hubo una sociedad primitiva original en la que prevalecían igualdad y cooperación.Y surgieron disputas por el poder y la riqueza. La historia era un largo expediente de conflictos que se intensificaban gradualmente, donde un grupo o clase trataba de explotar a otro. Elocuentes pasajes, describen opresión, miseria e injusticias. ¿Cómo y cuándo surgen conflictos, cómo terminan, y cuál es el resultado? Marx aplicó su teoría a estos problemas, cuya lógica derivaba de Hegel.

La sociedad primitiva, en equilibrio, se altera al inventarse nuevos medios de hacer las cosas. Nuevas herramientas, armas y métodos, empezaban a aplicarse. Los viejos modos de pensar y los códigos morales no se adaptaban a la nueva situación. Como en todos los sistemas de pensamiento, derivaban de la situación material en la que surgían. Las ideas no crean sistemas sociales; el sistema social genera ideas.

Una nueva ‘superestructura’ de instituciones y creencias, se hace necesaria. Los medradores del viejo régimen, se resisten al cambio.

Un conflicto de clase surge entre conservadores y quienes sufren por la incompatibilidad entre las nuevas técnicas de producción y el viejo orden. Cuando el conflicto se agudiza, la colisión entre la tesis y la antítesis produce una síntesis –el nuevo sistema social. Es una explicación razonablemente informativa, pero muy simple, del proceso por el cual el feudalismo cedió al capitalismo, como Marx lo demostró.

Un nuevo conflicto de clase se confrontaría con el orden capitalista –entre capitalistas y asalariados. Los capitalistas tuvieron su rol en introducir técnicas altamente productivas de división del trabajo, producción fabril, maquinaria y comercio mundial, en contra del interés feudal. Mas el sistema operaba para desventaja de quienes hacían el trabajo. Las factorías y las máquinas no podían ni debían abolirse, pero las reglas que gobernaban la economía, necesitaban cambiar. Las clases en el poder serían depuestas, y se adoptarían nuevas reglas, cuando, en el curso de la evolución social, el tiempo estuviera maduro.

Esta idea de la evolución social, Marx la creía ‘científica’, había llegado a ella por observación y deducción, tal como Darwin arribó a la idea de la evolución biológica. La teoría marxista fue llamada socialismo científico, opuesto a esquemas utopistas, reformadores, o a quienes abogaban por cambiar todo, mediante la conspiración violenta.

Marx no tenía fé en colonias idealistas y recetas que ignoraban las principales corrientes del desarrollo histórico. Creía inútil tirar un gobierno antes de que las circunstancias fueran propicias para un cambio genuino. No confiaba en el éxito de individuos benévolos cuya acción era acorde con instituciones del sistema  responsable de la injusticia. El sistema podia ser abolido, a su debido tiempo, por la inevitable oposición de quienes sufrían a causa de él –la clase trabajadora- y de ninguna otra manera. El capitalismo no cedería antes de llegar a su más alta etapa de desarrollo, habiendo revelado claramente, por su propia operación, su incapacidad para satisfacer a la humanidad.

Los líderes socialistas podían señalar, a los trabajadores rebeldes, las causas reales de su miseria, ganar su confianza apoyando sus luchas y, en el momento apropiado de la crisis, estar preparados para mostrarles qué hacer. Las leyes naturales de la evolución social eran tan inexorables como las newtonianas del movimiento, pero, como en el caso de las leyes físicas, quien las comprendiera podría estar preparado para usarlas, para ventaja de los humanos.

Predicción Marxista. Una prueba de cualquier teoría científica, es su habilidad de predecir. El desarrollo capitalista lleva a eliminar neutrales en la lucha de clases, pocos capitalistas enfrentarían a la mayoritaria clase trabajadora, ‘proletariado’, que tomaría el poder ejerciendo el derecho a votar, donde fuera universal y no sujeto a corrupción, o por lucha violenta, si la clase gobernante frustraba la voluntad popular. Marx no tenía fé en la rendición pacífica de los propietarios, aunque admitía la posibilidad de que ocurriera en EU o Bretaña, por ejemplo.

Esta división en dos fuerzas opuestas vendría con la expansión de la industria y los grandes negocios, que absorverían a los granjeros, tomarían las ocupaciones de artesanos y pequeños comerciantes, y concentrarían el capital en menos personas. La agricultura misma se industrializaría, sujeta a una propiedad concentrada.

En la clase trabajadora habría miseria creciente; a medida que el capitalismo llegara al clímax, mantendría salarios bajos y jornadas largas; no habría mercado para su creciente capacidad productiva, debía sacar mayor ‘plusvalía’ del trabajo, para evitar la bancarrota.

Al final, el capitalismo colapsaría como sistema solvente, debido a sus ‘contradicciones internas’. Se mantendría sólo vía la extensión a nuevos sectores de producción, en países donde estuviera fuerte, y en nuevas regiones, hasta expanderse tanto, que ya no habría más territorio para conquistar y explotar. Mientras, tendría más severas crisis periódicas, por la saturación de los mercados, con desempleo generalizado. Esperaba el fin del capitalismo en un futuro cercano, quizá durante su vida. Si su análisis era correcto, así sería.

¿Y Tras la Revolución? El marxismo, a diferencia de las utopías, casi no tenía planes para la sociedad que surgiría tras la toma del poder por los trabajadores. Asumía que los errores se enmendarían automáticamente, prevalecería la felicidad universal, la maquinaria de la evolución social se detendría, no sugería antítesis para la tesis que vendría al caer el capital. Se buscó en sus obras una guía para administrar la sociedad socializada, no se halló. Aceptó premisas de utopistas que criticó. Al abolirse la ganancia privada, el estado natural, primitivo, de cooperación e igualdad, volvería de manera automática, se infiere.

Marx tenía qué decir sobre el estado –órgano del gobierno político. Sus discusiones con anarquistas y su interés por la estrategia de la revolución, hicieron inevitable una visión del estado. Lo creía, ‘el comité ejecutivo de la clase gobernante’; la soberanía nacional era sólo un velo para la dictadura de clase. Formó sus opiniones en un medio de voto limitado, rudimentaria educación popular, supresión de la organización laboral, clara separación de clases, y supremacía de la riqueza, donde su epíteto no era una exageración.

Los trabajadores toman el poder y lo ejercen en parte vía el estado, en la transición, con la‘dictadura del proletariado’, mayoritario en un país industrializado. Establecido el socialismo, el estado pierde su principal función –policía de la propiedad privada de medios de producción- y se ‘desvanece’. Poco usa ‘planear’, o discute sobre la distribución socialista del ingreso, dinero, precios, o cómo una sociedad socialista invertiría sus recursos, evitaría la inflación, o conduciría el comercio exterior.

No da señal de que estos y otros problemas pudieran requerir una teoría económica y políticas propias. Es natural, la teoría marxista se centraba en atacar al capitalismo, no en la política económica.

Evaluación del Marxismo. Una forma de socavarlo, es demostrar los errores históricos en sus predicciones.

La agricultura no se sujeta a propiedad industrial concentrada; los negociantes independientes y autoempleados superan con creces a los grandes capitalistas; el ‘proletariado industrial’, no es casi toda la población, ni mayoría, en casi ninguna parte. El trabajador goza  en la mayoría de países industrializados, alza en los salarios reales, y altos estándares de vida, desde mediados del siglo XIX.

Hubo depresiones y desempleo, pero sin prueba de que hayan sido, en promedio, más profundas o largas que cuando Marx escribió. El proletariado no realizó una revolución en un estado industrializado; lo que ahora ostenta el nombre de comunismo, ha ganado victorias en regiones atrasadas y marginadas. Las tibias medidas socialistas que se instalaron en Bretaña, tras la 2da Guerra Mundial, por el partido Laborista, fueron posibles por magra mayoría, obtenida con votos de la clase media.

Quizá sus predicciones erraron más el tiempo que la sustancia, y el colapso del capitalismo se dará en un futuro. Si fuera tan siniestro e inflexible, como le pareció a Marx, es difícil que hubiera rendido los beneficios que se sacaron de él, durante cien años (hasta 1952).

No se rechaza por sus errores. Ningún gran pensador estuvo libre de ellos, o produjo sólo doctrinas eternamente válidas. Innovador y estudioso, hizo importantes contribuciones, no tanto a la economía como a la teoría del desarrollo social. Forma parte de la herencia del pensamiento moderno. ¿Hubiera funcionado tan bien, sin retos de personas y movimientos influenciados, al menos en parte, por este tipo de pensamiento?

El marxismo, tragado completo y usado como propaganda, puede hacer gran daño, como cualquier cuerpo de doctrina considerado como verdad final y universal. Si las ideas de Malthus y Ricardo se hubieran aplicado tan rígidamente como algunos de sus partidarios parecen desear, el capitalismo hubiera sido derrocado hace años.


OTROS CONTESTATARIOS
                                                                                                                                Volver al índice

El surgimiento socialista al inicio del triunfo del capitalismo industrial sobre formas más viejas de organización, es síntoma de que muchos sufrieron en el proceso, y muchas mentes sensitivas se opusieron a él.

Más la mayoría de socialistas, utópicos y ‘científicos’, aceptó las asunciones y métodos clásicos, que lo apoyaban. Consideraban a la riqueza compuesta sólo de cosas materiales. Situaron una sociedad cooperativa ‘natural’, en el pasado; creían en derechos naturales.

Su proceso de pensamiento era la lógica deductiva. Marx fundó su teoría económica en las teorías clásicas de valor y salarios.

Otros, ofendidos por el capitalismo, fueron más radicales que los socialistas, retando asunciones y métodos clásicos. Vieron futuras ampliaciones del pensar económico, revisaron a Smith, Ricardo y Malthus, e introdujeron consideraciones fuera del enfoque clásico.

 Heraldo de la Reforma. Temprano crítico de la escuela clásica, es Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (1773-1842). Nació en Ginebra, donde mudó su aristocrática familia de Pisa, estudió en Suiza, negoció en Lyon, fue a Italia y dedicó su vida al estudio y la escritura. Fue considerado historiador, ahí desarrolló sus ideas en economía. Su obra, Nuevos Principios de Economía Política, fue publicada en 1819.

Afirmó que la economía debía usar como criterio de valores y meta de política, no sólo la riqueza material, como los clásicos, también el bienestar humano.‘La riqueza es una modificación del estado del hombre’, ‘es sólo referida a él, que podemos formarnos idea clara de ella’. Es necesario saber ‘si el hombre pertenece a la riqueza, o ésta pertenece al hombre’. Ella puede considerarse comos goce moral y físico.

Nos preocupamos no sólo por su tamaño. Se debe preguntar para quién, una nación no puede decirse próspera, si las condiciones de sus pobres, no están aseguradas. Precursor de la llamada economía del bienestar, sus ideas llevan al llamado, por quienes lo aprueban o condenan, ‘estado benefactor’. Aceptaba la descripción clásica de los procesos de producción y distribución, pero difería de Smith en que los hombres, al buscar su interés al hacer dinero, y guiados por una ‘mano invisible’, lograban un beneficio social. Rechazaba el laissez faire como principio básico. El estado debe proteger los valores humanos. Sin estar contra la propiedad privada, creía en la completa igualdad de ingresos, y que la riqueza concentrada, y la extrema pobreza, debían evitarse.

Defendía esa política, y fue pionero en sugerir fructíferos métodos de pensamiento económico. La lógica deductiva de los clásicos, podía llevar a conclusiones falsas, sus hipótesis abstractas debían ser comprobadas con hechos concretos, y recomendó referirse a la experiencia humana, a la historia.

Dos observaciones suyas señalaron problemas que son ocupación de la economía, aunque sus análisis y remedios son discutibles.

*La introducción de maquinaria, crea desempleo tecnológico y depauperación –así era, cuando lo escribió. Por tanto, recomendó una dudosa reforma: limitar los inventos.

*Las crisis recurrentes de desempleo lastraban al nuevo orden. Y lo atribuyó equivocadamente a la sobreproducción, en el sentido de que, a medida que la producción crece, el producto de un nuevo año no puede adquirirse, con el menor ingreso del año precedente.

Pero estaba adelantado a su tiempo, al ocuparse de un fenómeno económico al que la escuela clásica, con sus nubes de abstracción, prestaba poca atención.

Su influencia inmediata fue pequeña, pero su voz profética resultó, en lo concerniente a la ciencia económica occidental, mucho más justificada que la de Marx.

Adam Müller, Apóstol de la Comunidad Social. (1779-1829). De familia berlinesa protestante. Influenciado por el romanticismo filosófico y literario alemán, lo aplicó a la economía política, en una reacción contra Smith y los clásicos británicos, más profunda que la de Sismondi.

El romanticismo, movimiento místico, enfatizaba la comunidad de las almas y la incorporación del individuo a un todo mayor. Se usó en exaltar al estado como organismo vivo, superior al derecho y al bienestar individual. Este pensamiento alemán, fue condenado por escritores demócratas occidentales; se encuentra en la creencia de los alemanes en la virtud de la conquista militar, usada con fines malignos por el régimen nazi. Müller lo veía como antídoto para el individualismo económico de Smith. La interdependencia, la vida como un todo, es su tema. Es absurdo aislar actividades conectadas con la creación de riqueza, de arte, religión, o servicios estatales, todos producen ‘utilities’, cosas útiles al humano. El capitalismo, y la teoría clásica que lo justificaba, llevaban a una atomización que desordenaba a la sociedad, separaba al capitalista del trabajador, al quitar la propiedad de las herramientas, a quien trabajaba con ellas.

‘El espíritu reacciona contra la división y mecanización del trabajo, que Smith apreció. Quiere preservar la personalidad del hombre’.

La sociedad debe ser un todo orgánico, no colección de individuos amontonados. El valor no es inherente sólo a las cosas materiales, y no se deriva sólo de su utilidad para las personas.

Existe un valor de la ‘socialidad’. ‘Si decimos de algo, que es útil, decimos que tiene valor, para la sociedad civil’. No solamente las mercancías tienen valor, ‘las palabras del estadista, que pueden producir millones en dinero, del predicador o artista, que pueden ennoblecer el corazón, o engrandecer la capacidad imaginativa de la nación’. El dinero tiene valor, no como mera mercancía, es vital por su función social. El dinero lo es, ‘si no es propiedad privada, sino propiedad común de tantas personas como sea posible y, sin duda, de todas…Sólo en el intercambio, o en la circulación de las sustancias del dinero (plata y oro), son estas, dinero real’.

No es preciso ni profundo, pero tiene algo del énfasis actual sobre la circulación del ingreso y lo útil de controlar la oferta de moneda.

Los factores productivos incluyen, decía, no sólo tierra, trabajo y capital, como creían los clásicos, sino también ‘capital espiritual’.

Un país puede tener los elementos materiales de la prosperidad, sin saber cómo combinarlos para acrecentar los valores de la vida.

Tal mezcla de ideas vagas, podía servir a propósitos progresistas o reaccionarios. Müller escogió regresar al pasado. Quería ir a algo como el feudalismo, aunque lo criticaba, pues su unión de fuerzas ‘era federal, más que orgánica’. Al final trabajó para Metternich, el estadista austríaco que unió por un tiempo a Europa, para proteger al viejo orden, de las ideas modernistas de la Revolución Francesa.

Su ataque frontal a la economía clásica, encontró eco en tiempos más recientes. Tiene algo que decir sobre el mal espiritual que muchos sienten en una civilización mecanizada y materialista; expresa un deseo extendido de moldearla en algo más parecido a los deseos del corazón.

William Morris (1834-1896), socialista inglés, enfatizó el tema al exaltar al artesano y su honesto y bello producto. En la 1era Guerra Mundial, decía que el trabajador industrial era degradado como ser humano, pues la mecanización lo condenaba a la rutina, en vez de gozar la creación de algo terminado. El proceso económico debia satisfacer al productor, no sólo servir a necesidades o fantasías pasajeras de los consumidores. Empleadores actuales, preocupados por los problemas del personal, tratan de interesar al trabajador en sus tareas, haciéndolos sentir parte de un todo cooperativo, con una función socialmente útil, en vez de autómatas, vendiendo horas de esfuerzo, por dinero, para poder gozar de la vida en otras formas.

Nuevo Nacionalismo Económico. Friedrich List (1789-1846), sigue a Müller con un cuerpo de ideas sistemático y sobrio. Nace en Württemburg, pequeño estado alemán; empezó en la curtiduría paterna, aburrido, entra al servicio público, aplica tiempo y medios a adquirir una educación. En 1817, ya enseña economía y ciencia política en la Universidad de Tübingen.

Los estados alemanes se unían en débil federación, y ponían tarifas proteccionistas propias, chicos para crecer en economías cerradas.

Europa, con Napoleón, tuvo libre comercio y protección contra la industria inglesa. Se estímuló la manufactura alemana. De ahí que abogara por abolir los impuestos a la importación y por establecer una unión aduanal alemana, protegida por una moderada tarifa para toda la nación. Esa posición le costó el puesto en la universidad, en 1819. A los tres años, su defensa de reformas le trajo una sentencia de diez meses de cárcel, por sedición. Liberado antes de completar su condena, a condición de emigrar, partió con su familia a Estados Unidos, en 1825. La unión aduanal alemana se puso en práctica en 1833, con el liderazgo de Prusia, y fue la base de la unificación del país, bajo el imperio Hohenzollern.

En EU, viajó con Lafayette, vivió en una granja en Pennsylvania, cerca de Harrisburg, se mudó a Reading para editar un periódico, descubrió una mina de antracita y construyó un tren para unirla con el canal Schuylkill y vender su producción. Pennylvania era el ojo de la agitación a favor de los derechos proteccionistas, y List habló y escribió en su apoyo. Volvió a Alemania en 1832, puso sus ideas en orden en su obra, El Sistema Nacional de Economía Política, de 1841. Incluía tres ideas básicas, urdidas en un sistema coherente:

*El poder social de producir riqueza, no es egoísta, individual, sino orgánica, ‘situación cultural favorable a la producción’. ‘Un país es próspero, no en proporción a la acumulación de riqueza, sino al desarrollo de sus fuerzas productivas’, incluyen  recursos naturales, ciencia y artes, buenas leyes, alto nivel de inteligencia, mantener el orden, la moral, y la armonía y equilibrio de las variadas industrias y ocupaciones. Religión cristiana, monogamia, alfabeto, imprenta, correo, transporte, libertad de conciencia, procedimientos legales, el parlamento. ‘Es difícil concebir…una ley que pueda fracasar, ya sea en incrementar o disminuir, a las fuerzas productivas’.

*La desigualdad en capacidad productiva entre los grandes países del mundo, algo tan obvio entonces como hoy. Sacó conclusiones diferentes a Smith y seguidores. La idea clásica era que la empresa privada se extendería automáticamente, si cada país se centraba en lo que mejor producía y vendía. Estaba bien para Bretaña, que fue pionera y desarrolló una fuerte y productiva comunidad industrial.

Países jóvenes, como EUA y Alemania, no podían crear una base productiva balanceada, si instauraban el libre comercio, debido a la competencia inglesa. Para que prosperaran las minas de carbón, se precisaba tener cerca fundidoras de hierro, que no serían útiles sin laminadoras, que requerían fábricas productoras de máquinas, y de ferrocarriles y contruir edificios. Ninguna avanzaría, sin las otras.

Un país más competitivo podía impedir el crecimiento de todo el complejo industrial en una región, abaratando cualquiera de los factores esenciales.

*Enfoque histórico del crecimiento nacional y cultural. Si unas políticas estaban adaptadas a una etapa de desarrollo, podían no servir, en otra. Aceptaba la doctrina clásica del libre comercio, y arguía que sólo se podría aplicar, cuando se desarrollara todo el mundo. Era imposible la ciudadanía mundial, por el momento.

Un país en etapa industrial temprana debía proteger sus empresas con un armonioso complejo productivo. Precios altos al principio, para los productos de las protegidas, y luego gozar de bajos, tras su consolidación, y los gravámenes podrían suprimirse. Los países de un mundo desarrollado podrían practicar libre comercio y aplicar el laissez faire. Ese razonamiento dio base al conocido argumento de la ‘industria-infantil’, para protegerla, y propuesto antes en EU por Alexander Hamilton. EU y Alemania aplicaron las políticas apoyadas por List. Las derivó del estudio y la experiencia en esas mismas naciones.

Nacionalismo Económico Reciente. List propuso nulas barreras comerciales dentro del país, y proteger sus fronteras. Quería unir y fortalecer al estado y nutrir una comunidad eficiente y productiva.

Los estados alemanes eran chicos, sin suficientes recursos para ese propósito. En EU, no habría sugerido derechos de importación.

La ausencia de obstrucciones al comercio, en un área tan amplia y rica, era un elemento de vigor económico. Hoy, favorecería bajas tarifas al comercio exterior, para toda la nación.

Sus argumentos proteccionistas desinteresados, como otras ideas económicas, los usaron grupos que se beneficiaron de ellos, en EU, Alemania y otras naciones. La industria infantil, crecida, no quería abandonar favores otorgados por sus gobiernos nodriza. Los países que necesitaron poder para subsistir en un principio, se tornaban después, por un exagerado nacionalismo, en ogros internacionales, como pasó con Alemania misma. Como los hombres, país que no supera su dependencia infantil, suele convertirse en predador.

Observar las consecuencias, indujo fuerte reacción, en posteriores pensadores, a favor de libre comercio y laissez faire internacional.

Estamos más cerca de una unión fructífera, si sólo vemos la teoría económica, que cuando List escribió. La distinta situación no debe demeritar su pensamiento, o las falacias que señaló a los clásicos.

Tras la 2da Guerra Mundial, muchos se ocuparon en ampliar los beneficios de la productividad, al subdesarrollo. Los que estudian el tema, seguido hallan que la gente ahí quiere autonomía política y  proteccionismo para su industria incipiente, como EU y Alemania en los 1830s. Opiniones difieren sobre si esto sería benéfico, pero los argumentos de List, gozan de igual simpatía, que en su día.

Más fundamental es su insistencia en una base cultural favorable a la alta productividad. Una y otra vez, se descubre que un país no se puede beneficiar mucho con sólo grandes préstamos extranjeros y fábricas mecanizadas, si avances culturales y materiales no crean las condiciones para usar las instalaciones y recursos. Educación, salud, deseo de mejorar, un gobierno honesto y ordenado, relación armónica entre agricultura, manufactura, comercio, y transporte, son necesarias, si la Revolución Industrial se abrirá paso o rendirá ganancias, en cualquier región. Esto no puede promoverse, sin una actividad estatal importante. Y es tan cierto hoy, como cuando el capitalismo sustituía al feudalismo, en el mercantilismo. Lo nuevo es que, ideas socialistas y de reformadores radicales, también son conocidas y atraen adeptos; si el gobierno interviene, debe, so pena de ser depuesto, hacerlo no sólo a favor de producción y ganancia, sino también de su justa distribución, y razonable seguridad para el que trabaja en campos, minas, fábricas, y ferrocarriles.

Hoy pueden desarrollarse regiones, sin los siglos de atraso, miseria y conflicto que caracterizaron el surgimiento capitalista industrial. Aprender de la historia, puede acelerar el proceso y obviar los ‘cul de sac’. Una sólida casa, protegerá a una moderna civilización.

Los Carey, Optimismo Americano. Mathew Carey (1760-1839) seguidor de List. Apoyó el proteccionismo. El y su hijo Henry (1793-1879), opusieron su optimismo a Malthus y Ricardo. El industrialismo enriquece a los países, beneficiando al hombre común. Sus ideas sobreviven. El padre nació en Dublín, cayó de brazos de su aya, y fue inválido toda su vida. Con talento para los idiomas; contrariando a su padre, un carnicero, entró al negocio de la impresión y fue escritor.

En París, conoció a Lafayette, y trabajó para Benjamín Franklin en su imprenta. Dominó su ramo, en Irlanda, puso un periódico crítico del gobierno, fue a prisión por sedición. Al liberarse, para escapar a otro juicio, huyó disfrazado de mujer, a Filadelfia. Apoyado por Franklin y 400 dólares de Lafayette, compró una prensa, y llegó a editor líder. Amó a su país adoptivo, vio por la gente, en especial, inmigrantes irlandeses y obreros.

En la Asociación para la Promoción de la Industria Nacional de Filadelfia, defendió la protección industrial, en base al concepto de List: la necesidad de un armonioso e integrado sistema productivo.

Favorecía tarifas agrícolas proteccionistas, mas no vio que EU, con excedente exportable, no podía beneficiarse de ellas. Coincidía con el Sistema Americano, de Henry Clay: el gobierno federal subsidia y hace mejoras internas (caminos y canales), protege a la industria, y se distribuye liberalmente la tierra.

Henry C. Carey, no se distinguía como teórico, pero tenía análisis reveladores. Negaba la teoría de la renta de Ricardo, porque, según observó, los primeros en establecerse, con frecuencia no tomaban las mejores tierras. Previó grandes avances en tecnología agrícola y, por tanto, en productividad, negando la ‘ley’ de rendimientos decrecientes. La contribución humana a la riqueza, superaba lo que la naturaleza tenía previsto, y la obtenida de la tierra, no era más importante que la industrial; ambas dependían principalmente de la aplicación de capital, el suelo era sólo un medio de producción; si se cultivaba mal, rendía poco. El ingreso del terrateniente, no era distinto del del capitalista o del pago al trabajo. Era una idea muy vacilante, pero correspondía a la situación: con tierra abundante, el trabajo y el capital para usarla adecuadamente, eran relativamente escasos. La tierra sin desarrollar, era de poco valor.

Rechazó a Malthus, igual. La capacidad para producir, aumentaría más rápidamente que la población. En sus Principios de Ciencia Social (1858-1859) dice: ‘la fecundidad está en razón inversa a la organización’y‘los poderes cerebrales y regenerativos del humano, maduran juntos’. La natalidad baja en sociedades industriales, y el ingenio humano es capaz de aumentar los medios de subsistencia, más rápido que la población. Eso se probó en EU, aún después del pasaje de la ‘frontera’ y el fin de la expansión de tierra cultivable.

Su optimismo incluía la distribución del producto creciente. Renta y tasa de interés caerían con los años, en porcientos del producto.

El trabajador se beneficiaría del aumento del producto per cápita. La ganancia del trabajo no sería a costa de robar al capitalista de su necesario incentivo para incrementar producción. Habría armonía de intereses. Es tema característico en la publicidad económica de EU, convencer a capital y trabajo, de su interés común en aumentar productividad y en la amplia distribución del producto resultante.

Todos actuaban como si fuera falso, pocos omitían difundirlo. No era optimista irresponsable; fue pionero en abogar por conservar los recursos naturales, en especial el suelo. Los minerales tomados de él, debían restituirse, para no arruinarlo. ‘La Economía Política moderna ha ignorado el hecho de que el hombre es prestatario de la tierra, y cuando no paga sus deudas, ella actúa como acreedor, y lo expulsa de su propiedad’.

No incluían a grupos comerciales o de trueque en su armonía de intereses; quitarían intermediarios, descentralizando a la industria, para acercarla a las granjas. Reflejaban su prejuicio agrícola. En otros aspectos, favorecían al laissez faire. Pensadores sociales, en comparación al individualismo de los clásicos, avanzaron mucho.

Henry George y el Impuesto Único. Famoso economista de EU, autor de Progreso y Pobreza (1879), quizá de circulación mayor que cualquier otro. Expuso su teoría con magnífica lógica. Seguía reglas que le pasó a su hijo: frases y palabras cortas, no adjetivos, no ‘estilo fino’. Elocuencia de profunda convicción, explicaciones con conocimiento y referencias a la experiencia común, hacían su lectura amena. Trató un problema que afectaba a millones en los deprimidos 1870s, y recomendó un remedio concreto.

La influencia de George en economía y política era pequeña, si se compara con la sensación que él causó, durante su vida. La calidad de su pensamiento ha sido subvaluada por los economistas. Esto es extraño, considerando que su método es el de clásicos como Smith –un razonamiento deductivo reforzado con astutas observaciones.

Su remedio se basaba en la conclusión de que la renta no era algo que se ganara. Sin duda, mejoró la teoría Ricardiana.

Nació en 1839 en Filadelfia, lo influyó su madre, maestra religiosa y sensible. No brilló en la escuela, a los 16, se enroló en un velero. En dos años a la mar vió algo de Asia. Regresó, empezó a aprender impresión, tuvo problemas, lo despidieron. Fue a California, el oro descubierto en 1849, para 1856, ya escaseaba. No halló trabajo en imprentas y se vio en la calle.

Logró entrar a un periódico de San Francisco y ascendió rápido, de impresor a editor. Lector habitual –de poesía – se dedicó a cultivar su prosa. El New York Tribune le aceptó un artículo encomiado por John Stuart Mill. Ayudó a fundar el San Francisco Post, en 1867, mismo que colapsó en el pánico de 1873.

Lo impactó la pobreza que experimentó y lo rodeaba, en tan rico y dinámico país. Leyó a destacados economistas, y seguía intrigado por ‘la persistencia de la pobreza en medio de la creciente riqueza’.

Observó las condiciones de California. La respuesta vino a él, en una conversación. Dedicó el resto de su vida a elaborarla, afinarla y promoverla. El libro donde expresaba su teoría debió hacer su fortuna, pero las editoras lo rechazaron. Al fin, lo vendió por una pequeña suma, a la casa que la publicó. Sin embargo, le trajo fama.

En Nueva York, compitió por la alcaldía en 1887, en la fórmula laborista, quedó en segundo lugar, detras del demócrata, venciendo al republicano Theodore Roosevelt. En 1897 jugó de nuevo, pero murió antes de la elección.

Su Teoría. La peor miseria y mayor riqueza, estaban en los viejos centros industriales, muy productivos y tecnificados. Los nuevos sufrían menos, aunque no eran tan ricos. Era contra lo esperado. Las masas no se beneficiaban de la productividad industrial. La razón debía estar en la distribución de la riqueza producida.

Examinó teorías sobre distribución del producto entre los factores principales de la producción: trabajo, capital y tierra. Encontró las de salarios, ganancia o interés, y renta, insatisfactorias y sin mucha relación entre ellas.La del salario de Smith y seguidores, decía que el máximo a pagar lo determinaba el fondo de capital dedicado a empresas productivas. La de ‘fondo-salarios’, donde se adelantaba dinero al asalariado, para vivir, mientras producía. El capitalista lo recuperaba, al vender el producto. Según George, eso era poner al caballo frente a la carreta. ‘el salario no sale del capital, en realidad sale del producto del trabajo por el cual se paga’.

El capital no se acumula antes de que el trabajo produzca, en una sociedad ‘natural’. ‘Si me dedico a recoger huevos de aves o bayas silvestres, los que junte serán mi salario’. En la sociedad moderna, donde prevalece la división del trabajo, es igual. Vía intercambio, los trabajadores se apoyan, mientras todos laboran. El capital no alimenta o viste a nadie, si nadie trabaja. Desaparecería el valor del capital.

Se paga al capital, por aportar maquinaria y otros elementos que posibilitan al trabajador ser más productivo. Malthus decía que el salario se acercaría al mínimo de subsistencia, pues el aumento de la población siempre superaría a la oferta de alimentos. Eso, decía George, difería de lo que sabemos de población y producción. La riqueza crece más que la población, en países industriales, ‘los más ricos no son los más prolíficos, sino los de  trabajo más eficiente -ni México ni Brasil, Massachussets e Inglaterra’. ‘El halcón y el hombre comen pollo, pero a más halcones, menos pollos, mientras que, a más hombres, más pollos’.

La población grande produce mejor que la pequeña, porque puede tener mayor división del trabajo y usar técnicas más avanzadas.

La pobreza del trabajador resulta de una injusta distribución, no de una ley ‘natural’ que rija salarios o población. ¿Es por rendimiento excesivo del capital? No, si se analiza adecuadamente. El interés es el rendimiento del capital. Pero la tasa es más alta cuando el salario también lo es, no al revés, como debía esperarse, si el inversionista ganara explotando al trabajo. Es en países más desarrollados, con disparidades de riqueza mayores, que la tasa de interés es más baja.

¿Y la ganancia? Es palabra que cubre varios rendimientos. Parte es pago al trabajo del contratador; es, estrictamente, pago por trabajo. Parte es, como el interés, pago por el uso de capital, pero la tasa de retorno representada ahí, debe ser similar a la de interés, aunque quiza más alta que el interés vigente, por el riesgo que se corre. El resto es pago por uso de tierra y otros recursos naturales, es decir, por la renta.

Mediante eliminación, George concluyó que el pago de la renta era  causa de pobreza. Ricardo daba explicación parcial –sólo la mejor tierra exige renta, y su pago es sólo por su posesión. Desechada su teoría de salarios y ganancias, George, sin embargo, discrepaba de él sobre que el terrateniente sólo explota al capitalista; lo que hace es impedir que la fuerza de trabajo se beneficie íntegramente de los modernos métodos de producción. Concluyó: el trabajador puede beneficiarse, si el progreso técnico se mantiene arriba del aumento en el valor de monopolio, de la tierra buena. Es el caso en regiones más nuevas, pero no en las más viejas. Ahí, hizo una contribución original, que soportó la prueba del tiempo.

Lo que más aumenta el valor de la tierra, no es el diferencial en su fertilidad, es el aumento de la población cercana y la productividad general en la sociedad. Para enriquecerte, compra no la mejor tierra agrícola, sino el tramo que estará cerca del centro de una ciudad en crecimiento. No importa si está cubierta de limo o granito. ¿Quién sabe el valor agrícola de la esquina de Broad y Wall Street, en New York?

El Remedio. La renta–pago por uso de tierra y recursos naturales, no de edificios u otras mejoras –no era ganada. Entonces, George pensó que la tierra debía ser de propiedad pública. Mas no sugirió algo tan revolucionario como confiscarla. Podía lograrse lo mismo con un impuesto que se apropiara de todo aumento en su valor, el ‘aumento no ganado’. Sería tan grande, que cubriría todo el gasto gubernamental, los demás podrían derogarse. Estimularía comercio e industria, y quitaría al trabajador la pesada carga de impuestos a la producción y al consumo. El que nadie pudiera lucrar por poseer tierra, forzaría a los propietarios a mejorarla, lo que aumentaría la producción total y promovería la competencia. Elaborando sobre las virtudes del ‘impuesto único’, predijo un paraíso virtual, si tan sólo se adoptara. Habría pleno empleo, cero arrabales, y aumento permanente del salario, por la expansión de la demanda de trabajo.

¿Por qué no se instrumentó una propuesta tan lógica y atractiva? Los teóricos empezaron a encontrarle fallas, pero nunca fueron tan ampliamente leídos, o tan elocuentes, como él. Retó al sistema económico, casi tan efectivamente como Marx, que propuso abolir la propiedad privada del capital; George quería abolir la ganancia por la propiedad de la tierra.

Los terratenientes eran tan poderosos como los dueños del capital industrial. En EU lo eran más, porque la tierra estaba ampliamente distribuída. Especular con el valor de la tierra había sido el modo de acumular riqueza, desde el principio; no sólo por quien poseía riqueza, o negociaba en terrenos, sino casi por cualquier pionero o granjero. Incluso la fuerza urbana de trabajo destacó en la demanda de distribución amplia de la tierra pública. Él se oponía al limitado grupo de explotadores, y a los usos de casi todos. Pocos intentaron limitadas aplicaciones locales del plan, que nunca avanzó mucho.

El único intento serio del esquema, lo hizo un gobierno socialista en Bretaña, tras la Segunda Guerra Mundial. Involucró sólo áreas urbanas y cercanas a las ciudades, y las complicaciones para una aplicación justa, fueron enormes. Los socialistas no se apoyaron en él para resolver todos los problemas económicos, ciertos de que se debía hacer  más, para llegar a su meta de justicia. Pero el concepto del incremento ‘no ganado’, halló lugar seguro en el pensamiento social.

¿Tenía Razón Henry George? Las trampas acechan al más lógico, consciente y humano pensador de ciencias sociales, si se limita a deducir, a partir de pocas premisas. Las teorías deben probarse con más completa y exacta evaluación, de la posible cuando él escribió.

Estadísticas del ingreso nacional, nunca antes hechas, y apenas concebidas en su tiempo, revelan con alto grado de certeza que, en el período entre la Guerra Civil y hoy, el ingreso real de la fuerza de trabajo, va al paso con el avance en productividad. No con toda regularidad, pero pero se le aproxima. La participación del ingreso de la propiedad inmueble, no se incrementó a costa del ingreso de la fuerza laboral. Abolir el incremento ‘no ganado’, no significaría una diferencia de importancia.

El problema que Henry George quería resolver, no existía, en la forma que lo planteó. Lo que veía, era una larga depresión, tras un período de rápida expansión industrial y profusa inmigración. El desempleo y la miseria sí estaban ahí, y también la desigualdad en la distribución del ingreso. Debía haber analizado la inestabilidad cíclica de la economía, a la que los clásicos dieron poca atención, en lugar de las ‘leyes’ clásicas de la distribución.

La lógica, como el cuerpo teórico, es esencial al método científico. Pero la mejor lógica y la más consistente teoría, le son irrelevantes a la Naturaleza. Tomar problemas estratégicos, y aplicarles análisis que puedan probarse con métodos relevantes de observación, es de suprema importancia, para desarrollar una ciencia confiable y útil.


LA CORRIENTE PRINCIPAL-EL CLASICISMO REELABORADO
                                                                                                                                Volver al índice

La impresión que los clásicos hicieron, en particular en Inglaterra, Francia y EU, fue muy fuerte para ser borrada por ataques socialistas, utópicos o ‘científicos’, o por doctrinas ortodoxas. Persistió en universidades, y en círculos respetables de la sociedad. Los disidentes pasaban por inconformes, humanitarios honorables, pero pertenecientes al inframundo de la ciencia.

El estudioso construía sobre la base de Smith, Malthus y Ricardo, afinando y remodelando, añadiendo esto o aquello a la estructura, pero sin raspar el plano principal.La tradición fue apoyada por el hecho de que el capitalismo industrial, al que la doctrina clásica proveía de razón, supuestamente derivada de leyes naturales, era aún jóven, vigoroso y en rápido crecimiento. Aún sujeto a amargo antagonismo, no colapsaba, ni cambiaba en esencia por intentos de introducir utopías de baja escala que pudieran competir contra él.

Escuela de Manchester. Rechazo a Tarifas. El laissez faire nunca se aplicó totalmente en comercio exterior, ni en Bretaña, donde se predicó más, sino años tras que Smith y Ricardo lo expusieron. Se  protegía la producción de granos, con la Corn Law (no maíz, sino granos, como trigo).  En 1815, tras las Guerras Napoleónicas, no se  podía importar trigo por debajo de 10 chelines el bushel (36 lt). Se bajó, pero no al nivel de derechos a manufacturas y otras materias primas.

La clase gobernante era terrateniente, su mayor ingreso provenía de la agricultura. La nueva riqueza, abundante por inflación bélica, se invertía en tierra, principalmente. Los manufactureros ingleses, también se enriquecían, no necesitaban ni querían proteccionismo, eran pioneros en su actividad, tenían poca competencia externa y un amplio mercado de exportación. Pero el poder de la aristocracia terrateniente dominaba, apoyado por una franquicia limitada.

Cuando había mala cosecha, el alimento subía, el asalariado sufría inanición. Si el manufacturero aumentaba el salario, compensando la carestía, su ganancia se resentía. Empleadores y trabajadores se oponían a las Corn Laws, pero sólo avanzaron con la Reforma de 1832, que amplió el derecho al voto. Mala cosecha en 1836 y años siguientes, acompañaron a una depresión mundial, agitando viejas inconformidades.

Se formó una Asociación en Manchester, contra las Corn Laws. Richard Cobden, industrial algodonero y comerciante, con dinero suficiente para dedicarse al estudio, se lanzó al debate con talento y vigor. Interesó a John Bright, notable orador y estadista. Con otros, realizaron una campaña, organizando a la base política, que tomó la Cámara de los Comunes. No se conoce más efectiva defensa al libre comercio. El Primer Ministro Robert Peel, hijo de industrial y terrateniente, era simpatizante. En 1845, la causa fue ayudada por el fracaso de la cosecha triguera inglesa y la hambruna de la papa en Irlanda. En 1846, los terratenientes fueron derrotados, las Corn Laws se derogaron en 1849; Inglaterra adoptó una política de libre comercio que duró más de 70 años. La historia parecía reivindicar a los clásicos. La industria conquistó a la agricultura feudal.

La prosperidad de su expansión industrial en el siglo XIX, permitió el aumento real del salario y ampliar de la democracia liberal. Los conflictos no cesaron, pero prosperó la moderación, y la razón.

Cobden y Bright aportaron poco a la teoría, pero su elocuencia, y la buena fortuna que los acompañó, dio fama a los fundadores de la Escuela de Manchester, defensores del libre comercio.

La Revisión de John Stuart Mill. (1806-1873) En 1845 –año previo al triunfo de Cobden y Bright en el Parlamento – empezó a escribir sus Principios de Economía Política, publicado en 1848, año en que apareció el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. A él, como a Marx, lo influyó el socialismo utópico y otros críticos del capital, vio la turbulencia de la época, pero, a diferencia de Marx, no la debacle del capitalismo. Creía preciso  replantear la teoría, con adiciones y cambios que no la convertían en un todo consistente, pero le daban márgen para mejorar, por lapso indefinido.

Ningún economista con espíritu más generoso que él, sentido más acabado del orden, ni prosa más lúcida. Su reformulación de la teoría clásica, amplia y tolerante, buscó la intervención medida, para ampliar los beneficios del progreso. El libro fue muy exitoso y dominó su campo por años. Se le leía más que a Smith y a Ricardo.

Hijo mayor del economista James Mill, quien decidió que John no sería superado en preparación. Estudió griego desde los tres, y había leído ampliamente en ese idioma, a los ocho. Pasó al latín, y enseñó al mismo tiempo a sus hermanos, aprendió matemáticas, y reportaba al padre, de historia y tratados, en paseos matinales, que incluían a Smith y a Ricardo, cuando John tenía 13. Padre e hijo discutían libros, aclarando puntos oscuros. Las ideas de James Mill para su Economía Política, fueron elaboradas mediante discusiones similares, antes que el texto fuera publicado.

Tras un año en Francia, John regreso y estudió leyes. En 1823, a los 17, tuvo un puesto menor en la Compañía de la India Oriental. Ascendió rápido y pronto ocupó una posición que le dio ingresos y tiempo para hacer trabajo independiente. La Compañía perdió sus derechos en 1858 y él se retiró con una pensión de 1500 libras. A los 22, conoció a la esposa de John Taylor (Harriet Hardy), de 20, con quien tuvo una cercana liga intelectual; influyó grandemente su pensamiento. 21 años después, se casaron. En sus escritos hay pasajes que revelan su admiración por las mujeres y el respeto a sus logros. Ella inspiró su ensayo Sobre la Libertad, y su tratado feminista La Sujeción de las Mujeres.

Aparte de Economía y asuntos públicos, escribió sobre Logica. En sus años formativos se movió en un medio que incluía a Ricardo, Jeremy Bentham, Carlyle y Macaulay. Intelectual en un ambiente relativamente calmo y seguro, en apariencia feliz en su trabajo y vida, Mill ejemplifica el mejor liberalismo inglés del siglo XIX.

Su Teoría. Cambio la teoría clásica: la distribución de la riqueza no la controlan leyes naturales, sino la voluntad humana. Las ideas sobre producción, afinadas, son de validez universal y aplican a cualquier sociedad, pero la distribución de la riqueza ‘es materia de institución humana’. ‘Depende de leyes y costumbres sociales. Las reglas que la determinan, derivan de opiniones y sentimientos de la parte gobernante de la comunidad, son diferentes en distintas eras y países, y pueden serlo más, si la humanidad así lo decide’.

Quizá existían leyes naturales para la formación de opiniones, pero ese campo era más difícil que el estrecho, de la Economía Política, y no se aventuró a especular sobre él. Lo que el economista podía hacer, era identificar la forma en que un sistema dado funcionaba. ‘La sociedad podía sujetar la distribución de la riqueza a las reglas que mejor le parecieran, pero los resultados prácticos que fluyeran de la operación de esas reglas, debía descubrirse, como cualquier otra verdad física o mental, vía la observación y el razonamiento’.

De un golpe, Mill acabó con la aridez irremediable de la doctrina clásica, que parecía condenar a la humanidad a obedecer supuestas leyes naturales, inherentes a la empresa privada capitalista – leyes que, se sabía, perpetuaban la pobreza y la injusticia.

 Leyes de la Producción. Sobre leyes de la producción, sumó poco a lo dicho por Smith, pero mucho, en alcance. Los factores básicos de la producción, decía, son trabajo y recursos naturales, y amplió ambos conceptos. El trabajo era tanto físico como mental; incluía la contribución de trabajador, inventor, filósofo y estadista, no sólo esfuerzo físico, sino el contexto emocional. Los recursos naturales incluían los materiales a transformar, y la energía que ayudaría a los hombres, en el proceso, o que sustituía al trabajo. ‘El poder de la naturaleza hace el trabajo una vez que los objetos son puestos en la posición correcta. Poner las cosas en lugares, para operar sobre ellas, por sus propias fuerzas internas, y por las que están en otros objetos, es lo que el hombre hace, o puede hacer, con la materia’. Los hombres han adquirido un poder ‘sobre las fuerzas naturales, inmensamente mayor que ellos mismos, un poder que, tan grande como es, está destinado a ser indefinidamente mayor’; profética declaración.

Valoró la función de la ciencia. ‘La labor del sabio, del pensador especulativo, es parte del proceso productivo, como la del inventor de un artefacto práctico; muchos inventos son consecuencia directa de descubrimientos teóricos’. Dio  función productiva al consumo. La buena dieta, ayuda a producir, La buena educación, a pensar. Puede haber consumo improductivo, no debe reprobarse, si añade gozo de vida; puede considerarse como un plusvalor económico.

Distinguía capital y dinero. El capital es acumulación de bienes para facilitar la producción. ‘Costea protección, abrigo, materiales y herramientas, que el trabajo requiere; alimenta y sostiene, en lo general, al trabajador, durante el proceso’. Es producto de trabajo anterior. En este sentido real, no se apila indefinidamente; se debe reemplazar, aunque no tan rápido como los bienes para el consumo inmediato. ‘Precisa de ser provisto por un capitalista’.

Distribución. Sostenía que la propiedad privada era una institución introducida en las comunidades primitivas, no por útil socialmente, sino para mantener la paz  en disputas. Para dirimirlas, el tribunal ‘legalizaba la primera ocupancia, el agresor era quien iniciaba la violencia, despojando a otro de sus pertenencias, o intentándolo.’ Lo que el posesionario tenía, al empezar la disputa, no era siempre producto de su trabajo.

La propiedad privada no era la única base para la distribución de la riqueza. Mill revisó programas de comunistas y socialistas, planes para colonias cooperativas o ‘asociacionistas’.

Independientemente de méritos o defectos, tales esquemas ‘no se pueden tomar por impracticables’. La gente evade aportar su parte de trabajo. ‘Se dice que el trabajo honesto y eficiente sólo lo hace quien cosecha el fruto de su esfuerzo. Pero sólo una pequeña parte del trabajo en Bretaña, del más mal pagado hasta el de ingreso más alto, lo realizan quienes trabajan para su propio beneficio’.

Asignar ‘el trabajo de la comunidad, entre sus miembros’, es más difícil, pero podría superarse, si la única alternativa al comunismo fuera ‘el estado actual de la sociedad, con todos sus sufrimientos e injusticias’, entonces ‘las dificultades del comunismo, serían sólo polvo, en la balanza’ (él no se refería al comunismo de la URSS). Describió la distribución de la riqueza en el capitalismo. Usó ideas de la teoría clásica, como el fondo de salarios, y de Malthus, pero señaló posibilidades de avances. El salario menor que se acepta, no es el de subsistencia, sino el estándar acostumbrado. Ricardo tenía razón, la ganancia caería si el costo del trabajo subía, pero su costo no era igual al salario. El trabajo está con frecuencia en el máximo, cuando el salario está en su mínimo, el trabajo barato, puede ser ineficiente. Su costo cae, si los trabajadores son más eficientes; los trabajadores pueden usarse con más eficiencia, con tecnología. El crecimiento demográfico puede disminuir. Ganancias altas y altos salarios pueden coexistir. Es la tendencia en Bretaña y EUA, desde Mill. No fue más allá de la teoría ricardiana de la renta o las rígidas ideas clásicas de valor y precio. La del precio correspondía al tipo de distribución capitalista y, más que ‘ley natural’, podía alterarse. Previno ‘no olvidar que las verdades de la Economía Política, son verdades en bruto’.

La parte final de sus Principios, es la más interesante: ‘Influencia del Progreso de la Sociedad, en la Producción y la Distribución’ Niega el progreso material, como meta. Más gente en competencia por más riqueza, no era espectáculo agradable, aunque lograran sus ambiciones. Señala democráticos estados al norte y centro de EU, donde ‘un sexo se dedica a cazar dólares, y el otro, cría cazadores de dólares’. Admite que la gente no debe oxidarse e inmovilizarse, y mientras las mentes están ‘en bruto’, requieren estímulos ad hoc. ‘Estamos en una etapa temprana del mejoramiento humano’.

Previó un estado‘estacionario’ de la sociedad, donde el crecimiento demográfico se limitará voluntariamente, todos confortables; con mejor distribución del producto, no aumentándolo sin límite.

¿Por qué llenar al mundo con la población que pueda contener, aún si, gracias al progreso tecnológico, estaría bien alimentada? ‘No es bueno para el hombre ser forzado a estar siempre en presencia de su especie’. No satisface pensar que ‘toda tierra cultivable se debe usar para producir alimento humano, y cada desperdicio en flora o pastizales naturales desmontarse, que cuadrúpedos y aves inútiles para uso del hombre se exterminen, como rivales que son; cada arbusto o árbol supérfluo debe sacarse de raíz, y sólo un mínimo de espacio debe quedar sin dedicarse a la agricultura tecnificada.

El mayor poder sobre la naturaleza, debía acortar las jornadas de trabajo, y ese tiempo dedicarse a otras cosas. Sería posible mejorar el Arte de Vivir, ‘cuando la mente no se agotara en sobrevivir’. El trabajador no debe condescenderse, ni verse como clase inferior. ‘No es justa o saludable, una sociedad en la que hubiera una clase que no trabajara’. ‘La clase laboral tomó sus intereses en sus manos…a sus cualidades se encomienda el cuidado de su destino…su futuro dependerá de cuánto puedan convertirse en seres racionales’.

Previó, y aprobó, un movimiento obrero independiente, actuando industrial y políticamente, para mejorar sus condiciones, y acercar su meta con la mayor presión: igualitaria distribución del ingreso.

Mill no esperaba que el capitalismo durara para siempre. ‘No se puede esperar que la división de la raza humana en dos clases, los empleadores y los empleados, pueda mantenerse. La situación es casi tan insatisfactoria para el que paga los salarios, como para el que los recibe’. El proceso económico es en esencia cooperativo, y debe situarse en esa base. La cooperación entre productores y entre consumidores era deseable. La primera no ha cristalizado; la otra creció y es poderosa mundialmente: la cooperativa de consumo.

El gobierno debe usarse para promover cambios. Favoreció gravar herencias para igualar ingreso. El gobierno hace más que actuar de policía: conserva recursos naturales, herencia humana; decide en disputas civiles; acuña dinero; administra servicios públicos. Consideraba falaz la política de no intervención gubernamental; el estado debía juzgarse por su eficiencia, en cada caso específico.

¿Era Socialista? Simpatizaba, el tiempo aceptaba cambios, pero rechazaba su ataque a la competencia. ‘Si no hay, hay monopolio, que, en todas sus formas, es impuesto al industrioso, para mantener la indolencia, si no es que el pillaje’. La competencia conviene al trabajo, si la demanda supera a la oferta laboral. La cooperación la sustituye, en las asociaciones, pero debían competir entre ellas.

‘Es error soslayar la indolencia humana; la tendencia a ser pasivos, esclavos del hábito, a porfiar una vez escogida su  ruta’. No quería que la competencia evitara a la gente tener una vida decente, pero era necesario un acicate competitivo. No aprobaba los privilegios.

En su Autobiografía, escribe sobre él y su esposa, ‘Nuestro ideal de mejoramiento, fue más allá de la democracia, y nos clasificaría como socialistas. El problema social del futuro sería cómo unir la mayor libertad individual de acción, con una apropiación común de la materia prima mundial, y una participación igualitaria de todos en los beneficios del trabajo’. Meta hacia la que se van acercando las economías ‘mixtas’, características del estado industrial. Mill no era utopista, ni marxista.

Ideas previas cambiaron, en defensa de agriculturistas, capitalistas, trabajadores revolucionarios, soñadores utopistas, o de proponentes de economías nacionales. ¿Qué fuerza emergente podría usar sus ideas? Un movimiento laboral pro socialista, pragmático, inspirado por intelectuales cultos, cuyo confort moral y espiritual dependiera de una sociedad en la que se pudieran sentir más en casa. Nada se acomoda más al amor a la libertad, al gradualismo, al igualitarismo económico y metas más allá del avance material, que la tradición del socialismo demócrata británico.

La línea de legitimidad clásica a la que pertenecía Mill, y que en él había alcanzado su clímax, resultó heraldo de la extraña amalgama en que se convirtió la sociedad inglesa, donde nació la Revolución Industrial. Mill, en sus Principios, publicado simultáneamente al Manifiesto Comunista de Marx, parece el más verdadero profeta, al menos para su país.

Clasicismo a la Defensiva –Cairnes. Tras Mill pocos economistas clásicos se aventuraron a escribir en vena filosófica, o a presentar en una sola obra, un sistema teórico, cubriendo todos los aspectos de la ‘ciencia’. La teoría entró en declive, a manos de especialistas académicos que angostaron su rango, ocupándose de elaboraciones técnicas de secciones que pensaban habían sido mal desarrolladas, o retocaron ideas, para defenderlas mejor de las críticas.

John Elliott Cairnes (1823-1875), irlandés, graduado del Trinity College, enseñó en Dublin, en el Queen’s College de Galway, y el University College, en Londres. Limitó la Economía a producción y distribución de la riqueza, excluyendo ideas de política social.

También construyó una elaborada defensa del método deductivo de pensamiento. La inducción a partir de hechos reales desorienta, en el mundo real muchas influencias operan a la vez, y es difícil decir cual, o que combinación, produce las consecuencias que interesan al investigador. El científico valida hipótesis inductivas, mediante experimentos de laboratorio, pero ello es imposible en Economía, porque el mundo no es un laboratorio, decía.

El economista asume postulados simplificados, abstraídos de la realidad, descubriendo, por lógica deductiva, las consecuencias. Asume que existe la ‘competencia perfecta’, que cada hombre de negocios está tratando simplemente de maximizar su ganancia en la venta de un artículo, que es consciente de su propio interés, etc., y sobre esa base, puede deducir una ‘ley’ del precio, relacionada con oferta y demanda –como hacen muchos. Tal proceso es, pensó, como ‘un experimento realizado mentalmente’.

Esta herramienta es, para el economista clásico, principal recurso profesional. Ha posibilitado elaboradas hipótesis. El encanto de la solución lógica seduce tanto, que están tentados a tomar hipótesis descubiertas así, como representaciones del mundo real. Admiten que deben hacerse modificaciones al aplicarlas, pero soslayan la posibilidad de que estén lejos de la verdad, de que  su abstracción tiene poca solidez, y sustituyen al mundo con la tierra de ‘Nunca-Jamás’.

Cairnes usó el procedimiento para apoyar doctrinas clásicas como la teoría del ‘fondo de salarios’, entonces bajo fuego. Así cayó en el error de suponer que los sindicatos no podían lograr ganancias permanentes en salarios, que no hubieran ocurrido, de no haber existido sus organizaciones. Pero llevó al razonamiento clásico la idea de que el trabajo no es siempre móvil, ni el capital fluído, por tanto, que la competencia funciona bien, sólo en grupos limitados.

 Matemáticas. Embarcados en procesos deductivos con postulados, era inevitable recurrir a las Matemáticas simbólicas, brillante modo de usar la lógica en abstracciones. Ecuaciones y gráficas expresan  relaciones supuestas entre factores económicos, sin cifras reales.

Se quiere expresar la idea de que la caída en el precio de algo, hará que su demanda suba, y que su oferta subira con su precio. Se  desea al mismo tiempo, expresar que su precio tenderá a un punto donde la demanda iguale a la oferta (una mayor aumentaría el precio, una menor, lo disminuiría); cambios en oferta tendrían efecto contrario.

Esto puede expresarse en una gráfica, cuyo eje vertical representa el precio, de cero arriba, y el horizontal, cambios en cantidad. Ahí, una curva D-D’ hacia abajo y a la derecha, ilustra la demanda que sube a medida que el precio baja, y una curva S-S’, hacia arriba y a la derecha, representa la oferta que sube, mientras el precio sube.

Demanda y oferta están en equilibrio, donde las curvas se cruzan en x, el precio de equilibrio es p, y la cantidad que se producirá y venderá a ese precio, es q. Es una expresión de la relación precio-cantidad, bajo la influencia de oferta y demanda, sin usar cifras. Es algo simple; ecuaciones y diagramas en economía pueden llegar a un alto grado de complejidad. No prueban los supuestos en que se basan, ni dicen qué sucede, aún si fueran ciertos, sin cifras reales.

No se obtiene nada de la matemática, no implicado en lo que se le alimenta. Conviene al pensamiento lógico, taquigrafía para decirlo en menos páginas, y su visualización, más precisa que en palabras. No es magia.

A los pioneros, se les llamó la ‘escuela matemática’. Nombre poco apropiado, pues se ocuparon de muchos problemas: el complicado de valor y precios, teoría monetaria, producción y distribución de la riqueza. Llegaron a distintas conclusiones.

Pocos prescinden de ellas, sin importar el tipo de su razonamiento, o la naturaleza de sus teorías. La mayoría razonan, según el caso, deduciendo de premisas supuestas, como Smith, Ricardo, Malthus y sus seguidores. Creen que los efectos sociales son causados por ‘hombres económicos’. Es apropiado, llamarlos pensadores, en la tradición clásica, y no simplemente economistas matemáticos.

Clasisistas Matemáticos. El fundador del método matemático fue Antoine Augustine Cournot (1801-1877), maestro de Matemáticas en Lyon. Su libro, Recherches sur les principes mathématiques de la théorie des richesses,(1838) usa fórmulas como las descritas. No vendió una copia. Intentos por simplificarlo, no tuvieron éxito. Sus escritos sólo se conocieron, gracias al economista William Stanley Jevons (1835-1882). Contribuyeron poco a la teoría clásica.

Igual pasó a Herman Heinrich Gossen (1810-1858) funcionario alemán; pensó que su libro Die Entwickelung der Gesetze des Menschlichen Verkehrs,(1854) le daría fama como a Copérnico sus  leyes sobre el movimiento de los cuerpos celestes. Nadie compró su libro y destruyó la edición, pero una copia llegó a Inglaterra, la descubrió un profesor en el Museo Británico, y Jevons la llevó a la atención pública.

Utilidad Marginal. Una contribución, también de otros, deleita al economista matemático. Primero en hacer amplia aplicación del concepto marginal de Ricardo en su teoría de la renta de la tierra.

Gossen lo aplicó a la demanda en general, y resultó una compleja teoría de precio y valor basada en el principio de placer-dolor, de Jeremy Bentham, la teoría de la ‘utilidad marginal’. El  supuesto central es que el valor de algo, para el comprador, baja, entre más tiene. Un hambriento pagará bien por una hogaza de pan, mucho más que su costo. Otra hogaza le dará menos satisfacción, y valdrá menos para él. Compra hasta que pagar el precio exigido le cause más dolor que el placer de comerla. La última hogaza que compre, la marginal, determina la extensión de su demanda. Como seguro compra su pan de una vez, no uno por uno, a precios decrecientes, el precio de la última hogaza define el precio al que deba venderse todo.

Tiene, claro, otras necesidades aparte de pan. Aplica igual cálculo a todo. Nadie puede comprar todo lo que quiere. Se aparta dinero para diversas compras, conforme a la relativa utilidad marginal que se confiere a cada tipo de artículo. Esto aplica a cualquier relación económica que involucre compra-venta. En producción, pensando en la última unidad que el productor está dispuesto a fabricar, al precio que puede obtener por ella; al salario, pensando en la última hora-trabajo que el empleador está dispuesto a contratar; al interés, pensando en el último dólar que se está dispuesto a prestar. Cada parte, en la negociación, sopesa la satisfacción de lo que puede obtener, contra el sacrificio que debe hacer, a cambio. El total de estas influencias, en cualquier mercado, es la base de demanda, oferta y precio.

Las infinitas complicaciones del razonamiento, son material caído del cielo para su expresión matemática, y quienes lo desarrollaron, usaron lenguaje simbólico. Fue pionero Jevons, economista inglés, Leon Walras (1910) maestro de Economía franco-suizo, y los austriacos Karl Menger (1840-1921) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914). Jevons no acabó su obra principal, es conocido también por su quizás errónea sugerencia de que las crisis son debidas a las manchas solares, afectando las cosechas. Walras, un reformador, quería nacionalizar la tierra, antes que H. George; el primero en desarrollar un sistema matemático para una economía entera, mostrando cómo tendería al equilibrio. Su supuesto clave fue un regimen de propiedad privada y de competencia perfecta. Böhm –Bawerk, objetaba a Marx; es conocida su teoría del interés, basada en la utilidad marginal del capital. Introdujo comparaciones entre valores presentes y futuros.

La teoría marginal se aplicó a mercado, producción y distribución del ingreso, por John Bates Clark (1847-1938). ¿Cómo se paga a tierra, recursos naturales, capital y trabajo? Por su productividad marginal relativa: el precio de la última unidad deseada. Si se veía valedero usar más mano de obra en un terreno, se contrataría hasta llegar a la unidad marginal de trabajo. Si el salario rural es alto, y la tierra barata, es mejor usar más tierra y menos trabajo, y cultivar a menor intesidad. El industrial sustituiría trabajo con máquinas, si el valor marginal del producto que obtendría usándolas, es mayor que el del trabajo que permiten eliminar. Y un salario bajo, por contra, impide mejoras tecnológicas, encarece comprar máquinas, versus pagar salarios.

¿Es Relevante el Marginalismo? Ingenioso, pero su abstracción despertó dudas. Se hace un presupuesto muy complejo, listas de necesidades, y se decide la última unidad a comprar de todos los artículos a cualquier precio dado. Nadie hace eso. Ni el hombre de negocios hace cálculos marginales deliberados; su archivo no tiene ecuaciones y gráficas como las de los textos de Economía.

Se dice que no se trata de representar conductas reales; eso haría la gente, si buscara su mejor interés, maximizar utilidad y minimizar pérdida. El hombre económico abstracto, en un mercado abstracto, sirve para identificar tendencias generales; ¿Es útil? La sicología no ve placer y dolor tan ingenuamente. Comprar depende tanto de  costumbres sociales y hábitos privados, como de decisiones únicas y calculadas. Los precios se forman así, y no con reglas de dedo o con estructuras de precios inerrelacionados. ¿Qué tan buena es una hipótesis formulada de modo que no es posible comprobarla, pues los datos no están disponibles, y quizá nunca lo estarán?

¿Qué puede hacerse con esta teoría, sino usarla para explicar el statu quo? Llevada a su implicación de equilibrio general, a una colocación de recursos que ofrezca al consumidor exactamente lo que desea, en su orden de preferencias, a los más bajos precios, la teoría es poco más que una elaboración de la ‘mano invisible’ de Smith, que lleva a cualquiera a servir a su mejor interés, si buscara su ventaja, inteligentemente.

Replanteamiento de Alfred Marshall. En 1890, a 40 años de los Principios de Mill, otro inglés replanteó el cuerpo del pensamiento económico.

Mucho sucedió, en realidad y en teoría, desde Mill. El socialismo avanzó un poco; el capitalismo británico, dominante en el mundo, estaba en vuelo de éxito. Los sindicatos crecieron, las jornadas se acortaron, el salario subió. El optimismo Victoriano coloreaba las ideas. Había problemas sociales, que se resolverían con voluntad, en un ambiente favorable. Las instituciones rebasaron a las ideas, y Principios, se presionó por su observación de que ‘cada generación ve sus problemas, a su manera’.

Alfred Marshall (1842-1924) era el hijo de un cajero del Banco de Inglaterra. Estudió los clásicos, para ser clérigo anglicano, prefirió las matemáticas, se graduó de Cambridge con honores, y obtuvo un puesto enseñando. Pensó ser físico, se interesó en el mejoramiento humano y leyó a los grandes economistas para ver si podía resolver los problemas sociales. Su interés era reformar, a través de su vida vio a la economía como instrumento al servicio de la humanidad, y no una mera descripción o defensa de lo existente. Tras llenar otros puestos, incluídos dos años enseñando en Oxford, fue profesor de economía política en Cambridge, en 1885; donde permaneció hasta 1908, y se dedicó a la investigación hasta su muerte, en 1924.

Tuvo dominante influencia en el pensamiento económico británico, en su madurez, y por algún tiempo después de su muerte. Llevó al tema talentos: pensamiento lógico cuidadoso, dominio matemático, interés en el bienestar, y ardiente interés por mejorar instituciones.

Algo más explica su éxito. En vez de desarrollar un nuevo cuerpo de doctrina, o brillantes innovaciones, construyó sobre la tradición, unió a varias escuelas y edificó una casa intelectual donde una gran variedad de opiniones se sentían a gusto. Un severo francés lógico, o un alemán controversial, nunca pensarían que tal moderación era posible, o útil. Practicó el genio británico de estadista liberal, que combina aparentes incompatibilidades, y hace lugar para lo nuevo, sin desechar lo viejo, espera crecimiento a partir del mejoramiento creativo, antes que del conflicto frontal, y maneja todo ello con el mayor tacto, buena voluntad, y racionalidad.

Sus Principios destacan por su claridad de expresión, pero nunca fue leído ampliamente por el público lego, y no repitió el éxito de Smith o de Mill. La materia se había vuelto intrincada y técnica.

Teoría de Marshall. Criticó el concepto de ‘hombre económico’, pues se trata de gente real, pero lo usó en su análisis de negocios, donde se prueba con medidas pecuniarias, sin importar qué motiva a los participantes. Dijo que la competencia tenía aspectos buenos y malos, y debía moderarse mediante cooperación o combinación. Usó ‘sistema competitivo’ en lugar de ‘libertad de industria y de empresa’, para describir el orden económico.

Rechazó la idea del paraíso primitivo donde todos fueron buenos y felices, por falsa, respecto de la historia, y por ser injusta crítica al orden social, que pensaba susceptible de mejoras que lo acercarían al paraíso, en un futuro. Vió los males de la pobreza, y los deseaba  abolir; vió el beneficio de la riqueza privada, y no quiso abolirla.

Recomendó gasto moderado y de buen gusto, rechazó el ‘consumo conspicuo’, favoreció dedicar la riqueza al bien público. Subordinó el concepto de tierra o capital, agentes productivos materiales, a la idea de que el organizador o administrador, que hace buen uso de todos los factores productivos, es el factor central. También vió al estado como un elemento útil en asuntos económicos.

La teoría de la producción que favorecía, admitía que el producto de la tierra se sujeta a rendimientos decrecientes, pero la habilidad humana trae rendimientos crecientes que superan la ineficiencia de la naturaleza. Se tendía a producir por arriba de las necesidades de subsistencia; la naturaleza y la distribución de excedentes, eran los problemas emergentes.

Sustituyó el ‘nivel de subsistencia’ del salario, por el ‘estándar de confort’: aumentaba la producción, y era posible, por la creciente eficiencia. Favoreció sindicatos y contratos colectivos. No era real la ley dura y estrecha del salario, pues éste era resultado de muchas fuerzas actuantes. No creía que empleador y empleado, capitalista y terrateniente, estuvieran en oposición fundamental, pues todos tenían mutuo interés en una cooperación eficiente.

Usó las ideas de la utilidad marginal y las tejió en una estructura lógica, mejorándolas, y advirtió contra usar cálculos complicados, en propuestas relativamente sencillas. Contribuyó al análisis de oferta y demanda en condiciones fijas, que explicaba lo que sucede en el corto plazo, pero dijo que se debe contar con una teoría del equilibrio de largo plazo, donde el empleador expande su capital ‘fijo’, con nuevos edificios y maquinaria.

No paró en el análisis de precios y mercado. Tenía que decir del ‘dividendo nacional’ (ingreso nacional), cómo se determinan las ‘participaciones distributivas’, y cómo cambian sus proporciones.

Sobre reformas, decía que, aunque deseables, había mucha prisa, se sobreestimaba la velocidad de los cambios, se esperaba mucho de la naturaleza humana. Si hubiera razón sobre la caballerosidad humana, hasta la empresa privada funcionaría bien, y la propiedad privada sería ‘inofensiva, a la vez que innecesaria’.

Marshall ofrecía algo a muchas teorías y especialidades técnicas, en un clima de juicioso universalismo, donde se podria encontrar sitio a casi toda idea, y excepción a casi toda regla. Su libro dejaba puertas abiertas, para ampliar panoramas y nuevos peregrinajes. La lógica estaba ahí, sin ser dominante; al sentimiento lo moderaba el escepticismo. La variedad se situaba en un marco ordenado. Toda la estructura era, intelectualmente, como la Bretaña Victoriana, ahí, la amada reina combinaba democracia y progreso, el peculiar país insular se colocaba en el corazón del imperio multicolor, sobre el que nunca se ponía el Sol.

Valor y Precios. Están en el centro de la teoría clásica. Los puristas especularon sobre ambos; los de amplio enfoque añadieron ideas, y todos discutieron, siempre, la teoría de los precios.

Hizo la mayoría de sus contribuciones ahí. Introdujo el concepto de elasticidad de la demanda: el grado en que cambios en el precio de un artículo, afectan su demanda. Distintos juicios influyen las políticas de precios y producción, si la demanda es más o menos elástica. Algo como la idea de Marx, al revés, Marshall habló de la ‘plusvalía del consumidor’: lo que se esta dispuesto a pagar por algo, si se necesita (su valor real, para quien lo adquiere), menos el precio al que se compra.

La mayoría de las teorías de precios se han desarrollado bajo el supuesto de que prevalece una competencia perfecta. Los teóricos dilucidaron cómo fija los precios un monopolista con conocimiento de lo que lo beneficia más: puede ganar, bajando precio y subiendo  ventas, y se detendrá cerca de donde cree lo llevó la competencia.

Ello puede mostrarse con ecuaciones y curvas. Pero en compras y ventas, competencia perfecta y monopolio no caracterizan nuestro orden, ni es probable que lleguen a hacerlo. Lo real está entre esos extremos. Sus seguidores clásicos se centraron ahí, y escribieron sobre ‘competencia imperfecta’, ‘competencia monopólica’ (entre productos de marcas comerciales), oligopolios (pocos vendedores) y oligopsonios (pocos vendedores).

Era la oportunidad de dar rienda suelta a la lógica y llenar páginas con fórmulas matemáticas. La discusión continuó, con economistas como la inglesa Joan Robinson y el yanqui Edward Chamberlain.

Esta teoría, como la clásica de donde deriva, no se basa en casos reales sobre cómo el negociante fija sus precios, sino en cómo los fijaría, bajo situaciones supuestas, y motivado por consideraciones racionales. Simplificación necesaria para la deducción lógica.

¿Qué tan esclarecedora es, de lo que sucede a los precios en un mercado real, sujeto a las múltiples fuerzas que lo afectan?, nadie puede estar seguro. Pocas de estas fórmulas están concebidas para ser probadas contra la experiencia.

El economista especializado en precios no se opone, en general, a la creencia de que más competencia es mejor para el consumidor. Ésto no es cierto en toda circunstancia. Puede ser frecuente el caso en que un productor importante no baja precios para aumentar sus ventas, por temor a desplazar a los más pequeños competidores, y ganarse la reprobación del público, que lo tacharía de monopolista.


LA REVOLUCION DE JOHN MAYNARD KEYNES
                                                                                                                                Volver al índice

La tradición económica fue sacudida por la lera. Guerra Mundial (1914-1918), que afectó comercio y pagos internacionales, llevó a los gobiernos a intervenir en asuntos económicos, y centrarse en atender necesidades bélicas, creando enormes deudas.

Desde las Guerras Napoleónicas, no hubo conflicto que  absorbiera tanta energía nacional, y tan enorme porción de la población, por el ejército, y aquellas llegaron al inicio de la expansión, no después de que buena parte del mundo civilizado se hubiera industrializado.

Tras la Gran Guerra, Bretaña, y otros países europeos, enfrentaron peligros desconocidos. Muchas inversiones transoceánicas inglesas se vendieron para financiarla, y se asumió una gran deuda con EU.

La inflación, con rápidos aumentos de precios, ocurrió durante y después, en la mayoría de los países; la siguió una depresión y una gran caída en precios, en 1920-1921. En los 1920s, persistió el deterioro de los mercados de exportación ingleses, y desempleo en la industria de exportación.

El sindicalismo ganó gran fuerza, el trabajo industrial no podía ser ignorado. En Bretaña y Europa, era la base de los partidos políticos inspirados por la filosofía socialista que, aún minoritarios, ejercían poder y crecían. La revolución rusa, liderada por marxistas, parecía expandirse. Los defensores capitalistas sintieron al suelo temblar bajo sus pies, y asumieron posiciones contra ataques externos. Los economistas revisaron sus teorías, buscando ideas que restauraran la estabilidad. El ortodoxo, confiado en el equilibrio automático, si empresa y mercado libre buscaban su sino, admitió que, habiendo intervenido el gobierno, se necesitarían acciones adicionales, para posibilitar un nuevo comienzo.

En 1929, la Gran Depresión englobó a EU, y donde ya se sufría el shock de la guerra, intensificó la agitación de las ideas. Si surgía un remedio, era escuchado. Quien escribía, estimulado por la urgente presión de los tiempos, y tenía algo que decir, adquirió influencia.

Desde la Revolución Francesa, raramente el torbellino de la teoría sopló con más fuerza.

Dos áreas económicas clave destacaron. La teoría del dinero, la moneda tenía que ver con inflación y deflación, acompañadas de vaivenes de precios, problemas de cambios extranjeros y pagos internacionales. Y la cuestión de si los gobiernos nacionales debían hacer algo para disminuir el desempleo, y de ser así, qué.

Muchos las opinaban, pero su más sistemático y elegante trato fue el de Keynes, conectado con Cambridge, y estudiante favorito de Marshall. Sus ideas habían sido propuestas por otros, pero muchos pertenecían al inframundo de la Economía, sus conclusiones no se apoyaban en el razonamiento conocido por los iniciados. Keynes usó métodos ortodoxos, habló desde la respetabilidad académica, y llegó a conclusiones que negaban creencias de la mayoría, por más de un siglo. ¡Una verdadera revolución!

Fue símbolo de un nuevo estilo de teoría económica. Veamos ideas que lo precedieron.

 Moneda – el Patrón Oro. El tema del dinero es muy viejo. ¿Tiene el ‘bueno’ ‘valor intrínseco’, o resulta de ser aceptado como medio de intercambio? ¿Son oro y plata mercancías, como otros bienes, o  medidas comunes de valor de mercancías, es estéril o productivo? ¿Es capital, o sólo medio de compra de capital y otros bienes, y la medida de sus valores? No debe preocupar este tipo de preguntas, pues no hay hay respuesta demostrable.

Importa conocer su historia. Con los primeros clásicos, eran dinero metales preciosos y monedas acuñadas con ellos. Se usó papel para comprar y vender, contratar créditos y prestar, escritos o impresos, eran promesas de pagar oro o plata, a la vista o a plazo fijo: papel moneda. Gobiernos y personas privadas emitían estos documentos.

La gente certificaba que el metal estaba depositado y podía tenerse, presentando el papel. O certificados de bodega, sobre la propiedad de bienes con cierto valor monetario.

Pocos cuestionaban que el dinero ‘real’, y la base de todo medio de intercambio, eran los metales preciosos, de pureza específica, con frecuencia llamados ‘especie’.

Al prevalecer los bancos, los billetes empezaron a circular más, y ampliamente, en vez de moneda acuñada. Un billete era la promesa del banco, de pagar en ‘especie’, a la vista del portador. Si el banco tenía reputación de que sus notas se pagaban siempre, el tenedor no se molestaba en cobrarlos, los pasaba en pago a otros. Emitía más billetes de los que podía respaldar con sus depósitos en metal. Era solvente con reservas de una fracción de sus promesas de pago en papel, si su activo total no estaba por debajo de sus obligaciones o responsabilidades. El dinero acuñado aumentaba, con una cantidad mucho mayor, de papel moneda.

Un siguiente modo de expandir medios de pago, fue transferir los depósitos bancarios con cheques. Se usó ampliamente en EU, hasta después de la Guerra Civil, hoy es el mayor medio de pagos.

Un banco da crédito a un prestatario, vaciando cifras en su cuenta de depósitos, el prestatario da al banco una promesa pago, y usa su depósito, emitiendo cheques a sus acreedores, quienes depositan en sus cuentas. La banca registra, restando o sumando en cuentas de depositantes. Ni moneda o papel circula en estas transacciones, los depósitos bancarios, cifras en libros, se convirtieron en dinero, en el sentido funcional.

La idea de que el valor de todo dinero se sostiene en el privilegio de cambiarlo por su valor, en plata u oro, tiene base flaca, pero esa creencia fue casi universalmente sostenida, hasta los 1930s.

Teoría Cuantitativa del Dinero. Smith creía que el oro y plata de las colonias españolas, causó el aumento de precios desde inicios del siglo XVI. Se aceptaba la teoría cuantitativa del dinero –a más dinero, precios altos; a menos dinero, precios bajos. Esta idea fue discutida durante generaciones y persistió, fue aceptada no sólo por los teóricos, sino por el público en general.

La queja del colono era la falta de dinero para negociar y pagar sus deudas. Se amplió la oferta con billetes y documentos, el gobierno británico la paró, para evitar inflación, aumentos en precios, y daño a acreedores. John Law atacó la escasez con papel garantizado por terrenos, y provocó inflación y colapso, en Francia.

El papel de fianza (fiat), sin respaldo en oro, emitido en la guerra de independencia de EU, era tan abundante que casi no tenía valor.

La controversia en EU, sobre tipo y cantidad de dinero, persistió en todo el siglo XIX. La cuestión era confusa, por la idea de que si el dólar compraba menos, a causa de precios altos, tenía menos valor por no poder cambiarse en ‘especie’; el sentir de que la cantidad de circulante tenía que ver con su poder adquisitivo, era prominente.

Irving Fisher (1867-1947), maestro en Yale a incios del siglo XX, se centró en teoría monetaria, para estabilizar precios y moderar auges y depresiones. Razonaba: mucho dinero sube los precios, poco, los baja. Debe evitarse la inflación extrema: los precios son tan altos que el dinero se torna sin valor, se entra en pánico, y los préstamos se supenden. También evitar vaivenes más moderados en su nivel: precios al alza alientan compras, esperando ganancias especulativas, y a la baja orientan a vender, o a no comprar. Ello intensifica irregularidades de negocios y empleo.

¿Qué es demasiado o insuficiente dinero? La prueba práctica era, pensó Fisher, qué sucedía a los precios; al alza llevan a restringir la oferta de dinero; a la baja, a expandirla. Los defensores del dinero estable estudiaron mediciones estadísticas de precios, para tener un índice representativo de sus tendencias.

La teoría cuantitativa se afinó y se le dio una precisión más lógica. El dinero, como medio de intercambio, incluye todo lo usado a ese propósito –no sólo oro, plata, y papel moneda, también depósitos bancarios. En un intercambio de bienes o servicios por dinero, su uso es una ‘transacción’. Si su circulación cambia en proporción a las transacciones, el nivel de precios permanece igual. Si crece más que las transacciones, el nivel subirá, y viceversa. La circulación resulta de la cantidad de dinero en uso, y  la velocidad con la que pasa de mano en mano, expresada matemáticamente en la ecuación del intercambio de Fisher, cuya forma más sencilla es la de Simon Newcombe: MV=PT: M, es la cantidad de dinero, V, su velocidad de circulación, P, el nivel general de precios, y T, el número de transacciones. Para los teóricos de la estabilidad monetaria, M es el factor controlable, y P el factor  importante de mantener constante.

Debían hacerse cambios en M, para contrarrestar los ocurridos en V y T, .e.g., al crecer una nación, las transacciones se doblan, y la velocidad de circulación  permanece igual. En el caso, la cantidad de dinero también se dobla, y la ecuación es: (2M) V=P (2T), y no cambiaría el nivel de precios. Si dinero y velocidad siguen igual, y las transacciones se doblan, el resultado es: MV= (1/2P) (2T), y los precios se reducen a la mitad. El orientado a las matemáticas puede ensayar variantes.

Defendió el control del circulante y chocó con los conservadores ortodoxos. Decían que la cantidad de dinero dependía de la libre búsqueda de ganancia de los bancos, de sus prestatarios, y de las reservas de oro. Sobre el papel dinero del estado, el único deber del gobierno era mantenerlo ‘sólido’, asegurándose de que cada billete o certificado pudiera canjearse por una cantidad fija de metal. Pero Fisher quería que esa cantidad variara con los precios, y un dólar, en vez de comprar una invariable cantidad de oro, compraría una invariable cantidad de mercancías.

Asumió, como clásico, que si el dólar valía más o menos, en oro, cambiaría automáticamente la cantidad de circulante. Su idea de atar la ‘mano invisible’, o ley ‘natural’, que ordenaría todo de la mejor manera, si no había interferencias, se consideró peligrosa, e impía.

La teoría monetaria cuantitativa se revisó; se hizo sospechoso el rol del oro en la determinación del circulante, aún cuando se mantuvo el patrón oro. Su control, en el interés público, es hoy deseable aun por los conservadores, y no es el único medio de domar los ciclos.

La ecuación de Fisher tiene sus usos, aunque no es una expresión completa o exacta de las causas de la inflación y la depresión.

Dinero y Comercio Exterior. Desde Mun, se conoce la teoría de cambios extranjeros y su relación con pagos internacionales. La idea clásica aplicada a este ámbito, y a todos los que trataba, es que un sano equilibrio prevalecería, si no se interfería con el ‘natural y sencillo sistema de libertad’, funcionaba así: Casi todos los países tienen patrón oro. Quien posee moneda, puede cambiarla por cierta cantidad de oro, y su valor-oro se establece por cada país, para su propia moneda. Esto determina el valor relativo de las monedas de cada uno, fijado en términos de la unidad común –el oro.

Digamos que los pagos de ingleses a americanos son mayores a los de americanos a ingleses. En los mercados de cambios extranjeros, entre distintas monedas, sube la demanda de dólares y baja la de libras, y el valor de intercambio de la libra tiende a bajar. Habrá un flujo de oro de Londres a Nueva York. Quien compra dólares con libras, no está dispuesto a pagar un número creciente de libras por ellos, si puede comprar oro con sus libras en Inglaterra, a la tasa de cambio legal, y pagar su deuda, con oro, a EU.

EU tendrá más dinero, sus precios subirán. Bretaña, al perder oro, tendrá menos dinero, sus precios bajarán; por el cambio en precios relativos, EU comprará más bienes ingleses, y estos comprarán a EU menos, que haría más pagos en libras, y Bretaña, menos pagos en dólares.

El cambio en oferta y demanda de las monedas parará la tendencia de la libra a caer. Cesará el flujo de oro desde el Reino Unido. La diferencia entre los precios en ambos países, dejará de ampliarse.

Comercio y pagos volverán al equilibrio, en un nivel ‘natural’ de precios comparativos, y todo será para lo mejor, en el mejor de los mundos posibles.

Esa lógica teoría está muy expuesta a objeción, como descripción de la realidad. La conexión entre oro y cantidad de circulante, y entre ésta y los precios, no es tan estrecha. La necesidad de un país, de comprar o hacer pagos a otra, no es tan receptiva al cambio en precios relativos, como supone. Pero la mayoría de las autoridades en los 1920s, la tomó, no como agradable abstracción, sino como guía para establecer políticas.

Se intentó regresar al mundo al patrón oro – el uso del oro se paró, durante la Gran Guerra. Pero la estructura de pagos internacionales se había alterado por las deudas de guerra, para mencionar sólo un cambio importante. La libra, por la baja en exportación y los pagos de deuda bélica, tendía a caer.

Bretaña perdió oro y EU ganó, pero el precio de las mercancías no subió en EU. Bretaña estaba por perder sus reservas, y culpó a EU de esterilizar el oro y de bajar su precio, contra la ‘ley natural’. Lo hizo, no cambiando el contenido áureo del dólar, como Fisher, sino con políticas de banca central, no emitiendo dinero, como permitía su reserva de oro creciente.

La nueva política de administración monetaria, fue atacada, porque hacía peligrar la recuperación inglesa. Es dudoso que la estabilidad de los precios de las mercancías en los 1920s, fuera resultado de la política bancaria, pero subrayó el dilema: si cada país administraba su moneda, ¿Qué pasaría con la estabilidad internacional?

Dinero e Interés. El interés es el precio que se paga por el dinero prestado; el economista ortodoxo, enfocado en la teoría de precios, tenía qué decir sobre el interés. Le aplicaron la ley de la oferta y la demanda, elaboraron sobre la influencia de la oferta de, y demanda por, fondos de préstamos. Para Turgot, el ahorro sube la oferta. El relativo riesgo, y la habilidad para convertir las deudas en dinero a la vista (liquidez), influían en la tasa, dijo Say, y los marginalistas, que la demanda de la ‘última unidad’ de dinero que el prestatario quería tomar del prestamista, y él quería prestar, la definían. Unos enfatizaban el interés como recompensa para quien se abstenía de gastar, ahorrando; el mayor interés estimulaba la oferta de capital y reducía el deseo de tomar prestado.

De estas y otras ideas, los clásicos tejieron su teoría del equilibrio. A una tasa ‘natural’, los factores se equilibran. La libre empresa permitía aproximarse a esa tasa. Era la que producía justo el monto de ahorro necesario para satisfacer la legítima necesidad de dinero para quien quisiera usarlo como capital, y producir. La demanda y la oferta de dinero, a la tasa ‘natural’, serían iguales.

El crecimiento sostenido del capital era el responsable del progreso material, y cualquiera que tratara de mantener la tasa de interés por arriba, o por debajo, de la ‘natural’, resultante de oferta y demanda, posaba manos profanas en lo más sacrosanto de la economía, pues trastocaría el delicado mecanismo que atraía al ahorro, por el cual se atendían las necesidades sociales de capital nuevo. Pero eso fue exactamente lo que los innovadores propusieron. Un instrumento que se esperaba utilizaran los controladores del dinero, era bajar la tasa bancaria sobre préstamos, para impulsar el crédito, durante la depresión, y subirla en el auge, desincentivando la expansión no saludable. Esta y las aún más atrevidas propuestas de Keynes en ese ámbito, escandalizaron a sumos sacerdotes del dogma clásico.

Economistas del Bienestar. Otra idea que influyó al análisis hecho de manera brillante por Keynes, era que el gobierno podía, y debia, hacer algo para bajar el desempleo, que caracteriza, con frecuencia, la operación de los sistemas de libre empresa.

Aquí se incluye a economistas de la tradición clásica como Arthur C. Pigou (1877-1959), sucesor de Marshall en Cambridge, su obra La Economía del Bienestar, se publicó en 1920. Ordenó todos sus comentarios en la pregunta ¿Qué política o políticas beneficiarían más a la mayoría de la población? Hizo uso prominente de la idea del ingreso nacional –esto es, el ingreso total de todos, en un país.

Llamó a esta suma, como Marshall, ‘el dividendo nacional’. Cifras confiables para su estimación, eran escasas antes de 1914, pero los economistas del bienestar aportaron a su metodología. Discutieron cómo incrementarlo y acercarse más a su distribución igualitaria –interés de muchos teóricos. Estudiaron las ondas ascendentes y descendentes del ciclo comercial o de negocios, que los ortodoxos tienden a soslayar.

Pigou concluyó que la obra pública debe aumentar en depresiones y disminuir en auges. Favorecía las bolsas de trabajo (agencias de empleo) y la seguridad social nacional.

Otros economistas del bienestar se oponían al pensamiento clásico. John A. Hobson (1858-1940), de Oxford, se dedicó a reformar, en vez de buscar reputación académica. En su obra Trabajo y Riqueza (1914), y otros libros y artículos, dijo que teoría y práctica insistían en el volumen producido, sin relación al costo para el trabajador y la sociedad, sin mucha consideración al bienestar del consumidor.

El estándar monetario de valores, no siempre medía el máximo bienestar. Objetó el mecánico método ortodoxo, que ‘trataba a todas las acciones humanas como medio para producir riqueza no valuada en función de los seres humanos’.

Quería un sistema parcialmente socializado que bajara el énfasis en el incentivo de ganancia monetaria, excepto donde esa motivación fuera socialmente útil, como en industrias nuevas, experimentales o competitivas. Era partidario del gasto público para suavizar bajas de producción en los ciclos económicos. La teoría en que se basaba era motivo de burla por los economistas ortodoxos, pues atribuía el desempleo a la producción por encima de lo que los consumidores podían comprar –algo que la teoría clásica consideraba imposible.

La obra pública para aliviar desempleo es vieja sugerencia, ha sido propuesto e intentado, a lo largo de la historia. Keynes aportó, no tanto un esquema ingenioso, nuevo, sino la racionalización teórica que dio respetabilidad académica a propuestas prominentes, que la presión de los eventos hubiera forzado a poner en acción, aunque   Keynes no hubiera existido.

Un Pre-Keynesiano –Wicksell. Sueco, su obra se tradujo tarde en su carrera, por lo que tuvo poca influencia en América e Inglaterra, pero fue importante predecesor de ideas del tipo de Keynes, quien lo leyó y reconoció su deuda con él.

John Gustav Knut Wicksell (1851-1926), empezó de reformador social y político. Era matemático, aprendió Economía para lograr objetivos sociales, no para justificar condiciones prevalecientes. Difirió de marginalistas como Böm-Bawerk y Menger, defensores de la teoría capitalista del valor, y detractores de la marxista.

Acceder a sus escritos es meterse en enredos, pero sus principales contribuciones son sencillas. Se centraba en los cambios reales al paso del tiempo, con sus ciclos de precios subiendo y bajando, no en el imaginario mundo estático, donde todo se arreglaba solo, y de la mejor y clásica manera.

¿Por qué todos los precios suben o bajan al mismo tiempo? Porque  la demanda agregada podía, por un lapso, ser mayor o menor a la oferta agregada. Contradecía a la ‘ley’ de Say, que afirmaba que no podía existir la sobreproducción generalizada. Respondía a por qué ocurría, introduciendo el análisis del flujo del ingreso nacional:

El ingreso total de un país, es su demanda agregada potencial. Lo que puede gastar. Los consumos, crean demanda. Lo que se ahorra, puede convertirse en demanda si se usa en construir casas, fábricas, o en maquinaria. Puede ahorrarse más, o menos, de lo invertido en tales bienes de capital. Cuando el ahorro es mayor a la inversión, el dinero queda fuera del flujo de ingreso-gasto, la demanda declina y los precios caen. Si el ahorro es menor a la inversión, la demanda total aumenta y los precios suben. Esa idea, es el centro de la teoría de Keynes sobre el empleo.

Transitó de la teoría cuantitativa del dinero, a la teoría del ingreso. Propuso variaciones deliberadas en la tasa de interés, para ayudar a mantener un equilibrio entre ahorro e inversión. Llevó la teoría del dinero, al universo de la teoría de variaciones generales en precios, y de la teoría del ingreso nacional.

Estimuló a Myrdal, Lundberg, y Ohlin, la Escuela de Estocolmo, a hacer trabajos similares. Sus ideas difieren, en el detalle, de las de Keynes, y tienen un sistema teórico menos completo. Análizaron las diferencias en las expectativas de negociantes e inversionistas, versus la realidad, si actuaran en base a ellas. Esto se conoce como anális ex ante, y ex post.

John Maynard Keynes (1883-1946), hijo de John Neville Keynes, economista, y una graduada de Cambridge, que llegó a alcaldesa, y  fue brillante estudiante de filosofía, matemáticas y política.

Keynes estudió con Alfred Marshall, para un exámen del Servicio Civil, e iniciar la carrera de funcionario. Quedó en segundo lugar y fue enviado a la India. Ahí, bromeando decía que su deber era leer periódicos; pasó tiempo trabajando una tesis sobre economía, que le significaría un nombramiento en Cambridge. Se lo dieron a otro, y Marshall le ofreció dar clases, pagándole de su bolsillo. Keynes revisó su tésis, y al año siguiente recibió su nombramiento.

En Cambridge, Keynes fue editor del Economic Journal, apoyado por Marshall, y se dedicó a estudiar la teoría monetaria. En 1913 fue miembro de una Comisión Real sobre Moneda y Finanzas de la India, y se distinguio por un memorándum magistral, combinando conocimiento teórico con astucia práctica. Continuó pensando en la teoría, como instrumento para informar a la práctica, al enfrentar problemas específicos. Si una nueva política parecía deseable en el terreno pragmático, modificaba su teoría para que concordara con lo que él pensaba que se debía hacer; sus camaleónicos cambios provocaron que fuera acusado de inconsistencia, y aún de falta de sinceridad. No tenía nada del temperamento del doctrinario rígido.

En la 1era. Guerra Mundial, fue llamado al Tesoro, y a su término, participó en las conferencias de paz, como consejero. El resultado fue su exitoso libro Las Consecuencias Económicas de la Paz, ahí atacó las condiciones, que exigían reparaciones exhorbitantes a Alemania, privando a esa nación derrotada, de medios para hacer pagos al extranjero, y porque quebrantaban la unidad de la, hasta entonces, razonablemente productiva Europa. Esta actitud le trajo amargos ataques, y amplio apoyo. EU, tras la guerra, dedicó gran esfuerzo y mucho dinero, a evitar, y revertir, errores que Keynes vio en el acuerdo previo. El libro lo reveló también como maestro del estilo literario, pero complicado, cuando quería impresionar a sus colegas. Su descripción de los ‘4 grandes’: Woodrow Wilson, Lloyd George, Georges Clemenceau y Vittorio Emanuele Orlando, a quienes despreciaba por sus estúpidos errores, no la superaría el más hábil escritor, en la mordaz evocación de sus características.

Se volvió hombre de mchos intereses. Conservó su posición en el Economic Journal y visitaba Cambridge, en fines de semana, para dar conferencias y clases. Encabezó una compañía de seguros y una empresa de inversiones, haciendo dinero para sí, y su colegio.

Fusionó su semanario británico Nación, con el Nuevo Estadista, y escribió libros, discutió política en sus periódicos, casó con Lydia Lopokowa, bailarina del ballet ruso, subsidió al ballet y coleccionó pinturas. Escribió ensayos sobre filosofía. Su éxito en los negocios y su gusto estético, eran reminiscentes de Ricardo, pero rebasaba el pensamiento económico del viejo maestro.

En 1925, guiada por Winston Churchill, Canciller del Exchequer (Banco Central), Bretaña volvió al patrón oro, al valor de preguerra de la libra. Keynes previó, y dijo, que significaría la intensificación de la depresión, y desempleo en industria de exportación, así como una disminución en las reservas de oro. La teoría clásica prescribía, para estos males, una caída en los precios y salarios ingleses, por la acción automática del patrón oro; la deflación curaría la depresión, reduciendo los precios, y aumentando así, exportaciones de bienes británicos. Si el trabajador no aceptaba la baja requerida en salario, sería responsable de su desempleo. Keynes atacó a esa política, y a la teoría que la sostenía.

¿Debía el trabajador soportar miseria, por una abstracción como el patrón oro? No voluntariamente. Era mejor devaluar la libra, que tratar de lograr un precario equilibrio, a través de la dolorosa ruta de los ajustes en los precios. Este episodio puso a Keynes a revisar la teoría monetaria y la de precios; su posición al respecto formó un precedente para su idea de que la administración nacional de la moneda era necesaria, a pesar de que podía llevar a consecuencias internacionales embarazosas.

Trabajo sus teorías a fines de los 1920s; dio conferencias en teoría monetaria, en Cambridge, participó en el Comité Macmillan sobre Finanzas e Industria, para resolver la declinación de la industria de exportación. Dio expresión a sus heterodoxos enfoques. Trató de formular sistemáticamente sus teorías en un prohibitivo Tratado sobre Moneda, en dos tomos (1930). Mostraba la dirección de su pensamiento, pero era objetable, porque los supuestos que adoptó, estaban lejos de la realidad. Insatisfecho, siguió leyendo, pensando y discutiendo con sus colegas. Todo fue de mal en peor en la Gran Depresión, desde 1929. Formuló su sistema con satisfacción, en La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero (1936), con el New Deal en plena vigencia, en EU; el desempleo, disminuído, no estaba vencido todavía. Desde La Riqueza de las Naciones, ningún otro documento pareció corresponder mejor a las necesidades de la época.

Pocos, excepto economistas académicos, lo leyeron o entendieron, pero dio a muchos teóricos clásicos una racionalización para las políticas que pensaban necesarias, pero que no atinaban a abrazar con clara conciencia.

Keynes había visitado EU, y durante la administración de Franklin D. Roosevelt, regresó como consultor en recuperación económica. Durante la 2da. Guerra Mundial, sirvió al gobierno de coalición del Reino Unido, como todos los economistas británicos, asesorando en complicados problemas de impuestos, finanzas, movilización de la economía y planeación de la posguerra. Para entonces había sido distinguido como Par. Tras la guerra, regresó a negociar el acuerdo para el crédito de EU a Bretaña, que precedió al Plan Marshall. La suma acordada no era suficiente, lo sabía, y aún así, hubo de luchar contra una renuente Cámara de los Lores. Poco después murió, de un problema cardíaco crónico, del que sufría de años atrás.

Teoría General de Keynes –El Empleo. La doctrina clásica y la neo-clásica eran lógicas, decía, pero sólo probaban ser ciertas, en un caso especial –limitado por supuestos, explícitos o implícitos, en que basaban su razonamiento hipotético. Propuso desarrollar una teoría general, que no usara supuestos irreales.

Los clásicos decían poco sobre fluctuaciones en empleo. Asumían que la producción, en la economía de libre empresa, fluctúa cerca del balance entre demanda y oferta, en ese Elíseo equilibrista, todo a quien costeara contratar, obtendría empleo.

El del salario, como cualquier precio, caerá, si la oferta de mano de obra excede a su demanda. El desempleo amplio o persistente sólo lo causa la terca negativa del trabajador, a aceptar un salario bajo, y no existe el desempleo involuntario.

Keynes observó que esta lógica idea, era inaplicable al mundo real. El trabajador rechazaba bajas en su salario, así perdiera el empleo; los sindicatos eran parte real del sistema económico. El desempleo amplio era frecuente, la experiencia de muchos en la depresión, era que no encontraban trabajo, a ningún nivel de salario.

Conocía los modelos clásicos, hizo su teoría del equililibrio. Había un equilibrio entre demanda y oferta, que fijaba el nivel de empleo, pero tan bajo, que muchos trabajadores, competentes y dispuestos, quedaban sin empleo. El salario alto no podía ser causa mayor de desempleo. Un corte al salario era teóricamente equivalente, en sus efectos, a una caída en la tasa de interés, y lo que se pudiera lograr reduciendo el salario, se lograba mejor bajando el interés, aunque ninguna medida era  remedio suficiente.

Si el desempleo general no se debía sólo a un alto nivel salarial, ¿Qué lo causaba? Aquí Keynes aplicaba una perogrullada, cuyas implicaciones no han sido totalmente aceptadas por los clásicos:

Cada pago tiene dos lados. El receptor recibe tanto, como gasta el pagador – y nada más. El ingreso fluye en la economía, en círculo. Si hay caída en la demanda general, será por una contracción en el flujo, y se debe buscar la causa. ¿Quién mantiene dinero fuera de la corriente, y por qué lo hace?

El dinero gastado por el consumidor (y todos somos), no se sustrae del flujo. El retenido, al menos por un lapso, es ahorro. Se suponía que todo el ahorro lo gastaban quienes invertían en manufactura y otros negocios. Keynes desafió esto. El ahorrador no es siempre el inversionista, y tiene distintos motivos. Se pone dinero en un banco o aseguradora, y no se gasta, si no se usa en construir casas o para ampliar negocios. Más o menos dinero se puede estar sustrayendo del consumo, del que se invierte; esto es lo que causa altas y bajas en el flujo del ingreso agregado.

La ecuación es Y = C+I; Y, es el ingreso agregado; C, lo gastado en bienes, por los consumidores; I, es lo gastado y recibido en la producción de bienes de inversión, es decir, capital.

El ahorro S es igual al consumo agregado Y, menos lo gastado en consumo C, o S=Y-C.

Dos ecuaciones simultáneas de las cuales se deriva que S=I, ahorro igual a inversión. Pero él aseveró que ello no siempre es así, ¿Son inconsistentes con su teoría? Se responde que la gente a veces tiene intención de ahorrar más de lo que se invierte, pero si la inversión real no iguala lo que la gente pretende ahorrar, su ingreso caerá, y en realidad no  ahorrará más de lo que se invierte. Si la intención de ahorro iguala a la intención de inversión, entonces la economía está en equilibrio.

Las ecuaciones son una fotografía del balance entre la intención de invertir y la intención de ahorrar, hacia el que, se supone, tiende la economía. Si esta permaneciera en equilibrio, no habría cambio en ahorro o inversión.

Keynes y la Teoría del Dinero. Los clásicos decían que el mercado de dinero, como todos, tiende al equilibrio entre demanda y oferta, a una tasa de interés ‘natural’. Una mayor sube la oferta, alienta al ahorro, baja la demanda y desalienta los créditos; una menor, hace lo contrario. Quien toma prestado es principalmente quien invierte, la teoría clásica del equilibrio implica que no existe problema para igualar ahorro e inversión.

Keynes la desafiaba, decía que ahorro e inversión se determinaban independientemente. Como en salarios, minimizaba el efecto de los precios, en oferta y demanda. Otros factores eran más importantes.

Difería de clásicos y partidarios del control del circulante, como Fisher y Wicksell, que apoyaban la teoría clásica cuantitativa del dinero.Wicksell proponía remediar la depresión, bajando el interés, para inducir más inversión y menos ahorro. Keynes no se oponía, pero lo pensaba insuficiente. Creía que las variaciones en el interés casi no tenían que ver con el monto ahorrado, y estaban lejos de ser responsables de la cantidad invertida.

Determinantes del Ahorro. ¿Cómo optar entre consumo y ahorro? Keynes creía que era asunto de hábito y necesidad. En un estándar de vida se gasta lo necesario para mantenerlo, y se ahorra el resto, sin fijarse mucho en el interés. Llamó a lo gastado de un ingreso, y resultado de fuerzas sicológicas y sociales, propensión al consumo,

también conocida como función consumo.

Lo que se ahorra es lo que no se gasta en consumo. En fracciones o porcentajes, es su complemento. Si el consumo son 4/5, u 80%, del ingreso, el ahorro sera 1/5, o 20%.

Arribamos a una parte crítica de su teoría. Cuánto ahorra quien esté en cada nivel, varía con el tamaño de su ingreso. Los pobres gastan todo lo que ganan, poco o nada ahorran; el rico tiene excedente, su propensión al ahorro es mayor. Es sentido común, corroborado por estadísticas, y sacó importantes inferencias: en una sociedad donde hay poco cambio en el ingreso total o en su distribución, hay poco cambio en el ahorro total. El consumo también será estable, como su complemento, el ahorro. La conclusión esconde asunciones que pueden ser contrarias a la realidad –por ejemplo, que nada, nunca, causa cambio en el gasto en consumo, excepto cambios en ingreso.

Con esas conclusiones, usó intrincado cálculo marginalista de corte tradicional. Un cambio en el ahorro, se da, si varía la propensión al consumo, por modificaciones marginales en el ingreso, aseguraba.

Las Determinantes de la Inversión. Keynes decía que aunque la función-consumo que determina al ahorro es relativamente estable, la inversión es relativamente inestable. Depende de qué anticipan o esperan los hombres de negocios, sobre lo que podrán vender en el futuro. Si prevén una contracción en el mercado, no invertirán, sin importar qué tan barato puedan conseguir el dinero. Pueden incluso desinvertir, y lo hacen, por lo general, al administrar su inventario.

Si esperan mayores ventas y precios más altos, invertirán grandes sumas, aún si tienen que pagar altas tasas de interés por el dinero.

Introdujo el concepto marginal. Un equipo de capital dará, en un lapso de años, un rendimiento sobre el gasto hecho para adquirirla.

Si el retorno supera la tasa de interés, hará la inversión. Si no, no. La ‘eficiencia marginal’ del capital, define si se hace la inversión. Cuando la eficiencia del capital iguala al interés, la inversión está en equilibrio. Se invertirá para producir, pero sin expansión.

El consumo es relativamente estable y la inversión relativamente volátil, por lo tanto, los cambios en inversión son, en gran medida, los responsables de las variaciones en el ingreso nacional.

 

El Multiplicador. ¿Cuánto un incremento en inversión, aumenta el ingreso nacional? Mucho más, decía Keynes, que el monto de esa inversión; ejerce un poderoso apalancamiento, aunque la inversión nueva, en un año, sea una pequeña rebanada del ingreso nacional.

Digamos que un industrial gasta un millón de dólares y pone una planta. Quienes la construyen, y los vendedores de materiales y servicios, lo reciben. Para ellos, es ingreso, y si lo gastan todo, y los recipientes a su vez hacen lo mismo, de forma indefinida, el dinero continúa generando ingreso, en cada revolvencia. El monto que pueda generar, será infinito.

Sin embargo, habrá fugas, en cada ronda de pagos y gastos, algún dinero se retendrá, o se ahorrará, bajando el ingreso generado por la inversión. Se puede saber cuánto, conociendo la función-ahorro.

El multiplicador, que muestra lo que la inversión acrece el ingreso, es el recíproco de la fracción del ingreso marginal que se ahorra. Si se ahorra ¼ del aumento, el multiplicador es 4/1, o 4, y la inversión de un millón de dólares, generará 4. Cuánto tarde, dependerá de la velocidad de circulación del ingreso.

Un resultado feliz, es que cada nueva inversión trae exactamente el ahorro para ser autofinanciable. En el ejemplo, invertir un millón generó un ingreso de 4, y ¼ de esa suma, un millón, se ahorró. Se ve muy bueno para ser cierto, hasta recordar que no se supone que el proceso funcione en reversa. El ahorro no genera inversión. Si lo ahorrado no se invierte, el ingreso no crece. El equilibrio general se dará, cuando la inversión esté en equilibrio.

El Rol del Gobierno. El gobierno aún no entra en la foto, pero es factor económico de importancia, y cada vez más. Recibe ingresos, gasta, ahorra o invierte. Keynes lo sabía, las conclusiones sobre la política fiscal del gobierno, fueron básica aportación práctica de su análisis. La ortodoxia suponía neutral el papel estatal en asuntos de fisco. El gobierno tenía funciones ineludibles y que costaban; debía tomar del contribuyente, para pagar sus facturas. Si se endeudaba, debía pagar, a la brevedad.

Keynes ve al gobierno como factor para compensar caprichos del capitalismo privado. Puede invertir cuando las expectativas son tan pobres, que la inversión privada cae, pues él no precisa utilidades.

La inversión pública genera tanto ingreso como la privada, amplia los mercados y mejora las expectativas de los negociantes.

Si debe remediar la caída en el ingreso nacional causada porque el ahorro privado crece más rápido que la nueva inversión, gasta del dinero que no se toma del ingreso del público. Esto es, gastará más de lo que recibe por impuestos, cae en déficit. El dinero debe venir del ahorro privado que se está acumulando (v.g. Cetes), o créditos bancarios. Necesita endeudarse.

Lo inverso procede cuando amenaza inflación, cuando se acerca el uso total de la capacidad productiva y se vienen altos aumentos en precios. El gobierno gastó más de lo que ingresó, actuando como inversionista. En el inverso, actúa como ahorrador, ingresa más de lo que gasta –tiene un excedente.

El acento era, no en intervenir en la operación del sector privado, sino en una política fiscal compensatoria, que moderara la mayor falla del orden económico, liberándolo. Se ocupaba básicamente de estabilizar el ingreso total; creía que el mercado libre determinaba precios específicos y colocaba recursos, en bien del consumidor.

Otro aspecto merece mención. La disparidad en la distribucion del ingreso aumenta el ahorro y limita la inversión. Mucha gente mal pagada, no demanda suficiente para atraer inversión que el ahorro de las clases prósperas y privilegiadas permite. En esto, coincidía con Marx, Hobson, y muchos otros, cuyas teorías estaban menos hábilmente articuladas.

La salud económica pedía una distribución equitativa. Favoreció la imposición progresiva, la seguridad social y los servicios públicos, para ayudar a redistribuir el ingreso. Abogó por bajar interés, para mantener alta la inversión, y desalentar el crecimiento de una clase rentista, que viviera de poseer acciones y valores, sin producir.

Previó la ‘eutanasia del rentista’ con tendencia a cero, del interés. Mediante razonamiento, Keynes casi vuelve a la idea del interés de Aristóteles y la iglesia medieval. Con ellos, creía que el dinero per se, es improductivo, favorecíó una sociedad donde quien producía bienes y servicios, no quien controlaba el mercado y acumulaba riquezas, debía ser recompensado.

Consideraciones Internacionales. Si cada gobierno compensara altas y bajas en empleo, controlara precios sin tomar en cuenta el patrón oro, distribuyera ingreso y mantuviera bajo el interés, sin considerar su tasa ‘natural’, ¿Qué sería del mercado internacional, volvería al mercantilismo, devaluaría, controlaría importaciones, impulsaría exportaciones vía subsidios, interfiriendo el libre flujo del comercio y la inversión, clásica utopía del laissez faire, con división del trabajo, especialización, y equilibrio automático?

Por la Gran Depresión y la 2da. Guerra Mundial, se volvió a esas interferencias. Se le acusó de alentarlas. Creía que el laissez faire había muerto, dentro y entre los países. Aceptó las consecuencias de su lógica. Pero creía en la comunidad económica internacional y el comercio mundial y, como en asuntos internos, apoyaba nuevas políticas e instrumentos, para lograrlos.

Las barreras eran por depresión y desempleo en países industriales y comerciantes, notablemente EU y Bretaña. Sin mercado, limitan importación e impulsan exportación. Países con balanza comercial adversa, antes con flujos de fuera, o ganancias de vieja inversión, sufían escasez de divisas.Esos desbalances destruyeron el patrón oro. Racionar divisas precisó control de cambios. La salida era atacar las causas de interferencias a comercio y pagos: desempleo y depresión en grandes naciones, de las que otras dependían, para su comercio exterior, y como fuentes de capital.

Entre restaurar el laissez faire internacional y buscar alternativas que aseguraran empleo, Keynes optó por lo segundo. Sería no sólo fútil, sino peligroso, suprimir síntomas, sin curar la enfermedad. Se dispuso a recomendar medidas internas paralelas, a escala mundial, que armonizaran los intereses de las naciones, para acabar con los intentos de proteger la prosperidad interior con políticas de ‘hágase Su voluntad, en la milpa de mi vecino’.

Crucial fue la actitud de la Commonwealth Británica y de EU. Su producción y comercio eran tan grandes, que juntos podían aliviar las dificultades, para todos; otros los emularían. Si ambos seguían iguales políticas para promover el pleno empleo, considerando sus diferentes necesidades, sus intereses no chocarían.

Bretaña precisaría grandes mercados para exportar, y tendría que alentar la producción, sin subsidios, con la colocación interna de recursos. EU estabilizaría su empleo sin ayuda de la exportacion, debido a su gran mercado interno; su rol como país acreedor sería quitar barreras a importaciones y proveer inversion internacional.

El pleno empleo en ambos países enviaría energía al mundo. Las restricciones al comercio acabarían, a medida que la producción y el comercio crecieran.

Keynes participó en los trabajos que condujeron a crearel Fondo Monetario Internacional, para estabilizar el intercambio de divisas, y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, con el fin de alentar la inversión internacional. Su mayor aporte al FMI, fue una cláusula para evitar que la caída en el valor de cambio de una moneda, se remediara con depresión y desempleo, en lugar de con incremento de importaciones e inversión extranjera, proveniente del país cuya moneda se hubiera revaluado en comparación. Era una declaración general, pero apuntaba directamente al peligro de aislacionismo económico, por parte de EU.

Keynes repudió a quienes desecharon sus teorías, y abogaron por perpetuos y rígidos controles al comercio, y aislar a Bretaña de la inestabilidad economica de EU. Creía que el destino, no sólo de Inglaterra, sino del mundo, dependía sobre todo, de la capacidad de EU para evitar las depresiones.

El Papel de Keynes. No era necesario para abogar por el abandono del patrón oro, crear la creencia de que el desempleo no se podía curar con bajas de salario, aconsejar déficit gubernamental durante una depresión, ni para apoyar tasa de interés bajo. Todo eso estaba ahí, antes de su Teoría General. Ni para argumentar que el laissez faire no operaba como se creía, que debía ser complementado con intervención gubernamental. Muchos antes, lo habían dicho, y lo creían millones, como resultado de sus propias experiencias.

Se le necesitaba, para tranquilizar a colegas de la tradición clásica, y a generaciones de estudiantes mal educados, confundidos por la diferencia entre la seductora estructura lógica de la teoría clásica, y el espectáculo de la horrible realidad. Él usaba una lógica igual de seductora, con similar floritura y matemáticas complicadas, para explicar por qué no funcionaba el sistema. Hasta usó el cálculo del marginalismo y del equilibrio.

Podía prescribir remedios que ya tenía el paciente, en la botica de la esquina. Prometía cura sin seria incomodidad. Ya la disyuntiva no era entre capitalismo puro y puro socialismo. Los teóricos que reconocían que debía hacerse algo efectivo, dejaban escapar un suspiro de alivio, la más reputada autoridad les aseguraba que no se precisaría cirugía mayor. Doctor en economía, trajo sabiduría científica al nivel de las conclusiones intuitivas de la población.

Dio a la fraternidad económica profesional, un nuevo contrato de vida. Tenían ahora un patrón de pensamiento que podían usar en posiciones de consejo y responsabilidad, a las que muchos fueron llamados, al gobierno, la banca, y a los negocios. Podían afinar y elaborar, infinitamente. Convirtió a muchos economistas ingleses, y en EU, barrió con muchas influencias anteriores. La fidelidad al laissez faire clásico, rara vez se puede hallar, excepto en escritos del ‘inframundo’ económico, entre políticos o duchos en relaciones públicas que defienden un interés específico contra algún impuesto o norma especial.

Quesnay dio municiones a los agriculturistas, Smith reforzó a los manufactureros, Marx apoyó a los asalariados  revolucionarios, y Keynes rescató a los teóricos, que imploraban por un salvador.

Su mayor aporte fue adoptar premisas básicas más cercanas a la realidad, que sus predecesores. Habiendo construído este pasaje, despegó en alto vuelo lógico, igual que aquellos, haciendo luego poco contacto con el suelo. No existe información para comprobar si de hecho el ahorro propuesto difiere de la inversión propuesta, y de ser así, en cuánto. Aún si esa información estuviera disponible, sería imposible decir si esa diferencia era la sola responsable de las variaciones en el ingreso o el empleo, pues otras influencias se dan al mismo tiempo. Tenía poco apoyo en realidad, de que la función-consumo fuera tan estable y predecible como creía; parecía no ver  la importancia de averiguarlo. La experiencia en EU, a partir de la 2da Guerra Mundial, indica que estaba equivocado.

A la vista de la pretensión de que su teoría fuera una ciencia mejor, y una mejor guía para las políticas, que las de sus predecesores, su descuido de una corroboración del mundo natural, perturba. Fue un  verdadero seguidor de los clásicos, en su método de pensamiento, si no en sus conclusiones. Se apoyó en deducciones sin comprobar, a partir de pocas premisas, más bien simples. Produjo una hipótesis –deslumbrante en su acrobacia lógica, útil herramienta de análisis, pero, en el fondo, una elaborada suposición.


LOS INSTITUCIONALISTAS-VEBLEN, COMMONS, Y MITCHELL
                                                                                                                                Volver al índice

En 1819, Sismondi desechó teoría y método clásicos, y llegó a conclusiones sobre principios económicos, a través del estudio de la historia. Un siglo después, EU redescubrió ese sendero, que llevaría a amplias y refrescantes praderas. La riqueza, para él, era bienestar humano, no sólo física. Rechazó que el hombre, al buscar su ganancia, favorece a todos. Su escepticismo surgió no porque vio fallas en esa lógica, sino porque la conclusión no correspondía a la experiencia. Ello le señaló problemas insolutos: pobreza, desempleo, depresiones. Dijo que era necesario estudiar instituciones y comportamento humano, para entender y usar la ciencia económica.

Los economistas de EU de principios del siglo XX, con frecuencia llamados institucionalistas, tomaron esta dirección, Sismondi pudo leer a Thorstein Veblen con placer, si no con completo acuerdo, y pudo colaborar con Wesley Clair Mitchell, en su exploración del ciclo de los negocios.

Otros estudiosos, principalmente alemanes, intentaron encontrar su camino a través de la selva económica, usando las rústicas huellas de Sismondi, en vez de la elevada carretera de los clásicos. Trazos de este afán se encuentran en el pensamiento de Müller y List, ya mencionados antes. Fueron seguidos por otros, agrupados como la Escuela Histórica.

Los Economistas Históricos Alemanes. La influencia de Smith, se sintió en Alemania. Pero sus ideas no se tomaron muy en serio. El estado ejercía control en la vida económica. En la universidad, la economía era parte del derecho; los candidatos al Servicio Civil, la estudiaban con derecho público, como administradores. No se sentían átomos flotantes compitiendo sobre un vacío de laissez faire; se pensaban partes orgánicas de una sociedad estrechamente tejida.

A mediados del siglo XIX, los académicos alemanes introdujeron sistemáticamente ideas históricas en la Economía, como Sismondi. Wilhelm Roscher estimuló aplicar la teoría a problemas reales, lo que precisaba adaptarla a la historia vigente; Bruno Hildebrand quería convertir la Economía, en la ciencia del desarrollo nacional.

Karl Knies atacó toda la doctrina clásica. Cuestionó que hubiera

leyes naturales de comportamiento humano –y aún histórico. Esa teoría, se refería a una sucesión de circunstancias prevalecientes; era expresión de opinión, no una descripción del mundo natural.

Los pupilos de estos hombres, que sólo expresaban actitudes, los tomaron suficientemente en serio, para tratar de construir una ciencia que descansara sobre sus enfoques. En los 1870s, Gustav Schmoller juntó material sobre instituciones, pasadas y presentes, con ayuda de colegas y estudiantes. Cuando acumulara suficiente información, las generalizaciones surgirían de ella, mediante un proceso inductivo. Antes, no habría teoría económica válida. El resultado de su influencia fue una enorme masa de monografías descriptivas, ninguna doctrina razonada, que teóricos ingleses y franceses reconocieran. Escribió sobre sicología, materia de impulsos y reacciones, más que de placer y dolor, a la manera de Bentham. Revisó la tecnología y su progreso, el uso de la tierra, la familia, la distribución de la propiedad, clasificaciones sociales, y formas de gobierno. Al final, expresó sus enfoques sobre políticas, matizados por su proclividad conservadora, y por algunos análisis objetivos. Su enciclopedismo enriqueció el panorama económico, pero tras extensos recorridos en él, salía, en esencia, como entró. ¿Cómo usar, para fines científicos, tanta observación inconexa?

Werner Sombart, intentó iluminar la economía, con una gigantesca historia del capitalismo, de enfoque socialista, aunque no marxista ortodoxo. Tiene generalizaciones, algunas de dudosa validez, en especial las relativas a capacidades raciales inherentes. El material reunido, garantizaba menos material científico nuevo y adicional, mediante la inducción, que el producido vía la deducción abstracta de los clásicos.

Max Weber, generalizó mejor el método histórico, que Schmoler o Sombart. Empezó como economista, se le considera sociólogo, por su escolaridad. Puso a la economía en su amplio escenario social.

Su sólida tesis, era que el protestantismo posibilitó que triunfara el orden capitalista en Europa, conclusión desarrollada en Inglaterra por R.H. Tawney. Otras culturas no dieron tan amplio alcance a la organización capitalista. ¿Por qué China, con ricos recursos y más vieja civilización, no fue la cuna de la Revolución Industrial en vez de Inglaterra? Halló sus causas en fuerzas sociales, con las que no operaban usualmente los economistas.

No vio la esencia de la cultura capitalista de Europa Occidental, en la determinación racional del individuo, como los clásicos, sino en un enfoque de vida en actividades codiciosas dirigidas a objetivos, del que es difícil escapar. Es operado por una jerarquía impersonal donde la conducta individual se determina por los deberes. A esa organización, la llama burocracia, la define como ‘un mecanismo basado en la disciplina’. Su visión del capitalismo ilustra mejor lo que sucede realmente, que la teoría que enfatiza la competencia individual por las ganancias, en los mercados libres.

El Chico Malo de EU. Thorstein Veblen (1857-1929), economista contemporáneo de Schmoller, Sombart y Weber, usó un enfoque similar. Pero no les debía perspicacia, aunque se familiarizó con sus trabajos, fue crítico de ellos y de la mayoría. Su espíritu es de artista creativo, más que de un ponderado estudioso alemán. Leyó muy ampliamente sobre historia, antropología, sicología y ciencia política, aunque su erudición enriqueció sus escritos, eran bocados digeridos. Hacía difícil su estilo, con términos rompe-mentones, y seguido lo hacía, con un guiño; podía manejar la jerga mejor que una inflada autoridad académica, y con su equipo pesado, hacía polvo sus solemnes vanalidades.

Cada obra establecía y decoraba un tema de su fértil imaginación, y cada uno era, en esencia, un comentario satírico de la cultura en la que vivía. Su método era describir una institución, con distante objetividad, como antropólogo visitando una superior civilización.

El efecto era más devastador que una dura invectiva; no precisaba elocuencia para fincar sus puntos de vista. El cuidado al elaborar sus tésis, evidenciaba algo más profundo que resentimiento, hacia el objeto analizado; juzgaba a la sociedad, refiriéndose a estándares que merecían su ‘aprobación’.

Hacer dinero era la pasión del yanqui prominente, Veblen atacaba a los ricos, enseñando en una universidad subsidiada por John D. Rockefeller. En una civilización dominada por negocios, mostraba falta de respeto por la empresa. Los economistas reconocidos de  EU, derivaron sus teorías de la escuela neoclásica inglesa; Veblen hacía subrepticia y erudita broma de sus colegas.

Como maestro, no hacía concesiones a la estupidez, rara vez daba una calificación superior a C, y no enseñaba a subgraduados, si lo podía evitar. En la era Victoriana, en medios académicos, no era capaz de evitar aventuras extramaritales, a veces con alumnas que lo adoraban. (Tenía quizá excusa, en su inmadura esposa). En una estandarizada clase media, lucía una barba Van Dyke, y vestía con descuido y gorra de piel. Como chico malo, no tenía el favor de sus superiores, no podía conservar los empleos, y no tuvo promociones altas. Como chico malo, era original y fértil pensador –sacó menos de la tradición europea, que ningún economista producido por EU. Y era el más solitario, no pertenecía a ninguna escuela o partido.

Nació en Wisconsin, en una granja de orígen noruego, su familia, de 9, pronto se mudó a Minnesota; ingresó al Colegio Carleton, a la relativamente tardía edad de 20, y recibió su grado en 3 años. Su mayor interés era la filosofía, en la que hizo estudios de posgrado en Johns Hopkins y Yale. A pesar de su habilidad, era incapaz de conservar un empleo como maestro. Por 7 años, siguió educándose en la granja familiar, leyendo y escribiendo. Entró a Cornell como estudiante graduado, y se especializó en Economía.

El economista J. Laurence Laughlin, titular en la Universidad de Chicago, le encontró un lugar como graduado asociado. Estuvo ahí varios años, fue miembro de la facultad, produjo mucho de su obra básica, y se hizo de una reputación. Avergonzaba a la universidad, con sus opiniones y conductas excéntricas, y le aconsejaron aceptar un empleo en Stanford. Era tan fuereño social como en Chicago, y pronto se le forzó a aceptar la única oferta que tenía, en Missouri.

Era un sitio aún menos atractivo para alguien como Veblen, fue el fin de su sendero académico.

Trabajó en la Administración de Alimentos, en D.C., fue editor del remozado y liberalizado Dial Magazine; a principios de los 1920s fue invitado a la recién establecida y experimental Nueva Escuela para la Investigación Social, en Nueva York. Enseñó a estudiantes atraídos por su fama, hablaba muy quedo, apenas se le oía al fondo del aula, y muchos que podían escucharlo, no entendían. Cuando el regimen de financieros, promotores, especuladores y monopolistas de grandes negocios que satirizó, inició su deslizamiento hacia la Gran Depresión, en 1929, Veblen murió, a la edad de 62.

 Su Obra. La Teoría de la Clase Ociosa (1899) establece que los estándares sociales que determinan las conductas, en el capitalismo occidental, bajo su moderno carapacho, son muy similares a los de las sociedades bárbaras. Economía monetaria y lucha por riqueza, son nuevos elementos del juego, pero las peculiaridades humanas que se ejercitan, son las mismas.

El signo de status, en ambos tipos de cultura es ‘la exención de los afanes industriales’. El gobernante bárbaro, guerrero, o sacerdote, accedía a su rango vía actos predatorios, antes que productivos.

Las virtudes aristocráticas, eran las mismas: ‘ferocidad, egoísmo, secrecía, hipocrecía, y libre recurrencia a la fuerza y al fraude’. El moderno aristócrata, exhibe, en altas finazas y grandes negocios, las mismas ‘virtudes’que los financieros y los grandes hombres de negocios –banqueros y abogados.

El distintivo de la clase alta, es que su actividad es inútil, desde el punto de vista del ciudadano modesto. Señal del éxito, es el gasto desmedido, que no satisface necesidad real, pero muestra prestigio. Ropa lujosa en la que no puede realizarse labor manual, una esposa enjoyada, rica comida, y aprendizajes inútiles, son el ‘desperdicio conspicuo’ y el ‘consumo conspicuo’, sello del hombre que todos desean emular.

En La Teoría de la Empresa de Negocios (1904), presentó similar respeto, a los ‘capitanes de industria’ –término que él inventó. La industria que usa intrincada tecnología, es un método eficiente de fabricar bienes necesarios. Pero la empresa de negocios no es la industria, es la forma de adueñarse de un proceso industrial, para exprimirle dinero. Hacer dinero es distinto que fabricar bienes; los dos procesos son, con frecuencia, contradictorios. El que hace más dinero es casi siempre el que restringe la producción, elimina a la competencia, disminuye la eficiencia, adultera productos. A veces ni siquiera opera directamente con bienes, sino con certificados de propiedad, y se dedica a maquilar existencias, a sitiar mercados y a fusionarse, para sacar ventaja financiera. Las actividades en busca de ganancia, acaban en fraude a consumidores y a inversionistas pequeños, y en pánicos, depresiones industriales, y desempleo.

La preocupación por la ganancia, motivo del capitán de industria, lo hace temer sobreproducir bienes que, aunque pueden ser útiles para el consumidor, llevaría su precio abajo del nivel en el que se maximiza su ganancia. Para prevenir tal ‘calamidad’, los grandes negociantes habitualmente recurren al ‘sabotaje capitalista’, corren gente o cierran sus plantas; cuando el precio cae mucho, controlan la ‘productividad desordenada del proceso mecanizado moderno’.

Le encantaba referirse a los grandes hombres de negocios con las palabras oprobiosas usualmente reservadas a las organizaciónes laborales. La restricción a la producción, que la busca de ganancia hacía desencadenar al capitán de industria, mantenía en la pobreza al trabajador, ¿Sorprende que los imitara, para aumentar su salario inadecuado?

Propiedad Ausente y Empresa de Negocios en Tiempos Recientes (1923), llamó ‘Gran Sindicato’ al control de la gran industria, que posibilitó el corporativo, mote inventado por IWW, Trabajadores Industriales del Mundo, para describir su objetivo. Los Ingenieros y el Sistema de Precios (1921), contrastó la función de ingenieros y técnicos, de aumentar producción, con la de sus jefes buscadores de ganancias, de manipular precios, evitando maximizar producto.

El conflicto no era entre trabajo y capital, en sentido marxista, sino entre impulso productivo y ganancia, componentes principales del orden capitalista. Para él, el deseo de producir, no era motivado por la ganancia, sino por el humano ‘instinto de laboriosidad’, que se veía, con frecuencia, frustrado por la codicia.

¿Qué Perseguía? Veblen daba pocos nombres o circunstancias específicas. No quería llevar culpables ante la justicia, y no sugería reformas específicas. Si hubiera sido un agitador, sería menor su importancia. Otros señalaron abusos del capital, en su tiempo.

Había mucha evidencia para enjuiciar a financieros y negocios, en los reportes de los comités del Congreso y otras agencias. Pero él iba tras una presa mayor.

Vio la esquizofrenia entre la conducta real de los hombres bajo el capitalismo, y la impecable lógica con la que su defensa se había racionalizado. La doctrina mantenia las mentes sujetas, y prevenía la comprensión y acción realista, en cuya virtud la tecnología podía dar a la humanidad, los beneficios de que era capaz. Ante todo, era básico sustituir las ideas aceptadas, con conceptos más adecuados a la situación real.

La llamada ‘ciencia’ económica, estaba desfasada, no consideraba el proceso evolutivo. Los estadios sociales cambian. No había un ‘sistema’ fijo, del que deducir ‘leyes’ eternas. Marx escribió sobre evolución social, pero su teoría era pre-darwiniana, y su Economía, esencialmente clásica. Lo social no evoluciona hacia un fin fijo,  vía procesos inexorables.

Los órdenes económicos deben entenderse en términos de patrones culturales predominantes en ellos. La gente se comporta en función de la estructura social y el sistema de valores vigente. El estudio de cómo ésto llega a ser, cómo afecta las conductas y qué sucede a la sociedad, como resultado, es el verdadero enfoque científico. Se divertía con los valores bárbaros en la sociedad industrial, obvios en las actividades predatorias de los gana-lana. Lo intrigaba que el rápido crecimiento de la producción mecanizada, que constituía la verdadera fuente de riqueza, clamaba por valores muy distintos. El contraste entre estas incompatibilidades era el problema crucial de nuestra sociedad. ¿Cómo debía resolverse? No podía decirlo. Para él, lo importante era señalar la contradicción, de manera precisa.

En su estilo, rechazó la alharaca teórica construída alrededor del ‘hombre económico’ –un átomo abstracto en un mercado de libre competencia, un hombre motivado exclusivamente por obtener placer y evitar el dolor. La sicología no conocía a tal hombre, la historia y la sociología tampoco, y no se observaba en la realidad. Un buen ejemplo de su estilo, es el pasaje donde lo ridiculiza:

El concepto hedonista del hombre es de calculador relámpago de placer y dolor, oscila como glóbulo homogéneo, deseoso de ser feliz, lo impulsan estímulos, desplazándolo por todas partes. Sin antecedente ni consecuente, es un dato humano aislado, definitivo, en equilibrio estable, salvo por las punzantes fuerzas que lo lanzan en una u otra dirección. En su espacio elemental, gira simétrico en su eje espiritual, hasta que el paralelograma de fuerzas se impone sobre él, y sigue la línea de la fuerza resultante. Cuando esa fuerza se gasta, reposa, y es, de nuevo, glóbulo autocontenido, de deseo. (El Lugar de la Ciencia en la Civilización Moderna).

La influencia de Veblen se extiende, no en auditorios populares, sino a través del impacto en las mentes de hombres que a su vez, influenciarán a otros. Sin discípulos que predicaran y elaboraran su teoría, no se introdujo en libros de texto aceptados. Pero la ciencia  económica de EU-y las apologías de los Grandes Negocios –no son las mismas desde que él escribió. Defensores capitalistas enfatizan avance tecnológico y productividad, no el ‘equilibrio automático’ del sistema. Los escritores de Economía rara vez dejan de hacer una cortés reverencia a las instituciones y valores sociales reales.

John R. Commons (1862-1945). Migró de la teoría a estudiar las instituciones, con carácter y método propio. El padre, cuáquero, periodista en Ohio, la madre, presbiteriana y graduada de Oberlin.

John estudió ahí, trabajó en imprentas, y entró al sindicato. Leyó Progreso y Pobreza, de Henry George. En su esfuerzo educativo, y al experimentar la diferencia entre teoría y práctica en economía, decidió investigarla por sí mismo. Hizo trabajo como graduado en Johns Hopkins, con Richard T. Ely, donde dedicó tanto tiempo a observar qué sucedía en el vecindario, como en su escritorio. Ely, familiarizado con los economistas históricos alemanes, creía en el método inductivo, y Commons lo puso en práctica.

Estuvo un año en Wesleyan; no gustó que tratara temas cotidianos. En la Universidad de Indiana analizó reformas, cooperativismo, y la propiedad municipal de los servicios públicos.

La idea de que la economía era parte de la sociología, se extendía, y Commons fue invitado a ocupar la nueva cátedra, en Siracusa.

En Un Enfoque Sociológico de la Soberanía, propuso la tésis de que el propietario privado tiene el mayor poder en la sociedad, y lo usa para usurpar derechos y bienestar de otros, y el ciudadano debe recurrir al estado para detener los abusos. Su soberanía debe crecer a la par que el poder monopólico. Los poderosos que apoyaban a la Universidad de Siracusa confirmaron sus ideas cuando, alarmados por sus enseñanzas, retiraron sus aportes y la cátedra se canceló.

Pudo tratar e investigar instituciones económicas reales, trabajando en la Comisión Industrial de EU, analizando huelgas, organismos laborales y prácticas de empleo. Después se pasó a la Federación Cívica Nacional, formada por empleadores y líderes laborales, para promover la paz industrial.

En 1904 enseñó en la Universidad de Wisconsin, que fue llamada, bajo el progresista gobernador Robert M. La Follette (el viejo), a poner marco a un código de legislación social; eso dio a Commons oportunidad de participar en la economía real. Legislación laboral, impuestos, normatividad de servicios públicos, y servicio civil, recibieron el sello de su experto consejo.

Su gran logro, ayudado de sus brillantes y devotos estudiantes, fue escribir la historia del Industrialismo Norteamericano, con énfasis en las organizaciones laborales: Una Historia Documental de la Sociedad Industrial Norteamericana (1910), en once volúmenes, fue seguido por el más conocido: Historia de la Fuerza Laboral en los Estados Unidos (1918), suplementado con tomos escritos por colaboradores. No se estudia su historia, lucha política e industrial y la discusión de contratos colectivos, sin impactarse con el hecho de que ése movimiento acompaña, natural, inevitablemente, a la Revolución Industrial, igual que las corporaciones empresariales.

Las teorías abstractas sobre salarios, o sobre el derecho de los trabajadores a organizarse, se disuelven en la turbulenta corriente de la experiencia. Su documentación de la historia, ejerció tan gran influencia en la opinión y en la práctica económica de EU, como si hubiera creado una nueva y poderosa generalización abstracta en la teoría. Abrió el conocimiento, donde los economistas clásicos y los revolucionarios conceptos de Marx no parecían muy iluminadores.

No ignoraba otras influencias institucionales en nuestra sociedad –v.g. banca y dinero, y sus efectos inflacionarios y deflacionarios. Ni perdía de vista obtener conclusiones teóricas de sus estudios. Lo intentó resumir, en su obra final, Economía Institucional (1936).

La sociedad requiere cooperación de todos para lograr el máximo beneficio, y discute sobre propiedad y distribución del producto. Se desarrollaron controles, en el interés general, para disciplinar y normar los conflictos, que  rigen las negociaciones –tratadas en estudios clásicos de mercados y precios –y otras dos instituciones prevalecientes en la sociedad: las transacciones gerenciales y de racionamiento. En la gerencial, un superior ejerce su poder para crear riqueza, en la de racionamiento, un superior toma decisiones para distribuir beneficios o responsabilidades que surgen en el proceso de crear riqueza.

Era una pregunta abierta si en la evolución social, la mayoría de las decisiones importantes se tomarían en negociaciones entre iguales, como sería en el capitalismo democrático, o decisiones gerenciales, como en las dictaduras comunistas o fascistas. Su sesgo caía en el lado de la democracia, y creía en mantener o crear igualdad con el poder de negociación. En nuestra cultura, esa igualdad no podía descansar sólo en la acción individual, sino que debía ser buscada por medios colectivos, en sindicatos, sociedades cooperativas de consumidores, u organizaciones de agricultores. Su filosofía buscó el balance armónico entre grandes grupos de interés, con amplia distribución de la propiedad, entre la gente.

En todo esto, un gobierno democrático debe jugar un importante papel, como la ley, interpretada por las cortes.

El Nuevo Comienzo deWesley Clair Mitchell (1874-1948) intentó fundar una ciencia económica tan confiable y útil, como cualquier ciencia natural. Estudiar la naturaleza, no la sociedad ‘natural’, ni la mística ley ‘natural’, que podía no obedecerse, sino los procesos que se observan en la vida económica, debía ser posible, igual que con los observados en física, química, astronomía, geología, o en la biología de insectos, plantas o mamíferos. Si la economía iba a ser un cuerpo de conocimientos verificados, decía, debía descansar en el cuidadoso estudio del comportamiento humano, no en hipótesis deducidas de unas pocas premisas simples u observaciones aisladas.

Como verdadero científico, trabajaba eliminando preconcepciones, para mejor apreciar e interpretar lo que sucedía. Tarea no fácil en economía donde, durante siglos, se había desarrollado un gran y variado cuerpo doctrinario. Mitchell no desestimaba estas teorías –uno de sus cursos en Columbia fue sobre historia del pensamiento económico. Tampoco se esforzaba por aplicar mucho esfuerzo en atacarlas u oponerse a ellas. Sólo se esperaba a que el trabajo que consideraba importante, revelara qué tan válidas eran esas teorías. Unas, serían probadas, y otras, desaprobadas.

Gran parte de las doctrinas en las que creía, sin embargo, fueron irrelevantes en sentido científico, sus hipótesis no podían probarse o refutarse mediante hechos observables.

¿Cómo observar la conducta humana en actividades económicas, de manera sistemática? La falta de una técnica confiable impidió a estudiosos previos de las instituciones, lograr resultados precisos. Habían empleado descripciones y palabras, pero tras sus mejores esfuerzos, quedaba mucho de subjetivo en sus conclusiones, y las generalizaciones eran, después de todo, opiniones.

Vio que la esencia de una observación científica, era su medición. Se debía saber qué pasaba, no sólo en general, sino en términos de cantidad. Para sus análisis, interpretó la información estadística. Cambios en precios, producción, y otros factores, eran en esencia, mediciones del comportamiento económico social, en todo, o en parte. Era una suerte de historia, pues todo lo que se podía medir de esta manera, ya había ocurrido.

El uso de estadísticas en investigación es amplio, él fue pionero en entender su importancia. Antes, las cifras apoyaban conclusiones a las que se llegaba por otros medios; él usó toda cifra relevante que halló, para descubrir, y no formulaba conclusiones, si los datos no las garantizaban. Los datos estadísticos crecían, por la necesidad de registros en administración pública y negocios.

Hizo un nuevo comienzo en la investigación económica. Era una tarea que nunca terminaría y dependería de los talentos de muchos investigadores. La teoría llegaba lento, pero si una conclusión era posible, fue sólidamente fundamentada. Reconocido en la última etapa de su vida como el más eminente economista de EU, ganó su reputación, no con brillantes improvisaciones, o hábiles procesos lógicos, sino como fundador de un tipo de aprendizaje que podía crecer, e incorporar contribuciones de miembros de la fraternidad económica que dominaran sus técnicas. Este tipo de cooperación caracteriza a toda ciencia digna del nombre.

Vida y Obra de Mitchell. Nació en Illinois, fue primer hijo de un médico militar de la Guerra Civil, que se hizo granjero. La familia era grande, y mucha de la responsabilidad era del joven Wesley. El contacto con la realidad, lo marcó. Aprendió trucos de la lógica, en discusiones teologales con su  tía abuela, bautista, que mudaba sus argumentos con evidencias no implícitas en sus premisas.

En la U. de Chicago, lo influenció un profesorado distinguido. Su maestro de economía, J. Laurence Laughlin, monetarista, lo puso a estudiar el período Greenback de la Guerra Civil, para su tesis doctoral. Era un clásico tradicional, tuvo en él un efecto similar al de la tía bautista. Vio el enfoque de Veblen más atractivo, y aceptó su crítica a método y premisas clásicas. Pero creía sus conclusiones carentes de soporte. Plausibles, mas ¿Dónde estaba el organizador de hechos que las probara, y hasta que punto?

John Dewey le mostró que una teoría que asume que la conducta humana se basa en cálculos racionales, no es válida. Reforzó su creencia en la importancia de lo que sucedía, como un resultado de lo que el hombre hacía, diferenciándolo de la racionalización que hace de su conducta. Trató de explicar los procesos mentales de los economistas ortodoxos, en vez de tomar en serio sus doctrinas.

Jacques Loeb, biólogo, le enseñó elementos del método científico.

En su tesis doctoral Historia de los Greenbacks, sobre emisión y control del papel moneda, sólo por el gobierno, empezó a usar los métodos que caracterizan su obra. Su análisis incluía cifras sobre el dinero vertido al sistema por emisión de efectivo fiat, sin cobertura en oro, en la Guerra Civil, y tendencias de precios en general, y en detalle. Los datos comparativos en ése y un  siguiente trabajo, Oro, Precios y Salarios bajo el Estándar Greenback, no apoyó la teoría cuantitativa del dinero, como una relación matemática entre dinero y precios, pero le abrió espacio a las influencias sicológicas, que llamamos expectativas de la gente, y para mostrar que inflación y deflación tienen diferentes efectos en distintas clases de precios y niveles de ingreso. Se hablaba de estos procesos, como si tuvieran un impacto unificado en toda la economía; algunos aún lo hacen.

Mitchell, en su primera obra mayor, aprendió a abrir los grandes agregados en componentes chicos y rastrear procesos de cambio a medida que avanzan a través de la economía.

Se graduó, enseñó en Chicago, fue a la Universidad de California e inició un gran estudio estadístico, Los Ciclos de Negocios (1913).

Resumía teorías previas, los identificó como fenómeno recurrente, en cualquier orden de negocios, los dividió en fases y mostró, hasta donde había datos disponibles, la historia del ciclo, en EU. Le creó una reputación, pero era típico de él, tomarlo como un comienzo, y regresó al tema toda su vida; murió dejando inconcluso su trabajo.

Se cambió a Columbia, donde pudo estar más cerca de los centros de actividad económica. Durante la 1era. Guerra Mundial, sirvió al gobierno como consejero para movilizar la economía y controlar precios, lo que precisó uso extenso de las estadísticas existentes y gran número de nuevas series. Había rico y creciente material para su tipo de investigación. Tras la guerra, organizó el Buró Nacional de Investigación Económica, con gente que compartía su opinión, sobre la necesidad del método científico en economía. Fue Director de Investigación, y desde ahí realizó la mayor parte de su obra, sus restantes 28 años.

El Buró creció, con muchos científicos en su personal, y una larga lista de publicaciones. Está dedicado a la investigación básica, con el apoyo de fundaciones filantrópicas y otras. La ausencia de sesgo en sus reportes está garantizada por un Consejo de Directores, que representan diversas opiniones y antecedentes. Está conectado con prominentes universidades.

El Buró, con Mitchell. Desde su fundación, es difícil distinguir su trabajo del de sus asociados. No firmó muchos volúmenes, autoría de uno o varios investigadores específicos. Generoso colaborador, para él, era una empresa cooperativa, donde, consultando con sus colegas, cada uno tenía derecho a crédito, y responsabilidad sobre su contribución. El espíritu de Mitchell permeaba el todo, dirigía la planeación del programa y supervisaba su ejecución.

Dos temas, muy relacionados, eran el foco de la mayor parte del trabajo del Buró. Ingreso Nacional, y Ciclo de Negocios. En el centro del comportamiento de la economía, uno mide el producto anual en una larga serie, orígen y distribución entre tipos y clases de receptores de ingreso, y el otro mide las fluctuaciones de la actividad económica como un todo y en detalle, esclareciendo los procesos por los que ocurren, y sus efectos.

Estimar el ingreso nacional, sus componentes y distribución, es un proceso estándar, sus resultados se publican y se usan con muchos propósitos, y es función del Departamento de Comercio. Cuánto produce la agricultura, la industria, minas y la construcción; cuánto se paga por servicios de transporte, ventas al mayoreo y menudeo, a gobierno y profesionistas, cuánto ganan e invierten los negocios, cuánto gastan y ahorran los consumidores, se conoce con estrecho margen de error (excepto el ahorro de los consumidores), de años atrás y del corriente, poco después de cada evento. Información de este tipo, hace posible hablar del orden económico real, en vez de uno imaginario, deducido de abstracciones. Ésto, es una verdadera revolución en el pensamiento económico.

La tarea central sobre el ciclo, y numerosas monografías sobre sus aspectos y partes, planeó reunirlas en una descripción definitiva del proceso, pero la investigación se amplió, y no vivió suficiente para completar el trabajo. Publicó un volumen preliminar, en 1927, Los Ciclos de Negocios: El Problema y su Planteamiento, y con Arthur F. Burns, su sucesor, Midiendo los Ciclos de Negocios,(1946), una masiva obra sobre metodología, y un reporte de avances, póstumo, en 1951, a 38 años de su primer estudio sobre el tema. Qué Sucede Durante los Ciclos de Negocios, esperaba concluirlo antes de que la muerte lo venciera, no lo logró; Burns lo editó y lo resumió en la introducción. La persistencia de Mitchell y su conciencia científica se revelan en estas palabras de su último libro: ‘Incluso hoy, lo que podemos decir es relativamente poco, tentativo, y sujeto a cambio, a medida que sigue la investigación’.

¿Qué Tipo de Teoría? ¿Qué sacó de investigar los vastos arreglos de cifras en series estadísticas? No una teoría de las causas de las depresiones, ni abstracciones sobre consecuencias de disparidades entre ahorro e inversión. Su tipo de abstracción, surgió de observar gran variedad de hechos; intentó mostrar cómo es un ciclo ‘típico’, entre muchos ciclos históricos, ninguno es igual a otro. Lo describe haciendo un recuento de lo que pasa en él, como regla, que lleva a generalizaciones como las resumidas por Burns: La producción de las cosechas se mueve independientemente del ciclo de negocios. La producción fluctúa en un rango más amplio que los precios. La susceptibilidad de fallas en los negocios baja meses antes de que la recuperacion de la economía se generalice, y sube meses antes de la recesión. Los pedidos de bienes de capital, encabezan las mareas de la actividad agregada’, etc.

El ciclo se revela altamente complejo. Las series de datos no suben ni bajan al mismo tiempo. ‘Cada mes unas actividades llegan a su cúspide cíclica, y otras declinan a sus extremos; la expansión y la contracción corren lado a lado todo el tiempo. Los picos tienden a llegar en cúmulos, igual que los valles’. Analizando diferencias en tiempos y amplitud, se ve ‘como un sistema económico de partes interrelacionadas, desarrolla tensiones internas en las expansiones, que provocan recesiones, y como las contracciones desiguales en varias partes, pavimentan el camino para reavivarlo’.

Los críticos dicen que esta teoría, como el intento de generalizar en base a la inducción, es insatisfactoria. Que es sólo descriptivo, y no lleva al análisis lógico que posibilitaría descubrir y eliminar causas de orígen, de raíz. Muestra como disturbios se extienden por el sistema y llevan a la depresión, cómo ocurren los virajes y gana momento la reavivación. Pero ¿Qué microbio es la causa?

Esta actitud revela una diferencia fundamental entre Mitchell y los partidarios del método deductivo tradicional. Tácitamente asumen, como los clásicos, que hay un equilibrio donde el orden económico se mantendrá, si se elimina el factor que lo perturba. Hasta la teoría de Keynes se estableció en términos de que se partía del equilibrio, aunque reconocía que éste se alcanzaría en un nivel de actividad muy bajo para permitir el pleno empleo. Es uno de los supuestos que Mitchell abandonó. No creía en estado normal o de equilibrio de la economía, ni lo encontró en su comportamiento. Negocios y empleo están contínuamente en flujo ascendente y descendente. El ciclo es normal, en toda economía de negocios conocida, según él. Las causas toman otro significado en esas circunstancias. Es propio de la compleja interacción de muchos factores, no de una causa, a menos que se tome así a todo el entramaje económico. La abstracción que sacó de la realidad, es el ciclo ‘típico’, no un estado de equilibrio.

¿No esperaba moderar los vaivenes de actividad que engendran tantos problemas? Sí. Es resultado de la conducta humana y puede, por tanto, modificarse. Los decubrimientos científicos son útiles, permiten logros valiosos; el saber probado puede revelar puntos donde una intervención planeada puede ser deseable en cualquier proceso vivo. Un sistema de instituciones no se fija para siempre; la economía experimenta extensos cambios. Una vez que el ciclo sea comprendido, podrán recomendarse cambios para despojarlo de la mayoría de sus terrores. Difería de quienes dieron remedios para depresión e inflación, en que él quería estar seguro de lo que hablaba, antes de escribir su receta. No quería pasar del laboratorio al terreno de pruebas, en base a una creencia, por más plausible.

Aunque su método no fuera a revelar lo que buscaba, no conocía otro para depositar su fé. La ciencia ha posibilitado milagros; en el largo plazo, quiza dé resultados igual de asombrosos, en el análisis y modulación del comportamiento humano.


EL USO DE LA ECONOMÍA
                                                                                                                                Volver al índice

El lector puede ser influído por cada idea a medida que la revisa. Cada cuerpo de teoría económica lleva el sello de los maestros; no hay lógica más absorvente, a menos que sea en metafísica o matemáticas. Quien sea susceptible al encanto de la Diosa de la Razón, se volverá fisiócrata, discípulo de Smith, de Malthus, socialista utópico, marxista, marginalista, keynesiano. No podrá adherirse a todos al mismo tiempo, pues muchos de sus principios son mutuamente contradictorios.

Algunos escogen una u otra teoría como si fuera asunto de gusto. ¿Desea su vida intelectual early american, victoriano, moderno, u otra variedad o subvariedad de estilo? Puede hacerlo, si busca una aventura en experiencia, para satisfacer un gusto personal.

Muchos toman sistemas de lógica como verdades definitivas, universales. Pretenden que otros obedezcan principios que los atraen.

Confunden un brillante diseño de ideas, que ven desde su ventana intelectual, con el mundo exterior. Nadie puede imaginar la miseria humana causada por quienes no pueden ver más allá de las cortinas de sus ideas.

¿Es útil la Economía? Las teorías del pasado, tuvieron sus usos. Grandes ideas fueron relevantes en su época. Revelaron, a veces implícitamente, presiones y necesidades de la sociedad. Se usaron como defensa, para racionalizar guerras o resistir al cambio.

Cada teoría se ha usado no sólo para servir a intereses, ha llevado el estandarte de la ciencia. Quiso apoyar la exacta y sistemática comprensión de procesos naturales. Como la física, la química y todas las demás ciencias naturales, ha intentado explicar la red de las relaciones reales, para que los hombres pudieran predecir las consecuencias del acontecer, o de lo que provocan que suceda.

Comprensión de esta clase, hace posible que los hombres eviten peligros, y logren lo que desean. En sus pretensiones científicas, las doctrinas económicas no han sido tan exitosas como en sus hilados lógicos. Una cosa es decir, dadas ciertas premisas: ciertas conclusiones seguirán; y otra, estar seguro de que esas premisas son típicas del mundo objetivo, o que lo que se excluye, no influye más en el resultado, que lo incluído.

Dos circunstancias mayores dificultan más las conclusiones útiles en ciencias del comportamiento humano, que en las que tratan la materia y la energía, no organizadas en forma de seres vivos:

-Dada una pequeña muestra de conducta humana, se puede estar menos seguro de que ésta es típica de la conducta del hombre en general que, dada una pequeña muestra del comportamiento de materia inanimada o de energía, esta será típica de la conducta de todas las de la misma clase. La reacción de unos miligramos de químicos en un laboratorio, puede repetirse, cuando se combinan en la misma proporción y pureza, en cualquier cantidad o lugar. Si esta probabilidad no fuera tan grande, la Química no sería útil. Los individuos de sociedades de cualquier tamaño actúan diferente en distintos tiempos y lugares. Es inútil construir sistemas lógicos de pensamiento económico sobre observaciones de pocos ejemplos de conducta humana. El riesgo de error aumenta cuando, como pasa seguido en el pensamiento económico, las instancias escogidas no se observan, sino se imaginan. Es el caso cuando se asume que el hombre es completamente racional, y sólo motivado por el deseo de ganar riqueza y evitar pérdidas.

-Una mayor dificultad para el sistemático y confiable conocimiento de la conducta humana, es que el hombre cambia contínuamente su patrón de acción y pensamiento. Nuevos patrones producen nuevas situaciones que estimulan más cambios. Una ciencia social seria, debe ser una ciencia de lo que sucede, no sólo de lo que pasaría, si las condiciones estuvieran dadas. El saber qué pasó en 1950, y por qué, si estuviera disponible, serviría más para entender qué pudiera suceder en 1960, pero ese año, lo más necesario será conocimiento relevante de lo que acaba de suceder y de lo que esté sucediendo, si hemos de usar lo que sabemos, para guiar los pasos subsecuentes.

La cuestión es si podemos tener una ciencia económica capaz de describir los procesos del comportamiento humano con suficiente precisión para hacerla útil en la toma de decisiones que afectarán al futuro. Se necesita es información, cuya interpretación nos permita hacer planes útiles.

La  Planeación Económica. Se aprueba que personas y empresas diseñen y ejecuten planes, pero no todos aprueban la planeación nacional o internacional. Los países planearon extensivamente en el mercantilismo, algo de esa planeación era necesario, mucha tuvo metas vacías y resultados indeseables. Los clásicos sostenían que la gente debía estar libre de controles, en su actividad económica.

Hoy, los gobiernos han crecido como fuerzas en la economía. Aun si no actuaran sobre producción, precios y comercio, sus políticas impositivas, créditos y gasto, y los efectos de su quehacer sobre la banca y el dinero, traerían grandes consecuencias a la economía.

También producen bienes y servicios, no sólo en países socialistas, sino en la mayoría, y ejercen poder regulatorio sobre las prácticas económicas.

En países como la extinta URSS, que abolió la empresa privada, el gobierno, organizador único de la producción y distribución, fue compelido a instalar un sistema de planeación para dar sentido a su actividad económica. En países llamados socialistas, hay sectores en manos privadas, el aumento de la actividad del estado propició, no porque se crea en el socialismo, sino por juicios prácticos sobre necesidades sociales, la conclusión de que las agencias del estado son mejores que las privadas, que buscan lucro, para satisfacerlas.

Aun en países no socialistas, la idea de que políticas coordinadas, ajustadas al interés de la economía, debían formularse y seguirse, y estaba llamada a abrirse paso. Ese cálculo adelantado es llamado, con frecuencia, planeación, aunque no lo sea, en el sentido usado en la URSS, donde la planeación estaba centralizada en el estado.

La decisión de metas por una economía nacional, y la formulación de políticas para lograrlas, es atacada por economistas que aún se adhieren a la tradición clásica. Destacan dos de la escuela austriaca de análisis marginal –Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Este último establece el principal argumento, en su obra El Camino a la Servidumbre:

En la economía de empresa privada, donde el mercado libre rige, el individuo, busca su beneficio, sin tratar de servir al interés general, de forma natural toma decisiones dando al consumidor lo que más quiere, al más bajo precio. Productor y consumidor son libres.

Cualquier autoridad que sustituya sus juicios, no tendrá tan buen criterio para tomar decisiones, pues no contará con los avisos que constituyen los precios y ganancias del mercado libre. Cometerá errores. Un error de una autoridad de gobierno, será más grave que el de un individuo, que se daña con un juicio equivocado, mientras una autoridad nacional daña a todos. Corrige errores y aumenta su prestigio, interviniendo más, expandiendo su poder hasta que todos somos esclavos.

De acuerdo a esta teoría, la dictadura soviética es una consecuencia de la decisión comunista de planear. y a menos que los pueblos basen su economía en el libre mercado,  autoregulado por sus procesos, van a la ruina, acabarán sujetos a dictaduras gobernadas por pillos como nazis y bolcheviques.

Con independencia de qué se piense, los países planean, por necesidad.

No se puede hacer la guerra con rienda suelta a las ganancias o con decisiones del consumidor que no compra portaaviones, tampoco divisiones armadas o armas atómicas. EU, entre otros, planeó muy ampliamente durante la Primera Guerra Mundial.

No mucho después, cayó en profunda y terca depresión, y la gente volteó hacia el gobierno para que hiciera lo que la ganancia no hizo realizar, a hombres de negocios. A la depresión siguió otra guerra, por nueva necesidad, no sólo por defensa nacional: por una acción concertada, a escala internacional.

Las actividades gubernamentales de la magnitud actual, deben ser planeadas. Hayek y von Mises pueden mostrarnos el laissez faire puro, pero sostener que será mejor que el actual estado de cosas, no nos lleva a ninguna parte. Parece una doctrina de la desesperación, decir que si el gobierno ejerce algún control, estamos encarrilados a una dictadura. Es mejor ver cómo, siendo planear necesario, se pueden evitar errores y cómo puede mejorarse la planeación. Sería más realista ver en qué tipos de actividad económica los mercados libres son posibles y más útiles que las iniciativas planeadas.

Ningún área donde domina la empresa privada puede ser presa del socialismo, a menos de que no funcione bien. Una economía mixta puede ser mejor que una donde todo está socializado, o donde nada lo está. Los argumentos a favor y en contra del socialismo parecen más estériles al paso del tiempo. Pero no hay una buena razón por la que, como democracia nacional, no intentemos aplicar previsión informada al logro de metas comunes que nos parecen importantes.

Y no hay razón para que no tratemos de lograrlas con una acción combinada de gobierno, ejecutivos de negocios, organizaciones agrícolas y de trabajadores, e individuos. En los casos en que no puedan concertarse metas, decidiremos a través de nuestros usuales y confusos procesos democráticos.

La Economía, Auxiliar de la Planeación. Si viviéramos en el mundo dibujado por los clásicos, la ciencia económica sería de poca utilidad, excepto, para decirnos que tal mundo es deseable.

En ese mundo, la astucia, por sí sola, serviría para encontrar la mejor oportunidad de ganancia, nada más sería necesario. Pero en un mundo en el que deben tomarse decisiones, involucrando el bienestar de la comunidad, o amplias partes de ella, es esencial la información confiable y el análisis pertinente. ¿Cómo se obtiene tal información?

La estadística sirve para evitar los errores al generalizar en base a muestras pequeñas de conducta humana. La acción de las personas difiere entre sí, la de un gran agregado de individuos, en un lapso largo, a menudo revela gran uniformidad. Sirve para descubrir el comportamiento de agregados, y comparar su comportamiento, con las muestras. Mucha información confiable sobre la economía, se deriva del volumen de estadísticas disponibles recientemente. Falta  por descubrir, pero existen métodos inventados y comprobados.

La información estadística, es sobre el pasado. En una sociedad en desarrollo, ¿Cómo prepararnos para el cambio? No hay certeza sobre el futuro humano, pero entre más amplio el conocimiento y más profundo el análisis de lo sucedido, mejor la oportunidad de guiar la acción para lograr metas futuras. Es posible, como no fue durante siglos, hacer pruebas cuantitativas para el éxito de muchas políticas seleccionadas. ¿Controlar volumen de crédito o cantidad de circulante? ¿Estabilizar precios? ¿Ampliar producción, u optar por un producto u otro? ¿Bajar desempleo? Hay datos disponibles, mes a mes y semana a semana, para probar éstos o cientos de otros posibles objetivos. Si un método no funciona, puede mejorarse, o abandonarse. Por aproximaciones, se puede juzgar la validez de conclusiones sobre efectos de cambios deliberados en prácticas existentes. Está lejos de métodos exactos de laboratorio, pero en comparación, decidir políticas públicas era como dirigir un auto en la oscuridad, sin faros.

Si se preparara un inventario de la información disponible sobre el orden económico, desconocida hace un siglo, la diferencia sería asombrosa. Los hiladores de redes teóricas tienen mucho más que telaraña insustancial para trabajar. Es más y más posible verificar opiniones contra experiencias.

Como en otras ciencias, cada descubrimiento abre una más amplia área desconocida. Hay razón para creer que al fin empieza a haber una acumulación de conclusiones probadas que no se descartarán con la siguiente teoría. Mantener y administrar la casa nacional e internacional, con guía crítica, podrá descansar en conocimiento verificado, tanto como en el hábito ciego o el prejuicio.

FINIS

Doctrina: teoría, principio, cuerpo de ideas, corriente, escuela, etc.

Advertisements
Leave a Comment

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: